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DECLARACIÓN
SOBRE
LAS RELACIONES DE LA IGLESIA
CON LAS RELIGIONES NO CRISTIANAS
Pablo
VI
28
de octubre de 1965
Proemio
1. En nuestra época, en la que el género humano se une cada
vez más estrechamente y aumentan los vínculos entre los
diversos pueblos, la Iglesia considera con mayor atención en qué
consiste su relación con respecto a las religiones no cristianas.
En cumplimiento de su misión de fundamentar la Unidad y la Caridad
entre los hombres y, aún más, entre los pueblos, considera
aquí, ante todo, aquello que es comûn a los hombres y que
conduce a la mutua solidaridad.
Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto
que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la faz de la
tierra, y tienen también un fin ûltimo, que es Dios, cuya
providencia, manifestación de bondad y designios de salvación
se extienden a todos, hasta que se unan los elegidos en la ciudad santa,
que será iluminada por el resplandor de Dios y en la que los pueblos
caminarán bajo su luz.
Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas
recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven
íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre,
cuál es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado,
el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad,
la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte? ¿Cuál
es, finalmente, aquel ûltimo e inefable misterio que envuelve nuestra
existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?
Las diversas religiones no cristianas
2. Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra
en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza
misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos
de la vida humana y aveces también el reconocimiento de la Suma
Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra
toda su vida con íntimo sentido religioso. Las religiones a tomar
contacto con el progreso de la cultura, se esfuerzan por responder a dichos
problemas con nociones más precisas y con un lenguaje más
elaborado. Así, en el Hinduismo los hombres investigan el misterio
divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y
con los penetrantes esfuerzos de la filosofía, y buscan la liberación
de las angustias de nuestra condición mediante las modalidades
de la vida ascética, a través de profunda meditación,
o bien buscando refugio en Dios con amor y confianza. En el Budismo, según
sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo
mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu
devoto y confiado pueden adquirir el estado de perfecta liberación
o la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados con
el auxilio superior. Así también los demás religiones
que se encuentran en el mundo, es esfuerzan por responder de varias maneras
a la inquietud del corazón humano, proponiendo caminos, es decir,
doctrinas, normas de vida y ritos sagrados.
La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones
hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar
y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen
en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan
un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia
y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que
es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn., 14,6), en quien los
hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió
consigo todas las cosas.
Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad,
mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras
religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden
y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los
valores socio-culturales que en ellos existen.
La religión del Islam
3. La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes que adoran
al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todo poderoso,
Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos
ocultos designios procuran someterse con toda el alma como se sometió
a Dios Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Veneran
a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran
a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan
devotamente. Esperan, además, el día del juicio, cuando
Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por ello, aprecian
además el día del juicio, cuando Dios remunerará
a todos los hombres resucitados. Por tanto, aprecian la vida moral, y
honran a Dios sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno.
Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades
entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que,
olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los
bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres.
La religión judía
4. Al investigar el misterio de la Iglesia, este Sagrado Concilio recuerda
los vínculos con que el Pueblo del Nuevo Testamento está
espiritualmente unido con la raza de Abraham.
Pues la Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su
elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y
los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios. Reconoce
que todos los cristianos, hijos de Abraham segûn la fe, están
incluidos en la vocación del mismo Patriarca y que la salvación
de la Iglesia está místicamente prefigurada en la salida
del pueblo elegido de la tierra de esclavitud. Por lo cual, la Iglesia
no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento
por medio de aquel pueblo, con quien Dios, por su inefable misericordia
se dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se
nutre de la raíz del buen olivo en que se han injertado las ramas
del olivo silvestre que son los gentiles. Cree, pues, la Iglesia que Cristo,
nuestra paz, reconcilió por la cruz a judíos y gentiles
y que de ambos hizo una sola cosa en sí mismo.
La Iglesia tiene siempre ante sus ojos las palabras del Apóstol
Pablo sobre sus hermanos de sangre, "a quienes pertenecen la adopción
y la gloria, la Alianza, la Ley, el culto y las promesas; y también
los Patriarcas, y de quienes procede Cristo según la carne"
(Rom., 9,4-5), hijo de la Virgen María. Recuerda también
que los Apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron
del pueblo judío, así como muchísimos de aquellos
primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo.
Como afirma la Sagrada Escritura, Jerusalén no conoció el
tiempo de su visita, gran parte de los Judíos no aceptaron el Evangelio
e incluso no pocos se opusieron a su difusión. No obstante, según
el Apóstol, los Judíos son todavía muy amados de
Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones
y de su vocación. La Iglesia, juntamente con los Profetas y el
mismo Apóstol espera el día, que sólo Dios conoce,
en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola
voz y "le servirán como un solo hombre" (Soph 3,9).
Como es, por consiguiente, tan grande el patrimonio espiritual común
a cristianos y judíos, este Sagrado Concilio quiere fomentar y
recomendar el mutuo conocimiento y aprecioentre ellos, que se consigue
sobre todo por medio de los estudios bíblicos y teológicos
y con el diálogo fraterno.
Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron
la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo,
no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que
entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia
es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos
como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas
Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que
no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu
de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra
de Dios.
Además, la Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra
los hombres, consciente del patrimonio comûn con los judíos,
e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad
evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones
de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos.
Por los demás, Cristo, como siempre lo ha profesado y profesa la
Iglesia, abrazó voluntariamente y movido por inmensa caridad, su
pasión y muerte, por los pecados de todos los hombres, para que
todos consigan la salvación. Es, pues, deber de la Iglesia en su
predicación el anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal
de Dios y como fuente de toda gracia.
La fraternidad universal excluye toda discriminación
5. No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos
fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. la relación
del hombre para con Dios Padre y con los demás hombres sus hermanos
están de tal forma unidas que, como dice la Escritura: "el
que no ama, no ha conocido a Dios" (1 Jn 4,8).
Así se elimina el fundamento de toda teoría o práctica
que introduce discriminación entre los hombres y entre los pueblos,
en lo que toca a la dignidad humana y a los derechos que de ella dimanan.
La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de
Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por
motivos de raza o color, de condición o religión. Por esto,
el sagrado Concilio, siguiendo las huellas de los santos Apóstoles
Pedro y Pablo, ruega ardientemente a los fieles que, "observando
en medio de las naciones una conducta ejemplar", si es posible, en
cuanto de ellos depende, tengan paz con todos los hombres, para que sean
verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos.
Todas y cada una de las cosas contenidas en esta Declaración han
obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio.
Y Nos, en virtud de la potestad apostólica recibida de Cristo,
juntamente con los Venerables Padres, las aprobamos, decretamos y establecemos
en el Espíritu Santo, y mandamos que lo así decidido conciliarmente
sea promulgado para la gloria de Dios.
Roma, en San Pedro, 28 de octubre de 1965.
Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.
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