Nunca
como hasta el presente se había dado la oportunidad de poner en contacto
la santidad de las religiones, permitiendo así que cada una fecunde
a su modo la Tierra. En los últimos años se ha empezado a
reflexionar sobre ello y se ha llegado a distinguir cuatro ámbitos
de esta mutua fecundación: el de la convivencia diaria; el de la
causa común por la paz y la justicia; el de la reflexión teológica;
y el ámbito de la oración y el silencio compartidos.
1.
La convivencia cotidiana en la pluralidad de creencias
El
primer testimonio que pueden dar las religiones en un mundo crispado como
el nuestro, en el que se recela de las diferencias y se sospecha de lo "otro",
sería el de manifestarse como cauces de acogida y respeto mutuos.
Mostrar que la auténtica experiencia religiosa genera la capacidad
de abrirse al sacramento del hermano, como diferente de mí. Religión,
pues, como impulso de religación entre los humanos, como capacitación
de estrechar lazos de unión entre vecinos, con emigrantes de otras
creencias recién llegados, compartiendo la misma escalera, llevando
los hijos a las mismas escuelas, disfrutando del mismo ocio, de los mismos
parques... Las religiones están llamadas a testimoniar que la auténtica
experiencia espiritual es un fuego purificador y transformador que hace
salir de uno mismo, relativiza el yo y lo mío; que la experiencia
de Dios es fuente de ternura y de humanización que fecunda por dentro
la convivencia humana, dándole una calidad insospechada.
les
corresponde a las religiones mostrar que de las entrañas mismas de
la experiencia religiosa brota un torrente de ternura por los más
pequeños ydesprotegidos, y una conseguiente pasión por la
paz y la justicia
2.
La causa común por la paz y la justicia
En
un plano más elaborado, las religiones están llamadas a promover
conjuntamente la paz y la justicia en el mundo. Las religiones deberían
ser profetas en este terreno, en lugar de sentirse ajenas, como si la causa
de los hijos del Cielo no fuera la misma que la causa de los hijos de la
Tierra. Gran parte de su credibilidad está en mostrar cómo
el vínculo (religio) con el Absoluto es fuente de implicación
con lo humano. Es más, les corresponde a ellas mostrar que de las
entrañas mismas de la experiencia religiosa brota un torrente de
ternura por los más pequeños y desprotegidos, y una conseguiente
pasión por la paz y la justicia. En este sentido, Paul Ricoeur ha
hablado de que la Iglesia debería dar testimonio de la Lógica
de la sobreabundancia18, es decir, mostrar la opción preferencial
por los más desfavorecidos.
En
esta causa y testimonio comunes, cada religión está llamada
a aportar la especificidad de su propia santidad, la riqueza de su modo
de proceder. Así, las religiones occidentales contribuirán
con una palabra audaz y profética, con los medios eficaces propios
de su cultura, mientras que las religiones orientales aportarán su
serenidad y su sabiduría. Como testimonio de éstas últimas,
valgan las palabras de un monje budista camboyano:
"El sufrimiento de nuestro país ha sido profundo.
De este sufrimiento surge una gran ternura.
La ternura pone paz en el corazón.
Un corazón pacífico da paz al ser humano.
Un ser pacífico pone paz en una familia.
Una familia pacífica pone paz en una comunidad.
Una comunidad pacífica pone paz en una nación.
Una nación pacífica pone paz en el mundo"19.
Este
texto es un precioso exponente no sólo de Oriente, sino de lo que
la experiencia religiosa puede aportar a la causa de la paz y de la justicia:
propiciar la mirada interior, la reconciliación y la pacificación
del corazón como fuerza y dinamismo para la reconciliación
social. El encuentro de Asís (1986) convocado por el Papa para orar
por la paz mundial con los representantes de las grandes religiones del
planeta fue un gesto inspirado que señala por dónde se puede
seguir avanzando. Las religiones están llamadas a promover con audacia
causas conjuntas. Por ejemplo, qué bello sería que los musulmanes
y cristianos nos juntáramos con más valentía en España
y en Europa para defender los derechos de los emigrantes; y que ello lo
hiciéramos a partir de centros comunes de acogida y de oración.
De hecho, ya existen tales centros, presencias anónimas en subsuelos
donde uno se descalza para entrar, y donde la Biblia y El Corán ocupan
juntos un lugar venerable en la sala.
la
aportación de las religiones en el terreno de la paz y de la justicia
es mostrar que una acción injusta o violenta no sólo destruye
a la víctima, sino también al agresor
Porque
lo propio de la experiencia religiosa es revelar que todos somos uno en
el Uno. En último término, la aportación específica
de las religiones en el terreno de la paz y de la justicia es mostrar que
una acción injusta o violenta no sólo destruye a la víctima,
sino también al agresor; que todos nos hacemos daño cuando
vivimos devorándonos mutuamente, porque cuando arrebatamos lo material
a los demás o los utilizamos, perdemos nuestra alma, ya que atrofiamos
nuestra capacidad de ser humanos, esto es, hermanos.
3.
El diálogo teólogico
El
diálogo teológico es, tal vez, el más difícil
de los cuatro ámbitos. Es también el más lento; por
eso no debería ser mirado como el decisivo, por necesario que sea.
La dificultad radica en la inconmensurabilidad de los sistemas religiosos:
cada Tradición ha elaborado una constelación de términos
y significados que forman un todo y que no se pueden intercambiar aisladamente,
porque al sacarlos de su contexto, pierden su significante original. Ya
hemos mencionado el ejemplo problemático de los avatares. Pongamos
otros: en el Cristianismo, la noción del Dios Personal y de la conciencia
personal en el momento unitivo es considerado lo más alto y lo más
irrenunciable de la Revelación. En las religiones orientales, en
cambio, este aspecto personal de la Divinidad está asociado a estadios
todavía imperfectos de la experiencia mística. Esta mutua
incomprensión se debe a que subyacen dos concepciones antropológicas
distintas: Oriente no conoce la noción de persona, sino únicamente
la del yo (aham), y este yo está asociado a todo el mundo de los
deseos, avideces, celos, envidias, dominaciones y destrucciones mutuas,...
causa de todos los desarreglos que hay entre los humanos. Las religiones
orientales tratan de superar el ámbito de este yo mezquino que nos
hace autocentrados, para alcanzar un Fondo donde lo humano y lo divino se
hacen uno, haciendo desaparecer la relación yo?Tú. La noción
cristiana de persona, en cambio, no se corresponde con ese yo periférico
a superar por las soteriologías orientales, sino que hace referencia
a un Núcleo irreductible, hecho de conciencia y libertad, que concebimos
presente tanto en el Dios Trinitario -comunión de Personas-, como
en el máximo grado de unión mística del hombre con
Dios. De aquí también los equívocos ante un tema como
el de la reencarnación: nuestra noción de persona está
identificada con un cuerpo y psiquismo precisos; desde esta concepción,
la reencarnación nos parece una banalización de la existencia
histórica concreta e irrepetible de cada uno. En Oriente, en cambio,
lo que se busca es la liberación de lo más hondo del ser humano
(el atman), que se va purificando a través de las diferentes "existencias",
avanzando a través de los diferentes yoes (aham) psíquico?somáticos,
que son tan sólo accidentales.
Lo
que, sin duda, en un primer momento es causa de equívocos y de dificultades
para el diálogo teológico, puede convertirse en un mutuo enriquecimiento.
Y ello en dos sentidos: por un lado, porque al confrontarnos con otras concepciones
antropológicas y teológicas, somos estimulados a precisar
nuestras formulaciones; y por otro, porque somos invitados a relativizarlas,
ayudándonos a tomar conciencia de que no agotan la totalidad del
Misterio ni de lo divino y de lo humano.
el
encuentro interreligioso es una ocasión y una invitación a
la experiencia mística, donde unos y otros compartimos una común
adoración ante el Ser del que todos recibimos el ser
Habría
que alcanzar aquí lo que Raimon Panikkar ha llamado el "diálogo
dialógico"20: un diálogo que va más allá
del "diálogo dialéctico", porque traspasa la lógica
basada en la confrontación. Él mismo lo llega a calificar
de "optimismo del corazón"21. Tal diálogo posibilita
una mutua fecundación. En este encuentro, todos podemos salir beneficiados:
ciñéndose a este marco, las religiones occidentales aportarán
las nociones de arrepentimiento y de perdón, mientras que las orientales,
las nociones de ignorancia y de iluminación; las religiones occidentales
subrayarán la dimensión personal de Dios, mientras que las
orientales acentuarán su dimensión oceánica; Occidente
aportará el valor de la Palabra, mientras que Oriente aportará
el Silencio que subyace y envuelve a toda palabra sobre Dios.
Estamos
llamados, pues, no sólo a hacer una teología "para"
el diálogo y "del" diálogo, sino "en"
diálogo. No se trata tanto de una nueva teología, cuanto de
un nuevo método de hacer teología, basado en la dimensión
abierta, icónica, de las palabras y de los conceptos, y en la riqueza
caleidoscópica de la multiplicidad de perspectivas.
4.
A modo de síntesis.
Tan
sólo hemos podido apuntar algunos aspectos de una temática
muy compleja, que integra planos diferentes: antropológico, sociológico,
epistemológico, teológico... No hemos tratado de ser exhaustivos,
sino tan sólo de plantear algunas cuestiones a partir de la toma
de conciencia de la actitud que este encuentro y diálogo requieren:
el respeto y la acogida de los otros como reflejo de la apertura y donación
al Otro. Así, el encuentro interreligioso nos ayuda a descubrir nuestras
actitudes más profundas, ya que Dios y los demás son lo "otro"
de nosotros. Y es que la misma disposición con la que nos acercamos
a Dios es con la que nos acercamos a los demás, y la misma disposición
con que nos acercamos a los demás es con la que nos acercamos a Dios.
Tomar conciencia de ello no es ajeno al conocimiento de Dios -ni de los
demás-, sino que lo condiciona y lo conforma desde su misma raíz.
La experiencia religiosa ayuda a ir transformando la pulsión de posesión
y de depredación en disposición de acogida y de donación,
porque tal es el ser de Dios.
En
este sentido, todavía podemos decir más: el diálogo
interreligioso -como todo otro diálogo- es fundamental porque es
una actitud "teologal", es decir, es camino de participación
en ese modo de ser de Dios: Apertura sin límite, Éxtasis continuo,
un permanente "perderse" de sí mismo en el otro, un vaciarse
de sí para posibilitar la existencia de los demás. Así,
el encuentro interreligioso se revela como espacio teofánico, es
decir, ámbito de la revelación de Dios y ámbito por
el cual testimoniamos a Dios, porque tan sólo encontrándonos
y dialogando ya estamos mostrando al mundo el modo de ser de Dios: Donación
y Olvido infinitos de sí que libera a todas las cosas de estar encerradas
sobre sí mismas.