Alfredo
Calvo y Arancha
Cristianos Sin Frontera y Renovación Carismática.
Miranda del Ebro
¿QUÉ TIPO DE ASAMBLEA O DE PUEBLO DE DIOS SE CONSTITUYE
DESDE LA FE EN EL DIOS DE LA TIERRA?. TODO SOBRE EL CONCEPTO DE ASAMBLEA
DE CONVOCADOS, SINODALIDAD, CORRESPONSABILIDAD, COLEGIALIDAD, CONCILIARIDAD,
ECLESIALIDAD, DIOCESANEIDAD
BREVE
PRESENTACIÓN:
Tanto Arantxa como yo llevamos años colaborando en actividades misioneras
desde la diversidad de nuestros carismas, pero con inquietudes eclesiales
similares de fondo: la unidad y la comunión. Por eso fue por lo que
acudimos, porque intuimos que existe una misma inquietud en vosotros en
vuestra ya larga trayectoria. Arantxa cursa ahora una especialidad en ecumenismo,
y desde Cristianos Sin Fronteras donde he desarrollado mi actividad misionera,
hemos buscado poner en clave de encuentro grupos diferentes de toda España
para hacernos comprender que a todos nos mueve una única misión.
La brega en los ámbitos arciprestales y diocesanos por parte de ambos
durante años, han estado llenos de dificultades en muchos casos por
distorsiones en el ejercicio de la comunión.
DESARROLLO:
Nos sucede en la iglesia que estamos como el que se ha perdido en una circunvalación
(con las vueltas que damos), hemos terminado en un peaje que no queremos
pagar (sobre todo la mujer) y encima nos hemos quedado en la reserva. La
comunidad que nació para provocar, sufre inhibición. El Dios
de la Tierra, se encuentra con que sus seguidores tienen la fe soterrada
y la esperanza aterrada. Asumiendo el invierno eclesial que vivimos, hay
que proponer la comunión como lugar desde el que resucitar el dinamismo
eclesial. La comunión entre los carismas, las confesiones, las religiones,
las identidades, las distintas éticas, visiones culturales, etc.
La diversidad no nos rompe, como parece que muchos sugieren dentro de la
iglesia, no es el enemigo de la unidad, es el nuevo lugar teológico
desde el que nos podemos recuperar, a la par de otros impulsos. Esto exige
nuevos modelos de auto comprensión y de trabajo.
Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad
de la comunión, proponiéndola como principio educativo...
NMI 43 Hoy la comunión está por estrenar como modelo de auto
comprensión y construcción de la comunidad. Aunque presente
en nuestro vocabulario, en el horizonte de la teología más
políticamente correcta, nuestra eclesialidad se muestra miope en
este asunto. Su complejidad es enorme y comparto con vosotros que esta pasa
por un sutil desapercibimiento al tiempo que una gran apuesta por trabajar
desde las identidades y los carismas presentes en nuestras comunidades.
Hoy una complejidad que acometemos esta generación es la de ser capaces
de afirmar las identidades diversas sin romper el vínculo necesario:
la solidaridad. En nuestro caso, la solidaridad en la misión única
compartida que propone Jesús.
En CSF (Cristianos sin Fronteras), asociación de laicos en la que
he colaborado 10 años, hemos constatado que convocarnos en la diversidad
grupos venidos de toda España para compartir la fe, nos acrecienta
el sentido de universalidad, nos refuerza la fe y nos impulsa a la misión
de manera renovada, a la misión en nuestros lugares de origen. No
aglutina “asociados”, sino que ofrece los espacios para que
la comunión, como experiencia central de fe, se realice con grupos
muy diversos.
La comunión requiere saber “DAR ESPACIO AL HERMANO” a
la vez que sentirte reconocido por tu aportación específica
a la comunidad. Muy complejo, pero es la argamasa que tiene que edificar
nuestras comunidades. Espiritualidad de la comunión es saber «
dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros
(cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente
nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza
y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco
servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían
en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus
modos de expresión y crecimiento. NMI43
El problema es que, ese dar espacio, requiere que quienes lo ocupan indebidamente,
se “retiren”. El camino de reflexión no puede pecar de
ingenuidad. El primer problema que hay que afrontar en el recorrido de la
comunión deseada, es que la autoridad está volcada exclusivamente
en un ministerio y que los equilibrios decisorios en nuestra iglesia son
anacrónicos e imposibilitantes de una comunión que, a día
de hoy, en el siglo XXI, sólo puede ejercerse si llevan añadidos
espacios de decisión conjunta.
Si
cuando la ciencia afirmó que la tierra no era el centro, sino que
orbitaba alrededor del sol (caso Galileo), la iglesia lo negó argumentando
la tradición y lo más esencial de la fe, ahora la sociedad
está diciendo que la humanidad gira en torno a la democracia, los
derechos humanos, la diversidad y el diálogo y de nuevo, con los
mejores argumentos de la tradición, se muestra incapacitada para
hacerlo suyo de manera plena. La historia es distinta, si, pero: ¿Son
distintos los condicionantes que nos imposibilitan para el análisis
lúcido? Yo diría que no.
La comunión es más que la democracia, pero esta es un paso
necesario para conseguir aquella. Por ello, para quienes hemos bregado con
cansancio de ánimo y esperanza en foros eclesiales (comisiones, delegaciones
sectoriales, asambleas nacionales, congresos…) vemos que este discernimiento,
no puede eludir aspectos puntuales muy concretos ni el meollo del problema.
Todo con absoluta vocación de comunión y respeto mutuo, de
concordia, con la sutileza y caridad mencionada. Pero toda palabra que pretende
desvelar la novedad de Dios, tiene que asumir su propósito profético
y por lo tanto los posibles “destierros” iniciales. En realidad,
con este tema, estamos inevitablemente señalando a quienes tienen
el ministerio específico de la comunión, un ministerio cuya
reforma es condición sine qua non para el avance en la comunión
de toda la comunidad. Laicidad y ministerialidad, sufren desequilibrios
y hay que acometerlos por su nombre. Nombrarlos no es separar. ¿Por
qué en asuntos que saltan a la palestra pública, al final
es un obispo el que hace de portavoz o de negociador, cuando se trata de
asuntos en los cuales se supone que los laicos somos los que “estamos
en el mundo” para acometer su complejidad y sus análisis? ¿Por
qué nos empeñamos en no desvelar la diversidad existente en
el interior de la comunidad de cara al exterior como una de nuestras riquezas?
¿Por qué nadie le inca el diente a una modelo de ministerialidad
laical que hable al mismo nivel de responsabilidad, cada uno en su ámbito,
con otros ministerios ordenados? Cuando el pueblo deje de ser “consultivo”,
empezaremos la comunidad entera a alcanzar una mayoría de edad.
Adelante,
la “Espiritualidad de comunión” que propuso el anterior
papa, es todo un programa de acción.
1.
Habrá que “amasar” conciencias para salir de este estado
de comprensión que nos tiene incapacitados para el diálogo
con la modernidad. Me refiero a ese concepto de verdad por el cual esta
pierde su complejidad y se vuelve excluyente, esa comprensión de
la verdad como algo susceptible de ser poseído, la verdad expropiada
de su dimensión de misterio inasequible. La verdad es definitivamente
poliédrica e inasequible en toda su complejidad. Existen expresiones
de la verdad en una sociedad laica que hace un discernimiento arduo y reconoce
también valores como contenido ineludible de una ética común.
La iglesia no tenemos ese monopolio, ni siquiera, el de lo espiritual.
2. Habrá que situarse del lado de la laicidad y de las demás
confesiones, para hacer ver que las vías de manifestación
de la voluntad de Dios son diversas e inescrutables y que la comunión
pasa por un reconocimiento del contenido de verdad existente en la iniciativa
del hermano.
3. Habrá que insistir en que la clave cristiana se llama encarnación
y que esta está sujeta a las expresiones culturales, sociales y coyunturales,
y que por lo tanto no podemos encuadrar en unas normas todo lo que la religión
toca ni pretender justificar modo alguno de uniformización en la
vida de fe de las comunidades.
4. Habrá que poner en valor el sacramento Bautismo-confirmación
como acreditación suficiente para la acción misionera y para
el compromiso eclesial y público en la fe. No por delegación
de un ministerio, sino por apropiación personal, porque existe un
envío.
La
provocación que hagamos será acorde a la evocación
que seamos capaces de hacer del Evangelio. El Evangelio es altamente subversivo.
Encarnación es que Jesús anduvo los polvorientos caminos de
Palestina en un tiempo no menos complicado y se introdujo de pleno en una
crisis violenta con resultado de muerte generando la más absoluta
confusión alrededor, pero indicando que esos caminos están
transitados por el amor imparable de Dios y que la dinámica (de crisis
no violenta) es un recorrido posible para el desvelamiento de los proyectos
de Dios. Y que el que no está contra Él, está con Él,
que no creemos enemigos innecesarios, ni dentro ni fuera. Lo peor no es
que no hagamos avances, no es nuestro tiempo, es el de Dios, lo peor es
que la comunidad permanezca como si no pasara nada, desactivados y no inquietados
para el Reino, es decir, que no entienda la misión que nos toca.
TEMA
DE FONDO A DEBATIR: El debate que hay que dirimir es el del reconocimiento
de la pluralidad en base al único hecho eclesial diferenciador: el
bautismo, y el de la corresponsabilidad como ejercicio concreto. Esto sólo
puede abrirse con un nuevo concepto de ministerialidad que no nazca de los
condicionantes medievales, sino de una actualización valiente. “Hacer
de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión, ése es
el reto que tiene la Iglesia al comienzo de este milenio” (NMI, 43)
Hoy
los más arduos problemas de fondo de nuestra sociedad: la paz, los
desequilibrios económicos, los litigios internacionales, la cuestión
ecológica, pueden ser reflexionados e iluminados desde la cultura
de la comunión y la concordia de la que la iglesia es depositaria
privilegiada. Es la aportación a la que estamos llamados: saber crear
estructuras de comunión donde la diversidad esté reconocida
como tal y a la vez esta esté alimentada por procesos de diálogo
fecundo y de mutuo “dar espacio” edificándonos unos a
otros. De esto están necesitados claramente muchos dinamismos sociales,
empezando por la desigualdad norte sur. la comunión (koinonía),
encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. Realizando
esta comunión de amor, la Iglesia se manifiesta como « sacramento
», o sea, « signo e instrumento de la íntima unión
con Dios y de la unidad del género humano ». NMI 42 Con el
diálogo como herramienta ineludible, es la gran aportación
que podemos hacer.
Ni
la verdadera paz es la de los cementerios, ni la verdadera comunión
es acrítica. La comunión acoge la paradoja, la contradicción
aparente que encierra la compleja trama de la historia, como lugar misterioso
en el que también la manifestación del espíritu es
posible. Pero la fuerza del diálogo es la fuerza de la palabra, de
la Palabra que con tanta intuición expresó Juan. Tenemos un
miedo aterrador en la iglesia a la palabra diferente. Lo diverso está
lejos de esa especie de imaginario monolítico que hemos heredado
en el que lo que se aleja de lo establecido se ahoga inexorablemente incapaz
de asirse a tabla de salvación alguna. La palabra es, para los que
nos reconocemos transformados por la Palabra, la herramienta más
poderosa, y seríamos proféticos si fuéramos capaces
de expresar al mundo lo que es capaz de hacer la palabra proferida con el
lenguaje y la proferida con el testimonio. Tenemos fabulosas expresiones
de ello.
En
efecto, la teología y la espiritualidad de la comunión aconsejan
una escucha recíproca y eficaz entre Pastores y fieles, manteniéndolos
por un lado unidos a priori en todo lo que es esencial y, por otro, impulsándolos
a confluir normalmente incluso en lo opinable hacia opciones ponderadas
y compartidas. NMI 45
Ante
la dificultad concreta de construir comunión en nuestros lugares
de acción, propongo que rescatemos aquello que es esencial y en lo
que todos coincidimos:
?
Primero en señalar y reconocer que nuestra comunidad es irrelevante
y que por lo tanto no se está realizando el Reino según en
dinamismo que se nos exige desde el Evangelio. Es decir, que nuestras estructuras
eclesiales básicas (parroquias) son un fracaso en cuanto a generar
procesos de evangelización y misión.
? Y segundo que tenemos una misma misión, no varias (argumento para
una jerarquización inadecuada), ni tampoco una misión por
asignación y otras por delegación. Que por lo tanto, tú
y yo, con las distintas sensibilidades, carismas, experiencias del Evangelio,
podemos generar comunión en la misión compartida. Claro, si
el nivel decisorio es equivalente. Tomar opciones ponderadas y compartidas
requiere habilitar esos lugares donde se hace posible poner en común
la misión en igualdad absoluta de condiciones: porque se puede votar
(instrumento ineludible en la diversidad) y por que se pueden proponer los
temas a debate.
Mientras
que en el campo de la acción social nos organizamos muy consecuentemente,
con verdadera conciencia política, distribuyendo tareas y responsabilidades,
cuando se trata sin embargo de mirar hacia el interior de la comunidad,
todo eso se diluye en una incomprensible renuncia a la transformación
de las estructuras. El tiempo de Dios no lo conocemos, ni sabemos si es
nuestra generación la que verá los cambios anhelados, pero
somos quienes, como el profeta, tiene que poner la palabra allá donde
ha sido relegada al olvido.
Los
instrumentos de la comunión se concretan en convocatorias como estas
a compartir la fe en la diversidad desde la apertura al Evangelio. Pero
también en los instrumentos de transformación interna en los
que se hacen presentes quienes hoy son depositarios “privilegiados”
de la autoridad en la iglesia. Los consejos diocesanos y las delegaciones
de pastoral sectorial. Los foros de laicos representados en estos ámbitos.
Son instrumentos donde escasamente se ve que se acometan como lugares desde
los cuales se puede trabajar por la misión en la iglesia a la vez
que se transforma por dentro hacia un talante más democrático.
De hecho, son instrumentos dejados de la mano de la curia.
En
fin, somos el grupo de los que ha experimentado la carga apabullante de
sentido que alberga el Dios de Jesús. Hemos sido por lo tanto llamados
a dar sentido, a converger, porque lo más apasionante es que la historia
de Dios, lo más “opuesto” en principio a nuestra miseria,
ha convergido con el ser humano. Somos la primera generación que
sabe que se pueden cambiar las cosas.
RESPECTO AL PROCESO ASAMBLEARIO “ASAMBLEA UNIVERSAL”
Pensamos que en esta “salida da tu tierra” que estáis
acometiendo con la Asamblea, estáis plenamente acertado.
Con
respecto al método a seguir en todo este asunto, no sabría
decirte con exactitud. Creo que el Señor os ha concedido la trayectoria
necesaria como para que convoquéis una iniciativa así. El
hecho de que parta de las bases, de que convoquéis abiertamente a
todas las comunidades y de que tenga vocación asamblearia, creo que
es el mejor inicio.
¿Cómo hacer presente a nuestra jerarquía? ¿Estarán
dispuestos a acudir a una iniciativa “ajena”? La asamblea, como
dije, es un instrumento muy variable, no tiene que ser necesariamente un
punto final, sino que puede ser una forma de poner en marcha de manera oficial
la pregunta de fondo: ¿Cómo abrir paso a la comunión?
Por ello tal vez, lo que ahora toque perfilar y discernir es: a una primera
asamblea; ¿Cómo hacemos para que acuda el mayor número
de sensibilidades y ministerios posibles?,
¿Qué desarrollo se le da?
TEMA
A DEBATIR DE FONDO:
El debate que hay que dirimir es el del reconocimiento de la pluralidad
en base al único hecho eclesial diferenciador (el bautismo- vocación)
y el de la corresponsabilidad como ejercicio concreto. “Hacer de la
Iglesia la casa y la escuela de la comunión, ése es el reto
que tiene la Iglesia al comienzo de este milenio” (NMI, 43)
La
reunión del otro día (ccv 28 de noviembre de 2005) en Madrid
para tratar el tema de la Asamblea Universal puso, a nuestro entender de
manifiesto dos cosas:
a) que no es fácil acertar con el modo de operar, y
b) que la conciencia de esta necesidad, no está muy presente.
Pero el camino hay que andarlo. Salimos encantados de escucharos.
Aquí –en Miranda del Ebro- conocemos agentes de pastoral que
trabajan en el entorno de la pastoral rural que también podrían
interesarse. Estamos implicados en muchas cosas, pero cuenta con nosotros
en este camino, aunque sólo sea de manera puntual y para apoyar la
reflexión. Invito desde estas líneas a Arantxa a que reporte
su reflexión y a que te cuente una iniciativa llevada a cabo con
la Universidad Autónoma de Madrid como pista de itinerario en esta
tarea de generar Concordia y como expresión de realización
del Reino.
Nos hemos propuesto el grupo que hemos asistido a la Reflexión Eclesial
Plural en el Atazar, realizar, con el tiempo, alguna aportación al
borrador lo que vayamos discerniendo. Me gustaría recibir más
folletos como el que nos disteis para proponerlo a más grupos en
esta diócesis.
Un abrazo.
Alfredo Calvo (Cristianos sin Fronteras. Miranda del Ebro )
PD: algunas cosas más sobre la charla en el Atazar:
Hay que activar los instrumentos de la comunión o espacios eclesiales
de comunión.
Es clave tomarse en serio el diálogo y la asunción de la diversidad
como verdad poliédrica..... asumir la trinidad.
Construir la comunión desde la crisis como espacio donde Dios transita.
Rehabilitar la laicidad y a la mujer desde lo que propone este siglo: diálogo,
diversidad y democracia.
Generar procesos de comunión desde la diversidad es una de las formas
más evangélica de acercar el Reino de Dios.
Debemos cambiar los esquemas de fondo.... no puede continuar por más
tiempo la misión delegada.
Dos datos reales de los que partir: a) que el Reino de Dios no es evidente,
brilla por su ausencia en este mundo, está aún pendiente.
b) que nuestras parroquias no son misioneras, no funcionan como comunidades
misioneras, .... y que no hay relevo, no hay jóvenes.