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el espacio digital


Antonio Rodríguez de las Heras

Universidad Carlos III, de Madrid.
Catedrático de Historia Contemporánea, Decano de la Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación y Director del Instituto Universitario de Cultura y Tecnología.


Diez observaciones

1. Densidad.
2. Accesibilidad.
3. Actualización.
4. ¿Adónde van las palabras cuando dejo de verlas?
5. Interacción.
6. Ubicuidad.
7. D
eslocalización.
8. Amorfia.
9. Asincronía.
10. Hipertextualidad

El tema Tecnologías de la información y Humanidades posiblemente habría parecido intratable hace unos años. En los años setenta se pensaba que el desarrollo de las tecnologías de la información iría por un camino totalmente divergente de la línea humanística, y que progresivamente la sociedad bascularía hacia una sociedad tecnológica cada vez más dominante. Nadie podía pensar en los años setenta, y digo setenta por ser cuando comencé, desde las humanidades, a estudiar estas tecnologías, que escasamente en quince o veinte años ya no solamente esas dos líneas, la humanística y la tecnológica, no iban a ser divergentes sino, todo lo contrario, que se daría una convergencia. Y en ese encuentro entre tecnología y humanidades hay un campo apasionante, o al menos así me lo parece, y quizá eso haga que trate sobre este tema con una cierta pasión y emoción. Creo que el encuentro es muy interesante por la cantidad de sugerencias y capacidades que abre a un nuevo humanismo en una sociedad tecnológica.

Dentro de este encuentro, que me parece tan interesante, he querido centrar mi atención en una mirada al libro. Creo que el libro es el objeto que mejor representa lo que es el humanismo de siglos. El libro en estos momentos se encuentra frente a un campo nuevo, el del mundo digital, que lo perturba y, a la vez, esta reciente emergencia abre una incertidumbre sobre cuál va a ser el papel de ese libro que nos ha acompañado, como objeto cultural, durante tantos siglos. La página del libro en una sociedad en la que domina la pantalla; una pantalla por la que está brotando una buena parte de ese mundo digital. Este sería el motivo principal de mi intervención: discurrir sobre el futuro inmediato que espera al libro en el espacio digital.

Primero querría hacer una observación sobre qué entiendo por espacio digital. Porque me gustaría que durante toda esta intervención nos libráramos de quedar enredados en la parte más superficial del fenómeno: el utillaje. El bosque de aparatos y siglas obstaculizan y desaniman la pretensión de alcanzar unas ideas claras y generales.

El mundo digital, tal como desearía que lo entendiéramos a lo largo de mi intervención, es una emergencia muy reciente que ha provenido de algo aparentemente sorprendente. Veamos: puedo coger en la mano un disco magnético, óptico, pero si comienzo a reunir más discos -a conectar unos con otros- el resultado no será una pila de discos, del mismo modo que si reúno libros tendría una estantería o una librería, sino que esos discos comienzan a desaparecer. Ya no los veo y, sin embargo, ha emergido un nuevo espacio al que sólo me puedo aproximar a través de ese ventanillo, de ese brocal, que es la pantalla electrónica. Una emergencia que se ha producido, una vez más en la historia de la evolución, por conexión de partes más simples. Y lo que ha nacido detrás de esa pantalla es un espacio con propiedades nuevas respecto al espacio tridimensional en el que estamos inmersos.

El espacio digital es un fuerte "atractor". Es decir, que ese espacio, que está empezando a formarse, tiene una gran capacidad de atraer todo lo que hay al otro lado, en nuestro espacio tridimensional. Y así, cantidad de objetos, sucesos y actividades que se dan en el espacio tridimensional pasan al espacio digital. Cada vez más cosas, operaciones y sucesos de nuestro mundo -cartas, papeleras, juegos, comunicación, dinero, mercadeo...- están ya en el espacio digital. Y esto es sólo el comienzo, porque, sin caer en visiones futuristas exageradas, las posibilidades de absorción son ilimitadas.

Pues bien, si se está produciendo esa atracción tan generalizada, no podía librarse de ella un objeto tan importante para nuestra cultura como es el libro: el libro también sufre esa atracción y pasa al otro lado de la pantalla. Ahora lo interesante, y lo que querría desarrollar, es ver qué sucede con esa transferencia: ¿se pierde el libro tal y como lo entendemos? ¿Adquiere otras propiedades? Pues yo les voy a descubrir desde el primer momento mi tesis: creo que la transferencia, fruto de ese espacio atractor que es el espacio digital, del libro objeto que hoy tenemos -el códice, el texto en tinta, el papel, la página- al otro lado de la pantalla va a reforzar las características, las aspiraciones que secularmente el hombre había depositado en ese gran invento que consiste en plegar el papel y sujetar los pliegos. Las propiedades del libro se van a potenciar. Esta es mi tesis, y quiero manifestarla desde el primer momento.

Con este punto de partida es obligado que a continuación pase a justificar por qué tengo esas esperanzas en el futuro del libro en el mundo digital. A través de diez observaciones vamos a ver que las aspiraciones, como decía antes, depositadas en las distintas formas materiales que hemos dado al libro se van a potenciar en el espacio digital. Por consiguiente, el paso del libro códice al libro digital no será más que un reforzamiento de lo que ya existe. No una perturbación.

Densidad, accesibilidad y actualización (1) Veamos la primera de estas observaciones: la densidad del espacio digital. El espacio digital ofrece una ilimitada capacidad de almacenamiento; una altísima densidad. No hace falta insistir mucho en explicar esta propiedad porque la podemos tener al alcance de nuestra mano; no es, por tanto, algo muy abstracto. Nos maravillamos cuando abarcamos con la mano un disco de doce centímetros de diámetro y nos decimos :¡que ya no es un CDRom, que es un DVD; que ya no son "megas", que son "gigas"! Y sin embargo es la misma superficie discoidal para contener cada vez más cantidad de información. De la misma manera que asomándonos a ese brocal de la pantalla y mirando ese pozo sin fondo que es el mundo de la red, vemos que sigue recibiendo cada vez más y más información sin que dé en ningún momento
sensación de colapso. Por tanto, las capacidades de almacenamiento del mundo digital son espectaculares.

Pues bien, ¿daña eso de alguna manera las aspiraciones librescas? Todo lo contrario. El hombre ha venido soñando con el libro-mundo, con ese libro en donde se pudiera contener todo, en ese libro único que pudiera guardar todo el saber. Es un sueño cultural que se ha manifestado en múltiples autores. Flaubert, por ejemplo, intentó en sus últimos diez años una novela enciclopédica -"Bouvard et Pécuchet"- que recogiera todos los saberes. Goethe proyectó una novela sobre el universo y Novalis un "libro absoluto". El "Libro de Arena" es, en descripción de Borges, un libro con infinitas páginas en donde ninguna es la primera y ninguna es la última. Y para Mallarmé el mundo existe para concluir en un libro. Y en las culturas o religiones del libro está el empeño en que toda la verdad la guarde un libro. Estoy pensado ahora en otro autor, Italo Calvino en sus "Seis propuestas para el próximo milenio", conferencias escritas para pronunciar en Estados Unidos, pero que impidió su muerte; en una de ellas, "Multiplicidad", también muestra esta aspiración de poder conseguir un libro que recogiera todo. Una aspiración que sobre el soporte material del papel no se puede cumplir. En todo caso, acercarnos a su expresión plástica como hace el escultor argentino Vanarsky en su escultura móvil, el "Libro-mundo". Pero, realmente, esto no es posible con los materiales que tenemos en este lado del espejo, en este lado de la pantalla.

Este sueño no encontraría obstáculo material en el mundo digital. Tendremos otros problemas para realizar el libro-mundo, pero no el de la capacidad de acoger en uno - en un libro- todo -todo lo que queramos-.El espacio digital puede absorber texto sin resistirse, sin que aparezca el límite de páginas, sin que se hinche hasta hacerse inabarcable el volumen de ellas. Por tanto, la densidad es una propiedad interesante, que, como ven, no perturba los sueños que tenemos depositados en el libro.

(2) La segunda propiedad es aparentemente contradictoria con la primera en el mundo de tres dimensiones, pero no en el digital. El espacio digital nos ofrece también una gran accesibilidad a cualquier punto de él y, por consiguiente, a ese libro que queremos construir al otro lado del espejo. Desde aquí esto nos parece difícil, porque si, por ejemplo, hacemos cada vez más densa esta sala instalando más gente, más sillas y objetos, una persona que entrase por aquella puerta y quisiera alcanzar este micrófono tendría cada vez más dificultades de moverse debido a la gran cantidad de cosas aquí almacenadas. Pero esto no es así en el mundo digital.

En el mundo digital, a medida que crece su capacidad de contener aumenta también su conductividad. Es más rápida y precisa la accesibilidad en ese espacio y, por tanto, lo será también en un libro que allí se instale. Empeño que se muestra a lo largo de toda la evolución del libro; desde las tabletas de arcilla. Ya no sólo en una caja de tablillas, sino con el rollo de papiro o de pergamino la accesibilidad era difícil porque obligaba a enrollar y desenrollar el volumen para alcanzar una columna. El gran invento del códice permite, hojeando, alcanzar con facilidad cualquier lugar del texto. Y esto trae consecuencias tan interesantes como la de poder hacer los autores citas exactas, ya que desaparece el tedio de la consulta en el volumen -desenrollando y enrollando- que movía a la tentación de hacer citas de memoria. Por la accesibilidad que proporciona el códice, el diccionario adquiere su utilidad.

La accesibilidad es, por tanto, otra propiedad interesante que se potencia en el nuevo espacio, como ya comprobamos con un simple procesador de textos, en el que conseguimos llegar a cualquier parte de un escrito con sólo señalar una palabra. Así pues, podemos soñar con grandes libros, podemos soñar con gran densidad de información contenida en un libro, porque no por eso reducimos la facilidad de acceso.

(3) La tercera propiedad es la actualización. El retoque que se hace a un objeto digital no deja rastro, no deja ninguna cicatriz. Por el contrario, si pretendo reformar esta mesa ante la que hablo y llamo a un carpintero para la tarea, aunque sea un pequeño ajuste dejará un resto de serrín y virutas. En cambio, en el mundo digital cualquier alteración que se haga no dejará ninguna señal. Esto nos lleva a fijarnos en otro afán que mantenemos con respecto al libro: que el libro sea blando; que se pueda actualizar. De esta búsqueda viene el palimpsesto: aprovechar la resistencia del pergamino (a diferencia del papiro) para raspar con una hojilla, ya no sólo los errores, sino en ocasiones todo el contenido de un libro a fin de que sus páginas queden libres para otro texto. Luego la imprenta facilita progresivamente la consideración provisional del libro, que puede reimprimirse o tener una vida corta para dejar paso a otro que amplie, complete o corrija el primero.

Pero estas posibilidades son bien reducidas ante la capacidad que ofrece el ordenador. ¿Cómo ha llegado el ordenador personal a los hogares y a las oficinas a partir de los años 80? Es un proceso sorprendente por veloz y contundente; aunque en principio podría parecer que todo iría en su contra: un aparato carísimo, que necesita un punto de electricidad para que funcione y un manual para saber usarlo, y que, sin embargo, va a dejar fulminada en unos años la máquina de escribir, la mítica máquina de escribir (hasta los periodistas se desprenden de ella, cuando les era tan inseparable como el cigarrillo). La máquina de escribir es, a excepción del disco de vinilo, el aparato de nuestra época con más rápida obsolescencia. El disco de vinilo tardó cinco años y la máquina de escribir poco más.

¿Cómo rompió las resistencias hasta en nuestro mundo de las letras, que ya es decir? Cuando incluso los más reacios comprobaron que en un artículo o un libro podían realizar correcciones en el texto hasta el momento de enviarlo a la imprenta, y que los cortes y añadidos en el texto no dejaban ninguna cicatriz. Y así entró el ordenador personal en el gran consumo, utilizando el procesador de textos como caballo de Troya, encandilando al usuario, a pesar del coste del aparato y de las dificultades de uso, con la presentación de una propiedad: el texto se hace blando en el ordenador. La información es como arcilla mojada hasta que se pasa a la impresora -que es el horno, que es el sol-.

¿Adónde van las palabras cuando dejo de verlas?

(4) La cuarta propiedad es también muy interesante. Para presentarla siempre recurro a un momento de la película de Fellini, "Ensayo de orquesta": es cuando una componente de la orquesta recuerda la pregunta que un día le hizo una niña:
"¿Adónde va la música cuando deja de sonar?". Esta frase nos va a servir para aproximarnos a la siguiente propiedad que nos espera. Para ello, imaginemos que estamos ante una pantalla electrónica (Bueno, corrijo lo que he dicho en la conferencia, porque ahora hay un lector que está leyendo DIGIT· HVM y, por tanto, se encuentra ya ante una pantalla electrónica). Con un clic hace desaparecer las palabras que tiene en pantalla, y es entonces cuando hay que hacer uso de la frase de la película de Fellini, pero no ya para preguntarse "adónde va la música cuando deja de sonar", sino "¿adónde van las palabras cuando dejo de verlas?".

Durante siglos, y hasta ahora, cuando se dejaba de ver las palabras, es que habíamos pasado la página y éstas se encontraban en el reverso. En la pantalla, el destino de las palabras es distinto: cuando dejamos de verlas se diluyen en los interminables surcos de un disco. Y ahí no hay palabras escritas, sino ristras inacabables de finísimas incisiones o de partículas imantadas.

Esto es un cambio muy sugerente porque hasta ahora nuestras palabras, retenidas en soportes distintos -la cera, la arcilla, la piedra, el papel, el pergamino-, al dejarlas de ver estaban en el reverso o en otro lugar. Pero estaban ahí.

Ahora no están, vuelven a un pentagrama que son los surcos de un disco. Y eso es interesante para entender el libro futuro. Las palabras, aunque nos empeñemos con las metáforas -de las páginas en pantalla, como la página Web, por ejemplo- no están impresas en la pantalla electrónica.

La palabra está sostenida. Y la pantalla no es una superficie de 14 o 17 pulgadas. La pantalla es un espacio de tiempo. Un espacio de tiempo, entre un clic y el siguiente, durante el cual las palabras están sostenidas. Entre una acción y otra del lector las palabras se sostienen en la pantalla; antes y después están diluidas en el disco.

Lo mismo que sucede a las letras, la imagen y el sonido también se diluyen en los surcos de la superficie discoidal. Aquí está el concepto de multimedia, en la disolución del texto, la imagen y el sonido, que se mezclan bajo el mismo código en los cauces del disco. Otro sueño del hombre con respecto al libro se ve respondido desde el libro digital: la buena conjunción de la imagen, el texto y el sonido en el espacio de lectura.

A lo largo de la historia del libro, la lucha ha sido constante entre el texto y la imagen. Cuando llega el códice se salva la dificultad del volumen o rollo para contener la imagen, ya que que al doblar el soporte se saltaba una pintura de capas espesas. Liberada la imagen de esta restricción, aparece con todo su esplendor en los libros iluminados. Pero se manifestará entonces más claramente la lucha del texto y de la imagen por el espacio de la página: unas veces la imagen domina el texto y lo pone a sus pies -pie de imagen, pie de foto- y en otras obras el texto encierra la imagen y la confina dentro de los rasgos de una letra majestuosa. Hasta la música, a través de la notación musical, encontrará la forma de conseguir un lugar en la página de un libro.

El libro instalado en el espacio digital se hace multimedia; no hay impedimento material para que congenien texto, imagen y sonido, aunque sí queda la tarea de autor para saber dosificar y distribuir la presencia de cada uno de ellos.

Interacción, ubicuidad y deslocalización

(5) La quinta propiedad proporciona una nueva relación del lector con el texto. Es la interacción. Mucha gente, cuando hablamos del libro digital, plantea que no va a dar al lector las sensaciones que proporciona el códice en nuestras manos. Y hay razón en esta desconfianza. Aun contando con los incipientes libros electrónicos que están saliendo al mercado (pequeños, ligeros, con alta calidad de pantalla) la frialdad de una pantalla es marcada, para lo que nos tiene acostumbrados la hoja de papel (en sus comienzos despreciado, como también lo fue el pergamino ante la calidad y precio del papiro). Sin embargo, una observación más detallada de la nueva relación con el texto en pantalla suaviza la visión negativa que la costumbre y la sublimación de lo establecido imponen ante lo nuevo. Fíjense, cuando teníamos el libro sobre un volumen o rollo, el lector tocaba el reverso del rollo -que no estaba escrito- o los ejes sobre los que se enrollaba la tira para avanzar en la lectura. En el libro códice se avanza en la lectura pinzando con los dedos la hoja escrita. ¿Y en el libro digital?

En el futuro libro digital el lector tiene todavía un contacto más directo con la escritura, porque lo que toca el lector para moverse por el texto (por el hipertexto) es la propia palabra. Se toca las palabras para que esas palabras desplieguen más texto. El lector ya no entra en contacto con el soporte (¿en qué lugar del espacio digital está la superficie discoidal conteniendo, diluidas, las palabras?), sino con las palabras sostenidas en la pantalla. No hay, por tanto, alejamiento, sino mayor relación. Y, además, con la organización hipertextual, que luego veremos, la intervención del lector sobre el libro no consiste en pasar sus páginas sino en desplegar su texto.

(6) La sexta propiedad la disfruta el libro desde hace siglos con la invención de la imprenta, pero en el espacio digital se potencia: es la ubicuidad. Hasta la imprenta, el libro residía en un espacio concreto -biblioteca de universidad, de monasterio, de palacio- y había que desplazarse a ese punto para llegar a la información. La imprenta proporciona la ubicuidad al libro, produciendo unas consecuencias culturales trascendentales. Esta posibilidad de que un libro pueda abrirse a la vez en muchos lugares se potencia en el espacio digital, ya que se libera de todas las servidumbres del material del soporte, que en el libro de papel hay que transportar a cada lugar.

(7) Y otra propiedad, la séptima, es la deslocalización. Nos daremos cuenta enseguida de lo que me voy a referir si les hago mención de una experiencia que todos tenemos con sólo asomarnos a Internet. Si fijamos la atención y miramos la barrita que el navegador tiene en la parte baja de la pantalla, observaremos que muestra el sitio desde el que se nos está mandando la información. Comprobaremos al cabo de un rato que, a medida que vamos tocando las palabras activas y avanzando en la lectura, estamos pasando de un sitio a otro, de un servidor a otro, sin darnos cuenta. De manera que al final de una consulta hemos pasado probablemente por varios servidores alejados quizá muchos kilómetros, sin que en ningún momento hayamos percibido más que el retardo que aún Internet impone a la navegación. Con nuestra lectura hemos encuadernado unas páginas que residen en lugares distintos. La información, por tanto, ya no reside en un único lugar y, sin embargo, el lector tiene la percepción de que toda la información está tan próxima como las páginas de un libro.

El sueño de poder acceder a una información que no resida en un solo punto ya lo encontramos en el siglo XVI con un ingeniero humanista, Agostino Ramelli. Ramelli nos describe en un libro muy bello sobre artefactos e invenciones de la época, que no todas se llegaron a materializar, una "rueda de libros". Se trata de una especie de noria, en la que en cada cangilón estaría depositado un libro abierto; el lector, sentado tangencialmente a la noria, y ayudado por un ingenioso juego de palancas, movería la noria de manera que con rapidez se pusieran al alcance de sus ojos los libros que de otra manera habrían estado depositados en un armario o en los estantes de una biblioteca.

El sueño, por tanto, de tener en un invento -en este caso, una noria- la información al alcance de la mano; con el que se pudiera decir: "¡Sólo tengo un libro!". La rueda de libros se sueña en el siglo XVI, pero en el siglo XX, en 1945, Vannevar Bush diseña el "Memex", ya no con cangilones y palancas, sino con microfichas, motores eléctricos y pantallas, pero con la misma intención de tener próxima una información muy abundante. Las máquinas de Ramelli y de Bush terminan realizándose, al final del siglo XX, con Internet. Así pues, la aspiración de hacer asequible mucha información sin tener que someterse a la servidumbre de las distancias está presente a lo largo de la historia del libro.

Amorfia y asincronía

(8) Pasemos a la octava propiedad. Para algunos no es muy adecuada la palabra que uso para etiquetarla: la amorfia. Pero, a la espera de otra más afortunada, sigo recurriendo a ella para nombrar esta propiedad del espacio digital. Si los objetos en este espacio son ubicuos y las partes que lo componen no coinciden necesariamente en un lugar, los objetos digitales no tienen forma. Esto último me lo discuten los filósofos, pero tal reserva no impide que lleguemos a lo que en esta conferencia nos interesa: y es que con amorfia quiero también señalar las formas nuevas que pueden surgir en el espacio digital, sin correspondencia alguna con las existentes de este lado.

Cuidado con reducir el espacio digital, y en consecuencia la pantalla electrónica, a un espejo en el que sólo refleja, más o menos fielmente, lo que hay de este nuestro lado. Lo inquietante y sugerente del espacio digital es que tiene capacidad para crear cosas radicalmente nuevas que no se pueden realizar en el espacio tridimensional. Ya la inteligencia artificial, y más aún las incipientes experimentaciones sobre vida artificial, apuntan esta rica posibilidad. Lo más sugerente de las aportaciones de la vida artificial no es la simulación virtual de la vida tal como se manifiesta en nuestro mundo natural, sino la sorpresa con que se han encontrado los investigadores ante la emergencia de formas de vidas que no tienen su correspondencia original con las llamadas naturales.

Y el libro, y ya entramos en lo que nos interesa, ante esta propiedad, ¿cómo se va a comportar? Pues el libro puede participar de tres maneras, y las tres ya se están dando en estos momentos.

(a) La primera sería una relación, con respecto a esta propiedad, que llamo resonante. Se introducel libro en el espacio digital, adquiere las propiedades que acabamos de ver - por ejemplo, el libro se hace blando- y luego se devuelve a nuestro espacio de tres dimensiones. Operaciones parecidas viene el hombre haciendo desde que controla el fuego. Al calentar, por ejemplo, el metal, éste adquiere una maleabilidad que posibilita imponerle formas a voluntad; luego se retira y se enfría. Se ha conseguido trabajar el metal con una facilidad que no se hubiera podido hacer en frío. O bien, el hombre mete la arcilla en agua, adquiere así plasticidad, le da forma, la saca, la pone al sol y ha conseguido unas formas imposibles sin esta operación.

Ahora, con esta nueva hoguera que es el espacio digital, el hombre se pone delante, introduce el texto, para que adquiera propiedades tan interesantes como la de hacerse blando, por lo que puede corregir el texto en pantalla, formatearlo…Y cuando está listo, se saca al sol, se introduce en el agua para que se enfríe... se imprime… y el libro está de nuevo sobre papel. En la actualidad, las editoriales, a excepción quizá de algunas artesanales, utilizan este sistema. Lo mismo sucede con la generación de imágenes por ordenador, y que una vez logradas pasan a una cinta analógica. También hay ya editoriales que imprimen y encuadernan los ejemplares bajo demanda de los compradores particulares; no producen una tirada previa a la demanda.

(b) La segunda forma de relación del libro ante esta octava propiedad del espacio digital es la que llamo especular. Es cuando se trasladan los objetos, sucesos o acciones, y en concreto el libro, al otro lado no con la intención de que terminen retornando sino de que permanezcan definitivamente allí, pareciéndose todo lo posible al original correspondiente. En el caso del libro, es intentar reproducirlo en el otro lado, como si fuera un espejo, pero no para luego imprimirlo. Y este libro, definitivamente sin páginas de papel, recibe el nombre de libro electrónico.

Hay ya una oferta discreta, pero variada, de libros electrónicos. La mayoría de ellos es más una tableta electrónica , con una superficie de lectura, que un códice que ofrece, abierto, dos superficies de lectura (¿para qué dos, si no hay hojas con anverso y reverso?). Con una buena calidad de pantalla y autonomía, se cargan directamente de la red o a partir de un ordenador con varios libros comprados a la editorial. Leídos éstos, pueden ser borrados o pasar a la librería de un disco de almacenamiento. En algunos casos, hay también la posibilidad de simular el libro electrónico en la pantalla de un ordenador personal .

La aparición de los primeros libros electrónicos nos indica además la forma en que el espacio digital va a estar presente, a materializarse, en el espacio que habitamos: con un creciente número de aparatos distintos y específicos para usos concretos de lo que guarda el mundo digital. El ordenador personal ha dejado de monopolizar la ventana de acceso al espacio digital. El televisor, conectado a la red, ha rejuvenecido, cuando hace muy pocos años se le veía ya como un viejo aparato electrónico sin posibilidades ante el rampante ordenador multimedia. Ahora la pantalla de un televisor está empezando a ser una atractiva interficie para actividades diversas y no sólo marco del flujo audiovisual. La nueva generación de teléfonos móviles se presentan como miniventanas para asomarse a Internet. Ya están las recientes consolas de videojuegos conectadas a la red. Y el gran negocio potencial de las empresas discográficas virando hacia pequeños aparatos reproductores de la música que se "baje" de la red... Esta es la satelización de aparatos diversos que produce el invisible espacio digital.

(c) Y, por último, hay una tercera posibilidad para el libro de aprovecharse de la octava propiedad que hemos atribuido al espacio digital: es la emergencia. Se trata de apostar por crear cosas que no tengan su original en el otro lado del espejo, que sean completamente distintas.

Es decir, pensar en un libro que no tuviera páginas, en un libro que rompiera definitivamente con el concepto de página y de hoja de papel. Y esto supone un gran esfuerzo. Es más, por el momento vamos en sentido contrario: reforzando la percepción de la pantalla como si fuera una página de papel. Les he hablado hace unos minutos sobre cómo ha influido la estrategia del caballo de Troya, en forma de procesador de textos, para introducir el ordenador personal, presentándolo como una máquina de escribir. Apoyándose en la metáfora que crea la ilusión de estar sentado ante una pantalla como si se estuviera ante una máquina de escribir, con la hoja incrustada en el carro de la máquina. Metáfora muy eficaz para pasar sin trauma de la máquina de escribir al ordenador.

Esta inclinación se acrecienta con la llegada de Internet y la utilización de la interfaz de la página web. Se sigue insistiendo en la pantalla como página. Sin embargo, la facilidad que proporciona la metáfora para que el lector se vaya habituando al nuevo espacio de lectura de la pantalla frena la creatividad y la búsqueda de nuevas formas. ¿Es que no se puede aprovechar de otra manera ese espacio en donde quedan sostenidas las palabras? Hay que explorar la distribución de las palabras en la pantalla, así como su aparición y desaparición en ella. Al no ser una hoja de papel, no hay necesidad de aprovechar su superficie llenándola de texto; al no estar impresas las palabras, sino sostenidas durante un espacio de tiempo, pueden aparecer y desaparecer a los ojos del lector con unos efectos y ritmo que no se limiten a simples pantallazos. El texto sostenido en pantalla se puede dosificar, la medida no tiene por qué ser la de la caja de una página impresa. Y estas palabras en pantalla, pocas, pueden ser colocadas con mucha más libertad que la ofrecida por la página de un libro, y encadenarse y fundirse con otras, tras un clic, o desaparecer sólo parte del texto para dejar su lugar a nuevas palabras. Muchas posibilidades de aprovechar la "cinestesia", que es la propiedad que adquiere el texto en pantalla y a la que no puede aspirar sobre el papel.

Cuando comenzó a difundirse el códice, el lector de volúmenes enrollados se resistía con el fundamento de que la lectura se le fracturaba al pasar la hoja, acostumbrado como estaba al suave desplazamiento de las columnas de texto en el rollo. ¿Por qué seguimos empeñados, una vez que nos hemos acostumbrado a leer con esa brusca fractura, a que también se fracture nuestra lectura en la pantalla? ¿Por qué no pueden diluirse lentamente esas palabras blancas en el negro de la pantalla, y quizá no todas a la vez, para que otras nuevas encajen en la parte del texto que ha quedado aún pendiente?¿Por qué no incitar con estos recursos de la cinestesia a percibir -y explotar- la profundidad de la pantalla? Aparecerían entonces unas capacidades expresivas que no son alcanzables sobre el papel, pero que pertenecen al libro digital. El resultado sería que emergería un libro en la pantalla que no es la imagen virtual del códice de papel. Ya no hay papel, ni tampoco página.

(9) Paso muy rápido por la novena propiedad. La asincronía en el espacio digital amplifica la capacidad que la imprenta proporcionó al libro facilitando la lectura individual y, por tanto, en el momento en que deseara el lector. Así pues, con la imprenta el libro se puede abrir desde múltiples lugares y en momentos distintos. El sueño de un libro permanentemente abierto (por estar en muchas manos) y en el que incesamente se inicie una nueva lectura se cumple todavía mejor en un libro del espacio digital, accesible desde cualquier punto y en cualquier momento.

El libro digital Hipertextualidad (10) Y, para terminar, tenemos la décima propiedad. Propiedad muy importante de tener en cuenta para concebir cómo puede ser el futuro libro digital. Esta propiedad permite continuar con una operación de trascendencia en la historia del libro: en vez de enrollar el soporte, se pliega el soporte. Pues bien, ahora en el mundo digital lo que hay que plegar ya no es el soporte sino el texto. Y cuando se pliega un texto estamos hablando de un hipertexto. No podríamos concebir un libro digital sin una estructura hipertextual. Y paso enseguida a explicárselo; pero como será difícil en poco tiempo, procuraré con una metáfora aclarar la idea de hipertexto como una forma de plegar el texto, como una nueva geometría del texto.

En la sociedad en la que vivimos los conceptos, las ideas se difunden tan rápidamente que, como si de una brusca expansión en el mundo físico se tratara, se enfrían igual de rápido y pierden fuerza. Uno de los conceptos que ha perdido fuerza ha sido el concepto expansivo de hipertexto. Con Internet, en concreto con la Web, se ha empezado a utilizar en su sentido débil, en su sentido menos exigente. Hasta el punto de que se denomina hipertextualidad al hecho de vincular documentos con el concurso de unas herramientas informáticas. Pero esto es marcadamente insuficiente. Para ello, voy a recurrir a la metáfora anunciada.

Imaginemos que tenemos una gran hoja de papel, que representaría la generosidad de la tecnología en cuanto a posibilidad de registrar información en los nuevos soportes. Podemos empezar a escribir sobre ella, hasta llegar a llenarla. Pero una vez escrita, se nos dice que para leer lo escrito hay que hacerlo a través de una ventana reducida como es la pantalla electrónica. La superficie de la hoja escrita es muy superior a la de la pantalla Este es el contraste entre un mundo digital extraordinariamente denso y su acceso mediante una pantalla electrónica. La tecnología te ofrece todos los metros de profundidad que se desee en el pozo, pero hay que asomarse a un estrecho brocal.

¿Cómo resolver esta discrepancia?
Hay dos soluciones. Una, si no cabe la hoja, troceémosla en partes que sí concuerden con el tamaño de la pantalla. Además, la tecnología nos ofrece aguja e hilo para hilvanar a nuestro gusto los trozos: son los "links" o enlaces. Todos hemos experimentado que, cuando, aburridos en una reunión, comenzamos a trocear una hoja, el montón de fragmentos adquiere un volumen considerable, superior al del punto de partida. Y el intento de ligarlos con la ayuda de hilos amenaza con convertirlos en una maraña. No es, por tanto, un buen camino esta consideración del hipertexto basada sólo en enlaces.

¿Otra solución que podría haber? Ciertamente que la gran hoja no cabe en las dimensiones de la pantalla, pero en vez de fragmentarla comenzamos a plegarla. A medida que avanzan los pliegues, lo escrito va desapareciendo bajo los dobleces y emergiendo una forma, una papirola, una interfaz, que sí ya cabe en la pantalla y que luego el lector tocando el texto irá desplegando, haciendo que vayan brotando las palabras tras los pliegues. El trabajo hipertextual es un trabajo de papiroflexia, aunque lo que se pliegue no sea papel, sino el texto. La hipertextualidad es una geometría del texto en el espacio digital.

Para que el libro digital emerja hay que concebir unas organizaciones hipertextuales mucho más potentes que las que en estos momentos tenemos. Un conjunto de páginas web es muy poco exigente en este sentido, y puede, en general, resolverse con aguja e hilo, pero no sucede lo mismo con la escritura de un libro. Aquí se necesita mucha más creatividad e insistente experimentación. Sólo asi irá tomando forma un libro sin páginas, un libro blando, poliédrico, navegable, con emociones nuevas de lectura y frustración por otras irremediablemente perdidas.

Nos espera mucho trabajo, pero es un reto irrenunciable que nos llega al humanismo desde unas tecnologías que están conformando el mundo. La responsabilidad es nuestra.