Poco
barco para tanto mar. Pero zarpemos, a remo si no hay viento. No quiero
que la tormenta nos coja en tierra. Los barcos se hicieron para navegar.
y eso es lo que haremos.
Vivir
en comunidad es una travesía necesaria. Sin un rumbo claro, a
estas alturas de la Historia, con una Iglesia que confunde más
que orienta, con un presente que genera todas las incertidumbres y ninguna
certeza, todo es un puto caos, una locura de mundo que apenas acertamos
ya a comprender. Y en medio de eso un puñado de locos tratando
de actualizar el proyecto unitario. Tal vez imposible, pero necesario
el intento. Si no es posible vivir la fraternidad el mundo se queda
sin argumentos. Y la comunidad es una pequeña demostración
de esa fraternidad posible. Ni siquiera importa el rumbo de esa travesía.
Vivimos en el mundo, y este mundo hoy no tiene norte. Pero incluso así:
la comunidad está ahí para demostrar que es posible vivir
la fraternidad sin norte, desnortados. No se trata de dar lecciones,
de construir horizontes de cartón piedra, de inventar esperanzas.
Se trata, sólo y nada menos, de mantener el paso, de caminar
con humildad entre este caos, de generar pequeños asideros, algo
de aire fresco, convicciones pequeñas pero sólidas. Es
posible querer por encima de las diferencias, es posible compartir los
bienes, la vida, el compromiso. Es posible servir sin pedir nada a cambio,
es posible hacer amigos por el gusto de hacer amigos, es posible reunirse
alrededor de otras cosas distintas del dinero y el poder. Y es posible
armar todo eso alrededor de una comunidad, de seglares, de religiosos
o religiosas, de sacerdotes, de todo a la vez y de todo mezclado. De
cristianos tan molientes como corrientes, pero con una urgencia precisa
y obstinada por sembrar algo de evangelio en el citado camino.
Vivir en comunidad es una travesía. Que ninguno de los embarcados
abandone el barco. Y si lo hace que no se aleje del puerto. No hace
falta tanto, no hace falta mucho. Nada de grandes barcos, de largas
travesías, de costosos proyectos. Nada de ambiciones que sólo
conducen a la frustración. Lo poco que tenemos es todo, es mucho.
Las comunidades que conozco son sencillas, entusiastas pero sencillas.
Con mil dudas, con todas las dudas. Bastante desamparadas de una Iglesia
poco, digamos, maternal. Y a pesar del mundo y de su caos, de la iglesia
y sus contradicciones, a pesar de todo permanecen, permanecemos ahí.
En una travesía sin rumbo, sin viento apenas, empeñados
en mantenernos a flote nuestras rarezas, nuestras propias contradicciones,
y, sobre todo, esa pequeña parte de evangelio que conservamos,
que transportamos. El mismo evangelio que nos trajo hasta aquí,
que nos mantiene vivos hoy y que nos ofrece un mañana más
soleado, más humano, más solidario, comunitario.