Veritas:
¿Cuál es el «carisma» de las Misioneras de la
Unidad?
D.
Julián G.:
La respuesta a esa pregunta la deduzco del
número tercero de sus Estatutos, que dice: «La Institución
tiene una fisonomía peculiar, que se deriva de su carisma»,
y que aparece claramente en el núm. 4 de sus Estatutos, en donde
se puede leer: «El lema de las Misioneras de la Unidad es «todo
por la Unidad: oración, trabajo, entrega y apostolado».
De ahí se deriva la especificidad de su espiritualidad y de su actividad:
trabajar por el diálogo y la colaboración de cara a la unión
de todos los cristianos, como paso obligado para la conversión del
mundo.
Veritas:
¿Cómo
nació?
D.
Julián G.:
A esa pregunta suelo responder diciendo que
«nació como flor del campo», con el riego del Espíritu
Santo; «como respuesta a una necesidad pastoral de la Iglesia de Dios»;
para responder con su existencia a la oración que Jesús dirigió
a su Padre, en la Noche de la Última Cena: «Padre, que todos
sean uno para que el mundo crea»; porque el mundo no creerá
en el mensaje de Jesucristo mientras vea que sus seguidores están
desunidos.
El 25 de enero del año 1959, Juan XXIII, recién elegido Papa,
anunció la convocatoria de un Concilio. El mundo cristiano jubiló
con tal noticia, porque creía que iba a ser un Concilio de cara a
la promoción de la Unidad de los creyentes en Cristo, que se hallaban
separados. Ese día surgió en la mente de su fundador la idea
de poner en marcha una Institución, que se dedicase específicamente
a la promoción de la causa de la Unidad, entre todos los creyentes
en Jesucristo.
Veritas:
¿Cuáles
son los retos más importantes del ecumenismo en España?
D.
Julián G.:
En primer lugar conseguir que los cristianos
de nuestros país, principalmente los católicos, se den cuenta
de la necesidad imperiosa e insustituible de la promoción de la causa
ecuménica de cara a la evangelización. Y las dificultades
con que tropieza la eficacia de la pastoral ecuménica en nuestro
suelo son la conciencia de ser mayoría que tienen los católicos
y la sensación de lejanía que respecto a ellos sienten los
protestantes. La Semana de la Unidad, además de los efectos espirituales
que conlleva, logra el acercamiento de los unos y de los otros, paso obligado
para una vida más propicia al acercamiento y a la fraternidad.
En
un país de tradición tan identificada con el catolicismo como
España, ¿es la emigración la que principalmente ha
traído la cuestión ecuménica? ¿cómo valorar
esta relación ecumenismo-inmigración?
Es
cierto que la inmigración en el momento presente está dejando
huellas profundas en la fisonomía social, cultural, económica
y religiosa de España, sobre todo en lo relacionado con las iglesias
ortodoxas. Su llegada masiva a España, en especial desde los países
de la Europa del Este, es una auténtica novedad social. En su mayoría
son ortodoxos griegos, dependientes del Patriarcado ecuménico de
Constantinopla en España, con un obispo, residente en Madrid, con
jurisdicción en España y Portugal. Pero parecido es el caso
de los que son miembros de las iglesias dependientes de los patriarcados
de Rumania, Bulgaria... Estos datos son suficientes para percatarnos de
la significativa variación que están experimentando las confesiones
cristianas existentes en España, para que ya no podamos decir que
el ecumenismo sea algo que queda lejos de nuestra realidad geográfica
y religiosa, fenómeno que debido a la inmigración no sólo
afecta ya a las ciudades sino que se extiende también a los pueblos
de nuestro país.
Esta
situación de la presencia entre nosotros, y de una manera importante
de hermanos de otras confesiones cristianas, en concreto de los procedentes
de los países del Este europeo, de filiación ortodoxa, está
reclamando una catequesis muy especial de los fieles católicos para
que orienten sus contactos con estos inmigrantes con actitudes comprensivas
y abiertas, de cara a una convivencia intercristiana, totalmente normal,
que de paso no a una actitud de recelo sino amistosa y acogedora, verdaderamente
fraterna, que lime dificultades que puedan originarse con su presencia en
medio de nosotros y que facilite la mutua comprensión y el acercamiento.
Ahora
bien, no se puede sostener, a modo de afirmación, que la problemática
de la migración sea el origen o esté en la base de la cuestión
ecuménica. El tema ecuménico, sus bases y tareas, no es fruto
del empuje inmigratorio sino más bien como respuesta al imperativo
conciliar. El hecho de que antes de la ola migrante el número de
cristianos no católicos no fuera significativo en proporción
a la Iglesia católica no es indicativo de la preocupación
ecuménica, pues el interés ecuménico obedece siempre
a la Unidad querida por Cristo, y no al número de iglesias o miembros
de ellas separadas. En este sentido hay que ser ecuménico aún
quedando tres cristianos en una iglesia separada, pues el sentir ecuménico
se sostiene en el mismo fundamento que la caridad cristiana: Con sólo
tres pobres estaría justificada la presencia social de la Iglesia.
Más aún, sin contar con pobres en el mundo, la Iglesia no
podría olvidar nunca la dimensión de la caridad. Siempre tendría
que estar presente esta dimensión, del mismo modo que la oración
por la unidad nunca podrá estar ausente de la oración de la
Iglesia, aunque ésta estuviera toda ella unida.
Veritas:
Muchos
confunden diálogo interreligioso con ecumenismo, aunque a veces ambos
temas están relacionados. ¿Cuál es el punto de vista
al respecto?
D.
Julián G.:
Efectivamente. Hay muchos que confunden el
diálogo interreligioso con el ecumenismo, pero no debe hacerse. Son
movimientos autónomos e inconfundibles, ya que sus objetivos son
distintos y cada uno tiene su propia personalidad. Si esto es así,
¿por qué confundir en uno solo sus nombres? Cada uno de ellos
tiene sus propias oficinas en el Vaticano. Y los rótulos de sus puertas
son diferentes: «Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos»
y «Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso».
La diferencia está en los interlocutores, a los que cada uno tiene
que dirigirse, cuya personalidad religiosa es muy distinta: cristianos y
creyentes de otras religiones.
Cada
uno tiene su propia «carta de marear» y de diferente categoría:
Decreto «Unitatis redintegratio» y Declaración «Nostra
aetate». Por tanto, son organismos muy distintos, que coinciden en
la metodología, que han de emplear en sus respectivas tareas el diálogo,
pero se diferencian por los destinatarios con los que tienen que relacionarse:
Iglesias y comunidades cristianas uno, y religiones no cristianas el otro;
y, por consiguiente, su temática está bien diferenciada, aunque
haya no pocas ocasiones en que puedan ser coincidentes en las cuestiones
a tratar.
Bien
claro lo deja entender el cardenal Kasper, presidente del Secretariado para
la Unión de los Cristianos: «El compromiso ecuménico,
la promoción de la unidad de los cristianos, constituye uno de los
grandes retos y de las más apremiantes tareas al principio del nuevo
milenio... El diálogo ecuménico y el diálogo interreligioso
están relacionados y vinculados, pero no se identifican el uno con
el otro. Entre los dos se da una diferencia específica y cualitativa,
por lo que no deben confundirse».
Los
dos diálogos, ecuménico e interreligioso, están relacionados
en cuanto al método que emplean, pero se diferencian en la específica
finalidad. Por tanto, no es conveniente ni tampoco acertado hablar de «ecumenismo
interreligioso», pues es una expresión que no es exacta y que
presta un flaco servicio al ecumenismo ya que desconcierta y confunde.