experiencias y reflexiones

La comunidad del Padre nuestro

Fundamentos Teológicos de la comunidad de vida
Por Antonio Martínez, sacerdote.
Trabajo de 6º de TEOLOGÍA, del C.R.E.T.A. (Ctro Regl Estudios Teológicos de Aragón)

INTRODUCCIÓN

I. LA COMUNIDAD HUMANA


1. La vida en comunidad
2. Las agrupaciones sociales
3. Qué es la comunidad
4. La comunidad del Padrenuestro


II. LAS PRIMITIVAS COMUNIDADES CRISTIANAS

1. La primitiva comunidad cristiana
2. Rasgos del movimiento comunitario primitivo

III. LA COMUNIDAD DEL PADRE NUESTRO

1. PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO: vivir desde la
paternidad/maternidad divinas encarnados en el mundo y en la historia.

a) El Dios de nuestros padres (desde el AT)
a.1.) La espiritualidad de un pueblo
b) ¡Padre! o mejor ¡Papá! (desde el NT)
c) Dios padre y madre.

2. SANTIFICADO SEA TU NOMBRE: haciendo de la vida
una alabanza
a) La fiesta: una experiencia global y común.
b) La fiesta: rememoración y actualización.
c) La Eucaristía: corazón de la fiesta.

3. VENGA A NOSOTROS TU REINO: para vivir la pasión de Dios que tiene por herederos a los desheredados de la tierra.

a) El mensaje de Jesús sobre el Reino de Dios.
b) El Reino de Dios como experiencia de salvación.

4. HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL
CIELO: desde una vida desinstalada y sobrecentrada en Dios.

5. DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA: dejando a Dios
ser Dios para que a nadie le falte el pan cotidiano.

6. PERDONA NUESTRAS OFENSAS COMO TAMBIÉN
PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN: alumbrando al mundo como antorchas de reconciliación.

7. NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN Y LÍBRANOS
DEL MAL: para vivir, hasta el final, en fidelidad, sin ceder ante el maligno, en comunión con Dios Amor.
a) El sectarismo.
b) El narcisismo.
c) El purismo.
d) La desorganización.


IV. ALREDEDOR DE LOS FUNDAMENTOS
1. La comunidad de vida como signo de credibilidad de
la Iglesia
2. La comunidadde vida: expresión y necesidad de madurez
humana
3. La comunidad de vida: camino de asunción de la soledad
4. La comunidad: fraternidad de los pobres, fraternidad
de la liberación
5. La comunidad: obediencia y libertad
a) Obediencia en caridad.
b) Obediencia en corresponsabilidad.
c) Obediencia en diálogo.

CONCLUSIÓN

INTRODUCCIÓN

El motivo de hacer este trabajo es múltiple y variado. A la hora de elegir un tema para profundizar al acabar la TEOLOGÍA, y que enraizara con mi vida, de tal manera, que me pudiera ser especialmente interesante, "útil" y colaborar con mi/nuestra pequeña reflexión, no dudé en elegir éste.

Son muchas las cosas publicadas respecto a este tema visto en general (artículos sobre Comunidades Eclesiales de Base, Comunidades Carismáticas, Comunidades Populares, Comunidades Neocatecumenales...). Por "comunidad" hoy se entienden muchas realidades y muy diferentes según sea quién la defina. Por eso es especialmente difícil hablar de un tema que no está muy centrado. Además, aunque comunidades haya habido siempre en la Iglesia (desde su fundación) en cada época histórica han tenido una concreción distinta y así ocurre hoy también: supuesto esto, es doblemente atrevido intentar establecer unos "fundamentos teológicos" de una comunidad de vida.

A otro nivel, este trabajo surge de un doble proceso:

- por un lado de la reflexión, lectura y estudio personales respecto al tema de la comunidad, (inquietud que me viene de años)

- y por otro lado de un camino que hemos empezado un grupo de personas que queremos formar, y que de hecho estamos formando, una comunidad. Entonces en este caminar también entran ellos y ellas, su reflexión y su vivencia que tampoco estarán ausentes en este trabajo.

Además, yo siempre he defendido una teología que partiera de la vida y que estuviera expresada en conceptos claros, de manera que pudiera entenderla la gente más sencilla. Y a la hora de hacer un trabajo "teológico" me gustaría ser fiel a este principio, fiel al método en teología (partir de la revelación, para reflexionar a la luz de la fe haciendo comprensible ésta en un lenguaje inteligible con el fin de dar razón de nuestra esperanza -1 Pe 3,15-), sin reducirme a una disertación "espiritual" en el peor sentido de la palabra, intentando profundizar teológicamente.

Por último, es difícil el esfuerzo de síntesis en un tema tan amplio y tan diversificado en cuanto a su concepción, a su vivencia, a su inteligencia si intentamos no quedarnos en aspectos superficiales de formas de organización, vida de una comunidad, ritmos de oración, celebración, reflexión y acción, horarios, relaciones interpersonales... temas todos ellos muy interesantes pero que quedarán fuera de juego en esta reflexión, pasando a analizar, o mejor a esbozar, unas líneas maestras o pilares básicos de por dónde puede ir "lo de la comunidad", partiendo del acontecimiento de un Dios revelado y manifestado como comunidad de amor, como Trinidad, con unión y división de Personas, y partiendo de una Iglesia que, tras el Concilio Vaticano II se ha vuelto a entender a sí misma en claves comunitarias, realzando lo que fue la opción más seria del Concilio: apostar por una eclesiología de comunión, que invade todas sus páginas y que no sé si ha acabado de invadir de la misma forma toda la vida de la Iglesia que peregrina hoy, en este mundo y en este momento de la historia concretos.


Desearía no reducir este trabajo a un elenco de "testimonios" o de "vivencias comunitarias" muy legítimos, pero que no tendrían aquí su puesto específicamente. Indudablemente tendré que basarme en algunos de ellos, para no reducir estas páginas que siguen a una disertación idealista y teórica bien lejos de la realidad y de la posibilidad de ser vividas.

Este trabajo tiene como núcleo los fundamentos teológicos de la comunidad de vida e intentará responder a una serie de interrogantes que, en la lectura y reflexión de este tema y en el avance de la vida de fe, nos han ido surgiendo:

* desde la fe cristiana ¿tiene sentido una comunidad de vida? ¿es sólo una utopía idealizada en los Hechos de los Apóstoles o en las Cartas, o se puede vivir comunitariamente la fe con una exigencia y una radicalidad mayores a como la entendemos y vivimos?

* desde el Dios que se nos revela y que se nos ofrece libre y gratuitamente, ¿tiene sentido vivir la fe en comunidad, en un espacio más reducido que lo que globalmente entendemos en nuestras parroquias, diócesis e Iglesia por "comunidad"?

* en la Escritura, ¿en qué medida aparece la dimensión comunitaria de la acogida de un Dios-Amor?;

* ¿qué es lo que no debería faltar, de ninguna forma, el origen al que tiene que mirar en caso de duda, crisis o planteamientos... en una comunidad de vida que se sienta y viva como Iglesia, sin querer funcionar por libre?;

* ¿qué aspectos "vitales", es decir, desde la vida, deberían ser fundamentales (fundantes) en una comunidad de vida, desde nuestra experiencia concreta?

Tengo que reconocer que se quedan muchos interrogantes en el tintero y que otros nuevos irán surgiendo conforme vaya avanzando en la reflexión y vivencia de la comunidad, pero estos pueden ser (quizá) válidos para empezar otra reflexión teológica, un trabajo más amplio y extenso que pueda profundizar en algunos aspectos, tocados aquí con poca profundidad.

El trabajo presente quiere tener cuatro núcleos importantes, de los cuales el tercero (la comunidad del Padre Nuestro) es el más importante:

1) Una primera parte (LA COMUNIDAD HUMANA) que intentará encuadrar el fenómeno comunitario tan efervescente en estos últimos años, partiendo de la concreción del término "comunidad" psicológica, sociológica, teológica y experiencialmente hablando.

2) Una segunda parte (LAS PRIMITIVAS COMUNIDADES CRISTIANAS) que nos ayudará en nuestra reflexión sobre, cómo el origen del cristianismo, tiene su expresión en forma comunitaria y cómo sigue siendo para la Iglesia de hoy referencia original y originaria.

3) Una tercera parte que sería propiamente lo que llamaríamos "fundamentos teológicos" (LA COMUNIDAD DEL PADRE NUESTRO). Esta tercera parte del trabajo la voy a articular en siete bloques que responderían a las siete "peticiones" de la oración más universal, comunitaria y maravillosa que hay, que es el Padre Nuestro. Y no sólo porque sea bonita he elegido esta oración para articular mis "fundamentos teológicos de la comunidad cristiana de vida" sino porque para mí, dos cosas son claves, fundantes y fundamentales en la Revelación que son las constitutivas del Padre Nuestro:


- Dios se autocomunica como Padre, a través del Espíritu, en la persona Encarnada de Jesús y ofrece su Alianza de amor al hombre y a la mujer de todos los tiempos y de todos los pueblos para entrar en una comunión de vida y de amor con Él y entre ellos/as, creando la fraternidad universal, que como hijos/as tienen en herencia, especialmente los/as más pequeños/as

- Jesús, en su Encarnación, Vida, Muerte y Resurrección tiene una pasión central que comunicar, que instaurar, que vivir y que consumar: el reino de Dios, su Padre, con la fuerza del Espíritu, llegando así la plenitud de la historia y de los tiempos, el kairós, el tiempo propicio, el tiempo definitivo.

4) Y una cuarta parte que abordará aspectos importantes para la vida de una comunidad, que suponen los fundamentos pero que bajan más a la vivencia o existencia práctica de la comunidad o abordan temas importantes también, respecto a los fundamentos.

Comenzamos, pues, nuestra reflexión desde la sencillez de quien tras pocos años en el estudio de la teología cada vez descubre, más campos, más ventanas, y descubre, en definitiva, que sabe menos. Sin ninguna pretensión de elevar las siguientes categorías a ningún nivel, sino como aportación humilde a la reflexión del acontecimiento salvador y universal de Dios para los hombres y las mujeres, capaz de dar sentido y de llenar una existencia de felicidad.

I. LA COMUNIDAD HUMANA.

Como consecuencia de diversas necesidades y exigencias de la vida actual surgen grupos sociales para favorecer entre sus miembros, por un lado, las relaciones interpersonales y, por otro, los proyectos solidarios de realización. La tendencia a crear estos grupos se da, sobre todo, en los ámbitos educativo, psicológico, político, laboral y religioso. Aparecen frente a la masificación y despersonalización que producen los organismos gigantes, el encuadramiento burocrático y el anonimato de la denominada "multitud solitaria". Este dato de experiencia es aplicable, y con gran fuerza, a la Iglesia. De unos años a esta parte se ha observado el florecimiento de numerosos grupos de cristianos que intentan vivir el evangelio desde formas nuevas y distintas.

Ha sido el Vaticano II -y esta afirmación viene repitiéndose hasta transformarse en tópico- el que ha promovido una nueva conciencia eclesial entre los fieles de las presentes generaciones. Esta influencia se refiere sobre todo a una renovada conciencia "doctrinal" sobre la iglesia. El concilio ha ofrecido una catequesis eclesiológica enriquecida e integrada principalmente a partir de la perspectiva del pueblo de Dios y de las relaciones de la Iglesia con el mundo. Se ha verificado una renovación de la conciencia existencial y operativa de los fieles en la iglesia.

El proceso es bien fácil de explicar: de la consideración de la doctrina conciliar sobre la iglesia los fieles "mentalizados" han pasado a hacer diversos planteamientos renovadores en orden a la "aplicación" del concilio, que sin duda se han tomado en serio; entre estos planteamientos hay una línea crítica, cuya expresión puede reducirse a este interrogante fundamental. "¿Dónde está en marcha la iglesia del Vaticano II?"

Este interrogante queda polarizado, como es lógico, hacia varios puntos capitales de revisión eclesial. Entre los más sobresalientes se pueden contar: ¿dónde y cómo se verifica realmente hoy la comunidad cristiana a imagen y semejanza del pueblo de Dios como se ha descrito en el concilio?; ¿dónde y cómo la liturgia y, en particular, la celebración eucarística adquiere el nivel deseado de celebración consciente, activa y comunitaria, de eficacia didáctica y de penetración en la vida de la comunidad de creyentes?, ¿dónde y cómo se concretiza la realización del ministerio episcopal como servicio a la comunidad de fieles?; ¿dónde y cómo los presbíteros están entre los fieles como "hermanos en medio de sus hermanos?; ¿dónde y cómo se verifica la corresponsabilidad y la coparticipación eclesial del laicado en la dinámica de la vida eclesial?; ¿dónde y cómo la comunidad cristiana cumple hoy la instancia de la evangelización?; ¿dónde y cómo la opción y el compromiso de fe, de la que nace la comunidad de creyentes, se hace en condiciones de responsabilidad y libertad auténticas?; ¿dónde y cómo la comunidad cristiana verifica su servicio al hombre y al mundo, a imagen y semejanza de los que dice el concilio en la constitución Gaudium et Spes?; ¿dónde y cómo la comunidad cristiana se realiza como "fermento en medio de la masa" o, por el contrario, dónde ella misma se hace también "masa"?


No todos los sectores de fieles que se han planteado estos interrogantes han podido encontrar una respuesta satisfactoria en el seno de las parroquias, organizaciones o movimientos en los que estaban enclavados. Entonces es cuando han captado la exigencia de recrear la comunidad cristiana para poner en marcha la iglesia del Vaticano II. Ha tenido lugar una "radicalización" tanto de la experiencia de una vida eclesial deficitaria que no respondía al paradigma eclesiológico del V.II, como del ideal de comunidad cristiana, que en muchos casos era necesario reconstruir desde sus cimientos, a imagen y semejanza de la conciencia eclesial, promovida por el V.II. Así se ha ido forjando un afán de renovación eclesial, que aspira a desarrollarse por los cauces de las comunidades cristianas.

En estos treinta años de concilio un numeroso grupo de fieles se ha caracterizado por haber verificado un notable desarrollo de la conciencia de su personalidad dentro de la iglesia. Este desarrollo ha implicado, en primer lugar, un tránsito de una actitud pasiva a una actitud activa y de participación con relación a las "cosas de iglesia". Son fieles que han asumido sus atribuciones y responsabilidades como miembros del pueblo de Dios. En consecuencia, no se contentan sólo con oír, sino que quieren también hablar; no se contentan con "yuxtaponerse" a los otros fieles, sino que aspiran a "congregarse" conscientemente en la confesión de la fe y la vivencia de la comunión y del servicio eclesial; no se contentan sólo con obedecer, sin que desean también "participar". Es claro que estas aspiraciones sólo pueden tener cumplimiento satisfactorio en el contexto de una comunidad cristiana viviente.

Además, el desarrollo de la personalidad de los fieles ha implicado un incremento en su capacidad de opciones preferenciales en el campo de la vida eclesial. Si en otras épocas y en otras coyunturas los fieles se encontraban menos promocionados o se caracterizaban por su estado de dependencia infantil del clero y de las instituciones eclesiásticas, hoy la situación ha cambiado. Son muchos los fieles capaces de asumir y mantener una escala cristiana de valores y de comportamiento con independencia del medio ambiente sociológico o institucional que les rodea o, incluso, a pesar de este medio ambiente. Disciernen y eligen, y si no encuentran lo que desean se esfuerzan por crearlo "en comunión" con otros. Y aquí es donde se vuelve a encontrar la comunidad cristiana como resultado de una opción preferencial de los creyentes.

En la actual situación, los fieles han ido tomando conciencia clara de que la fe no se puede vivir en solitario y de que la forma normal de realización del creyente adulto es una realización en comunidad. Esta convicción no se reduce a una pura abstracción de principios, sino que se aspira a tener una experiencia concreta de la "comunión" intraeclesial, la que se crea precisamente en el nombre del Señor Jesús y no por cualquier otro tipo de intereses. De esta forma se intentan poner los mecanismos de encuentro y de compromiso entre los fieles en orden a formar la comunidad en la que el ideal de fraternidad y comunión tanga realmente una concreción personal.

Pero para abordar el concepto de comunidad cristiana es oportuno examinar antes qué se entiende por comunidad a secas, lo cual exige tener presente el fenómeno de la vida en común y los diversos agrupamientos sociales. Entonces pasaremos a describir qué es una comunidad cristiana de vida, o una comunidad de vida.

1. La vida en comunidad.


En realidad, la vida en común ha preocupado al ser humano desde su más remota existencia por ser un fenómeno que afecta al entramado social, político, cultural y religioso de la vida misma. Al menos desde el neolítico la sociedad se ha estructurado en régimen de comunidad. Sin vida comunitaria el hombre deja de ser humano porque dimite de su ser social ya que es radicalmente, es decir, en la raíz de su ser de persona, en su estructura existencial un socio o colaborador. Quizá uno de los dramas mayores de nuestro tiempo, que sutil y victoriosamente está desempeñando el neocapitalismo reinante es la despersonalización y la individualización radicales que está provocando. El individualismo reinante es muchas veces asustante, y el "sálvese quien pueda" es el grito que se hace vida cada vez que los problemas empiezan a apretar demasiado. Se va introduciendo, cada vez más, en la conciencia social que es mejor funcionar por libre y se lleva a la práctica de mil modos diversos: quién al salir a la calle de una ciudad media/grande no se encuentra con gente por doquier con cascos de música en la cabeza, con la cabeza agachada y caminando deprisa, por si acaso, sin aparentemente, importarle quien caiga a su lado, o con quien se tope de frente.

Así mismo a los niños, adolescentes y jóvenes de hoy no se les prepara para vivir socialmente (sino para vivir individualmente en sociedad), ni para formar una familia (o mucho menos una comunidad). Los resultados son abrumadores: aumentan el número de separaciones familiares, la desestructuración personal es continua y hay "eternos adolescentes" que no llegan a madurar nunca como personas, débiles psicológicamente y expuestos a los vientos de la moda y el consumo que encuentra en estos retratos sus víctimas más apetecibles, manipulables y fieles.

Un día hablando con Luis, un amigo, lo comentábamos: hoy el único medio para hacer frente a este gran monstruo de la sociedad de consumo, es la comunidad; grupos de personas que sepan vivir creativamente, poniendo sus vidas y sus bienes en común, sin necesitar "drogadictamente" de esta sociedad creadora de necesidades, y generadora de una ansiedad nunca satisfecha, porque lleva intrínsecamente la pócima del querer y "necesitar" siempre más. Grupos de personas en las que se viva desde la austeridad, buscando lo esencial y viviendo desde lo imprescindible, en continua dinámica de revisión y de desapego.

Además, y por encima del orden reinante, la persona necesita de los otros para su propio desarrollo y maduración. Por consiguiente, el fenómeno comunitario es primordialmente un fenómeno antropológico y cultural. A lo largo de la vida de cualquier persona han sido importantes al menos tres asociaciones, que han marcado profundamente el ser de esa persona: la familia, la pandilla/s de amigos y la escuela; en el ámbito religioso habría que añadir la parroquia o el grupo cristiano. Como escribe J. González-Anleo, "la dimensión comunitaria y la experiencia de sociabilidad no abandonarán ya al individuo a lo largo de toda su vida".


Según algunos antropólogos, el fenómeno comunitario surge cuando la humanidad pasa de una actitud defensiva o agresiva a un comportamiento de convivencia pacífica, consecuencia del intercambio y reciprocidad en gestos palabras y bienes, con el regalo, el diálogo y la negociación. A la hora del agrupamiento se entremezclan, por supuesto, diversos motivos, unos interesados (defenderse en común, contar con los otros para subsistir, regular la vida para hacerla más llevadera, poner en común un aspecto fundamental y necesario de la existencia, etc.) y otros gratuitos (reconocerse y quererse mutuamente, gozar en compañía de los amigos, crear una familia propia, celebrar algo en común, etc.), La historia muestra la existencia de comunidades que surgen continuamente al afrontar nuevas necesidades, sean de inspiración cultural, política o religiosa. De ordinario se crean grupos idealistas incluso utópicos, marginados o integrados, distintos por su dimensión, función, cohesión, duración, etc. Por supuesto, la comunidad -entendida como grupo social restringido- ha adoptado diversas formas a lo largo del tiempo.

2. Las agrupaciones sociales.

El binomio comunidad-sociedad fue ideado por primera vez en Alemania a principios del s. XIX por Fr. Schleiermacher y los románticos. Desde una sociología especulativa de la cultura la desarrolló F. Tönnies (1855-1936), quien publicó en 1887 su importante obra titulada Comunidad y asociación. Según F. Tönnies, estos dos términos constituyen dos modos fundamentales de estructuración social. Caracteriza a la comunidad la unión personal basada en la identidad de sentimientos; es propio de la sociedad la organización con un fin determinado. Aunque históricamente la comunidad es anterior a la asociación, coexisten a menudo ambas magnitudes con unas relaciones entre sí dialécticas y complejas; en ocasiones no es fácil distinguirlas, ya que el mismo vocabulario no es preciso, como ocurre hoy.

Así, pues, se llama (por ejemplo) "sociedad" a la Compañía de Jesús y "comunidad" a la asociación de países europeos (Comunidad Europea) -vemos la ambigüedad y amplitud de la utilización de los términos-. En todo caso, las relaciones comunitarias son personales, familiares, afectivas, en donde las personas son fines en sí mismas. Las relaciones asociativas, en cambio, son instrumentales, racionales, tácticas, interesadas, en que las personas son medios para conseguir unos fines. Pero de esta afirmación no vale deducir una desmedida alabanza de la comunidad, ya que no siempre es un grupo integrado y a veces produce perjuicios, neurosis y tensiones. Ni tampoco es justo calificar negativamente a la asociación, puesto que favorece frecuentemente la civilización y el desarrollo. Puede decirse que sin comunidad no hay ética y sin asociación no hay desarrollo.

Por influjo de F. Tönnies, distinguió Ch. Cooley a principios del s. XX entre "grupos primarios" y "grupos secundarios". Grupos primarios son los formados por pocas personas, con relaciones recíprocas entre sí, que tienen normas y valores de conducta comunes, con solidaridad natural, participación activa y acción responsable. Se definen por las relaciones "cara a cara", es decir, personales, directas, profundas, frecuentes y espontáneas. En los grupos con un fuerte grado de fraternidad se da igualdad entre sus miembros, comunión de ideas y de sentimientos y puesta en común de lo que uno es y tiene. Se expresan con la palabra "nosotros"; el grupo primario corresponde a la comunidad. Grupos secundarios o asociaciones son los formados en general por un número vasto de personas, menos unidas que en el grupo primario, con contactos intermitentes e intereses comunes. En suma, sus miembros tienen unas relaciones "codo con codo", es decir, laborales, impersonales, racionales, contractuales y legales. La asociación, especialmente la organizada burocráticamente, tiene normas jurídicas o reglamento estricto, relaciones de obligación y distinción en su interior de funciones y rangos jerárquicos.

3. Qué es la comunidad.


Muchos sociólogos afirman que junto a la familia, la comunidad es una de las formas fundamentales de la sociedad humana. Pero así como de la familia tenemos una cierta posibilidad para describirla, no ocurre lo mismo con la comunidad, ya que es una realidad difícil de definir. Según el sociólogo R. Köning la comunidad "es una agrupación social más o menos numerosa en la que los individuos colaboran para satisfacer sus necesidades económicas, sociales y culturales". R.M. Maclver piensa que la comunidad "es el grupo social más pequeño en el que el individuo puede satisfacer todas sus necesidades y desempeñar todas sus funciones". Según J. Hoffner, "comunidad, en sentido amplio, designa toda forma de unión estable entre individuos que se esfuerzan en común por realizar un valor o conseguir un objetivo". En general los sociólogos describen la comunidad como un grupo social restringido con estos rasgos: 1) relaciones interpersonales y cierto grado de intimidad; 2) puesta en común de la totalidad de la existencia; 3) fusión de voluntades con algún objetivo común.

Evidentemente, la comunidad no es mero conglomerado social en el que las personas están reunidas en reciprocidad física, sin comunicación entre sí, es decir, anónimas unas con otras, sin ninguna organización, como "amontonadas". Las personas que forman comunidad buscan espontaneidad de expresión, liberación de alienaciones, identificación afectiva, participación gratificante, cohesión global y proyectos comunes de realización. En cuanto agrupación social humana, la comunidad de pertenencia, crea identificación y maduración. Recordemos que la raíz etimológica del vocablo comunidad indica tener algo en común. Precisamente se deriva de este término dos conceptos en el fondo utópicos porque pretenden que todo sea de todos: el comunismo en el dominio político y la comunión en el ámbito cristiano. De hecho, la comunidad a secas es núcleo fundamental de la vida humana.


4. La comunidad del Padre Nuestro.

Según lo dicho anteriormente también nosotros, para el presente trabajo, vamos a dar nuestra definición de comunidad, o por lo menos vamos a acotar los términos de lo que entendemos por comunidad.

En la Iglesia se entiende por comunidad, desde pequeños grupos de personas que se juntan para compartir la vida, la fe, los bienes, viviendo bajo un mismo techo, pasando por las parroquias, a las que se denominan "comunidad parroquial", así como la diócesis -comunidad diocesana-, hasta el concepto universal de Iglesia, la gran comunidad de los bautizados.

Nosotros en el presente trabajo entendemos la comunidad, como grupo pequeño de personas que bajo un proyecto común intentan hacer presente el Reino de Dios en la tierra, enmarcadas en una parroquia, y dentro de una Diócesis, aunque no necesariamente dependientes de ellas, con clara pertenencia eclesial, en comunión crítica con la jerarquía y con la sociedad. Aunque no vivan necesariamente juntas, sí que comparten un único proyecto vital, teniendo en común la vida, la fe, los bienes y donde la comunidad es un núcleo referencial fundamental en sus vidas, incluyendo desde los niños hasta los ancianos que entren a formar parte de dicho proyecto.


Esta "comunidad del Padre Nuestro" tiene como fundamentos la oración (tanto personal como comunitaria), la puesta en común de la Palabra de Dios (núcleo referencial de las personas de la comunidad), la reflexión (enriquecimiento mutuo con temas de formación, humana y cristiana) y sobre todo la acción: el compromiso concreto en un lugar determinado, por transformar la realidad según el proyecto de Jesús de Nazaret: el Reino de Dios. Esta acción pasa por la transformación de los corazones hasta la transformación de las estructuras que generan opresión, pobreza, miserias y que impiden crear la fraternidad de los hijos e hijas de Dios, creando nuevas estructuras solidarias de crecimiento, enriquecimiento mutuos y comunión.

La acogida es fundamental en la comunidad, entendiendo por acogida, la aceptación del otro como hijo de Dios y como hermano, teniendo especial predilección por los pobres: por lo que menos pueden, sienten o valen, excluidos de la sociedad y del mundo por su historia, por su pasado o por sus acciones, ofreciendo un proyecto de persona, basado en la comprensión, el diálogo, el cariño, el perdón y la corrección fraterna y la adhesión de todo el ser al Dios que todo lo hace nuevo y que es capaz de dar un sentido pleno a la existencia y realización humanas. Viviendo con gozo desde la total gratuidad, siendo conscientes de la propia limitación personal y comunitaria, pero desde la confianza en Aquél que reparte sus bienes, su Espíritu a quien Él quiere libre y totalmente.

Teniendo los bienes personales y comunitarios al servicio de todos los que lo necesiten y haciendo que la existencia comunitaria impregne todos los ambientes en los que la comunidad desarrolla su misión: una misión que va descubriendo, entre luces y sombras, guiada de la mano del Espíritu de Dios que es quien suscita los carismas para la edificación de la unidad, del bien común (1 Co 12,7).

Una vez analizado el término "comunidad" desde diferentes perspectivas, y habiendo acotado el término desde nuestra concepción, vamos a profundizar en la experiencia de las primeras comunidades en el cristianismo. No nos extenderemos mucho porque este ha sido un tema muy estudiado y (creemos) conocido, pero sí que sentaremos las bases de esas primeras iglesias domésticas, intentando descubrir cuáles eran sus fundamentos y poder entresacar qué tienen que aportar hoy a una Iglesia, con dos mil años de historia, y extendida por todos continentes, razas, culturas y pueblos.

II. LAS PRIMITIVAS COMUNIDADES CRISTIANAS.

Ahora incluimos un espacio para hablar del fenómeno comunitario primitivo, surgido en forma de comunidades domésticas, porque según nos describen el libro de los Hechos y las comunidades paulinas, no sólo son una forma de organización casual, sino que son la referencia original a la que constantemente tiene que mirar la Iglesia si quiere ser fiel a los orígenes, a la Iglesia que se originó como acontecimiento de Espíritu, en continuidad con la misión de Jesús, y fruto de su misma voluntad. En el análisis de la autocomprensión que estas comunidades tenían de sí mismas encontraremos, los elementos fundamentales para guiarnos en la creación y análisis de las comunidades que en el contexto actual, después de dos mil años de cristianismo, sigan siendo fieles al espíritu inicial que hizo que la Iglesia naciera en pequeñas comunidades donde poder compartir la vida, la fe y los bienes, donde crecer como creyentes y como personas para hacer que el Reino de Dios, que instauró Jesús, sea una realidad cada vez más presente en esta tierra, tan necesitada de liberación.

1. La primera comunidad cristiana.

En el mundo helenístico antiguo, el término koinonía -derivado de koinós (común) o de koinein (poner en común)- significa la relación fraterna de las personas entre sí, es decir, su solidaridad, hermandad o fraternidad, propias de la vida social. Forman, pues, comunidad quienes comparten o ponen en común lo que tienen o lo que son. Para calificar al primer grupo de creyentes en Cristo resucitado el NT emplea el término ekklesía, que puede traducirse según algunos exegetas como "asamblea" o "comunidad" convocada por Dios en Jesucristo. También emplea el NT la palabra koinonía, que se traduce por comunión. Según F.H. Frankemölle, la Iglesia emerge como "comunidad de los creyentes donde se experimenta y hace eficaz el acto salvífico de Dios en Jesucristo por el Espíritu". La palabra ecclesia - según Y. M. Congar- significó en los primeros siglos lo que hoy denominamos comunidad de los cristianos.

La realidad comunitaria es descrita por todos los documentos de NT, puesto que son escritos de una y otra comunidad. Según los Hechos, cristianos son los que comparten y coparticipan, como se observa en la primera comunidad de Jerusalén. Conforme a este documento lucano, la comunidad de Jerusalén, idealizada en tres sumarios (Hch 2,42-47; 4,32-35 y 5,12-16) como norma o modelo utópico y referencial de la Iglesia posterior, es la primera comunidad cristiana. Según dichos sumarios, la vida comunitaria primitiva tuvo estos rasgos: palabra apostólica y comunión fraterna (relaciones internas de la Iglesia) y fracción del pan y oraciones (relación de la comunidad con Jesucristo).

En primer lugar, la comunidad cristiana primitiva es comunión en la enseñanza de los apóstoles. El término "enseñanza" (didajé) equivale en los Hechos (2,42) a la instrucción o catequesis a los de dentro (en las casas), aunque también puede incluir (5,28) la predicación a los de fuera (en el templo). Lucas indica con la expresión "enseñanza de los apóstoles" el vínculo de la primera Iglesia -y de todas la Iglesias- con los testigos directos y autorizados de la enseñanza y actividad del Señor. No olvidemos el papel que los Doce tuvieron en la dirección de la comunidad de Jerusalén. La Iglesia como comunidad crece desde la primera célula apostólica.


En segundo lugar es koinonía o "comunión" de bienes materiales, de fe común y de unanimidad de sentimientos. Mejor dicho, la unión espiritual exige la comunicación de bienes o, en casos especiales, los bienes en común. Con las palabras de M.Gourgues: "la fe constituye el fundamento de la unidad comunitaria, o la cual se realiza y se expresa en el doble nivel de los espíritus y de la puesta en común de los bienes". Al parecer, no pretendió la primera comunidad vender los bienes de sus miembros para hacer una propiedad común (pobreza personal a ultranza y acumulación comunitaria), sino que se propuso poner los bienes a disposición de todos para que no hubiera necesitados (lucha contra la pobreza u opción por los pobres). Una comunidad cristiana se reconoce en cuanto tal cuando no hay indigentes entre sus miembros y cuando lucha para que no los haya en todo el mundo. Probablemente tuvo Lucas en cuenta el ideal de los pitagóricos y esenios, según el cual el individuo debiera estar sostenido totalmente por la comunidad.

En tercer lugar, es comunión en la fracción del pan (Hch 2,42). Con esta expresión se designa una práctica doméstica frecuente entre los primeros cristianos. Para los judíos, el pan redondo y plano era bendecido por el padre de familia, quien lo partía y distribuía. Esto lo hizo Jesús varias veces, como se observa, por ejemplo, en la multiplicación de los panes, en la última cena y en la cena con los discípulos de Emaús después de la resurrección. En los Hechos, la fracción del pan no es mera comida en común sino también gesto eucarístico. El hecho de que se celebrasen la eucaristía y el ágape en las casas significa que la comunidad era de talla familiar, con posibilidad de comunicación interpersonal y ayuda mutua. Algunos comentaristas opinan que este tipo de celebraciones era semanal, no diario.

Finalmente, el término en plural oraciones dice referencia a las plegarias litúrgicas según la tradición judía y en especial a los salmos. Recordemos que los cristianos de Jerusalén "frecuentaban a diario unánimes el templo" (Hch 2,46; 3,1; 16,16), lugar para ellos de oración más que de sacrificios; eran fieles a las horas de la oración judía. Evidentemente pronto se constituyó la oración genuinamente cristiana, como lo muestran las primeras confesiones de fe, himnos y cánticos. El padrenuestro fue, desde el principio, la señal de una diferencia en la oración entre la tradición judía y la cristiana.

2. Rasgos del movimiento comunitario primitivo.

Después de la comunidad de Jerusalén surgen diversas Iglesias locales o comunidades domésticas en Antioquía (Hch 13,1), Éfeso (Hch 20,17), Corinto (1Cor 1,2;2 Cor 1,1) etc. Hay también Iglesias locales formadas por varias comunidades, como en Galacia (1 Cor 16,1) y Macedonia (2 Cor 8,1). En menos quizá de cien años se multiplicaron las comunidades cristianas en los países del Mediterráneo. Evidentemente las comunidades primitivas no son iguales sino que difieren por su desarrollo en determinados ámbitos culturales y por la manera de resolver sus problemas internos. Se observa, por ejemplo, una notable diferencia entre la comunidad de Jerusalén y la de Corinto, aunque se dan en estas dos y en todas unos rasgos comunes. Podemos enunciarlos así:


a) Los discípulos son creyentes que viven en comunidad. El movimiento cristiano primitivo tiene algunos rasgos de lo que sociológicamente se llama "grupo pequeño" o simplemente "grupo". También se asemeja a los movimientos populares de base. Recordemos que el imperio romano de los tiempos del cristianismo primitivo pululaban entre griegos y romanos variadas asociaciones voluntarias. Algunos estudiosos sociales del cristianismo primitivo han aplicado apresuradamente al primer modelo cristiano de comunidad las características actuales de secta. Hoy entendemos mejor la comunidad cristiana primitiva como grupo. Se pueden señalar algunos rasgos del cristianismo primitivo, semejante a ciertos movimientos proféticos de renovación de base popular: emerge en tiempos de crisis entre los marginados, se manifiesta como protesta social con un profeta al frente, rechaza las imposiciones del sistema, intenta un cambio profundo de estructuras, es radicalmente igualitario, ofrece mesa compartida a los de dentro y exige de sus miembros una entrega radical.

b) Los miembros de la comunidad son seguidores de Jesús. Lo que caracteriza fundamentalmente a las comunidades cristianas primitivas es la referencia total a Jesús, reconocido como Cristo y Señor, de tal modo que sus miembros se llamarán pronto "cristianos". Tanto es así, que los evangelios señalan de principio a fin la importancia de la llamada de los discípulos por parte de Jesús para un seguimiento radical. El grupo que Jesús convoca se caracteriza por el servicio a los hermanos, la unidad entre todos y el amor sin límites. Los discípulos de Jesús ponen sus esperanzas en el reinado de Dios, algo radicalmente nuevo que se espera con la intervención de Dios mismo en colaboración con el esfuerzo de la humanidad entera. Recordemos que lo que quiere Jesús de su comunidad es que los discípulos vivan los "valores alternativos del reino", tal como se enuncian en el discurso de la montaña (Mt 5-7).

c) La comunidad adopta una estructura doméstica y fraternal. Según Meeks, "los lugares de reunión de los grupos paulinos, y probablemente de la mayoría de los otros grupos cristianos primitivos, fueron las casas privadas". El término casa significa en hebreo y en griego, como en casi todos los idiomas, vivienda y hogar; la misma raíz hebrea equivale a edificar una casa y fundar una familia. En la sociedad preindustrial, la casa era la célula básica por su articulación religiosa, configuración cultural y estructura económica. Por supuesto, en la sociedad patriarcal el padre de familia era su figura central como jefe o señor, junto con la mujer y los hijos, incluso -en caso de familias ricas- los criados, libertos, esclavos y huéspedes. En el judaísmo, la casa era el lugar de transmisión de la fe y de celebración de ciertos ritos religiosos, especialmente la cena pascual; la casa-hogar era la célula más pequeña de la sinagoga. También entre los romanos había dioses familiares y culto doméstico.

Las comunidades cristianas primitivas aceptaron la casa como estructura básica. Los primeros creyentes no poseían otro lugar de reunión. Con razón puede decirse que la comunidad cristiana primitiva era una comunidad doméstica. De hecho los creyentes se reunían en las casas, alrededor de una mesa, como "hermanos" entre sí porque se reconocían "hijos" del mismo Padre. La fraternidad era la clave fundamental de su funcionamiento. Las reuniones domésticas primitivas abarcaban un número de personas no superior a unos 50 ó 60, limitado por las dimensiones del local, las posibilidades de la comunicación verbal y la realización de la "cena del señor" o "fracción del pan".


d) Acogen a toda clase de convertidos, preferentemente pobres. El primer núcleo de la comunidad de Jerusalén estaba formado por trabajadores galileos que por residir en Jerusalén eran jornaleros. Pronto se añadieron helenistas, con nivel económico más elevado, pertenecientes a la clase media. En las comunidades de Galacia ingresaron campesinos, que en su mayoría eran pobres y esclavos, pero también hubo personas libres. En otras comunidades se hicieron cristianos gentes del proletariado urbano e incluso mujeres de la aristocracia .Había, pues, hombres y mujeres, gentiles y judíos de la diáspora, cultivados e iletrados, aunque en su mayoría eran personas sencillas de recursos modestos, entre las que no faltaban esclavos:

"La comunidad es una fraternidad ecuménica, universal.
Todos son hermanos. Y hermanados, están abiertos para acoger a todos,
como hermanos. Esta universalidad sucede desde los pobres.
Las comunidades están enclavadas en el mundo de los pobres,
más aún, están formadas en gran parte por pobres. Pero los
pobres no son sólo el lugar de inserción y la mayoría de su
composición. Son los primeros destinatarios de la fraternidad,
para que sean los primeros en servirla y edificarla
desarticulando radicalmente este mundo"

(M. Legido, Fraternidad en el mundo).

e) Padecen tensiones en un mundo conflictivo e injusto. El bilingüismo cultural primero y el pluralismo posterior no se resuelven fácilmente en la unidad de la comunidad. Si difícil es poner los bienes en común, no menos arduo es compartir entre todos el evangelio. Los hebreos querían seguir siendo fieles a sus tradiciones judías, mientras que los helenistas estaban dispuestos a la apertura de la misión con los gentiles. Hubo conflictos en algunas comunidades judeocristianas que intentaron imponer al principio la ley judías y la circuncisión .Otras veces las tensiones procedían de rivalidades entre distintos protagonismos personales, ya que algunos se sobrevaloraban excesivamente. Recordemos que incluso Pablo fue criticado como propagandista visionario (1 Cor 9,1). En Corinto, a causa de la elocuencia de Apolo, hubo un enfrentamiento entre sus seguidores y los de Pablo. En resumen, hubo tensiones entre ricos y pobres, judíos y paganos, griegos y bárbaros, esclavos y libres, hombres y mujeres. Evidentemente, la vida de Jesús transcurrió entre conflictos, desde sus comienzos (muerte violenta de Juan) hasta el final, con su condena a la crucifixión. Los discípulos vivirán la persecución y muerte a semejanza del Maestro y Señor. En definitiva, es consecuencia de la proclamación del reinado de Dios en la tierra.


III. LA COMUNIDAD DEL PADRE NUESTRO.

A continuación desarrollamos, como bloque unitario la comunidad del Padre Nuestro, parte central del trabajo, partiendo de la oración que Jesús dejó en forma de legado a los discípulos. Es básica esta oración, porque Jesús la propone como forma de dirigirse a Dios, es decir, como camino para la existencia humana, una existencia que, reconociendo su limitación humana, pone por entero su vida en referencia a Dios e intenta caminar según esa voluntad divina. Por eso esta oración encierra toda la riqueza de una existencia verdaderamente cristiana, en forma de realidad, cotidiana y real, y en forma de proyecto a conseguir y a culminar y nunca plenamente realizado en esta tierra. Por eso, es la oración del Padre Nuestro, centro referencial para la comunidad, que más que rezarla constantemente, debe esforzarse por hacerla vida, carne, realidad, en el día a día.

Hemos de partir del hecho fundante de la fe cristiana: el Dios en el que creemos es un Dios Trinidad, un Dios Comunidad. Este hecho de fe no hace más que ponernos en la pista certera de que la adhesión a su esencia pasa por interiorizar esta dimensión (Jn 10,30; Mt 28,19). Para entender esto hemos de saber que el impulso divino (el Espíritu) nos lleva, nos guía, nos alienta y ayuda a seguir el camino de la Verdad y de la Vida (Jesucristo), según un modo y manera dominante (la Palabra), para llegar a ser uno con el sentido y la realidad última de las cosas (el Padre).

Coincidimos pues, en que la comunidad no es un aspecto al que podamos o no adherirnos, no es un carisma específico; es un parte de la misma esencia de Dios y, además, inseparable del seguimiento cristiano. Negar esta realidad, tratar de escorarla o sofocarla es perder la dimensión de ser Pueblo de Dios:

"Vosotros, en cambio, sois linaje escogido, sacerdocio real,
nación consagrada,
pueblo adquirido por Dios, para publicar las proezas
del que os llamó de las tinieblas
a su maravillosa luz. Los que antes no erais pueblo,
ahora sois pueblo de Dios".
(1 Pe 2,9-11)

Porque Dios es el impulso, el camino y la meta, y esa triple realidad en la que vivimos, nos movemos y somos (Hch 17,28) no hace más que hablarnos de que identificarnos con Dios es repetir, como una imagen, ese ser de Dios, de un Dios que quiere ser, sobre todo, pueblo:

"dioses sois, e Hijos del Altísimo" (Sal 82,6)
"Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y Él,
Dios-con-ellos, será su Dios" (Ap 21,3)
"Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres;
vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios" (Ez 36,28)


Por tanto, no podemos hablar de un cristianismo en solitario. Los evangelios nos muestran cómo, antes de comenzar su anuncio del Reino, el propio Jesús se rodea de un grupo de amigos y seguidores (Mc 1,16-20; Lc 5,10-11) no sólo testigos, sino también partícipes de su ministerio (Mc 6,7ss; Lc 10,1). No encontramos en los evangelios ninguna propuesta de seguimiento exclusivamente personal, una invitación a recorrer el camino cada uno por su cuenta. Cuando Jesús llama a alguien es para incorporarlo a su comunidad (Jn 1,35ss) y a esa misión compartida. Es siempre el grupo el que puede atestiguar la presencia de Jesús, no la persona sola:

"... pues donde están dos o tres están reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20).

Los primeros cristianos lo entienden perfectamente al unirse formando comunidades de vida y de fe donde vivir unidos y compartir los bienes y la misión (Hch 2,42-47). De hecho, el Espíritu viene no sobre cada uno, sino sobre todos los que lo siguen. Pentecostés no es más que unificar bajo el mismo Espíritu a los que le siguen y le aman a fin de que sean un solo pueblo aquéllos que desde Babel fueron muchos (Hch 2,1-13). Es la nueva realidad, la nueva humanidad, el llamamiento repetido a los hombres, una y otra vez, a estar con Él y anunciar su mensaje (Mc 3,14).

Los siete bloques o partes del Padre Nuestro, responderían, en su conjunto, a la definición que damos a la comunidad de vida y que, para nosotros, suponen los fundamentos (es decir la comunidad es la realidad, que intenta vivir en plenitud el Padre Nuestro), a saber:

"La comunidad es Vivir desde la Paternidad/Maternidad divinas, encarnados en el mundo y en la historia, haciendo de la vida una alabanza para vivir la pasión de Dios (su Reino, que tiene por herederos a los desheredados de la tierra) desde una vida desinstalada y sobrecentrada en Dios dejando a Dios ser Dios para que a nadie falte el pan cotidiano, alumbrando el mundo como antorchas de reconciliación para vivir hasta el final, en fidelidad, sin ceder al Maligno, en comunión con Dios Amor."

1. PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO: Vivir desde la Paternidad/Maternidad divinas, encarnados en el mundo y en la historia.

La comunidad se siente llamada a vivir el Reino por un Dios que es Padre/Madre, llamada y sentimiento sin el cual su proyecto fracasará. Si Dios es Padre/Madre, todos somos hermanos/as: en la actual situación en que vivimos, a muchos hermanos nuestros se les niega el derecho a vivir como tales, por lo que la tarea se hace urgente. La comunidad tiene que ser signo de ese amor de Dios entre los más pobres para contribuir a crear la fraternidad/sororidad universal.


La fe cristiana, y la Iglesia más concretamente, no cree en un Dios ajeno a la vida de los hombre y de las mujeres. Es un Dios que "está", que "permanece" que actúa en la historia y en la vida de las personas y de los pueblos: está en los cielos, y está en la tierra y allí donde hay una pequeña, por muy pequeña que sea, huella de su amor creador, y de su voluntad salvadora. La comunidad tiene que estar encarnada y presente en el mundo y en servicio a los hombres y las mujeres que en él viven, especialmente de los que menos cuentan, pueden o valen a ejemplo de su Dios y Señor, compartiendo con ellos/as y ofreciendo a Dios esa historia de los/as hermanos/as para que Él la transforme en historia de salvación.


Por medio de la Revelación descubrimos una constante en la Sagrada Escritura: Dios es Padre/Madre (entre otras definiciones o imágenes de Dios).

a) El Dios de nuestros padres (desde el AT).

Para explicar esta imagen de Dios vamos a partir del AT que nos ayudará a conocer mejor a Dios. ¿Cómo es ese Dios del AT?

Muchos cristianos siguen pensando en el Dios severo, más inclinado al castigo que al perdón, que atemoriza al hombre y no tolera el menor pecado. En oposición a él, conciben al Dios del Nuevo Testamento como el ser bondadoso y amable, Padre de Jesucristo, que nos entrega a su hijo para salvarnos. Sin saberlo, aceptan la doctrina herética, condenada hace siglos por la Iglesia, que opone el Dios del AT y el del NT como si fuesen dos seres distintos. Nada más lejos de la realidad.

Es cierto que Dios aparece en el AT, igual que en otras religiones, como en dos caras que se complementan. Es lo que Rudolph Otto llamó "lo fascinante" y "lo tremendo". Por una parte, la divinidad atrae y subyuga; por otra, atemoriza y sobrecoge. El aspecto "terrible" de Yhwh es tan palpable que incluso se ha hablado y escrito de "rasgos demoníacos" en él. Pero olvidamos el otro aspecto, más importante sin duda, que prepara la presentación de Dios como Padre, propuesta por Jesús.

Dios se autodefine en Ex 33,19 como Dios compasivo, clemente, paciente, misericordioso y fiel. Otros pasajes del AT como los Salmos 86,15; 103,8-14; 145,8-9 nos hacen referencia a lo mismo.

Pero es el profeta Oseas el que mejor ha expresado la lucha interna que se entable dentro de Dios cuando se ve forzado a castigar. En el capítulo 11 nos presenta las relaciones entre Dios y su pueblo como las de un padre con su hijo. Dios como padre, "ama", "llama", "enseña a andar", "cura", "atrae", "se inclina para dar de comer". Israel, el hijo "se aleja", "no comprende a su padre", "no pone en él su confianza". Es el prototipo del hijo rebelde que, según la ley, debe morir (Dt 21, 18-21). Sin embargo, Dios lucha consigo mismo, y la misericordia vence a la cólera. Lo que el Señor dice a través de Oseas es todo lo contrario de lo que muchas veces se enseña desde los púlpitos:

"¿Cómo podré dejarte, Efraín, castigarte a ti Israel?
Me da un vuelco el corazón, se me revuelven todas las entrañas.
No cederé al ardor de mi cólera, no destruiré a Efraín,
que soy Dios y no hombre,
el Santo en medio de ti y no enemigo devastador"
(Os 11,8-9).


Si existe algo evidente en la historia de Israel, reflejado con fe profunda a lo largo de innumerables páginas, es la certeza de que Dios ama a su pueblo. Los sufrimientos serán interpretados como un modo de purificarlo y mejorarlo, o como castigo pasajero por sus muchos pecados, sin que esto ponga en quiebra la fe en el amor de Dios.

Como decimos, pues, son muchos los textos en el AT y las situaciones en las que se habla del amor de Dios, o en los que Dios aparece como Padre o Madre. Tenemos que empezar a desmitificar esa falsa idea del Dios del Antiguo Testamento que nos ha sido transmitida (sin fundamento serio bíblico) de Dios como Todopoderoso, como Justiciero, como Castigador, como Vengador, como alguien tremendamente preocupado en castigar más que en salvar.

Si bien es cierto que no faltan imágenes, pasajes y expresiones que aludan a las realidades antes citadas, no es lo que más abunda, o mejor, no es lo más importante en cuanto a manifestación de Dios se refiere (como corroborará Jesús, en la Encarnación: el Dios hecho hombre, el Dios hecho Hijo que nos hace hijos en el Hijo).

Algunas veces aparece Dios como el Go'el de Israel: como el vengador, o mejor, como Aquél que paga un rescate por la salvación de su pueblo, o aquél que se encarga de vengar la muerte de sus hijos: pero en estos textos como corrobora la crítica textual bíblica más actualizada es mucho más importante el concepto y la importancia que tiene para Dios sus hijos, su pueblo, que el hecho de la forma en que éste Dios, celoso por su pueblo, tenga de actuar. Ése es el sentido que nos quieren transmitir los autores sagrados y en ese contexto nos hemos de acercar a los textos (incluidos los que pueden parecer más duros) de la Historia de Salvación, es decir, la actuación amorosa, fiel y eterna de Dios con su pueblo que recrea y ofrece siempre nueva una Alianza con aquél a quien ha amado desbordadamente.

Es Dios el que ha creado a Israel, el que lo a elegido como pueblo, suyo:

"Y ahora así dice el Señor, el que te creó, Jacob, el que te formó Israel:
No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío."
(Is 43,1-2).

En esa relación de Dios con los hombres, desde el principio de la historia de la humanidad, y desde el principio del pueblo de Israel, destaca cómo Dios ama a sus hijos tanto personal, como comunitariamente:


A Abrahám Dios lo llama personalmente, se dirige él y le hace una doble promesa: será padre de un gran pueblo y poseerá una gran, rica y extensa tierra. No vamos a ahondar en la importancia que tiene esta doble promesa para un nómada, como es Abraham, de un pueblo de nómadas, donde la fecundidad y la herencia son los grandes baluartes de su cultura, a través de los cuales perpetúan, su persona, su historia y su pueblo. Pero observemos como ya desde el principio, el horizonte comunitario es el que prima: Dios llama a Abraham en función de hacerlo padre de un gran pueblo, y le dará una tierra para ese pueblo que Él ha elegido. De la misma forma, Moisés recibe una revelación directa, personal y única del Tres veces Santo, del Innombrable, a quien nadie ha visto jamás, y a quien si alguien mirara a la cara perecería en el acto. Su misión: comunitaria también; conducir, liberar al pueblo de Dios que sufre la opresión bajo el dominio del faraón. Samuel será llamado por Dios para ser profeta y juez de Israel (1 S 3,19-20; 7,15). David será llamado a ser rey de un pueblo: elegido para ser el monarca de Israel, padre y pastor (2 S 5,2) Los profetas recriminarán al pueblo que se aparta de Dios y elige vivir según su antojo, llevado de su egoísmo, y despojando de la dignidad de hijos a los más pobres: a los huérfanos y a las viudas... y así con todos los personajes que aparecen el en Antiguo Testamento. Todos están en función de Dios y del pueblo, para formar comunidad, para que el pueblo que tantas veces será infiel y romperá las promesas y la Alianza que Yhwh le ofrece, sea realmente pueblo elegido, gran comunidad de la salvación. Y Dios con su amor benevolente, misericordioso, justo, paterno y materno, volverá a llamar siempre al redil, le ofrecerá nuevamente su amor, la seducirá (Os 2,16).

Son innumerables los textos que nos hablan de ese amor dulce (y exigente) de Dios hacia su pueblo: Is 45, Ex 34, Is 41, 8-14.

Siguiendo con nuestra reflexión y adentrándonos un poco más en el AT, como lugar paradigmático de una historia de amor entre Dios y el pueblo de Israel vamos a intentar descubrir como la comunidad tiene una referencia inexcusable e importante en el pueblo de Dios.

Toda comunidad debe ser espiritual, es decir, debe caminar según el soplo del Espíritu que será quien la vaya guiando hacia la voluntad de Dios y el que le irá dando la fuerza y el impulso necesario para no perecer en medio de las dificultades.

El encuentro con el Señor es el punto de partida de un vivir según el Espíritu. Esa vida se expresa en marchar en busca de Dios. Es lo que Pablo llama un "camino excepcional" (1 Co 12,31) y consiste en la práctica de la caridad que llevará al "cara a cara"con Dios (1 Co 13, 12).

Se trata en verdad del recorrido que hace un pueblo entero y no sólo en personalidades aisladas. La experiencia paradigmática del pueblo judío hacia la tierra prometida ha sido para numerosos autores espirituales fuente inspiradora de imágenes para describir -y comprender- sus propias vivencias. Reforzando esta perspectiva el libro de Hechos llamará al cristianismo, al estilo de vida cristiana, "el camino", así a secas. Es el camino por el cual el Espíritu lleva a través de la historia al nuevo "pueblo mesiánico" que es la Iglesia. Esa travesía histórica será colectiva porque la realiza toda una comunidad y será también global porque ningún aspecto de la existencia humana quedará fuera del proceso.

Así, pues, toda comunidad que quiera vivir y existir según el influjo de Dios, deberá entender su vida personal y comunitaria como un éxodo. Así lo han experimentado personas que han tenido que dejarlo todo para seguir a Jesús en comunidad; esto implica dejar nuestra vida cómoda e instalada y ponerse en camino sin saber muy bien hacia dónde pero con la confianza de que al final de la travesía nos espera Dios, el Dios de las promesas, el Dios de la vida y de la esperanza: el encuentro con la COMUNIDAD. Así, lo expresa muy bien la canción de Brotes de Olivo (que a continuación transcribimos), un grupo de música cristiano que pertenece a la Comunidad "Pueblo de Dios":

Dejé a mis lugares queridos. Dejé a cuanto me ata a lo humano,
padres, tierra y heredad, marché a mundos lejanos.
En tanto me divertía una luz brilló en mi mente,
¿por qué otros no aman a Dios? ¿por qué así tanta gente?

Me costó la misma vida desprenderme de mi herencia
mas sabía que me esperaban mis hermanos de la tierra.
Mas aquello que creía fuera para mí, dolor,

Dios cambió por alegrías, cien por uno me pagó.

Y ahora veo cómo personas que no sabían del Amor,
van conmigo al encuentro del hermano y de Dios.
Mas ¡qué grande es la vida! Que un día el placer desgarra,
porque al romper con sus cosas se encuentra con Dios de cara.


En la tradición espiritual encontramos muchos ejemplos de cómo las perspectivas bíblicas marcan la manera de entender el camino espiritual hacia Dios. Las diferentes marchas emprendidas por los cristianos a lo largo de la historia en seguimiento de Jesús llevarán además de a un reordenamiento y a una nueva síntesis, de acuerdo a las exigencias de la época, de los grandes ejes del evangelio.

a.1.) La espiritualidad de un pueblo.

El éxodo del pueblo judío y el camino emprendido por la iglesia primitiva son experiencias básicas y fuente de muchas otras a lo largo de la tradición judeo-cristiana.

Aprender a ser libres

El éxodo constituye la experiencia fundante del pueblo judío. Se trata de la salida de una situación de esclavitud, explotación y carencia en Egipto, país extranjero; para ir a través de un proceso de liberación multifacético hacia la libertad, la justicia y la posesión en la tierra prometida, tierra en propiedad (Ex 6,2-8).

Buscar a Dios

Salir de Egipto es romper con la muerte (eso es lo que la esclavitud y carencia significan) para ir al encuentro con Yhwh y convertirse en su pueblo. En ese camino de liberación -y no fuera de él- se da una búsqueda de Dios. Esta búsqueda es el sentido último de todo el proceso.

Se trata del rompimiento, ante el llamado liberador de Yhwh, con una situación existente a la cual, pese a las dificultades que ella presentaba, el pueblo estaba ligado por medio de sutiles y cobardes complicidades. El país que se deja es ajeno pero es una tierra rica:

"Porque la tierra a la que vas a entrar para tomarla
en posesión no es como el país de Egipto del que han salido,
donde después de sembrar había que regar con el pie,
como se riega en un huerto de hortalizas"
(Dt 11,10).


La comunidad que se pone en camino, el grupo de personas que emprenden la búsqueda desde la liberación y juntos, deja una sociedad (si se permite la expresión dejar la sociedad) y se pone a vivir según un estilo de vida que es radicalmente distinto. Deja una sociedad que le ofrece vivir caliente y comer todos los días, bajo el precio de la esclavitud al consumo desenfrenado y a seguir manteniendo dependientes a tantos países que no pueden salir de su situación debido al tren de vida del Norte. Ese vivir en comunidad desde el desasimiento, desde la novedad y desde la absoluta y radical confianza en Dios quizá no le lleve en muchas ocasiones más que a probar hierbas amargas de incomprensión, de rechazo o de indiferencia.

Por eso mismo no se trata de una ruptura que se realiza una vez por todas. Es un proceso permanente que implica una lucha contra todas las fuerzas que invitan al regreso al viejo estado de cosas (es la atracción de las "ollas de Egipto").

b) ¡Padre!, o mejor ¡Papá! (desde el NT).

Y ese Dios Padre y Madre es el que con fuerza proclamará Jesús, al que invocará, el que nos transmitirá con una fuerza, con una novedad y con un "descaro filial" que conmocionó a los más fieles devotos de Israel en aquél entonces.

Ya desde pequeño, cuando Jesús se pierde en el Templo, hace referencia a su misión de Hijo, y se dirige a Dios como Padre:

"Él les contestó: ¿Por qué me buscabais?
¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?".
(Lc 2, 41-50)

Y en esa línea se mantuvo hasta el final: cuando la gente más lo busca, Él está tratando a solas con su Padre (Mc 1, 35-37).

Cuando se dirige a Dios en oración directa, en presencia de otros, también se dirige a Él como Padre:

"Yo te bendigo, Padre, señor de cielo y tierra,
porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos"
(Mt 11, 25-27).

Y en los momentos más trágicos de su vida, cuando tiene que aceptar la cruz (en la oración de Getsemaní - Jn 17,1-26-) y en el momento cumbre de la Cruz, de la Glorificación, momento supremo escénico de la Hora, Jesús vuelve, en su grito desgarradoramente humano, desgarradoramente divino a clamar a su Padre:

¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!,
¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!
(Lc 23, 34.46).

Al contrario de Juan Bautista que anunciaba el reino de Dios bajo la amenaza y el juicio (Mt 3,10), Jesús lo anuncia como una Buena Noticia que se ofrece. Dios se acerca a la historia con una oferta de amor, de perdón. El hombre debe decidirse, aceptarlo y corresponder al don que se le ofrece, convirtiéndose y entrando en la lógica de aquél que se le acerca (Lc 6,36).


Jesús experimentó a Dios como amor. Jesús anuncia la afirmación histórica de la realeza divina como un proyecto salvador, como hermandad entre los hombres, porque vive a Dios como Padre del que todos los hombres son hijos e hijas, y por tanto hermanos y hermanas entre sí. Esta hermandad es posible porque Dios es el único Padre; por lo cual todas las estructuras de dominación patriarcal quedan radicalmente cuestionadas, y lo mismo sucede con la pretensión de cualquiera de los hermanos de atribuirse la autoridad del Padre y el derecho a ejercerla. El Padre comunica su propia vida y llama a la vida en plenitud a todos. Esto es lo que trasluce la forma característica con que Jesús se dirige a Dios en su oración: Abbá (Mc 14,36), una fórmula que, usada por los niños, implica una confianza total con el Padre, una cercanía y, a la vez, una total obediencia y disponibilidad que surgen de esa confianza plena. Esta experiencia de Dios se transmite también en algunas de sus parábolas: la oveja perdida (Lc15,3-7), la moneda perdida (Lc 15,8-10), el hijo pródigo (Lc 15,11-32).

Una comunidad que quiera vivir desde la paternidad/maternidad divinas tiene que traslucir en su vida, en su actuación, en su organización, esa confianza filial que le caracteriza como cristiana. Debe reconocer en cada hombre y mujer el rostro escondido, velado de Dios. Debe ver en cada persona, un hermano, un hijo y, por consiguiente, debe tratarlo como tal: la creación de formas nuevas de relación, de reunión, de agrupación. Unas formas nuevas de trabajo, de colaboración y de edificación. Especialmente en los hermanos cuyo rostro divino está más desfigurado, o en cuya existencia el amor de Dios está más escondido tiene que sentirse esa predilección de la comunidad. Si entre los despojos humanos, si entre la basura que acumulan nuestras sociedades industriales se encuentran las semillas para hacer florecer el mundo nuevo, donde el mandamiento del amor rija por encima de cualquier ley, es allí donde tiene que estar inserta toda comunidad para hacer que cada vez más hombres y mujeres se puedan dirigir a Dios como Abbá, como papá.

El Padre se muestra como es en relación con su Hijo Jesús. Nos ha amado tanto que nos ha entregado a su propio Hijo. El Hijo se reveló como el mayor promotor del Reino, se empeñó por las vidas de los más débiles, cuidando a los enfermos, consolando a los afligidos y resucitando a los muertos; ejerció la misericordia plenamente con la pecadora pública y con todos los que pedían perdón por sus pecados. La ternura de Jesús para con todos los que le buscaban era un reflejo de la ternura del Padre. Por eso podía decir:

"Todos los que el Padre me da vendrán a mí.
Al que viene a mí no lo rechazo"
(Jn 6, 37)

c) Dios Padre y Madre.

El sentimiento más terrible e insoportable es la repulsa y la sensación de que uno no es acogido. Es lo mismo que sentirse extraño en el nido, vivir una muerte psicológica. Cuando decimos: ¡Padre!, queremos expresar esta convicción: "Hay alguien que me acoge definitivamente; poco importa mi situación moral; siempre puedo confiar que hay un regazo para acogerme. Allí no seré un extraño sino un hijo -aunque pródigo- en la casa paterna".

Cuando la fe cristiana profesa que Dios es Padre del Hijo eterno junto con el Espíritu Santo, quiere manifestar que en Él experimentamos el misterio absoluto del que todo viene y hacia el que todo va. Él es la fuente de toda fecundidad. Pues bien, esta idea puede expresarse tanto por el término Padre, como por el término Madre. Las palabras son diferentes, pero el concepto es el mismo. Quizá haya cristianos poco acostumbrados a este tipo de terminología, ya que somos herederos del predominio de lo masculino y de un lenguaje sexista de Dios.


Realmente, si consultamos la Biblia, veremos que Dios es presentado también con los rasgos propios de la Madre. Ya el buen papa Juan Pablo I decía acertadamente: "Dios es Padre, pero es más todavía Madre". El concilio de Toledo, del año 675, enseña que: "Hemos de creer que el Hijo no procede ni de la nada ni de otra sustancia, sino que fue engendrado y nacido del seno del Padre, esto es, de su sustancia". Aquí se hace una referencia al seno; pero es la mujer y la madre la que posee seno. Dios es Padre maternal o Madre paternal. En otras palabras, la fecundidad de Dios se expresa mejor por las dos fuentes humanas de fecundidad que son el padre terreno y la madre terrena.

El profeta Isaías presentaba a Dios bajo la figura de una madre diciendo:

"¿Puede acaso una mujer olvidarse del niño que cría,
no tener compasión del hijo de sus entrañas?
Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido"
(Is 49,15)

Lo mismo ocurre con Dios, con mucha más razón. La actitud primordial de la madre es la de consolar y enjugar las lágrimas de los hijos e hijas. Así, el mismo profeta dice:

"Como a un hijo a quien consuela su madre,
así yo os consolaré a vosotros"
(Is. 66,13)

Una de las características básicas de Dios es ser misericordioso. En la mentalidad hebrea, misericordioso significa "tener entrañas maternales". El padre del hijo pródigo revela rasgos maternales: corre al encuentro del hijo, lo abraza y lo cubre de besos. Del mismo modo podemos decir: Dios es solamente Padre eterno si muestra también características maternales. Solamente es Madre de ternura infinita si muestra también dimensiones paternales. En el Padre y en la Madre eterna nos sentimos plenamente acogidos, en el Reino de la confianza de los hijos y de las hijas, libres y felices, miembros de la familia divina.

2. SANTIFICADO SEA TU NOMBRE: haciendo de la vida una alabanza.

La comunidad tiene que vivir como la Iglesia en continua alabanza al Dios que nos salva, al tres veces Santo. La celebración de la vida y de la fe es algo esencial a la comunidad, como respuesta en adoración y entrega confiadas a un Dios que derrocha sus bienes en medio de sus hijos, entre los que viven en su "pueblo" y los que no. La liturgia como talante y como dinamismo esencial tienen que articular a la comunidad respecto a dos polos fundamentales: la Palabra (Lc 11,28) y la Eucaristía. Medios privilegiados que Dios concede a su Iglesia para crecer, para madurar y para vivir en fidelidad al proyecto liberador de Dios. Haciendo que su nombre sea santo y santificado entre tantos hombres y mujeres que hoy desvirtúan y desfiguran el auténtico rostro de Dios (su icono por antonomasia: el hombre) y junto a todos aquellos que hacen que ese rostro brille más y mejor a imagen de Dios.

¡Santificado sea tu nombre! Es una aclamación, un grito, una expresión de alabanza dirigida a Dios. Expresa la voluntad de que su nombre sea santificado, y expresa también el deseo y la necesidad que todo creyente tiene de alabar a aquél que le ha creado.

La alabanza es esencial a la vida de la Iglesia y por tanto lo ha de ser en la vida de la comunidad. Una alabanza que brota de saberse amados por un Dios inabarcable, inefable, increíble. Una alabanza que surge en contexto de fiesta, porque la vida es una fiesta y si para muchos esa fiesta tiene un sabor amargo hay que invitarles a celebrar ese amor de Dios que es más fuerte que cualquier dolor, dificultad o contratiempo (Ro 8,31-39).

En el centro de la comunidad están el perdón y la fiesta. Estas son frases de una misma realidad: la del amor. La fiesta es una experiencia común de alegría, un canto de acción de gracias. Se celebra el hecho de estar juntos y se da gracias por el don que se nos ha dado. La fiesta alimenta los corazones, vuelve a dar esperanza y fuerza para vivir los sufrimientos y las dificultades de la vida cotitidiana.

a) La fiesta: una experiencia global y común.

Cuanto más pobre es un pueblo más le gusta celebrar. Es impresionante descubir cómo en la India o en África, las personas más pobres celebran las fiestas, a veces durante varios días. Dan todos sus ahorros para hacer comidas grandiosas y comprar bonitos vestidos. Hacen guirnaldas de flores y fuegos artificiales ya que los efectos de la luz y las explosiones son parte integrante de la fiesta. Estas fiestas casi siempre están ligadas al aniversario de un suceso divino o religoso y tienen entonces un carácter sagrado.Sin duda, es un momento de liberación, pero mirarlos sólo como una escapatoria o una droga no es ir lo bastante lejos dentro de la realidad humana. Las personas y sobre todo los pobres, viven lo cotidiano con todo lo que implica de fastidioso: los días son todos parecidos; en todos hay que limpiar, labrar la tierra, sembrar, recoger, o en el peor de los casos, ingeniar cada día el modo de poder llevar algo al estómago propio, y el de toda la familia... y siempre con inseguridad. Pero el hombre necesita otra cosa. Su corazón es mayor que los límites de lo cotidiano. Está sediento de una bondad que parece inaccesible; le gusta lo infinito, lo universal, lo eterno, cualqiuer cosa que dé un sentido a la vida cotidiana y humana. La fiesta es como una señal que apunta a ese más allá que es el cielo. Es el símbolo de aquello a que aspira la humanidad: una experiencia de comunión.

La fiesta expresa y hace presente de una manera tangible la finalidad de la comunidad. Es un elemento esencial de la vida comunitaria. En la fiesta, las irritaciones nacidas de lo cotidiano se barren y se olvidan las pequeñas querellas. El aspecto extático (el "éxtasis" es salir de sí mismo) de la fiesta une los corazones y deja pasar una corriente de vida. Es un momento de asombro en donde la alegría del cuerpo y de los sentidos está ligada a la alegría del espíritu. Es el momento más humano y también el más divino de la vida comunitaria. La liturgia de la fiesta armoniza la música, la danza y los cantos, con la luz, los frutos y las flores de la tierra; es un momento en que nos comunicamos con Dios y entre nosotros por la oración, la acción de gracias y también por la comida. La comida de la fiesta es importante.

Cuanto más duro y penoso es lo cotidiano, más necesitan los corazones estos momentos en que todos se reúnen, dan gracias, cantan y danzan y hay comida especial. Cada comunidad, como cada pueblo tiene su propia liturgia para la fiesta.


La fiesta es alimento, es resurgir. Simbólicamente presenta la finalidad de la comunidad y como tal estimula la esperanza y da nueva fuerza para reemprender la vida cotidiana. La fiesta es una señal de resurrección que nos da la fuerza para llevar la cruz de cada día. Hay una íntima ligazón entre la celebración y la cruz.

b) La fiesta: rememoración y actualización.

La fiesta es un momento de acción de gracias en que se agradece a Dios un suceso histórico donde su amoroso poder se ha manifestado a la Humanidad, al pueblo a la comunidad; es también un recuerdo de que Él está allí siempre presente, cuidando a su pueblo y a su comunidad como un padre que ama a sus hijos. La fiesta es la celebración, no sólo de una acción pasada, sino de una realidad presente.

Para el pueblo judío, la Pascua es la gran fiesta que recuerda el momento en que el ángel de Yhwh pasó y Dios liberó a su pueblo. Este pueblo da gracias a Yhwh que continúa siendo su guía, su pastor, su protector y el padre que le quiere.

Cada comunidad debe celebrar según su historia y sus tradiciones el aniversario en que Dios provocó su nacimiento o cualquier suceso particular, en que la mano de Dios la protegió claramente. Al dar gracias a Dios se festejan sus buenas acciones. Es un momento de historia que hace que redescubramos que es Él quien nos ha llamado para vivir juntos, que es Él quien nos guía y nos conduce para trabajar por el Reino de Dios.

El evangelio está jalonado de fiestas. El primer milagro de Jesús tuvo lugar en las bodas de Caná (Jn 2, 1-12) donde cambió el agua en vino para que la fieta fuera mejor. A veces, es durante alguna fiesta cuando Jesús aparece en el Templo y anuncia la Buena Nueva de manera espectacular (Jn 2,13-22). Él mismo murió en la fiesta de la Pascua.

En el corazón de la fiesta está el pobre. Si se excluye a los más pequeños ya no hay fiesta. La fiesta debe ser siempre la fiesta de los más pobres. Es para preguntarse si brota la alegría de alguna parte del sacrificio y del sufrimiento. Quienes viven con confort y seguridad, los que tienen aparentemente todo lo que pueden necesitar ¿son felices? Es para pregntárselo. Los pobres pueden ser felices. De hecho en las fiestas estallan de alegría. Es como si en aquellos momentos olvidasen sus sufrimientos y frustraciones. Viven un momento de liberación, como si el peso de lo cotidiano desapareciera súbitamente y sus corazones saltaran de alegría.

c) La eucaristía: corazón de la fiesta.

Es maravilloso ver cómo ha conservado la Iglesia el sentido de la fiesta. Cada día es una fiesta. Luego están las fiestas litúrgicas y de los santos. Además en el corazón del día se "celebra" la eucaristía. Llama la atención las palabras que se emplean en la eucaristía: celebración y fiesta, presencia y comunión, comida y sacrificio, perdón y acción de gracias.


Estas palabras resumen bien la vida comunitaria. Es neceario que unos estemos presentes ante otros, comulgando unos con otros, para comulgar con Jesús. Entonces se produce la fiesta y la celebración. La comunión, esta celebración, es el momento en que unos se convierten en pan para otros porque Dios se ha hecho pan para nosotros. Es una comida para el corazón de la comunidad. El sacrificio siempre es el centro de la vida comunitaria ya que se trata de sacrificar los propios intereses, como Jesús sacrifica su vida para que nosotros recibamos al Espíritu. La fiesta empieza con un petición de perdón y se termina con una acción de gracias.

La eucaristía no se celebra sólo para alimentar nuestra piedad personal. Es la celebración y la acción de toda la comunidad, para toda la Iglesia y toda la Humanidad. La celebración de la eucaristía es una de las cimas de la vida comunitaria y donde se está más unidos; todo se ofrece al Padre a través de Jesús.

3. VENGA A NOSOTROS TU REINO: para vivir la pasión de Dios que tiene por herederos a los desheredados de la tierra.

El Reino queda instaurado e inaugurado por Jesús, prefigurado en la historia de fidelidad de Dios con Israel (y con tantos otros pueblos) y llegará a su plenitud cuando Dios sea todo en todos. En el entre-tiempo que nos toca vivir, la comunidad tiene que construir el Reino, o mejor colaborar con Dios en la construcción del Reino, puesto que Él es el Hacedor: esto implica un talante un estilo, una toma de postura ante la realidad, una denuncia y un anuncio permanentes al estilo profético más puro, desde la sabiduría sapiencial más honda y desde la fidelidad a la historia y a la Alianza más firme. En ese reino los últimos son los primeros y los más pequeños (hasta los que huelen mal y precisamente ésos) los herederos; la comunidad tendrá que aprender a descubrir a Dios y a su reino presente entre ellos, aprender de ellos.

a) El mensaje de Jesús sobre el Reino de Dios.

El mensaje de Jesús está perfectamente en Mc 1,15. Aquí tenemos, en síntesis, toda la predicación de Jesús. El mensaje de Jesús es el mensaje del Reino de Dios.

Que Jesús anunció el Reino de Dios es uno de los datos críticamente más seguros, de cuya historicidad nadie puede dudar. J. Jeremias ha llamado la atención sobre el contraste entre la parquedad o rareza de la expresión en la literatura intertestamentaria y la enorme frecuencia con que aparece en el evangelio. Esta frecuencia contrasta, a su vez, con el dato significativo de que esta expresión va desapareciendo en el resto del NT, donde ya no tiene apenas relieve. En lugar de la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios, encontramos la predicación de la Iglesia sobre Jesús.

El Reino de Dios no sólo es el núcleo fundamental de la predicación de Jesús, sino que es también la explicación de su inicial éxito y de su fracaso final.

Jesús dará a esta expresión un contenido nuevo. El reinado de Dios, la soberanía de Dios, el señorío de Dios son interpretados por Jesús como benevolencia, misericordia, amor de Dios:

"Mas cuando se manifestó la bondad de Dios
nuestro salvador y su amor a los hombres,
Él nos salvó no por obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros
sino por el baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo,

que derramó sobre nosotros con largueza
por medio de Jesucristo nuestro Dsalvador,
para que justificados por su gracia fuésemos
constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna"
(Ti 3, 4-7)

Es significativa esta constatación lingüística: dada la frecuencia de la expresión "Reino de Dios" en los Evangelios, cabría esperar en los mismos las correspondientes referencias a Dios como Rey o las denominaciones de Dios como Rey. Sin embargo, no ocurre eso, sino que se habla de Dios como Padre. No es la dominación, sino la comunión; no es la realeza, sino la paternidad de Dios, lo que Jesús viene a anunciar a los hombres. La referencia a Dios como "Padre" aparece 150 veces en los evangelios.

Nos encontramos con un concepto eminentemente personal. El misterio del Reino de Dios es el misterio de Dios mismo. Jesús vino a hablarnos de Dios y sólo de Dios. La expresión "viene el Reino de Dios" equivale a la expresión "viene Dios". "Dios viene" significa que está próximo, cercano, familiar, benévolo hacia el hombre. Jesús revela, por consiguiente, la nueva actitud de Dios hacia el hombre, y la nueva situación del hombre ante Dios y ante los demás hombres.

Jesús, bajo la expresión bíblica del Reino de Dios, revelaba y proclamaba a los hombres el proyecto de Dios sobre el hombre, la historia y el mundo: la comunión de todos los hombres con Dios y la de todos los hombres entre sí. Jesús venía a proclamar que Dios es el Padre de todos y ,que, consiguientemente, todos los hombres son hermanos y tienen que vivir como hermanos.

Para Jesús el reinado de Dios ha comenzado ya y muestra sus señales, aunque estas sean pequeñas. El Reino de Dios es un símbolo que establece una relación entre la situación histórica y la plenitud definitiva de la situación. Un rasgo específico de Jesús es que anuncia el reinado de Dios como un ofrecimiento gratuito del mismo Dios y que, sorprendentemente, está en estrecha relación con su propia persona y con su actuación. La revelación definitiva, largamente esperada, y la manifestación histórica de la soberanía de Yhwh se están haciendo presentes en el mundo en su ministerio, en sus palabras y gestos, y e ellos Dios se revela y se afirma como misericordia. Este comienzo totalmente gratuito que parte de la iniciativa de Dios, es lo que garantiza su culminación y su realización escatológica definitiva. La experiencia del reinado de Dios en el presente fundamenta, anima y hace anhelar su plenitud.

De la misma forma toda comunidad, seguidora de Jesús, debe hacer presente el Reino de Dios con sus palabras y su actuación. Si la comunidad se deja guiar por la libre y amorosa iniciativa de Dios no tiene por qué temer al fracaso. Si su vida transparenta la gratuidad de Dios hacia los hombres, será signo, sacramento eficaz de esa benevolencia divina en favor de los hombres.

b) El Reino de Dios como experiencia de Salvación.

Al explicar su anuncio del reinado de Dios en las bienaventuranzas, Jesús proclama que este es un buena noticia para los pobres:


"Bienaventurados vosotros los pobres porque vuestro es el Reino de Dios"
( Lc 6, 20-26)

El anuncio del reinado de Dios va dirigido a todo Israel a diferencia de los grupos del tiempo con características elitistas (esenios, fariseos, saduceos...). Pero la soberanía de Dios que se acerca es una buena noticia sobre todo para los que sufren, son marginados, aplastados... porque supone consuelo, saciedad, liberación, justicia, fraternidad y esperanza para todos ellos. El Dios que afirma su realeza y las injusticias y sufrimientos que soportan los pobres son antagónicos, pues constituyen una expresión histórica del pecado.

Jesús anuncia y realiza este aspecto salvífico de la manifestación histórica del reinado de Dios no sólo en sus palabras sino también en sus gestos. Mt 12,28 lo expresa explícitamente:

"Si yo expulso demonios con el Espíritu de Dios, es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros"

Las curaciones y los exorcismos son una manifestación de la soberanía misericordiosa y salvífica que comienza a hacerse efectiva. Los endem9iados, leprosos, enfermos o tullidos no son sólo curados físicamente, sino que con ello se les devuelve la consideración de miembros de pleno derecho de la comunidad (Mc 2,1-12; 1,40-45; 5,1-20).

El comportamiento de Jesús que trata, se rodea y comparte la mesa con pecadores, marginados, samaritanos, mujeres... es un gesto de un inmenso alcanza, pues significaba que formaban también parte de la comunidad en el reinado escatológico de Dios (Mt 11,19; Lc 17,11-19; Mc 8,5-13).

Todas estas actitudes e