Hans KÜNG
Teólogo
Madrid,
1986
Traducción: Gilberto Canal
Fuente: Revista Éxodo, Madrid
¿Hacia dónde va la Iglesia Católica? Una respuesta
correcta nos exige iluminar bien el trasfondo con todas sus implicaciones
o imponderables. Necesitamos saber de dónde salimos y hacia dónde
nos encaminamos.
Ya nadie puede dudar de que nos encontramos en una fase de una "Iglesia
hibernada" (Karl Rahner), de estancamiento y de restauración
con su típica intolerancia e incluso represión de las reformas
y los reformadores. Pero la situación presente no ha surgido por
generación espontánea, sino como resultado de un determinado
proceso histórico de características bien precisas. Para comprender
este proceso en el tema que nos ocupa es necesario un nuevo acercamiento,
un nuevo punto de referencia, que en perspectiva hermenéutica llamaremos
análisis de paradigmas de los cambios de modelos de Iglesia. Esto
nos va a permitir situar el presente eclesiástico-político
en el contexto más amplio de la evolución histórica
de la Iglesia y la sociedad, para así comprender mejor la génesis
de nuestra actual situación. Quizás todavía sea posible
relativizar el difundido sentimiento de impotencia y decepción, para
volver a mirar al futuro con una "esperanza sometida a prueba",
en expresión de Ernst Bloch. Por consiguiente, en aras de un mejor
futuro en nuestro un tanto triste presente necesitamos una clarificación
históricamente fundada que, desde los paradigmas del pasado, se encamine
hacia nuevas visiones del futuro a través del análisis del
presente.
¿Qué entendemos por paradigma?
¡No nos asustemos ante la palabra! Originalmente "paradigma"
no significaba ni más ni menos que "ejemplo", "tipo",
"tipo ejemplar", modelo para ulteriores experimentos. En el tema
que nos ocupa podríamos traducirla como "modelo de interpretación",
de conocimiento como modelo fundamental ("macromodelo").
¿Qué nos ha dejado la revolución copernicana, con el
famoso caso Galileo? No una simple teoría ni un determinado método;
¡más bien un nuevo paradigma!
Con el historiador y teórico de la ciencia americana T. S. Kuhn,
quien ha introducido este concepto en la discusión teórica
de la ciencia en su libro The Structure of Scientific Revolutions, 1972
(Estructura de las revoluciones científicas), entiendo aquí
por paradigma "toda una constelación de convicciones, valores,
modos de comportamiento, etc. (et-coetera), compartidos por los miembros
de una determinada comunidad" (p. 186).
Kuhn ilustra su tesis con ejemplos clásicos de la historia de las
ciencias de la naturaleza, y analiza detalladamente los mecanismos por los
que se formaron y desarrollaron los paradigmas ptolomaico, copernicano,
newtoniano y einsteniano. Del mismo modo, pienso que mutatis mutandis en
la historia de la Iglesia y de la sociedad podemos hablar también
de macroconstelaciones epocales, de modelos fundamentales, es decir, de
grandes paradigmas que han estructurado la visión cristiana de la
realidad y que se han ido transformando a lo largo de la historia de la
teología y de la Iglesia. En la presente exposición me gustaría
distinguir someramente el paradigma protocristiano-judeocristiano y apocalíptico
de la teología de la Iglesia (I), el antiguo-helenístico-bizantino
(II), el medieval romano-católico (III), el de la Reforma (evangélico-protestante)
(IV), el de la modernidad ilustrada (V) y, finalmente, el de la post- modernidad
postilustrada (VI) (cf. Theologie-wohin?, de H. Küng-D. Tracy 1984).
Pero parece salirnos al paso una objeción: ¿No se mueve lo
religioso en la dimensión de lo absoluto, de lo eterno, de la verdad
inmutable? ¿Es posible el cambio o la valoración en la esfera
de la verdad eterna? ¿No deberá permanecer todo como ha sido
siempre para que Dios siga siendo Dios? Que el sol y las estrellas sigan
siendo los mismos no impide que Tolomeo y Copérnico los vean de un
modo totalmente diferente; se trata de otra imagen del mundo, de otro modelo
o paradigma. La Palabra de Dios permanece, pero en cada tiempo es escuchada
de un modo diferente. Dicho de otro modo, la verdad sólo se nos descubre
en una forma histórica y condicionada por el tiempo la verdad inmutable
se transmite siempre en nuevos paradigmas, en nuevas constelaciones de convicciones,
valores y comportamientos. Así podemos constatarlo dentro del mismo
tiempo neotestamentario.
Paso fundamental del paradigma protocristiano-judaico-escatológico
(I) al helenístico-bizantino (II)
El paradigma originario de la Iglesia neotestamentaria, formada por judíos
y helenistas, a pesar de sus diferentes concepciones teológicas,
configuraciones litúrgicas y puntos de partida constituyentes, era
un cristianismo judaico-escatológico cuyo marco ideológico
procedía del judaísmo primitivo: tanto las comunidades de
Jerusalén y Palestina como las pagano-paulinas vivían a la
espera del fin deI mundo (apocalipsis) y, al mismo tiempo, en la esperanza
del inmediato retorno del Señor y de la próxima instauración
del reino de Dios. Los títulos de Mesías, Cristo o Hijo de
Dios se utilizaban en contexto judío.
La rápida desaparición del judeocristianismo fue una incalculable
pérdida para la cristiandad, que se volvió muy pronto helenista,
lo que no dejó de constituir un lastre permanente para las relaciones
tanto con el judaísmo como con el islam (en el que parece seguir
presente la tradición judeocristiana). Las definiciones cristológicas
de Nicea y Calcedonia habrían sido muy diferentes de haber seguido
vigente una cristiandad judía.
Ahora ya no entendemos a Cristo como fin, sino como centro del tiempo, continuado
por el tiempo de la Iglesia. Por lo demás, esta Iglesia ecuménica
de los primeros siglos no era una Iglesia monolítica organizada de
un modo centralista, sino más bien una koinonía, o communio,
una comunidad de Iglesias entendida, ante todo, por forma sacramental-espiritual
y no jurídico-institucional. En definitiva, se trataba de una asociación
de Iglesias federadas en la que los diversos obispos locales (o párrocos)
se sentían ligados colegialmente, ciertamente subordinados a los
metropolitas y patriarcas, reconociendo al obispo de Roma en su calidad
de primero de los patriarcas (primus inter pares).
Paso del paradigma helenístico-bizantino (II) al católico-romano
medieval (III)
Después del giro constantiniano se fue configurando en Roma una visión
específicamente romana de Iglesia. Roma contó siempre con
varias circunstancias a su favor: haber sido el campo de actuación
de Pedro y Pablo; su importancia como capital del Imperio; su genio jurídico;
en definitiva: el espíritu romano-imperial sobre un fondo eclesiástico
católico.
Así surgió poco a poco -y aquí hemos de recordar, junto
al papa León Magno, al inspirador de la Edad Media, Agustín-
un nuevo paradigma latino de una Iglesia totalmente fundada sobre Roma;
es decir de una Iglesia católica romana; en él todo el orden
de la Iglesia se derivará de la supuesta potestad petrina del obispo
de Roma: si el paradigma ecuménico de la Iglesia antigua era sacramental,
colegial y conciliar, el paradigma medieval católico-romano se vuelve
jurídico, monárquico y absolutista. Todo se funda sobre el
papa.
El esquema constitucional ya no es Dios-Cristo-Apóstoles-Obispos-Iglesia,
sino Dios-Cristo-Pedro-Papa-Obispos-Iglesia.
Este paradigma halló su expresión culminante en el programa
de la Reforma Gregoriana del siglo XI. El papa adquiere absoluta supremacía
en la Iglesia; Iglesia romana y papa son quicio (puerta), madre (de la familia),
fundamento (del edificio), fuente (de la corriente); el poder espiritual
se sobrepone al laical: el papa está por encima del emperador; se
impone el celibato obligatorio en toda la Iglesia, y el matrimonio de los
presbíteros es denunciado como concubinato.
Resultados eclesiales históricamente decisivos:
1. La lucha por la supremacía con los emperadores alemanes (guerra
de las investiduras) da como vencedor en un primer momento al papado medieval.
2. En el ámbito eclesiástico occidental se impone el papado
con sus nuevas pretensiones absolutistas.
3. La polémica con Oriente, que se mantiene dentro del paradigma
de la Iglesia antigua, es un fracaso para el papado (en 1054 tiene lugar
la excomunión papal): el cisma entre la Iglesia de Oriente y la de
Occidente permanece hasta nuestros días y queda sellado con las muy
poco cristianas cruzadas, emprendidas al mismo tiempo contra el Islam y
contra la Iglesia oriental.
Con todo, también en Occidente se llega pronto a la crisis del paradigma
medieval (sociedad, Iglesia, teología), y del poder temporal del
papa se pasa rápidamente a la impotencia papal:
1300: primer Año Santo y jubileo promulgado por Bonifacio VIII.
1302: Bula "Unam Sanctam" declarando la absoluta soberanía
del papa sobre "toda criatura humana".
1303: Atentado de Anagni y apresamiento del papa por los franceses. Prácticamente
el comienzo de los casi setenta años de destierro;
1309-1377: Destierro de Avignon: primero dos, luego tres papas.
1414-1418: Deposición de los tres papas por el Concilio de Constanza
(el único concilio ecuménico al norte de los Alpes). Pero
tampoco entonces Roma quiso aprender del concilio: las conclusiones conciliares
de reforma fueron pasadas por alto, de modo que bajo el papado del Renacimiento
las postrimerías fueron peores que los principios.
En esta abismal crisis de la teología, la Iglesia y la sociedad medievales
-exactamente cien años después del Concilio de Constanza-
presentaba Martín Lutero un nuevo proyecto de paradigma.
Del paradigma medieval católico-romano (III) al de la reforma evangélico-protestante
(IV)
El programa de Lutero era claro: Vuelta de la Iglesia al Evangelio de Jesucristo,
vivido en la experiencia de la Sagrada Escritura:
-contra todas las tradiciones, leyes y autoridades acumuladas a lo largo
de los siglos, la Escritura como norma suprema;
-contra los miles y miles de mediaciones de santos y ministros entre Dios
y los seres humanos, Cristo como único mediador;
-contra todos los esfuerzos ascéticos, obras y acciones (indulgencias,
misas, reliquias, peregrinaciones), justificación del ser humano
por la fe que se fía sola y absolutamente de la libre gracia de Dios:
sola gracia, sola fe.
Así nacía una nueva concepción de la libertad del cristiano,
del individuo, de la conciencia, y también una nueva concepción
de Dios, del ser humano, de la Iglesia, de los sacramentos y del Estado.
En definitiva, nos hallamos ante una transformación extraordinariamente
rápida que podemos tomar como modelo ejemplar para el estudio de
las reglas de un cambio de paradigma: -la crisis va siempre por delante
de la teología y de la Iglesia oficial; normalmente reacias a lo
nuevo;
- para que se disuelva el viejo paradigma es necesario que surja primero
uno nuevo;
- En toda aceptación o rechazo intervienen factores extracientíficos,
arracionales, psicológicos y políticos;
- para participar en el cambio se requiere una auténtica conversión
que de ningún modo obedece a una necesidad racional;
- en medio de la confrontación nunca cabe prever el resultado: si
el viejo paradigma va a lograr mantenerse (mediante la integración
de nuevos elementos); si va a ser reemplazado o si todo va a quedar en tablas
(indefinido).
La reforma no es ni más ni menos que un giro copernicano en la historia
de la teología y de la Iglesia, llevado a cabo por un teólogo
que podía no ser un santo, pero (como reconoce la misma Roma casi
500 anos después de su excomunión) era ciertamente un hombre
profundamente religioso y cristiano. Con todo, puesto que Roma se negaba
entonces a cualquier clase de reforma, tuvo que llegarse a la división
de la Iglesia: junto a la división de la Iglesia entre Este y Oeste
en el siglo XI, ahora, en el siglo XVl", una nueva división
en Occidente entre Norte y Sur en Alemania, en Europa y, finalmente, en
América: una división entre las Iglesias de paradigma medieval
y las de paradigma reformador.
Paradigma reaccionario de la Contrarreforma
La reacción de la Iglesia católica a la Reforma siguió
al Concilio de Trento, después de la muerte de Lutero. Auspiciado
por muchos como un concilio de reforma, Trento no supuso, por desgracia,
un serio puente hacia el paradigma de la Reforma evangélica, sino,
en su conjunto, más bien una restauración del anterior status
quo medieval. Bien es cierto que se disiparon algunos malentendidos, a la
vez que determinados temas de la Reforma como la idea de la justificación
(por la sola fe, justificación gratuita) fueron tratados de acuerdo
con el paradigma medieval, sin que ello supusiera consecuencia alguna para
la concepción de la Iglesia, del ministerio o del papado.
Ni siquiera se mostraron consecuencias positivas para las exigencias en
el terreno de la mera disciplina, de muchos católicos alemanes sobre
la lengua vernácula en la liturgia, el matrimonio de los presbíteros
o la comunión bajo las dos especies para los laicos, por no citar
los profundos problemas teológicos de la Reforma.
Por el contrario, a partir de Trento se produjo un creciente atrincheramiento
en el bastión católico-romano (en expresión del cardenal
Octaviani: "el baluarte") y se defendió el paradigma medieval
contra cualquier incursión de los "enemigos de la Iglesia",
cada vez más numerosos en los siglos siguientes. El paradigma católico-romano,
en otro tiempo abierto al mundo y "progresista" (recordemos las
grandes síntesis espirituales de la teología medieval), se
convirtió en un trasnochado paradigma de la apología y de
la reacción. Y esto no sólo contra el protestantismo y, dentro
del ámbito católico, contra el galicanismo y el jansenismo,
sino -lo que sería mucho más grave- en el siglo XVII, contra
la incipiente filosofía moderna, las ciencias de la naturaleza y
contra la nueva concepción del Estado y la sociedad. Pero ¿qué
había pasado entre tanto?
Del paradigma de la reforma (IV) al de la modernidad Ilustrada (V)
Después de una fase de ortodoxia luterana y reformada y de contrarreforma
católico-romana, después de la era del confesionalismo y de
la guerra de los treinta años, se produjo un nuevo gran cambio de
paradigma que es preciso distinguir claramente de la Reforma, si bien algunos
luteranos, sin tener en cuenta otros factores, lo consideran como mera consecuencia
de la Reforma: el paradigma de la modernidad, ese mundo moderno cuyo comienzo
se fija históricamente en el siglo XVII: con la nueva filosofía
(Descartes y sus seguidores), con, las nuevas ciencias de la naturaleza
(con el caso sintomático y especial, con respecto a otros cambios
de paradigma, de Galileo), la tecnología, la industrialización
y, finalmente, también dentro del mismo siglo XVII, la incipiente
secularización del Estado y la política.
Nos hallamos, pues, ante otro importante cambio de paradigma fuertemente
marcado por el siglo XVIII, el optimista y progresista "siglo de las
luces" (siècle des lumières): la expresión clave
"palabra de Dios" es reemplazada por "razón",
la religión como confesión cede a la tolerancia de todas los
confesiones, e incluso religiones; en vez de invocar la Reforma se invoca
por todas partes la Ilustración. Precisamente esta ilustración
será la que conduzca a las grandes conmociones políticas las
revoluciones americana y francesa con sus declaraciones de derechos humanos.
El mundo moderno -nueva filosofía y nuevas ciencias, tecnología
industria y democracia-, a diferencia del mundo de la Edad Media, nace sin
Roma y contra Roma, y por ello siguen pagando todavía los países
católicos de la Europa meridional y de Sudamérica el precio
de su retraso social. Roma se posicionaba a la defensiva intentando preservar
su poder (Estados Pontificios, magisterio, primado, infalibilidad, condena
de los derechos humanos, del liberalismo y socialismo, incluso de la exégesis
bíblica histórico-crítica o de cualquier nueva interpretación
teológica). Al antiprotestantismo se añadió el antimodernismo;
al Concilio de Trento, el Vaticano I; al viejo derecho canónico,
el nuevo y rígido Codex Iuris Canonici; al papalismo, el marianismo.
Contra toda la tradición eclesial, los papas definen dogmas sin verse
obligados a ello por una herejía: cuatro dogmas de lujo (J. H. Newman),
dos sobre el papa (1870) y dos sobre María (1854, 1950).
De todos modos, es de algún modo evidente que el paradigma católico-romano,
medieval y contrarreformador obedecía a una crisis de modernización,
como se manifiesta no sólo en la pérdida de los Estados pontificios,
sino también en numerosas condenas de teólogos italianos,
franceses, alemanes y americanos y en el juramento antimodernista impuesto
por el papa Pío X a todo eI clero católico a principios de
nuestro siglo, para llegarse posteriormente a la prohibición de los
curas obreros y a la inhabilitación de los más importantes
teólogos franceses bajo el pontificado de Pío XII, en los
años cincuenta. No conviene olvidar que todos ellos - a excepción
de Teilhard de Chardin, que ya había muerto en el destierro - fueron
nombrados teólogos del Concilio Vaticano II por Juan XXIII. Nos encontramos,
pues, ya en nuestro tiempo.
Recuperación católica del paradigma reformador (IV) y moderno
(V)
El giro comenzó con Juan XXIII (1958-63) y con el Concilio Vaticano
II (1962-65): de una postura "anti" se pasó a la "apertura",
al "aggiornamento", al "diálogo", al "ecumenismo".
El concilio se hallaba ante la inmensa tarea de introducir en la Iglesia
católica dos cambios de paradigma al mismo tiempo y de realizarlos
en la medida de lo posible, si bien no es de extrañar que ello sólo
se lograra en parte. Pero, a pesar de todos los funestos compromisos, sí
se lograron cosas importantes.
Contra la resistencia de la curia romana se consiguió recuperar el
paradigma de la Reforma: revalorización de la Biblia y de la predicación
en el culto, autorización de la lengua vulgar y de la comunión
bajo las dos especies, participación activa de la comunidad, reconocimiento
del laicado como pueblo de Dios (en los consejos parroquial y diocesano),
inclusión del papa en la colegialidad de los obispos, respeto a las
Iglesias locales y nacionales (conferencias episcopales).
Además, también contra la resistencia curial, se recuperó
igualmente el paradigma moderno e ilustrado: reconocimiento de los derechos
humanos, sobre todo, la tan perseguida libertad de religión y conciencia,
afirmación del igualmente condenado ecumenismo, nueva relación
con los judíos, el islam y las demás grandes religiones; finalmente,
una nueva actitud de la Iglesia ante la ciencia, el progreso y, en general,
el mundo secular moderno (supresión del juramento antimodernista
y del Índice de libros prohibidos, que incluía casi todos
los grandes seres humanos de la modernidad desde Descartes y Galileo hasta
Unamuno y Jean-Paul Sartre).
El esbozo que acabamos de presentar no se limita a la mera síntesis
de los diversos momentos históricos, sino que más bien pretende
mostrar qué en nuestro siglo nos hallamos ante la concurrencia e
incluso ante un abierto conflicto no sólo de diversos teólogos
y teologías, sino también de diversos paradigmas, con diversas
raíces en el tiempo; este conflicto se ha manifestado también
en la teología y la Iglesia protestantes en las confrontaciones entre
fundamentalistas (pietistas) y liberales de todos los tipos. Y precisamente
por tratarse de paradigmas, de concepciones fundamentales largamente maduradas,
profundamente arraigadas y que afectan a la totalidad, de un modo consciente
o inconsciente, resulta tan duro y aparentemente irreconciliable el contacto
entre los llamados "conservadores" y "progresistas"
de todas las Iglesias. Del mismo modo que existen ortodoxos griegos o rusos
que desde los siglos IV o V apenas han progresado teológicamente,
existen también católicos que todavía viven en la Edad
Media o en la Contrarreforma, o bien protestantes que siguen interpretando
la Biblia del mismo modo que en las siglos XVI y XVII.
En definitiva, la pregunta fundamental para la valoración del presente
y el futuro de la Iglesia católica y del cristianismo es la siguiente:
¿Sigue la Iglesia católica, junto con las otras Iglesias,
el camino de la renovación, del mutuo entendimiento ecuménico
y del "aggiornamento" en la línea de Juan XXIII y del Concilio
Vaticano II? O más bien, no obstante su amplia apertura hacia afuera
con la utilización de las técnicas modernas, ¿se está
dejando, en su constitución interna, en la teología, la liturgia
y el derecho, recluir en el paradigma preconciliar medieval, siguiendo el
ejemplo de un país como Polonia que no ha realizado ni el cambio
de paradigma de la Reforma ni el de la ilustración?
Hasta el último sínodo de obispos de 1985, en Roma, se hablaba
francamente poco de "apertura", "aggiornamento" e incluso
de "diálogo". Desde una perspectiva ecuménica, esta
segunda vía supone - como ya están empezando a ver muchos
obispos - la absoluta congelación, o la reducción del ecumenismo
a meras declaraciones y abrazos. Dentro de la Iglesia católica, pienso
que el test para la superación de este conflicto podría constituirlo
la cuestión feminista. Actualmente se está llevando a cabo
en Roma una amplia ofensiva eclesiástica contra la emancipación
de la mujer, particularmente en América, orientada tanto a las mujeres
casadas como a las solteras que viven en congregaciones religiosas. Las
manifestaciones de esta ofensiva son variadas: persistencia de muchos obispos
en una moral matrimonial trasnochada (p. ej., en el tema del control de
la natalidad); "inquisición" de algunas congregaciones
de religiosas o de algunos centros eclesiásticos de formación;
campaña contra la ordenación de mujeres y prohibición
de "acólitas". Al menos en la Iglesia, parece intentarse
que la mujer siga recluida en el paradigma preconciliar y medieval. Esta
confrontación llevará al fin, o bien a un cambio de actitud
en la Iglesia, o bien a un alejamiento (qué ya está siendo
masivo) de las mujeres (como lo fue el de los intelectuales y los trabajadores)
con respecto a la Iglesia.
De todos modos, la confrontación aún no está decidida,
y por ambas partes se hallan en juego poderosas fuerzas. Una continuación
de la renovación conciliar parece tanto más urgente cuanto
que en estos últimos tiempos el mundo, lejos de quedarse estancado,
prosigue el camino de un futuro todavía impredecible.
Del paradigma moderno ilustrado (V) al paradigma postmoderno actual (VI)
Todos nos encontrarnos inmersos en un nuevo cambio de paradigma: de una
modernidad ilustrada a un paradigma postmoderno (todavía por determinar
y circunscribir), en el que ser humanoy sociedad, mundo y Dios se concebirán
en una constelación totalmente distinta de convicciones, valores
y formas de conducta (= paradigma). Considero que aquí no se trata
de un simple movimiento pendular o de una marejada, ni siquiera de un cambio
de talante en los años sesenta o setenta, o de un determinado giro
político en los ochenta, sino de una transformación fundamental
y a largo plazo en la concepción de la realidad (que de hecho ya
se iniciaba con la primera guerra mundial). Como hemos insinuado, este cambio
trascendental en la visión global de nuestro tiempo incluye dos facetas
principales: por una parte, la crisis del ya envejecido paradigma "moderno-ilustrado"
y, por otra parte, empiezan a perfilarse rasgos básicos de un nuevo
paradigma ilustrado post-moderno más allá de la Ilustración.
Ya hace tiempo que se anuncia otra constelación de valores en el
nuevo marco externo de lo político: sólo ahora nos damos cuenta
de verdad del alcance de la invasión, revolución y quebranto
supuestos por las dos guerras mundiales: teólogos como Karl Barth,
Rudolf Bultmann y Paul Tillich y filósofos como Heidegger, Jaspers
y Bloch lo constataban ya en 1918. En la esfera política, la antigua
constelación de la modernidad, es decir, la supremacía mundial
de las potencias europeas fue duramente sacudida por la primera guerra mundial
y, finalmente, en la segunda guerra mundial, aniquilada y disuelta por el
dominio de las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética.
Pero éstos a su vez - inmersos en una situación cada vez más
crítica - ni siquiera son capaces de imponer ilimitadamente la propia
voluntad en sus respectivas esferas de influencia (China, América
Latina, Europa). Se empieza a dibujar una nueva constelación política
mundial de carácter post- moderno, es decir, postimperialista y postcolonialista,
y también, gracias a los sistemas técnicos de comunicación,
un mundo policéntrico cada vez más intrincado (el Tercer Mundo
y el Cuarto Mundo son ya tan importantes corno el Primero y el Segundo),
en el que las guerras, después de tantas experiencias horribles,
quizás se consideren cada vez más como empresas insensatas
e inhumanas (como ya sucede en Europa).
Igualmente evidente es la crisis interna del paradigma de la modernidad:
por todas partes se está poniendo en tela de juicio la supremacía
mundial de las fuerzas culturales que determinan y conservan el paradigma
moderno. Los seres humanos nos sentimos hoy menos liberados que amenazados:
por una ciencia que no reconoce fronteras ni responsabilidad alguna; por
una macrotecnología y tecnocracia que en vez de servir al ser humano
lo domina; por una industria que deteriora el medio ambiente; por una democracia
puramente formal, incapaz de realizar la justicia social.
El proceso de modernización no sólo amenaza con destruir toda
tradición, sino también el sentido y las normas, la identidad
del hombre, su comunitariedad y su medio ambiente. Este fenómeno
es calificado hoy por la sociología (Daniel Bell) como agotamiento
de las energías creadoras de la modernidad; después de la
segunda guerra mundial, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer lo llamaban "dialéctica
de la Ilustración". Continuando el pensamiento nietscheano analizaron
en su "teoría critica" cómo una crítica radical,
es decir, una crítica racional llevada hasta la raíz, termina
por minar las raíces de la misma razón; cómo de este
modo la autocrítica de la razón disuelve a la razón
misma; cómo la Ilustración se mueve en un proceso imparable
de autodestrucción.
Por eso, los propios autores de la "Dialéctica de la Ilustración"
preconizaban ya una Ilustración que se trascendiera a sí misma.
Dimensiones del nuevo paradigma
Pero ¿qué significa una Ilustración que se trasciende
a sí misma, una Ilustración ilustrada más allá
de si misma? Ahora podemos comprender las posibles dimensiones del nuevo
paradigma mejor que en los tiempos de la segunda guerra mundial.
Se trata de la nueva actitud que se está perfilando con respecto
a las viejas fuerzas dinámicas de la modernidad, nueva actitud perfectamente
compartible por diferentes grupos sociales: sí a la ciencia, pero
a una ciencia éticamente responsable; sí a la tecnología,
pero a una tecnología que sirva a la humanidad del ser humano; sí
a la industria, pero a una industria que estimule los verdaderos intereses
y necesidades del ser humano; sí a la democracia, pero a una democracia
verdaderamente social en que puedan reconciliarse libertad y justicia. Se
trata, pues, de un camino entre el cientifismo a ultranza y la condenación
de la ciencia, entre la euforia y la oposición ante la técnica,
entre la democracia puramente formal y la democracia popular totalitaria.
Nos encontramos abiertamente no sólo ante nuevas olas y marejadas
de superficie, sino ante un fuerte movimiento de las capas profundas, ante
un cambio paradigmático de necesidades, valores y normas. Frente
a necesidades materiales como seguridad abastecimiento, carrera, consumo,
se imponen ahora necesidades de valores y normas que podríamos calificar
provisionalmente como postmaterialistas: creciente interés por ampliar
la propia experiencia y autorealización; mayor sensibilidad en el
frágil terreno de las relaciones humanas y aumenta de la atención
a lo social; fino sentido de la protección y cuidado de los ambientes
naturales e históricos.
Estas observaciones hallan confirmación en los llamados movimientos
liberadores alternativos (nacidos de otro modo) de nuestra era post-industrial.
Han surgido de la crisis social y gozan de simpatías mucho más
allá de las respectivas organizaciones. Aunque no podamos identificarnos
con todas sus particularidades y métodos, con sus exponentes y agrupaciones,
cualquier observador atento de la realidad actual tendrá que reconocer
sinceramente que estos movimientos, mutuamente interrelacionados, le han
abierto los ojos a una "nueva visión de las cosas" en los
dos últimos decenios, y también que, lejos de suponer una
"traición" a la modernidad, son signo de un cambio prometedor.
Si no nos fijamos en las manifestaciones y desarrollos extremos, sino en
lo esencial, percibiremos dimensiones complementarias de una nueva constelación
ideológica: nueva actitud no sólo ante la ciencia, la tecnología,
la industria y la democracia, sino también la consiguiente nueva
actitud ante las razas y clases, los sexos y la naturaleza e incluso la
religión. Concretizando: una nueva actitud ante los. desfavorecidos
e ignorados y marginados en la democracia moderna, ante el hambre, la pobreza
y la injusticia, está irrumpiendo en el movimiento norteamericano
de los derechos ciudadanos, en los movimientos latinoamericanos y africanos
de liberación y en el movimiento mundial de los derechos humanos;
una nueva sensibilidad en el movimiento feminista sobre el papel de los
sexos frente al dominio masculino; una nueva relación con la naturaleza
en el movimiento ecologista con respecto a los límites del crecimiento
y de la destrucción de los principios naturales de nuestra vida;
una nueva actitud en el movimiento pacifista de condena de una política
exterior que considera la guerra como medio político; y, finalmente,
una nueva actitud ante la realidad última en los diversos movimientos
religiosos, cristianos y no-cristianos.
Papel de la Iglesia católica
Nuestra época se encuentra sin duda en un movimiento de búsqueda
y, como es sabido, todo tiempo de tránsito se caracteriza por la
inmadurez y la contradicción. Pero si los signos de los tiempos no
nos engañan, la religión debería jugar un importante,
aunque difuso, papel en el paradigma postmoderno.
Ya no se puede volver atrás (como se teme Jürgen Habermas) en
la superación del paradigma postmoderno:
1. Es preciso conservar la fuerza critica de la Ilustración frente
a cualquier objetivación social y encubrimiento intelectual.
2. Se impone, sin embargo, negar el reduccionismo de la modernidad ante
los estratos espirituales y religiosos más profundos de la realidad,
y también su optimismo racional, científico y progresista,
así como todas las fuerzas destructoras a que han dado lugar en el
curso de la historia.
3. Finalmente, hay que trascender, superar, la modernidad en un paradigma
de postmodernidad, donde las dimensiones relegadas y atrofiadas, incluidas
las de la religión, se orienten a una eficacia enriquecedora y liberadora.
¿Cuál puede ser en este contexto el papel de la Iglesia católica?
Si quiere perseguir una renovación consecuente en el espíritu
del Concilio Vaticano II, a la Iglesia católica sólo le queda
un papel que jugar de cara al Tercer Mundo y, en definitiva, también
de cara al primero y al segundo.
El sínodo romano de obispos (1985) ha evidenciado que una importante
parte del episcopado se pronuncia por una renovación consecuente
en el espíritu del Vaticano II. El papa y la curia harían
bien en tomar en serio y traducir en hechos los postulados del episcopado
al que se deben.
Mencionaremos únicamente diez temas clave del documento sinodal,
todos los cuales se remiten al Vaticano II y, por consiguiente, tienen fuerza
vinculante para la administración romana y para el resto de los sínodos
futuros; éstos no tienen la función de confirmar o verificar
el concilio ecuménico de la Iglesia católica, sino únicamente
la de ponerlo en práctica.
1. La Iglesia como "communio"
Si tomamos en serio a la Iglesia no en cuanto jerarquía (potestad
sagrada), sino en cuanto koinonía, communio, comunidad de los fieles
con Cristo y entre ellos mismos, entonces el sínodo anunciado para
1987 sobre la "vocación y misión de los laicos en la
Iglesia y en la sociedad" no debería ser un sínodo de
los obispos sobre los laicos, sino un sínodo de obispos (y teólogos)
con los laicos (hombres y mujeres), y no sólo de las asociaciones
seglares oficiales. Así se mostraría que el dominio medieval
del clero sobre los laicos, contrario a la primitiva organización
de la Iglesia, cede el paso a una relación en que se alterna la mutua
obediencia en sentido bíblico.
2. Pluralidad en la unidad
Para que la diversidad sea también en Roma no sólo una palabra,
sino una realidad, necesitamos una Iglesia en la que tanto la Congregación
para la Doctrina de la fe (que contra las directrices de Pablo VI tan poco
ha contribuido hasta ahora a una iluminación positiva de la fe, continuando
más bien la vieja actividad inquisitorial con nuevos métodos)
como las otras autoridades vaticanas se liberen por fin de la neoescolástica
medieval, centrada en los dogmas, y se abran a todas las corrientes de la
actual teología católica, sin excluir la teología latinoamericana
de la liberación.
3. Colegialidad de los obispos con el papa
Si realmente existen barreras para la autoridad del papa y si la colegialiadad
- palabra clave más importante del último sínodo -
ha de haIlar plena realización, incluso en el derecho eclesiástico,
entonces el sinodo de obispos debe pasar de un simple órgano consultivo
del papa (hasta ahora bastante ineficaz) a un gremio (realmente corresponsable)
de carácter legislativo en la Iglesia. De igual modo, las conferencias
episcopales, cuya necesidad y utilidad todavía es preciso recalcar
expresamente frente a las pretensiones curiales, deberán contar en
el futuro con menos trabas y más apoyo y ayuda por parte de Roma.
4. Participación y corresponsabilidad
Para que este principio halle la validez debida en todos los ámbitos
de la Iglesia debe continuar el proceso de descentralización de la
misma Iglesia: particularmente los obispos ya no podrán ser nombrados,
contra la antigua tradición, sin consentimiento del clero y del pueblo
o incluso impuestos (como en el caso de Holanda); deberán, más
bien, ser elegidos por una representación del clero y del pueblo
-por ejemplo, mediante los actuales consejos presbiterales y pastorales
(eventualmente ampliados)- y ser reconocidos como tales por Roma.
5. Vocación y misión de la mujer La preocupación de
la Iglesia por que la mujer adquiera "un más amplio papel en
los diversos ámbitos del apostolado eclesial", y por que los
pastores "acepten y estimulen de buen grado la colaboración
de la mujer en la actividad eclesial" requiere que en el futuro no
se limite a las mujeres a servicios auxiliares; debería establecerse
también dentro de la Iglesia la igualdad ya conseguida por la mujer
en el campo social; la autoridad eclesiástica deberá procurar
que se frene el incipiente y silencioso alejamiento de las mujeres de la
Iglesia poniendo en práctica su plena igualdad jurídica sin
excluir la ordenación de mujeres.
6. La juventud, "esperanza de la Iglesia"
El sínodo espera "grandes cosas" de la "magnánima
entrega" de la juventud y quiere mover a los jóvenes a "aceptar
y promover con entusiasmo la herencia del concilio". Para ello es preciso
que la jerarquía se presente en el futuro ante los jóvenes
de una forma más creíble, que no se impidan oficialmente las
nuevas formas de expresión de la fe, la espiritualidad y la vida,
que no se amenace a las asociaciones y comunidades de estudiantes ni se
sigan domesticando las organizaciones juveniles (un caso concreto es el
de la actitud de la jerarquía ante la sexualidad y las relaciones
de pareja).
7. Comunidades de base y opción preferencial de la Iglesia por los
pobres
El sínodo considera a las comunidades de base como "expresión
de la comunidad ya existente e instrumento para construir una comunidad
aún más perfecta", incluso las llama "una gran esperanza
para la vida de la Iglesia", pero tales expresiones sólo pueden
ser creíbles si la teología, cuyo Sitz im Leben (entronque
vital) se encuentra en estas comunidades, como es el caso de la teología
de la liberación en Latinoamérica, Asia o el África
negra, adquiere pleno reconocimiento oficial con la supresión de
las medidas disciplinares contra sus correspondientes teólogos.
8. Ecumenismo
El ardiente deseo de los obispos de que "la todavía imperfecta
comunión con las Iglesias y comunidades eclesiales no católicas
se transforme, con la ayuda de Dios, en una comunión plena"
sólo puede ser creíble si los mismos obispos se comprometen
a realizar algo que es de su exclusiva competencia: traducir en hechos los
resultados positivos de los últimos veinte años de comisiones
ecuménicas con respecto al mutuo reconocimiento de los ministerios
y a la intercomunión. Los obispos podrían confirmar su seriedad
ecuménica integrando la Congregación para la doctrina de la
fe es el Secretariado (Congregación) para la unidad de los cristianos,
de modo que esa instancia de infausto pasado pueda cumplir su nuevo cometido
en un contexto ecuménico: interpretar el sentido de la fe cristiana
para el ser humano de nuestro tiempo y protegerla de las desviaciones y
errores reales (no de los puramente imaginarios).
9. Diálogo con las religiones no cristianas
Cuando el sínodo se pronuncia a favor de la prosecución del
diálogo con las religiones no cristianas y con los no creyentes y
exhorta a que los católicos, "en testimonio de la fe y vida
cristiana, reconozcan, sirvan y promuevan con prudencia y amor, mediante
el diálogo y la cooperación con los fieles de otras religiones,
tanto los valores espirituales y morales como los bienes socioculturales
que les son propios", tales declaraciones e invitaciones sólo
pueden tomarse en serio si el diálogo con judíos musulmanes
hinduistas y budistas viene acompañado par hechos concretos.
10. "Aggiornamento"
La opción del sínodo por un oportuno "aggiornamento"
("apertura misionera a la salvación del mundo en su plenitud")
y su rechazo del "rígido encasillamiento de la comunidad de
los fieles en si misma", sólo adquirirán sentido cuando
se acabe de perder, también en Roma, el miedo a la modernidad y a
la postmodernidad Ya no se seguirá titubeando en llevar a la práctica
los derechos humanos modernos en el seno de la misma Iglesia y, así,
a la liberación en la sociedad responderá también la
liberación en la Iglesia (liquidación definitiva de las trasnochadas
cuestiones de siempre, todavía persistentes después del Concilio,
como el control de la natalidad). La Iglesia ya no será una Iglesia
encasillada y ocupada sólo de si misma, sino una Iglesia abierta
y verdadero "signo" ante los pueblos. Problemas globales como
el conflicto Este-Oeste y Norte-Sur, la marginación de millones de
personas, todavía en alarmante crecimiento, la crisis ecológica,
la aparición de nuevos movimientos pacifistas y de liberación,
los nuevos problemas éticos relacionados con la manipulación
genética, el nacimiento de nuevas sectas y religiones, la revolución
en el sector de las comunicaciones... son hechos que marcarán la
vida de los seres humanos en el tercer milenio más de lo que puedan
hacerlo las disposiciones eclesiásticas y los dogmas. Si la Iglesia
quiere permanecer, no puede quedarse como está.
El paradigma ecuménico
Si pudiéramos vivir el paradigma de la postmodernidad y si, a pesar
de todas las contrariedades, este nuevo paradigma pudiera implantarse definitivamente
en las diferentes confesiones, religiones y naciones, lo llamaríamos
"paradigma ecuménico de la Iglesia", distinguiendo en él
tres fases sucesivas:
1. Existe fundada esperanza de una ecumene de las confesiones cristianas:
Pasarán a la historia todas las pretensiones, privilegios y prerrogativas
medievales y temprano-modernas de la Iglesia católica frente a las
otras Iglesias cristianas, a sus ministerios y celebraciones litúrgicas,
y tendrá que desaparecer el culto a la infalibilidad papal, junto
con la papolatría pseudo- cristiana, en beneficio de un ministerio
petrino al servicio de toda la cristiandad en el marco de unas estructuras
sinodales y conciliares. También tendrán que quedar atrás
el provincialismo y el fundamentalismo protestante dando paso a una Iglesia
responsable ante el mundo y a una nueva (ilustrada) "libertad del cristiano".
Finalmente, será preciso superar el tradicionalismo y liturgismo
ortodoxo por un cristianismo más acomodado al presente y más
fiel a los orígenes que, partiendo de la celebración, ejerza
una función de fermento en la transformación social de los
países de régimen bizantino.
¡Se trata, pues, de una unidad ecuménica de las Iglesias cristianas!
Pero con ello no queremos decir que el perfil confesional, regional y nacional
del cristianismo tenga que diluirse en un uniformismo eclesial; habrá
que hablar más bien de una concordia en la diversidad.
2. Existe fundada esperanza de una ecumene de las religiones:
Las tres grandes religiones proféticas serán cada vez más
estimuladas por un único mundo a abandonar la búsqueda prioritaria
de lo propio con detrimento de lo ajeno, a abandonar la envidia, la competencia,
la intolerancia, así como las abiertas o solapadas guerras de religión.
Tendrán que preocuparse por buscar su origen común e intentar
honradamente (sin traicionar la verdad) un consentimiento básico
responsable que haga posible entre ellas una paz religiosa de amplias consecuencias
sociales y políticas no sólo para el Próximo Oriente.
En este espíritu de reconciliación, judaísmo, cristianismo
e islam podrán dejarse enriquecer por las grandes religiones de la
India y del Lejano Oriente: por sus valores espirituales, su profundidad
mística y su secularmente evidenciada visión del mundo y del
hombre. Al mismo tiempo también ellas podrán enriquecer a
las otras con su inagotable acerbo cultural y espiritual, sin que ello suponga
colonización religiosa.
Por consiguiente, también aquí una paz ecuménica entre
las grandes religiones, pero tampoco ahora nos referimos a que tenga que
surgir una única religión mundial. Por el contrario, podría
darse una coexistencia pacífica, una creciente convergencia y una
pro-existencia fructífera de las religiones en la búsqueda
común de la siempre inalcanzable verdad y' del misterio del único
y verdadero Dios que sólo se manifestará en el ésjaton.
3. Existe fundada esperanza de una ecumene entre las naciones:
En un sentido ecuménico más global, la religión podrá
asumir de un modo totalmente nuevo su responsabilidad moral en la pacificación
del mundo y también en la eliminación de las estructuras sociales
y políticas injustas, haciendo la creación más habitable
en el marco de un medio ambiente donde valga la pena vivir.
Tendríamos una comunidad ecuménica de los pueblos, ¡las
verdaderas "Naciones Unidas"! Pero tampoco nos referimos aquí
a un gobierno omnipotente o a una dictadura mundial, ni a un dominio ejercido
en nombre de una religión, ni a ninguna clase de coacciones físicas
o psíquicas de carácter juridicista, dogmático o moral,
ni a ningún poder autoritario en manos de clérigos, bonzos,
ayatolás o gurús. Por el contrario, deberá existir
una religión, un cristianismo cuya intención profundamente
humana -la salvación y liberación de todo el ser humano y
de todos los seres humanos- sea reconocida y realizada por el mismo ser
humano. Esta religión permitiría superar el "solapado
cinismo" de la modernidad: evitar el exacerbado subjetivismo vigente
y el estilo de vida hedonístico-materialista; crear y promover un
consenso en los valores, derechos y comportamientos fundamentales; resistir
a la destrucción y a la violencia brutal poner fin a las frustraciones
nacidas del fracaso de toda esperanza, ayudando así a que el ser
humanorecupere su identidad y se reconcilie con la propia finitud.
En este horizonte de esperanza se encuentran las líneas esenciales
de una teología cristiana empeñada en conseguir la paz entre
las diversas religiones. En todo conflicto de paradigmas dentro de la cristiandad
-ojalá sea algún día superado-, al cristiano sólo
le importa una cosa: en la era de La postmodernidad, más que en 'ninguna
otra,' ser cristiano significa sentirse en última instancia sostenido,
guiado y cobijado por Dios mismo y llegar a ser un ser humano radical y
verdaderamente humano: Esa fue la conclusión de mi libro Ser cristiano:
"A la luz y por la fuerza de Jesús, podemos, en el mundo actual,
vivir, actuar, sufrir y morir de un modo verdaderamente humano, sostenidos
por Dios y comprometidos hasta el fondo por el bien de los seres humanos".
Madrid, 1986
Traducción: Gilberto Canal
Fuente: Revista Éxodo, Madrid