desde la raíz

ámbitos del encuentro entre religiones


" Ahora mi corazón se ha convertido en receptáculo de todas las formas religiosas: es pradera de gacelas y claustro de monjes cristianos, templo de ídolos y Kaaba de peregrinos, Tablas de la Ley y Pliegos del Corán."
Ibn Arabi16

Javier Melloni
Es antropólogo y doctor en Teología, miembro del Centre Cristianisme i Justícia
, de EIDES (Escola Ignasiana d'Espiritualitat) en Manresa, Cataluña. jmelloni@terra.es

Nunca como hasta el presente se había dado la oportunidad de poner en contacto la santidad de las religiones, permitiendo así que cada una fecunde a su modo la Tierra. En los últimos años se ha empezado a reflexionar sobre ello y se ha llegado a distinguir cuatro ámbitos de esta mutua fecundación: el de la convivencia diaria; el de la causa común por la paz y la justicia; el de la reflexión teológica; y el ámbito de la oración y el silencio compartidos.

1. La convivencia cotidiana en la pluralidad de creencias

El primer testimonio que pueden dar las religiones en un mundo crispado como el nuestro, en el que se recela de las diferencias y se sospecha de lo "otro", sería el de manifestarse como cauces de acogida y respeto mutuos. Mostrar que la auténtica experiencia religiosa genera la capacidad de abrirse al sacramento del hermano, como diferente de mí. Religión, pues, como impulso de religación entre los humanos, como capacitación de estrechar lazos de unión entre vecinos, con emigrantes de otras creencias recién llegados, compartiendo la misma escalera, llevando los hijos a las mismas escuelas, disfrutando del mismo ocio, de los mismos parques... Las religiones están llamadas a testimoniar que la auténtica experiencia espiritual es un fuego purificador y transformador que hace salir de uno mismo, relativiza el yo y lo mío; que la experiencia de Dios es fuente de ternura y de humanización que fecunda por dentro la convivencia humana, dándole una calidad insospechada.

les corresponde a las religiones mostrar que de las entrañas mismas de la experiencia religiosa brota un torrente de ternura por los más pequeños ydesprotegidos, y una conseguiente pasión por la paz y la justicia

2. La causa común por la paz y la justicia

En un plano más elaborado, las religiones están llamadas a promover conjuntamente la paz y la justicia en el mundo. Las religiones deberían ser profetas en este terreno, en lugar de sentirse ajenas, como si la causa de los hijos del Cielo no fuera la misma que la causa de los hijos de la Tierra. Gran parte de su credibilidad está en mostrar cómo el vínculo (religio) con el Absoluto es fuente de implicación con lo humano. Es más, les corresponde a ellas mostrar que de las entrañas mismas de la experiencia religiosa brota un torrente de ternura por los más pequeños y desprotegidos, y una conseguiente pasión por la paz y la justicia. En este sentido, Paul Ricoeur ha hablado de que la Iglesia debería dar testimonio de la Lógica de la sobreabundancia18, es decir, mostrar la opción preferencial por los más desfavorecidos.

En esta causa y testimonio comunes, cada religión está llamada a aportar la especificidad de su propia santidad, la riqueza de su modo de proceder. Así, las religiones occidentales contribuirán con una palabra audaz y profética, con los medios eficaces propios de su cultura, mientras que las religiones orientales aportarán su serenidad y su sabiduría. Como testimonio de éstas últimas, valgan las palabras de un monje budista camboyano:


"El sufrimiento de nuestro país ha sido profundo.
De este sufrimiento surge una gran ternura.
La ternura pone paz en el corazón.
Un corazón pacífico da paz al ser humano.
Un ser pacífico pone paz en una familia.
Una familia pacífica pone paz en una comunidad.
Una comunidad pacífica pone paz en una nación.
Una nación pacífica pone paz en el mundo"19.

Este texto es un precioso exponente no sólo de Oriente, sino de lo que la experiencia religiosa puede aportar a la causa de la paz y de la justicia: propiciar la mirada interior, la reconciliación y la pacificación del corazón como fuerza y dinamismo para la reconciliación social. El encuentro de Asís (1986) convocado por el Papa para orar por la paz mundial con los representantes de las grandes religiones del planeta fue un gesto inspirado que señala por dónde se puede seguir avanzando. Las religiones están llamadas a promover con audacia causas conjuntas. Por ejemplo, qué bello sería que los musulmanes y cristianos nos juntáramos con más valentía en España y en Europa para defender los derechos de los emigrantes; y que ello lo hiciéramos a partir de centros comunes de acogida y de oración. De hecho, ya existen tales centros, presencias anónimas en subsuelos donde uno se descalza para entrar, y donde la Biblia y El Corán ocupan juntos un lugar venerable en la sala.

la aportación de las religiones en el terreno de la paz y de la justicia es mostrar que una acción injusta o violenta no sólo destruye a la víctima, sino también al agresor

Porque lo propio de la experiencia religiosa es revelar que todos somos uno en el Uno. En último término, la aportación específica de las religiones en el terreno de la paz y de la justicia es mostrar que una acción injusta o violenta no sólo destruye a la víctima, sino también al agresor; que todos nos hacemos daño cuando vivimos devorándonos mutuamente, porque cuando arrebatamos lo material a los demás o los utilizamos, perdemos nuestra alma, ya que atrofiamos nuestra capacidad de ser humanos, esto es, hermanos.

3. El diálogo teólogico

El diálogo teológico es, tal vez, el más difícil de los cuatro ámbitos. Es también el más lento; por eso no debería ser mirado como el decisivo, por necesario que sea. La dificultad radica en la inconmensurabilidad de los sistemas religiosos: cada Tradición ha elaborado una constelación de términos y significados que forman un todo y que no se pueden intercambiar aisladamente, porque al sacarlos de su contexto, pierden su significante original. Ya hemos mencionado el ejemplo problemático de los avatares. Pongamos otros: en el Cristianismo, la noción del Dios Personal y de la conciencia personal en el momento unitivo es considerado lo más alto y lo más irrenunciable de la Revelación. En las religiones orientales, en cambio, este aspecto personal de la Divinidad está asociado a estadios todavía imperfectos de la experiencia mística. Esta mutua incomprensión se debe a que subyacen dos concepciones antropológicas distintas: Oriente no conoce la noción de persona, sino únicamente la del yo (aham), y este yo está asociado a todo el mundo de los deseos, avideces, celos, envidias, dominaciones y destrucciones mutuas,... causa de todos los desarreglos que hay entre los humanos. Las religiones orientales tratan de superar el ámbito de este yo mezquino que nos hace autocentrados, para alcanzar un Fondo donde lo humano y lo divino se hacen uno, haciendo desaparecer la relación yo?Tú. La noción cristiana de persona, en cambio, no se corresponde con ese yo periférico a superar por las soteriologías orientales, sino que hace referencia a un Núcleo irreductible, hecho de conciencia y libertad, que concebimos presente tanto en el Dios Trinitario -comunión de Personas-, como en el máximo grado de unión mística del hombre con Dios. De aquí también los equívocos ante un tema como el de la reencarnación: nuestra noción de persona está identificada con un cuerpo y psiquismo precisos; desde esta concepción, la reencarnación nos parece una banalización de la existencia histórica concreta e irrepetible de cada uno. En Oriente, en cambio, lo que se busca es la liberación de lo más hondo del ser humano (el atman), que se va purificando a través de las diferentes "existencias", avanzando a través de los diferentes yoes (aham) psíquico?somáticos, que son tan sólo accidentales.

Lo que, sin duda, en un primer momento es causa de equívocos y de dificultades para el diálogo teológico, puede convertirse en un mutuo enriquecimiento. Y ello en dos sentidos: por un lado, porque al confrontarnos con otras concepciones antropológicas y teológicas, somos estimulados a precisar nuestras formulaciones; y por otro, porque somos invitados a relativizarlas, ayudándonos a tomar conciencia de que no agotan la totalidad del Misterio ni de lo divino y de lo humano.

el encuentro interreligioso es una ocasión y una invitación a la experiencia mística, donde unos y otros compartimos una común adoración ante el Ser del que todos recibimos el ser

Habría que alcanzar aquí lo que Raimon Panikkar ha llamado el "diálogo dialógico"20: un diálogo que va más allá del "diálogo dialéctico", porque traspasa la lógica basada en la confrontación. Él mismo lo llega a calificar de "optimismo del corazón"21. Tal diálogo posibilita una mutua fecundación. En este encuentro, todos podemos salir beneficiados: ciñéndose a este marco, las religiones occidentales aportarán las nociones de arrepentimiento y de perdón, mientras que las orientales, las nociones de ignorancia y de iluminación; las religiones occidentales subrayarán la dimensión personal de Dios, mientras que las orientales acentuarán su dimensión oceánica; Occidente aportará el valor de la Palabra, mientras que Oriente aportará el Silencio que subyace y envuelve a toda palabra sobre Dios.

Estamos llamados, pues, no sólo a hacer una teología "para" el diálogo y "del" diálogo, sino "en" diálogo. No se trata tanto de una nueva teología, cuanto de un nuevo método de hacer teología, basado en la dimensión abierta, icónica, de las palabras y de los conceptos, y en la riqueza caleidoscópica de la multiplicidad de perspectivas.

4. A modo de síntesis.

Tan sólo hemos podido apuntar algunos aspectos de una temática muy compleja, que integra planos diferentes: antropológico, sociológico, epistemológico, teológico... No hemos tratado de ser exhaustivos, sino tan sólo de plantear algunas cuestiones a partir de la toma de conciencia de la actitud que este encuentro y diálogo requieren: el respeto y la acogida de los otros como reflejo de la apertura y donación al Otro. Así, el encuentro interreligioso nos ayuda a descubrir nuestras actitudes más profundas, ya que Dios y los demás son lo "otro" de nosotros. Y es que la misma disposición con la que nos acercamos a Dios es con la que nos acercamos a los demás, y la misma disposición con que nos acercamos a los demás es con la que nos acercamos a Dios. Tomar conciencia de ello no es ajeno al conocimiento de Dios -ni de los demás-, sino que lo condiciona y lo conforma desde su misma raíz. La experiencia religiosa ayuda a ir transformando la pulsión de posesión y de depredación en disposición de acogida y de donación, porque tal es el ser de Dios.

En este sentido, todavía podemos decir más: el diálogo interreligioso -como todo otro diálogo- es fundamental porque es una actitud "teologal", es decir, es camino de participación en ese modo de ser de Dios: Apertura sin límite, Éxtasis continuo, un permanente "perderse" de sí mismo en el otro, un vaciarse de sí para posibilitar la existencia de los demás. Así, el encuentro interreligioso se revela como espacio teofánico, es decir, ámbito de la revelación de Dios y ámbito por el cual testimoniamos a Dios, porque tan sólo encontrándonos y dialogando ya estamos mostrando al mundo el modo de ser de Dios: Donación y Olvido infinitos de sí que libera a todas las cosas de estar encerradas sobre sí mismas.