No es...


1.
No persigue la elaboración de unos estatutos rígidos que oficialice una nueva parcela de Iglesia, sino un marco referencia universal donde nos podamos mirar todos y válido para cualquier tiempo y lugar. Por tanto no persigue la fundación de una parte, de un movimiento o comunidad más con apellido dentro de la Iglesia.

2. No es una apropiación indebida de un colectivo por parte de una realidad eclesial concreta (comunidad Pueblo de Dios) que se siente con capacidad de dirección, con aval histórico, que trata de imponer sutilmente, o hacer proselitismo de algún tipo..., en definitiva, con poder de convocatoria y de fusionar a su propia historia el proceso histórico de otras personas o colectividades.

3. No quiere ser dirigismo, sino apertura y corresponsabilidad. Es una invitación a abrir, entre todos, caminos que nos lleven a horizontes nuevos, que nos lleve a una búsqueda conjunta de una realidad que sea expresión de una identidad universal que, en su complejidad y rica pluralidad, sea referencia de comunión eclesial y ecuménica.

4. No es una llamada a rescatar una identidad particular de Pueblo de Dios, sino que, su llamada más profunda pretende rescatar el ser Cuerpo y Pueblo de Dios todos, sin exclusión de nadie. Esta vocación es sustantiva: primero ser Cuerpo y Pueblo de Dios y en función de esta verdadera vocación / “identidad compleja” descubrir el papel de nuestro ser miembro de ese Cuerpo.

5. No es una estrategia de una parte que, por la puerta trasera, pretende solucionar su propia problemática. Más bien entiende que el origen de toda problemática eclesial está en la ausencia de la vivencia de “un solo corazón, mente y alma” y que en el camino de la comunión se redimensionan las particularidades y se halla la solución a la falta de encarnación de la Palabra de Dios todos juntos.

6. No es una convocatoria exclusiva para una reconstrucción de una parte (comunidad Pueblo de Dios), sino que se extiende a todas las partes convocadoras de la asamblea en su conjunto, llamadas a una reconstrucción común que se haga faro, referencia para la reconstrucción que necesita toda la Iglesia.

7. No se trata de rescatar la Unidad para ensalzar los apellidos, sino rescatar la Unidad sin apellidos, sin renegar del propio apellido, pero donde se dé razón conjunta de la oración de Jesús al Padre: “Que TODOS sean UNO para que el mundo crea”. Una mesa común donde cada uno ejerce el papel al que Dios le llame.

8. En dicha mesa, todas las fuerzas de cada parte, carisma o servicio funciona en razón del todo que supone y abarca el Plan Integral de Dios. Posteriormente, los servicios parciales han de trabajar según el afán parcial de cada jornada, convencidos desde sí mismo y desde la libertad gloriosa de los hijos de Dios que están sirviendo al todo. Por lo que no suprime las iniciativas particulares de los servicios o funciones que cada miembro ha de desempeñar.

9. No busca garantías eclesiales, ni tiene ambición de imponerse ni de perpetuarse, al contrario, quiere ser una llamada a desaparecer como la sal y el fermento, donde sea el Todo el que convoque y no la parte. La asamblea, por tanto, quiere ser una llamada a la búsqueda del Espíritu en la colectividad y pluralidad, es decir, una tarea asamblearia de todo el cuerpo en “concilio permanente”. El ideal es que la asamblea plural como expresión de la Comunidad Universal que pretende vivir, se consolide y no haga falta convocantes particulares en el futuro.

10. No es una posición de fuerza, ni beligerante, frente a la realidad actual de la Iglesia, sino que quiere ser, desde la humildad de sentirse necesitados de todos y desde lo desapercibido, una parábola de comunión profética, conjunta y misericordiosa. No tratamos de imponer nada a nadie. No queremos hacer proselitismo enmascarado, sólo invitar a buscar juntos y abrir horizontes.