Parece
fácil y sencillo, pero no lo es tanto. Cada vez que paso por
el “estadio” hay alguien entrenándose duro. A nadie
le gusta hacer el ridículo cuando llega el comienzo de la partida.
Se requiere práctica, estilo y, sobre todo, salir a la calle
para compartir cancha. Me invitaron a probar y lo hice. Todos se rieron
de mí. ¡Benditas carcajadas! Sí, jugar al caliche
no es cosa fácil ni sencilla. Tampoco lo es el diálogo
interreligioso, pero estos amigos del barrio de la Cruz de Galindo
en Almoradí me enseñaron que, aunque difícil,
es posible y una realidad que “debe continuar” (NMI 55).
Así lo recuerda el Papa.
En
pleno corazón de la Vega Baja, unos cuantos vecinos han hecho
del caliche una práctica de diálogo interreligioso formidable.
Son muchos los hombres y las mujeres inmigrantes que buscan en la
fértil huerta del Segura, trabajo, futuro, esperanza para sus
familias. Llegan de muchos países y comparten con nosotros
sus respectivas lenguas, culturas y religiones. Últimamente,
un nuevo vecino, con piel más oscura, acento extraño
y con su chilaba bien puesta, también trata de afinar la puntería
y vencer a sus “rivales” cristianos. En el caliche no
hay limitación de jugadores europeos y extracomunitarios. Todos
tienen cabida, todos se divierten, todos ganan, aunque no tengan “papeles”
ni siquiera buena puntería.
Nuestro
Plan diocesano de Pastoral nos invita a la creación de cauces
de acogida social y eclesial de las personas inmigrantes. En ocasiones
nos parece cosa impensable e imposible comunicarnos y encontrarnos
con ellas, sobre todo si profesan otro credo distinto al nuestro.
Ya ven que no lo es tanto. Es cuestión de práctica,
estilo acogedor y, sobre todo, salir a la calle para compartir la
vida, que es el estadio de la fe. El diálogo más importante
y urgente, además del que deben entablar expertos, gobernantes
y líderes religiosos, es el de la vida, el de la calle, el
de los mil y un encuentro cotidiano. Mis nuevos amigos de la Cruz
lo saben bien y me lo enseñaron. Gracias por la lección.