desde la raíz
una travesía necesaria


Gonzalo Revilla
Comunidad Tierra Nueva
Pertenece a Cáritas Diocesana.
Diciembre de 2004Huelva.


Poco barco para tanto mar. Pero zarpemos, a remo si no hay viento. No quiero que la tormenta nos coja en tierra. Los barcos se hicieron para navegar. y eso es lo que haremos.

Vivir en comunidad es una travesía necesaria. Sin un rumbo claro, a estas alturas de la Historia, con una Iglesia que confunde más que orienta, con un presente que genera todas las incertidumbres y ninguna certeza, todo es un puto caos, una locura de mundo que apenas acertamos ya a comprender. Y en medio de eso un puñado de locos tratando de actualizar el proyecto unitario. Tal vez imposible, pero necesario el intento. Si no es posible vivir la fraternidad el mundo se queda sin argumentos. Y la comunidad es una pequeña demostración de esa fraternidad posible. Ni siquiera importa el rumbo de esa travesía. Vivimos en el mundo, y este mundo hoy no tiene norte. Pero incluso así: la comunidad está ahí para demostrar que es posible vivir la fraternidad sin norte, desnortados. No se trata de dar lecciones, de construir horizontes de cartón piedra, de inventar esperanzas. Se trata, sólo y nada menos, de mantener el paso, de caminar con humildad entre este caos, de generar pequeños asideros, algo de aire fresco, convicciones pequeñas pero sólidas. Es posible querer por encima de las diferencias, es posible compartir los bienes, la vida, el compromiso. Es posible servir sin pedir nada a cambio, es posible hacer amigos por el gusto de hacer amigos, es posible reunirse alrededor de otras cosas distintas del dinero y el poder. Y es posible armar todo eso alrededor de una comunidad, de seglares, de religiosos o religiosas, de sacerdotes, de todo a la vez y de todo mezclado. De cristianos tan molientes como corrientes, pero con una urgencia precisa y obstinada por sembrar algo de evangelio en el citado camino.
Vivir en comunidad es una travesía. Que ninguno de los embarcados abandone el barco. Y si lo hace que no se aleje del puerto. No hace falta tanto, no hace falta mucho. Nada de grandes barcos, de largas travesías, de costosos proyectos. Nada de ambiciones que sólo conducen a la frustración. Lo poco que tenemos es todo, es mucho. Las comunidades que conozco son sencillas, entusiastas pero sencillas. Con mil dudas, con todas las dudas. Bastante desamparadas de una Iglesia poco, digamos, maternal. Y a pesar del mundo y de su caos, de la iglesia y sus contradicciones, a pesar de todo permanecen, permanecemos ahí. En una travesía sin rumbo, sin viento apenas, empeñados en mantenernos a flote nuestras rarezas, nuestras propias contradicciones, y, sobre todo, esa pequeña parte de evangelio que conservamos, que transportamos. El mismo evangelio que nos trajo hasta aquí, que nos mantiene vivos hoy y que nos ofrece un mañana más soleado, más humano, más solidario, comunitario.