|
ORDO
FRATRUM MINORUM 2005
SOLLEMNITAS SANCTI FRANCISCI
O dilectissimi fratres, audite me, audite vocem patris vestri
Queridos
Hermanos:
¡El Señor os dé la paz!
Agradecemos a Dios Padre porque con ocasión de la Fiesta de san Francisco,
se renueva la oportunidad de continuar el diálogo fraterno, que con
vosotros comenzamos al inicio de nuestro servicio como Definitorio general,
y para expresaros el deseo que en cada uno de vosotros, y en toda la fraternidad
universal sean siempre derramadas con abundancia las bendiciones del Señor.
Disponiéndonos a escuchar la voz de nuestro Padre y hermano Francisco,
que por sobre todas las cosas deseaba vivir como hijo de Dios y hermano de
todos los hombres, queremos compartir con vosotros su sueño más
hermoso, que para todo hermano menor es al mismo tiempo vocación y
provocación: manifestar la paternidad amorosa de Dios, y construir
una Fraternidad Universal. El deseo de Fraternidad es propio del espíritu
franciscano, y el mismo Francisco quiso que tal término apareciera
en la denominación de su Orden: «Quiero que esta fraternidad
se llame Orden de Hermanos Menores» (1C 38), para expresar mejor la
novedad que el Señor le había inspirado. El último Capítulo
general nos ha exhortado también a vivir la santidad de Dios en nuestra
vida fraterna, lo que constituyendo una Prioridad de nuestro proyecto de vida,
es igualmente un don y una tarea, una gracia y una responsabilidad para con
nuestros Hermanos, todos los hombres y todas las criaturas. Queremos compartir
no tanto una reflexión teórica, sino más bien nuestras
experiencias, donde hemos visto el manifestarse de la fraternidad, en la ayuda
recíproca y generosa entre las Provincias y el Definitorio general,
en la animación y en las visitas a los Hermanos, en la acogida que
en cada ocasión hemos encontrado. Por todo esto os agradecemos y decimos:
«Load y bendecid a mi Señor y dadle gracias y servidle con gran
humildad» (Cánt).
1.
A la escucha del hermano Francisco
En este día de fiesta queremos acercarnos a nuestro padre san Francisco,
deseosos de escuchar sus palabras, que nos hablan con amorosa simplicidad,
y profunda convicción, de su vida, hecha un don total para el Señor,
y herencia para nosotros.
Francisco sabe que el Señor ha sido bueno con él, y que la fraternidad
nace de la experiencia de un Dios que es relación de amor en la Trinidad.
En este amor Francisco descubre la paternidad de Dios, y se siente hijo; experimenta
su ser hermano de Jesús, el Hijo amado del Padre; vive este amor que
une en el Espíritu Santo. El amor trinitario es así el modelo
que inspira la vida fraterna, para que sea una verdadera familia (cf. 1R 9,
10-11; 2R 6, 8-9).
Para Francisco la fraternidad es revelación de Dios; el camino a través
del cual el Señor mostró su voluntad como proyecto para una
vida eminentemente evangélica. Es el santo Evangelio, que propone Jesús
como hermano de la humanidad en el misterio de su Encarnación y Pasión
(cf. 2CtaF 56), en su humildad y pobreza. Considerando así la fraternidad
de Cristo con nosotros se nos revela el fundamento de la vida evangélica.
2.
Aprendiendo a ser hermanos
Cuando cada día nos miramos en este espejo (cf. 4CtaCl 15-16) para
transformarnos más fielmente a este don que nuestro padre san Francisco
nos ha dejado como revelación del Señor, nuestro compartir se
hace súplica de intercesión: «Salve, sancte Pater, patriae
lux, forma Minorum, virtutis speculum...». En la escuela de Francisco
aprendemos que para sentirnos hermanos de todos debemos tener primero una
actitud filial con Dios. La ternura y el amor por los hermanos son consecuencia
de la felicidad de tener a Jesús por hermano, y de nuestro ser conscientes
que el Señor se dona y se hace presente en el hermano. El amor fraterno
es infundido por el Espíritu Santo en el corazón para servir
y obedecer espiritualmente al hermano, y como nos enseña san Francisco,
para vivir la fraternidad tenemos necesidad de poseer el Espíritu del
Señor y su Santa operación (cf. 2R 10, 10). Si podemos reconocer
con humildad nuestra necesidad de aprender a vivir como hermanos, compartiendo
la vida y testimoniando juntos los valores evangélicos, entonces la
fraternidad se transformará en modelo de toda familia humana, aún
más, se transformará en un lugar de encuentro con Dios y en
una bendición (cf. 1CtaF 6). La fraternidad es el fruto que florece
y se desarrolla en la fecunda tierra de la experiencia viva de una relación
filial con el Padre, y una relación fraterna con Jesucristo.
El
singular aporte de Francisco a la Iglesia y a la historia es su ingenua e
increíble utopía de una vida evangélica y universal.
Es esta fraternidad la que crea relaciones nuevas y originales entre las personas
y con todo lo creado, y se transforma en testimonio sugestivo para nuestro
mundo. Pero la mirada fraterna e inocente de Francisco solo podrá nacer
en nosotros si logramos liberarnos de la fuerte tentación del poder
y del poseer, verdaderos desafíos para la Fraternidad. Se trata de
retos concretos que constatamos cada día en las experiencias de nuestras
visitas fraternas, en los informes de los Visitadores generales, o en los
encuentros con los Ministros provinciales, dándonos cuenta que estamos
destruyendo la fraternidad:
•
buscando más prestigio, honores y dominio, en vez de servir;
• anteponiendo nuestro proyecto y nuestros intereses a aquellos de la
Fraternidad;
• prefiriendo la identidad de grupo y la afinidad étnica y cultural,
a la familia espiritual;
• no compartiendo todo lo que somos y tenemos;
• siendo incapaces de reconocer que hemos hecho el mal y de pedir perdón,
o de ofrecerlo (cf. CtaM 7-10).
Necesitaremos
pedir cada día al Señor que nos conceda la humilde fidelidad
al don de ser hermanos. Si no se mira con ojos nuevos la realidad de la persona,
no podrá nacer y mantenerse viva la utopía de la fraternidad
y la fe, por la cual el otro, más allá de sus equivocaciones
y sus debilidades, pueda ser realmente mi hermano.
3.
Iluminar el mundo con el signo de la fraternidad
Si la fraternidad es parte fundamental de nuestra espiritualidad, debemos
vivir aquello que el capítulo general ha llamado «la santidad
fraterna» y sus consecuencias. Nos estimula también en este camino,
la conciencia de que la fraternidad es nuestro aporte a la evangelización,
porque ella se transforma por sí misma en el mejor modo de evangelizar:
«Nuestra forma de vida es nuestro primer modo de evangelización»
(Sdp 42). En la Iglesia, que se descubre como comunión, la fraternidad
es un signo visible, que estamos llamados a custodiar y manifestar.
Hace
ya tiempo que usamos la expresión fraternidad-en-misión, la
cual también tiene este significado: en la medida en que estamos en
fraternidad, estamos ya también «en misión». La
fraternidad no se constituye antes de la misión, sino que nuestro estar
en fraternidad es la primera modalidad de nuestra misión. Cada gesto
de fraternidad se transforma así en un gesto misionero, y por otra
parte, sabemos de no haber sido llamados para nosotros mismos, sino para transformarnos
en una fraternidad para la salvación del mundo.
«Nuestras
fraternidades y nuestros lugares de trabajo tienen el desafío ético
de ser signos seductores de otro camino de convivencia y relación:
aquel que conduce a la plenitud de la vida por la senda del diálogo».
Esto hemos declarado en el Capítulo general 2003 (Sdp 31), pero necesitamos
examinar nuestros comportamientos y evaluar si verdaderamente hemos asumido
este desafío ético, haciendo entrar el diálogo en nuestras
casas y en nuestros lugares de trabajo.
Ninguna
obra por importante que sea, puede eximirnos de esta responsabilidad. Así
como somos responsables de continuar aquellas obras en la que muchos de nuestros
hermanos han invertido sus mejores energías apostólicas, también
en relación con la Iglesia, somos responsables de ofrecer siempre un
signo acerca de la posibilidad de vivir en fraternidad. A cada forma de misión
y de apostolado queremos por lo tanto asociar siempre el signo de una fraternidad
vivida. También en este ámbito deseamos llamar la atención
sobre algunos desafíos:
• privilegiar en las opciones pastorales, aquellas que están
más en armonía con nuestra forma de vida;
• dejarse «seducir por los claustros olvidados, los claustros
inhumanos donde la belleza y la dignidad de la persona son continuamente mancilladas»
(Sdp 37), viviéndolos al interno de un proyecto de vida fraterna que
sea luz para el mundo;
• ser cercanos a la gente, compartiendo nuestra vida y misión
con sus alegrías y dificultades;
• destacar el valor particular de la vida fraterna en los territorios
de misión ad gentes, para anunciar al mundo el amor capaz de superar
las divisiones de raza, color, tribu;
• tener como criterio, en la reestructuración de presencias y
obras, aquello de mantener viva una auténtica vida fraterna.
La
crisis de fe y de ética de nuestro tiempo nos interroga sobre la real
posibilidad de la comunión. Al inicio de la historia de la Iglesia,
el Espíritu de Dios constituyó un pueblo nuevo, y ofreció
así a todo el mundo, la posibilidad de vivir la comunión con
Jesús. El mismo Espíritu nos impulsa hoy a ser en el mundo un
signo de la realidad de esta posibilidad.
4.
Conclusión
En mayo de 1226 san Francisco escribió el pequeño Testamento
de Siena. En él, su sentimiento de unidad fraterna atraviesa los confines
de espacio y tiempo: «bendigo a todos mis hermanos, a los que están
en la Religión en el presente y a los que vendrán a ella hasta
el fin del mundo...», y su primera preocupación es que sus frailes
vivan como hermanos: «se amen siempre mutuamente».
En
cercanía de la muerte vemos como el hermano Francisco, que había
renunciado a todo, le queda todavía un deseo: estar más cerca
de sus hermanos. Por ello su biógrafo nos narra que, poco antes de
pasar de este mundo al Padre, se hizo leer aquel trozo del evangelio de Juan,
del cual tantos pasajes había ya introducido en la primera regla. Las
últimas palabras de Francisco, como aquellas de Jesús en la
Última Cena, son por la unidad de sus Hermanos: «Padre santo,
guarda en tu nombre a los que me diste, para que sean uno como nosotros»
(1R 22, 45). Con este deseo quiere ir al encuentro de la hermana muerte, a
la cual había cantado, algunos meses antes, en el Cántico de
la fraternidad universal: «Loado seas, mi Señor, por nuestra
hermana la muerte corporal» (Cánt).
Este último episodio de la vida san Francisco -que repensamos casi
al término del Año de la Eucaristía, mientras el sínodo
de los Obispos está reunido para reflexionar sobre este grande misterio-
nos recuerda que la fuente que sostiene y anima nuestra fraternidad es el
misterio de Cristo, que dio su vida para que nosotros nos transformáramos
en hermanos, y buscáramos construir cada día, vínculos
visibles e invisibles de fraternidad.
A
fines de octubre del 2005, el Definitorio general se reunirá con todos
los Maestros de novicios de la Orden a los pies de Santa María de los
Ángeles, para afirmar con una palabra firme y decidida, la voluntad
de encaminarse con espíritu renovado hacia el VIII Centenario de nuestra
Orden. Allí invocaremos el Espíritu de Dios pidiendo que nos
transforme, más profundamente todavía, en signo de fraternidad
para la salvación del mundo.
La
bendición de nuestro Seráfico Padre os acompañe en este
camino.
Vuestros
hermanos del Definitorio general.
:
Romæ,
04.X.2005
Fr.
José Rodríguez Carballo ofm (Min. Gen.)
Fr.
Francesco Bravi ofm (Vic. Gen.)
Fr. Amaral Bernardo Amaral ofm (Gen. Def.)
Fr. Ambrogio NguyenVanSi ofm (Gen. Def.)
Fr. Finian McGinn ofm (Gen. Def.)
Fr. Jakab Várnai ofm (Gen. Def.)
Fr. Vallecillo Martín Miguel J. ofm (Gen. Def.)
Fr. Mario Favretto ofm (Def. Gen.)
Fr. Sime Samac ofm (Gen. Def.)
Fr. Cabrera Herrera Luis Gerardo ofm (Gen. Def.)
Fr. Juan Ignacio Muro Aréchiga ofm (Gen. Def.)
Fr.
Sandro Overend Rigillo ofm (Sec. gen)
Prot. N. 096095
Curia
generale dei Frati Minori, Via S. Maria Mediatrice 25, 00165 Roma - Italia
- Tel. +39-06684919 - Fax. +39-066380292;
eMail: secgen@ofm.org
|