¿qué es el ecumenismo?
la gracia del ecumenismo
 

R.P. Dr. Miguel Ángel Fuentes, V.E.
Sacerdote y Religioso del Verbo Encarnado teologoresponde@ive.org

"El sacrificio más importante a los ojos de Dios es... un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo". (San Cipriano)



¿Qué es el "problema ecuménico"?
(1) Fenomenológicamente el problema ecuménico consiste en la conflictiva confrontación de dos realidades: la voluntad expresa de Jesucristo respecto de su Iglesia (cf. Jn 17,21) y la realidad histórica del cristianismo que se manifiesta como experiencia de división, contraposición entre las diversas denominaciones cristianas.
La Iglesia Católica tiene la plena certeza (y no sólo certeza como seguridad subjetiva, sino basada en la verdad objetiva) de ser la Iglesia verdadera de Cristo, la Esposa, el Cuerpo Místico de Cristo. Pero precisamente por esto no puede menos que sentirse profundamente interpelada por la lacerante experiencia histórica de división que se agita a su alrededor. De aquí surgen los principales interrogantes que abordaremos en este artículo: ¿cuál fue la exacta voluntad de Jesucristo? ¿cuál es la esencia de la unidad querida por Cristo? ¿cómo se explica la unidad en relación a la división cristiana? ¿cuál es la misión de la Iglesia? ¿cuál es el fin del ecumenismo?

1. LA VOLUNTAD DE CRISTO SOBRE SU IGLESIA
La voluntad de Cristo sobre su Iglesia está claramente expresada en las fuentes neotestamentarias y la misma Iglesia ha sido consciente de ella desde sus orígenes evangélicos: la Iglesia de Cristo es una, santa, católica y apostólica. De estas características individuantes ("notas") de la Iglesia fundada por Cristo (el Pueblo de Dios que Él se ha adquirido: cf. 2Pe 2,10.9; y santificado con su sangre: cf. Hb 13,12), al problema ecuménico afecta la de "unidad" (2).
La Iglesia es sacramento e instrumento de la unión de los hombres con Jesucristo y -consecuentemente- de los hombres entre sí en Cristo. (3) Jesucristo ha querido para su Iglesia la unidad como nota indiscutible de su esencia. "La unidad, nota esplendorosa de la verdadera Iglesia, es la cumbre de la oración sacerdotal de Cristo en la última Cena, es su último testamento de amor, la consigna que nos ha dejado, antes de su pasión" (4) ; "La unidad de la Iglesia pertenece indiscutiblemente a su esencia". (5)
La unidad es voluntad expresa de Cristo (Que sean uno: Jn 17,21). La voluntad divina de la unidad de su pueblo estaba ya presente en el Antiguo Testamento, pero el Nuevo Testamento añade más: Jesucristo mismo ora pidiendo la unidad (y lo hace por dos veces en la Ultima Cena) (6), y no sólo reza sino que muere por la unidad como lo expresa el evangelio de San Juan (cf. 11, 51-52) y la carta a los Efesios (cf. 2, 1-16) (7).
Es también voluntad expresa de Cristo que esa unidad sea signo de credibilidad para el mundo (Que también ellos en nosotros sean uno, para que el mundo crea que tú me enviaste ) (8).
Sin embargo, la unidad de la Iglesia en la voluntad de Cristo no se agota en representar el signo de credibilidad por excelencia sino que tiene una razón de ser en sí, como imagen de la Trinidad (9).
Se entiende así que toda división "está en clara contradicción con la voluntad de Cristo, es piedra de escándalo para el mundo y constituye un obstáculo a la más santa de las causas: La predicación del Evangelio a toda criatura" (10) , porque cuando los que invocan a Cristo se presentan divididos entre sí es "como si Cristo mismo estuviera dividido" (11): "¿Está Cristo dividido?" (1 Cor 1,13) (12).

2. LA ESENCIA DE ESTA UNIDAD
Por voluntad de Cristo la Iglesia es "una". ¿Qué significa esto? La Iglesia no es una unidad substantiva sino accidental (13) ; afirmar que es una unidad substantiva conduce al panteísmo (si se dijera que entre nosotros y Cristo hay continuidad substancial-esencial) o al hipostasismo (si se dijera que entre nosotros y Cristo hay continuidad substancial personal). Los miembros de la Iglesia no se hacen esencia divina ni persona divina. Cada uno sigue con su propia esencia y con su propia personalidad. Pero al mismo tiempo sus partes están trabadas entre sí formando un todo, una unidad, cuya mejor expresión es el término paulino cuerpo: "En el cuerpo natural, el principio de unidad traba las partes de suerte que éstas se ven privadas de la subsistencia propia; en el cuerpo místico, por el contrario, la fuerza que opera la recíproca unión, aunque íntima, junta entre sí los miembros de tal modo, que cada uno disfruta de su propia personalidad" (14).
Que es "una" significa pues que tiene unidad, cohesión, trabazón; que es un cuerpo social o, mejor, místico, tiene partes (miembros distintos), pero al mismo tiempo es uno: sus miembros están unidos con su Cabeza y entre sí por distintos lazos.
Ahora bien, sabemos que la historia de la Iglesia ha sido jalonada por una larga secuela de separaciones y es precisamente sobre este punto que se insertará el problema ecuménico como "restauración de la unidad". ¿Cómo se compagina la unidad no sólo querida sino dada por Cristo a su Iglesia con la realidad histórica de la Iglesia? ¿Puede decirse que la Iglesia ha perdido la unidad? Muchos creen que hablar del ecumenismo como "restauración de la unidad" equivale a afirmar la inexistencia de dicha unidad y colocar ésta como una meta sólo alcanzable en un tiempo futuro (15) ; es "la tentación de considerar que no existe la unidad de la Iglesia de Cristo, o que sigue siendo sólo un hermoso ideal hacia el que hay que tender, pero que únicamente se realizará en la escatología" (16) . Pero no es éste el pensamiento del Magisterio.
Hay una unidad esencial, constitutiva, que es nota característica de la Iglesia fundada por Cristo, y ésta no se puede perder, puesto que es indefectible (17), "no podrá nunca desaparecer en su valor esencial" (18). La unidad de la Iglesia, como nos enseña la fe, no es solamente una esperanza del futuro; ya existe (19).
Al mismo tiempo es indudable que en sus aspectos accidentales, históricos, la unidad de la Iglesia no se manifiesta plenamente según las exigencias evangélicas, ya sea en el vigor que debería tener como en la extensión (20) , es decir, no ha alcanzado su plena realización visible en los cristianos (21). La doctrina de la Iglesia reconoce que toda herida a la unidad entraña un pecado, que no se produce sin el pecado de los hombres (22). Pero también que se puede "heredar" esa situación de separación de modo inculpable como ocurre con los que nacen en las Iglesias y comunidades separadas de Roma (23).
Realizar y vivir en plenitud la unidad ya dada por Cristo a su Iglesia, tal es el sentido verdadero de la búsqueda de la unidad ecuménica. Por tanto, no hay distinción teológica entre la unidad que busca el ecumenismo católicamente entendido y la unidad como nota esencial de la Iglesia; consecuentemente para entender esa unidad plena a la que aspira la Iglesia en su dimensión ecuménica es necesario verla bajo la misma óptica con la que la Iglesia explica la naturaleza de la unidad recibida de Cristo. La esencia de esta unidad puede explicarse a partir de sus diversas causas (eficiente, final, formal y material).

1) Causa eficiente principal
La causa eficiente de la unidad eclesiástica es Cristo: Él es el que ora por la unidad (cf. Jn 17,21), el que muere por ella (cf. Jn 11,51-52; Ef 2, 14-16) (24). Cristo es el Fundador de la Iglesia y la causa de su unidad (25).
En unión con Cristo son causa eficiente principal (aunque subordinadamente) de la unidad los apóstoles (y sus sucesores, centrados en y unidos a Pedro) (26). Pedro y su sucesor es "principio y fundamento perpetuo y visible de unidad", como lo llama el Concilio (27) y Juan Pablo II (28) , "signo visible y garantía de la unidad" (29). Sin embargo, este ministerio de la unidad lo ejerce en comunión con los demás obispos (30).

2) Causa eficiente instrumental
La causa eficiente instrumental son los sacramentos y el culto, de modo particular el Bautismo y la Eucaristía (31), y especialmente esta última (por ser el centro, el culmen, la fuente de todos los sacramentos) de la cual se dice constantemente que produce la unidad. Por eso es llamada "sacramento de la unidad eclesiástica", como dice Santo Tomás: "Respecto del presente [la Eucaristía] es signo de la unidad eclesial, en la cual los hombres se congregan por este sacramento. Y según esto se denomina comunión o synaxis, pues dice el Damasceno que se la llama comunión porque por ella nos unimos a Cristo (communicamus Christo); tanto porque participamos de su carne y deidad, cuanto porque por ella comunicamos y nos unimos unos a otros" (32). Por eso Santo Tomás la llama también "consumación de la vida espiritual y fin de todos los sacramentos": "... El bautismo es el principio de la vida espiritual y la puerta de los sacramentos. En cambio, la Eucaristía es como la consumación de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos...: pues por la santificación de todos los sacramentos se hace la preparación para recibir o para consagrar la Eucaristía. Y por tanto la recepción del bautismo es necesaria para incoar la vida espiritual, mientras que la recepción de la Eucaristía es necesaria para consumarla: pero no en el sentido de que sea necesaria tenerla de modo absoluto, sino que es suficiente poseerla en voto, como el fin se tiene en el deseo y en la intención... Por el bautismo es ordenado el hombre a la Eucaristía. Y por tanto por el mismo hecho de que los niños son bautizados, son ordenados por la Iglesia a la Eucaristía. Y así, como creen por la fe de la Iglesia, así desean la Eucaristía por la intención de la Iglesia, y consiguientemente reciben la realidad de la misma" (33).
San Pablo lo expresa diciendo: El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan (1 Cor 10, 16-17).
"Unus panis, unum corpus". La comunión eucarística produce la comunión mística. La Eucaristía es causa de la unidad del cristiano con Cristo, y de la unidad eclesial, y a su vez la primera es fundamento de la segunda; como dice el axioma latino: quae sunt eadem uni tertio sunt idem inter se, los que son iguales a un tercero son iguales entre sí. La sangre de Cristo es, así, vehículo de unidad (34).
La Eucaristía como fuente de la unidad eclesiástica está testimoniada por la larga tradición de la Iglesia, como lo manifiestan afirmaciones de la Didaché (35), San Ignacio de Antioquía (36), San Atanasio (37), San Cirilo de Alejandría (38), Pío XII (39), el Concilio Vaticano II (40), y Juan Pablo II (41), entre otros innumerables testimonios.
Por eso se ha dicho con justicia de ella que "La Iglesia hace la Eucaristía, pero también la Eucaristía hace la Iglesia" (42). Esto explica el por qué, como veremos más adelante, el ecumenismo aspira explícitamente no a cualquier unión (afectiva, activa, etc.), sino a la unión eucarística.

3) Causa formal extrínseca o ejemplar de la unidad eclesiástica
Podemos también identificar una causa ejemplar de la unidad eclesiástica en la unidad del Cuerpo de Cristo: "Corpus Christi verum est exemplar corporis mystici", el Cuerpo de Cristo es ejemplar del cuerpo místico, es decir, la unión de los miembros del cuerpo místico debe imitar cuanto es posible la unidad y cohesión de los miembros del cuerpo humano de Cristo que conjuga la diversidad con la unidad de modo perfecto (43).

4) Causa formal de la unidad eclesiástica

La causa formal (o mejor "cuasi formal")de toda sociedad consiste en un cierto orden, es decir, en la particular relación que se establece entre sus miembros en orden a un fin común; así, el principio formal es aquél que es capaz de establecer los lazos de unión y mutuo ordenamiento entre sus miembros. Dicho de otro modo, hay que hablar aquí de aquello que hace las veces de alma en el Cuerpo Místico de Cristo. En este sentido puede hablarse del "alma increada" y del "alma creada" de la Iglesia.

a) El Espíritu Santo como alma increada de la Iglesia
Podemos decir que el "alma increada" de la Iglesia es Dios Uno y Trino, y por apropiación el Espíritu Santo, a condición de entender el concepto de "alma" en sentido amplio. No puede ser alma en el sentido estricto de "forma" lo que equivaldría tanto como afirmar una especie de panteísmo. Es alma en sentido "funcional": se considera "como" el alma por analogía con las otras funciones que el alma ejerce respecto del cuerpo distintas de aquélla (inaplicable) de informarlo. Tales son el vivificar el cuerpo, unificarlo (que es el que nos interesa aquí) y el moverlo. La consideración del Espíritu Santo como alma de la Iglesia, y por tanto, causa de su unidad está largamente testimoniado por la tradición, que puede ser sintetizada es esta expresión de Agustín: "El Espíritu Santo hace en toda la Iglesia lo que el alma hace en todos los miembros de un mismo cuerpo" (44); o también cuando Santo Tomás afirma: "En la Iglesia hay continuidad por el Espíritu Santo, que, siendo uno e idéntico en número, llena y unifica a toda la Iglesia" (45).

b) La gracia como alma creada de la Iglesia
La gran tradición teológica ha utilizado el concepto de "forma" de la Iglesia o del Cuerpo Místico atribuyéndolo a un don "creado", ya que en dicho caso no presenta las dificultades que significa el atribuirlo al Espíritu Santo. Para Pighio consistía en la sujeción de los fieles al Papa; para San Roberto Belarmino en la profesión de fe (o confesión externa de la fe); para Suárez en la fe (interna); para Journet en la caridad (aunque a veces dice también que en la gracia de Cristo); para Sáuras en la gracia cristiana (46). Ésta última nos parece la más completa, porque engloba de alguna manera los anteriores.
Podemos decir así que la causa formal (o mejor: cuasi formal) de la unidad ecuménica es de algún modo atribuible a la gracia, porque entre los cristianos todas las relaciones, en cuanto cristianos, proceden de y suponen la gracia creada. Es la gracia lo que establece la fundamental incorporación a Dios, puesto que la misma es participación de la naturaleza divina (cf. 2 Pe 1,4). La gracia del cristiano se deriva de la plenitud de gracia de Cristo; como dice Santo Tomás: "Lo principal de la ley nueva está constituido por la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en la fe operante por la caridad. Ahora bien, los hombres consiguen esta gracia por el Hijo de Dios hecho hombre, cuya humanidad fue primero colmada por la gracia (replevit gratia), para derivarse a continuación a nosotros. Por eso se dice en Jn 1,14: El Verbo se hizo carne; y más adelante agrega: pleno de gracia y de verdad, y más abajo (v.16): De su plenitud todos hemos recibido, gracia sobre gracia. Por lo que se agrega (v.17) que la gracia y la verdad han venido por Jesucristo" (47).
La gracia del cristiano es derivada de la gracia del Hijo, y nos hace hijos por adopción; consecuentemente hermana a los hombres entre sí.
De la gracia emanan los demás lazos de unión que son establecidos principalmente a partir de las virtudes (48): la fe que une a los fieles en la profesión de la misma verdad revelada; la esperanza que une a los viadores en la espera de los mismos bienes sobrenaturales; la caridad que une de modo excelentísimo. Por eso Santo Tomás establece muchas veces la causa de la unidad eclesiástica en las virtudes, especialmente en las teologales y de éstas particularmente en la caridad (49) ("proprium amoris est unire" (50)); por eso San Pablo la llama "vínculo de perfección" (51).
Es también la gracia la que une verdaderamente a los cristianos entre sí; y como el Espíritu Santo es el que hace la obra de la gracia, Él establece lazos misteriosos que escapan momentaneamente las dimensiones visibles de la Iglesia: son aquellos que pertenecen invisiblemente a la Iglesia visible.
"Para la Iglesia católica -dice Juan Pablo II- la comunión de los cristianos no es más que la manifestación de ellos de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes de su propia comunión, que es la vida eterna" (52).
La gracia establece una verdadera comunidad entre quienes la participan, porque no sólo no destruye sino que eleva y perfecciona la naturaleza también en su aspecto social; por eso se puede hablar también de cierta "sociabilidad de la gracia injertada en la sociabilidad de la naturaleza" (53).
Es la gracia que funda los lazos de adhesión a Cristo y de los cristianos entre sí. Por este motivo se establecen lazos invisibles pero reales entre los santos que el Espíritu Santo suscita fuera del cuerpo visible de la Iglesia (54).

5) Causa final de la unidad
La causa final última de la unidad está expresada en las mismas palabras de Cristo que ya hemos repetidamente citado (Jn 17,21): es el reflejar la unidad trinitaria, dar testimonio de dicha unidad, unirse en y a Dios Uno y Trino y darle gloria (...Que sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros...) (55).
Las mismas palabras de Cristo expresan una finalidad intermedia (intramundada e intrahistórica) que no es otra que ser motivo de credibilidad para el mundo: y el mundo crea que tú me has enviado; "a fin de que el mundo se convierta al Evangelio y así se salve para gloria de Dios" (56). Mientras que, por el contrario, "la división... perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura" (57).

6) Causa material de la unidad
La causa material de la unidad son los distintos miembros de la Iglesia. En esto hay que establecer algunas distinciones.

a) Hay ante todo miembros plenos. Son aquellos que tienen una incorporación plena en la Iglesia católica (58). Esto se juzga a partir de dos elementos que determinan la pertenencia a la Iglesia. Uno es la fe apostólica (59). El segundo elemento consiste en la vida sobrenatural que produce el Espíritu Santo inhabitando en los corazones de sus fieles. Estos dos elementos constituyen propiamente al hombre de la Ley Nueva, ya que ésta consiste en "la gracia del Espíritu Santo que nos es dada por la fe de Cristo" (60). Entre estos miembros hay que distinguir los que poseen los dos elementos y aquellos a quienes falta el segundo:

a. Los justos, es decir, quienes mantienen todos los vínculos y además la vida de la gracia (61). La Encíclica Ut unum sint señala algo sumamente importante desde el punto de vista de la eclesiología: la pertenencia plena a la Iglesia de los miembros santos, especialmente de los mártires, que el Espíritu Santo suscita fuera del cuerpo visible de la Iglesia (62).
b. Los católicos que viven en pecado pero que no han defeccionado de la fe, los cuales son, por tanto, miembros informes (63).

b) Hay otros miembros no plenos: son todos aquellos a quienes falta la plenitud de la fe apostólica, ya sea porque no la poseen integramente en su aspecto dogmático y sacramental, o porque no tienen unidad de régimen, es decir, la comunión jerárquica con Pedro que es el garante de la fe (64).
Evidentemente, el grado de mayor o menor perfección dependerá de la plenitud de la fe profesada y de la concepción sobre el Primado de Pedro en cada Iglesia concreta. No es igual la situación de los cristianos solamente cismáticos que la de aquellos con quienes la Iglesia diverge en serias y profundas cuestiones dogmáticas (65).

c) Miembros en potencia: son aquellos que todavía no han recibido el Evangelio, pero que están llamados por la gracia divina a aceptarlo (66); es decir, los infieles (67). El mismo Pío XII hablaba de ordenación de éstos al Cuerpo Místico de la Iglesia: "por cierto inconsciente deseo y aspiración están ordenados al Cuerpo místico del Redentor" (68).

3. LA IGLESIA Y LA SALVACIÓN
La Iglesia y el magisterio conciliar y postconciliar no ha cambiado la fórmula tradicional extra Ecclesia nulla salus, fuera de la Iglesia no hay salvación, sino que ha explicado su sentido auténtico: "solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de salvación, puede alcanzarse la plenitud total de los medios de salvación. Creemos que el Señor confió todos los bienes de la Nueva Alianza a un único colegio apostólico presidido por Pedro, para constituir un solo cuerpo de Cristo en la tierra, al cual deben incorporarse plenamente los que de algún modo pertenecen ya al Pueblo de Dios" (69).
El Catecismo de la Iglesia Católica explica esta afirmación diciendo que de modo positivo su significado es que toda salvación viene de Cristo a través de su Cuerpo que es la Iglesia. Esto significa la absoluta necesidad de Cristo y, consecuentemente, de su Iglesia. ¿Quiénes se cierran, por tanto, a la salvación? Los que no quieren entrar en la Iglesia o perseverar en ella sabiendo que Dios la fundó por medio de Cristo. No excluye, por tanto, la mediación salvífica de la Iglesia respecto de quienes desconocen inculpablemente el Evangelio de Cristo y su Iglesia (70).

Ésta es la doctrina del principio tradicional extra Ecclesia nulla salus; fuera de la Iglesia no hay salvación: sólo en Ella se encuentran en plenitud todos los medios salvíficos, y es por medio de Ella y en orden a Ella que el Espíritu Santo suscita en los corazones de quienes visiblemente no le están unidos de modo perfecto la gracia salvífica. Esta interpretación no habla de salvación fuera de la Iglesia en el sentido de "independientemente de Ella". Siempre es por la Iglesia, puesto que en la medida en que las Iglesias y comunidades separadas de Ella tienen bienes verdaderos aunque parciales, la única Iglesia de Cristo tiene una presencia operante en ellas (71).
Y esto es algo ya expresado por los mismos Padres de la Iglesia. Cuando San Gregorio Nacianceno defiende a su padre convertido al cristianismo en la tarda ancianidad dice: "Por sus disposiciones y sus virtudes era ya de los nuestros desde antes de su bautismo" (72). Evidentemente en las buenas disposiciones está implicada la ignorancia invencible de la obligación de entrar en la Iglesia; de lo contrario no podrían ser rectas. Asimismo San Ambrosio habla de la seguridad de la salvación de Valentiniano, muerto sin el bautismo, gracias a su deseo de justificación (73). Y lo mismo decía, interpretando precisamente este principio extra Ecclesia nulla salus, Pío IX (74).
Los que quieran ver en estas expresiones la negación del principio tradicional deberían probar ante todo que se trata de fórmulas contradictorias y, en segundo lugar, que el Magisterio vivo de la Iglesia no tiene autoridad para indicar el sentido correcto en que deben entenderse formulaciones del Magisterio anterior (75).

4. LA ESENCIA DEL ECUMENISMO
Después de haber analizado la unidad de la Iglesia que es la unidad a la que tiende el ecumenismo, se impone buscar una expresión adecuada a la esencia del mismo. Se verá más claro distinguiéndolo de las falsas concepciones que en los últimos años se han formulado sobre el ecumenismo.

1) Las falsas concepciones del ecumenismo

a) Errores por defecto
Se oponen -como concepciones defectuosas del ecumenismo- desde un punto de vista práctico: la tibieza en la búsqueda de la unidad, y el derrotismo que tiende a ver todo como negativo; desde un punto de vista más especulativo se le opone la opinión preconcebida que ve en todo ecumenismo algo nefasto, una traición a la unidad de la Iglesia, una "novedad" conciliar (76). Esto es fruto de una defectuosa eclesiología, de un desconocimiento de la Tradición y de la Historia de la Iglesia, y de una malcomprensión de la voluntad de Nuestro Señor explícita en el Sermón de la Última Cena, tal como aparece en el Evangelio de San Juan. Por eso señala el Papa que el ecumenismo dado por el Concilio Vaticano II es "uno de los resultados de la postura que la Iglesia adoptó para escrutarse a la luz del Evangelio y de la Tradición" (77).
La visión negativa y derrotista ha sido puesta al descubierto por Juan Pablo II ya desde la Redemptor hominis (78).

b) Errores por exceso: el sincretismo religioso
También destruyen el verdadero ecumenismo todas aquellas prácticas o concepciones que ven en este movimiento una tendencia hacia la formación de una Superiglesia, fruto de la mancomunación de todas las confesiones cristianas. Esto ha sido repetidamente condenado por el Magisterio eclesiástico (79).
Esto es un ecumenismo anticristiano, anticatólico y antievangélico. Semejante concepción del ecumenismo es una amenaza contra la identidad de la Iglesia. En la práctica esto es propuesto en dos niveles:
-Los que aspiran a una unidad puramente pragmática, en la cual cada uno conservaría su propia creencia a título personal. Esta concepción ve el ecumenismo tan sólo como un "filantropismo liberal" o un "vago espíritu de familia" (80); corresponde al "diálogo... exclusivamente horizontal", es decir, sin conversión, opuesto al "diálogo vertical" que apunta a la conversión del corazón (81). Tal ha sido, años atrás, la propuesta hecha por los teólogos H. Fries y K. Rahner, caracterizada por el Cardenal Ratzinger como un "saltar por encima de la cuestión de la verdad..., mediante cierta operación de política eclesiástica" (82). Para Rahner y Fries el ecumenismo consiste en reunirse para marchar juntos, mientras que lo que cada uno piense no es tan importante (83). La posición de estos autores era una propuesta de "tolerancia teorético-cognoscitiva", o sea, que nadie entre en contradicción con los demás. "Una unidad así concebida -escribía más tarde Ratzinger- se funda en el escepticismo común, no sobre la conciencia común. Se funda en la capitulación frente a la posibilidad de aproximarse a la verdad. Queda fuera de dudas que una no pequeña parte de los cristianos de hoy piensa así y que una parte de los superiores eclesiásticos obra sobre esa base. Pero es asimismo evidente que de esta manera no caminamos hacia la unidad" (84). Esta po-sición lleva a un "confusionismo doctrinal" y al "indiferentismo doctrinal" (85).
-Los que aspiran a una unidad incluso dogmática, estableciendo para esta Superiglesia un superdogma que no ya silenciaría (como los anteriores) sino que negaría o depondría los elementos que crean "dificultad" a la unión; particularmente la doctrina católica sobre el Primado de Pedro, la Infalibilidad Pontificia, la doctrina Sacramental (de modo especial la doctrina eucarística y del sacerdocio ministerial), etc. Un ecumenismo de este tipo ha estado en la mente de teólogos sancionados por la Jerarquía, como H. Küng y E. Schillebeckx (por sus posiciones sobre la Eucaristía, sobre la Consagración eucarística por ministros no ordenados y sobre la sucesión apostólica), Leonardo Boff (por su relativismo eclesiológico, su comprensión sacramental, su crítica dialéctica a la Iglesia "institucional", etc.). El ecumenismo así entendido es un ecumenismo no católico sino masónico. El ecumenismo que busca la unidad y la unidad plena "de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia... No significa absolutamente perder la certeza de la propia fe, o debilitar los principios de la moral" (86).
Precisamente el mejor medio para desvirtuar el ideal ecuménico es contaminarlo con generosidades ambiguas, con silencios calculados, con falsas tolerancias (especialmente en el campo sacramental) (87); todo esto procede más de la debilidad o de la astucia de los hombres que de la fidelidad clara, fuerte, lealísima de los hijos adoptivos de Dios. El ecumenismo no es una "operación de política eclesiástica" sino un acto esencialmente sobrenatural.
Se puede aplicar aquí aquello que decía Juan Pablo II: "La razón de un cierto número de dificultades para creer y de crisis religiosas individuales o colectivas, está en que se relativiza lo absoluto y se absolutiza lo relativo" (88).

2) La verdadera concepción del ecumenismo
En el pensamiento auténtico del Magisterio el Ecumenismo implica el esfuerzo para que en toda comunidad cristiana se verifiquen aquellos elementos de plenitud sin los cuales "la plena comunión nunca será posible" (89):
-"Verdaderamente presente todo el contenido y todas las exigencias de la 'herencia transmitida por los Apóstoles' (90)" (91).
-"Una visión de la unidad que tenga presente todas las exigencias de la verdad revelada" (92).
-"Plena unidad de fe" (93). Y concretamente que se alcance un verdadero consenso de fe en: la relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición; la Eucaristía, sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo, su presencia real y su valor sacrificial; el sacramento del orden bajo el triple ministerio del episcopado, presbiterado y diaconado; el Magisterio de la Iglesia confiado al Papa y a los obispos en comunión con él, y su función en la enseñanza y salvaguardia de la fe; la Virgen María, Madre de Dios, icono de la Iglesia, Madre espiritual que intercede por los discípulos de Cristo y por toda la humanidad (94).
-"Concelebrar en concordia la Sagrada Eucaristía del Señor" (95).
-Consiste en arrepentirse de los pecados contra la unidad: el pecado de separarse de la unidad y el pecado de haber dado ocasión para que otros se rebelen y se separen ofreciendo al mundo el espectáculo de modos de pensar y actuar que son verdaderas formas de antitestimonio y escándalo (96).
-Consiste en alcanzar la unidad en Pedro y bajo Pedro (97) sin el cual, como decía ya Pablo VI, "la unidad se fragmentaría" (98).
La razón de ser y la esencia del ecumenismo -y del dinamismo ecuménico de la Iglesia- se estructura sobre la distinción entre la posesión plena de todos los "elementos de santificación y verdad" que son "dones propios de la Iglesia de Cristo" (99); los cuales la Iglesia católica los ha mantenido "en los dos mil años de su historia" (100) y existen en ella "en su plenitud" (101); y, por otro lado, el presupuesto de que en todas las confesiones cristianas existen numerosos bienes parciales que proceden de un patrimonio común: existen en ellas pero sin plenitud (102).
El ecumenismo sólo tiene sentido y valor como unión plena con la Iglesia católica puesto que en Ella estos bienes se encuentran en plenitud (103); "... comunión plena en la Iglesia una, santa, católica y apostólica que se realizará en la concelebración eucarística" (104).
Ahora bien, es inherente a todos y cada uno de estos bienes la tendencia hacia la plenitud (si no son bienes perfectos son, entonces, bienes que tienen una perfección incoada y que tienden a la perfección). Por tanto, la dimensión ecuménica de la Iglesia consistirá en la ayuda que Ella presta a las demás confesiones para que recuperen, siguiendo el dinamismo interno de los bienes que poseen, la plenitud de bien y verdad que dichos bienes postulan y exigen (105).

¿Cuáles son? Algunos de ellos son enumerados por el Magisterio:
-La fe en la Santísima Trinidad y en la divinidad de Jesucristo, etc. (106)
-El sacramento del bautismo. Por eso, reconocerlo no es simplemente "un mero acto de cortesía ecuménica", sino que "constituye una afirmación eclesiológica importante" (107). En efecto, a partir de él y de su propio dinamismo se debe trabajar en la unidad, pues constituyendo "sólo un principio y un comienzo" (108), él "se ordena de suyo a la profesión íntegra de la fe, a la incorporación plena en la economía de la salvación... y finalmente a la incorporación íntegra en la comunión eucarística" (109).
-Algunos tienen el Episcopado, la Eucaristía, la devoción a la Madre de Dios (110), la tradición espiritual del monaquismo (111).
-La veneración de la Sagrada Escritura como norma de fe y de vida (112).
-La acción de Dios (la vida de la gracia) en los miembros (incluso mártires) de las otras Iglesias y comunidades eclesiales (113).
Estos bienes constituyen -como dice el Magisterio- la "base objetiva" de la comunión existente (114). Por eso se dice de ellos que impelen (impellunt) hacia la unidad católica, conducen hacia Cristo (115); que son "aptos para abrir el acceso a la comunión de salvación" (116); que "llevan en sí mismos la llamada a la unidad para econtrar en ella su plenitud" (117), "por su naturaleza tienden al restablecimiento de la unidad" (118).
Ya hemos dicho que no se trata de sumar todos los bienes presentes en las distintas denominaciones para construir una superiglesia, sino de encauzar la tendencia de los mismos hacia su propia plenitud que se encuentra ya dada en la Iglesia católica (119).
También hemos indicado cómo, de alguna manera, la unidad de la Iglesia se centra en la unidad eucarística. Todos estos bienes o brotan o se ordenan a la Eucaristía como centro y culmen de la vida sacramental y cultual de la Iglesia, porque Ella no sólo es la que une de modo perfecto a los hombres con Cristo -haciéndolos consanguíneos- y aquellos entre sí en el estado de viadores, sino lo que anticipa la pertenencia de los hombres a la Jerusalén celestial (120). La Eucaristía arrastra hacia sí a los miembros de Cristo, produciendo una especie de "transustanciación moral" de los cristianos en el Cuerpo Místico de Cristo. Y es, por eso, a la plenitud de esta unidad que tienden estos elementos dispersos en las demás confesiones, como lo afirma el mismo Magisterio (121). Por eso la Iglesia es precisamente la "comunidad de los convocados a la sinaxis" (122).
La mejor expresión de este pensamiento se encuentra en este pasaje de la Orientale Lumen: "Cada vez que celebramos la Eucaristía, sacramento de comunión encontramos en el Cuerpo y en la Sangre, que compartimos, el sacramento y la llamada a nuestra unidad (123). ¿Cómo podremos ser plenamente creíbles si nos presentamos divididos ante la Eucaristía, si no somos capaces de vivir la participación en el mismo Señor que debemos anunciar al mundo? Frente a la recíproca exclusión de la Eucaristía sentimos nuestra pobreza y la exigencia de realizar todos los esfuerzos posibles para que llegue el día en que compartamos el mismo pan y el mismo cáliz (124). Entonces, la Eucaristía volverá a ser plenamente percibida como profecía del Reino y resonarán de nuevo con plena verdad estas palabras tomadas de una antiquísima plegaria eucarística: 'Como este pan partido estaba esparcido por las colinas y, reunido, llegó a ser una sola cosa, así tu Iglesia se congregue desde los confines de la tierra en tu reino' (125)" (126).

5. LOS CAMINOS DEL ECUMENISMO
Los medios católicos para alcanzar el fin del ecumenismo pueden sintetizarse en: oración, conversión, diálogo doctrinal y diálogo de caridad práctica.

1) La oración
Los frutos del trabajo ecuménico son una gracia divina. Por tanto, hay que implorarla.
Teniendo en cuenta que la unidad de los cristianos es voluntad de Cristo, y que la búsqueda de esa unidad es el fin del ecumenismo, es evidente que el ecumenismo auténtico y verdadero no es un proyecto puramente humano, ni se explica adecuadamente por las más nobles aspiraciones de los hombres de buena voluntad. Por el contrario, el ecumenismo supone una gracia divina, una moción sobrenatural, que mueve a los hijos de Dios a transitar el duro camino hacia la reconstrucción de la unidad (127). El ecumenismo es un don sobrenatural, como repite constantemente el Magisterio de la Iglesia (128).
La labor ecuménica exige una caridad poco común, paciencia, laboriosidad a prueba de todo desaliento, fidelidad absoluta a la verdad, delicadeza y tacto, docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo y una ascesis constante. Y esto sólo puede ser fruto del amor a la cruz y de los dones del Espíritu Santo (129).
Los frutos del trabajo ecuménico brotan fundamentalmente de la oración porque el fin del ecumenismo sólo puede concederlo Dios; por eso se habla con propiedad de "ecumenismo espiritual" (130).

2) La conversión
El segundo medio para alcanzar los fines del ecumenismo (y medio absolutamente indispensable) es la conversión, en sus dos vertientes: institucional y personal.

a) Conversión como renovación institucional
El verdadero ecumenismo debe comenzar con la presentación paradigmática de la misma Iglesia Católica. La Iglesia perdería credibilidad si propusiera una restauración de la unidad de los cristianos y al mismo tiempo presentara faltas de unidad y santidad internas (131).
De este modo podemos señalar como los grandes enemigos del ecumenismo desde el punto de vista de la ejemplaridad de la Iglesia:
-La falta de unidad entre los fieles católicos: las faltas contra la sumisión a la auténtica jerarquía, las faltas contra el patrimonio común de la fe (obra de la teología contestataria), las faltas contra la unidad fruto del fomento de falsas dialécticas (Iglesia de los pobres o Iglesia de los ricos; teología del alto o teología del bajo; teología blanca o teología negra, etc). Las faltas contra la liturgia católica, librándola a la improvisación, al caos, a la contradicción. En este sentido, el progresismo, la teología marxista de la liberación, la teología moral contestataria, etc., son enemigos del auténtico ecumenismo. Trabajaremos a favor del ecumenismo en la medida en que sembremos unidad de fe, de régimen, de culto.
-La falta de santidad: se peca contra el ecumenismo cuando se presenta una imagen de la Iglesia despojada de santidad. En este sentido, todo pecado, pero particularmente el pecado de escándalo (principalmente el pecado de sus pastores), destruye la labor ecuménica. Se trabaja a favor del ecumenismo cuando se viven en plenitud las obras de misericordia; la caridad para con los pobres, los enfermos, los más necesitados; el ejemplo de los que viven radicalmente los consejos evangélicos; el ejemplo de los mártires. Eso es lo que mueve a la unidad ecuménica.
-La falta de catolicidad: es decir falta de espíritu y empuje misionero. Es pecado contra el ecumenismo la pérdida del fervor misionero, la falta de convicción del mandato evangelizador de Jesucristo, porque precisamente el dinamismo conquistador de la fe es lo que manifiesta la Iglesia fundada por Él.
-La falta de apostolicidad: es decir falta de amor a Pedro y a sus sucesores, el desprecio de sus enseñanzas, de sus directivas, el desgano o despreocupación en secundar sus iniciativas, sus intenciones particulares, sus planes misioneros. Cuando esto ocurre no se late con el corazón de la Iglesia.
La Iglesia de Cristo es Iglesia sin pecado, pero no sin pecadores (132). Y no es esto una contradicción porque los hijos de la Iglesia pecan en la medida en que traicionan a la Iglesia. Muchos de estos pecados son motivo de escándalo (es verdad que a veces se trata de escándalo farisáico, es decir, de un escandalizarse movido por la hipocresía -¿acaso no ha profetizado ya Cristo que en la Iglesia habría trigo mezclado con cizaña?-; pero otras veces se trata de escándalo de los débiles, es decir, pecados que apartan a los poco formados, a los débiles en la fe, de la Iglesia de Cristo). En esta medida, "muchos en su seno ofuscan el designio de Dios" (133). Por ello los hijos de la Iglesia no deben temer pedir perdón, como lloró Pedro avergonzado el haber negado a Cristo (134).
Por esto el ejercicio del ecumenismo impone una renovación y revitalización:
-Institucional: dando ejemplos de pobreza, emprendiendo obras de caridad, de beneficencia, asistenciales, de servicialidad, fundando obras misioneras, etc.
-Litúrgica: presentando la riqueza cautivante del culto católico, respetando la diversidad de ritos (latino, ucranio, copto, malabar, etc.). Realzando con solemnidad y sacralidad nuestra liturgia; mostrando la centralidad del culto (y en particular el culto eucarístico) en la vida y espiritualidad de la Iglesia.
-Doctrinal: presentando con profundidad y claridad la fe; revalorizando los estudios bíblicos, teológicos, patrísticos y filosóficos. No ocultando la verdad sino mostrando el esplendor de la misma. Es importante recalcar que uno de los argumentos esgrimidos a menudo por los conversos al catolicismo ha sido y es el ver a la Iglesia Católica como un cuerpo de doctrina sólido, seguro y garantizado.

b) Conversión personal
Aunque la Iglesia Católica posee toda la verdad revelada por Dios, y todos los instrumentos de la gracia, sin embargo, sus miembros no la viven consecuentemente con todo el fervor debido (135). Por eso no existe verdadero ecumenismo sin conversión contínua, interior y personal, de cada uno; es decir, búsqueda sincera de la santidad (136).
Decía Juan Pablo II: "No se puede tener la unidad entre los hermanos, si no se da la unión profunda -de vida, de pensamiento, de alma, de propósitos, de imitación- con Cristo Jesús; más aún, si no existe una búsqueda íntima de vida interior en la unión con la misma Trinidad..." (137).

3) Diálogo doctrinal
Es esencial también el diálogo doctrinal, es decir, el estudio profundo, sopesado, inteligente, de la doctrina de la fe. ¿En orden a qué?
-Ante todo, en vistas a ver cuáles verdades católicas (y en qué sentido) hacen dificultad a los no católicos. Se trata de examinar las auténticas divergencias (para no insistir inútilmente sobre las aparentes). Será en estos puntos donde principalmente habrá que hacer el esfuerzo de exponer nuestra fe con claridad y lealtad (138).
-En segundo lugar, para ver si entre las formulaciones católicas y no católicas hay verdaderamente divergencia doctrinal, o se trata de distintos modos de formular la misma verdad (y entendidas por los adversarios en sentido diverso al que sus sostenedores le dan) (139). Hay que reconocer que con frecuencia las varias fórmulas teológicas más que oponerse se complementan entre sí (140).
-Tercero, habrá que recordar que existe un orden o jerarquía de las verdades de la doctrina católica, haciendo, de este modo, fuerza en las verdades que hacen de fundamento a todas las demás y que, por tanto, las hacen comprensibles y aceptables (141).
-Cuarto, cómo hacer comprensible nuestra fe a aquéllos a quienes está destinada por Dios, pero cuyo bagage cultural no le permite entenderla. Cabría recordar aquí como hace el Santo Padre la labor que en este sentido realizaron en su momento los santos Cirilo y Metodio quienes tradujeron las nociones de la Biblia y los conceptos de la teología griega al contexto de las experiencias históricas y del pensamiento eslavo (142). La verdad de la fe exige ser traducida a todas las culturas, puesto que la comunión en la verdad es comunión en el significado de la verdad, mientras que la expresión de la verdad inmutable puede ser multiforme (143).
No se trata de modificar el depósito de la fe, ni cambiar el significado de los dogmas, ni suprimir en ellos palabras esenciales, ni adaptar la verdad a los gustos de la época, ni suprimir artículos de fe. No puede haber unidad a costa de la verdad. Al contrario, en una expresión de gran fuerza dice el Magisterio que "un 'estar juntos' que traicionase la verdad estaría en oposición con la naturaleza de Dios que ofrece su comunión, y con la exigencia de la verdad que está en lo más profundo de cada corazón humano" (144). "La plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad... debe evitarse absolutamente toda forma de reduccionismo o de fácil 'estar de acuerdo'" (145).
Pero siempre este diálogo debe ser llevado con caridad hacia el interlocutor, amor a la verdad y humildad hacia la verdad que se descubre (146): es el "diálogo de la verdad, animado y sostenido por el diálogo de la caridad" (147).

4) Diálogo de caridad y colaboración práctica (148)
Finalmente, el ecumenismo verdadero se fundamenta sobre una auténtica comunicación en la caridad práctica. Entre los cristianos, aún separados, hay verdaderos elementos de comunión, que ya hemos señalado; con tales elementos ha de darse al mundo testimonio de la fe en Cristo, de la voluntad de Dios, de la caridad divina.
Así, por ejemplo, el Santo Padre señala en la Evangelium vitae como un "ámbito privilegiado y favorable para una colaboración activa con los hermanos de otras Iglesias y Comunidades eclesiales (e incluso con todos los hombres de buena voluntad), en la línea [del] ecumenismo de las obras" la defensa de la vida contra la cultura de muerte y la promoción del Evangelio de la vida, puesto que "la defensa y la promoción de la vida no son monopolio de nadie, sino deber y responsabilidad de todos" (149).


6. LA ESPERANZA ECUMÉNICA
Terminemos con un último punto: la Iglesia dirige enconados esfuerzos para procurar la unidad, pero ¿hay esperanza de que alcance lo que busca?; ¿en qué se funda, qué certeza posee, cuál es su objeto preciso? (150).
La Iglesia tiene una esperanza de la unidad futura no en el sentido de que la ésta se concrete sólo en un futuro (la posee desde ya en lo esencial) sino en cuanto esa unidad se universalizará, es decir, abarcará a todos los hombres bajo una sola cabeza (Cristo-Pedro). La esperanza tiene por objeto la coincidencia futura de la "catolicidad" de la Iglesia en su máxima expresión (151) y la unidad (todos los hombres en unidad).
Esta esperanza está presente en los textos magisteriales de numerosos pontífices, aunque bajo diversas modalidades: a veces como esperanza interpretativa (expresada en oraciones y deseos de que tal unidad se alcance); a veces como esperanza formal (mediante expresiones explícitas de esperanza); a veces como esperanza afirmativa (expresando la certeza de la futura unidad) (152).

1) El fundamento de la esperanza ecuménica
El fundamento de la esperanza ecuménica de la Iglesia expresada en los textos del Magisterio se apoya generalmente en una profecía y en una oración del mismo Cristo.
a) La profecía es el texto de San Juan 10,16: Tengo otras ovejas que no son de este redil, y es preciso que Yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor (153). El carácter profético del versículo se evidencia por su misma redacción, puesta en futuro -oirán, habrá- y la afirmación del futuro incondicionado en boca de Dios es profecía en sentido estricto. Así lo han entendido los Santos Padres, Pontífices, Concilios que han usado este texto en sentido profético. Hasta el punto de que San Juan Crisóstomo afirma: "no indica necesidad sino una cosa futura con certeza" (154), y San Jerónimo: "lo cual aunque en parte lo vemos realizarse en la Iglesia cada día, sin embargo, más plenamente se realizará en la consumación del mundo y en la segunda venida del Salvador" (155). Se usa también en apoyo del carácter profético de este pasaje, la profecía paulina que puede considerarse como paralela: No quiero que ignoréis, hermanos, este misterio -para que no seáis prudentes a vuestros ojos-, que el endurecimiento ha sobrevenido parcialmente a Israel, hasta que la plenitud de las naciones haya entrado; y así, todo Israel será salvo...(Rom 11,25-26).
b) La oración. La oración es la que hace Jesús en la Última Cena, antes de su Pasión: Que todos sean uno, como Tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos en nosotros sean uno, para que el mundo crea que tú me enviaste (Jn 17,21). Esta unidad pedida por Jesús ha sido identificada por numerosos Padres, Doctores y Pontífices, con la unidad ecuménica. Tratándose de una oración absoluta de Cristo, su eficacia es cierta e infalible, como dice la carta a los Hebreos: fue escuchado por su actitud reverente (Hb 5,7). Toda la Iglesia se halla suspendida del hilo de esta plegaria.
La certeza se deriva del carácter de estos dos textos: del carácter profético de uno, y del carácter de oración eficaz del segundo.

2) El objeto de la esperanza de la Iglesia
El objeto de esta esperanza, es decir, qué es lo que concretamente se espera, se contiene en la exégesis y uso que la Tradición y el Magisterio ha hecho de estos textos bíblicos; en resumidas cuentas:
-El único redil (unum ovile) al que han de ser incorporadas "las otras ovejas" que Cristo tiene, ha sido identificado siempre con la Iglesia católica y con la comunión con la Sede apostólica de Roma (156).
-Las otras ovejas son todos aquellos que están fuera de la Iglesia católica, fundada por Cristo sobre Pedro y los Apóstoles, en cualquier tiempo y lugar. En el texto de San Pablo se habla de plenitud; debe entenderse de una plenitud moral, no matemática, es decir, lo que los hombres habitualmente entienden por "el mundo entero", sin que esto excluya la existencia de grupos minoritarios no católicos, o no cristianos (157).
-El Pastor en algunos textos es Cristo1 (158), en otros es Pedro y el Romano Pontífice, sucesor de Pedro y vicario de Cristo (159). En términos generales, no puede disociarse, en el uso habitual del texto joánico que ha hecho la Tradición, Cristo de Pedro y sus sucesores.
Por tanto, el objeto de la esperanza ecuménica de la Iglesia es la futura (pero histórica, anterior a la Segunda Venida del Salvador) unión de la plenitud de los hombres y de las iglesias bajo el único rebaño pastoreado por Pedro, vicario de Cristo.
* * *
El motivo de estas páginas, como lo hemos indicado en una de las notas introductorias, ha sido responder a quienes de una manera pueril y apriorística encaran el serio problema del ecumenismo y no ven la gracia divina que actúa en este campo a través de la Iglesia. Nadie es ciego ante los abusos que se han realizado apañándose bajo el título de ecumenismo. Pero no es menos abusivo apoyarse en los abusos para renunciar a una misión que la Iglesia tiene por expresa voluntad de Jesucristo.
Pero el Magisterio auténtico de la Iglesia (al cual no se le puede aplicar el principio del libre examen protestante para quedarnos con quienes nos gusten y establecer pretendidos quiebres y rupturas a partir de lo que no nos gusta) tiene un concepto sobrenatural del ecumenismo. Los Sumos Pontífices, especialmente el Santo Padre reinante, han hablado de ello magníficamente. No nos equivocamos cuando los seguimos.
Nuestros interlocutores poseen muchos bienes que nosotros no les vamos a negar. Entre ellos una sentida devoción por el extraordinario Pontífice que fue San Pío X. Por eso termino con un texto suyo donde habla simplemente del Papa (no de Pío, ni de León, ni de Gregorio; sino de todos, también de Pablo, de Juan y de Juan Pablo):
"Cuando se ama al Papa nadie se para a discutir lo que manda o exige, ni a precisar hasta dónde llega el deber riguroso de la obediencia, ni a señalar los límites de esta obligación. Cuando se ama al Papa, no se objeta que no habló con suficiente claridad, como si estuviera obligado a repetir su voluntad directamente al oído de cada uno y manifestarla no sólo de viva voz, sino por cartas u otros documentos públicos; no se ponen en duda sus órdenes bajo el fútil pretexto, en quien no quiere obedecer, que no emanan directamente de él, sino de quienes lo rodean. No se limita el campo donde puede y debe ejercer su voluntad; no se opone a la autoridad del Papa el parecer de otras personas, por sabias que sean, si discrepan de él. Por lo demás, cualquiera que sea la ciencia de tales personas, la santidad les falta por fuerza, pues no puede haber santidad donde se disiente del Papa" (160).



Notas:
1 Con el presente artículo intento responder las principales objeciones -si así pueden llamarse- que, sobre el problema ecuménico, han planteado los PP. XAVIER BEAUVAIS y DOMINIQUE LAGNEAEU en: De Maritain a Vaticano II... de Vaticano II a San Rafael de Mendoza (Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Bs. As. 1993, pp. 31-36), donde estos autores critican las afirmaciones del P. CARLOS BUELA (Integrismo conservador, ¿Una opción válida?, Rev. Diálogo 6 [1993], 9-49). La exposición de los referidos autores de De Maritain... es totalmente desarticulada, repetitiva, infundada y contradictoria (a pesar de no contar con más de 6 pp.); por dicha razón, para no esclavizarme a la falta de método ni dejarme absorber por la animosidad de los referidos autores he considerado más adecuado y más respetuoso de nuestros lectores ofrecer una exposición ordenada sobre la noción católica del Ecumenismo según la mente del Magisterio vivo de la Iglesia, respondiendo en oportunas notas a pie de página las principales objeciones hechas contra el artículo del P. Carlos Buela.
2 Cuando hablamos de Iglesia de Cristo, Iglesia católica, Iglesia de Dios, Pueblo de Dios... estamos usando términos equivalentes, que subrayan cada uno un aspecto singular del inabarcable misterio de la Iglesia. Los autores de De Maritain..., guiados por un espíritu de "sospecha metódica" ven en el uso de términos diversos "ambigüedad, equivocidad": "Lo menos que se puede decir es que estos textos juegan con términos ambiguos: unidad de los cristianos - unidad de la Iglesia - Iglesia de Dios (o de Cristo) - Iglesia católica. ¿Por qué esa equivocidad? ¿Por qué no utilizar el lenguaje católico, que es claro e inequívoco? ¿Por qué no decir que la única religión verdadera es la religión Católica; o que la única Iglesia verdadera es la Católica?" (p. 35). De modo particular manifiestan una repulsión hacia el término Pueblo de Dios que catalogan siguiendo a quienes consideran "los dos obispos apologetas de nuestro siglo" como "concepción [que] destila un sentido latitudinarista...", "concepción heterodoxa" (p. 31). Por este motivo queda denostado el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 781) puesto que al presentar la Iglesia católica como "Pueblo de Dios", siguiendo la Lumen Gentium (nº 13) presentaría una Iglesia a la que puede "prestar su adhesión el mismo Gorbachov" (p. 33)...
La naturaleza de la Iglesia es una realidad riquísima y misteriosa (es una realidad mística, misteriosa, sacramental) que no puede ser agotada en una sola expresión humana. Así como la Mystici Corporis de Pío XII la explicó a partir de la imagen paulina de "cuerpo de Cristo", la Lumen Gentium con el mismo derecho recurre a otras imágenes bíblicas (además de explicar magníficamente la de "Cuerpo Místico": LG,7): redil de Cristo, labranza de Dios, edificación de Dios (cf. nº 6), y en particular la de Pueblo de Dios (nº 9), expresión tomada tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo (1 Pe 2,10). Ésta subraya singularmente el carácter de Nueva Alianza, nuevo Israel, de pueblo fundado por y en Cristo. El uso de esta expresión manifiesta que la Iglesia se reconoce a sí misma como el cumplimiento legítimo de la promesa hecha al pueblo del Antiguo Testamento y está en la misma línea según la cual se llama al Colegio Apostólico "los Doce" (por las doce tribus de Israel). Y además es materialmente equivalente a nuestro concepto de "iglesia" pues con éste (Ekklesia) los Setenta no hicieron otra cosa que traducir el kahal del Antiguo Testamento que quiere decir: Pueblo de Dios. Incluso hasta el siglo IV esta expresión tiene preferencia respecto de otras representaciones de la Iglesia (Cf. O. SEMMELROTH, La Iglesia, nuevo pueblo de Dios, en: AA.VV., La Iglesia del Vaticano II, Ed. Juan Flors, Barcelona 1966, T. I, p. 451 y ss.). Por tanto, no se trata de sustituir la doctrina tradicional de la Iglesia como Cuerpo Místico por la de Pueblo de Dios, ni de usar una expresión más ambigua para esfumar los límites de la Iglesia, sino de recuperar, integrar las mismas imágenes de las cuales el Espíritu Santo se ha servido en la Revelación para expresar la realidad del misterio de la Iglesia.
3 Cf. LG, 1. Principales siglas que usaremos en adelante: UUS (Enc. Ut unum sint, 25/05/95); OL (Carta Apostólica Orientale Lumen, 2/05/95); TMA (Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, 10/11/94); LG (Concilio Vaticano II, Constitución Lumen Gentium, sobre el misterio de la Iglesia); UR (Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis Redintegratio, sobre el Ecumenismo); GS (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes); L'OR (L'Osservatore Romano, edición española); CIC (Código de Derecho Canónico Latino); DPE (Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, Directorio para la aplicación de los principios y normas sobre el Ecumenismo, 25/03/93).
4 Decía Juan Pablo II: "Ut omnes unum sint. La unidad, nota esplendorosa de la verdadera Iglesia, es la cumbre de la oración sacerdotal de Cristo en la última Cena, es su último testamento de amor, la consigna que nos ha dejado, antes de su pasión: antequam pateretur... No podemos sustraernos al examen de conciencia a que nos somete esta palabra. Es la piedra de toque para la credibilidad del discipulado de Cristo en el mundo: ut credat mundus quia tu me missisti (Jn 17,21). Si no somos uno, como el Padre es uno en Cristo, y Cristo es uno con el Padre, el mundo no creerá: se le escapa la prueba concreta del misterio de la redención, mediante la cual, el Señor ha hecho de la humanidad dispersa una sola familia, un solo organismo, un solo cuerpo, un solo corazón" (Juan Pablo II, L'OR 01/02/1981, p. 20, nº 1).
5 Juan Pablo II, L'OR., 23/11/1980, p.13.
6 "¿Por quién ora el Verbo encarnado?... Ante todo, ora para que todos sean uno... Sí, una parte notable de la humanidad ya cree en Cristo, pero son aún muchos los que esperan ser introducidos en su misterio de verdad y salvación. Además, los que han creído en él, los cristianos, a menudo se han separado a lo largo del segundo milenio en Iglesias y comunidades diversas. Tal vez por eso Cristo, en el cenáculo, ora dos veces por la unidad... Estas palabras de Cristo nos comprometen. Nos sitúan con fuerza ante el desafío de la unidad de los cristianos. También hoy nos recuerdan que la unidad plena y visible constituye una de las tareas peculiares en que, como creyentes, debemos comprometernos con la ayuda de Dios, en la perspectiva del año 2000" (Juan Pablo II, L'OR., 9/06/95, p. 8, nº 4).
7 "Ya en el Antiguo Testamento, refiriéndose a la situación de entonces del pueblo de Dios, el profeta Ezequiel, recurriendo al simple símbolo de dos maderos primero separados, después acercados uno al otro, expresaba la voluntad divina de 'congregar de todas las partes' a los miembros del pueblo herido: 'seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy el Señor, que santifico a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre' (cf. 37, 16-28). El evangelio de san Juan, por su parte, y ante la situación del pueblo de Dios en aquel tiempo, ve en la muerte de Jesús la razón de la unidad de los hijos de Dios: 'Iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos' (11, 51-52). En efecto, la carta a los Efesios enseñará que 'derribando el muro que los separaba... por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad', de lo que estaba dividido hizo una unidad (cf. 2, 14-16)" (UUS, 5).
8 Jn. 17,21. De allí que el Santo Padre diga: "la voluntad de Cristo, el testimonio que hemos de dar a Cristo, he aquí el motivo que nos mueve a todos y a cada uno a no cansarnos ni desalentarnos en esta empresa" (Juan Pablo II, L'OR., 05/11/1978, p. 3).
9 "... La unidad de los cristianos que tiene su fuente divina en la unidad trinitaria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (UUS, 8).
10 UR, 1.
11 UR, 1.
12 Juan Pablo II ha repetido insistentemente que el drama de la división de los cristianos es causa de escándalo:
-"Es increíble que se dé todavía el drama de la división entre los cristianos, que es para todos causa de perplejidad y acaso también de escándalo" (Juan Pablo II, L'OR, 22/10/1978, p. 4).
-"¿No he dicho ya que resultan intolerables las divisiones entre cristianos?" (Juan Pablo II, L'OR 03/12/1978, p. 8).
-"Sin esta unidad orgánica plena los cristianos están incapacitados para dar testimonio satisfactorio de Cristo, y su división sigue siendo escándalo para el mundo, más en especial en las iglesias jóvenes de tierras de misión" (Juan Pablo II, L'OR 18/05/1980, p. 11).
-"La unidad es una característica y una exigencia de la Iglesia católica. Los disensos, las divergencias, la división son contrarios al plan de Dios" (Juan Pablo II, L'OR 18/01/1981, p. 1)..
13 Cf. EMILIO SAURAS, O.P., El Cuerpo Místico de Cristo, B.A.C., Madrid 1956, pp. 861 ss.
14 Pío XII, Mystici Corporis, 28.
15 Tal parece ser lo que quieren decir los autores de De Maritain... en pp. 31 (segunda columna) y 32 oponiendo a lo afirmado por el Padre Buela, el texto de Pío XI (Enc. Mortalium Animos) que condena la interpretación de la búsqueda de la unidad de los cristianos en el sentido que niega que la "unidad" como nota de la Iglesia no es una realidad actual sino sólo una aspiración. Se trata de una falsa dialéctica como podrá verse por lo que exponemos a continuación en este artículo. Lo que Pío XI condena es el ecumenismo falso que nada tiene que ver con el propuesto por el Magisterio del Concilio Vaticano II y de los últimos Pontífices.
16 Juan Pablo II, L'OR., 1/09/95, p. 3, nº 1.
17 "Ciertamente, nunca ha faltado la unidad constitutiva de la Iglesia, como la quiso su Fundador: sigue siendo indefectible en la Iglesia católica, que nació el día de Pentecostés con el don del Espíritu Santo concedido a los Apóstoles y ha permanecido fiel a la línea de la tradición doctrinal y comunitaria que se apoya en el fundamento de los legítimos pastores en comunión con el Sucesor de Pedro" (Juan Pablo II, L'OR., 28/07/95, p. 3, nº 1).
18 "Esa unidad, realizada al inicio de la vida de la Iglesia, no podrá desaparecer nunca en su valor esencial. Lo ha repetido el concilio Vaticano II: 'La Iglesia fundada por Cristo Señor es una y única'" (Juan Pablo II, L'OR., 14/07/95, p. 3, nº 2).
19 "La fe nos dice que la unidad de la Iglesia no es solamente una esperanza del futuro; ya existe... El problema del ecumenismo no consiste, por tanto, en crear de la nada una unidad que aún no existe, sino en vivir plena y fielmente, bajo la acción del Espíritu Santo, la unidad en la que Cristo fundó a su Iglesia... Es necesario... acoger plenamente la unidad querida por Cristo y donada continuamente por el Espíritu" (Juan Pablo __, L'OR., 1/09/95, p. 3, nº 1-2).
20 "No se puede negar que en su realización histórica, tanto en el pasado como en la actualidad, la unidad de la Iglesia no manifiesta plenamente ni el vigor ni la extensión que, según las exigencias evangélicas de que depende, podría y debería tener" (Juan Pablo II, L'OR., 28/07/95, p. 3, nº 1).
21 Cf. Juan Pablo II, L'OR., 1/09/95, p. 3, nº 1.
22 Catecismo de la Iglesia Católica, nº 817.
23 Catecismo de la Iglesia Católica, nº 818.
24 "... La unidad de la Iglesia ha de considerarse sobre todo como un don que viene de lo alto... La Iglesia... recibe su institución y su estructura de su fundador, Jesucristo, Hijo de Dios encarnado. El la edificó con su propia autoridad..." (Juan Pablo II, L'OR., 1/09/95, p. 3, nº 3). "La palabra de Cristo, transmitida por los Apóstoles y contenida en el Nuevo Testamento, no deja dudas sobre su voluntad, de acuerdo con el plan del Padre: 'no ruego sólo por éstos (los Apóstoles) sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros' (Jn 17,20-21)... Además, en los Evangelios y en los demás escritos del Nuevo Testamento se afirma claramente que la unidad de la Iglesia se ha obtenido por medio del sacrificio redentor. Leemos, por ejemplo, en el evangelio de San Juan: 'Jesús debía morir... no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos' (Jn 11, 51-52). Si la dispersión fue el fruto del pecado... la reunificación de los hijos de Dios dispersos es obra de la Redención. Con su sacrificio, Jesús creó 'un solo hombre nuevo' y reconcilió a los hombres entre sí, destruyendo la enemistad que los dividía (cf. Ef 2,14-16)" (Juan Pablo II, L'OR., 30/06/95, p. 3, nº 3).
25 "La Iglesia es una debido a su Fundador: 'Pues el mismo Hijo encarnado, Príncipe de la paz, por su cruz reconcilió a todos los hombres con Dios... restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo' (GS, 78)" (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 813).
26 "Él [Jesucristo] la edificó con su propia autoridad, eligiendo a doce hombres que constituyó apóstoles, es decir, enviados, para que en su nombre continuaran su obra. Entre esos Doce, eligió a uno, el apóstol Pedro, a quien dijo: 'Simón..., Yo he rogado por ti. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos' (Lc 22,31-32)... El ministerio del Sucesor de Pedro es un don que Cristo hizo a su Esposa, para que en todos los tiempos se conserve y promueva la unidad de todo el pueblo de Dios. Por ello, el Obispo de Roma es el servus servorum Dei, constituido por Dios como 'principio y fundamento perpetuo y visible de unidad' (LG, 23; cf. UUS, 88-96)" (Juan Pablo II, L'OR., 1/09/95, p. 3, nº 3).
27 Cf. LG, 23.
28 "Entre todas las Iglesias y comunidades eclesiales, la Iglesia católica es consciente de haber conservado el ministerio del sucesor del apóstol Pedro, el Obispo de Roma, que Dios ha constituido como 'principio y fundamento perpetuo y visible de unidad', y que el Espíritu sostiene para que haga partícipes de este bien esencial a todas las demás" (UUS, 88).
29 "... El convencimiento de la Iglesia católica de haber conservado, en fidelidad a la tradición apostólica y a la fe de los Padres, en el ministerio del Obispo de Roma, el signo visible y la garantía de la unidad, constituye una dificultad para la mayoría de los demás cristianos..." (UUS, 88).
30 Cf. UUS, 95.
31 "Esta unidad en la Iglesia brota, ante todo, del bautismo y de la Eucaristía" (Juan Pablo II, L'OR., 30/06/95, p. 3, nº 4)
32 Santo Tomás, Summa Theologiae (en adelante S.Th.), III, 73, 4
33 S.Th., III, 73, 3.
34 Cf. CH. JOURNET, La Misa, Desclée de Brouwer, Bilbao 1962, p. 255.
35 "Como este fragmento [de pan] estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino..." (Didaché IX, 2).
36 "Poned, pues, todo ahínco en usar de una sola Eucaristía; porque una sola es la carne de Nuestro Señor Jesucristo y un solo cáliz para unirnos con su sangre; un solo altar, así como no hay más que un solo obispo, juntamente con el colegio de los ancianos y con los diaconos, consiervos míos..." (San Ignacio de Antioquía, Ad Philadelphos IV).
37 "Yo soy tu Verbo y Tú estas en Mí. Yo estoy en ellos por el Cuerpo. Yo te pido, pues, que sean uno según el Cuerpo que está en Mí; que sea como si Yo los llevase a todos en Mí. Que sean un solo Cuerpo, un solo espíritu, un solo hombre perfecto" (San Atanasio, Contra Arrianos, 3,22).
38 "Todos nos fundimos en un solo Cuerpo de Cristo, alimentándonos de una sola carne" (San Cirilo de Alejandría, In Iohan., 11,11).
39 "El sacramento de la Eucaristía... es la imagen viva y admirable de la unidad de la Iglesia" (Pío XII, Mystici Corporis, 36); "Lleva esta unión como a su cumbre en esta vida mortal" (ibid., 35).
40 "... El admirable sacramento de la Eucaristía, que significa y realiza la unidad de la Iglesia" (UR, 2).
41 "En la Eucaristía se revela la naturaleza profunda de la Iglesia, comunidad de los convocados a la sinaxis para celebrar el don de Aquel que es oferente y ofrenda..." (OL, 10)
42 Henri de Lubac, Meditation sur L'Eglise, Paris 1968, p. 101.
43 Santo Tomás, Ad Eph., 4,13, nº 216. Para completar la analogía que establece Santo Tomás entre el cuerpo místico y el cuerpo físico cf. Ad Rom., 12,4, nnº 972-975.
44 PL 38, 1231.
45 De veritate, 29, 4. Se pueden ver algunos textos de San Ireneo, Clemente Alejandrino, Orígenes, San Juan Crisóstomo, San Agustín, Hugo de San Víctor, San Alberto Magno, Santo Tomás, Guillermo de Auxerre, León XIII, Pío XII, etc., en: SAURAS, op. cit., pp. 774-781.
46 Cf. las obras de estos autores en Sáuras, op. cit., p. 764, notas 11-14; y la posición de Sáuras en pp. 836 y ss.
47 S. Th., I-II, 108, 1.
48 Sobre el valor unitivo de las virtudes en el Cuerpo Místico cf. A. BANDERA, O.P., La Iglesia misterio de comunión. En el corazón del Concilio Vaticano II, Biblioteca de Teólogos Españoles, Salamanca, San Esteban 1965, pp. 91-110.
49 Así por ejemplo: "La unidad de la Iglesia es causada por tres cosas. Primero, por la unidad de fe. Pues todos los cristianos que pertenecen al cuerpo de la Iglesia, creen lo mismo... Segundo, por la unidad de la esperanza, porque todos están firmes en una misma esperanza de alcanzar la vida eterna. Tercero, por la unidad de la caridad, porque todos se unen (connectuntur) en el amor de Dios, y entre sí en el amor mutuo... Este amor cuando es verdadero se manifiesta en que los miembros tienen solicitud unos por otros, y cuando unos por otros compadecen... porque cada uno debe servir al prójimo con la gracia que ha recibido" (In Symb. Expos. a. 9, nnº 973-975). "Ni la Iglesia ni sus miembros pueden subsistir, si no se ordenan y comunican entre sí. Hay una doble unión necesaria para unir a los miembros de la Iglesia. Una es interior, consistente en que las inteligencias de todos, por la identidad de la fe, entienden y creen lo mismo, y que la voluntad ama lo mismo...; otra es exterior, que es la paz" (Ad 2 Cor., 13,11, nº 539).
50 Santo Tomás de Aquino, Ad Heb., X, 25, nº 512.
51 Col 3,14. Los autores de De Maritain... critican (en pp. 33-34) la afirmación del Padre Buela que reproduce el texto de Colosenses y las similares afirmaciones del Catecismo de la Iglesia (cf. nº 815) que según ellos "utiliza mal la Carta de San Pablo a los Colosenses" (p. 34; sin explicar -¡mínimo de seriedad moral y científica!- en qué basan tan gratuita como grave acusación), oponiéndoles textos de Pío XI (Mortalium Animos) y de León XIII (Satis Cognitum) donde se dice que la fe es el primero de todos los vínculos que unen al hombre con Dios y que no es posible una caridad que redunde en daño de la fe. La dialéctica establecida es evidentemente falsa, y a menos que los autores tengan un concepto luterano de la fe (fe que excluye positivamente la caridad; como escribe Lutero: loco caritatis ponimus fidem, maledicta sit caritas) el concepto primario de fe empleado por la teología católica es el de la fe formada, es decir hecha perfecta por la caridad (esto quiere decir que cuando no se dice nada en contrario, se está refiriendo propiamente a la fe formada y no a la fe informe). La fe es vínculo entre el hombre y Dios, pero sólo es vínculo perfecto (vínculo de perfección) por la información que le imprime la caridad. De ahí que haya sido largamente discutida en la historia de la teología la pertenencia a la Iglesia de los miembros pecadores, es decir, de los que sólo poseen la fe informe (sosteniendo que pertenecen pero informemente como diremos más adelante). Por eso Santo Tomás comenta el texto de Colosenses diciendo: "Al decir Por sobre todo..., induce a las principales virtudes que perfeccionan todas las demás. Y la principal es la caridad entre las virtudes, mientras que la sabiduría lo es entre los dones. Pues la caridad informa todas las virtudes, en cambio la sabiduría las dirige" (Ad Col., 3,21, nº 162). Y al explicar el por qué es vínculo de perfección añade: "cada cosa es perfecta en cuanto se adhiere a su fin último, es decir a Dios, lo cual lo hace la caridad" (ibid., nº 163). La dialectica es falsa; así como es falso que el Catecismo utilice mal el texto de Colosenses 3,14..
52 UUS, 9.
53 Cf. A. BANDERA, op. cit., p. 70.
54 "La comunión aún no plena de nuestras comunidades está en verdad cimentada sólidamente, si bien de modo invisible, en la comunión plena de los santos, es decir, de aquellos que al final de una existencia fiel a la gracia están en comunión con Cristo glorioso" (UUS, 84).
55 "Se ha subrayado 'para que el mundo crea' con tanta fuerza que se corre el riesgo de olvidar a veces que, en el pensamiento del envangelista, la unidad es sobre todo para gloria del Padre" (UUS, 98); "El Señor Jesús, cuando pide al Padre 'que todos sean uno... como nosotros también somos uno'... sugiere cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y el amor" (UUS, 26).
56 UUS, 7.
57 UUS, 6.
58 "Se encuentran en plena comunión con la Iglesia católica, en esta tierra, los bautizados que se unen a Cristo dentro de la estructura visible de aquella, es decir, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos y del régimen eclesiástico" (CIC, c. 205).
59 Tanto dogmática cuanto sacramental; lo cual también incluye la vinculación jerárquica con los sucesores de los apóstoles, ya que es a ellos a quienes toca velar y garantizar esta fe: instituyó doce para que estuvieran con Él y para mandarlos a predicar (Mc 3,14) y también: Id al mundo entero y predicad el Evangelio... el que creyere... se salvará (Mc 16,15) y entre estos a Pedro y su sucesor: Simón, Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca, y tú, cuando te conviertas confirma a tus hermanos: (Lc 22,32)
60 S.Th. I-II, 106, 1.
61 "A la sociedad de la Iglesia se incorporan plenamente los que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su organización y todos los medios de salvación depositados en ella, y por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del régimen eclesiástico y de la comunión, se unen en su cuerpo visible con Cristo, que la dirige por medio del Sumo Pontífice y de los Obispos" (LG, 14). Pío XII escribía: "solamente se han de enumerar realmente entre los miembros de la Iglesia los que han recibido el lavatorio de la regeneración, y profesan la verdadera fe, y no se han separado de la unidad del Cuerpo por sí mismos, ni han sido separados por la legítima autoridad por gravísimos hechos admitidos" (Mystici Corporis, 10).
62 "Ya he constatado, y con alegría, cómo la comunión, imperfecta pero real, se mantiene y crece en muchos niveles de la vida eclesial. Considero ahora que es ya perfecta en lo que todos consideramos el vértice de la vida de gracia, la martyría hasta la muerte, la comunión más auténtica que existe con Cristo, que derrama su sangre y, en este sacrificio, acerca a quienes un tiempo estaban lejanos (cf. Ef 2,13)... La comunión aún no plena de nuestras comunidades está en verdad cimentada sólidamente, si bien de modo invisible, en la comunión plena de los santos, es decir, de aquellos que al final de una existencia fiel a la gracia están en comunión con Cristo glorioso. Estos santos proceden de todas las Iglesias y comunidades eclesiales, que les abrieron la entrada en la comunión de la salvación" (UUS, 84).
63 "Sin embargo, no alcanza la salvación, aunque esté incorporado a la Iglesia, el que, al no perseverar en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia con el 'cuerpo', pero no con el corazón" (LG 14; cf. Pío XII, Mystici Corporis, 10). Sobre la discusión clásica de la pertenencia de los pecadores a la Iglesia cf. A. BANDERA, op. cit., pp. 139-186.
64 "La Iglesia se siente unida por varios vínculos con todos los que se honran con el nombre de cristianos, por estar bautizados, aunque no profesan íntegramente la fe, o no conservan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro. Muchos, pues, conservan la Sagrada Escritura como norma de fe y de vida, y manifiestan celo religioso, creen en el amor de Dios Padre todopoderoso, y en Cristo Hijo de Dios y Salvador, están marcados con el bautismo, por el que se unen a Cristo, y hasta reconocen y aceptan, en sus propias Iglesias o comunidades eclesiales, otros sacramentos. Muchos de ellos tienen también el episcopado, celebran la sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen Madre de Dios. A estos se añade también la comunión de oraciones y de otros beneficios espirituales; más aún, una cierta unión verdadera en el Espíritu Santo, puesto que también obra en ellos con su virtud santificante por medio de dones y de gracias, y a algunos de ellos hasta les dió la fortaleza del martirio. Así es como el Espíritu promueve en todos los discípulos de Cristo el deseo y la actuación para que todos se unan pacíficamente en un rebaño y bajo un solo Pastor, tal como Cristo determinó. Para obtener lo cual la Madre Iglesia no cesa de orar, esperar y trabajar, y a todos sus hijos los exhorta a que se santifiquen y se renueven de modo que la imagen de Cristo resplandezca más clara sobre la faz de la Iglesia" (LG, 15).
65 Por eso el Papa Juan Pablo II habla de los cristianos orientales como con quienes tenemos "una comunión casi plena, aunque todavía imperfecta" (Juan Pablo II, L'OR., 21/01/1979, p. 3).
66 "Los que todavía no han recibido el Evangelio, en diversas formas están ordenados al Pueblo de Dios. En primer lugar, aquel pueblo al que se confiaron las alianzas y las promesas, y del cual nació Cristo según la carne, según la elección, amadísimo a causa de sus padres, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. Mas el plan de salvación abarca también a los que reconocen al Creador, y entre ellos están en primer lugar, los musulmanes, que, haciendo expresa profesión de la fe de Abraham, adoran con nosotros a un solo Dios, misericordioso, que ha de juzgar a los hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco está lejos de otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido, puesto que les da a todos la vida, la inspiración y todas las cosas, y como Salvador quiere que todos los hombres se salven. De hecho, los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero aún van buscando con sinceridad a Dios y bajo el influjo de la gracia se esfuerzan por cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna" (LG, 16).
67 Enseña Santo Tomás: "Los infieles, si bien no pertenecen en acto a la Iglesia (etsi actu non sint de Ecclesia), lo son sin embargo en potencia. Esta potencia se funda en dos cosas: primera y principalmente, en el poder de Cristo, que es suficiente para la salvación de todo el género humano; de modo secundario se funda en la libertad del albedrío" (S.Th., III, 8, 3 ad 1).
68 Pío XII, Mystici Corporis, 46.
69 UR, 3; Catecismo de la Iglesia Católica, nº 816.
70"¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo: 'Este Santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella' (cf. LG, 14). Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no reconocen a Cristo y a su Iglesia: 'Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna' (cf. LG, 16; DS 3866-3872). 'Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, sin la cual es imposible agradarle (Hb 11,6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar'(AG, 7)" (Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 846-848).
71"En la medida en que estos elementos se encuentran en las demás comunidades cristianas, la única Iglesia de Cristo tiene una presencia operante en ellas" (UUS, 11).
72 San Gregorio Nacianceno, Orat. 18,6: PG 35,992.
73 San Ambrosio, De obitu Val. 51: 16, 1374.
74 En la Encíclica Quanto conficiamur moerore de 1863, después de recordar el "gravísimo error" de los que opinan "que hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica pueden llegar a la eterna salvación", expresa su compatibilidad con la ignorancia invencible: "Notoria cosa es a Nos y a vosotros que aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan vida honesta y recta, pueden conseguir la vida eterna, por la operación de la virtud de la luz divina y de la gracia". Por eso quienes no alcanzan la salvación fuera del cuerpo visible de la Iglesia católica son los que enumera el mismo Papa poco más adelante: "los contumaces contra la autoridad y definiciones de la misma Iglesia, y los pertinazmente divididos de la unidad de la misma Iglesia y del Romano Pontífice..." (cf. Dz 1677), es decir, los herejes y cismáticos "formales". Por eso el Syllabus condena la proposición que dice: "Por lo menos deben tenerse fundadas esperanzas acerca de la eterna salvación de todos aquellos que no se hallan de modo alguno en la verdadera Iglesia de Cristo" (Dz 1717); dicho positivamente: si la salvación los alcanza es porque de algún modo se hallan unidos a la Iglesia.
75 Los autores de De Maritain... catalogan la expresión del Catecismo (nº 816) como "equivocidad" (p. 35). Oponen también un texto del Padre Buela a otro del Decreto Unitatis Redintegratio (¿querrán decir que hace una interpretación "ortodoxa" del mismo?) pero el texto del Padre Buela está literalmente tomado del Catecismo de la Iglesia Católica: "Bajo el subtítulo "Fuera de la Iglesia no hay salvación", el padre Buela dice: "El Concilio Vaticano II reafirma toda la tradición al respecto, es decir, que toda la salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia, que es su Cuerpo" ("Integrismo", p. 31). Sin embargo, el Decreto Unitatis Redintegratio dice:..." [y se cita a continuación el nº 3 del decreto]. La locución adversativa "sin embargo" indica oposición (no obstante, a pesar de ello); en todo caso no es oposición entre el pensamiento del Padre Buela y el Concilio sino entre éste último y el Catecismo (nº 846: "... toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo"). En p. 36 dicen: "¿Qué significa esta confusión abominable? Hay una gran diferencia entre decir: "La Iglesia Católica es la única arca de salvación y fuera de Ella no hay salvación", y afirmar que: "La Iglesia católica de Cristo es el auxilio general de salvación y fuera de Ella no puede alcanzarse la total plenitud de los medios de salvación". ¿Hace falta venir a los discursos del Papa Juan Pablo II y a los hechos concretos del ecumenismo aberrante?...".
76 Cf. UUS, 79.
77 UUS, 17.
78 "Hay personas que, encontrándose frente a las dificultades o también juzgando negativos los resultados de los trabajos iniciales ecuménicos, hubieran preferido echarse atrás. Algunos incluso expresan la opinión de que estos esfuerzos son dañosos para la causa del Evangelio, conducen a una ulterior ruptura de la Iglesia, provocan confusión de ideas en las cuestiones de la fe y de la moral, abocan a un específico indiferentismo.... A todos aquellos que por cualquier motivo quisieran disuadir a la Iglesia de la búsqueda de la unidad universal de los cristianos hay que decirles una vez más: ¿Nos es lícito no hacerlo?" (Juan Pablo II, Redemptor hominis, 6).
79"No se trata de poner juntas todas las riquezas diseminadas en las comunidades cristianas con el fin de llegar a la Iglesia deseada por Dios" (UUS, 14; cf. Juan Pablo II, L'OR., 14/07/95, p. 3, nº 5). Gravísimo error de los autores de De Maritain... es el mancomunar los innegables abusos en materia de prácticas ecuménicas con el ecumenismo promovido por el Magisterio auténtico de la Iglesia.
80 Cf. UUS 42.
81 Cf. UUS, 35.
82 J. RATZINGER, Iglesia, Ecumenismo y Política. Nuevos ensayos de eclesiología, B.A.C., Madrid 1987, p. 130. H. Fries y K. Rahner propusieron su "solución" al problema ecuménico en un polémico ensayo titulado Einigung der Kirchen-reale Möglichkeit (Friburgo 1983).
83 "Una marcha forzada hacia la unidad -dice el Cardenal Ratzinger-, como la que han propuesto recientemente Karl Rahner y H. Fries, es una figura artificial de acrobacia teológica, que desgraciadamente no se sostiene ante la realidad. No se puede reunir a las distintas confesiones como en un patio de cuartel y decir: lo esencial es que marchen juntos; lo que cada uno piense no es tan importante. La unidad de la Iglesia vive de la unidad de decisiones y de convicciones fundamentales..." (Revista AICA nº 1445, 30/08/1984, p. 29).
84 RATZINGER, op. cit., p. 148. En la Revista 30GIORNI (feb. de 1993, p. 67), como en otras oportunidades, el Cardenal Ratzinger denunicó el "ecumenismo político", como cita el Padre Buela en su artículo (p. 30, nota 63); los autores de De Maritain... escriben: "Ante todo debemos decir que para un Prefecto de la Congregación de la Fe una revista no es el lugar adecuado para condenar un error; en ese caso no hay condenación alguna" (p. 32). Si no se habla porque "no se habla", si se habla "porque es como si no se hablara". Cierto que ninguna revista divulgativa es un órgano oficial de Magisterio; pero es sintomático que los referidos autores no digan una palabra sobre si -en definitiva- lo que dice el Cardenal está bien o mal. Da la impresión de que les molesta (cierto que molesta a sus tesis apriorísticas) de que haya dicho tal cosa; pareciera (es una impresión personal) que habrían gozado si hubiese defendido un ecumenismo masónico. Son como los pesimistas de los cuales habla Chesterton que se gozan cuando sus catastróficas predicciones se cumplen porque así al menos se ve que ellos tenían razón.
85 Cf. DPE, nº6.
86 "La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia... Esto no significa absolutamente perder la certeza de la propia fe, o debilitar los principios de la moral, cuya falta se hará sentir bien pronto en la vida de sociedades enteras, determinando entre otras cosas consecuencias deplorables" (Juan Pablo II, Redemptor hominis, 6).
87 Advirtiendo el Papa Juan Pablo II sobre la imposiblidad de "concelebrar la Eucaristía" con los Orientales separados y sobre las consecuencias nefastas que llevaría el tomar esto con ligereza, dice: "Pero nuestra prisa por llegar, la urgencia de poner fin al escándalo intolerable de la desunión de los cristianos, nos obligan a evitar 'toda ligereza o celo imprudente que puedan perjudicar el progreso de la unidad' (Unitatis redintegratio, 24 ). No se cura el mal suministrando analgésicos, sino atacando las causas" (Juan Pablo II, L'OR, 03/12/78, p. 8).
88 Juan Pablo II, L'OR, (11/01/1981), p.8.
89 UUS, 78.
90 UR, 14.
91 UUS, 78.
92 UUS, 79.
93 UUS, 77.
94 Cf. UUS, 79.
95 UUS, 77.
96 Cf. UUS, 11; cf. TMA, 33-34.
97 "La unidad de la Iglesia sólo se manifiestará plenamente cuando los cristianos hagan suya la voluntad de Cristo, acogiendo, entre los dones de gracia, también la autoridad que Él dio a los Apóstoles, la misma que hoy ejercen los obispos, sus sucesores, en comunión con el ministerio del Obispo de Roma, Sucesor de Pedro. Alrededor de este 'cenáculo de apostolicidad', de institución divina, está llamada a realizarse de modo visible, mediante la fuerza del Espíritu Santo, la misma unidad de todos los fieles en Cristo, por la que él oró intensamente" (Juan Pablo II, L'OR., 1/09/95, p. 3, nº 4). "Entre todas las comunidades eclesiales, la Iglesia católica es consciente de haber conservado el ministerio del sucesor del apóstol Pedro, el Obispo de Roma, que Dios ha constituido como 'principio y fundamento perpetuo y visible de unidad' (LG 23)... signo visible y la garantía de la unidad" (UUS 88; cf. UUS 94).
98 "Un pensamiento, a este punto, nos aflige, y es el que nos hace ver como precisamente nosotros, autores de tal reconciliación, somos considerados, por muchos hermanos separados, el obstáculo para la misma, a causa del primado de honor y jurisdicción que Cristo ha conferido al apóstol Pedro, y que nosotros hemos heredado de él. ¿No dicen algunos que, si fuese removido el primado del papa, la unificación de las iglesias saparadas con la Iglesia católica sería más fácil? Queremos suplicar a los hermanos separados que consideren la inconsistencia de tal hipótesis; y no ya sólo porque sin el Papa, la Iglesia católica no sería ya tal; sino porque, faltando en la Iglesia de Cristo el oficio pastoral sumo, eficaz y decisivo de Pedro, la unidad de fragmentaría; y en vano luego se buscaría de recomponerla con criterios sustitutivos del único auténtico establecido por Cristo mismo: 'habrían en la Iglesia tantos cismas cuantos son los sacerdotes', escribe con justicia san Jerónimo. Y queremos además considerar que este gozne central de la Santa Iglesia no quiere constituir supremacía de orgullo espiritual y de humano dominio, sino primado de servicio, de ministerio, de amor. No es vana retórica la que atribuye al vicario de Cristo el título de 'siervo de los siervos de Dios'" (Pablo VI, 6/08/95; Enchiridion Vaticanum, Vol, 2, Documenti della Santa Sede [1963-1967]).
99 Cf. LG, 8; UUS, 10.
100 "... La Iglesia católica afirma que, durante los dos mil años de su historia, ha permanecido en la unidad con todos los bienes de los que Dios quiere dotar a su Iglesia, y esto a pesar de las crisis con frecuencia graves que la han sacudido, las faltas de fidelidad de algunos de sus ministros y los errores que a diario cometen sus miembros... Gracias a Dios no se ha destruido lo que pertenecen a la estructura de la Iglesia de Cristo, ni tampoco la comunión existente con las demás Iglesias y comunidades cristianas" (UUS, 11).
101 "Los elementos de esta Iglesia ya existen, juntos en su plenitud, en la Iglesia católica..." (UUS, 14).
102 Cf. UUS, 14.
103 Como afirma clarísimamente Pablo VI en el Discurso en la clausura de la tercera sesión conciliar, 21 de noviembre de 1964 (Concilio Vaticano II, B.A.C., 1975, p. 1075, nº 15): "Esperamos que esta misma doctrina sobre la Iglesia será benévola y favorablemente considerada por los hermanos cristianos, todavía separados de nosotros. Integrada esta doctrina en las explicaciones contenidas en el esquema de Oecumenismo, igualmente aprobado por este Concilio, quisiéramos que tuviera en sus corazones la virtud de amoroso fermento en esa revisión de pensamientos y actitudes que les pueda acercar más a nuestra comunión, y, finalmente, con la ayuda de Dios, les haga fundirse en ella. Al mismo tiempo, esta doctrina nos proporciona la sorprendente alegría de advertir que la Iglesia, trazando las líneas de su propia y precisa figura, no restringe, sino que extiende los confines de su caridad y no detiene el movimiento de su progresiva, múltiple y generosa catolicidad".
104 "De esta unidad fundamental, aunque parcial, se debe pasar ahora a la necesaria y suficiente unidad visible, que se exprese en la realidad concreta, de modo que las Iglesias realicen verdaderamente el signo de aquella..." (UUS, 78). "La Iglesia católica, tanto en su práxis como en sus documentos oficiales, sostiene que la comunión de las Iglesias particulares con la Iglesia de Roma, es un requisito esencial -en el designio de Dios- para la comunión plena y visible..." (UUS, 97).
105 Cf. A. BANDERA, op. cit., pp. 466-467.
106 Cf. UUS, 7.
107 UUS, 42.
108 UUS, 66.
109 UR, 22, UUS, 66.
110 Cf. UUS 12.
111 Cf. UUS, 57. Por eso el Papa puede decir que con las Iglesias orientales separadas "tenemos casi todo;... tenemos sobre todo el anhelo sincero de alcanzar la unidad" (OL, 3).
112 US, 12.
113 Cf. UUS, 48. 84; Catecismo de la Iglesia Católica, nº 819.
114 Cf. UUS, 11.
115 "... Si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y de verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica" (ad unitatem catholicam impellunt) (LG, 8; cf. UUS, 10 donde se retoma la cita); "Además, 'muchos elementos de santificación y de verdad' (LG, 8) existen fuera de los límites visibles de la Iglesia católica: 'la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros dones interiores del Espíritu Santo y los elementos visibles' (UR, 3; cf. LG, 15)... Todos estos bienes provienen de Cristo y conducen a Él (UR, 3) y de por sí impelen a 'la unidad católica' (LG, 8)" (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 819).
116 "Todas estas realidades, que proceden de Cristo y conducen a Él, pertenecen, por derecho a la única Iglesia de Cristo. Nuestros hermanos separados practican también no pocas acciones sagradas de la religión cristiana, las cuales, de distintos modos, según la diversa condición de cada Iglesia o comunidad, pueden sin duda producir realmente la vida de la gracia, y deben ser consideradas aptas para abrir el acceso a la comunión de salvación". (UR. 3; cf. UUS, 13 donde se retoma la cita).
117 "Todos estos elementos llevan en sí mismos la llamada a la unidad para encontrar en ella su plenitud" (UUS, 14).
118 "Como bienes de la Iglesia de Cristo, por su naturaleza tienden al restablecimiento de la unidad. No se trata de una toma de conciencia de elementos estáticos, presentes pasivamente en esas Iglesias o comunidades" (UUS, 49).
119 "No se trata de poner juntas todas las riquezas diseminadas en las comunidades cristianas con el fin de llegar a la Iglesia deseada por Dios. De acuerdo con la gran Tradición atestiguada por los Padres de Oriente y Occidente, la Iglesia católica cree que en el evento de Pentecostés Dios manifestó ya la Iglesia en su realidad escatológica, que Él había preparado 'desde el tiempo de Abel el justo' (Cf. S. GREGORIO MAGNO, Homiliae in Evangelia 19,1: PL 76, 1.154 citado en LG, 2). Está ya dada. Por este motivo nosotros estamos ya en los últimos tiempos. Los elementos de esta Iglesia ya dada existen, juntos en su plenitud, en la Iglesia católica y, sin esta plenitud, en las otras comunidades (cf. UR, 4), donde ciertos aspectos del misterio cristiano han estado a veces más eficazmente puestos en relieve. El ecumenismo trata precisamente de hacer crecer la comunión parcial existente entre los cristianos hacia la comunión plena en la verdad y en la caridad" (UUS, 14).
120 Cf. OL, 10.
121 He aquí algunos textos:
-"Es como si nosotros debiéramos volver siempre a reunirnos en el cenáculo del Jueves santo, aunque nuestra presencia común en este lugar aguarda todavía su perfecto cumplimiento, hasta que, superados los obstáculos para la perfecta comunión eclesial, todos los cristianos se reúnan en la única celebración de la Eucaristía (cf. UR, 4)" (UUS, 23).
-"El sacramento del bautismo, que tenemos en común, representa 'un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados por él' (UR, 22). Las implicaciones teológicas, pastorales y ecuménicas del bautismo común son muchas e importantes. Si bien por sí mismo constituye 'sólo un principio y un comienzo', este sacramento 'se ordena a la profesión íntegra de la fe, a la incorporación plena en la economía de la salvación, como el mismo Cristo quiso, y finalmente a la incorporación íntegra en la comunión eucarística (UR, 22)" (UUS, 66).
-"Podemos ahora preguntarnos cuánto camino nos separa todavía del feliz día en que se alcance la plena unidad en la fe y podamos concelebrar en concordia la sagrada Eucaristía del Señor" (UUS,77. Se puede cf. también UUS, 24. 97).
122 "En la Eucaristía se revela la naturaleza profunda de la Iglesia, comunidad de los convocados a la sinaxis para celebrar el don de Aquél que es oferente y ofrenda: éstos, al participar en los sagrados misterios, llegan a ser 'consanguíneos' de Cristo (Cf. NICOLAS CABASILAS, La vida en Cristo, IV: PG 150, 584-585; SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Tratado sobre Juan, II: PG 74, 561; ib., 12: l.c., 564; S. JUAN CRISOSTOMO, Homilías sobre Mateo, hom. LXXXII, 5: PG 58, 743-744), anticipando la experiencia de la divinización en el vínculo, ya inseparable, que une en Cristo divinidad y humanidad. Pero la Eucaristía es también lo que anticipa la pertenencia de los hombres y cosas a la Jerusalén celestial. Así revela de forma plena su naturaleza escatológica..." (OL, 10).
123 Cf. Misal Romano, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, oración sobre las ofrendas; ib. plegaria eucarística III; SAN BASILIO, Anáfora alejandrina, ed. E. Renaudot, Liturgiarum orientalium collectio, I, Franckfurt, 1847, 68.
124 Cf. PABLO VI, mensaje a los Mequitaristas (8 de setiembre de 1977): L'OR., 18/12/77, 5.
125 Didaché, IX, 4: Patres Apostolici, ed. F.X. Funk, I, 22.
126 OL, 19.
127 "El movimiento ecuménico pretende ser una respuesta al don de la gracia de Dios, que llama a todos los cristianos a la fe en el misterio de la Iglesia, según el designio de Dios que desea conducir a la humanidad a la salvación y a la unidad en Cristo por el Espíritu Santo" (DPE, 9).
128 Algunos textos:
-"Pero recordadlo, la unidad que Cristo quiere para su Iglesia es su propio don" (Juan Pablo II, L'OR, 01/03/81, p. 16, nº 8).
-"...La unidad, en definitiva, es un don de Dios, don que debemos pedir y prepararnos a él para que nos sea concedido. La unidad, lo mismo que cada don, como cada gracia, depende 'de Dios que tiene misericordia' (Rom 9,16). Porque la reconciliación de todos los cristianos 'supera las fuerzas y la capacidad humana' (UR, 24), la oración continua y ferviente manifiesta nuestra esperanza, que no engaña, y nuestra confianza en el Señor que hará nuevas todas las cosas (cf. Rom 5,5; Ap 21,5)" (Juan Pablo II, L'OR 21/01/1979, p. 3, nº 2).
-"La unidad sólo nos puede ser otorgada como un regalo por el Señor como fruto de su pasión y de su resurrección en la oportuna 'plenitud de los tiempos'" (Juan Pablo II, L'OR 30/11/1980, p.17, nº3).
129 "El movimiento ecuménico es una gracia de Dios, concedida por el Padre en respuesta a la oración de Jesús (cf. Jn 17,21) y a las súplicas de la Iglesia inspirada por el Espíritu Santo (cf. Rom 8, 26-27)" (DPE, 22).
130 "Todos nosotros reconocemos el gran valor de la oración para realizar lo que humanamente es difícil o acaso imposible. Jesús mismo nos ha dicho: 'lo que es imposible a los hombres, es posible para Dios' (Lc 18,27). Sabemos lo importante que es dirigirse a Dios humildemente, día tras día, pidiéndole el don de la continua conversión de la vida, que está tan estrechamente vinculada con la cuestión de la unidad de los cristianos" (Juan Pablo II, L'OR 25/05/1980, p. 9). "Esta conversión del corazón y esta santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual" (UR, 8; Cf. UUS, 21).
131 "Cristo llama a la Iglesia peregrina en el camino, a esta perenne reforma, de la que la Iglesia misma, como institución humana y terrena, tiene siempre necesidad... Esta reforma, pues, tiene una extraordinaria importancia ecuménica" (UR, 6).
132 "La Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesita de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación" (LG, 8; cf. TMA, 33).
133 Cf. UUS, 11.
134 Cf. TMA, 32-34.
135 "Aunque la Iglesia Católica posee toda la verdad revelada por Dios, y todos los instrumentos de la gracia, sin embargo, sus miembros no la viven consecuentemente con todo el fervor debido. Así que la faz de la Iglesia resplandece menos ante los ojos de nuestros hermanos separados y de todo el mundo, y por ello se retarda el crecimiento del reino de Dios. Por esto, todos los católicos deben tender a la perfección cristiana y, cada uno según su condición, trabajar para que la Iglesia, portadora -en su cuerpo- de la humildad y de la mortificación de Jesucristo, cada día se purifique y se renueve más, hasta que Cristo se la presente a sí mismo gloriosa, sin mancha ni arruga" (UR, 4).
136 "No existe verdadero ecumenismo sin la conversión interior. En efecto, los deseos de la unidad surgen y maduran en la renovación del alma, en la abnegación de sí mismo y en efusión generosa de la caridad. Por eso hemos de implorar del Espíritu Santo la gracia de la abnegación sincera, de la humildad y de la mansedumbre en nuestro servicio y de la fraterna generosidad del alma para con los demás... Recuerden todos los fieles que tanto mejor realizarán y promoverán la unión de los cristianos, cuanto más se esfuercen por llevar una vida más pura, que esté conforme al Evangelio. Porque cuanto más estrecha sea su comunión con el Padre, con el Verbo y con el Espíritu, tanto más íntima y facilmente podrán acrecentar la mutua hermandad" (UR, 7).
137 Juan Pablo II, L'OR., 01/02/1981, p. 20, nº 5. Cf. UUS, 33-35.
138 Cf. UUS, 36.
139 Cf. UUS 38.
140 Cf. UUS, 57; UR, 17.
141 Cf. UR, 11; UUS, 37; Congregación para la doctrina de la Fe, Mysterium Ecclesiae, sobre la doctrina católica acerca de la Iglesia (24/06/73), 4.
142 Cf. Slavorum Apostoli, nnº 11-13.
143 "Puesto que por su naturaleza la verdad de la fe está destinada a toda la humanidad, exige ser traducida a todas las culturas. En efecto, el elemento que determina la comunión en la verdad es el significado de la verdad misma. La expresión de la verdad puede ser multiforme, y la renovación de las formas de expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje evangélico en su inmutable significado (cf. San Vicente de Lerins, Commonitorium primum, 23; PL 50, 667-668)" (UUS, 19).
144 Vale la pena transcribir el texto completo: "No se trata, en este contexto, de modificar el depósito de la fe, de cambiar el significado de los dogmas, de suprimir en ellos palabras esenciales, de adaptar la verdad a los gustos de una época, de quitar ciertos artículos del Credo con el falso pretexto de que ya no son comprensibles hoy. La unidad querida por Dios sólo se puede realizar en la adhesión común al contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una solución de compromiso está en contradicción con Dios, que es la Verdad. En el Cuerpo de Cristo, que es 'Camino, Verdad y Vida' (Jn 14,6), ¿quién consideraría legítima una reconciliación lograda a costa de la verdad? La declaración conciliar sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae atribuye a la dignidad humana la búsqueda de la verdad, 'sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia' (DH, 1), y la adhesión a sus exigencias. Por tanto, un 'estar juntos' que traicionase la verdad estaría en oposición con la naturaleza de Dios que ofrece su comunión y con la exigencia de verdad que está en lo más profundo de la cada corazón humano" (UUS, 18).
145 UUS, 36.
146 Cf. UUS, 36.
147 UUS, 60.
148 Cf. UUS, 40-43.
149 Cf. Evangelium vitae, 91. Señalo, aunque tan sólo sea de paso, que este texto ha sido pasado totalmente por alto (¿por escribir sin saber de lo que habla? ¿por tocar de oído de lo que no sabe? ¿por encono al Magisterio de la Iglesia?) por el señor Mariano Grondona cuando hablando de la Evangelium vitae, y después de haber insinuado el "maniqueísmo" de la visión de Juan Pablo II dice: "¿Reabre Juan Pablo II el abismo de San Agustín que pretendió cerrar el prerrenacentista Santo Tomás? La cultura de la vida requeriría, sin embargo, un llamamiento ecuménico a católicos y no católicos por igual, sin que estos últimos tengan que convertirse para ser convocados" (Mariano Grondona, Dos culturas frente a frente, LA NACION, 9/04/95, p. 10).
150 Los autores de De Maritain..., critican la afirmación de la esperanza ecuménica que el Padre Buela hace en su artículo (p. 29-30) diciendo: "Esta definición de ecumenismo y su fundamento en una promesa-profecía y una oración responde perfectamente a la enseñanza del Decreto Unitatis Redintegratio del Concilio Vaticano II, pero no corresponde a lo enseñado por la Encíclica Mortalium Animos del Papa Pío XI" (p. 31) y citan a continuación un largo texto de dicho Pontífice el cual critica la interpretación de dicha promesa-profecía como significando que la unidad esencial de la Iglesia es sólo una aspiración futura (por eso el Papa dice, en la versión que dan los autores "mas de tal manera las entienden que, según ellos, sólo sinifican un deseo y una aspiración de Jesucristo, deseo que todavía no se ha realizado". Pero ese no es es sentido que le da el Magisterio, ni el que le da el Padre Buela, ni el que le ha dado la tradición que no comienza con Pío XI. Con seis renglones propios (de una sola columna) y un texto malinterpretado, los autores de De Maritain... "refutan" la afirmación del padre Buela la cual se fundamenta en el laborioso estudio de 1.434 páginas de Juan M. Igartúa (La esperanza ecuménica de la Iglesia, B.A.C. Madrid 1970, dos tomos, 727 y 707 pp.) citado por el padre Buela a pie de página (nota 62), el cual en un trabajo de prolijidad abrumadora estudia el uso, sentido y aplicaciones de la esperanza ecuménica en los textos joánicos, Santos Padres, Magisterio Pontificio, Concilio Vaticano II, hasta el Magisterio de Pablo VI.
151 Hay una expresión esencial que ya se da y que Santo Tomás expresa diciendo que consiste en su universalidad local (enviada a todo el mundo y prensente en la tierra, el cielo y el purgatorio), universalidad en la condición de los hombres que la componen (siervos y esclavos, judíos y gentiles, etc.), universalidad en cuanto al tiempo (hasta el fin del mundo) (cf., In Symb. Exp., IX). Pero también es algo en perpetuo desarrollo, en cuanto va conquistando nuevos hijos y nuevos pueblos.
152 Cf. Igartúa, op. cit., I, 100-102.
153 En Igartúa puede verse el uso de este texto (bajo los distintos modos de esperanza que hemos señalado) por parte de numerosos pontífices como Pelagio II (año 585; T. 75 [Igartúa, II, pp. 297-688 trae una enorme colección de textos identificados por la siglo "T" y un número]), Urbano V (año 1370; T. 142), Clemente VIII (año 1599 T. 175), León XIII (T. 218), San Pío X (T. 252), etc.
154 San Juan Crisóstomo, Hom. in Evangelium Ioannis, 60; PG 59,329,2.
155 San Jerónimo, Com. in Esaiam Prophetam, CCL LXXIII,A.
156 Cf. Igartúa, op. cit., León XIII (T. 218; 235); Pío XII (T. 301; 302); Juan XXIII (T. 338), etc...
157 Cf. Igartúa, op. cit., II, p. 124-126.
158 Así por ejemplo: Teodoro I (PL 87,77C); San Martín I (PL 87,116C-D); Adriado I (PL 98,346A; 385C).
159 Recordamos sólo algunos de los testimonios (el resto, hasta Pablo VI pueden verse en la citada obra de Igartúa): Adriano I (año 774): "Entrega las ovejas de Pedro al gobierno de Pedro Pastor, el cual las había de confiar como a vicario suyo a Adriano" (Annales Ecclesiastici, Baronio, XIII, a.774, n.6); "¡Oh Pedro, Pastor sin reproche!, que guardas el rebaño de Dios, tú que das sagrados pastos al rebaño de Cristo" (Ibidem). San Zacarías (año 748): "Con la cooperación de Dios, ha sido agregada vuestra santidad a nuestra compañía en un solo rebaño; y tenemos un solo Pastor, que ha sido instituido Príncipe de los Apóstoles y doctor nuestro por el Pastor de los Pastores, Señor Dios y Salvador nuestro Jesucristo" (PL 89,949A). Inocencio III (año 1203): "Sepa que es ajeno al rebaño de Cristo quien rehúsa a Pedro como pastor, a quien Nos sucedemos... Después de Cristo, Pastor primero y principal, el bienaventurado Pedro es el Pastor segundo y secundario" (PL 215,28). Bonifacio VIII: "...El Romano Pontífice ha sido puesto sin distinción sobre todos, como custodio y cultivador general de la viña del Señor, y como Pastor supremo de todo el rebaño católico y de todos los pastores" (Bula Unam Sanctam, año 1308, DS 872).
160 San Pío X, Alocución a la Unión Apostólica del Clero, 18/11/1912: AAS 4, p. 695.