entrevista
los retos del ecumenismo



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Julián García Hernando
Fundador de las "Misioneras de la Unidad"


Por: Boletín Diario de Noticias de la Agencia Católica Veritas. 21·01·04.

Veritas: ¿Cuál es el «carisma» de las Misioneras de la Unidad?

D. Julián G.: La respuesta a esa pregunta la deduzco del número tercero de sus Estatutos, que dice: «La Institución tiene una fisonomía peculiar, que se deriva de su carisma», y que aparece claramente en el núm. 4 de sus Estatutos, en donde se puede leer: «El lema de las Misioneras de la Unidad es «todo por la Unidad: oración, trabajo, entrega y apostolado».
De ahí se deriva la especificidad de su espiritualidad y de su actividad: trabajar por el diálogo y la colaboración de cara a la unión de todos los cristianos, como paso obligado para la conversión del mundo.

Veritas: ¿Cómo nació?

D. Julián G.: A esa pregunta suelo responder diciendo que «nació como flor del campo», con el riego del Espíritu Santo; «como respuesta a una necesidad pastoral de la Iglesia de Dios»; para responder con su existencia a la oración que Jesús dirigió a su Padre, en la Noche de la Última Cena: «Padre, que todos sean uno para que el mundo crea»; porque el mundo no creerá en el mensaje de Jesucristo mientras vea que sus seguidores están desunidos.
El 25 de enero del año 1959, Juan XXIII, recién elegido Papa, anunció la convocatoria de un Concilio. El mundo cristiano jubiló con tal noticia, porque creía que iba a ser un Concilio de cara a la promoción de la Unidad de los creyentes en Cristo, que se hallaban separados. Ese día surgió en la mente de su fundador la idea de poner en marcha una Institución, que se dedicase específicamente a la promoción de la causa de la Unidad, entre todos los creyentes en Jesucristo.

Veritas: ¿Cuáles son los retos más importantes del ecumenismo en España?

D. Julián G.: En primer lugar conseguir que los cristianos de nuestros país, principalmente los católicos, se den cuenta de la necesidad imperiosa e insustituible de la promoción de la causa ecuménica de cara a la evangelización. Y las dificultades con que tropieza la eficacia de la pastoral ecuménica en nuestro suelo son la conciencia de ser mayoría que tienen los católicos y la sensación de lejanía que respecto a ellos sienten los protestantes. La Semana de la Unidad, además de los efectos espirituales que conlleva, logra el acercamiento de los unos y de los otros, paso obligado para una vida más propicia al acercamiento y a la fraternidad.

En un país de tradición tan identificada con el catolicismo como España, ¿es la emigración la que principalmente ha traído la cuestión ecuménica? ¿cómo valorar esta relación ecumenismo-inmigración?

Es cierto que la inmigración en el momento presente está dejando huellas profundas en la fisonomía social, cultural, económica y religiosa de España, sobre todo en lo relacionado con las iglesias ortodoxas. Su llegada masiva a España, en especial desde los países de la Europa del Este, es una auténtica novedad social. En su mayoría son ortodoxos griegos, dependientes del Patriarcado ecuménico de Constantinopla en España, con un obispo, residente en Madrid, con jurisdicción en España y Portugal. Pero parecido es el caso de los que son miembros de las iglesias dependientes de los patriarcados de Rumania, Bulgaria... Estos datos son suficientes para percatarnos de la significativa variación que están experimentando las confesiones cristianas existentes en España, para que ya no podamos decir que el ecumenismo sea algo que queda lejos de nuestra realidad geográfica y religiosa, fenómeno que debido a la inmigración no sólo afecta ya a las ciudades sino que se extiende también a los pueblos de nuestro país.

Esta situación de la presencia entre nosotros, y de una manera importante de hermanos de otras confesiones cristianas, en concreto de los procedentes de los países del Este europeo, de filiación ortodoxa, está reclamando una catequesis muy especial de los fieles católicos para que orienten sus contactos con estos inmigrantes con actitudes comprensivas y abiertas, de cara a una convivencia intercristiana, totalmente normal, que de paso no a una actitud de recelo sino amistosa y acogedora, verdaderamente fraterna, que lime dificultades que puedan originarse con su presencia en medio de nosotros y que facilite la mutua comprensión y el acercamiento.

Ahora bien, no se puede sostener, a modo de afirmación, que la problemática de la migración sea el origen o esté en la base de la cuestión ecuménica. El tema ecuménico, sus bases y tareas, no es fruto del empuje inmigratorio sino más bien como respuesta al imperativo conciliar. El hecho de que antes de la ola migrante el número de cristianos no católicos no fuera significativo en proporción a la Iglesia católica no es indicativo de la preocupación ecuménica, pues el interés ecuménico obedece siempre a la Unidad querida por Cristo, y no al número de iglesias o miembros de ellas separadas. En este sentido hay que ser ecuménico aún quedando tres cristianos en una iglesia separada, pues el sentir ecuménico se sostiene en el mismo fundamento que la caridad cristiana: Con sólo tres pobres estaría justificada la presencia social de la Iglesia. Más aún, sin contar con pobres en el mundo, la Iglesia no podría olvidar nunca la dimensión de la caridad. Siempre tendría que estar presente esta dimensión, del mismo modo que la oración por la unidad nunca podrá estar ausente de la oración de la Iglesia, aunque ésta estuviera toda ella unida.

Veritas: Muchos confunden diálogo interreligioso con ecumenismo, aunque a veces ambos temas están relacionados. ¿Cuál es el punto de vista al respecto?

D. Julián G.: Efectivamente. Hay muchos que confunden el diálogo interreligioso con el ecumenismo, pero no debe hacerse. Son movimientos autónomos e inconfundibles, ya que sus objetivos son distintos y cada uno tiene su propia personalidad. Si esto es así, ¿por qué confundir en uno solo sus nombres? Cada uno de ellos tiene sus propias oficinas en el Vaticano. Y los rótulos de sus puertas son diferentes: «Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos» y «Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso». La diferencia está en los interlocutores, a los que cada uno tiene que dirigirse, cuya personalidad religiosa es muy distinta: cristianos y creyentes de otras religiones.

Cada uno tiene su propia «carta de marear» y de diferente categoría: Decreto «Unitatis redintegratio» y Declaración «Nostra aetate». Por tanto, son organismos muy distintos, que coinciden en la metodología, que han de emplear en sus respectivas tareas el diálogo, pero se diferencian por los destinatarios con los que tienen que relacionarse: Iglesias y comunidades cristianas uno, y religiones no cristianas el otro; y, por consiguiente, su temática está bien diferenciada, aunque haya no pocas ocasiones en que puedan ser coincidentes en las cuestiones a tratar.

Bien claro lo deja entender el cardenal Kasper, presidente del Secretariado para la Unión de los Cristianos: «El compromiso ecuménico, la promoción de la unidad de los cristianos, constituye uno de los grandes retos y de las más apremiantes tareas al principio del nuevo milenio... El diálogo ecuménico y el diálogo interreligioso están relacionados y vinculados, pero no se identifican el uno con el otro. Entre los dos se da una diferencia específica y cualitativa, por lo que no deben confundirse».

Los dos diálogos, ecuménico e interreligioso, están relacionados en cuanto al método que emplean, pero se diferencian en la específica finalidad. Por tanto, no es conveniente ni tampoco acertado hablar de «ecumenismo interreligioso», pues es una expresión que no es exacta y que presta un flaco servicio al ecumenismo ya que desconcierta y confunde.