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JOSEPH
RATZINGER
Teólogo.
Esencia
y razón de ser de la Iglesia
IX-1
Si la Iglesia no tiene una esencia y significación propia al margen
de Cristo, sino que debe ver su sentido en ser instrumento del movimiento
de Jesucristo, síguese que, partiendo de ahí, quedan dibujados
con suficiente claridad su dirección y su mandato. No hay posibilidad
para la Iglesia de encerrarse en sí misma, satisfecha de lo alcanzado.
Ella misma es el gesto de apertura y debe ponerse perpetuamente al servicio
de tal gesto y realizarlo históricamente. Pero ese gesto no tiene finalidad
alguna en sí mismo, sino que su único fin es introducir en el
sacrum commercium, en el sagrado comercio que comenzó con la humanización
de Dios. De donde se sigue que sólo hay legítimamente una doble
forma de apertura eclesiástica al mundo...: la misión como consecuencia
del movimiento de envío, y el sencillo gesto del amor desinteresado
en continuación del amor de Dios que se derrama aun allí donde
queda sin respuesta... Con eso queda ya sentado un criterio muy claro para
las posibilidades de "la apertura al mundo" por parte de la Iglesia.
Es siempre legítimo lo que es acto de verdadero amor; son legítimos
(y esto va estrechamente unido con lo otro) aquel tender la mano y aquellas
aperturas que son requeridas por el mandato de la predicación misionera.
Son ilegítimas aquellas apertura y aquel tender la mano que contradicen
al mandato de la predicación (la "misión"). El servicio
a la misión, juntamente con el servicio a la caridad, constituye el
canon doble y uno, por el que debe medirse cuál es la verdadera apertura
de la Iglesia; verdadera, es decir, cristológicamente adecuada, y cuál
es la falsa apertura, es decir, la que mundaniza (p. 316).
La
misericordia en la Iglesia
IX-2
El amor de la iglesia que brota de su fe no puede ni debe en último
término renunciar a ofrecer a todos y en todo tiempo lo que ella tiene
que regalar como don supremo: la palabra de la divina misericordia.... la
Iglesia debe hablar, pensar y ser de manera que los otros puedan percibir
y entender la palabra que les dirige (p. 318).
Estatuto
del teólogo en la Iglesia
IX-3
[En el Vaticano II] queda superada una forma estrecha de teologizar que pudiera
definirse... como teología de encíclicas... Significa una forma
de teología en que la tradición parecía lentamente estrecharse
a las últimas manifestaciones del magisterio papal.... El concilio...manifestó
e impuso también su voluntad de cultivar de nuevo la teología
desde la totalidad de las fuentes, de no mirar estas fuentes únicamente
en el espejo de la interpretación oficial de los últimos cien
años, sino de leerlas y entenderlas en sí mismas; manifestó
su voluntad no sólo de escuchar la tradición dentro de la iglesia
católica, sino de pensar y recoger críticamente el desarrollo
teológico en las restantes iglesias y confesiones cristianas, dio finalmente
el mandato de escuchar los interrogantes del hombre de hoy como tales, y partiendo
de ellos, repensar la teología y, por encima de todo esto, escuchar
la realidad, "la cosa misma" y aceptar sus lecciones (p.318-19)
La
teología del magisterio no debe tener miedo a la verdad
IX-4
Una teología magisterial que naciera del miedo al riesgo de la verdad
histórica o al riesgo de la realidad misma, sería cabalmente
una teología apocada, una teología de poca fe desde su mismo
punto de partida y, en último término, una evasión ante
la grandeza de la verdad. Sería una teología conservadora, en
el mal sentido de la palabra, preocupada sólo del hecho de conservar
y no de la realidad. Y no sería ciertamente una teología misional,
sino todo lo contrario (p. 320). La triple apertura que ha pedido el concilio:
apertura a las fuentes, apertura a los otros cristianos, apertura a los interrogantes
de la humanidad entera, no es expresión de un deseo de secularización,
de un acomodamiento barato, sino que expresa en último término
el retorno al sentido total de la teología, es decir, a su deber misional
(p. 321).
La
liturgia, obra de toda la comunidad
IX-5
En la Liturgia de Eisenhofer, una de las principales obras clásicas
en la materia antes de la guerra, podía todavía leerse que no
entra en la definición de liturgia el que los laicos participen o no
en el culto divino. Su presencia sería "accidental" para
el concepto de liturgia y su verdadera esencia; la esencia de la liturgia
se daría simplemente por la acción sacerdotal como tal. A mi
parecer, en esta proposición se nos da el núcleo de la falsa
teología del laicado, que ha sido superada por el concilio. El concepto
de liturgia que se acaba de describir corresponde más bien a aquellas
concepciones paganas, según las cuales, la acción cultual para
aplacar los dioses la ejecutan únicamente los sacerdotes cuya función
es cuidar de esta sección de los asuntos públicos. La liturgia
cristiana significa, en cambio, la común adoración de Dios por
los bautizados en el común sentarse a la mesa con el Señor resucitado.
Característica suya es precisamente el abarcarlos a todos, el ser ejecutada
por todos, aunque con función distinta, porque todos son cuerpo del
Señor. Tiene su punto de partida en el Señor Crucificado de
quien dice la carta a los Hebreos que sufrió "fuera de la ciudad":
fuera de las murallas del templo, fuera de las murallas de la ciudad, camino
de los gentiles (p 322).
El
diálogo necesario con la ciencia
IX-6
El mensaje cristiano se propone siempre en lenguaje humano y, por ende, es
un repensar la palabra divina dentro de lo humano; no se propone, pues, nunca
en su absoluta e incontaminada pureza divina. Ello vale ya para la sagrada
Escritura, porque también ahí se presenta la palabra de Dios
como palabra de hombre, en un lenguaje humano y aceptando sus limitaciones.
Una determinada imagen del mundo le imprime su cuño y en ella entran
por tanto determinados modos de pensar, de imaginar y de sentir. De este modo
la predicación cristiana contiene siempre, aparte del kerygma único
que obliga, una parte humana que no puede en manera alguna reclamar semejante
obligatoriedad. Síguese que el diálogo con la ciencia humana
resultaría siempre necesario por la sencilla razón de que siempre
habrá que conocer y deslindar lo puramente humano. Comoquiera que en
el kerygma hay siempre algo que en realidad no es kerygma, sino elaboración
humana, se impone en cada época la escucha paciente de lo que la humanidad
sabe de hecho (p. 327).
La
Iglesia es un medio, no un fin
IX-7
El mundo debe ser aceptado y respetado como tal por la Iglesia. ¿Por
qué motivo concreto? De momento por la sencilla razón de que
la Iglesia no es Cristo, sino que en definitiva, sólo presta un servicio
preparatorio para abrir el mundo a Cristo. Por no ser la Iglesia Cristo ni
el Reino de Dios, si pretendiera incorporarse las cosas mundanas y ponerlas
bajo su propio régimen, no las eclesializaría sino que se mundanizaría
a sí misma... Por no ser la Iglesia Cristo ni el reino de Dios como
tal, no es posible entenderla como fin en sí misma, sino que pertenece
esencialmente al orden de los medios. Las cosas alcanzan desde luego su fin
íntimo cuando se hacen conformes a Cristo como idea primigenia de Dios
y son capaces de Cristo; pero no están en manera alguna destinadas
a convertirse en partes de la institución Iglesia. Por eso, la autoridad
eclesiástica no puede suplir la pericia en los órdenes respectivos
de la realidad, sino únicamente reconocerla y darla por supuesta. Y
este postulado penetra de hecho hasta dentro de lo propio y peculiar del mandato
eclesiástico: porque tampoco aquí puede la autoridad eclesiástica
suplir la competencia científica de la teología, sino que debe
también reconocerla y darla por sentada como tal. Sólo fundándose
en ella, y no yendo contra ella, puede llevar a cabo la predicación
de la palabra y hacer valer su propio título. Nos hallamos una vez
más, desde otro lado, ante lo que hemos anteriormente reconocido como
elementos dialogales ineludibles de la predicación cristiana (p. 330).
La apertura de la Constitución sobre la Iglesia en el Mundo
IX-8
(En la constitución conciliar sobre la Iglesia en el mundo), frente
a los Syllabi de Pío IX y Pío X, nos hallamos ante una gran
apertura. Ya no se cierran los ojos ante los resultados de las ciencias que
no coinciden con las construcciones que los teólogos habían
proyectado para órdenes que les eran extraños, antes de que
éstos se independizaran. Ya no se cierran los ojos ante los resultados
de la investigación histórica, que ofrece una imagen más
diferenciada de lo que podría sospechar el sistematismo teológico
antes de que aquella se iniciara. Ya no se cierran los ojos ante el hecho
de que el mundo entero se ha hecho distinto de lo que debía aparecer
según las representaciones ideales de la anterior predicación
magisterial, en que los estados debían ser dóciles servidores
del mensaje eclesiástico... (p. 331).
El culto cristiano debería ser una Buena Noticia. El culto cristiano
más auténtico es la caridad
IX-9
El culto cristiano es por su esencia predicación de la buena nueva
de Dios a la comunidad, lenguaje comunitario de la Iglesia a Dios, que se
mezcla por lo demás con la predicación. La proclamación
de lo que Cristo hizo por nosotros en el cenáculo, es a la vez alabanza
de Dios que quiso tratarnos así por Cristo; es memoria de los hechos
saludables de Dios, por la que nos introducimos en lo acontecido, pero que,
como memoria que nosotros celebramos es, a la par, un grito a Dios para que
acabe lo entonces comenzado (p. 339: [ver en esta página y la anterior
las respuestas a los argumentos de quienes pretenden volver al latín
en la liturgia]). La liturgia no tiene por fin llenarnos, entre temor y temblor,
del sentimiento de lo santo, sino la de enfrentarnos con la espada tajante
de la palabra de Dios: no tiene por fin procurarnos un marco bello y festivo
para el recogimiento callado y la meditación, sino introducirnos en
le "Nosotros" de hijos de Dios y, con ello, en la kenosis de Dios
que descendió hasta lo ordinario... (p. 341). El mero arcaísmo
no sirve para nada, y la mera modernización menos todavía (p.
343). El soportarse mutuamente de que habla Pablo, la anchura de la caridad
de que habla Agustín, son los únicos medios que pueden crear
el espacio en que el culto cristiano madure en verdadera renovación.
Porque el culto divino más auténtico de la cristiandad es la
caridad (p. 346).
Todos los buenos, aunque no sean católicos, se salvan
IX-10
Para el cristiano de hoy se ha hecho algo inconcebible que el cristianismo,
más exactamente la Iglesia católica, sea el único camino
de salvación; con ello se ha hecho problemático, desde dentro,
el absolutismo de la Iglesia.... Hoy en día, un nuevo concepto de humanidad
nos prohibe sencillamente mantener tales ideas. No podemos creer que el hombre
que está a nuestro lado y es un magnífico ejemplar de abnegación
y bondad, ha de ir al infierno por no ser un católico practicante.
La idea de que todos los hombres "buenos" se salvan es hoy tan evidente
para el cristiano normal como lo fuera antaño la creencia contraria
(p. 367).
Inclusivismo cristológico de la salvación
IX-11
Sólo hay un camino de salvación, el camino que pasa por Cristo.
Pero este camino tiene de antemano un radio doble. Alcanza "al mundo",
"a los muchos" (es decir, a todos): pero al mismo tiempo se dice
que su lugar propio es la Iglesia.... Pero Dios no divide a la humanidad en
pocos y muchos para arrojar a éstos en la fosa de la perdición
y salvar a aquellos, ni tampoco para salvar a los muchos fácilmente
y a los pocos con muchos requisitos, sino que utiliza a los pocos casi como
el punto de apoyo de Arquímedes con el que puede sacar de quicio a
los muchos, como palanca con que atraerlos a sí... La salvación
del hombre consiste en ser amado por Dios, mas para el amor no hay ningún
título jurídico, ni se apoya tampoco en las excelencias morales
o de cualquier tipo. El amor es esencialmente un acto libre; de lo contrario
no es amor... En realidad ninguna moralidad, por subida que fuere, puede transformar
la libre respuesta del amor en un título jurídico (pp. 368-69).
La antítesis de Iglesia y no iglesia no significa una coexistencia
ni una contraposición, sino una referencia mutua en que cada parte
posee su función. A los pocos que constituyen la Iglesia se les ha
encomendado, en prosecución de la misión de Cristo, la representación
de los muchos, y la salvación de unos y otros acontece únicamente
en su mutua coordinación y en su común subordinación
bajo la gran representación de Jesucristo que los abarca a todos (p.
370).
"¿Qué debe propiamente tener un hombre para ser cristiano?..."
IX-12
La primera respuesta dice: el que tiene la caridad lo tiene todo. Eso basta
de manera completa, simple y absoluta.... El "sacramento del hermano"
aparece aquí como el único camino suficiente de salvación,
el prójimo como la "incógnita de Dios", en que se
decide el destino de cada uno. Lo que salva no es que uno conozca el nombre
del Señor (Mt 7,21); lo que se le pide es que trate humanamente al
Dios que se esconde en el hombre.... Pero... nadie tiene realmente la caridad
(cf. Rom 3,23). Todo nuestro amor está una y otra vez corroído
y deformado por el egoísmo.... Aquí viene la segunda respuesta
del Nuevo Testamento que dice: por derecho todos estamos condenados; pero
Cristo cubre con el superávit de su amor representativo el déficit
de nuestra vida. Sólo una cosa es menester: que abramos las manos y
aceptemos el regalo de su misericordia. Este movimiento de abrirse para recibir
el regalo del amor representativo del Señor lo llama Pablo "fe"...
Pero también resulta claro precisamente en esta descripción
que puede haber algo así como una "fe antes de la fe".....
Es lo contrario de aquella actitud que los antiguos llamaban hybris, la negación
de la propia complacencia y de la justicia a fuerza de brazos, la sencillez
de corazón que podemos encontrar en la Biblia bajo el nombre de "pobreza
de espíritu"..... El Nuevo Testamento dice a la par que "la
caridad por sí sola basta" y que "sólo la fe basta".
Pero ambas afirmaciones juntas expresan una actitud de salir de sí
mismo, en que el hombre comienza a dejar a las espaldas su egoísmo
y avanza en dirección al otro. Por eso, el hermano, el prójimo,
es el verdadero campo de prueba de esta disposición de espíritu;
en su "tú" viene al hombre de incógnito el "tú"
de Dios..... Ni el sistema ni la observancia de un sistema salvan al hombre;
sólo lo salva lo que está por encima de todos los sistemas y
lo que representa la apertura de todos los sistemas: el amor y la fe que son
el verdadero término del egoísmo y de la hybris autodestructora.
Las religiones ayudan a alcanzar la salvación en la medida que impiden
esta disposición de espíritu en el hombre. Si las religiones
o los sistemas ideológicos existentes como tales salvaran al hombre,
si fueran su camino de salvación, la humanidad quedaría eternamente
prisionera en sus particularismos. La fe en Cristo significa, por el contrario,
la persuasión que hay un llamamiento para superar esos particularismos
y que sólo así, al acercarse a la unidad de Dios, alcanza la
historia su cumplimiento (pgs. 391-94).
No se es cristiano para sí mismo, sino para los otros
IX-13
La orientación existencial de Jesús, su verdadera esencia, se
caracteriza por el "a favor de". Si la "salvación"
consiste en hacernos como él, en tal caso debe presentarse concretamente
como participación en ese "a favor de".... No se es cristiano
para sí mismo, sino para los otros; o más bien: sólo
se es para sí mismo cuando se es para los otros... (pgs. 396-97).
La Iglesia es esencialmente un espacio abierto
IX-14
El fenómeno Iglesia se torna cada vez más minúsculo en
nuestra óptica dentro de la totalidad del cosmos. Si se entiende a
la Iglesia partiendo de lo que hemos dicho, no hay por qué maravillarse
de esta su insignificancia en el mundo, que está por lo demás
predicha de varias formas en la Escritura (cf. por ejemplo Ap 13,3.8.13ss).
Para poder ser la salvación de todo, no debe la Iglesia identificarse
aun externamente con todos... La Iglesia no lo es todo, pero existe para todos...Como
signo del amor divino, de la mutua referencia por la que se salva la historia
y vuelve a Dios, la Iglesia no puede ser círculo esotérico,
sino que es esencialmente un espacio abierto... La Iglesia es una realidad
dinámica: sólo permanece fiel a su sentido, sólo cumple
su misión si no se reserva para sí sola el mensaje de que se
le hizo merced, sino que lo transmite a la humanidad entera (pgs. 397-99).
La necesaria relación del cristianismo con las religiones del mundo
IX-15
El conocimiento de esta implicación de lo cristiano con la historia
espiritual y religiosa de la humanidad.... constituye una de las cuestiones
más apremiantes del cristianismo de nuestro tiempo y ha venido a ser
uno de los interrogantes, al parecer ineludibles, de nuestra fe: el descubrimiento
de la amplitud relativizadora de la historia que sentimos casi físicamente
en un mundo que se nos ha hecho pequeño, juntamente con el descubrimiento
de la amplitud infinita del cosmos... crea el verdadero fermento de la crisis
de fe en que nos encontramos. Así se explica que el problema de la
relación del cristianismo con las religiones universales haya venido
a ser hoy una necesidad interna para la fe. No se trata de un juego de la
curiosidad, que quisiera forjarse una teoría sobre el destino de los
otros; este destino lo decide Dios solo, que no necesita de nuestras teorías.
Si sólo de eso se tratase, toda nuestra búsqueda sería
ociosa y hasta inoportuna. Pero hoy está algo más en juego:
el sentido de nuestra propia capacidad y obligación de creer. Las religiones
del mundo se han convertido en interrogante que se la plantea al cristianismo,
que debe repensarse ante ellas en su pretensión y recibir así
de las mismas por lo menos un servicio de purificación, que ya en su
primer perfil permite barruntar cómo pueda entender también
el cristiano tales religiones en su existencia necesaria dentro de la historia
de la salvación (p. 402).
El Reino de Cristo en proceso
IX-16
El Reino de Cristo en proceso... el Reino de Cristo se realiza desde luego
en este mundo; pero no es un Reino inmanente, que como tal pudiera competir
con los otros reinos, sino la marcha de toda la humanidad que sale de su camino
hacia su eterno futuro (p. 421) La Iglesia o el pueblo de Dios, introduciendo
este Reino, no disminuye el bien temporal de ningún pueblo, antes al
contrario, al asumirlas fomenta y asume, purifica, fortalece y eleva todas
las capacidades, riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de
buenos.... El "no ser de este mundo" hace cabalmente a la Iglesia
libre frente a este mundo, el no estar ligada a una forma de este mundo le
da fuerza para dirigirse a todo el mundo, para abarcar a todo el mundo y asimilarse
todas sus fuerzas, lo que quiere decir asimilarlas al cuerpo del Señor
y así, al heredero escatológico del universo a cuyo servicio
está ella (p. 422).
La Iglesia en las iglesias
IX-17
La Iglesia que es el pueblo uno de Dios se compone de los muchos pueblos de
este mundo que siguen siendo muchos y aportan la riqueza de sus diversos dones
a la ciudad única y escatológica de Dios... la Iglesia única
se compone de muchas "iglesias" en los lugares y regiones del orbe
y una vez más, sólo la variedad de las ecclesiae que mantienen
la mutua comunión en el vínculo de la unidad, de la caridad
y de la paz, constituye la unidad cumplida de la Ecclesia catholica (p. 423).
Responsabilidad de las iglesias particulares
IX-18
La idea de pericoresis eclesiológica que acabamos de señalar...
lleva aquí a la intuición concreta de la mutua responsabilidad
de las iglesias particulares entre sí: la responsabilidad por los miembros
no es asumida únicamente por la cabeza (con la que en este caso se
significa al papa y a la iglesia principal de Roma), sino también por
los miembros mismos, es decir, que las iglesias particulares asumen la responsabilidad
de unas para con otras... (p. 424)
Sentido del sacerdocio cristiano
IX-19
Lo sorprendente de este texto [NB: del Vaticano II sobre los presbíteros]
es que no entiende el ministerio sacerdotal partiendo primariamente del sacrificio,
sino de la idea de congregación del pueblo de Dios, que se realiza
ante todo por el servicio de la palabra (p. 433).
Fraternidad especial con las iglesias protestantes
II-2
Si del plano dogmático pasamos al de las relaciones humanas en concreto,
hemos de decir, de acuerdo con lo anterior, que la comunidad de hermanos la
forman inmediatamente aquellos que comulgan en una misma fe". En tal
caso, los separados de esta comunión -los protestantes en concreto-
no forman parte de la comunidad. Ellos tienen su propia comunidad, la de su
Iglesia. En esto consiste precisamente la separación de Iglesias, en
que los unos no viven en comunión con los otros, estando, por tanto,
cortada la participación en la fraternidad de la Iglesia que por voluntad
del Señor no debería ser más que una. Ahora bien, si
la comunidad en sentido estricto sólo la constituyen los fieles de
una sola Iglesia, por lo menos debería exigirse que ambas comunidades
-la católica y la evangélica- se entendiesen como "hermanas
en el Señor". Esta es una idea que no se da en la Escritura ni
en los Padres (pues, como se dijo, aquí sólo se concibe la fraternidad
de las comunidades católicas); pero que, en virtud de la nueva situación
de una cristiandad dividida, parece no carecer de fundamento. Ambas comunidades,
como depositarias de la fe en medio de un mundo descreído, pueden y
deben entenderse realmente como hermanas, y de esta forma también.
los fieles de ambas partes pueden considerarse como hermanos entre sí
en un sentido distinto del de los que no son cristianos”. (118)
Eclesialidad básica entre todos los cristianos
II-1
Pero, entonces, ¿qué relaciones tienen estos cristianos entre
sí? ¿Es el cristiano no católico para el católico
el otro hermano, tan sólo en el sentido en que también lo es
el no bautizado, o posee una forma superior de unión con el Señor
en virtud del bautismo y de la fe? (113-114)
Tal actitud parece que no es en modo alguno la que caracteriza la actual situación
espiritual de los cristianos protestantes. En el curso de su ya secular historia,
el protestantismo se ha convertido en un factor importante de verificación
de la fe cristiana, factor que en la difusión del mensaje evangélico
ha desempeñado una función positiva. (114)
Así un acontecimiento, que en un principio pudo con razón ser
condenado como herejía, ciertamente en lo sucesivo nunca llega a convertirse
en verdad, pero, sin embargo, puede ir desarrollando lentamente una eclesiasticidad
positiva, en que el individuo halle su iglesia propia en la que viva como
"creyente" y no como "hereje".(115)
Aquí topamos con una categoría eclesiológica fundamental,
cuya significación comienza lentamente a verse clara: la de la "re-presentación".
Así como la esencia de los sacramentos consiste en manifestar mediante
signos sensibles el misterio oculto de Dios, en proclamar ante la faz del
mundo la participación de Dios en el drama de la historia y en anunciar
en el reino de las cosas visibles al invisible, mostrando el camino hacia
Él, así sucede también respecto del gran sacramento que
es la Iglesia.
La Iglesia es el signo de Dios en el mundo, y su misión, representar
visible y públicamente la voluntad salvífica de Dios ante los
ojos de la historia. Si bien la Iglesia sirve a la difusión de la gracia,
no por esto debe ser confundida con ella; pues una cosa es la representación
simbólica ante la historia del nuevo orden de la gracia, y otra el
estado de gracia, o la privación de ella, en los individuos, cosas
que afectan a la interioridad del corazón humano y que nadie conoce
sino sólo Dios. Existe gracia fuera de los sacramentos y fuera de la
Iglesia visible. El diálogo de Dios con el hombre se verifica en libertad.
Con todo, no es indiferente el número de iglesias o de sacramentos,
pues no existe más que un signo de Dios, en que su misterio se hace
ostensible al mundo.(118)
Dos cosas no podrá hacer el Concilio: suprimir el carácter humano
de la iglesia y producir la completa unidad de los cristianos
IV-1
No obstante todas las esperanzas que el Concilio tenga el derecho de inspirar,
naturalmente también debe quedar bien claro lo que el Concilio seguramente
no podrá hacer. Dos cosas hay que enumerar:
1) El Concilio no puede y de ningún modo debe suprimir el carácter
humano de la Iglesia; también después del Concilio ella seguirá
teniendo la necesidad de renovación. Y seguirá teniéndola
siempre hasta la vuelta del Señor. El Concilio, cuyos testigos somos
nosotros, tiene, y no en último término, el significado de ser
una confesión de esta continua necesidad de renovación de la
Iglesia y de rogar al Señor, en esta nuestra hora histórica,
por tal renovación, tendiéndole para este fin la mano abierta.
(57)
2)El Concilio todavía no podrá producir la unión completa
de la cristiandad, pero sí podrá hacer saber nuevamente cuánto
ya se tiene en común y cuánto estamos, en el fondo, ya unidos,
si tan solo nos tomamos el trabajo de verlo y, en lugar de contemplar las
tumbas que nos separan, prestar atención a lo mucho que nos une (9).
Aquí también tendrá efecto la decisión fundamental
del Concilio: guiarse por el sí, lo afirmativo en lugar del anti, lo
negativo, y así vivir de nuevo el peso de esa unidad fundamental que
ininterrumpida ha de substituir y, en la unión concreta de los cristianos,
dejarle esa importancia que ella tiene verdaderamente y que no será
superada por ninguna separación. Por supuesto, con esto el Concilio
va más allá de sus límites, porque semejante manera de
realización cristiana seguirá siendo una tarea que ciertamente
fue formulada por el Concilio, pero podrá ser hecha realidad solo por
cada uno de los cristianos mediante la paciencia y el penoso esfuerzo de todos
los días. (58-59)
Nota 9: Recientemente fue expuesto encarecidamente este punto de vista por
Th. Sartory, Mut zur Katholizitaet (Salzburg 1962).
La Iglesia vive esencialmente de la fe de quienes son de corazón sencillo
V-2
En última instancia, sea en tiempos tristes sea en épocas grandes,
la Iglesia vive esencialmente de la fe de quienes son de sencillo corazón,
tal como Israel vivía en virtud de ellos durante los tiempos en que
el legalismo de los fariseos y el liberalismo de los saduceos desfiguraban
la faz del pueblo elegido. Israel siguió viviendo en los que tenían
el corazón sencillo. Fueron ellos quienes transmitieron la antorcha
de la esperanza al Nuevo Testamento y sus nombres son los últimos del
antiguo pueblo de Dios, a la vez que los primeros del nuevo: Zacarías,
Isabel, José, María. La fe de aquellos que son de corazón
sencillo es el más precioso tesoro de la Iglesia; servirle y vivido
en sí mismo, es la tarea suprema de toda reforma de la Iglesia”.
(121)
El balance del Concilio debe de estar en manos de los renovadores, no de los
adversarios a toda innovación
V-1
Para hacer un balance del Concilio sería menester escribir un libro
aparte, por no mencionar que el intentarlo parecería un tanto prematuro.
Tal balance debería discurrir sobre los resultados escritos, lo mismo
que los no escritos, del Concilio y cotejarlos con la expectación y
las esperanzas como también con los verdaderos fines, posibilidades
y tareas del Concilio y de la Iglesia en nuestro tiempo. Debería considerar,
sobre todo, que el Concilio no quiso en lo esencial más que trazar
las grandes líneas, mientras que la aplicación práctica
ha de venir en forma de "directorios", quedando, en parte, reservada
a las conferencias episcopales. (p.117)
Al decir esto no pienso tanto en que aquí y acullá (y, acaso,
no pocas veces) se confunde renovación con dilución y abaratamiento
del conjunto; que en algunos casos uno se refugia en la euforia de la creación
litúrgica eludiendo así la exigencia mucho más profunda
del culto y menoscabando y desacreditando el gran anhelo de una auténtica
reforma; que algunos parecen preguntar no tanto por la verdad cuanto por la
modernidad, a la que aparentan considerar como norma suficiente de toda acción.
Todos estos son peligros muy reales y el salirles al paso no es cosa para
dejarla en manos de los integralistas y adversarios de toda innovación,
como acertadamente observó Cullmann en la ya citada conferencia de
prensa. (p.118-119)
Creo, en efecto, cosa importante, sin perjuicio de toda la euforia por la
obra reformadora del Concilio, no pasar por alto esa cierta dosis de injusticia
ni aquel dejo de fariseísmo que tan fácilmente se infiltran
en esta actitud. Ciertamente, el Concilio nos ha hecho conscientes de hasta
qué punto la Iglesia en una nueva situación necesitaba realmente
una renovación intrínseca. Mas no por esto debe echarse al olvido
que la Iglesia en todo momento siguió siendo Iglesia y que siempre
también se pudo hallar en ella el camino del Evangelio, y de hecho
se halló. (119-120)
¿Qué aspecto tendrá la Iglesia del 2000?
X-3
Pero tras la prueba de estos desgarramientos brotará una gran fuerza
de una iglesia interiorizada y simplificada. Porque los hombres de un mundo
total y plenamente planificado, serán indeciblemente solitarios. Cuando
Dios haya desaparecido completamente para ellos, experimentarán su
total y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña
comunidad de los creyentes como algo completamente nuevo. Como una esperanza
que les sale al paso, como una respuesta que siempre han buscado en lo oculto.
Así que me parece seguro que para la iglesia vienen tiempos muy difíciles.
Su auténtica crisis aún no ha comenzado. Hay que contar con
graves sacudidas. Pero también estoy completamente seguro de que permanecerá
hasta el final: no la iglesia del culto político, que ya ha fracasado
en Gobel, sino la iglesia de la fe. Ya no será nunca más el
poder dominante en la sociedad en la medida en que lo ha sido hasta hace poco.
Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los hombres como
patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte”
(pp-75-77, del capítulo 5. Qué aspecto tendrá la Iglesia
del año 2000, pp. 67-77).
La Iglesia del futuro será pequeña, una comunidad de fe servida
por personas que mantienen su profesión civil
X-2
Demos un paso más. De la iglesia de hoy saldrá también
esta vez una iglesia que ha perdido mucho. Se hará pequeña,
deberá empezar completamente de nuevo. No podrá ya llenar muchos
de los edificios construidos en la coyuntura más propicia. Al disminuir
el número de sus adeptos, perderá muchos de sus privilegios
en la sociedad. Se habrá de presentar a sí misma, de forma mucho
más acentuada que hasta ahora, como comunidad voluntaria, a la que
sólo se llega por una decisión libre. Como comunidad pequeña,
habrá de necesitar de modo mucho más acentuado la iniciativa
de sus miembros particulares. Conocerá también, sin duda, formas
ministeriales nuevas y consagrará sacerdotes a cristianos probados
que permanezcan en su profesión: en muchas comunidades pequeñas,
por ejemplo en los grupos sociales homogéneos, la pastoral normal se
realizará de esta forma. Junto a esto, el sacerdote plenamente dedicado
al ministerio como hasta ahora, seguirá siendo indispensable. Pero
en todos estos cambios que se pueden conjeturar, la iglesia habrá de
encontrar de nuevo y con toda decisión lo que es esencial suyo, lo
que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo,
el Hijo de Dios hecho hombre, la asistencia del Espíritu que perdura
hasta el fin de los tiempos. Volverá a encontrar su auténtico
núcleo en la fe y en la plegaria y volverá a experimentar los
sacramentos como culto divino, no como problema de estructuración litúrgica.
Será una iglesia interiorizada, sin reclamar su mandato político
y coqueteando tan poco con la izquierda como con la derecha. Será una
situación difícil. Porque este proceso de" cristalización
y aclaración le costará muchas fuerzas valiosas. La empobrecerá,
la transformará en una iglesia de los pequeños. El proceso será
tanto más difícil porque habrán de suprimirse tanto la
cerrada parcialidad sectaria como la obstinación jactanciosa. Se puede
predecir que todo esto necesitará tiempo. El proceso habrá de
ser largo y penoso. Hasta llegar a la renovación del siglo XIX, también
fue muy largo el camino desde los falsos progresismos en vísperas de
la revolución francesa, en los cuales incluso para los obispos era
de buen gusto bromear sobre los dogmas y quizá hasta dar a entender
que no se había de tener de ninguna manera por segura ni siquiera la
existencia de Dios.
Profetizar una Iglesia sin Dios, sin fe, es pronunciar un discurso vacío
X-1
Y esto ¿qué significa en nuestra cuestión? Pues significa
que las grandes palabras de quienes nos profetizan una iglesia sin Dios y
sin fe, son discursos vacíos. No necesitamos una iglesia que celebre
en «oraciones» políticas el culto de la acción.
Nos es completamente superflua y perecerá con toda espontaneidad. Permanecerá
la iglesia de Cristo. La iglesia que cree en el Dios que se ha hecho hombre
y nos promete vida más allá de la muerte. Del mismo modo, el
sacerdote que sólo es un funcionario social, puede ser sustituido por
psicoterapeutas y otros especialistas. Pero el sacerdote que no es especialista,
que no se está mirando al espejo al dar asesoramiento ministerial,
sino que, a partir de Dios, se pone a disposición de los hombres, que
está a su servicio en su tristeza, en su alegría, en su esperanza
y en su angustia, éste seguirá siendo muy necesario.
La Eucaristía según el "propósito de Lutero"
VII*-1
El problema del carácter sacrificial de la eucaristía no se
encuentra actualmente en el primer plano del diálogo teológico
interconfesional; perteneció, en cambio, al número de aquellas
divergencias más importantes que, en el siglo de la Reforma, marcaron
su impronta en la división de la Iglesia comunicándole su hondura
espiritual y teológica. Es en este punto donde adquiere toda su concreción
y toda su fuerza el problema de la justificación, en el que Lutero,
basándose en su experiencia inédita, centraba la esencia de
la fe cristiana mientras se veía forzado a considerar la forma católica
de la fe como una desviación de su verdadero centro. Mientras el debate
se mantenga en el plano de la discusión en tomo a la fe y las obras,
el sentido de la cuestión resulta difícilmente comprensible
para el cristiano ordinario, que tiene que vivir de la fe de todos modos,
es decir, que sólo puede realizar en la fe la llamada de Dios, y que
además tiene que realizada en la misma fe. En cambio, es en el plano
concreto en el que se decide la forma de adoración cristiana donde
alcanzan las realidades su comprensión inmediata. Para Lutero, la misa
-es decir, la eucaristía entendida como sacrificio- constituye una
idolatría, una abominación, porque supone una reincidencia en
la estructura sacrificial pagana anterior al cristianismo. Para los católicos,
la misa es la forma cristiana de glorificar a Dios por medio de Cristo en
la Iglesia.
De hecho, para Lutero, la discusión en tomo a la misa constituye una
aplicación práctica del problema fundamental de la justificación.
Lutero ve en la misa la perversión de la esencia auténtica de
la fe cristiana, destruyendo al cristianismo en su mismo centro e invirtiendo
su propio ser. De este modo, encuentra aquí su expresión definitiva
el esfuerzo por lograr aquella inteligencia básica de la fe en torno
a la cual gira siempre su teología. En última instancia, para
Lutero sólo existen dos formas fundamentales de relación con
Dios: el camino de la ley y el camino de la fe. El camino de la ley supone
que el hombre pretende reconciliarse con Dios por propia iniciativa, ofreciéndole
sus obras y sus méritos, con lo cual hace lo suficiente (satis-facit)
y busca procurarse la salvación. Por el contrario, el acontecimiento
de Cristo anunciado por el Nuevo Testamento significa que Dios pone fin a
todos estos intentos, en definitiva funestos, al regalamos por su propia iniciativa
divina la salvación a través de Cristo; salvación que
el hombre no podría jamás merecer por sus propias obras y sacrificios.
De este modo, la orientación de la fe sigue una dirección contraria
a la de la ley: consiste en recibir la benevolencia divina, no en ofrecer
los propios dones. El culto cristiano ha de ser, por tanto, esencialmente
un mero recibir, no un dar; es una aceptación agradecida de la suficiente
acción salvífica de Dios realizada de una vez para siempre en
Jesucristo. Esto significa, a su vez, que el culto cristiano no sólo
fue adulterado en su naturaleza, sino pervertido, hasta hacer de él
lo contrario de lo que debía ser al introducirse la oblación
en lugar de la acción de gracias. Así, la ley ocupa el lugar
de la gracia, es negada la acción salvadora de Jesucristo y el hombre
cae nuevamente en la tentación de redimirse a sí mismo por sus
propias obras y merecimientos. Desde esta perspectiva hay que comprender la
tentativa de Lutero, que veía en la idea del sacrificio eucarístico
la negación de la gracia, la rebeldía del hombre autónomo,
la caída desde el plano de la fe al plano de la ley; aquello contra
lo que Pablo luchó con todas sus fuerzas(1).
No es posible ignorar el peso teológico de estas reflexiones, sobre
todo habida cuenta de que sería posible deducir consecuencias parecidas,
aun prescindiendo de Lutero, si partimos del mismo Nuevo Testamento, sobre
todo de la epístola a los Hebreos. En ella se acentúa claramente
la unicidad irrepetible del sacerdocio y del sacrificio de Jesucristo contraponiéndolos
a los sacrificios incesantemente repetidos del Antiguo Testamento. Por ello
una teología del sacrificio de la misa no puede pasar por alto, de
un modo superficial, estos problemas. Por lo demás, no es una solución
desplazar tímidamente la cuestión hacia un segundo plano, limitándose
a destacar el carácter de banquete propio de la eucaristía.
El silenciar los problemas no contribuye en nada al avance de la teología
ni ayuda a la plena realización existencial de la fe. ¿Qué
podremos hacer entonces? No es fácil, ciertamente, hallar una respuesta,
y será necesario todavía realizar un esfuerzo en el terreno
de una sincera discusión con objeto de aproximamos por ambas partes
un poco más a la solución auténtica. Creo que el camino
hacia la solución está en comenzar adquiriendo conciencia de
que la polémica apasionada de Lutero -cuyo contenido he intentado presentar
de un modo esquemático- contiene no sólo elementos negativos,
sino también decisiones positivas. Estas últimas podrían
formularse en las siguientes proposiciones:
a) La acción salvadora de Cristo constituye un sacrificio suficiente,
realizado de una vez para siempre. En él, Dios nos ofrece a nosotros
-en contraposición a la inutilidad de nuestro culto- la verdadera víctima
propiciatoria: esta gran idea.central de la epístola a los Hebreos
es la base de la tesis de Lutero.
b) El culto cristiano no puede, por tanto, consistir en el ofrecimiento de
los propios dones, sino que, por su propia esencia, es la aceptación
de la obra salvífica de Cristo que nos fue dispensada una vez. Es,
pues, acción de gracias: eucaristía.
Ahora podemos afirmar, sin caer en una falsa apologética, que en estas
dos tesis, rectamente consideradas, se encierra un doble punto de partida
para llegar a un concepto de sacrificio auténticamente cristiano y
para una inteligencia de la eucaristía como sacrificio que sea teológicamente
legítima y que se apoye en la realidad de la fe neotestamentaria.
a) Queda excluida en absoluto la idea de la misa como un sacrificio autónomo
e independiente. Pero entonces se impone con mayor insistencia el pensamiento
de si la eucaristía, por ser aplicación del don de Cristo a
los suyos, no debería implicar de algún modo una presencia de
este don, una presencia de la acción salvífica de Jesucristo.
Precisamente la teología de Lutero, que tanto destaca el «para
mí» como contenido de la fe, que no reduce la acción salvífica
a un mero «en sí» propio de la historia ya pasada, sino
que la considera en su relación conmigo, como imputada y sólo
entonces como realidad que ha adquirido su sentido, ¿no debería
sentirse impresionada por esta afirmación? Lutero dice, en efecto:
« ... mientras no me sea imputado es como si no hubiese sucedido para
mí... Pues sólo entonces es derramada para mí, cuando
me es imputada...»(2). Aquí se perfila muy claramente la idea
de que aquello que sucedió una vez «en sí» se hace
presente «para mí» en la celebración sacramental.
El acto de recibirlo no se refiere a algo que es absolutamente pasado, sino
que lo pasado es recibido como un regalo presente.
b) A partir de lo dicho se impone la idea de que la recepción, unida
a la acción de gracias, constituye la estructura cristiana del sacrificio
en cuanto éste significa la presencia del sacrificio de Cristo y nuestra
consumación por él. De hecho, Melanchton había iniciado
los primeros pasos hacia esta concepción, pero luego se retrajo de
tal manera, a causa de la polémica, que Trento no encontró en
sus afirmaciones ningún principio válido para una formulación
suficiente del carácter sacrificial de la misa(3). Al llegar a este
punto interrumpiremos nuestras reflexiones con objeto de estudiar directamente
el testimonio de la Sagrada Escritura.
Notas:
1 No es posible citar aquí en detalle la copiosa bibliografía
acerca de Lutero. Cf. una presentación sintética del problema
en R. Seeberg, Lehrbuch der Dogmengeschichte) IV /1, Darmstadt, 51953,396-407,
sobre todo 405ss; P. Althaus, Die Theologie Martin Luthers, Gütersloh,
1962. La reciente investigación de H. Meyer, Luther und die Messe,
Paderborn, 1965, se centra únicamente en la historia de la liturgia.
Acerca de la actual situación del diálogo teológico interconfesional
en torno al carácter sacrificial de la eucaristía, cf. P. Meinhold-E.
Iserloh, Abendmahl und Opfer, Stuttgart, 1960, y sobre todo el trabajo de
W. Averbeck, Der Opfercharakter des Abendmahls in der neuer evangelischen
Theologie, Paderborn, 1966. Además, por parte católica, cf.
W. Breuning, Die Eucharistie in Dogma und Kerygma: «Trierer Theol. Zeitschr.»,
74 (1965), 129-150; por parte protestante, G. Voigt, Christus sacerdos: «Theol.
Literat. Zeit.», 90 (1965), 482-490. A todo ello añadiremos el
bello trabajo de M. Thurian, al que haremos referencia en la nota 9.
2 WA 18,205; cf. R. Seeberg, op. cit., 404; Meinhold-Iserloh, op. cit., 53.
3 Apología de la Confesión de Augsburgo, XXIV, 19, en Die Bekenntnisschriften
der evangel.-lutherischen Kirche, Gotinga, 1952, 354. Convendría hacer
una comparación, respecto a nuestro problema, con todo el artículo
XXIV, «acerca de la misa». Sobre la recusación, por parte
del Tridentino, de la idea de un mero sacrificio de acción de gracias,
cf. DS 1753.
La Eucaristía según el Nuevo Testamento
VII*-2
a) Los textos
Toda teología de la Cena eucarística encuentra su norma inmutable
en las palabras de la institución pronunciadas por el Señor,
que deberán ser siempre el centro de toda afirmación y de todo
pensamiento en torno a este problema. Su riqueza inagotable ha ofrecido tema
suficiente para innumerables monografías científicas; por ello
creemos oportuno valorar aquí, en pocas líneas, estos textos
en relación con nuestro problema. Sin embargo, en este artículo
hemos de limitarnos a presuponer todo ese trabajo exegético más
amplio, que requeriría un estudio más profundo. Intentaremos
reducirnos a su último estadio, recogiendo de una forma sintética
el núcleo principal de aquello que nos importa para la problemática
de la cena eucarística y el sacrificio(4).
Partimos del hecho siguiente: las cuatro narraciones de la Cena que nos han
sido transmitidas por el Nuevo Testamento (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,15-20;
1 Cor 11,23-26) se dividen en dos tipos, uno de los cuales está representado
por Mateo y Marcos y el otro por Lucas y Pablo. Las diferencias principales
entre estas dos formas de la tradición consisten, por una parte, en
la omisión del mandato de la anamnesis -en Mateo y Marcos-, y por otra,
en la distinta fórmula del cáliz. En Mateo y Marcos la fórmula
dice: «Esto es mi sangre de la alianza», mientras que en Lucas
y Pablo reza: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre.»
Si se analizan estas dos fórmulas se podrán constatar dos diferencias
fundamentales por las que, a pesar de su extremo parecido, se distinguen claramente.
En uno de los casos (Mateo y Marcos) el don es designado in recto como «sangre»;
en el otro, el don como tal es «la alianza» (Lucas y Pablo). A
ello hay que añadir que en Mateo-Marcos se habla de «alianza»
sin más, mientras que en el tipo paulino se hace mención de
la «nueva alianza».
b) La tendencia de Marcos: teología sacrificial veterotestamentaria
La auténtica profundidad de estas distinciones -que, a primera vista,
se presentan como una mera diferencia de formulación- aparece si tenemos
en cuenta que ambos grupos de textos pretenden expresar de esta manera una
concepción veterotestamentaria distinta en cada caso, ofreciéndonos
-por así decirlo- una teología neotestamentaria (diversa en
cada uno de los tipos) del Antiguo Testamento. La extraordinaria riqueza de
las palabras de la institución se basa en el hecho de que conservan
amplias resonancias de la tradición veterotestamentaria de tal modo
que, junto con el acorde que pulsan, evocan simultáneamente en la memoria
toda una sinfonía colocándola bajo un nuevo signo que le ha
dado antes su configuración definitiva. Detrás de la expresión
«sangre de la alianza» tomada de Ex 24,8 se encuentra toda la
teología de la alianza del Exodo, y con ella también la teología
del sacrificio, la idea del culto en los libros de Moisés. La contraposición
«cuerpo» y «sangre» que se contiene en esta redacción
de las palabras de la Cena responde a la terminología sacrificial del
Antiguo Testamento. El verdadero centro de la Torah, la idea de la alianza
y su realización cúltica, desembocan así en las palabras
de la institución, recibiendo de ellas un nuevo sentido. La Cena se
presenta en paralelismo con el acontecimiento de la alianza en el Sinaí
y con su confirmación en el culto que, desde aquel momento, acompaña
toda la historia de Israel; si bien ahora con un nuevo sentido: el nuevo Moisés
-Jesús es quien ofrece al mismo tiempo la sangre del pacto en esta
nueva liturgia de la alianza. No es preciso que nos detengamos aquí
a reflexionar sobre las amplias perspectivas que resultan del paralelismo
entre el acontecimiento del Sinaí y la Ultima Cena, la cual aparece
así como la conclusión de la alianza, y por ello, como la fundación
del pueblo de Dios. Lo que ahora nos interesa es el hecho de que, a través
del concepto «sangre de la alianza» entra necesariamente en el
acontecimiento eucarístico la idea de sacrificio: la liturgia de la
vida y la muerte de Jesucristo es interpretada como sacrificio de la alianza
que, recogiendo el dinamismo iniciado por Moisés, lo sitúa en
un plano superior y lo conduce a su auténtico sentido.
c) El tipo paulino: crítica del culto por los profetas
Una atmósfera totalmente distinta nos rodea cuando dirigimos nuestra
atención al trasfondo veterotestamentario que sirve de base a las palabras
de la institución tal como aparecen en Pablo. Si hemos podido constatar
que las raíces veterotestamentarias del texto de Mateo-Marcos se encuentran
en la Torah, es decir, en los libros de la Ley, Lucas y Pablo enlazan con
la otra gran corriente de la tradición del Antiguo Testamento: la teología
de los profetas. La expresión «nueva alianza» nos recuerda
sobre todo la promesa contenida en Jeremías: «Vienen días,
palabra del Señor, en que yo haré una alianza nueva con la casa
de Israel y la casa de Judá; no como la alianza que hice con sus padres...
Yo pondré mi ley en ellos y la escribiré en su corazón...»
(Jr 31,31ss). Detrás de esta promesa está toda la teología
profética de la alianza y su discrepancia de la concepción sacerdotal
de la alianza tal como se refleja en la Torah. Si para la Torah la alianza
y el culto constituyen una unidad -el concepto de alianza es concebido de
un modo cúltico y viceversa-, la teología de la alianza en los
profetas se basa en una crítica enérgica e inaudita que pone
en cuestión por principio la autosuficiencia de las funciones cúlticas:
«Prefiero la misericordia al sacrificio» (Os 6,6; cf. 1 Sm 15,22;
y también Mt 9,13). El verdadero culto está constituido por
una vida que nace de la fe en Yahvé y por el amor a los hermanos, sin
lo cual el culto exterior se convierte en una farsa vacía y repulsiva
(cf. Sal 40 [39],7ss; 50 [49],8ss; 51 [50],18s; Is 1,11ss; Jr 6,20; 7,22s).
Con la fórmula «nueva alianza», en la que la palabra de
Dios deberá ser cumplida y no utilizada para una ostentación
hueca e indiferente, vuelve a hacerse oír toda esta línea de
pensamiento veterotestamentario; la enérgica antítesis que se
opone a la teología cúltica de la Torah se incorpora a las palabras
de la institución dejando aparecer su sentido en una luz totalmente
nueva: la Cena del Señor se presenta ahora como la culminación
de esta línea espiritual, así como antes había sido interpretada
como la plenitud de la Ley. Aparece como la superación del culto y
de las instituciones sacrificiales a través de aquel que no ofrece
toros y machos cabríos, sino que se ofrece a sí mismo: «No
deseas tú el sacrificio y la ofrenda, pero me has dado oído
abierto» (Sal 40 [39],7), o según la cita de la epístola
a los Hebreos: «No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado
un cuerpo...» (10,5). En lugar del sacrificio de las cosas aparece la
oblación de la misma persona de Jesucristo. La crítica del culto
ha alcanzado su meta; el templo resulta ya inútil.
d) El centro común: la idea de la sustitución
¿Significa todo esto que entre el aspecto cúltico de Mateo-Marcos
y el profético de Lucas-Pablo se abre un abismo infranqueable? La respuesta
nos viene dada en una nueva proyección de la teología veterotestamentaria
que es común a los cuatro textos, aunque su configuración sea
distinta en cada uno. Según Mateo-Marcos, la sangre de la alianza será
derramada «por muchos». Lucas actualiza esta universalidad -ilimitada
en principio-, que se halla contenida en el concepto veterotestamentario de
los muchos, refiriéndola a la asamblea cúltica presente. Y así,
partiendo de la certeza contenida en aquella universalidad, dice refiriéndose
concretamente a la comunidad: «por vosotros». Esto no significa,
como acabamos de decir, la negación de la universalidad, sino su aplicación
práctica hic et nunc. Pablo conserva el ««por vosotros»»
en relación con la fórmula del pan (cosa que también
sucede en Lucas, quien la repite dos veces), mientras que lo omite en la fórmula
del cáliz. Esta expresión del servicio «por muchos»
introduce en las palabras de la Cena los sentimientos más íntimos
de los cantos del Siervo de Yahvé, del Déutero-Isaías.
Del Siervo de Yahvé se afirma que llevará los pecados de muchos
(53,12), librándolos así de la culpa (53,11). La idea del siervo
de Yahvé que se presenta de este modo en la teología de la Cena
eucarística se encuentra íntimamente vinculada en Isaías
a la noción de alianza (Is 42,6; 49,8). El concepto de alianza en los
profetas adquiere por esta vinculación una mayor profundidad: la alianza
futura no aparece ahora basada sobre una mera interiorización de la
Ley, sino sobre el amor -dentro de una sustitución vicaria- de aquel
que actúa por todos. La idea del «por» comunica al mensaje
profético un nuevo centro que adquirirá su dimensión
más honda en los cantos del Siervo de Yahvé. Demos un paso más
para preguntarnos por la conexión existente entre este conjunto de
cosas y la duplicidad de culto y crítica del culto a que ya hemos aludido.
Entonces podremos constatar que la figura del Siervo de Yahvé es expresión
de una teología que nace en Israel en la época del exilio, cuando
el pueblo carecía de templo y de culto. En este período, en
el que parece que Dios ha abandonado a su pueblo, en el que el culto se ha
extinguido y por ello es superflua la crítica del mismo, comienza a
madurar la idea de que Israel en cuanto tal, en su destierro, en su destino
de pueblo maltrecho y expulsado, representa el sacrificio de la humanidad
ante la presencia de Dios. Es la historia de la pasión del propio pueblo,
y no un rito cualquiera, lo que constituye el culto y el sacrificio ante Dios.
Israel aprende así a conocer una forma de sacrificio nueva y más
profunda que la que tenía lugar en el templo: el martirio, que representa
la superación del sacrificio ritual sustituido por la oblación
que el hombre hace de sí mismo(5). H. Schürmann ha hecho notar
que las fórmulas «dar su cuerpo», «dar su alma»
son términos técnicos para expresar la muerte del mártir.
«En este caso, pues, Jesús caracteriza probablemente su muerte
próxima como la muerte de un mártir»(6). Jesús
se sirve de la idea del Siervo de Yahvé, y explica desde esta idea
el sentido de su vida y de su muerte, dando así al concepto del culto
su sentido definitivo. El se caracteriza a sí mismo como el Siervo
de Yahvé en el que se compendia y se manifiesta definitivamente aquel
destino. Pero esto significa que todas las teorías rituales del sacrificio
han sido superadas y que la nueva alianza es realizada y sellada por un sacrificio
verdaderamente nuevo: se hace patente que Jesús, el hombre que hace
la oblación de sí mismo, representa el verdadero culto y la
auténtica glorificación de Dios. En la confesión de este
único culto, que no consiste en ritos, sino en la total oblación
de aquel que se ha entregado al Padre por los hombres, convienen las cuatro
perícopas de la institución. La idea del Siervo de Yahvé
es el centro unificador que concilia ambas cosas, la Ley y los Profetas. Con
Johannes Betz podemos afirmar, resumiendo, que la oblación de Jesús
no ha de ser «considerada primariamente en el sentido técnico
de culto sacrificial..., sino como martirio, como oblación total de
la persona»(7).
De este modo llegamos al verdadero núcleo central del concepto sacrificial
neotestamentario que se oculta tras las palabras de la institución.
En este concepto, la Ley y los Profetas, el culto y la crítica del
mismo, han alcanzado simultáneamente su objetivo, han sido «cumplidos».
Es nuevamente la epístola a los Hebreos la que del modo más
profundo elabora y desarrolla teológicamente la magnífica síntesis
conseguida, en este caso no partiendo de conceptos, sino de la realidad de
la pasión de Jesús. En el testimonio de la vida y la muerte
de Jesús se ha recogido la tendencia del culto veterotestamentario
que -como todo culto- descansa sobre la idea de sustitución: el sacrificio
humano es declarado indigno e inadecuado ante Dios, y por ello excluido; entonces
el hombre se hace representar por dones, pero reconociendo siempre que ninguna
cosa hay que baste para sustituirle, que por muchos sacrificios solemnes de
animales y frutos que ofrezca éstos siempre serán considerados
insuficientes. El hombre no puede rescatarse a sí mismo (cf. Mc 8,37
y paralelos). De este modo parece insoluble la situación del hombre,
que no puede entregarse a sí mismo ni puede tampoco encontrar algo
que le sustituya. El culto en su conjunto se presenta como algo inútil.
En el hombre Jesús -que se coloca a sí mismo en el platillo
de la balanza- ha llegado a su cumplimiento el sentido del culto, siendo suprimido
al mismo tiempo el culto anterior: él mismo es el culto, y en esta
concepción, la Cena es un sacrificio que nosotros recibimos agradecidos,
que en nuestro recuerdo aparece verdaderamente entre nosotros.
Notas
4 De toda la abundantísima bibliografía sólo citaremos
aquí a J. Jeremias, Die Abendmahlsworte Jesu, Gotinga, 1960; P. Neuenzeit,
Das Herrenmahl, Munich, 1960; J. Betz, Die Eucharistie in der Zeit der griechischen
Vater, 11/1, Friburgo, 1961; H. Schürmann, Der Abendmahlsbericht Lukas
22,7-38, Leipzig, 1960 (recopilación de otros trabajos más extensos
del autor); F. Leenhardt, Le sacrement de la Sainte Cene, Neuchâtel-París,
1948; P. Benoit, Le récit de la cene dans Luc XXII, 15-20: «Rev.
bibl.», 48 (1939).
5 Cf. J. Ratzinger, art. Stellvertretung, en H. Fries, Handbuch der theologischen
Grundbegriffe, II, Munich, 1963,566-575 (hay traducción española
bajo el título Conceptos fundamentales de la teología, Madrid,
Ediciones Cristiandad, 1966).
6 H. Schürmann, op. cit., supra nota 4, 35.
7. Ibid., 40.
VII*-3
e) La Eucaristía y el problema de la representación
Con esto se inicia un último paso: el problema de la presencia como
característica de la Cena. Habremos de contentarnos aquí con
una ligera alusión. Esta cuestión ha sido tocada también
en las mismas palabras bíblicas de la institución: en el mandato
«haced esto en memoria mía» (Lc 22,19; 1 Cor 11, 24.25.26).
H. Lietzmann creyó en un principio haber encontrado en estas palabras
la clave del origen helenístico de la Cena sacramental; partiendo de
dichas palabras, juzgaba poder demostrar que la Cena era una institución
paulina en conexión con los banquetes helenísticos conmemorativos
de los difuntos(8). Hoy es para nosotros evidente -sobre todo por las investigaciones
de J. Jeremias, reelaboradas totalmente por M. Thurian- que tenemos que habérnoslas,
en este caso, con un tema fundamental de la teología veterotestamentaria(9).
La «memoria» es una categoría esencial de la institución
sacrificial del Antiguo Testamento; este concepto vincula nuevamente la Cena
a aquellas realidades espirituales a las que nos hemos referido anteriormente,
esclareciéndolas aún más. La «memoria» es
sobre todo (e independientemente de lo dicho) una categoría de actualización:
cuando Israel recuerda la historia de salvación, la recibe como presente,
entra en esa historia y se hace partícipe de su realidad. Podría
llegar a afirmarse que la diferencia decisiva entre el culto de Israel y el
de los demás pueblos en torno suyo está constituida por la noción
del recuerdo y por la subordinación de todo el culto bajo la idea de
«memoria»: mientras el culto de los pueblos limítrofes
se centraba en el «morir y renacer», incesantemente repetido,
del cosmos -es decir, en la transposición del mito del eterno retorno
a la estructura ritual-(10), el culto de Israel dice relación a la
obra histórica de Dios con los padres y con el mismo Israel, es una
inserción en esta historia y por ello esencialmente una «memoria»
que crea una presencia. El culto cósmico y la fe histórica se
distinguen mutuamente por el concepto de memoria. Finalmente desearíamos
añadir que la «memoria» no sólo tiene que ver con
el presente y el pasado, sino también -y sobre todo— con el futuro:
es recuerdo, por parte del hombre, de la acción salvífica de
Dios; pero precisamente por ello es también recuerdo, por parte de
Dios, de aquello que aún no se ha cumplido: el clamor de la esperanza
y de la confianza con vistas al futuro(11).
En la misma dirección señala el pasaje con que Pablo completa
y explica el mandato de la institución: «Cuantas veces comáis
de este pan y bebáis de este cáliz, proclamad la muerte del
Señor hasta que él venga» (1 Cor 11,26). La «proclamación»
a que aquí se alude es algo más que un mero discurso, que una
comunicación teórica sin contenido real; se trata, por el contrario,
de un anuncio y de una proclamación que, en la palabra del recuerdo
y del kerigma, crea una realidad(12). Esto es muy importante, porque así
aparece la íntima conexión entre el acontecimiento de la palabra
y el sacrificio, y se hace patente cómo el sacrificio cristiano en
cuanto «memoria» acaece también en la proclamación,
que es, al mismo tiempo, acción de gracias y confesión de una
esperanza. Ese principio demuestra igualmente que no puede hablarse de antítesis
entre palabra y sacramento; antítesis que, posteriormente y con demasiada
frecuencia, ha servido para desfigurar la naturaleza de ambos. Los Padres
de la Iglesia habrían partido precisamente de esta realidad y habrían
desarrollado el concepto de sacrificio eucarístico desde la idea de
un «sacrificio de la palabra»; el sacrificio eucarístico
se halla vinculado más a la palabra que a los elementos sacramentales.
De este modo venimos a parar nuevamente al punto de partida. Creemos, en todo
caso, que ha quedado bastante claro cómo, en la perspectiva del Nuevo
Testamento, la acción de gracias y el sacrificio no se hallan en mutua
oposición: por el contrario, se definen mutuamente.
Con todo lo expuesto, naturalmente, no puede decirse que hayamos ofrecido
una teoría dogmática completa acerca de la eucaristía
como sacrificio. Pero quizá hemos logrado presentar un punto de arranque
del que podría y debería partir aquel estudio y en el que quizá
los cristianos separados pudieran llegar a comprender.
Notas:
8 H. Lietzmann, Messe und Herrenmahl, Bonn, 1926, 223; cf. también
el comentario de Lietzmann a la primera carta a los Corintios.
9 J. Jeremías, op. cit., supra nota 4, 229-246 (extensa confrontación
con la obra de Lietzmann); M. Thurian, Eucharistie, Neuchâtel, 1959
(hay traducción castellana).
10 M. Eliade, Der Mythos der ewigen Wiederkehr, Düsseldorf, 1953 (original
francés: Le Mythe de l’eternel retour) París, 1949).
11 El carácter de memorial orientado hacia el futuro ha sido elaborado
por J. Jeremias, op. cit.
12 Cf. H. Sch1ier, Die Zeit der Kirche, Friburgo, 21958, 249s; ídem,
Wort Gottes, Wurzburgo, 1958, 65ss; J. Schniewind, artículo Katangéllô,
en Theol. Worterb. z. N. T., I, 70s.
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