El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Sergio
Vieira de Mello, resultó muerto en un atentado con explosivos perpetrado
contra el edificio de la ONU en Bagdad el 19 de agosto de 2003, casi diez
años después de la creación de la Oficina del Alto
Comisionado, a la que se encomendó la defensa y promoción
de los derechos humanos en el mundo.
Mientras
uno de los más destacados defensores de los derechos humanos en el
ámbito internacional yacía muerto entre los escombros, el
mundo tenía buenas razones para preguntarse cómo era posible
que la legitimidad y credibilidad de la ONU se hubieran deteriorado de un
modo tan fatídico. Ignorada en la guerra de Irak, marginada después
del conflicto, acusada de rendirse a la presión de los Estados poderosos,
la ONU parecía prácticamente paralizada en sus esfuerzos para
obligar a los Estados a responder de su observancia del derecho internacional
y de su actuación en el campo de los derechos humanos.
En
ese momento era lógico preguntarse si los sucesos de 2003 habían
asestado también un golpe mortal a esa concepción de la justicia
global y de la universalidad de los derechos humanos que había sido
el primer motivo de inspiración para la creación de instituciones
globales como la ONU. Si los gobiernos se sirven de los derechos humanos
como un manto que se puede utilizar o desechar en función de intereses
políticos, ¿cabe confiar en la capacidad de la comunidad internacional
de Estados para hacer realidad esa concepción? ¿Y qué
puede hacer la comunidad internacional de ciudadanos para rescatar los derechos
humanos de entre los escombros?
La
respuesta llegó la misma semana en que se produjo el atentado contra
la oficina de la ONU, cuando en México un grupo de mujeres ganó
la primera batalla de la lucha encaminada a obtener justicia para sus hijas
asesinadas. Marginadas y pobres, habían luchado durante diez años
para llegar tan lejos; pero, al final, obligaron al presidente mexicano
Vicente Fox y a las autoridades federales a tomar cartas en el asunto. Yo
estaba con las madres de Ciudad Juárez cuando llegó la noticia
de esta victoria. No olvidaré jamás la alegría dibujada
en sus rostros y su gratitud a los miles de personas de todo el mundo cuyos
esfuerzos habían contribuido a hacer realidad semejante cambio. Una
red mundial de solidaridad internacional había globalizado su lucha.
Mientras las miraba, comprendí cuántas cosas se pueden lograr
en favor de los derechos humanos gracias a ese espacio virtual y dinámico
que forma la sociedad civil global.
Son
muy grandes los desafíos a los que se enfrenta hoy el movimiento
global en favor de los derechos humanos. Como activistas, debemos afrontar
la amenaza que representan los actos despiadados, crueles y criminales cometidos
por individuos y grupos armados. Tenemos que resistir la reacción
contra los derechos humanos producida por la aplicación resuelta
de una doctrina de seguridad global que tiene al mundo profundamente dividido.
Y debemos luchar para remediar la inoperancia de los gobiernos y de la comunidad
internacional en el cumplimiento de las exigencias de justicia social y
económica.
La
tragedia de Bagdad fue un claro recordatorio (aunque en modo alguno el único)
de la amenaza global que representan los que están dispuestos a emplear
cualquier medio para avanzar en sus objetivos políticos. Condenamos
sus actos de forma inequívoca. Son culpables de abusos contra los
derechos humanos y de violaciones del derecho internacional humanitario,
en algunos casos equiparables a crímenes de guerra y crímenes
de lesa humanidad. Deben ser juzgados, pero —y en este punto nos distanciamos
de algunos gobiernos— siempre de acuerdo con las normas del derecho
internacional. Los derechos humanos rigen tanto para los mejores como para
los peores de nosotros, para los culpables como para los inocentes. La negación
de juicios justos es un abuso contra los derechos fundamentales y amenaza
con convertir en mártires a los delincuentes. Por eso exigimos que
se juzgue a Sadam Husein de acuerdo con las disposiciones del derecho internacional.
Por eso nos oponemos a que los detenidos en la base naval estadounidense
de Guantánamo, Cuba, sean juzgados por comisiones militares cuyos
procedimientos no cumplen las normas internacionales.
El
camino hacia una seguridad viable pasa de forma ineludible por el respeto
a los derechos humanos. El programa de seguridad global divulgado por la
administración estadounidense está falto de principios y desprovisto
de perspectiva. La política de sacrificar los derechos humanos en
nombre de la seguridad nacional, cerrar los ojos a los abusos en el resto
del mundo y utilizar de forma preventiva la fuerza militar donde y cuando
convenga no ha aumentado la seguridad ni garantizado la libertad.
Contemplemos
la creciente rebelión en Irak, el caos cada vez mayor en Afganistán,
la interminable espiral de violencia en Oriente Medio y Próximo,
la avalancha de atentados suicidas en ciudades populosas de todo el mundo.
Pensemos en la constante represión de los uigures en China y de los
islamistas en Egipto. Imaginemos el alcance y la magnitud de la impunidad
que ha caracterizado a las flagrantes violaciones de derechos humanos y
del derecho humanitario en los conflictos “olvidados” de Chechenia,
Colombia, la República Democrática del Congo y Nepal, es decir,
olvidados por todos, salvo por los que sufren día a día sus
peores consecuencias.
El
uso de un doble lenguaje desacredita los derechos humanos, pero es, por
desgracia, un fenómeno corriente. Estados Unidos y sus aliados aseguraron
que hacían la guerra de Irak para proteger los derechos humanos;
sin embargo, menoscabaron abiertamente los derechos humanos con el fin de
ganar la “guerra contra el terror”. Quienes emprendieron la
guerra de Irak afirmaron que lo hacían para reducir la amenaza de
las armas de destrucción masiva, pero el mundo está lleno
de armas convencionales y pequeñas que matan a más de medio
millón de personas al año. Para empeorar las cosas, con el
pretexto de librar la denominada “guerra contra el terror”,
muchos países han relajado los controles de exportación de
armas a gobiernos conocidos por su nefasto historial en materia de derechos
humanos, como Colombia, Indonesia, Israel y Pakistán. Tanto en situaciones
de guerra como de paz, el comercio incontrolado de armas representa un peligro
mayor para todos nosotros.
Irak
y la “guerra contra el terror” han oscurecido el mayor desafío
al que se enfrentan los derechos humanos en nuestra época. Según
algunas fuentes, los países en desarrollo gastan en armas unos 22.000
millones de dólares estadounidenses al año, cuando, con 10.000
millones de dólares anuales, podrían disfrutar de educación
primaria universal. Estas cifras esconden un enorme escándalo: la
promesa fallida de luchar contra la pobreza extrema y reparar las flagrantes
injusticias sociales y económicas.
Según
algunos analistas, existe un peligro real de que el desvío de recursos
y de la atención internacional hacia la “guerra contra el terror”
impida lograr las metas establecidas por la ONU en los Objetivos de Desarrollo
del Milenio, como la disminución de la mortalidad infantil y materna,
el acceso de todos los niños a la educación primaria o la
reducción a la mitad del número de personas que no disponen
de agua potable.
Los
pobres y marginados, que son a quienes se niega con mayor frecuencia el
acceso a la justicia, serían los que se beneficiarían más
de una aplicación justa de la ley y de los derechos humanos. Sin
embargo, a pesar del alcance cada vez mayor del discurso sobre la indivisibilidad
de los derechos humanos, en la práctica no se presta la debida atención
a los derechos económicos, sociales y culturales, con lo que los
derechos humanos quedan reducidos a un constructo teórico para la
gran mayoría de la población mundial. No es una mera casualidad
que en la guerra de Irak -parezca haberse dado mayor prioridad a la protección
de los pozos de petróleo que a la de los hospitales.
Tampoco
resulta sorprendente que las grandes empresas puedan hacer lo que quieran
y salirse con la suya, o no hacer lo que deberían hacer, alegando
que no existen unas leyes que definan claramente sus responsabilidades o
les pidan cuenta de sus actos respecto de los derechos humanos. Las Normas
de la ONU sobre las Responsabilidades de las Empresas en la Esfera de los
Derechos Humanos, aprobadas en 2003, constituyen un paso adelante en la
regulación de las responsabilidades empresariales, pero por desgracia
han sido objeto de ataques simultáneos por parte de empresas y gobiernos.
Con
este telón de fondo de abusos, impunidad, hipocresía y doble
rasero, ¿qué podemos hacer para suscitar el compromiso con
los derechos humanos?
Podemos
mostrar que los derechos humanos ofrecen una imagen vigorosa y convincente
de un mundo mejor y más justo y que constituyen la base de un plan
concreto para conseguirlo. Los derechos humanos dan esperanza a mujeres
como la nigeriana Amina Lawal, cuya pena de muerte fue revocada como consecuencia
del respaldo multitudinario que recibió su caso. Proporcionan un
instrumento a defensores de los derechos humanos como Valdenia Paulino en
su lucha contra la brutalidad policial en las favelas de la ciudad brasileña
de São Paulo. Dan voz a los que nada pueden: al preso por razones
de conciencia, al preso de la violencia y al preso de la pobreza.
En
épocas de incertidumbre el mundo necesita luchar no sólo contra
las amenazas globales, sino también por la justicia global. Los derechos
humanos son un estandarte capaz de movilizar a personas de todo el mundo
en favor de la justicia y de la verdad. Gracias al trabajo de miles de activistas
en Latinoamérica, la opinión pública se está
volviendo contra el imperio de la impunidad en la región. A pesar
de la cruzada emprendida por Estados Unidos para menoscabar la justicia
internacional y garantizar la inmunidad judicial de sus ciudadanos en todo
el mundo, la Corte Penal Internacional ha nombrado ya un fiscal y ha empezado
a trabajar a pleno rendimiento. Poco a poco, los tribunales estadounidenses
y británicos han comenzado a examinar los intentos de sus gobiernos
para restringir los derechos humanos en su “guerra contra el terror”.
Los
derechos humanos representan una garantía de igualdad y equidad para
millones de mujeres de todo el mundo. Recientes cambios legislativos en
Marruecos abrirán un capítulo nuevo en la igualdad de género
en la región. El reconocimiento de la importancia de los derechos
humanos en la universalización de la lucha de las mujeres ha llevado
a miembros de Amnistía Internacional a cooperar con activistas de
los derechos de la mujer y muchas otras personas para luchar globalmente
con el fin de acabar con la violencia contra las mujeres. Pedimos a líderes,
organizaciones y particulares que se comprometan públicamente a cambiar
de mentalidad y a erradicar leyes, sistemas y actitudes que permiten la
violencia contra las mujeres.
Defender
los derechos humanos es cambiar el mundo para mejor. Utilizando el poderoso
mensaje de los derechos humanos, Amnistía Internacional ha iniciado
una campaña conjunta con Oxfam y la Red Internacional de Acción
sobre Armas Pequeñas (IANSA) con objeto de conseguir un control global
de este tipo de armas. A quienes afirman que no logrará su objetivo,
les recordamos las alianzas que condujeron a la prohibición de las
minas terrestres y a la creación de la Corte Penal Internacional.
Mediante una combinación de presión pública y apoyo
gubernamental, estamos decididos a cambiar la situación.
Aunque
en este informe celebramos estos y otros logros, no hemos permitido que
oscurezcan la persistencia de desafíos cuya realidad es evidente.
Vivimos en un mundo peligroso y dividido, donde cada día se pone
a prueba la pertinencia de los derechos humanos, se cuestiona la legitimidad
de los activistas y aumenta el “déficit de responsabilidad”
de gobiernos, instituciones internacionales, grupos armados y agentes empresariales.
Precisamente en un mundo así, necesitamos una sensibilidad mayor
que diga: “Esta situación tiene que acabar. Las cosas deben
cambiar”.
No
hay comunidad internacional más fuerte que la sociedad civil global.
Junto con sus miembros y aliados en el movimiento en favor de los derechos
humanos, Amnistía Internacional se ha comprometido a reavivar y revitalizar
la concepción de los derechos humanos como un poderoso instrumento
en la consecución de cambios concretos. A través de las voces
y perspectivas de millones de hombres y mujeres, llevaremos adelante el
mensaje de los derechos humanos.