Diez
observaciones
1.
Densidad.
2. Accesibilidad.
3. Actualización.
4. ¿Adónde van las palabras cuando dejo de verlas?
5. Interacción.
6. Ubicuidad.
7. Deslocalización.
8. Amorfia.
9. Asincronía.
10. Hipertextualidad
El
tema Tecnologías de la información y Humanidades posiblemente
habría parecido intratable hace unos años. En los años
setenta se pensaba que el desarrollo de las tecnologías de la información
iría por un camino totalmente divergente de la línea humanística,
y que progresivamente la sociedad bascularía hacia una sociedad tecnológica
cada vez más dominante. Nadie podía pensar en los años
setenta, y digo setenta por ser cuando comencé, desde las humanidades,
a estudiar estas tecnologías, que escasamente en quince o veinte
años ya no solamente esas dos líneas, la humanística
y la tecnológica, no iban a ser divergentes sino, todo lo contrario,
que se daría una convergencia. Y en ese encuentro entre tecnología
y humanidades hay un campo apasionante, o al menos así me lo parece,
y quizá eso haga que trate sobre este tema con una cierta pasión
y emoción. Creo que el encuentro es muy interesante por la cantidad
de sugerencias y capacidades que abre a un nuevo humanismo en una sociedad
tecnológica.
Dentro
de este encuentro, que me parece tan interesante, he querido centrar mi
atención en una mirada al libro. Creo que el libro es el objeto que
mejor representa lo que es el humanismo de siglos. El libro en estos momentos
se encuentra frente a un campo nuevo, el del mundo digital, que lo perturba
y, a la vez, esta reciente emergencia abre una incertidumbre sobre cuál
va a ser el papel de ese libro que nos ha acompañado, como objeto
cultural, durante tantos siglos. La página del libro en una sociedad
en la que domina la pantalla; una pantalla por la que está brotando
una buena parte de ese mundo digital. Este sería el motivo principal
de mi intervención: discurrir sobre el futuro inmediato que espera
al libro en el espacio digital.
Primero
querría hacer una observación sobre qué entiendo por
espacio digital. Porque me gustaría que durante toda esta intervención
nos libráramos de quedar enredados en la parte más superficial
del fenómeno: el utillaje. El bosque de aparatos y siglas obstaculizan
y desaniman la pretensión de alcanzar unas ideas claras y generales.
El
mundo digital, tal como desearía que lo entendiéramos a lo
largo de mi intervención, es una emergencia muy reciente que ha provenido
de algo aparentemente sorprendente. Veamos: puedo coger en la mano un disco
magnético, óptico, pero si comienzo a reunir más discos
-a conectar unos con otros- el resultado no será una pila de discos,
del mismo modo que si reúno libros tendría una estantería
o una librería, sino que esos discos comienzan a desaparecer. Ya
no los veo y, sin embargo, ha emergido un nuevo espacio al que sólo
me puedo aproximar a través de ese ventanillo, de ese brocal, que
es la pantalla electrónica. Una emergencia que se ha producido, una
vez más en la historia de la evolución, por conexión
de partes más simples. Y lo que ha nacido detrás de esa pantalla
es un espacio con propiedades nuevas respecto al espacio tridimensional
en el que estamos inmersos.
El
espacio digital es un fuerte "atractor". Es decir, que ese espacio,
que está empezando a formarse, tiene una gran capacidad de atraer
todo lo que hay al otro lado, en nuestro espacio tridimensional. Y así,
cantidad de objetos, sucesos y actividades que se dan en el espacio tridimensional
pasan al espacio digital. Cada vez más cosas, operaciones y sucesos
de nuestro mundo -cartas, papeleras, juegos, comunicación, dinero,
mercadeo...- están ya en el espacio digital. Y esto es sólo
el comienzo, porque, sin caer en visiones futuristas exageradas, las posibilidades
de absorción son ilimitadas.
Pues
bien, si se está produciendo esa atracción tan generalizada,
no podía librarse de ella un objeto tan importante para nuestra cultura
como es el libro: el libro también sufre esa atracción y pasa
al otro lado de la pantalla. Ahora lo interesante, y lo que querría
desarrollar, es ver qué sucede con esa transferencia: ¿se
pierde el libro tal y como lo entendemos? ¿Adquiere otras propiedades?
Pues yo les voy a descubrir desde el primer momento mi tesis: creo que la
transferencia, fruto de ese espacio atractor que es el espacio digital,
del libro objeto que hoy tenemos -el códice, el texto en tinta, el
papel, la página- al otro lado de la pantalla va a reforzar las características,
las aspiraciones que secularmente el hombre había depositado en ese
gran invento que consiste en plegar el papel y sujetar los pliegos. Las
propiedades del libro se van a potenciar. Esta es mi tesis, y quiero manifestarla
desde el primer momento.
Con
este punto de partida es obligado que a continuación pase a justificar
por qué tengo esas esperanzas en el futuro del libro en el mundo
digital. A través de diez observaciones vamos a ver que las aspiraciones,
como decía antes, depositadas en las distintas formas materiales
que hemos dado al libro se van a potenciar en el espacio digital. Por consiguiente,
el paso del libro códice al libro digital no será más
que un reforzamiento de lo que ya existe. No una perturbación.
Densidad,
accesibilidad y actualización (1) Veamos la primera de estas observaciones:
la densidad del espacio digital. El espacio digital ofrece una ilimitada
capacidad de almacenamiento; una altísima densidad. No hace falta
insistir mucho en explicar esta propiedad porque la podemos tener al alcance
de nuestra mano; no es, por tanto, algo muy abstracto. Nos maravillamos
cuando abarcamos con la mano un disco de doce centímetros de diámetro
y nos decimos :¡que ya no es un CDRom, que es un DVD; que ya no son
"megas", que son "gigas"! Y sin embargo es la misma
superficie discoidal para contener cada vez más cantidad de información.
De la misma manera que asomándonos a ese brocal de la pantalla y
mirando ese pozo sin fondo que es el mundo de la red, vemos que sigue recibiendo
cada vez más y más información sin que dé en
ningún momento
sensación de colapso. Por tanto, las capacidades de almacenamiento
del mundo digital son espectaculares.
Pues
bien, ¿daña eso de alguna manera las aspiraciones librescas?
Todo lo contrario. El hombre ha venido soñando con el libro-mundo,
con ese libro en donde se pudiera contener todo, en ese libro único
que pudiera guardar todo el saber. Es un sueño cultural que se ha
manifestado en múltiples autores. Flaubert, por ejemplo, intentó
en sus últimos diez años una novela enciclopédica -"Bouvard
et Pécuchet"- que recogiera todos los saberes. Goethe proyectó
una novela sobre el universo y Novalis un "libro absoluto". El
"Libro de Arena" es, en descripción de Borges, un libro
con infinitas páginas en donde ninguna es la primera y ninguna es
la última. Y para Mallarmé el mundo existe para concluir en
un libro. Y en las culturas o religiones del libro está el empeño
en que toda la verdad la guarde un libro. Estoy pensado ahora en otro autor,
Italo Calvino en sus "Seis propuestas para el próximo milenio",
conferencias escritas para pronunciar en Estados Unidos, pero que impidió
su muerte; en una de ellas, "Multiplicidad", también muestra
esta aspiración de poder conseguir un libro que recogiera todo. Una
aspiración que sobre el soporte material del papel no se puede cumplir.
En todo caso, acercarnos a su expresión plástica como hace
el escultor argentino Vanarsky en su escultura móvil, el "Libro-mundo".
Pero, realmente, esto no es posible con los materiales que tenemos en este
lado del espejo, en este lado de la pantalla.
Este
sueño no encontraría obstáculo material en el mundo
digital. Tendremos otros problemas para realizar el libro-mundo, pero no
el de la capacidad de acoger en uno - en un libro- todo -todo lo que queramos-.El
espacio digital puede absorber texto sin resistirse, sin que aparezca el
límite de páginas, sin que se hinche hasta hacerse inabarcable
el volumen de ellas. Por tanto, la densidad es una propiedad interesante,
que, como ven, no perturba los sueños que tenemos depositados en
el libro.
(2)
La segunda propiedad es aparentemente contradictoria con la primera en el
mundo de tres dimensiones, pero no en el digital. El espacio digital nos
ofrece también una gran accesibilidad a cualquier punto de él
y, por consiguiente, a ese libro que queremos construir al otro lado del
espejo. Desde aquí esto nos parece difícil, porque si, por
ejemplo, hacemos cada vez más densa esta sala instalando más
gente, más sillas y objetos, una persona que entrase por aquella
puerta y quisiera alcanzar este micrófono tendría cada vez
más dificultades de moverse debido a la gran cantidad de cosas aquí
almacenadas. Pero esto no es así en el mundo digital.
En
el mundo digital, a medida que crece su capacidad de contener aumenta también
su conductividad. Es más rápida y precisa la accesibilidad
en ese espacio y, por tanto, lo será también en un libro que
allí se instale. Empeño que se muestra a lo largo de toda
la evolución del libro; desde las tabletas de arcilla. Ya no sólo
en una caja de tablillas, sino con el rollo de papiro o de pergamino la
accesibilidad era difícil porque obligaba a enrollar y desenrollar
el volumen para alcanzar una columna. El gran invento del códice
permite, hojeando, alcanzar con facilidad cualquier lugar del texto. Y esto
trae consecuencias tan interesantes como la de poder hacer los autores citas
exactas, ya que desaparece el tedio de la consulta en el volumen -desenrollando
y enrollando- que movía a la tentación de hacer citas de memoria.
Por la accesibilidad que proporciona el códice, el diccionario adquiere
su utilidad.
La
accesibilidad es, por tanto, otra propiedad interesante que se potencia
en el nuevo espacio, como ya comprobamos con un simple procesador de textos,
en el que conseguimos llegar a cualquier parte de un escrito con sólo
señalar una palabra. Así pues, podemos soñar con grandes
libros, podemos soñar con gran densidad de información contenida
en un libro, porque no por eso reducimos la facilidad de acceso.
(3)
La tercera propiedad es la actualización. El retoque que se hace
a un objeto digital no deja rastro, no deja ninguna cicatriz. Por el contrario,
si pretendo reformar esta mesa ante la que hablo y llamo a un carpintero
para la tarea, aunque sea un pequeño ajuste dejará un resto
de serrín y virutas. En cambio, en el mundo digital cualquier alteración
que se haga no dejará ninguna señal. Esto nos lleva a fijarnos
en otro afán que mantenemos con respecto al libro: que el libro sea
blando; que se pueda actualizar. De esta búsqueda viene el palimpsesto:
aprovechar la resistencia del pergamino (a diferencia del papiro) para raspar
con una hojilla, ya no sólo los errores, sino en ocasiones todo el
contenido de un libro a fin de que sus páginas queden libres para
otro texto. Luego la imprenta facilita progresivamente la consideración
provisional del libro, que puede reimprimirse o tener una vida corta para
dejar paso a otro que amplie, complete o corrija el primero.
Pero
estas posibilidades son bien reducidas ante la capacidad que ofrece el ordenador.
¿Cómo ha llegado el ordenador personal a los hogares y a las
oficinas a partir de los años 80? Es un proceso sorprendente por
veloz y contundente; aunque en principio podría parecer que todo
iría en su contra: un aparato carísimo, que necesita un punto
de electricidad para que funcione y un manual para saber usarlo, y que,
sin embargo, va a dejar fulminada en unos años la máquina
de escribir, la mítica máquina de escribir (hasta los periodistas
se desprenden de ella, cuando les era tan inseparable como el cigarrillo).
La máquina de escribir es, a excepción del disco de vinilo,
el aparato de nuestra época con más rápida obsolescencia.
El disco de vinilo tardó cinco años y la máquina de
escribir poco más.
¿Cómo
rompió las resistencias hasta en nuestro mundo de las letras, que
ya es decir? Cuando incluso los más reacios comprobaron que en un
artículo o un libro podían realizar correcciones en el texto
hasta el momento de enviarlo a la imprenta, y que los cortes y añadidos
en el texto no dejaban ninguna cicatriz. Y así entró el ordenador
personal en el gran consumo, utilizando el procesador de textos como caballo
de Troya, encandilando al usuario, a pesar del coste del aparato y de las
dificultades de uso, con la presentación de una propiedad: el texto
se hace blando en el ordenador. La información es como arcilla mojada
hasta que se pasa a la impresora -que es el horno, que es el sol-.
¿Adónde
van las palabras cuando dejo de verlas?
(4)
La cuarta propiedad es también muy interesante. Para presentarla
siempre recurro a un momento de la película de Fellini, "Ensayo
de orquesta": es cuando una componente de la orquesta recuerda la pregunta
que un día le hizo una niña:
"¿Adónde va la música cuando deja de sonar?".
Esta frase nos va a servir para aproximarnos a la siguiente propiedad que
nos espera. Para ello, imaginemos que estamos ante una pantalla electrónica
(Bueno, corrijo lo que he dicho en la conferencia, porque ahora hay un lector
que está leyendo DIGIT· HVM y, por tanto, se encuentra ya
ante una pantalla electrónica). Con un clic hace desaparecer las
palabras que tiene en pantalla, y es entonces cuando hay que hacer uso de
la frase de la película de Fellini, pero no ya para preguntarse "adónde
va la música cuando deja de sonar", sino "¿adónde
van las palabras cuando dejo de verlas?".
Durante
siglos, y hasta ahora, cuando se dejaba de ver las palabras, es que habíamos
pasado la página y éstas se encontraban en el reverso. En
la pantalla, el destino de las palabras es distinto: cuando dejamos de verlas
se diluyen en los interminables surcos de un disco. Y ahí no hay
palabras escritas, sino ristras inacabables de finísimas incisiones
o de partículas imantadas.
Esto
es un cambio muy sugerente porque hasta ahora nuestras palabras, retenidas
en soportes distintos -la cera, la arcilla, la piedra, el papel, el pergamino-,
al dejarlas de ver estaban en el reverso o en otro lugar. Pero estaban ahí.
Ahora
no están, vuelven a un pentagrama que son los surcos de un disco.
Y eso es interesante para entender el libro futuro. Las palabras, aunque
nos empeñemos con las metáforas -de las páginas en
pantalla, como la página Web, por ejemplo- no están impresas
en la pantalla electrónica.
La
palabra está sostenida. Y la pantalla no es una superficie de 14
o 17 pulgadas. La pantalla es un espacio de tiempo. Un espacio de tiempo,
entre un clic y el siguiente, durante el cual las palabras están
sostenidas. Entre una acción y otra del lector las palabras se sostienen
en la pantalla; antes y después están diluidas en el disco.
Lo
mismo que sucede a las letras, la imagen y el sonido también se diluyen
en los surcos de la superficie discoidal. Aquí está el concepto
de multimedia, en la disolución del texto, la imagen y el sonido,
que se mezclan bajo el mismo código en los cauces del disco. Otro
sueño del hombre con respecto al libro se ve respondido desde el
libro digital: la buena conjunción de la imagen, el texto y el sonido
en el espacio de lectura.
A
lo largo de la historia del libro, la lucha ha sido constante entre el texto
y la imagen. Cuando llega el códice se salva la dificultad del volumen
o rollo para contener la imagen, ya que que al doblar el soporte se saltaba
una pintura de capas espesas. Liberada la imagen de esta restricción,
aparece con todo su esplendor en los libros iluminados. Pero se manifestará
entonces más claramente la lucha del texto y de la imagen por el
espacio de la página: unas veces la imagen domina el texto y lo pone
a sus pies -pie de imagen, pie de foto- y en otras obras el texto encierra
la imagen y la confina dentro de los rasgos de una letra majestuosa. Hasta
la música, a través de la notación musical, encontrará
la forma de conseguir un lugar en la página de un libro.
El
libro instalado en el espacio digital se hace multimedia; no hay impedimento
material para que congenien texto, imagen y sonido, aunque sí queda
la tarea de autor para saber dosificar y distribuir la presencia de cada
uno de ellos.
Interacción,
ubicuidad y deslocalización
(5)
La quinta propiedad proporciona una nueva relación del lector con
el texto. Es la interacción. Mucha gente, cuando hablamos del libro
digital, plantea que no va a dar al lector las sensaciones que proporciona
el códice en nuestras manos. Y hay razón en esta desconfianza.
Aun contando con los incipientes libros electrónicos que están
saliendo al mercado (pequeños, ligeros, con alta calidad de pantalla)
la frialdad de una pantalla es marcada, para lo que nos tiene acostumbrados
la hoja de papel (en sus comienzos despreciado, como también lo fue
el pergamino ante la calidad y precio del papiro). Sin embargo, una observación
más detallada de la nueva relación con el texto en pantalla
suaviza la visión negativa que la costumbre y la sublimación
de lo establecido imponen ante lo nuevo. Fíjense, cuando teníamos
el libro sobre un volumen o rollo, el lector tocaba el reverso del rollo
-que no estaba escrito- o los ejes sobre los que se enrollaba la tira para
avanzar en la lectura. En el libro códice se avanza en la lectura
pinzando con los dedos la hoja escrita. ¿Y en el libro digital?
En
el futuro libro digital el lector tiene todavía un contacto más
directo con la escritura, porque lo que toca el lector para moverse por
el texto (por el hipertexto) es la propia palabra. Se toca las palabras
para que esas palabras desplieguen más texto. El lector ya no entra
en contacto con el soporte (¿en qué lugar del espacio digital
está la superficie discoidal conteniendo, diluidas, las palabras?),
sino con las palabras sostenidas en la pantalla. No hay, por tanto, alejamiento,
sino mayor relación. Y, además, con la organización
hipertextual, que luego veremos, la intervención del lector sobre
el libro no consiste en pasar sus páginas sino en desplegar su texto.
(6)
La sexta propiedad la disfruta el libro desde hace siglos con la invención
de la imprenta, pero en el espacio digital se potencia: es la ubicuidad.
Hasta la imprenta, el libro residía en un espacio concreto -biblioteca
de universidad, de monasterio, de palacio- y había que desplazarse
a ese punto para llegar a la información. La imprenta proporciona
la ubicuidad al libro, produciendo unas consecuencias culturales trascendentales.
Esta posibilidad de que un libro pueda abrirse a la vez en muchos lugares
se potencia en el espacio digital, ya que se libera de todas las servidumbres
del material del soporte, que en el libro de papel hay que transportar a
cada lugar.
(7)
Y otra propiedad, la séptima, es la deslocalización. Nos daremos
cuenta enseguida de lo que me voy a referir si les hago mención de
una experiencia que todos tenemos con sólo asomarnos a Internet.
Si fijamos la atención y miramos la barrita que el navegador tiene
en la parte baja de la pantalla, observaremos que muestra el sitio desde
el que se nos está mandando la información. Comprobaremos
al cabo de un rato que, a medida que vamos tocando las palabras activas
y avanzando en la lectura, estamos pasando de un sitio a otro, de un servidor
a otro, sin darnos cuenta. De manera que al final de una consulta hemos
pasado probablemente por varios servidores alejados quizá muchos
kilómetros, sin que en ningún momento hayamos percibido más
que el retardo que aún Internet impone a la navegación. Con
nuestra lectura hemos encuadernado unas páginas que residen en lugares
distintos. La información, por tanto, ya no reside en un único
lugar y, sin embargo, el lector tiene la percepción de que toda la
información está tan próxima como las páginas
de un libro.
El
sueño de poder acceder a una información que no resida en
un solo punto ya lo encontramos en el siglo XVI con un ingeniero humanista,
Agostino Ramelli. Ramelli nos describe en un libro muy bello sobre artefactos
e invenciones de la época, que no todas se llegaron a materializar,
una "rueda de libros". Se trata de una especie de noria, en la
que en cada cangilón estaría depositado un libro abierto;
el lector, sentado tangencialmente a la noria, y ayudado por un ingenioso
juego de palancas, movería la noria de manera que con rapidez se
pusieran al alcance de sus ojos los libros que de otra manera habrían
estado depositados en un armario o en los estantes de una biblioteca.
El
sueño, por tanto, de tener en un invento -en este caso, una noria-
la información al alcance de la mano; con el que se pudiera decir:
"¡Sólo tengo un libro!". La rueda de libros se sueña
en el siglo XVI, pero en el siglo XX, en 1945, Vannevar Bush diseña
el "Memex", ya no con cangilones y palancas, sino con microfichas,
motores eléctricos y pantallas, pero con la misma intención
de tener próxima una información muy abundante. Las máquinas
de Ramelli y de Bush terminan realizándose, al final del siglo XX,
con Internet. Así pues, la aspiración de hacer asequible mucha
información sin tener que someterse a la servidumbre de las distancias
está presente a lo largo de la historia del libro.
Amorfia
y asincronía
(8)
Pasemos a la octava propiedad. Para algunos no es muy adecuada la palabra
que uso para etiquetarla: la amorfia. Pero, a la espera de otra más
afortunada, sigo recurriendo a ella para nombrar esta propiedad del espacio
digital. Si los objetos en este espacio son ubicuos y las partes que lo
componen no coinciden necesariamente en un lugar, los objetos digitales
no tienen forma. Esto último me lo discuten los filósofos,
pero tal reserva no impide que lleguemos a lo que en esta conferencia nos
interesa: y es que con amorfia quiero también señalar las
formas nuevas que pueden surgir en el espacio digital, sin correspondencia
alguna con las existentes de este lado.
Cuidado
con reducir el espacio digital, y en consecuencia la pantalla electrónica,
a un espejo en el que sólo refleja, más o menos fielmente,
lo que hay de este nuestro lado. Lo inquietante y sugerente del espacio
digital es que tiene capacidad para crear cosas radicalmente nuevas que
no se pueden realizar en el espacio tridimensional. Ya la inteligencia artificial,
y más aún las incipientes experimentaciones sobre vida artificial,
apuntan esta rica posibilidad. Lo más sugerente de las aportaciones
de la vida artificial no es la simulación virtual de la vida tal
como se manifiesta en nuestro mundo natural, sino la sorpresa con que se
han encontrado los investigadores ante la emergencia de formas de vidas
que no tienen su correspondencia original con las llamadas naturales.
Y
el libro, y ya entramos en lo que nos interesa, ante esta propiedad, ¿cómo
se va a comportar? Pues el libro puede participar de tres maneras, y las
tres ya se están dando en estos momentos.
(a)
La primera sería una relación, con respecto a esta propiedad,
que llamo resonante. Se introducel libro en el espacio digital, adquiere
las propiedades que acabamos de ver - por ejemplo, el libro se hace blando-
y luego se devuelve a nuestro espacio de tres dimensiones. Operaciones parecidas
viene el hombre haciendo desde que controla el fuego. Al calentar, por ejemplo,
el metal, éste adquiere una maleabilidad que posibilita imponerle
formas a voluntad; luego se retira y se enfría. Se ha conseguido
trabajar el metal con una facilidad que no se hubiera podido hacer en frío.
O bien, el hombre mete la arcilla en agua, adquiere así plasticidad,
le da forma, la saca, la pone al sol y ha conseguido unas formas imposibles
sin esta operación.
Ahora,
con esta nueva hoguera que es el espacio digital, el hombre se pone delante,
introduce el texto, para que adquiera propiedades tan interesantes como
la de hacerse blando, por lo que puede corregir el texto en pantalla, formatearlo
Y
cuando está listo, se saca al sol, se introduce en el agua para que
se enfríe... se imprime
y el libro está de nuevo sobre
papel. En la actualidad, las editoriales, a excepción quizá
de algunas artesanales, utilizan este sistema. Lo mismo sucede con la generación
de imágenes por ordenador, y que una vez logradas pasan a una cinta
analógica. También hay ya editoriales que imprimen y encuadernan
los ejemplares bajo demanda de los compradores particulares; no producen
una tirada previa a la demanda.
(b)
La segunda forma de relación del libro ante esta octava propiedad
del espacio digital es la que llamo especular. Es cuando se trasladan los
objetos, sucesos o acciones, y en concreto el libro, al otro lado no con
la intención de que terminen retornando sino de que permanezcan definitivamente
allí, pareciéndose todo lo posible al original correspondiente.
En el caso del libro, es intentar reproducirlo en el otro lado, como si
fuera un espejo, pero no para luego imprimirlo. Y este libro, definitivamente
sin páginas de papel, recibe el nombre de libro electrónico.
Hay
ya una oferta discreta, pero variada, de libros electrónicos. La
mayoría de ellos es más una tableta electrónica , con
una superficie de lectura, que un códice que ofrece, abierto, dos
superficies de lectura (¿para qué dos, si no hay hojas con
anverso y reverso?). Con una buena calidad de pantalla y autonomía,
se cargan directamente de la red o a partir de un ordenador con varios libros
comprados a la editorial. Leídos éstos, pueden ser borrados
o pasar a la librería de un disco de almacenamiento. En algunos casos,
hay también la posibilidad de simular el libro electrónico
en la pantalla de un ordenador personal .
La
aparición de los primeros libros electrónicos nos indica además
la forma en que el espacio digital va a estar presente, a materializarse,
en el espacio que habitamos: con un creciente número de aparatos
distintos y específicos para usos concretos de lo que guarda el mundo
digital. El ordenador personal ha dejado de monopolizar la ventana de acceso
al espacio digital. El televisor, conectado a la red, ha rejuvenecido, cuando
hace muy pocos años se le veía ya como un viejo aparato electrónico
sin posibilidades ante el rampante ordenador multimedia. Ahora la pantalla
de un televisor está empezando a ser una atractiva interficie para
actividades diversas y no sólo marco del flujo audiovisual. La nueva
generación de teléfonos móviles se presentan como miniventanas
para asomarse a Internet. Ya están las recientes consolas de videojuegos
conectadas a la red. Y el gran negocio potencial de las empresas discográficas
virando hacia pequeños aparatos reproductores de la música
que se "baje" de la red... Esta es la satelización de aparatos
diversos que produce el invisible espacio digital.
(c)
Y, por último, hay una tercera posibilidad para el libro de aprovecharse
de la octava propiedad que hemos atribuido al espacio digital: es la emergencia.
Se trata de apostar por crear cosas que no tengan su original en el otro
lado del espejo, que sean completamente distintas.
Es
decir, pensar en un libro que no tuviera páginas, en un libro que
rompiera definitivamente con el concepto de página y de hoja de papel.
Y esto supone un gran esfuerzo. Es más, por el momento vamos en sentido
contrario: reforzando la percepción de la pantalla como si fuera
una página de papel. Les he hablado hace unos minutos sobre cómo
ha influido la estrategia del caballo de Troya, en forma de procesador de
textos, para introducir el ordenador personal, presentándolo como
una máquina de escribir. Apoyándose en la metáfora
que crea la ilusión de estar sentado ante una pantalla como si se
estuviera ante una máquina de escribir, con la hoja incrustada en
el carro de la máquina. Metáfora muy eficaz para pasar sin
trauma de la máquina de escribir al ordenador.
Esta
inclinación se acrecienta con la llegada de Internet y la utilización
de la interfaz de la página web. Se sigue insistiendo en la pantalla
como página. Sin embargo, la facilidad que proporciona la metáfora
para que el lector se vaya habituando al nuevo espacio de lectura de la
pantalla frena la creatividad y la búsqueda de nuevas formas. ¿Es
que no se puede aprovechar de otra manera ese espacio en donde quedan sostenidas
las palabras? Hay que explorar la distribución de las palabras en
la pantalla, así como su aparición y desaparición en
ella. Al no ser una hoja de papel, no hay necesidad de aprovechar su superficie
llenándola de texto; al no estar impresas las palabras, sino sostenidas
durante un espacio de tiempo, pueden aparecer y desaparecer a los ojos del
lector con unos efectos y ritmo que no se limiten a simples pantallazos.
El texto sostenido en pantalla se puede dosificar, la medida no tiene por
qué ser la de la caja de una página impresa. Y estas palabras
en pantalla, pocas, pueden ser colocadas con mucha más libertad que
la ofrecida por la página de un libro, y encadenarse y fundirse con
otras, tras un clic, o desaparecer sólo parte del texto para dejar
su lugar a nuevas palabras. Muchas posibilidades de aprovechar la "cinestesia",
que es la propiedad que adquiere el texto en pantalla y a la que no puede
aspirar sobre el papel.
Cuando
comenzó a difundirse el códice, el lector de volúmenes
enrollados se resistía con el fundamento de que la lectura se le
fracturaba al pasar la hoja, acostumbrado como estaba al suave desplazamiento
de las columnas de texto en el rollo. ¿Por qué seguimos empeñados,
una vez que nos hemos acostumbrado a leer con esa brusca fractura, a que
también se fracture nuestra lectura en la pantalla? ¿Por qué
no pueden diluirse lentamente esas palabras blancas en el negro de la pantalla,
y quizá no todas a la vez, para que otras nuevas encajen en la parte
del texto que ha quedado aún pendiente?¿Por qué no
incitar con estos recursos de la cinestesia a percibir -y explotar- la profundidad
de la pantalla? Aparecerían entonces unas capacidades expresivas
que no son alcanzables sobre el papel, pero que pertenecen al libro digital.
El resultado sería que emergería un libro en la pantalla que
no es la imagen virtual del códice de papel. Ya no hay papel, ni
tampoco página.
(9)
Paso muy rápido por la novena propiedad. La asincronía en
el espacio digital amplifica la capacidad que la imprenta proporcionó
al libro facilitando la lectura individual y, por tanto, en el momento en
que deseara el lector. Así pues, con la imprenta el libro se puede
abrir desde múltiples lugares y en momentos distintos. El sueño
de un libro permanentemente abierto (por estar en muchas manos) y en el
que incesamente se inicie una nueva lectura se cumple todavía mejor
en un libro del espacio digital, accesible desde cualquier punto y en cualquier
momento.
El
libro digital Hipertextualidad (10) Y, para terminar, tenemos la décima
propiedad. Propiedad muy importante de tener en cuenta para concebir cómo
puede ser el futuro libro digital. Esta propiedad permite continuar con
una operación de trascendencia en la historia del libro: en vez de
enrollar el soporte, se pliega el soporte. Pues bien, ahora en el mundo
digital lo que hay que plegar ya no es el soporte sino el texto. Y cuando
se pliega un texto estamos hablando de un hipertexto. No podríamos
concebir un libro digital sin una estructura hipertextual. Y paso enseguida
a explicárselo; pero como será difícil en poco tiempo,
procuraré con una metáfora aclarar la idea de hipertexto como
una forma de plegar el texto, como una nueva geometría del texto.
En
la sociedad en la que vivimos los conceptos, las ideas se difunden tan rápidamente
que, como si de una brusca expansión en el mundo físico se
tratara, se enfrían igual de rápido y pierden fuerza. Uno
de los conceptos que ha perdido fuerza ha sido el concepto expansivo de
hipertexto. Con Internet, en concreto con la Web, se ha empezado a utilizar
en su sentido débil, en su sentido menos exigente. Hasta el punto
de que se denomina hipertextualidad al hecho de vincular documentos con
el concurso de unas herramientas informáticas. Pero esto es marcadamente
insuficiente. Para ello, voy a recurrir a la metáfora anunciada.
Imaginemos
que tenemos una gran hoja de papel, que representaría la generosidad
de la tecnología en cuanto a posibilidad de registrar información
en los nuevos soportes. Podemos empezar a escribir sobre ella, hasta llegar
a llenarla. Pero una vez escrita, se nos dice que para leer lo escrito hay
que hacerlo a través de una ventana reducida como es la pantalla
electrónica. La superficie de la hoja escrita es muy superior a la
de la pantalla Este es el contraste entre un mundo digital extraordinariamente
denso y su acceso mediante una pantalla electrónica. La tecnología
te ofrece todos los metros de profundidad que se desee en el pozo, pero
hay que asomarse a un estrecho brocal.
¿Cómo
resolver esta discrepancia?
Hay dos soluciones. Una, si no cabe la hoja, troceémosla en partes
que sí concuerden con el tamaño de la pantalla. Además,
la tecnología nos ofrece aguja e hilo para hilvanar a nuestro gusto
los trozos: son los "links" o enlaces. Todos hemos experimentado
que, cuando, aburridos en una reunión, comenzamos a trocear una hoja,
el montón de fragmentos adquiere un volumen considerable, superior
al del punto de partida. Y el intento de ligarlos con la ayuda de hilos
amenaza con convertirlos en una maraña. No es, por tanto, un buen
camino esta consideración del hipertexto basada sólo en enlaces.
¿Otra
solución que podría haber? Ciertamente que la gran hoja no
cabe en las dimensiones de la pantalla, pero en vez de fragmentarla comenzamos
a plegarla. A medida que avanzan los pliegues, lo escrito va desapareciendo
bajo los dobleces y emergiendo una forma, una papirola, una interfaz, que
sí ya cabe en la pantalla y que luego el lector tocando el texto
irá desplegando, haciendo que vayan brotando las palabras tras los
pliegues. El trabajo hipertextual es un trabajo de papiroflexia, aunque
lo que se pliegue no sea papel, sino el texto. La hipertextualidad es una
geometría del texto en el espacio digital.
Para
que el libro digital emerja hay que concebir unas organizaciones hipertextuales
mucho más potentes que las que en estos momentos tenemos. Un conjunto
de páginas web es muy poco exigente en este sentido, y puede, en
general, resolverse con aguja e hilo, pero no sucede lo mismo con la escritura
de un libro. Aquí se necesita mucha más creatividad e insistente
experimentación. Sólo asi irá tomando forma un libro
sin páginas, un libro blando, poliédrico, navegable, con emociones
nuevas de lectura y frustración por otras irremediablemente perdidas.
Nos
espera mucho trabajo, pero es un reto irrenunciable que nos llega al humanismo
desde unas tecnologías que están conformando el mundo. La
responsabilidad es nuestra.