Últimamente
hemos vuelto a oír cómo se utiliza la palabra memoria de modos
tan diversos como interesados. Hace unos meses oía a José
Mª Aznar parafraseando la famosa frase de G.K. Chesterton, «la
historia es la democracia con los muertos», después de lo cual
algunos no han dudado en citar al genial periodista cervecero para referir
el peso que la memoria del dolor debe tener en la historia. En las V Jornadas
de Pensamiento Crítico una de las sesiones simultáneas refería
oportunamente en su título «Historias de sufrimiento y memoria
de las víctimas: reflexiones ético-políticas»
cómo las víctimas irrumpen hoy y siempre en la historia oficial
que hacen los vencedores y abren desde su potencial crítico nuevos
horizontes ético-políticos. Pero, ¡qué dos formas
tan distintas de apelar a la memoria del sufrimiento! Os invito por eso
a profundizar en lo que la categoría «memoria» ha venido
significando y cómo puede provocar a nuestros diversos intentos de
llevar a cabo una praxis social más justa y solidaria.
La
categoría «memoria» en el pensamiento crítico
La
memoria del sufrimiento no puede considerarse un tema nuevo. No obstante,
su dinamismo crítico podría ser el fundamento aún por
descubrir de una acción alternativa mucho más incisiva. Th.W.
Adorno recogía en su obra la siguiente intuición de G. Simmel
esbozada en el contexto de la II Guerra Mundial: es sorprendente lo poco
que la filosofía se refiere al sufrimiento humano. Efectivamente,
una consecuencia de las pretensiones ilustradas es que la persona misma
acaba convirtiéndose en un valor abstracto del mercado, desfondada
de toda singularidad y reducida a un mero concepto, reducida -perdonen la
expresión- a las cenizas de Auschwitz. De este modo, el sujeto va
a la deriva de la más fuerte de las corrientes: el do ut des, doy
para que me des, el interés. Adorno reaccionó interpretando
la historia como sufrimiento y fraguando un pensamiento que pretendía
poner de manifiesto el dolor de las víctimas ante los poderes alimentados
por el principio de dominio. La memoria del dolor no nos habla del «sujeto»
o de la «humanidad» en abstracto, sino del otro concreto, del
hermano de mi vecino que amaneció muerto en las playas de Rota tras
naufragar su patera. M. Horkheimer reivindicaba igualmente la relación
entre razón y memoria, de modo que el uso crítico del recuerdo
se fue perfilando como el fundamento de la razón práctica.
También otros pensadores como W. Benjamin o H. Marcuse proponían
redescubrir el pasado como modo de suscitar perspectivas desafiantes para
una sociedad establecida sobre las despersonalizadas leyes del canje.
La
memoria como mediación social
Adorno,
por tanto, reivindica dos cosas: la dimensión subversiva de la tradición
entendida como memoria de los sufrientes y su valor como mediación,
porque «cuando toda tradición se extingue, comienza la marcha
hacia la inhumanidad». El concepto «memoria» no quiere
ser expresión de ningún tradicionalismo de aquellos que la
razón ilustrada hizo entrar en crisis, sino un modo de hacer frente
a las formas de filosofía crítico-prácticas de la historia
y la sociedad que evitan la relación entre razón e historia
en beneficio de la razón abstracta, a-histórica y des-subjetivada.
La memoria reclama una razón anamnética, un logos con memoria;
es decir, un modo de pensar que no reduzca el sujeto a una abstracción
conceptual sin referencia a la historia y a los procesos sociales. Por eso,
una razón crítica debe asumir siempre el carácter biográfico
del sujeto. Pero, ¿cómo podríamos hacer de la memoria
una forma de mediación crítica en nuestra praxis social? Nosotros
contestamos: narrando. La narración es el lugar donde vive la memoria.
Cuando cualquier tipo de represión recorta las libertades siempre
se agudiza la memoria como expresión crítica. La mediación
del recuerdo de la libertad es de naturaleza práctica: relatar historias
peligrosas, porque en ellas se introduce, pervive y se trasmite el interés
por la libertad. Nosotros mismos hemos experimentado recientemente cómo
la memoria concreta de los testimonios de iraquíes que han padecido
la guerra se han convertido en un instrumento de unión solidaria
en el dolor de la persona singular. Por eso nombrar a esas personas es mantener
encendida la llama de quién, vivo o muerto, reclama justicia. La
memoria, en definitiva, no es un mero amor a las tradiciones, sino una comunidad
de solidaridad con las víctimas de la historia (solidaridad hacia
atrás) que interrumpe el sistema utilitarista al uso y la ley del
interés. La memoria no es tampoco la «anámnesis»
platónica de la idea, sino un movimiento de solidaridad que rememora
acontecimientos con urgencia de futuro (solidaridad hacia delante).
La
manipulación ideológica de la memoria
No
obstante, el sufrimiento también es susceptible de una manipulación
ideológica. Antonio Duplá habla en este sentido de «indignaciones
selectivas» en su artículo publicado en la revista Página
Abierta (abril de 2003). Allí expone refiriéndose al problema
vasco cómo la actitud ante las víctimas está muchas
veces lastrada por criterios partidistas sin darse compasión ni solidaridad
con los sufrientes como tales. Es decir, cuando se apela al dolor de las
víctimas hay que mantener viva la memoria de todas ellas. Por ejemplo,
siempre se habló más de las víctimas de E.T.A. que
de los miles de muertos en el Estrecho; de las víctimas del 11-M
que de las iraquíes (¡las bombas que tiramos en Irak explotan
en Madrid!), etc. Pero también hubo plataformas sociales de memoria
selectiva que no secundaron las condenas al ataque del World Trade Center
o que guardaron silencio ante las ejecuciones en Cuba. Hay víctimas
de las que ni se habla. Un misionero en Zimbagüe nos comentaba las
palabras que le dijo el corresponsal de una agencia de noticias: «a
África no vamos por menos de quinientos muertos». ¿Son
víctimas distintas o lo que es selectiva es nuestra indignación?
La memoria de todas las víctimas nos hace salir de los reduccionismos
partidistas y aceptar la realidad en su complejidad, porque sólo
son soluciones reales las medidas complejas y no las salidas fáciles
que con tanto éxito ofrecen algunos políticos que eliminan
todos los matices de los análisis sociales y reducen la historia
a buenos y malos. En cambio, la mediación narrativo-anamnética
del dolor de cada persona refleja la tensión y la crudeza de la historia
como lucha por el dominio a costa del hombre.
Una
cultura sin memoria
El
poder nunca habla de las víctimas que dejó en el camino. El
neoliberalismo, por ejemplo, nunca menciona cuántas economías
regionales ha destruido en el último siglo hasta hacer ochenta veces
más pobre a África. Los mismos medios de comunicación
son expresión de un lenguaje secuencial y sin memoria, capaz de abordar
el dolor más grande y luego dar paso a otra noticia. Por eso, el
teólogo católico J.B. Metz considera al respecto que la destrucción
de la memoria supone una obstrucción sistemática de la identidad
en el plano histórico-social. Según él, éste
es uno de los dramas contemporáneos, pues vivimos en una época
de amnesia cultural en la que el hombre se extraña cada vez más
ante su propia historia. El máximo exponente de este fenómeno
estriba en que el vivirse-como-persona de cada individuo no se sitúa
en la memoria, sino en el olvido. F. Nietzsche desplazaba a G.W.F. Hegel
y a K. Marx proclamando una «nueva forma de vivir» que exclama
«¡bienaventurados los olvidadizos!». El olvido desea silenciar
el dolor de las víctimas pero, ante esto, el potencial subversivo
de la memoria se convierte en un correctivo crítico y «peligroso».
Él rompe el embrujo de la conciencia establecida y reclama -aun a
contracorriente- los conflictos no solventados, las esperanzas incumplidas.
Por tanto, la memoria no es la antítesis romántica o burguesa
de la esperanza, porque ella no evoca livianamente el pasado, sino que es
un recuerdo desafiante con contenido de futuro.
La
relación entre memoria y «falsa conciencia»
Este
recuerdo subversivo se opone a lo que Metz llama «falsa conciencia».
La «falsa conciencia» es un modo superficial e idealizado de
relacionarnos con el pasado, ocultando el peligro y el dolor desde un cliché
de inocencia. La falsa conciencia significa que «cualquier tiempo
pasado nos parece mejor», es el recuerdo glorioso de la guerra que
tienen los abuelos que toman café y hablan del compañerismo
en el frente, del valor... y no de los muertos. En virtud de esto, el postmoderno
F. Lyotard distingue dos tipos de olvido: el que intenta borrar todas las
huellas para que sea imposible volver a recordar o el que pretende una aclaración
conciliadora con lo acontecido mediante una interpretación posterior.
Pero el recuerdo es peligroso precisamente porque no nos deja reconciliarnos
falsamente con nuestro pasado de dolor, sino que nos mueve a asumirlo en
toda su complejidad y a integrarlo con verdad.
El
recuerdo no es un mero cúmulo de datos, sino memoria del sufrimiento
y expresión de una solidaridad que no sólo mira al futuro,
sino también hacia atrás, como solidaridad con los muertos
y vencidos. En este sentido, Metz cree que el recuerdo pone de relieve la
relación de mediación entre la razón y la historia.
La
relación entre memoria y libertad
Nosotros
reconocemos con la Ilustración que los procesos libertarios de emancipación
son la tarea más noble de la razón crítica. Por tanto,
el recuerdo de la razón crítico-anamnética no debe
ser otro que el recuerdo de la libertad. Ahora bien, ¿de qué
modo de entender la libertad estamos hablando? La Ilustración interpreta
la historia de la libertad como una historia del progresivo dominio de la
naturaleza y, en este sentido, como una praxis de dominio (totalitarismo)
que brota de la misma historia entendida como «totalidad». Ese
modo de entender la libertad acaba por destruir el recuerdo para olvidar
el dolor que le produce el grito de las víctimas o el mismo sentimiento
de culpa. ¿Acaso no ocurrió así con la historificación
del Holocausto?
Sin embargo, la evocación de la libertad debe poner de relieve, en
primer lugar, el recuerdo del sufrimiento. Este sufrimiento convierte la
historia de la libertad en una «tradición peligrosa»
que no puede ser superada ni asumida por ninguna interpretación o
crítica posterior. La memoria no es la evocación darwiniana
de la historia de los vencedores, sino el recuerdo del sufrimiento que nos
habla de la verdad de la historia, de la historia que no cuentan los libros
oficiales. Es la «tradición peligrosa» que no se deja
historificar, sino que mantiene el vigor del grito de las víctimas.
De este modo, la razón queda sensibilizada por el sufrimiento hasta
el punto de que la libertad sólo puede ser expresada en referencia
al sufriente, y no como el a priori de la razón, porque el a priori
de la razón son ahora las víctimas. Ningún discurso
ni ninguna forma de consenso será justo si no tiene en cuenta a todas
las víctimas, porque ellas hablan de la verdad de la historia, ellas
sacan los colores a los discursos políticos insolidarios, ellas denuncian
los consensos entre poderosos que no oyen su grito y olvidan su memoria.
En efecto, «todo es según el dolor con que se mira» (M.
Benedetti), por eso el lugar de quien sufre debe ser para nuestra praxis
social el lugar hermenéutico por excelencia. A Diamantino García,
cura de pueblo y jornalero, le tachaban de ser de extrema izquierda: «yo
soy de la extrema necesidad», decía. Ahí hay que estar
para llegar a comprender.
La
relación necesaria entre memoria del dolor y memoria de la gloria
Quisiéramos
apuntar que el extrañamiento del sujeto ante su propia historia no
debe darse sólo en orden al sufrimiento. Si fuese así, no
se contaría toda la verdad de la historia y, en último extremo,
caeríamos en un pesimismo paralizante que haría de nosotros
heraldos de una conciencia de sufrimiento y culpa. Por tanto, poner en relación
la razón y la historia exige evidenciar no sólo el dolor de
las víctimas, sino también la «memoria de la gloria».
Llamamos «memoria de la gloria» a la expresión del patrimonio
cultural y de los grandes valores que han configurado la historia y la identidad
de los pueblos. Una memoria viva de la gloria denunciaría también
con singular fuerza crítica la no-identidad de los hombres y los
pueblos que han sido y son capaces de engrandecer a la humanidad con sus
diversas aportaciones. Lo que fuimos denunciaría lo que no somos,
las circunstancias presentes. Por ejemplo, Europa celebraba en 1992 el descubrimiento
de América pero, mientras los vencedores escribían la historia
oficial, las comunidades indígenas latinoamericanas hacían
memoria de su pasado, de la grandeza de antiguas civilizaciones. Eso les
ayudaba a percibir la grandeza del alma de su pueblo y la riqueza de su
singularidad, pero también les hacía cobrar conciencia de
las humillaciones y marginación que sufren todavía en muchos
aspectos.
Ciertamente,
la verdadera gloria sólo podría ponerse de manifiesto desde
la memoria del dolor, porque ella nos habla de la historia de los perdedores
y nos priva de caer en triunfalismos. Sin embargo, la memoria de la gloria
evitaría que la memoria del sufrimiento acabe siendo «memoria
del dolor y de la culpa» y, en este sentido, memoria siempre lamentable
y paralizante. La memoria del dolor y de la gloria genera en el fondo un
complejo pero fecundo proceso de purificación de la memoria que nos
da humildad para reconocer nuestros propios fallos y para, también
discretamente, ofertar la riqueza de nuestros valores. Pero sobre todo nos
da valor y una fuerza crítica incisiva para poner de manifiesto la
verdad de la historia y el sufrimiento al que tan pocos discursos miran
pendientes de sus propios intereses; para señalar los mecanismos
que generan víctimas; para clamar por lo que dignifica a la persona
y denunciar lo que la deshumaniza y empobrece.