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Josep
Vives
Licenciado en teología, doctor en filosofía, profesor de patrología
y de dogmática en la Facultad de Teología de Cataluña.
En el año del Espíritu Santo.
Indice
1.
Jesús, portador del Espíritu
2. El Espíritu construye la Iglesia de Jesús (Hechos de los
Apóstoles)
3. El Espíritu derramado en nuestros corazones (Pablo)
4. El Espíritu, fuente de vida (escritos joánicos)
5. Conclusión
Notas
Es
el Espíritu Santo el que renueva a la Iglesia y le hace de maestro,
el que la dirige con sus dones y la rejuvenece con la fuerza del Evangelio.(Vaticano
II, Lumen Gentium,4.)
La primera urgencia de la Iglesia es vivir siempre en Pentecostés.
(Pablo VI)
1.
JESÚS, PORTADOR DEL ESPÍRITU
A lo largo de estas páginas quisiera que mi sencilla aportación
ayudara a que los cristianos del cambio de milenio adquirieran una conciencia
más honda y vital de lo que significa el don del Espíritu.
En otros Cuadernos del próximo 1999 Cristianisme i Justícia
intentará analizar algunas de las tareas que el Espíritu parece
proponer a las iglesias y a toda la humanidad, con ocasión del cambio
de milenio. Pero para comprender estas tareas es preciso ante todo despojarse
de una concepción sensacionalista y maravillosista del Espíritu.
En efecto, hay gente que, con una extraña mentalidad apocalíptica,
-fomentada por cierta literatura sensacionalista, incluso eclesiástica-,
parece esperar para fin de siglo una intervención especial de Dios
que transforme la Iglesia y la sociedad.
Pienso que lo que los cristianos tendríamos que esperar de verdad es
lo que el Señor nos prometió: que nos enviaría su Espíritu
para quedarse siempre con nosotros siendo luz y fuerza en nuestro caminar.
Lo que hace falta para transformar la Iglesia y la sociedad es permanecer
atentos a lo que el Espíritu comunica a las Iglesias dejándonos
guiar, sin recelos ni resistencias hacia donde él nos indique.
Sólo desde la fidelidad al Espíritu de Dios nuestro mundo podrá
ser transformado y verdaderamente "salvado".
1.1. "NI SIQUIERA HEMOS OIDO HABLAR DEL ESPÍRITU SANTO"
En
los Hechos de los Apóstoles puede leerse un episodio curioso: en sus
idas y venidas, Pablo recaló una vez en Éfeso y se encontró
con unos discípulos a los que preguntó si habían recibido
el Espíritu Santo. Ellos le contestaron con toda sinceridad: "Ni
siquiera hemos oido hablar del Espíritu Santo" (Act 19,1?7). Resulta
que aquellos supuestos discípulos sólo habían recibido
el bautismo de Juan. Entonces Pablo los bautizó en el nombre de Jesús,
después les impuso las manos y el Espíritu Santo se apoderó
de ellos.
Me pregunto si no les ocurre algo semejante a bastantes cristianos de hoy.
Quizás serían pocos los que dijeran que nunca han oído
hablar del Espíritu Santo, porque muchos cristianos repiten rutinariamente
el Credo: "Creo en el Espíritu Santo". Pero si urgáramos
un poco y preguntáramos qué es el Espíritu, cuál
es su función, qué significa el Espíritu en la vida individual
y en la de la Iglesia, seguramente serían pocos los que podrían
responder pertinentemente.
Sin embargo, la fe en la realidad y en la acción del Espíritu
Santo en la comunidad de los creyentes y en cada cristiano en particular -y
también en toda la historia humana y en todos los hombres de buena
voluntad- es algo absolutamente central y esencial en el cristianismo. Tan
central como la fe en Dios Padre Creador y la fe en Jesucristo Salvador.
No sé si muchos cristianos lo ven y lo sienten así. Parece que
para la mayoría lo verdaderamente importante es la afirmación
de los dos primeros artículos del Credo: Creer en Dios, Padre, Creador
que gobierna el universo, y creer en su Hijo Jesucristo, enviado por el Padre
para salvar a los hombres. El tercer artículo, sobre el Espíritu
Santo "que es Señor y dador de vida" (como dice el Credo),
parece quedar realmente en otro nivel.
1.2.
NO VIVIMOS SÓLO DE DOCTRINAS O RECUERDOS
A
veces, se habla de las "religiones del Libro", comprendiendo bajo
esta denominación, principalmente, al judaísmo, el cristianismo
y el islam. El judaísmo y el islam quizás sí quedan suficientemente
caracterizadas como "religiones del Libro": son religiones centradas
básicamente en una revelación conservada en textos escritos.
Pero, en el caso del cristianismo se tendrían que matizar más
las cosas: el cristianismo no se fundamenta exclusivamente en la letra de
unos textos escritos, sino en la acción de un Espíritu que vivifica
y actualiza constantemente la revelación divina.
Olvidarlo sería excluir una parte muy importante del Nuevo Testamento,
especialmente la doctrina paulina que afirma que el cristiano vive, no sólo
según la letra de la Ley, sino por la luz y la fuerza del Espíritu.
La exclusiva fidelidad a la letra lleva a la fosilización de la fe
en formas anacrónicas y desemboca en fundamentalismos simplistas. Sólo
la atención al Espíritu como fuerza viviente de Dios que interpreta
su revelación y su voluntad en cada situación histórica,
puede ser promesa de vida.
Los cristianos creemos en un Credo que contiene tres artículos básicos
igualmente esenciales: Creemos en Dios Padre... y en Jesucristo, su Hijo...
y en el Espíritu Santo...
El Dios en quien creemos los cristianos no es simplemente el Dios que creó
el cielo y la tierra según un proyecto admirable, y pronto frustrado
por el pecado. Tampoco es simplemente el Dios que, para rehacer sus planes
de amor, envió a su Hijo, Jesucristo, que vivió unos años
entre nosotros para dejarnos una doctrina maravillosa y un estimulante ejemplo,
llegando al extremo de morir por nosotros en una suprema muestra de amor.
No habríamos comprendido prácticamente nada del Nuevo Testamento
si pensáramos que nos presenta a Jesús sólo como una
espléndida pero efímera epifanía de Dios que vivió
entre nosotros unos cuantos años dejando después nuestro mundo,
de manera que las generaciones posteriores pudiéramos vivir ya sólo
de su admirable recuerdo y del cumplimiento literal de sus preceptos...
No; Jesús vino a ofrecer la salvación inaugurando el Reino de
Dios, que es propuesta de una nueva forma de convivencia, una nueva manera
de concebir y vivir responsablemente las relaciones de los hombres y mujeres
con Dios y entre ellos mismos: una nueva situación que nace de la conversión,
de una transformación profunda de actitudes capaz de hacer que nos
reconozcamos práxicamente como hijos de Dios, Padre de todos, en la
vivencia de una fraternidad efectiva entre los que nos reconocemos como hijos
de un mismo Padre. Ahora bien, esta conversión y transformación
humana, ha de ser obra del Espíritu, fuerza actuante de Dios, que Jesús
nos prometió que seguiría actuando cuando él se marchara
y que sus seguidores experimentaron viviente, presente, activa.
Para los cristianos, Jesús no es sólo un maestro que nos dejó
una doctrina insuperable (el gran maestro de moralidad que los románticos,
como Renan, admiraban). Tampoco es sólo un hombre bueno, que nos dejó
un recuerdo polémico y comprometido de amor generoso. Si esto fuera
así, Jesús hubiera sido, quizás, como un "nuevo
Moisés", promulgador de una nueva Ley; o un "nuevo profeta"
en la línea de los valientes profetas antiguos.
La experiencia de los primeros seguidores de Jesús, reflejada en los
textos del Nuevo Testamento, muestra que Jesús fue algo diferente:
él era el inaugurador del Reino de Dios como Reino del Espíritu.
La misión principal de Jesús fue realmente la de ofrecer el
Espíritu al mundo. Jesús "salva" haciendo que los
que creen en él experimenten realmente la fuerza del Espíritu
para vencer el pecado y para poder vivir una existencia transformada. Como
diría San Pablo, con el Espíritu podemos ser capaces de realizar
aquello que nos resultaba imposible sólo con la Ley. Si no vivimos
del Espíritu permanecemos en el judaísmo y no tenemos posibilidad
de salvación. Jesús es Salvador porque ofrece el Espíritu
al mundo; Espíritu "que es Señor y dador de vida",
es decir, porque inaugura una presencia permanente y actuante de Dios en el
corazón de los hombres, una fuerza transformadora que los hace, hijos
de Dios que comparten su misma vida.
1.3. ESPÍRITU DE RENOVACIÓN
El
Mesías Salvador es el portador del Espíritu que habían
anunciado los profetas. Cuando los sinópticos nos cuentan que durante
el bautismo de Jesús los cielos se abrieron y se oyó la voz
del Padre y se vio al Espíritu Santo posarse sobre él en forma
de paloma, lo que nos quieren decir es que el hijo del carpintero de Nazaret,
que aparecía en público por primera vez a orillas del Jordán,
era el Mesías tan esperado, el prometido, el portador del Espíritu.
La primitiva catequesis cristiana reflejada en el texto de los sinópticos
quería remarcar precisamente ésto: con Jesús comienza
una nueva presencia y acción de Dios en el mundo a través de
su Espíritu. En efecto, Jesús no recibe el Espíritu sólo
para él. Jesús es portador del Espíritu para comunicarlo,
para derramarlo sobre el mundo y así, renovarlo.
El profeta Ezequiel había expresado la renovación que Dios quería
hacer en la humanidad a través del Mesías, como una transformación
interior realizada por el Espíritu de Dios viviente en el corazón
de los hombres:
Os
daré un corazón nuevo. Colocaré en vuestras entrañas
un espíritu nuevo. Arrancaré vuestro corazón de piedra
y os regalaré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu
dentro de vosotros para que actuéis según mi Ley. (Ez 36,26?27)
El
significado de estas palabras se lo muestra Dios de forma visual al profeta
cuando tiene una visión de una campo lleno de huesos secos: Dios infunde
sobre ellos su aliento (= su Espíritu), y los huesos se incorporan
llenos de vida. En los tiempos mesiánicos vendrá así
la salvación de Dios:
Ya
no les ocultaré más mi rostro, porque habré derramado
mi Espíritu sobre la casa de Israel; es palabra de Dios. (Ez 39,29).
El
Espíritu es presentado como el rostro amoroso del mismo Dios, que ya
no permanece oculto al pueblo a causa de sus infidelidades, sino que se hace
presente entre ellos en el Mesías prometido.
La donación generosa del Espíritu como agua abundante, es la
manera, de dar a entender que Dios quiere ofrecer una vida nueva a nuestros
corazones de piedra, y transformar el mundo reseco y estéril en tierra
viva. El evangelista Juan, en un pasaje que comentaremos más adelante,
hará decir a Jesús que en él se cumple la antigua promesa:
El que tenga sed, que venga a mí y beba. Si alguno cree en mí,
como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua
viva. Y añade el evangelista: Al decir esto se refería al Espíritu
que recibirían los que creyeran en él... (Jn 7,38?39)
1.4. ESPÍRITU DE LIBERACIÓN
Hablando
de la renovación que iba a realizar el Mesías, Isaías
pone en su boca estas palabras:
El
Espíritu del Señor descansa sobre mi, porque él me ha
ungido. Me ha enviado a comunicar la buena noticia a los pobres, a proclamar
a los cautivos la libertad y a los ciegos el retorno a la luz, a liberar a
los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor. (Is 61,1ss).
Es
conocido por todos que el evangelista Lucas coloca este texto en boca de Jesús
en el acto en el cual inaugura Jesús su actividad pública, en
la sinagoga de su pueblo, Nazaret. Con esto quiere significar el carácter
concreto que tendría la transformación del mundo que Jesús
venía a realizar: el mundo está destrozado porque hemos destruído
la fraternidad y la libertad con la explotación y la opresión
de unos a los otros. Jesús ha sido ungido con el Espíritu del
Señor, para que los hombres reconstruyan la fraternidad, libres de
toda explotación y opresión.
2.
EL ESPÍRITU CONSTRUYE LA IGLESIA DE JESÚS
(Los Hechos de los Apóstoles)
Los
Hechos de los Apóstoles, que quieren ser la historia de la Iglesia
en sus inicios, comienzan con un curioso episodio.
El autor empieza narrando la última reunión de Jesús
con los suyos. Jesús les ordena que no se alejen de Jerusalén,
porque allí recibirán la Promesa del Padre de la que ya os he
hablado. Porque, efectivamente, así como Juan bautizaba con agua, vosotros
seréis bautizados dentro de pocos días, con el Espíritu
Santo.
Parece que Jesús pensaba que no era necesario extenderse en este punto,
del que ya habría hablado de él con sus discípulos. Pero
éstos no parecen saber a qué se refiere, sino que, inmediatamente,
preguntan con toda ingenuidad: Señor, es ahora cuando restaurarás
el reino de Israel?
Los apóstoles, después de tantos malos tragos pasados, sólo
esperaban el día en que Jesús por fin se sentara en el trono
de David; y ellos, ya se veían como sus ministros. Pero Jesús
los decepcionó contestádoles: no es asunto vuestro conocer el
tiempo que el Padre tiene determinado. Pero recibiréis desde arriba
la fuerza del Espíritu Santo par ser mis testigos (Act 1,4?8).
2.1. El Reino de Dios -el Mundo Nuevo- hemos de construirlo con el Espíritu
Jesús
había venido a inaugurar el nuevo Reino de Dios. Los Apóstoles
lo esperaban como una restauración de la antigua gloria de David. Pero
Jesús, en el mismo momento de su adiós definitivo los tenía
que desengañar: el nuevo reino de Dios no sería una restauración
de la gloria davídica, sino la presencia activa del Espíritu
que les haría capaces de ser sus testigos en todo el mundo.
Algunos exégetas se han preguntado cómo es que, mientras en
los sinópticos Jesús habla con frecuencia del Reino de Dios,
este concepto prácticamente desaparece en los Hechos de los Apóstoles
y en los demás autores del Nuevo Testamento, especialmente en Pablo.
La explicación sería que, como dicen claramente las últimas
palabras atribuídas a Jesús, el Reino de Dios es el fruto de
la acción del Espíritu entre los hombres cuando éstos
dan testimonio de Jesús, es decir, cuando confirman con su vida lo
que Jesús había revelado: que Dios es Padre de todos y nos pide
que todos nos amemos como hermanos.
De
lo expuesto sacamos lecciones importantes:
Hay
que abandonar toda nostalgia de un reino material: hay que dejar de pensar
en una iglesia apoyada en los poderes políticos o estructurada según
los esquemas propios de los poderes políticos. El vigor de la iglesia
nacerá del vigor de la conversión y de la comunión efectiva
que el espíritu promueve en ella, no de privilegios y glorias mundanas
o de manipulaciones políticas1.
Hemos
de dejar de esperar el reino por arte de magia: tendemos a esperar que el
poder mágico de Dios -o el de las autoridades que se supone que lo
representan- nos venga a resolver los problemas. El Espíritu no puede
ser jamás una solución mágica y anuladora de nuestras
iniciativas, sino que es fuerza interpeladora que nos impulsa a asumir nuestras
responsabilidades en la historia.
2.2 En Pentecostés nace la Iglesia
Los
Hechos de los Apóstoles dan especial relieve a la escena de la efusión
del Espíritu del día de Pentecostés. Parece que el autor
quiera presentar una espléndida escenificación en la que, con
un sólo golpe de vista, se haga visible cómo surge la Iglesia.
Estaban
todos juntos en el mismo lugar, de pronto, sintieron como un viento impetuoso
que venía del cielo y llenaba toda la casa... Y se les aparecieron
unas lenguas de fuego que se posaban sobre cada uno de ellos.Y todos quedaron
llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en diversas lenguas
(Act 2, 2ss).
No
es necesario que empecemos a preguntarnos sobre lo que realmente sucedió
aquel día. En el fondo de la narración descubrimos una referencia
a alguna experiencia muy especial del primer grupo de discípulos: el
autor de los Hechos intenta interpretarla y comunicarla lo mejor que puede,
con evidentes intenciones catequéticas.
El Espíritu de Dios viene como un viento, cuando estaban todos reunidos,
y se manifiesta como lenguas de fuego, que se reparten sobre cada uno. Todo
el relato contiene una profunda carga simbólica. El Espíritu
se da a cada uno de los miembros de la comunidad para construir, con ellos,
como enseguida explicará Pedro, un nuevo Pueblo de Dios. El viento
y el fuego simbolizan la nueva fuerza de Dios que estará presente en
adelante. El hecho de que hubiera entonces en Jerusalén gente de todas
las naciones que habitan bajo el cielo, pretende remarcar, como también
subrayará Pedro, la universalidad del nuevo don que Dios ofrece para
el bien de todos los pueblos. El hecho de que cada uno los oía hablar
en su propia lengua subraya la misión del Espíritu de construir
la comunión en la diversidad. Aquí puede haber incluso una alusión
al antiguo relato de la confusión de lenguas en Babel. El pecado de
orgullo egoísta había hecho imposible la convivencia, llevando
la división entre los hombres. El Espíritu derramado de nuevo,
hará posible recuperar la comunión de todos los que antes estaban
divididos. El Espíritu hace comunidad desde la diversidad.
El nuevo Pueblo o Reino de Dios ha de resultar de una conversión interior,
de una transformación existencial cuyo signo es el bautismo. El bautismo
sella la reconciliación con Dios que vino a ofrecernos a Jesucristo,
y es manifestación de la fuerza del Espíritu, como lo explica
Pedro en su primer sermón de Pentecostés:
Convertíos,
y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesús,
el Cristo, para obtener el perdón de los pecados, y así recibiréis
el Espíritu Santo. Porque la Promesa es para vosotros y para vuestros
hijos, y también para los que vienen de lejos, para todos los que llamará
el Señor nuestro Dios (Act 2, 38?39).
El
misterio de las lenguas es el misterio de la universalidad verdaderamente
católica; una universalidad que no nace de la imposición de
una uniformidad, de un direccionismo impositivo o de un centralismo absorbente
y anulador de diferencias, lo cual seria realmente la degeneración
y corrupción de la autentica catolicidad.
Pentecostés
nos impulsa a superar en la iglesia todo lo que hay de "poco católico":
todo lo que sea imposición de unos particularismos en contra de las
diferencias legitimas. Pensemos, por ejemplo, en la imposición centralista
de pastores siguiendo unos criterios parciales y dando poca o ninguna importancia
a las idiosincrasias o a los deseos legítimos de las comunidades.
2.3.
El Espíritu impulsa a la solidaridad
Según
los Hechos de los Apóstoles, con la efusión del Espíritu
el día de Pentecostés, empieza la formación y el crecimiento
de la comunidad cristiana. Cuando Pedro explicó lo que había
sucedido, la gente acogió sus palabras y se bautizaron, y aquel día
se unieron a los hermanos unas tres mil personas.Con la fuerza del Espíritu
la vida de la comunidad se revela vigorosa: Todos los creyentes vivían
unidos y lo ponían todo en común: vendían sus bienes
y propiedades para distribuir su importe según las necesidades de cada
uno (Act 2, 41ss). El Espíritu construye la comunidad: no solamente
una comunidad espiritual y de lazos internos. En la nueva comunidad del Reino,
la fraternidad de todos los que se reconocen como hijos de un mismo Dios y
Padre, se manifiesta con solidaridad efectiva en el uso de todos los bienes,
tanto espirituales como materiales2.
La
práctica de la solidaridad en el uso de todas las cosas y la disponibilidad
efectiva en el compartir, serán siempre signos claros del estar viviendo
del impulso del Espíritu.
La
falta de sensibilidad hacia las necesidades de los hermanos y la incapacidad
de compartir los bienes recibidos, serán siempre signos de la resistencia
pecaminosa a realizar la verdadera comunidad del reino según el impulso
del Espíritu.
2.4. El Espíritu nos ayuda a la universalidad
El
principio de la universalidad del don del Espíritu salvador parece
que debería ser evidente desde la experiencia de Pentecostés.
Pedro había proclamado que aquel día se cumplía la promesa
profética: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne (Act
2, 17). Sin embargo, las tendencias particularistas son tan fuertes entre
los hombres que fue necesario un "nuevo Pentecostés" para
que el Espíritu pudiera ser acogido sin reservas. Hombres adoctrinados
en la idea de la elección singular de Israel y educados en el desprecio
y repugnancia hacia los paganos idólatras e impuros, mostraron mucha
resistencia en admitir que también los paganos podían recibir
las promesas, y que, en adelante, tendrían que convivir con ellos formando
una sola comunidad de hijos de Dios bajo el impulso del mismo Espíritu.
Los que al comienzo se unieron a los primeros discípulos eran judíos
o prosélitos de la diáspora, es decir, conversos al judaísmo
que se habían circuncidado y adoptado las formas de vida judías.
Pero esta primera comunidad seguía manteniendo distancias con los paganos,
especialmente el tabú básico de no entrar en sus casas ni comer
con ellos. Era necesaria una decisiva intervención del Espíritu
a Pedro para poder abrir nuevos caminos.
En este momento algo esencial estaba aconteciendo en el cristianismo: se decidía
si la nueva comunidad cristiana debía pensarse a sí misma como
una simple continuación del judaísmo, a modo de una nueva secta
o grupo particular según los esquemas religioso-culturales del judaísmo,
o bien, al contrario, se tenía que considerar como algo realmente nuevo
que superaba los parámetros del judaísmo, abriéndose
a nuevas formas de vida y a valores de otras culturas.
El
Pentecostés de los paganos
Para resolver estos problemas resultó decisivo el episodio que tuvo
lugar en casa del centurión pagano Cornelio. Antes, mientras Pedro
oraba, tuvo una extraña visión en la que una voz celeste le
ordenaba que no tuviera recelo de comer alimentos impuros. Después,
el Espíritu Santo dijo a Pedro que fuera a casa del centurión
Cornelio, donde se encontraban algunas personas. Al entrar, Pedro sintió
necesidad de autojustificarse:
Sabéis
que a un judío no le está permitido tener trato con un extranjero
o entrar en su casa; pero a mí, Dios me ha enseñado a no considerar
nada como impuro.
(A petición de Cornelio, Pedro le instruye sobre Jesús de Nazaret).
Y mientras Pedro hablaba, el Espíritu Santo descendió sobre
todos los que escuchaban. Los fieles a la circuncisión que habían
ido con Pedro se quedaron sorprendidos al ver que también sobre los
paganos se derramaba el Espíritu Santo, ya que los oían hablar
en lenguas proclamando las maravillas de Dios. Entonces Pedro dijo: ¿Quién
puede impedir que sean bautizados los que han recibido el Espíritu
igual que nosotros? Y todos se bautizaron. (10,22?48).
Realmente
se trata de un segundo Pentecostés, con prodigios semejantes al primero:
es el Pentecostés de los paganos. Pero no fue aceptado con facilidad.
Cuando Pedro regresó a Jerusalén, fue criticado porque había
entrado en casa de incircuncisos y había comido con ellos. Pedro tuvo
que explicar que actuó impulsado por una voz celeste, que ahora ya
reconoce como voz del Espíritu: el Espíritu me dijo que me acercara
a ellos sin recelos (11.12).
Pero
la polémica continua
Con estas palabras, los judaizantes se tranquilizaron. Pero la polémica
no había terminado. El capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles
nos informa de uno de los episodios -entre los muchos que seguramente surgieron-
provocados por esta cuestión polémica. Pablo y Bernabé
habían establecido una cristiandad floreciente en Antioquía.
Pero se acercaron algunos de Jerusalén que enseñaban a los hermanos:
si no os circuncidáis... no podréis ser salvados (15,1). Y tuvo
lugar una discusión importante, y Pablo y Bernabé tuvieron que
ir a Jerusalén a tratar el asunto con los apóstoles. Tuvo lugar
entonces lo que algunos llaman el "Concilio de Jerusalén",
en el que se expusieron las posturas enfrentadas. El argumento definitivo
fue el de Pedro, que hizo alusión a su experiencia en casa de Cornelio:
Dios
me escogió para que, por mi boca, los gentiles escucharan la palabra
del Evangelio y creyeran... Y Dios dio testimonio a su favor, ofreciéndoles
el Espíritu Santo igual que a nosotros, de manera que ya no existe
ninguna diferencia entre ellos y nosotros (15, 7.9).
Santiago,
que actuaba como representante de la Iglesia judaizante de Jerusalén,
reconoció el argumento y la autoridad de Pedro (15, 13?20). Y se llegó
a un cierto compromiso, reflejado en unos actas solemnes dirigidas a los gentiles:
Nos
ha parecido bien, al Espíritu Santo y a nosotros, no imponeros ninguna
carga, exceptuando la abstención de comer carne sacrificada a los ídolos,
la sangre de animales estrangulados, y de la fornicación (15,28).
La
universalidad pentecostal superadora del particularismo judaizante ha de ayudarnos
a reconocer hoy en día la urgencia de una autentica inculturacion del
cristianismo en todas las culturas. Desgraciadamente, por falta de un conocimiento
profundo de la autentica novedad cristiana que ofrece el Espíritu,
podemos estar imponiendo unas formas de cristianismo que sólo tienen
sentido en la cultura del pasado y de occidente. El gran desafío de
la iglesia del siglo XXI será el dejar de ser una institución
básicamente configurada sobre la cultura de su pasado occidental, para
poder ser promesa y mediación de salvación para los hombres
y mujeres de tiempos futuros y de todas las culturas.
La gran tentación será la de que un grupo duro de "romanizantes",
-similar al de los primeros "judaizantes"- exija que para poder
ser cristiano tengan que aceptarse los prejuicios mentales y vitales que,
de hecho, han configurado nuestra forma occidental de pensar y vivir el cristianismo.
Todo ello puede tener importantes consecuencias respecto a la formulación
de los dogmas, a la liturgia, la ética, el derecho canónico,
la organización eclesiástica, las formas de los ministerios,
el lugar de la mujer y los laicos en la iglesia... y muchas otras cuestiones
que empiezan sólo a vislumbrarse.
Nuestro
mundo se caracteriza, desgraciadamente, por la cantidad y la fuerza de las
actitudes excluyentes de diversos grupos religiosos, económicos, sociales,
étnicos, lingüísticos... Estas actitudes excluyentes son
incompatibles con el movimiento fraternizante del Espíritu. Si hemos
señalado que el Espíritu pide el respeto a la diversidad y a
la diferencia, hemos de añadir que, obviamente, pide también
que ninguna diversidad pretenda convertirse en excluyente de las otras.
3.
EL ESPÍRITU DERRAMADO EN NUESTROS CORAZONES (San Pablo)
En los relatos de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de comentar,
podríamos decir que la atención se centra especialmente en el
aspecto social y público de la acción del Espíritu como
principio congregador y fuerza configuradora del nuevo pueblo, que ha de ser
sacramento del mundo nuevo según el querer de Dios.
En las cartas de Pablo, en cambio, vemos expresada la manera cómo el
Espíritu actúa en el interior de cada uno de los creyentes.
3.1. El Espíritu, fuerza de Dios en la impotencia humana
Pablo,
que se había sentido él mismo "convertido" por una
gracia extraordinaria del Espíritu, tiene una particular conciencia
de que al entrar a formar parte del nuevo Pueblo de Dios, ha de darse una
profunda transformación interior, que sólo puede ser obra de
la misma fuerza de Dios en el hombre. Se da un paso de enemigos de Dios y
enemigos de nosotros mismos, a hombres y mujeres transformados radicalmente,
capaces de vivir como hijos de Dios y hermanos entre sí.
Esto, según el Apóstol, supera todo aquello que somos capaces
de conseguir con nuestra sola voluntad. El mismo Pablo había vivido
esta limitación humana en su propia experiencia personal y conocía
también la historia de las infidelidades del pueblo de Israel. Sólo
con nuestro esfuerzo no podemos recuperar la amistad con Dios, ni vivir una
fraternidad gozosa entre nosotros. La naturaleza humana ha quedado como estropeada
y debilitada a consecuencia de la historia de pecado que pesa sobre nosotros.
Esto es lo que el Apóstol explica, principalmente, en los dos primeros
capítulos de su carta a los Romanos. El pecado lo domina todo, y la
naturaleza humana permanece reducida a la impotencia. Es necesario que el
mismo Dios venga a transformar la humanidad y a darle una nueva fuerza. Esto
es lo que hará Jesús, ofreciéndonos la fuerza de su Espíritu.
Esta es la auténtica "buena noticia".
3.2.
El Espíritu nos hace hijos
San
Pablo expresa la reconciliación con Dios que el Espíritu obra
en nosotros, diciendo que el Espíritu nos hace hijos de Dios. Con ello
quiere significar que Dios, del que nos habíamos alienado por el pecado,
se manifiesta como un Padre que nos acoje nuevamente como hijos al enviarnos
el Espíritu de su Hijo Jesús.
Más todavía, según Pablo, el Espíritu nos da la
fuerza para poder vivir en adelante como hijos de Dios, viviendo y realizando
una fraternidad efectiva entre nosotros. Esto es lo que Pablo remarca siempre,
especialmente en las cartas a los Romanos y a los cristianos de Galacia. Escribe
a los de Roma:
Los
que se dejan guiar por el Espíritu, éstos son hijos de Dios.
Realmente, no habéis recibido un espíritu de esclavitud que
os haga vivir de nuevo en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu
de hijos adoptivos que os permite clamar: ¡Abba!, ¡Padre!. (Rm
8, 14?17).
En
la epístola a los cristianos de Galacia, que no acababan de comprender
en qué consistía la aportación específica del
cristianismo a la salvación, el Apóstol escribe:
La prueba de que somos hijos de Dios es que Dios ha enviado a nuestros corazones
el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abba!, Padre. Así ya
no somos esclavos sino hijos; y si somos hijos, también somos herederos
por voluntad de Dios. (Ga 4, 4?7)
Como
podemos ver, Pablo explica la acción del Espíritu en nosotros
dentro del contexto de la dialéctica entre esclavitud y libertad. Somos
esclavos del pecado, de nosotros mismos y de la locura del mundo que nos rodea.
No hacemos realmente lo que queremos, sino lo que nos viene impuesto desde
fuera por las estructuras de pecado que nos dominan.
En
un mundo injusto y descabellado, bajo el peso de las influencias contradictorias
de los medios de comunicación puestos al servicio de intereses desconocidos,
bombardeados por miles de mensajes publicitarios, manipulados sin saber bien
por quienes, y conscientes, además, de nuestro propio caos interior
y de nuestra propia debilidad, verdaderamente podemos llegar a encontrarnos
en una angustia y un temor propio de esclavos, de gente desposeída
de sí misma.
El
Espíritu nos devuelve la capacidad de ser personas en la libertad y
el gozo de ser hijos. El Espíritu es verdadera manifestación
en nosotros del amor gratuito y perdonador de Dios Padre, y fuerza interior
para poder vivir en adelante como hijos en la fraternidad.
3.3. El Espíritu nos hace personas libres y responsables
Es
un contrasentido insostenible -aunque muy divulgado y seguramente no del todo
inexplicable- pretender que la afirmación de Dios es incompatible con
la afirmación de una auténtica libertad humana. Naturalmente,
todo depende de cuál sea el concepto de Dios y el concepto de libertad
humana que se tengan.
Desgraciadamente, quizás cierta predicación tradicional sólo
sabía presentar la imagen de un Dios?Poder Absoluto, e incluso irresponsable.
Ese Dios?Poder resulta evidentemente incompatible con la libertad humana;
pero se trata de un Dios que no tiene nada que ver con el Dios de la revelación
cristiana. Por otro lado, hay gente que sólo parece ser capaz de concebir
la libertad como "libertad de arbitrio" o de elección irresponsable
(poder hacer lo que me place). No parece que sea ésta la facultad que
hace del hombre un ser superior a todos los demás seres, más
determinados a obrar según las leyes de la necesidad. Como explica
lúcidamente Agustín, la libertad es la capacidad de descubrir
y de tender hacia el propio bien, buscado por propio impulso interior y no
por mera determinación o imposición externa. Ser libre no consiste
en ser capaz de realizar cualquier cosa, sino en ser capaz de amar todo aquello
que descubro como bueno.
Aquí es donde se descubre la profundidad de la doctrina de San Pablo
sobre el Espíritu. Según Pablo, Dios ha colocado en nuestros
corazones el don del Espíritu (2Co 1,22); y también, el amor
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu
Santo que nos ha sido dado (Rm 5,5).
En las enseñanzas de Pablo, el Dios de Jesús no se nos presenta
imponiéndonos una nueva Ley extrínseca. Al contrario, el cristiano
experimenta a Dios como una fuerza interior que actúa desde dentro
de su propio ser -desde el fondo de su corazón- ayudándole en
la praxis de su libertad. El Espíritu es Dios como realidad nuestra
y actuando con nosotros como luz y fuerza de nuestra libertad. El Espíritu
es Dios, no como legislador externo que exige obediencia, sino fuerza interior
que nos ofrece la posibilidad de superar la propia debilidad y los condicionamientos
que pueden ahogar nuestra libertad. El Espíritu se une a nuestro espíritu
testificando que somos hijos de Dios (Rm8,16). El Espíritu viene en
ayuda de nuestra debilidad...
Por eso, el Dios que se comunica, no con la imposición de una Ley,
sino a través del don gratuito del Espíritu, no es solamente
compatible con la libertad humana, sino que es el único que garantiza
la adecuada praxis de dicha libertad. El Dios?Espíritu nos personaliza:
hace de nosotros personas responsables y nos impulsa más allá
de la pseudo?libertad de poder hacer, irresponsablemente, cualquier cosa que
se nos ocurra. El Espíritu de Dios es interpelación y estímulo
hacia una libertad responsable.
En
la iglesia, el Espíritu pide que todos los cristianos sean personas
(Cf: CIC, 96), hombres y mujeres libres, adultos y responsables; que sean
respetados sus derechos, pero que cumplan también con sus obligaciones,
según las diversas condiciones de cada uno. Esto es válido para
todos los miembros de la iglesia: tanto para las jerarquías, que no
han de actuar a su arbitrio, sin contar con los fieles, o sin respetar sus
derechos; como para los fieles, que tampoco han de limitarse a esperar que
todo les venga determinado por las jerarquías3.
La
iglesia es una comunión en un mismo Espíritu que nos hace clamar
a todos: Abba, Padre; una comunidad en la que todos hemos de cooperar con
responsabilidad, desde condiciones diversas, a la construcción del
reino de fraternidad de los hijos de un mismo padre. En general, cuanto mayor
sea la coimplicación de todos en la vida de la iglesia, mas nos acercaremos
al ideal del reino; y al contrario, las actitudes autoritarias, secretistas
o elitistas, a la larga atentan contra la verdadera comunión; comunión
sin la cual la iglesia degenera en "sal que no sazona"4.
3.4. La paradoja de la libertad cristiana: servir por amor
El
Espíritu se ofrece para hacernos hijos de un Dios?Padre, no esclavos
de un Dios?Poder dominador. Dios, al enviarnos su Espíritu al fondo
de nuestros corazones, nos muestra que espera de nosotros una confianza libre
y total, no un temor de esclavo. Dios no es un poder hostil que tengamos que
aplacar con esfuerzos serviles y al que tengamos que mirar con desconfiado
recelo. Con el Espíritu, Dios nos enseña que quiere ser Dios?con?nosotros;
un Dios que se relaciona libre y amorosamente.
Esta relación filial, lejos de llevarnos a una praxis insolidaria de
la libertad entendida de forma individualista, nos ha de conducir a una solidaridad
amorosa y generosa con todos los hombres. No podemos considerarnos verdaderamente
hijos de Dios Padre, si no tratamos de vivir práxicamente como hermanos,
hijos del mismo Padre. San Pablo extrae las últimas consecuencias de
lo que el Maestro había enseñado en relatos como la parábola
del hijo pródigo, el fariseo y el publicano, o el buen samaritano.
Hemos
sido llamados a la libertad: sólo que no debéis utilizar la
libertad como un pretexto para imponer vuestro egoísmo, sino que, al
contrario, ha de llevaros a haceros servidores por amor unos de otros. En
efecto, toda la Ley culmina en el precepto: ama a los demás como a
ti mismo. En cambio, si vivís destrozandoos unos a otros, acabaréis
destruyéndoos. (Ga 5, 13?17)
Vemos
una espléndida paradoja: el Espíritu nos hace libres, pero con
una libertad que nos impulsa a hacernos servidores unos de otros por amor.Ya
no podemos pretender vivir de la libertad egoísta que sólo conduce
a la autodestrucción, sino de la libertad de quien, reconociendo que
la propia existencia sólo encuentra su sentido y valor en la relación
con Dios y con los demás, por amor a sí mismo, a Dios y a los
demás, está dispuesto a hacerse servidor de Dios en los demás.
La
carta a los cristianos de Galacia acaba con una exhortación bien concreta
y coherente con estos principios:
"Si
vivimos según el Espíritu, hemos de actuar de acuerdo al Espíritu...
Son conocidas por todos las obras que proceden de nuestro egoísmo:
fornicación, impurezas, libertinaje, odios, discordias, envidias, embriaguez..."
En cambio "Los frutos del Espíritu son amor, paz, gozo, paciencia,
ternura, bondad, fidelidad, no?violencia, sobriedad; contra estas cosas no
puede existir ninguna ley." (Ga 5,19ss)
Los
frutos del Espíritu dejan de serlo si son el resultado de la coacción
o de la ley. El principio básico de la praxis cristiana no es "hacer
lo que esta mandado", sino descubrir y seguir el impulso del Espíritu.
La
autentica libertad cristiana debería situarse tan lejos del legalismo
servil y del reglamentarismo intervencionista como de la anarquía disgregadora
o del abandono al capricho de cada uno, incluso de aquellos que tienen la
autoridad. El ideal se sitúa en la línea de establecer la necesaria
cohesión y el máximo de responsabilidad en el servicio por amor
en la fraternidad. Contra lo que algunos parecen pensar, la buena marcha de
la comunidad, no depende principalmente de que todo este bien reglamentado
y controlado, sino de que todos sus miembros vivan abiertos, siempre dispuestos
a lo que el Espíritu pueda impulsar en ellos5.
La
iglesia debería ser sacramento de un mundo transformado, ya que el
Espíritu viene a realizar el designio originario de Dios sobre el mundo.
Los paradigmas de libertad, responsabilidad, fraternidad, respeto mutuo -en
definitiva, los "dones del Espíritu"- deberían ser
paradigmas de humanidad porque responden a los impulsos más profundos
del ser humano, creado a imagen de Dios.
3.5. Un sólo Espíritu en la diversidad de carismas
Esta
proclamación de la libertad del Espíritu, ¿no conducirá
inevitablemente a un amasijo de opiniones y actitudes incompatibles entre
ellas? ¿No sería mejor proclamar, como primer y único
principio, la exacta reglamentación y la férrea obediencia de
todos a las jerarquías constituidas? Así lo han pensado muchos
-como el Gran Inquisidor de Dostoyewski- que confían más en
la eficacia del poder por la fuerza, que en la fuerza transformadora de Dios
en las personas.
Sin embargo, Pablo no parece pensar así. Y no es que no hubiera sufrido
intensamente el problema del caos provocado en las comunidades a causa de
los supuestos "espirituales". Pero delante de este problema, Pablo
jamás se echará atrás ni pretenderá apelar nuevamente
a la ley para superar con ella los desajustes provocados por supuestos seguidores
del Espíritu.
Para Pablo, la solución no es un regreso a la ley, sino el riguroso
discernimiento de los carismas del Espíritu, desde el principio de
la complementariedad de los diversos carismas con el fin de construir todo
el cuerpo de Cristo.
El peligro de la anarquía carismática, lo encuentra Pablo, especialmente
en la comunidad de Corinto. Sólo hace falta leer los capítulos
12?14 de su primera carta a aquella comunidad para ver cómo pensaba
el Apóstol acerca de la manera cómo habría que superar
tal peligro. Delante de la diversidad de carismas aparentemente contradictorios.
Pablo establece el siguiente principio: Aunque los dones son diversos, el
Espíritu es uno (12,4). No puede existir contradicción entre
los dones que provienen del único Espíritu. Y si existe, entonces
hay algo que no es del Espíritu. El segundo principio es que, dado
que el Espíritu es ofrecido para la construcción de la comunidad,
los dones del Espíritu que cada uno recibe, han de redundar en bien
de todos (12,8).
La validez de los carismas se han de juzgar desde la perspectiva del bien
del conjunto de la comunidad. Un supuesto carisma que traiga división
y destrucción a la comunidad, no podrá considerarse proveniente
del Espíritu. Más aún: la valoración de los diversos
carismas se hará según lo que realmente aporten a la buena marcha
de la comunidad. Los corintios parece que apreciaban mucho el hablar ininteligible
y el arrobamiento extático. Pablo los quiere desengañar:
¡Anhelad
los dones verdaderamente importantes! Si yo hablara las lenguas de los hombres
y los ángeles..., si tuviera el don de profecía..., si tuviera
tanta fe como para mover montañas..., pero no tuviera amor, no sería
nada... Lo más importante es el amor (13, 1ss).
La
Iglesia debe de reconocer y respetar la diversidad de carismas, procurando
armonizarlos a la luz del criterio de su contribución a la buena marcha
de toda la comunidad. El valor mas importante y universal será siempre
el del amor. El Espíritu sólo puede impulsarnos a amar más
y mejor, pero, eso sí, con obras y en verdad.
El
amor que viene del Espíritu no tiene fronteras, porque no es otra cosa
que el amor infinito de Dios hacia todo el mundo. El Espíritu, que
es Dios mismo actuante desde las entrañas de nuestro corazón,
sólo puede impulsarnos a amar como ama Dios, es decir, incondicionalmente,
gratuitamente.
El
Espíritu nos abre a los espacios inmensos de la justicia y el amor
sin limites. Por encima de todas las diferencias concretas que puedan darse
entre los hombres y mujeres, ha de permanecer el sentido de la unidad radical;
unidad que los cristianos expresamos diciendo que Dios es el único
Padre de todos y que, por tanto, deberíamos vivir con el sentido de
una irrenunciable pertenencia a la misma y única humanidad.
4. EL ESPÍRITU, FUENTE DE VIDA (Los escritos joánicos)
El evangelio de Juan es un texto escrito a finales de la época de composición
del Nuevo Testamento. En él encontramos una contemplación sobre
el sentido profundo de la experiencia de Jesús. No resulta extraño,
pues, que en este escrito encontremos también profundas intuiciones
sobre lo que el don del Espíritu significa.
Todos recordamos enseguida los importantes textos sobre el Paráclito
que se encuentran en el llamado discurso de la última cena. Pero, para
comprender estos textos, es necesario situarlos en el contexto de muchas otras
cosas que Juan nos dice, a veces veladamente, sobre el Espíritu.
4.1. El Espíritu y la nueva vida
El
teólogo ortodoxo S. Boulgakov, descubre alusiones al Espíritu
desde el mismo inicio del prólogo del cuarto evangelio: "En la
Palabra estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres" (Jn 1,4).
Para el teólogo ruso, aquí "la Vida" se refiere al
Espíritu vivificante, que reposa eternamente sobre el Logos o Palabra
de Dios, y que con la encarnación, viene a vivificar a los hombres6.
También en el mismo prólogo leemos que la Ley fue dada por Moisés,
pero "la gracia y la verdad vino por Jesucristo" (Jn 1,17). Este
don y gracia verdadera que viene por Jesucristo y que supera la Ley de Moisés
es el don del Espíritu7.
El evangelio de Juan nos recuerda, igual que los sinópticos, que el
Precursor anunciaba la novedad de Jesús como la de quien "os bautizará
con el Espíritu Santo" Y Jesús explicará a Nicodemo
que es necesario nacer de arriba, entrar en una nueva vida, para poder entrar
en el Reino de Dios; y ante la perplejidad de su interlocutor, Jesús
explica que se trata de
nacer
del agua y del Espíritu, ya que sólo aquello que nace del Espíritu
es espíritu. El Espíritu sopla donde quiere y lo sientes, pero
no ves de dónde viene ni a dónde va. Así ocurre con todo
lo que nace del Espíritu (Jn 3, 3?8).
El
tema de la nueva vida que proviene del agua y del Espíritu -el bautismo-,
reaparece una y otra vez. Se insinúa en la promesa a la Samaritana
del agua viva que apaga la sed definitivamente y que salta hasta la vida eterna
(Jn 4, 14). Y es un elemento principal del discurso de la fiesta de los Tabernáculos,
cuando Jesús dice:
el
que tenga sed que venga, y beba quien cree en mí. De su interior brotarán
ríos de agua viva... El evangelista comenta: Se refería al Espíritu
que habían de recibir los que creyeran en él, ya que todavía
no estaba presente el Espíritu puesto que Jesús no había
sido glorificado (Jn 7, 37?39)8.
Y
efectivamente, después de ser glorificado, en la primera aparición
a los apóstoles, Jesús les declara explícitamente que
les deja el Espíritu, y se despide diciendo: Tal como el Padre me envió,
así os envío yo a vosotros. Y soplando sobre ellos añadió:
Recibid el Espíritu Santo: a los que perdonéis los pecados les
serán perdonados, pero a los que se los retengáis, les serán
retenidos (Jn 20, 21?23). Jesús ha cumplido su misión: los apóstoles
la tienen que continuar, no con sus propias fuerzas, sino con el poder del
Espíritu de Jesús, el único capaz de purificar el mundo
de su pecado. Esta nueva vida que Jesús nos promete por el agua y por
el Espíritu se realiza como vida de comunión con Dios en la
comunión con los hermanos. La nueva vida comporta un nuevo mandamiento
superado de la antigua Ley:
Este
es su mandamiento, que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos
amemos unos a otros, tal como él nos ha mandado. Los que guardan sus
mandamientos viven en Dios, y Dios en ellos. Y conocemos que está en
nosotros por el Espíritu que nos ha dado. (Cf. Jn 14,23)9
Queda
claro: la nueva vida que Jesús viene a ofrecer, es vivir en Dios, estar
en él y que él esté con nosotros. La condición
para ello es que nos amemos unos a otros. Ahora bien, principio y garantía
de esta nueva vida es el Espíritu que se nos ha ofrecido. El Espíritu
nos impulsa a amarnos, y así entramos en comunión con el mismo
Dios. Y es necesario señalar que esta comunión con Dios mismo
es lo que pide Jesús en la oración suprema del su última
cena:
Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo
en tí. Que también ellos estén con nosotros, para que
así el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,21).
Este
ser uno con el Padre y el Hijo - y, en consecuencia, ser uno con todos- es
lo que el Espíritu realiza en nosotros. La última razón
teológica de esto nos la da Juan expresando en una densa síntesis
cómo sólo por el amor podemos entrar en comunión con
el Dios que es amor:
Amémonos
unos a otros, porque el amor viene de Dios; todo el que ama ha nacido de Dios
y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. (1Jn
4, 7?8)
El
único criterio para saber si estamos viviendo esa nueva existencia
es el amor efectivo a los hermanos, la capacidad de comprometernos con ellos
y por ellos como lo hizo Dios mismo en la encarnación de su Hijo. Solo
con este criterio, la iglesia, las comunidades particulares y los individuos
podrán constatar si realmente viven del impulso del Espíritu
del Dios que es amor.
4.2. El Paráclito nos guía a la verdad completa
El
evangelio de Juan se escribió en circunstancias peculiares. La figura
del Jesús histórico empezaba a desdibujarse con el paso de los
años, y las comunidades tenían que afrontar nuevas situaciones
y problemas. Los testimonios directos de la vida y las enseñanzas de
Jesús prácticamente habían desaparecido y surgían
quiénes pretendían imponer esto o aquello en nombre de Jesús:
"si Él viviera, ésto es lo que haría...".
Es decir, en los ambientes joánicos empezaba a presentarse una problema
que sigue siendo muy actual: el de la adaptación a nuevas situaciones,
manteniendo la necesaria fidelidad a un origen único e irrenunciable.
El evangelio de Juan surge como el evangelio de la continuidad entre la experiencia
del Jesús histórico y la novedad del Espíritu que viene
a nuestro encuentro en las nuevas situaciones.
Los textos relativos al Paráclito responden a este planteamiento: Os
tendría que decir muchas cosas, pero ahora no las podríais soportar.
Cuando venga el Espíritu de la verdad, él os guiará hacia
la verdad plena. (Jn 16,13). La revelación de Jesús es en sí
misma definitiva y total: él ha manifestado todo lo que había
oído al Padre. Pero la adecuada comprensión, la verdad completa
de esta revelación ha de ser obra del Espíritu en cada nueva
coyuntura de la Iglesia, y en la situación existencial de cada creyente.
La Iglesia ha de mantenerse fiel a Jesús. Por eso, el Paráclito,
el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre os recordará
todo lo que yo os he dicho (Jn 14,26), y os lo hará comprender. Con
el mismo sentido: El Espíritu de la verdad, que procede del Padre y
que yo os enviaré desde el Padre dará testimonio de mí
(Jn 15,26).
El
Espíritu no es independiente de Jesús, ni añade nada
a la experiencia de Jesús; nos actualiza su experiencia (nos la "recuerda"),
nos ayuda a penetrar su sentido mas profundo y nos hace ver cómo nos
afecta en cada nueva situación. Sólo desde una atención
permanente a la acción siempre renovada del Espíritu se podrán
superar las tensiones entre el tradicionalismo literal y estéril y
la innovación anarquista. La iglesia vive del "recuerdo",
de Jesús, pero ha de ser un recuerdo vivificado por el Espíritu,
no una tradición muerta en la que no hay mas principio que aquello
del "siempre se ha hecho así". La iglesia no puede pretender
vivir ni de "verdades congeladas" ni de "éxitos momificados"
(K. Rahner).
El
Espíritu solo puede actualizar lo que ya Jesús había
ofrecido; no caben en rigor "nuevas revelaciones", como pretenden
los gnosticismos de todos los tiempos, sin excluir los nuestros. Jesús
es la revelación plena; pero esta revelación ha de incidir concretamente
en los hombres y mujeres de cada época, ha de "hacerse cargo y
en?cargarse de la realidad concreta" -según la conocida idea de
I. Ellacuria- para transformarla según el querer de Dios.
El
Espíritu "dador de vida" nos urge, no solamente a no destruir
o disminuir ninguna vida concreta, sino también a respetar el "sistema
de vida" (biosistema) que es nuestro planeta. La explotación abusiva
y desconsiderada de los recursos por parte de determinados grupos, es otra
forma de violencia a las posibilidades de vida de otros seres humanos, actuales
o futuros, que tienen los mismos derechos a gozar de los bienes de la creación.
Es evidente que el correcto planteamiento y la solución de los problemas
ecológicos, será uno de los grandes retos del siglo XXI; los
cristianos, además de las razones generales que se puedan defender,
hemos de aportar también nuestra respuesta desde la fe en el Dios creador
y salvador del mundo. Pecar contra la tierra es también pecar contra
el espíritu de Dios10.
5. CONCLUSIÓN
La Iglesia debe vivir del Espíritu, "que es Señor y ofrece
la vida". De Juan XXIII se dice que compartía con sus familiares
que su máxima preocupación era permanecer atento a lo que el
Espíritu pudiera pedir a la Iglesia.
Esta tendría que ser la máxima preocupación, no sólo
de las jerarquías, sino de todo cristiano desde su lugar concreto.
5.1. El Espíritu en la Iglesia
A
veces se da la idea de que el Espíritu actúa sólo o principalmente
en las jerarquías, garantizando su magisterio e inspirando en ellas
las iniciativas que haya que tomar. Esta idea es simplemente falsa, aunque
muy extendida: los creyentes de a pie la adoptan con facilidad, ya que fomenta
la tendencia natural a la pasividad y la pereza; y las jerarquías con
frecuencia pueden fomentarla de forma más o menos inconsciente, ya
que fortalece su autoridad y les evita problemas. K. Rahner lo expresaba así
en un texto escrito a raíz de la convocatoria del Concilio Vaticano
II:
"Uno
puede recibir la impresión de que toda acción salvífica
en la Iglesia es llevada a cabo por Dios exclusivamente a través de
la jerarquía. Esto sería una concepción totalitaria de
la Iglesia, que no corresponde a la verdad católica, pero que encuentra
eco en muchas cabezas. Sería una simple herejía sostener que
Dios opera en Cristo y en su Iglesia exclusivamente a través de la
acción de la jerarquía. Dios no ha dimitido en su Iglesia a
favor de ella.
El Espíritu no sopla de tal manera que su acción comience siempre
por las autoridades eclesiásticas supremas. Existen efectos carismáticos
del Espíritu, consistentes en nuevos conocimientos y nuevas formas
de vida cristiana orientadas hacia decisiones nuevas, de las cuales depende
el avance del Reino de Dios. Son efectos del Espíritu que aparecen
en la Iglesia donde el Espíritu quiere. Puede El también conceder
una tarea, grande o pequeña, para el Reino de Dios a pobres y a pequeños,
a mujeres y a niños, a cualquier miembro no jerárquico de la
Iglesia.
Los jerarcas ciertamente deben examinar la obra del Espíritu en los
carismáticos, mediante el carisma del discernimiento de espíritus
(y, añadimos nosotros, el del gobierno). Deben regularla y orientarla
a la utilidad de la Iglesia. Pero la jerarquía nunca debe dar a entender,
ni velada ni abiertamente, que posee el Espíritu de manera autónoma
y exclusiva en la Iglesia, y que los miembros no jerárquicos son meros
ejecutores de órdenes e impulsos que provengan de la jerarquía
y sólo de ella.
La Iglesia no es un estado totalitario en la esfera religiosa. Ni es correcto
insinuar que todo funcionaría en la Iglesia de un modo óptimo,
si todo fuera institucionalizado al máximo, o si la obediencia fuese
la virtud que sustituyera plenamente a todas las demás, incluso a la
iniciativa personal, a la búsqueda particular del impulso del Espíritu,
a la propia responsabilidad y, en una palabra, al carisma particular recibido
inmediatamente de Dios"11.
Evidentemente,
no se trata de despreciar el papel propio de la jerarquía, que es imprescindible
y decisivo por voluntad de Cristo y del mismo Espíritu. Se trata de
que la jerarquía no anule todas las demás funciones de la Iglesia.
Se trata de preservar y fomentar, como quería Pablo, los diferentes
carismas que, con la debida coordinación, subordinación y complementariedad,
son necesarios para el vigor pleno de la vida de la comunidad. Ni los creyentes
de a pie han de ceder a la tentación de escabullirse de las responsabilidades
que pueda exigir la fidelidad al Espíritu, ni las jerarquías
han de consentir la tentación de evitarse problemas sofocando todo
aquello que no cuadra con sus proyectos o prejuicios.
Como ya hemos dicho, en tiempos de Pablo el problema del conflicto de carismas
se experimentó agudamente. Pero la solución de Pablo no fue
la del autoritarismo, sono la de animar a un discernimiento sereno desde la
humildad y la voluntad de fidelidad al mismo Espíritu, que no puede
contradecirse. Los posibles excesos de supuestos carismáticos o anárquicos
no nos autorizan a consagrar actitudes autoritarias y exclusivistas que cierran
las puertas a la acción vivificante y renovadora del Espíritu.
A veces, se tiene la impresión de que la languidez de la vida cristiana
de las comunidades puede tener su origen, al menos en parte, en el hecho de
que no acabamos de ponernos todos, los de arriba y los de abajo, en actitud
de buscar, ante todo, ser fieles al Espíritu, en continuo discernimiento
humilde, sacrificado, paciente y libre de prejuicios. La convicción,
de fe, en que el Espíritu sigue ofreciéndonos formas de vigorizar
la vida de la Iglesia, debería abrirnos a una creatividad activa.
5.2. El Espíritu y la esperanza cristiana
El
que cree en el Espíritu no se puede abandonar a una pasividad resignada
o a la desesperanza, ni siquiera en aquellos contextos aparentemente más
negativos. Lo diré con una bellas palabras del Cardenal Suenens:
"Soy
hombre de esperanza porque creo que Dios es nuevo cada mañana. Porque
creo que él crea el mundo en este mismo instante. No lo creó
en un pasado lejano, ni lo ha perdido de vista desde entonces. Lo crea ahora:
es preciso, pues, que estemos dispuestos a esperar lo inesperado de Dios.
Los caminos de la Providencia son habitualmente sorprendentes. No somos prisionero
de algún determinismo, ni de los sombríos pronósticos
de los sociólogos. Dios esta aquí, cerca de nosotros, imprevisible
y amante.
Soy hombre de esperanza, y no por razones humanas o por optimismo natural,
sino simplemente, porque creo que el Espíritu Santo actúa en
la Iglesia y en el mundo, incluso allí donde es ignorado.
Soy hombre de esperanza porque creo que el Espíritu Santo es siempre
Espíritu creador. Cada mañana da, al que sabe acoger, una libertad
fresca y una nueva provisión de gozo y de confianza.
Yo creo en las sorpresas del Espíritu Santo. El Concilio fue una, y
el Papa Juan también. Era algo que no esperábamos. ¿Quién
osaría decir que la imaginación y el amor de Dios se han agotado?
Esperar es un deber, no un lujo. Esperar no es soñar. Es el medio de
transformar los sueños en realidad. Felices los que tienen la audacia
de soñar están dispuestos a pagar el precio para que sus sueños
puedan hacerse realidad en la historia de los hombres." (Card. Suenens,
¿Hacia un nuevo Pentecostés?, Bilbao, 1968).
La
razón profunda de la esperanza cristiana nos la indica Jon Sobrino
desde la trágica situación de muerte de El Salvador. Creer que
el Espíritu está en la Iglesia, dice, "es la forma de afirmar
que la historia de los hombres es la historia de Dios, y que la historia de
Dios es la historia de los hombres"12.
5.3. El Espíritu quiere salvar este mundo
Creer
en el Espíritu es creer en un Dios que no puede resignarse a abandonar
este mundo a su desgracia y que no se limita a actuar en él en algún
momento privilegiado, como la creación o la encarnación. Dios
no mira el mundo desde lejos, sino que está actuando siempre en él
salvíficamente a través de la acción de su Espíritu
en los corazones de los hombres.
Esta fe en la presencia y acción del Espíritu que vivifica nos
obliga a pensar la salvación, no como algo que se realiza en un más
allá escatológico, sino como algo ya realizándose ahora,
como liberación de los hombres en la historia. Creemos en la palabra
de Jesús, él dice que el Espíritu se nos ofrece ya aquí,
en nuestro mundo. La "gracia" es realidad salvífica ya en
la historia, y no sólo una promesa futura.
Si en nuestra historia concreta no existieran indicios reales y eficaces de
salvación y liberación, deberíamos concluir que, o bien
no ha venido el Espíritu, o que le resulta imposible salvar el mundo
-cosas inaceptables desde la óptica de la fe cristiana-; o que nosotros
nos hemos cerrado a la acción del Espíritu -es decir, estamos
"pecando contra el Espíritu Santo" y no tenemos posibilidad
de salvarnos.13
NOTAS
1. El Cardenal J. Ratzinger afirmó en el Congreso Eucarístico
de Bolonia (25 Sept. 1997), hablando de la revisión de la condena de
Giordano Bruno: hemos de ser conscientes de que la Iglesia como institución
experimenta la tentación de transformarse en un estado que persigue
a sus enemigos. Hubo fieles que se escandalizaron de tales palabras i los
periódicos católicos las suprimieron. Hay quien cree que no
se puede reconocer que la Iglesia se equivoque: ciertamente la Iglesia no
se equivocará como tal en asuntos esenciales para la salvación;
pero los eclesiásticos -y todos los fieles- se pueden equivocar en
juicios y decisiones concretas. Y todos hemos de estar dispuestos a reconocerlo
y reparar los errores siempre que sea posible. (Cf. El País, 5 nov.
97, pág.11)
2. Algunos han sostenido que los Hechos de los Apóstoles propugnaban
un verdadero comunismo avant la lettre, negador de todo derecho a la propiedad.
Pero parece ser que en las comunidades primitivas no se negaba propiamente
este derecho, pero sí que se exigía la efectiva disponibilidad
en el uso de todos los bienes, en favor de los más necesitados.
3. Sobre este tema vale la pena releer el Decreto sobre el apostolado de los
laicos del Concilio Vaticano II. Veamos, por ejemplo, lo que se dice en el
nº3: El Espíritu Santo... ofrece también a los fieles dones
particulares "distribuyéndolos a cada uno, uno por uno, tal como
el quiere" (1Cor 12,11)... Por el hecho de haber recibido alguno de estos
carismas, aunque se trate del más humilde, se deriva, para cada uno
de los fieles el derecho y el deber de practicarlo, en la Iglesia y en el
mundo, para el bien de los hombres y la construcción de la Iglesia,
en la libertad del Espíritu Santo "que sopla donde quiere"
(Jn 3,8), y en comunión constante con sus hermanos en Cristo, particularmente
con sus pastores, a los que compite juzgar sobre la autenticidad de estos
dones y sobre su práctica ordenada; no se trata, ciertamente, de que
aniquilen el Espíritu, sino de que examinen sus frutos y retengan lo
que es bueno (cf. 1Tes 5, 12?21).
4. Sobre este tema es bueno releer el libro de Y.M. Congar, Si sois mis Testigos.
Barcelona, Estela, 1960.
5. Mons. J.R. Quinn, arzobispo emérito de San Francisco, lo decía
así: ¿Quién puede contradecir el hecho de que, en nuestra
Iglesia, la preocupación por la disciplina prevalece sobre la exigencia
del discernimiento? ¿No existe en ello una falta de confianza en el
Espíritu Santo? Cf. Documentos de Iglesia, nº 674 (15.04.97),
pág. 254
6. Veamos textos paralelos. Jn 5,26: Así como el Padre tiene vida en
sí mismo, así también le ha dado al Hijo el tener vida
en sí mismo. Jn 6,63, final del discurso del pan de vida: Es el Espíritu
quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son
Espíritu y Vida.
7. Cf. S. Boulgakov, Le paraclète. Paris, 1946, pp.155?156.
8. Veamos también el final: Aquel a quien Dios ha enviado, dice palabras
de Dios, porque Dios le da su Espíritu sin medida. El Padre ama al
Hijo y lo pone todo en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna...
9. Cf. Jn 14,23: El que me ama, guardará mis palabras; y mi Padre lo
amará, y nos quedaremos en él. Este quedarse es lo que realiza
el Espíritu del Padre y del Hijo en nosotros.
10. Sobre este tema, podemos considerar las lúcidas aportaciones de
L. Boff en su reciente obra Grito de los pobres, grito de la tierra.
11. Teología del Concilio, según la versión de Selecciones
de Teología, vol 1, nº3, (1962) p.135. En este mismo número,
p.41, se cita un texto análogo de Y. de Montcheuil: "La iniciativa
reconocida al cristiano no es una mera concesión a su necesidad de
independencia;... es algo que se le exige. Es necesario que se ponga al servicio
de Cristo lo mismo con su iniciativa que con su dependencia. Si hay falta
en no someterse a las órdenes dadas, la hay también en no emprender
dentro de la Iglesia y para la Iglesia aquello de que somos capaces... Es
más fácil permanecer en obediencia cuando se espera pasivamente
sin intentar nada, que renunciar, por invitación de la autoridad, a
lo que se emprendió... La iniciativa de los cristianos es un elemento
normal en la vida de la Iglesia. Cuando falta, hay en ella una función
que no va bien; y la acción de la jerarquía, por atenta que
sea, no la puede suplir del todo".
12. J. Sobrino en: AA.VV. Cruz y resurrección, México, CRT,
1978, p.153.
13. Cf. A. González. Trinidad y Liberación. San Salvador, UCA
1994, pp. 92?93.
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