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INTRODUCCIÓN
AL CRISTIANISMO
Por Joseph Ratzinger
INDICE GENERAL
PROLOGO
INTRODUCCIÓN
YO CREO - AMEN.
1. La fe en el mundo de hoy:
· Duda y fe: la situación del hombre ante EL MUNDO DE HOY: el
problema de Dios.
· El salto de la fe: determinación preliminar del contenido
de la fe.
· El dilema de la fe en el mundo de hoy.
· Los límites de la comprensión moderna de la realidad
y el lugar de la fe.
· a).- Primer estadio: nacimiento del historicismo.
· b).- Segundo estadio: el paso al pensar técnico.
· c).- El problema del lugar de la fe.
· La fe como permanecer y comprender.
· La razón de la fe
· Creo en tí..
2.- La forma eclesial de la fe.
· Notas sobre la historia y estructura de la profesión de fe
apostólica1.
· Límites y significado del texto
· Profesión de fe y dogma.
· El símbolo como expresión de la estructura de la fe.
· a).- Fe y palabra.
· b).- La fe como símbolo.
I. DIOS: CREO EN DIOS PADRE TODOPODEROSO, CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA
3.- El tema de Dios.
· Cuestiones preliminares.
· Amplitud del problema
· La confesión en el Dios único.
4.- La fe bíblica en Dios.
· El problema de la historia de la zarza ardiente.
· El presupuesto íntimo de la fe en Yavé: el Dios de
los Padres.
· La idea del nombre.
· Los dos aspectos del concepto bíblico de Dios.
5.- El Dios de la fe y el Dios de los filósofos.
· La decisión de la primitiva Iglesia en favor de la filosofía.
· La transformación del Dios de los filósofos.
· El problema reflejado en el texto del Credo.
6.- La profesión de fe en Dios, hoy.
· El primado del Logos.
· El Dios personal.
7.- Fe en el Dios uno y trino.
· El comienzo de la comprensión.
· a).- El punto de partida de la fe en el Dios uno y trino.
· b).- Los motivos conductores.
· c).- Soluciones sin salida.
· d).- La doctrina sobre la Trinidad como doctrina negativa.
· Aspecto positivo.
· a).- El dogma como regulación terminológica.
· b).- El concepto de persona.
· c).- La relación retrospectiva con lo bíblico y el
problema
de la existencia cristiana.
II
- JESUCRISTO.
8.- Creo en Jesucristo, su único hijo, nuestro Señor.
§ EL PROBLEMA DE LA PROFESIÓN DE FE EN JESÚS, HOY.
§ JESÚS, EL CRISTO. FORMA FUNDAMENTAL DE LA PROFESIÓN DE
FE CRISTOLÓGICA.
§ El dilema de la teología moderna: ¿Jesús o Cristo?
§ La imagen de Cristo de la profesión de fe
§ El punto de partida de la profesión de fe: la cruz.
§ Jesús, el Cristo.
§ JESUCRISTO, VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE
§ El problema.
§ El clisé moderno del Jesús histórico.
§ Legitimidad del dogma cristológico.
§ LAS SOLUCIONES DE LA CRISTOLOGÍA
§ Las teologías de la encarnación y de la cruz.
§ Cristología y doctrina de la redención.
§ Cristo, el último hombre.
§ NOTA ESTRUCTURAS DE LO CRISTIANO
§ El individuo y el todo.
§ El principio para..
§ La ley del incógnito.
§ La ley de lo abundante.
§ Lo definitivo y la esperanza.
§ El primado de la recepción y el positivismo cristiano.
§ Síntesis: La esencia del cristianismo.
9.- El desarrollo de la profesión cristiana en los artículos
de fe cristológica.
§ Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; y nació
de santa María, virgen.
§ Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto
y sepultado..
§ a).- Justificación y gracia.
§ b).- La cruz como adoración y sacrificio.
§ Descendió a los infiernos.
§ Resucitó de entre los muertos.
§ Subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios,
Padre todopoderoso.
§ Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
III - EL ESPIRITU Y LA IGLESIA.
10.- La unidad de las últimas expresiones del Símbolo.
11.- Dos problemas fundamentales del artículo de fe sobre el Espíritu
y la
Iglesia.
· La santa Iglesia católica.
· La resurrección de la carne.
· a).- Contenido de la esperanza neotestamentaria en la resurrección
· b).- La inmortalidad esencial del hombre.
· c).- El problema de la resurrección del cuerpo.
PROLOGO
El problema del auténtico contenido y sentido de la fe cristiana está
hoy, mucho más que en tiempos pasados, rodeado de incertidumbre. Quien
ha seguido el movimiento teológico de las últimas décadas
y no pertenece al grupo de quienes, sin reflexionar, creen sin reparo que
lo nuevo de todas las épocas es siempre lo mejor, podría repasar
en su memoria el cuento titulado "La dicha de Hans". Hans convertía
las pepitas de oro, que tanto le molestaban, en caballo, vaca, ganso y, por
fin, en una piedra de afilar que acabó por tirar al mar. Con ello no
perdió mucho, sino que, por el contrario, adquirió el precioso
don de una libertad más amplia, a la que siempre aspiró. El
cuento deja a la fantasía de los lectores las consideraciones sobre
la duración de su embriaguez y sobre lo difícil que fue para
él el momento en que despertó del sueño de una deseada
libertad.
A los cristianos de hoy les acucian no raras veces problemas como éste:
¿no ha seguido la teología en los últimos años
un camino semejante? ¿No ha dado interpretaciones progresivamente descendientes
de la pretensión de la fe que a menudo se recibió de manera
sofocante? ¿Y no se tiene la impresión de que tales interpretaciones
han suprimido tan pocas cosas que no se ha perdido nada importante, y al mismo
tiempo tantas, que el hombre siempre se ha atrevido a dar un paso más
hacia adelante? ¿Y no tendrá al fin el pobre Hans, el cristianismo
que se ha dejado llevar de cambio a cambio, de interpretación a interpretación,
en vez de la
pepita de oro, con la que empezó, la piedra de afilar que, por consejo
ajeno, debe tirar?
Es cierto que tales preguntas, en su formulación global, son injustificadas,
ya que solamente en cierto sentido puede afirmarse que .la teología
moderna. ha seguido ese camino. Pero tampoco puede negarse que una amplia
rama de ella ha tendido un puente que lleva desde la pepita de oro a la piedra
de afilar. En verdad no se puede impugnar esta rama defendiendo una ciega
conservación del metal precioso de formas fijas del pasado, ya que
siguen siendo solamente pepitas de metal precioso: un peso que, en virtud
de su valor, conserva siempre la posibilidad de una verdadera libertad.
El propósito de este libro es el siguiente: quiere llegar a comprender
y explicar la fe como la realidad que posibilita el verdadero ser humano en
nuestro mundo de hoy, y no reducirla a simples palabras que difícilmente
pueden ocultar un gran vacío espiritual. Este libro nació de
las conferencias que di en el verano de 1967 a los estudiantes de todas las
facultades, en Tübingen. La tarea que magistralmente realizó Karl
Adam en esta misma universidad, hace casi medio siglo, con su Esencia del
cristianismo, debía emprenderse de nuevo teniendo en cuenta las condiciones
nuevas creadas por nuestra generación.
El estilo del libro se ha reelaborado con vistas a su publicación.
La disposición y la extensión siguen siendo las mismas, pero
he añadido algunas notas científicas al manuscrito que me servía
para la preparación de las conferencias.
El libro, dedicado a mis alumnos, quiere expresarles las gracias por sus preguntas
y sugerencias, sin las que no hubiese visto la luz. También doy las
gracias al editor, Dr. Heinrich Wild, sin cuyo paciente y constante apremio
no hubiese yo terminado una empresa tan temeraria como lo era la tarea emprendida.
Por último, doy las gracias a todos los que con su esfuerzo han contribuido,
de una manera o de otra, a la publicación del libro.
Joseph Ratzinger
INTRODUCCIÓN
YO
CREO - AMEN.
1.
LA FE EN EL MUNDO DE HOY:
Duda y fe: la situación del hombre ante EL MUNDO DE HOY: el problema
de Dios.
Quien intente hoy día hablar del problema de la fe cristiana a los
hombres que ni por vocación ni por convicción se hallan dentro
de la temática eclesial, notará al punto la ardua dificultad
de tal empresa. Probablemente tendrá en seguida la impresión
de que su situación ha sido descrita con bastante acierto en la conocida
narración parabólica de Kierkegaard sobre el payaso de la aldea
en llamas, narración que Harvey Cox ha resumido brevemente en su libro
La ciudad secular1 . El relato cuenta cómo un circo de Dinamarca fue
presa de las llamas. El director del circo envió a un payaso, que ya
estaba preparado para actuar, a la aldea vecina para pedir auxilio, ya que
existía el peligro de que las llamas se extendiesen incluso hasta la
aldea, arrastrando a su paso los campos secos y toda la cosecha. El payaso
corrió a la aldea y pidió a sus habitantes que fuesen con la
mayor urgencia al circo para extinguir el fuego. Pero los aldeanos creyeron
que se trataba solamente de un excelente truco ideado para que en gran número
asistiesen a la función; aplaudieron y hasta lloraron de risa. Pero
al payaso le daban más ganas de llorar que de reír. En vano
trataba de persuadirlos y de explicarles que no se trataba ni de un truco
ni de una broma, que la cosa había que tomarla en serio y que el circo
estaba ardiendo realmente. Sus súplicas no hicieron sino aumentar las
carcajadas; creían los aldeanos que había desempeñado
su papel de maravilla, hasta que por fin las llamas llegaron a la aldea. La
ayuda llegó demasiado tarde, y tanto el circo como la aldea fueron
consumidos por las llamas.
Con esta narración ilustra Cox la situación de los teólogos
modernos, y ve en el payaso, que no puede conseguir que los hombres escuchen
su mensaje, una imagen del teólogo a quien no se le toma en serio si
viste los atuendos de un payaso de la edad media o de cualquier otra época
pasada. Ya puede decir lo que quiera, lleva siempre la etiqueta del papel
que desempeña. Y, aunque se esfuerce por presentarse con toda seriedad,
se sabe de antemano lo que es: un payaso.
Se conoce lo que dice y se sabe también que sus ideas no tienen nada
que ver con la realidad. Se le puede escuchar confiado, sin temor al peligro
de tener que preocuparse seriamente por algo.
Sin duda alguna, en esta imagen puede contemplarse la situación en
que se encuentra el pensamiento teológico actual: en la agobiante imposibilidad
de romper las formas fijas del pensamiento y del lenguaje, y en la de hacer
ver que la teología es algo sumamente serio en la vida de los hombres.
Pero quizá debamos sondear las conciencias de modo más radical.
Quizá la irritante imagen que hemos pintado, aun conteniendo parte
de verdad y cosas que han de tenerse muy en cuenta, simplifique las cosas,
ya que da la impresión de que el payaso, es decir, el teólogo
que todo lo sabe, llega a nosotros con un mensaje bien definido. Los aldeanos
a los que se dirige, es decir, los que no creen, serían, por el contrario,
los que no saben nada, los que deben ser instruidos en todo. En ese caso,
el payaso tendría solamente que quitarse sus vestiduras y lavarse para
que todo se arreglase. Pero ¿puede resolverse el problema tan fácilmente?
¿Basta que realicemos el aggiornamento, que nos lavemos y que, vestidos
de paisano, presentemos en lenguaje profano un
cristianismo arreligioso para que todo se arregle? ¿Es suficiente mudar
espiritualmente los vestidos para que los hombres vengan a ayudarnos a extinguir
el fuego que, según predica el teólogo, existe y constituye
un peligro para nosotros?
Me atrevería incluso a decir que de hecho la teología moderna,
vestida de paisano y después de quitarse todos sus pinturetes, alimenta
como justa esta esperanza. Es cierto que quien quiera predicar la fe a los
hombres de hoy, pueda presentarse ante ellos con las vestiduras de un payaso,
o quizá como alguien que, salido de un sarcófago, pretende entrar
en nuestro mundo de hoy con
las aspiraciones y formas de pensar de la antigüedad. Ni le entenderá
el mundo de hoy ni lo entenderá él. En verdad, quien quiere
predicar la fe y al mismo tiempo se somete a autocrítica, pronto se
dará cuenta de que no es una forma o crisis exterior lo que amenaza
a la teología. Al querer llevar a cabo la difícil empresa de
hablar teológicamente a los hombres de nuestro tiempo, quien tome la
cosa en serio se dará cuenta que no sólo la dificultad de la
traducción, sino también de la vulnerabilidad de su propia fe
que, al querer creer, puede experimentar en sí misma el poder amenazador
de la incredulidad. Por eso quien hoy día quiera instruirse a sí
mismo o a otros sobre la fe cristiana, debe antes darse cuenta de que él
no es el único que anda vestido y que sólo necesita mudarse
para poder después amaestrar con éxito a todos los demás.
Por el contrario, debe hacerse a la idea de que su situación no es
tan diferente de la de los demás como él creyó al principio.
Debe darse cuenta de que en ambos grupos obran fuerzas semejantes, aunque
de modo diverso.
En los creyentes existe ante todo la amenaza de la inseguridad que en el momento
de la impugnación muestra de repente y de modo insospechado la fragilidad
de todo el edificio que antes parecía tan firme. Vamos a ilustrar esto
con un par de ejemplos. Teresa de Lisieux, una santa al parecer ingenua y
sin problemas, creció en un ambiente de seguridad religiosa. Su existencia
estuvo siempre tan impregnada de la fe de la iglesia que el mundo de lo invisible
se convirtió para ella en un pedazo de su vida cotidiana, mejor dicho,
se convirtió en su misma vida cotidiana, parecía casi palparlo
y no podía prescindir de él. La .religión. era para ella
una evidente pretensión de su vida diaria, formaba parte de su vivir
cotidiano, lo mismo que nuestras costumbres son parte integrante de nuestra
vida. Pero precisamente ella, la que al parecer estaba escondida en completa
seguridad, en los últimos días de su pasión nos dejó
escritas sus sorprendentes confesiones. Sus hermanas en religión, escandalizadas,
mitigaron las expresiones de su herencia literaria, pero hoy día han
aparecido en su forma original. En una de ellas dice así:
.Me importunan las ideas de los materialistas peores.. Su entendimiento se
vio acosado por todos los argumentos que pueden formularse en contra de la
fe; parece haber pasado el sentimiento de la fe; se siente metida .en el pellejo
de los pecadores.2. Es decir, en un mundo que al parecer no tiene grietas,
aparece ante los ojos del hombre un abismo que le acecha con una serie de
convenciones fundamentales fijas. En esta situación uno ya no se plantea
el problema de sobre qué hay que discutir .defender o negar la asunción
de María, la confesión, etc.. Todo esto aparece como secundario.
En realidad se trata de un todo, o todo o nada. Esta es la única alternativa
que dura. Y no se ve en ningún sitio un posible clavo al que el hombre,
al caer, pueda agarrarse. Sólo puede contemplarse la infinita profundidad
de la nada a la que el hombre mira.
Paul Claudel ha descrito esta situación del creyente en el preludio
de su obra El zapato de raso. El náufrago es un misionero jesuita,
hermano del héroe Rodrigo, el caballero, el errante e inconsciente
aventurero entre Dios y el mundo. Los piratas habían hundido la barca
del misionero y lo habían atado a un madero que lo llevaba a merced
de las olas del océano3. El drama comienza con el último monólogo
del jesuita: Señor, os agradezco que me hayáis atado así.
A veces he encontrado penosos vuestros mandamientos. Mi voluntad, en presencia
de vuestra regla, perpleja, reacia. Pero hoy no hay manera de estar más
apretado con vos que lo estoy, y por más que examine cada uno de mis
miembros, no hay ni uno solo que de vos sea capaz de separarse. Verdad es
que estoy atado a la cruz, pero la cruz no está atada a soporte alguno.
Flota en el mar4.
Clavado en la cruz, pero la cruz en el aire, sobre el abismo. No puede describirse
con precisión más incisiva la situación del creyente
de hoy. Parece que lo único que le sujeta es un madero desnudo situado
sobre el abismo. Y parece que llega el momento de hundirse para siempre. Un
madero parece atarlo a Dios, pero, a decir verdad, le ata inevitablemente
y él sabe que en último término el madero es más
fuerte que la nada, que está a sus pies, pero que sigue siendo el poder
que amenaza su existencia actual. El cuadro presenta además otra dimensión
más amplia que, a mi modo de ver, es la más importante. El jesuita
náufrago no está solo, en él se anuncia la suerte de
su hermano, en él se refleja el destino de su hermano, del hermano
que él tiene por incrédulo, a quien Dios ha vuelto la espalda
porque no considera como algo propio la espera, sino .la posesión de
lo que puede alcanzarse, como si él pudiera ser de otro modo al que
tú eres..
Observemos, aun sin querer seguir en todos sus pormenores la trama de la obra
de Claudel, cómo destinos, al parecer contrarios, se unen, hasta el
punto de que, al fin, el destino de Rodrigo se asemeja al de su hermano: al
final el caballero se convierte en esclavo del barco y se regocija de que
una monja, vestida de harapos y con una herrumbrosa sartén en la mano,
le tome consigo como despreciable mercancía.
Dejemos la imagen y volvamos a la situación de la que veníamos
hablando: el creyente sólo puede realizar su fe en el océano
de la nada, de la impugnación y de lo problemático; el océano
de la inseguridad es el único lugar donde puede recibir su fe; pero
no pensemos que el no creyente es el que, sin problema alguno, carece de fe.
Como hemos notado antes, el creyente no vive sin problemática alguna,
sino que siempre está amenazado por la caída en la nada. Pero
los destinos de los hombres se entrelazan: tampoco el no-creyente vive dentro
de una existencia cerrada en sí misma, ya que incluso a aquel que se
comporta como positivista puro, a aquel que ha vencido la tentación
e incitación de lo sobrenatural y que ahora vive una conciencia directa,
siempre le acuciará la misteriosa inseguridad de si el positivismo
siempre tiene la última palabra.
Como el creyente se esfuerza siempre por no tragar el agua salada de la duda
que el océano
continuamente le lleva a la boca, así el no creyente duda siempre de
su incredulidad, de la real
totalidad del mundo en la que él cree. La separación de lo que
él ha considerado y explicado
como un todo, no le dejará tranquilo. Siempre le acuciará la
pregunta de si la fe no es lo real. De
la misma manera que el creyente se siente continuamente amenazado por la incredulidad,
que es
para él su más seria tentación, así también
la fe siempre será tentación para el no- creyente y
amenaza para su mundo al parecer cerrado para siempre. En una palabra: nadie
puede sustraerse
al dilema del ser humano. Quien quiera escapar de la incertidumbre de la fe,
caerá en la
incertidumbre de la incredulidad que no puede negar de manera definitiva que
la fe sea la verdad.
Sólo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.
Quizá sea oportuno traer a colación la historia judía
narrada por Martín Buber; gráficamente se
describe en ella el dilema en que se encuentra el ser humano.
Un racionalista, un hombre muy entendido, fue un día a disputar con
un Zaddik con la idea de
destruir sus viejas pruebas en favor de la verdad de su fe. Cuando entró
en su aposento, lo vio
pasear por la habitación con un libro en las manos y sumido en profunda
meditación. Ni siquiera
se dio cuenta de la llegada del forastero. Por fin, lo miró ligeramente
y le dijo: .Quizá sea
verdad.. El entendido intentó en vano conservar la serenidad: el Zaddik
le parecía tan terrible, su
frase le pareció tan tremenda, que empezaron a temblarle las piernas.
El rabí Levi Jizchak se
volvió hacia él, le miró fija y tranquilamente, y le
dijo: .Amigo mío, los grandes de la Tora, con
los que has disputado, se han prodigado en palabras; tú te has echado
a reír. Ni ellos ni yo
podemos poner a Dios y a su reino sobre el tapete de la mesa. Pero piensa
en esto: .quizá sea
verdad.. El racionalista movilizó todas sus fuerzas para contrarrestar
el ataque; pero aquel
.quizá., que de vez en cuando retumbaba en sus oídos, oponía
resistencia5.
Prescindamos del ropaje literario. Creo que en esa historia se describe con
mucha precisión la
situación del hombre de hoy ante el problema de Dios. Nadie, ni siquiera
el creyente, puede
servir a otro Dios y su reino en una bandeja. El que no cree puede sentirse
seguro en su
incredulidad, pero siempre le atormenta la sospecha de que .quizá sea
verdad.. El .quizá. es
siempre tentación ineludible a la que uno no puede sustraerse; al rechazarla,
se da uno cuenta de
que la fe no puede rechazarse. Digámoslo de otro modo: tanto el creyente
como el no creyente
participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no
se oculten a sí
mismos y a la verdad de su ser. Nadie puede sustraerse totalmente a la duda
o a la fe. Para uno la
fe estará presente a pesar de la duda, para el otro mediante la duda
o en forma de duda. Es ley
fundamental del destino humano encontrar lo decisivo de su existencia en la
perpetua rivalidad
entre la duda y la fe, entre la impugnación y la certidumbre. La duda
impide que ambos se
encierren herméticamente en su yo y tiende al mismo tiempo un puente
que los comunica.
Impide a ambos que se cierren en sí mismos: al creyente lo acerca al
que duda y al que duda lo
lleva al creyente; para uno es participar en el destino del no creyente; para
el otro la duda es la
forma en la que la fe, a pesar de todo, subsiste en él como exigencia.
El
salto de la fe: determinación preliminar del contenido de la fe.
Lo que hemos dicho hasta ahora muestra que para describir la mutua relación
entre la fe y la
incredulidad no basta la simple imagen del payaso incomprendido y de los aldeanos
desaprensivos. Pero lo que no ha de ponerse en tela de juicio es que da expresión
a un problema
específico de la fe, ya que la cuestión fundamental que ha de
resolver una introducción al
cristianismo es qué significa .yo creo., pronunciada por un ser humano.
Pero esa cuestión aparece
ante nuestros ojos rodeada de un determinado contorno temporal. Dada nuestra
conciencia
histórica, que se ha convertido en una parte de nuestra autoconciencia
y de la comprensión
fundamental de lo humano, la frase suena necesariamente así: ¿qué
es y que significa hoy la
profesión de fe cristiana .yo creo., habida cuenta de las condiciones
de nuestra existencia actual
y, en general, de la relación actual con lo real?
Esto nos lleva a un análisis del texto que será la médula
de nuestras reflexiones: el .credo
apostólico. que es, ya desde su origen, .introducción al cristianismo.
y síntesis de su contenido
esencial. El texto comienza sintomáticamente con las palabras .yo creo....
Por el momento
renunciamos al intento de explicarlo partiendo de su contenido material. Veremos
antes qué
significa ese .yo creo. fundamental, encerrado en una fórmula fija,
relacionado con un
determinado contenido y separado de un contexto cúltico. Ambos contextos
.la época cúltica y
un determinado contenido. condicionan por otra parte el sentido de la palabra
.creo., lo mismo
que, a su vez, la palabra .creo. arrastra tras sí y condiciona tanto
el contenido posterior como el
marco cúltico. Pero dejemos estos problemas a un lado para preguntarnos
más radicalmente y
reflexionar sobre qué actitud se nos pide al definir la existencia
cristiana con la palabra .credo. y
al definir .cosa en sí no evidente. el núcleo de lo cristiano
con la palabra .fe..
Sin darnos cuenta, suponemos que .religión. y .fe. son lo mismo y que
todas las religiones
pueden definirse también como .fe.. Pero esto es sólo verdad
en cierto sentido, ya que muy a
menudo otras religiones no se denominan así, y gravitan en torno a
otros puntos. El Antiguo
Testamento, por ejemplo, considerado como un todo, no se ha definido a sí
mismo como .fe.,
sino como .ley.. Es, ante todo, una regla de vida en la que el acto de la
fe adquiere cada vez
mayor importancia. La religio expresa principalmente, según la religiosidad
romana, la suma de
determinados ritos y obligaciones. Para ella no es decisivo un acto de fe
en lo sobrenatural. El
hombre puede con todo derecho olvidarse completamente de él, sin que
por ello pueda decirse
que es infiel a su religión. Al ser esencialmente un sistema de ritos,
lo importante es que se
observen meticulosamente. Así podríamos recorrer toda la historia
de las religiones. Nos bastan
estos apuntes para darnos cuenta de que no es evidente que el ser cristiano
se exprese con la
palabra .credo., ni que se califique su forma por la posición ante
lo real en la actitud de la fe. Con
esto el problema se hace apremiante: ¿qué actitud indica esa
palabra? Además, ¿por qué nos es
tan difícil meter nuestro yo personal en ese .yo creo.? ¿Por
qué nos parece casi imposible
identificar nuestro yo actual .cada uno el suyo, separado irremisiblemente
del de los demás. con
el del .yo creo. de las generaciones pasadas, de fisionomía particular?
Entrar en ese yo del credo, transformar el yo esquemático de la fórmula
en carne y hueso del yo
personal, fue siempre una tarea ardua y al parecer imposible, en cuya realización
muchas veces
en vez de rellenar el esquema con carne y hueso, se ha transformado el yo
en esquema. Nosotros,
como creyentes de nuestro tiempo, afirmamos quizá un poco celosamente
que nuestros
antepasados de la edad media eran, sin excepción, creyentes; haríamos
muy bien en echar una
mirada detrás de los bastidores, guiados por la moderna investigación
histórica. Esta nos dice que
también entonces había un gran número de simpatizantes,
pero que también entonces eran
relativamente pocos los que habían entrado realmente en ese movimiento
interno de la fe; la
investigación histórica nos enseña que para muchos la
fe era solamente un sistema preconcebido
de vida que no incitaba a la ardua y auténtica aventura del .credo.,
sino que más bien la impedía.
Y todo esto por la sencilla razón de que entre Dios y el hombre hay
un abismo infinito; porque el
hombre ha sido creado de tal manera que sus ojos sólo pueden ver lo
que no es de Dios, y Dios
es, por tanto, esencialmente invisible para los hombres, el que cae y siempre
caerá fuera del
campo visual humano.
Dios es esencialmente invisible. Esta expresión de la fe bíblica
en Dios que niega la visibilidad
de los dioses es a un tiempo, mejor dicho, es ante todo una afirmación
sobre el hombre: el
hombre es la esencia vidente que parece reducir el espacio de su existencia
al espacio de su ver y
comprender. Pero en ese campo visual humano, que determina el lugar existencial
del hombre,
Dios no aparece ni puede aparecer por mucho que se ensanche el campo visual.
A mi modo de
ver es importante que estas líneas aparezcan, en principio, en el Antiguo
Testamento: Dios no es
el que de hecho queda fuera del campo visual humano, pero el que podría
verse si ese campo se
ensanchase. No. Dios es aquel que queda esencialmente fuera de nuestro campo
visual, por
mucho que se extiendan sus límites.
Con esto se dibuja la silueta de la actitud expresada en la palabra .credo..
Significa que el hombre
no ve en su ver, oír y comprender la totalidad de lo que le concierne;
significa que el hombre no
identifica el espacio de su mundo con lo que él puede ver y comprender,
sino que busca otra
forma de acceso a la realidad; a esta forma la llama fe y en ella encuentra
la abertura decisiva de
su concepción del mundo. Si esto es así, la palabra credo encierra
una opción fundamental ante la
realidad como tal; no significa comprender esto o aquello, sino una forma
primaria de proceder
ante el ser, la existencia, lo propio y todo lo real. Es una opción
en la que lo que no se ve, lo que
en modo alguno cae dentro de nuestro campo visual, no se considera como irreal
sino como lo
auténticamente real, como lo que sostiene y posibilita toda la realidad
restante. Es una opción por
la que lo que posibilita toda la realidad otorga verdaderamente al hombre
su existencia humana,
le hace posible como hombre y como ser humano. Digámoslo de otro modo:
la fe es una decisión
por la que afirmamos que en lo íntimo de la existencia humana hay un
punto que no puede ser
sustentado ni sostenido por lo visible y comprensible, sino que choca con
lo que no se ve de tal
modo que esto le afecta y aparece como algo necesario para su existencia.
A esta actitud sólo se llega por lo que la Biblia llama .conversión.
o .arrepentimiento.. El hombre
tiende por inercia natural a lo visible, a lo que puede coger con la mano,
a lo que puede
comprender como propio. Ha de dar un cambio interior para ver cómo
descuida su verdadero ser
al dejarse llevar por esa inercia natural. Ha de dar un cambio para darse
cuenta de lo ciego que es
al fiarse solamente de lo que pueden ver sus ojos. Sin este cambio de la existencia,
sin oponerse a
la inercia natural, no hay fe. Sí, la fe es la conversión en
la que el hombre se da cuenta de que va
detrás de una ilusión al entregarse a lo visible. He aquí
la razón profunda por la que la fe es in
demostrable: es un cambio del ser, y sólo quien cambia la recibe. Y
porque nuestra inercia
natural nos empuja en otra dirección, la fe es un cambio diariamente
nuevo; sólo en una
conversión prolongada a lo largo de toda nuestra vida podemos percatarnos
de lo que significa la
frase .yo creo..
He aquí la razón por la que la fe es hoy día, bajo las
condiciones específicas que nos impone nuestro mundo moderno, problemática
y, al parecer, casi imposible. Pero no sólo hoy, ya que la fe siempre
ha sido, mas o menos veladamente, un salto sobre el abismo infinito desde
el mundo visible que importuna al hombre. La fe siempre tiene algo de ruptura
arriesgada y de salto, porque en todo tiempo implica la osadía de ver
en lo que no se ve lo auténticamente real, lo auténticamente
básico. La fe siempre fue una decisión que solicitaba la profundidad
de la existencia, un cambio continuo del ser humano al que sólo se
puede llegar mediante una resolución firme.
El
dilema de la fe en el mundo de hoy.
Nos hemos hecho una idea de la aventura que implica la actitud de fe. Vamos
a hacer otra reflexión que nos mostrará la aguda dificultad
con que nos enfrentamos hoy día. Al abismo entre .lo visible. y .lo
invisible. hemos de añadir, agravando la situación, otro: el
de lo .pasado. y lo .actual.. La gran paradoja que implica la fe se nos agranda
al ver que se presenta ante nosotros con la vestimenta del pasado, parece
ser el mismo pasado, sus formas de vida y existencia. La actualización,
llámese .desmitologización., desde el punto de vista academico-intelectual,
o agggiornamento, desde el eclesial-pragmático, no cambia para nada
el problema. Al contrario, todos esos esfuerzos de actualización no
hacen sino aumentar en nosotros la sospecha de que se califica con toda seriedad
de actual lo que en realidad es pasado. Estos esfuerzos de actualización
nos ponen bien de manifiesto que todo eso es .de ayer.; la fe ya no se considera
como una valentía temeraria del hombre, pero valentía, que pide
un salto desde nuestro mundo de lo visible al mundo de lo invisible e incomprensible
que es al parecer nada; antes bien, la vemos como exigencia de obligarnos
hoy a lo pasado, de juzgar lo pasado como lo imperecederamente definitivo.
Pero ¿quién puede hacer eso en una época en la que, en
vez del concepto de .tradición., se abre paso la idea de .progreso.?
De refilón topamos con lo específico de nuestra situación
actual, de gran importancia para
nuestro problema. Para el espíritu de generaciones pasadas el concepto
.tradición. pudo ser un
programa a seguir; parecía el lugar de refugio donde uno se podía
cobijar; quien invocaba la
tradición, se sentía seguro, a salvo. Hoy día las cosas
han cambiado: la tradición es algo
superado, algo pasado de moda, de ayer; el progreso, en cambio, es la auténtica
promesa del ser.
El ser humano ya no se avecinda en la tradición, en el pasado, sino
en el espacio del progreso y
del futuro6.
A quien considera el futuro como su propio deber y posibilidad, la fe, presentada
con la etiqueta
de .tradición., le parecerá una cosa superada; la fe no podrá,
por tanto, abrirle su lugar
existencial. Esto quiere decir que el primer escándalo de la fe, la
distancia entre lo visible y lo
invisible, entre Dios y lo que no es Dios, se agudiza mediante un segundo
escándalo, mediante la
antítesis entre ayer y hoy, entre tradición y progreso, y por
la vinculación con el pasado que
parece suponer la fe.
Ni el sutil intelectualismo de la desmitologización ni el pragmatismo
del aggiornamento pueden
convencernos realmente, ya que a la desfiguración del escándalo
de la fe cristiana, problema de
amplias proporciones, no puede llegarse ni con teorías ni con obras
sin más. En cierto sentido
aparece aquí una propiedad del escándalo cristiano, lo que podríamos
llamar positivismo
cristiano o el imprescindible carácter positivo del cristiano.
Con esto quiero decir que la fe cristiana no trata simplemente .como a primera
vista pudiera
pensarse. de lo eterno que queda fuera del mundo y del tiempo humano como
cosa totalmente
distinta de ellos. La fe trata más bien de Dios en la historia, de
Dios como hombre.
La fe pretende ser revelación, ya que parece superar el abismo que
yace entre lo eterno y lo
temporal, entre lo visible y lo invisible, y porque a Dios nos lo presenta
como un hombre, al
eterno como temporal, como uno de nosotros. Funda su pretensión de
ser revelación en que ha
introducido lo eterno en nuestro mundo:
Qeon' oudeiz evracen pvpte monoyeuhz... exhghsatn. (Jn 1,18); apoyándonos
en el texto
griego, podríamos decir que se ha hecho exégesis de Dios7 .
Pero sigamos con nuestro idioma. El
original nos autoriza a afirmar literalmente que Jesucristo se ha explicado
a Dios, que lo ha
sacado de sí mismo o, como dice más drásticamente la
primera carta de Juan, que lo ha expuesto
a nuestra vista y a nuestros gustos, que aquel quien nadie vio, entra en contacto
histórico con
nosotros8.
A primera vista parece ser en realidad el supremo revelador, el supremo explicador
de Dios. El
salto que antes nos llevaba a lo infinito, parece reducirse a una grandeza
humanamente posible,
ya que basta que nos acerquemos a ese hombre de Palestina para que nos encontremos
con Dios.
Pero las cosas tienen una extraña duplicidad: lo que a primera vista
nos parecía la revelación más
radical, lo que en cierto sentido siempre permanecerá revelación,
la revelación, es al mismo
tiempo el oscurecimiento y encubrimiento exterior. Nos pareció en un
principio que Dios se
acercaba a nosotros, que podía mezclarse con nosotros los hombres,
que podíamos seguir sus
huellas; pero todo esto, en el sentido más profundo, es el pre requisito
para la .muerte de Dios.
que condiciona irrevocablemente el curso de la historia y de las relaciones
del hombre con Dios.
Dios se ha acercado tanto a nosotros que hemos podido matarle e impedir, al
parecer, que fuese
nuestro Dios, el Dios para nosotros.
Por eso ante la revelación nos encontramos hoy día desconcertados,
perplejos; y ante ella nos
preguntamos, sobre todo cuando estudiamos la religiosidad de Asia, si no hubiese
sido mucho
más sencillo creer en lo eterno y escondido, fiarse de él a
conciencia; si no hubiese sido mejor
que Dios nos hubiese dejado en una lejanía infinita; si no hubiese
sido más realizable escuchar,
separados de lo mundano y en tranquila contemplación, el misterio eternamente
incomprensible,
que entregarnos al positivismo de la fe en una persona y vincular la salvación
del hombre y del
mundo a una cabeza de aguja. A un Dios reducido a un punto, ¿no debemos
eliminarlo de una
concepción del mundo que ha reducido al hombre y a su historia a un
grano insignificante de
arena dentro del todo que el mismo hombre en los ingenuos años de su
infancia ha considerado
como el centro del universo? ¿No ha llegado la hora de que el hombre
superada la infancia
despierte del sueño, se restriegue los ojos, rechace ese sueño
tonto por muy bonito que fuese, y
entre sin duda en ese potente conjunto en el que está metida su vida
que, al aceptar su
insignificancia, adquirirá un nuevo sentido?
El problema así formulado, nos dice que detrás del escándalo
al parecer secundario, entre lo
.pasado. y lo .actual., está el escándalo más serio del
.positivismo. cristiano. Con esto abordamos
el problema de la fe cristiana en toda su profundidad, como debe hacerse hoy
día. ¿Podemos
todavía creer? La pregunta ha de ser más radical todavía:
¿no debemos, no tenemos la obligación
de despertar del sueño y entrar en la realidad? El cristiano de hoy
tiene que hacerse estas
preguntas y no debe contentarse con comprobar que, a pesar de las amenazas
y cambios, siempre
hay a la mano una interpretación del cristianismo que no escandaliza.
Si la teología nos dice un
día, por ejemplo, que la .resurrección de los muertos. significa
que el hombre nueva, diaria e
infatigablemente tiene que ir a la obra del futuro, hemos eliminado el escándalo,
¿pero hemos
sido fieles? ¿No hay deslealtad en querer mantener en pie el cristianismo
en base de
interpretaciones como las actuales? Cuando nos amenaza la idea de refugiarnos
en esas
interpretaciones, ¿no debemos más bien confesar que estamos
acogotándonos? ¿No tenemos
entonces que entrar sencilla e indudablemente en la realidad duradera? Digámoslo
abiertamente:
un cristianismo interpretado de manera que se le prive de la realidad, es
una falta de sinceridad
ante lo problemas de los no cristianos, cuyo .quizá no. nos amenaza
tan seriamente como
quisiéramos que nuestro .quizá. cristiano les amenazase a ellos.
Si aceptamos así los problemas de los demás .problemas que no
pueden sintetizarse ni rechazarse
en un tratado. como perpetua cuestionabilidad de nuestro propio ser, podemos
con razón afirmar
que surge aquí otro problema. De antemano somos propensos hoy día
a aceptar como
auténticamente real lo incomprensible, lo .demostrable.. ¿No
debemos estudiar más
cuidadosamente qué es en realidad .lo real.? ¿Es sólo
lo demostrado y demostrable? O demostrar
es un determinado modo de comportarse ante la realidad, modo que de ninguna
manera abarca el
todo y que conduce a una falsificación de la verdad y del ser humano
si lo tomamos como lo
único decisivo?
Al hacer estas preguntas, abandonamos la problemática específica
de nuestro mundo actual y
volvemos al dilema de lo .pasado. y de lo .actual.. Vamos a explicar ahora
los elementos
esenciales de nuestra problemática actual.
Los
límites de la comprensión moderna de la realidad y el lugar
de la fe.
Al considerar en visión sintética los caminos del espíritu
humano, tal como nos los presentan
nuestros conocimientos históricos actuales, observaremos que en los
diversos períodos de
desarrollo del espíritu humano hay tres formas diversas de ponerse
en relación con la realidad: la
mágica, la metafísica y por último la científica
(nótese que cuando se dice .científico. se piensa
en ciencias naturales). Cada una de estas orientaciones fundamentales tiene
a su modo algo que
ver con la fe, pero cada una, también a su modo, se opone a ella. Ninguna
se defiende con ella, y
ninguna le es sencillamente neutral; todas pueden prestarle servicio, pero
todas pueden también
ocultarla. La limitación de los .fenómenos. a lo que se ve y
puede captarse es una nota
característica de nuestra actitud fundamental y científica,
que condiciona necesariamente todo
nuestro sentimiento existencial y nos asigna un lugar en lo real. Ya nos hemos
cansado de
estudiar las cosas en sí, de sondear en la esencia del ser; hacer eso
nos parece tarea inútil,
creemos que nunca llegaremos a la profundidad del ser. Nos hemos colocado
en la perspectiva de
lo visible, de lo que podemos abarcar y medir. Los métodos de las ciencias
naturales se apoyan
en la limitación a lo aparente. Esto nos basta. Podemos trabajar con
ello y crearnos así un mundo
en que podamos vivir como hombres. Con esto ha entrado en la vida y en las
ideas de la época
moderna un nuevo concepto de verdad y de realidad que, las más veces
inconscientemente, es el
requisito indispensable de nuestro pensamiento, pero que solo puede ser válido
si se le somete al
juicio crítico de la conciencia. La función del pensar no científico
natural será, pues, clara:
considerar lo desconsiderado, presentar a la conciencia la problemática
humana de tal
orientación.
a).- Primer estadio: nacimiento del historicismo.
A mi juicio, para ver cómo se ha llegado a la actitud mencionada, antes
hemos de considerar
otros dos estadios de la transformación espiritual. El primero, preparado
por Descartes, fue
modelado por Kant y ya antes de él, con principios diversos, por el
filósofo italiano Giambattista
Vico (1688-1744), que fue el primero en formular una idea completamente nueva
de la verdad y
del conocimiento y condicionó, anticipándola atrevidamente,
la fórmula típica del espíritu
moderno sobre el problema de la verdad y de la realidad. Los escolásticos
decían: Verum est ens
.el ser es la verdad., a esto se opone Vico con otra fórmula: Verum
quia factum; esto quiere decir
que lo único que podemos reconocer como verdadero es lo que nosotros
mismos hemos hecho. A
mi juicio esta fórmula marca el fin de la vieja metafísica y
el comienzo del auténtico espíritu
moderno. Se actualiza aquí, con precisión inimitable, la revolución
que el pensamiento moderno
supuso para todo lo anterior. Para antiguos y medievales el ser mismo es verdadero,
es decir, se
puede conocer porque Dios, el entendimiento por esencia, lo ha hecho; pero
lo ha hecho porque
lo ha pensado. Pensar y hacer son una misma cosa para el Creator Spiritus,
para el espíritu
creador. Su pensar es crear. Las cosas existen porque han sido pensadas. Para
antiguos y
medievales el ser es serpensado, pensamiento del espíritu absoluto.
Con otras palabras: todo ser
es idea, todo ser es pensamiento, logos, verdad9. Consiguientemente es pos
pensar del ser mismo,
pos pensar de la idea que es el ser mismo. El hombre puede pensar porque su
propio logos, su
propia razón, es logos del logos, pensamiento del pensador, del espíritu
creador que impregna el
ser.
Para los antiguos y medievales la obra humana es, por el contrario, algo contingente
y efímero.
El ser es idea, por tanto es pensable, objeto del pensamiento y de la ciencia
que busca el
conocimiento. La obra del hombre es mezcla de logos y de no logos, mezcla
que con el tiempo se
hunde en el pasado. No tiene plena comprensibilidad porque le falta actualidad,
requisito de la
contemplación, y logos, inteligibilidad ininterrumpida. Por eso la
ciencia antigua y medieval
creía que el saber de las cosas humanas era solamente techne, poder
de artesano, no verdadero
conocer ni por tanto verdadera ciencia. Por eso en las universidades medievales
florecían las
artes, preludios de ciencia propiamente dicha que reflexiona sobre el ser.
Esta tesis se encuentra
ya en Descartes, al comienzo de la época moderna, por ejemplo cuando
niega a la historia el
carácter de ciencia: el historiador, después de sus muchos esfuerzos
por conocer la historia de
Roma, sabe menos que una cocinera romana; saber latín significaba hablarlo
tan bien como las
criadas de Cicerón. Unos cien años después Visco cambió
radicalmente el concepto de verdad de
la edad media, dando expresión al cambio fundamental del espíritu
moderno. Ahora comienza la
actitud que da origen a la época .científica. en la que nos
encontramos10.
Vamos a reflexionar un poco más sobre esto, ya que es importante para
nuestro problema.
Descartes creyó que la verdadera certeza era la certeza formal, la
de la razón, purificada de las
inseguridades de lo positivo. Se anuncia el cambio a la época moderna
cuando la certeza
matemática se convierte en modelo de certeza de la razón, cuando
la matemática pasa a ser la
forma primaria del pensar racional11. Aquí quien quiera seguridad puede
agarrarse todavía a los
hechos, pero Vivo propone la tesis contraria. Siguiendo formalmente a Aristóteles
dice que el
saber real es conocer las causas de las cosas. Conozco una cosa si conozco
su causa; si conozco
el fundamento, conozco lo que en él se funda. Sin embargo, de estas
ideas saca una conclusión
nueva: si el conocer real implica el conocimiento de las causas, sólo
podemos conocer
verdaderamente lo que nosotros hemos hecho, ya que sólo nosotros nos
conocemos a nosotros
mismos. La identidad entre la verdad y el ser queda suplantada por la identidad
entre la verdad y
la facticidad; puede conocerse el .hecho., lo que nosotros hemos hecho. La
tarea y posibilidad del
espíritu humano no es la de reflexionar sobre el ser, sino sobre el
hecho, sobre el mundo
exclusivo de los hombres que es lo que nosotros podemos comprender verdaderamente.
El
hombre no ha creado el cosmos, por eso no puede comprenderlo en su profundidad
más íntima.
El conocer pleno y demostrable sólo es posible para él dentro
de las ficciones matemáticas y en
lo concerniente a la historia que es el campo de la actividad humana y por
lo tanto de lo
comprensible. En medio del océano de la duda que amenaza a la humanidad
después de la caída
de la vieja metafísica, al comienzo de la época moderna, se
re descubre tierra firme en la que el
hombre puede intentar construirse una existencia nueva. Comienza el dominio
del hecho, es
decir, la radical conversión del hombre hacia su propia obra como a
lo único que puede conocer.
A esto va unida la transmutación de todos los valores, transmutación
que conviene a la historia
subsiguiente en tiempo .nuevo. opuesto al antiguo. La historia, que antes
se despreció y se
consideró a científica se convierte, junto con la matemática,
en la única ciencia verdadera.
Estudiar el ser, de lo que se sentía honrado antes el espíritu
libre, se considera ahora una tarea
ociosa e inútil que no puede dar por resultado un conocer propiamente
dicho. En las
universidades dominan la matemática y la historia, la historia que
incluye en sí todo el mundo de
las ciencias y las transforma radicalmente. Con Hegel y, aunqe de modo diverso,
también con
Comte, la filosofía pasa a ser un problema de la historia en la que
el ser mismo ha de estudiarse
como proceso histórico. En F. Chr. Baur la teología se hace
historia, en su investigación utiliza
métodos propiamente históricos, estudia lo que pasó en
el pretérito y cree así poder examinar a
fondo todo el problema. La economía nacional se considera históricamente
y la tendencia
histórica afecta también a las ciencias naturales en general:
según Darwin el sistema de lo vivo es
una historia de la vida. A la idea de que las cosas siguen tan y como fueron
creadas la sustituye
Darwin con una idea de origen: unas cosas proceden de otras, descienden de
ellas12.
El mundo ya no es sólido edificio del ser, sino un proceso cuya evolución
continua es el
movimiento del ser mismo. Esto quiere decir que el mundo, hecho por los hombres,
sólo es
inteligible para ellos. El hombre ya no es capaz de contemplarse a sí
mismo; está en la cima de lo
hecho, no es sino un producto secundario de antiquísimas evoluciones.
Se crea así una situación
muy particular. Cuando surge un antropocentrismo radical, el hombre puede
considerarse como
algo que se ha originado casualmente, como puro .hecho.. El cielo, del que
parecía proceder, se
le viene abajo; la tierra de los hechos sigue a su alcance, pero tiene que
excavarla para descifrar
la fatigosa historia de su hacerse.
b).- Segundo estadio: el paso al pensar técnico.
Verum quia factum: este programa, que hace de la historia el lugar de la verdad
de los hombres,
no es suficiente en sí mismo. Sólo se hizo plenamente efectivo
cuando se unió a otro motivo
formulado por Karl Marx, unos 100 años más tarde, en su clásica
expresión: .en el pasado los
filósofos interpretaron el mundo, ahora tienen que ir a cambiarlo..
Esta máxima, traducida al
lenguaje de la tradición filosófica, significa que el lugar
del verum quia factum . es cognoscible y
portador de verdad sólo lo que el hombre ha hecho y puede considerar.
entra un nuevo programa:
verum quia faciendum: la verdad en la que se estará en adelante es
la factibilidad. Con otras
palabras, no es la verdad del ser, ni a fin de cuenta la verdad de sus acciones,
sino la de la
transformación del mundo, la de la configuración del mismo;
una verdad, pues, que mira al
futuro y a la acción.
Verum quia faciendum. A partir de la mitad del siglo XIX comenzó a
diluirse progresivamente,
por obra del faciendum, de lo factible, el predominio del factum. La techne
suplanta a la historia,
la reina hasta entonces, ya que a medida que el hombre transita por el camino
que le lleva a la
concentración en el factum, la obra de sus manos se le escapa. La demostrabilidad
que busca el
historiador, y que en los comienzos del siglo XIX apareció como la
gran victoria de la historia
sobre la especulación, siempre tiene en sí algo problemático:
el momento de la reconstrucción,
de la explicación y de la ambigüedad; al comienzo del siglo XX
la historia sufre una crisis, y el
historicismo, con su orgullosa exigencia del saber, se hace problemático.
Cada vez se da más
cuenta de que no existe ni el puro hecho ni su inconmovible seguridad, de
que el factum debe ser
explicado, de que es ambiguo. Cada día es más notorio que no
se posee aún la certeza que la
investigación de los hechos prometió a quienes rechazaban la
especulación.
Por eso cada día se fortaleció más la convicción
de que el hombre, a fin de cuentas, sólo puede
conocer lo repetible, lo que, al hacer experimentos, aparece ante nuestros
ojos. Todo lo que nos
trasmiten los testigos secundarios es puro pasado, no puede conocerse plenamente
a pesar de
todas las pruebas imaginables. El transmisor real de auténtica seguridad
es sólo el método
científico natural nacido, a guisa de experimento repetible, de la
unión de la matemática y del
interés por la factibilidad. Del matrimonio del pensar matemático
con el pensar factible nace la
posición espiritual del hombre moderno, condicionada por las ciencias
naturales, que significa al
mismo tiempo, en cuanto es factibilidad, inclinación a la realidad13.
El factum ha dado lugar al
faciendum, lo hecho ha originado lo factible, lo repetible, lo comprobable,
y ahí está. Se llega así
al primado de lo factible sobre el hecho, porque ¿qué es lo
que puede hacer el hombre con lo
sucedido?; no puede encontrar ahí su sentido, no puede convertirse
en guardián del museo de su
propio pasado, si quiere dominar su actualidad.
Como antes la historia, ahora la techne deja de ser un primer estadio inferior
del desarrollo
espiritual de la humanidad, aun cuando siempre contenga cierta barbarie en
una conciencia
orientada decididamente hacia las ciencias del espíritu. La orientación
cambia radicalmente la
situación: la techne no queda confinada en los sótanos de las
ciencias, o mejor dicho, el sótano es
también aquí lo propiamente decisivo, ante quien la parte superior
del edificio puede parecer
solamente una residencia de pensionistas aristocráticos. La techne
se convierte en la auténtica
posibilidad y en el auténtico deber del hombre. Lo que antes estaba
subordinado, ahora
prevalece.
Con esto la perspectiva cambia una vez más: en la antigüedad y
en la edad media el hombre
estaba orientado a lo eterno; después de un corto período en
el que reinó el historicismo, a lo
pasado, ahora la factibilidad, lo faciendum, le orienta al futuro que él
mismo pueda crear. Antes,
los resultados de la doctrina de los orígenes le llevaron a afirmar,
resignadamente que partiendo
de su pasado no era sino tierra, puro azar de la evolución; pero todo
esto ya no le molesta porque
ahora, proceda de donde proceda, puede enfrentarse decididamente a su futuro
para convertirse a
sí mismo en lo que quiera; ya no le parece imposible hacerse igual
a Dios, el faciendum, el
factible del final, no el logos, la inteligencia del principio. Por lo demás,
todo esto sale hoy día a
la luz de la problemática antropológica. Mucho más importante
que la doctrina de los orígenes,
que prácticamente queda ya en nuestras espaldas como algo evidente,
es la cibernética, los planes
que se hacen sobre el nuevo hombre que se va a crear, de tal manera que el
hecho de que el
hombre pueda ser manejado por sus propios planes presenta un problema mucho
más serio que el
del pasado humano, aunque ambos son inseparables y se determinan mutuamente:
la reducción
del hombre al factum es el requisito de su comprensión como faciendum
que le conducirá
expontáneamente hacia un nuevo futuro.
c).- El problema del lugar de la fe.
Con este segundo paso del espíritu moderno, con el paso a la factibilidad,
se va a pique el primer
intento de la teología de dar respuesta a las nuevas circunstancias.
La teología había querido dar
buena acogida a la problemática del historicismo, de su reducción
de la verdad al factum,
construyendo la misma fe como historia. A primera vista con este cambio podía
darse por
contenta. El contenido de la fe cristiana es esencialmente histórico;
las expresiones bíblicas no
son metafísicas, sino históricas. Por eso la teología
podía gozarse de que la hora de la metafísica
quedase suplantada por la de la historia; así llegaría su hora.
Y quizá tuviese también que
registrar la nueva evolución como resultado se sus propios principios.
El subsiguiente destronamiento de la historia por la techne sofocó
rápidamente tales esperanzas.
Otra idea nos importuna ahora: uno se siente tentado de avecindar la fe no
en el campo del
factum, sino en el del faciendum, y de interpretarla, en medio de una .teología
política., como
medio de transformación del mundo14. A mi modo de ver, en la situación
actual sólo se haría lo
que, por su parte, ya emprendió el pensar histórico-salvífico
en la época del historicismo.
Observamos que el mundo está obsesionado por la perspectiva de lo factible;
a esto se responde
colocando la fe en ese plano. A estos dos intentos no quiero calificarlos
de solución sin sentido.
No sería justo. Lo que tanto uno como otro sacan a la luz es más
bien lo que en otras épocas pasó
más o menos inadvertido.
La fe cristiana tiene algo que ver con el factum; de una manera muy peculiar
vive en el plano de
la historia, y no es por pura casualidad el que tanto el historicismo como
la historia hayan nacido
en el campo de la fe cristiana. La fe participa también en la trasformación
del mundo, en su
configuración, en la oposición a la indolencia de las instituciones
humanas y de lo que de ahí
saca partido. Difícilmente puede considerarse como casualidad el que
la comprensión del mundo
como factibilidad naciese dentro de las tradiciones judeo-cristianas y el
que Marx la pensase y
formulase inspirado en ellas, aunque en oposición a las mismas. Por
eso no hemos de negar que
en ambos casos sale a la luz algo de la fe cristiana que antes permanecía
oculto. La fe cristiana
está decisivamente comprometida en los esfuerzos de la época
moderna. La hora histórica actual
nos brinda la oportunidad de poder comprender, partiendo de ella, la estructura
de la fe entre el
factum y el facendum. Es tarea de la teología tomar en serio esta exigencia
y posibilidad, y hallar
los períodos oscuros y aciagos del pasado para rellenarlos.
Pero no hagamos juicios demasiado rápidos. Quien crea que los intentos
antes mencionados se
excluyen mutuamente, quien coloque la fe o en el plano del factum o en el
del facendum, no
descubrirá el significado de la frase .yo creo. .credo., pronunciada
por un ser humano. Ya que,
quien así se expresa, por de pronto no idea un programa de activa transformación
del mundo ni
se asocia a una cadena de acontecimientos históricos. A modo de ensayo,
y para poner de relieve
lo más característico, diría yo que el acontecimiento
de la fe no pertenece a la relación saberhacer,
nota que designa la coyuntura espiritual del pensar factible; el acontecimiento
de la fe se
expresa mejor con la relación permanecer-comprender. A mi juicio, se
ponen así de manifiesto
dos conceptos relacionados entre sí, pero que se distinguen, y dos
posibilidades del ser humano.
La
fe como permanecer y comprender.
Una vez que he contrapuesto los conceptos permanecer-comprender a saber-hacer,
voy a
referirme a un texto bíblico intraductible sobre la fe. Lutero intentó
expresar su profundo sentido
con la frase .si no creéis (si no os apoyáis en Yavé),
no tendréis apoyo. (Is 7,9). Una única raíz,
.mn (amen) tiene multiplicidad de significados que se entremezclan y diferencian,
formando la
magnífica grandeza de esta frase. La raíz citada expresa la
idea de verdad, solidez, firmeza,
fundamento; y también la de confiar, fiarse, abandonarse a algo, creer.
La fe es un sujetarse a
Dios, en quien tiene el hombre un firme apoyo para toda su vida. La fe se
describe, pues, como
un agarrarse firmemente, como un permanecer en pie confiadamente sobre el
suelo de la palabra
de Dios.
La traducción griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta,
ha expresado muy bien el
sentido de la frase mencionada desde el punto de vista tanto lingüístico
como conceptual, al
traducirla así: .si no creéis, no comprendéis.. Se ha
dicho muchas veces que en esta traducción
obra ya el proceso de la helenización, que aquí comenzamos a
apartarnos de lo bíblico original.
La fe se intelectualiza. En vez de expresar la firme permanencia en el firme
fundamento de la
palabra fidedigna de Dios, indica comprensión y entendimiento, y queda
así colocada en un
plano completamente distinto. En eso hay parte de verdad. Sin embargo, yo
creo que con
palabras diversas se ha conservado en líneas generales lo decisivo.
El permanecer, que en hebreo
especifica el contenido de la fe, tiene mucho que ver con el comprender. Sobre
ello hablaremos
un poco más adelante. Mientras tanto sigamos el hilo de lo que hemos
venido diciendo: la fe
indica un plano completamente distinto del hacer y de la factibilidad; es
esencialmente confiarse
a lo que no se ha hecho a si mismo, a lo no factible, a lo que lleva y posibilita
nuestro hacer. Esto
significa además que la fe no aparece ni aparecerá en el plano
del saber de la factibilidad, en el
plano del verum quia factum seu faciendum; todo intento de .ponerla sobre
el tapete. , de querer
probarla en el sentido del saber factible, fracasará necesariamente.
No se la puede hallar en la
estructura de esa forma de saber, y quien así la ponga sobre el tapete
la concibe falsamente. El
penetrante .quizá. con el que la fe cuestiona al hombre de todo tiempo
y lugar, no alude a la
inseguridad dentro del saber factible, sino que es poner en tela de juicio
lo absoluto de ese
círculo, es su relativización como único plano del ser
humano y del ser en general, que sólo
puede ser algo penúltimo. Es decir, nuestras reflexiones nos han llevado
a afirmar claramente
que existen dos formas de actitud ante la realidad; ninguna de ellas se refiere
a la otra, porque
ambas tienen lugar en un plano completamente distinto.
Recordemos la contraposición que establece Martin Heidegger al hablar
de la dualidad entre el
pensamiento aritmético y el conceptual. Ambas formas de pensar son
legítimas y necesarias,
pero precisamente por ello ninguna de ellas puede disolverse en la otra. Deben
existir las dos: el
pensar aritmético subordinado a la factibilidad, y el pensar conceptual,
que quiere comprender.
No creemos que se equivoca el filósofo de Friburgo cuando da expresión
al temor de que, en el
tiempo en que el pensar aritmético celebra su triunfo extraordinario,
el hombre se sienta
amenazado por la falta de ideas, por la evasión del pensar. Cierto
que esto es tentación de todos
los tiempos; por ejemplo, en el siglo XIII san Buenaventura, gran teólogo
franciscano, echaba en
cara a sus colegas de la facultad de París que habían aprendido
a medir el mundo, pero se habían
olvidado de medirse a sí mismos. Con otras palabras podemos afirmar
que la fe, en el sentido del
credo, no es una imperfecta forma de saber, una opinión que el hombre
puede o debe remover
con el saber factible. Es esencialmente una forma de actitud intelectual que
existe como propia y
autónoma junto al saber factible, pero que no se refiere ni se deduce
de él. La fe no está
subordinada a lo factible ni a lo hecho, aunque con ambos tenga algo que ver,
sino al campo de
las grandes decisiones a cuya responsabilidad no puede sustraerse el hombre;
en rigor tales
decisiones solo pueden hacerse en una forma, a esta forma la llamamos fe.
Me parece esencial
ver cómo cada hombre tiene que referirse de alguna forma al campo de
las decisiones
fundamentales; y esto sólo puede hacerse en forma de fe. Hay un campo
en el que no cabe otra
respuesta que la de la fe, de la que no puede sustraerse nadie. Todo ser humano
tiene que .creer.
de algún modo.
El marxismo, sin embargo, ha hecho el esfuerzo antes mencionado de subordinar
la forma de
actitud de fe a la del saber factible, ya que aquí el faciendum, el
futuro que se crea a sí mismo,
presenta a la vez la finalidad del hombre, de tal forma que la orientación
que se realiza en la fe o
que ella acepta parece trasponerse al plano de lo factible. Llegamos así,
sin duda alguna, a la
última consecuencia del pensar moderno; a primera vista parece afortunada
la idea de incluir la
inteligencia del hombre en lo factible, más aún, de identificarla
con él. Pero al considerarla más
de cerca, observamos que tampoco el marxismo ha tenido éxito en la
cuadratura del círculo.
Porque no puede hacer lo factible comprensible como inteligencia, sino sólo
prometerlo y hacer
así que la fe decida. Lo que hace tan atractiva y accesible la fe marxista
es la impresión de
armonía con el saber factible que él pone de manifiesto.
Después de esta corta disgresión, volvamos una vez más
a nuestro problema que en síntesis
podemos enunciar así: ¿qué es propiamente la fe? Nuestra
respuesta es esta: es la forma de
permanecer del hombre en toda la realidad, forma que no se reduce al saber
ni que el saber puede
medir; es la orientación sin la que el hombre estaría sin patria,
la orientación que precede al
calcular y actuar humanos, y sin la que no podría ni calcular ni actuar,
porque eso sólo puede
hacerlo en el sentido de la inteligencia que lo lleva. De hecho, el hombre
no vive solo del pan de
la factibilidad; como hombre, y en lo más propio de su ser humano,
vive de la palabra, del amor,
de la inteligencia. La inteligencia es el pan del que se alimenta el hombre
en lo más propio de su
ser. Sin la palabra, sin la inteligencia, sin el amor, llega pronto a la situación
del .ya no puedo
más. aunque viva en medio de un confort extraordinario. ¿Quién
duda de que esta situación del
.ya no puedo más. puede surgir también en medio de la comodidad
exterior? Pero la inteligencia
no procede del saber; querer establecerla así, a base del saber demostrable
de la factibilidad, sería
el absurdo intento de Münchhaus de querer salir del pantano tirándose
de los pelos. A mi juicio,
lo absurdo de este cuento pone de manifiesto la situación del hombre
de hoy. Del pantano de la
inseguridad, del no-poder-más, no se sale espontáneamente, ni
nos sacamos nosotros mismos con
una cadena de conclusiones lógicas, como haría Descartes con
su cogito ergo sum. La
inteligencia que se ha hecho a sí misma no es en último término
inteligencia. La inteligencia, es
decir, el suelo en el que nuestra existencia puede permanecer y vivir, no
puede ser construido,
hay que recibirlo.
Hemos partido de un análisis general de la actitud de fe; ahora llegamos
a la forma cristiana de
fe. Creer cristianamente significa confiarse a la inteligencia que me lleva
a mí y al mundo,
considerarla como el fundamento firme sobre el que puedo permanecer sin miedo
alguno. En
lenguaje más tradicional podemos afirmar que creer cristianamente significa
comprender nuestra
existencia como respuesta a la palabra, al logos que lleva y sostiene todo.
Significa decir sí a la
inteligencia que nosotros no podemos hacer, pero sí recibir; a la inteligencia
que se nos da para
que sólo tengamos que aceptarla y fiarnos de ella. Según eso,
la fe cristiana es una opción en pro
de que lo recibido precede al hacer. Esto no quiere decir que el hacer se
desprecie o se considere
superfluo. Sólo por que hemos recibido, podemos .hacer.. La fe cristiana
significa también, como
hemos dicho, una opción en pro de que lo invisible es más real
que lo visible. Es afirmación de la
supremacía de lo invisible como propiamente real, lo cual nos lleva
y autoriza a colocarnos ante
lo invisible con tranquilidad impertérrita y en la responsabilidad
que dimana del verdadero
fundamento de todo, de lo invisible.
Por eso no puede negarse que la fe cristiana se oponga a la actitud a la que
parece inclinarnos la
orientación actual del mundo. Como positivismo y fenomenologismo nos
invita a limitarnos a lo
.visible., a lo .aparente. en el más amplio sentido de la palabra;
nos invita a hacer extensiva la
actitud metódica fundamental a la que las ciencias naturales deben
sus resultados, al todo de
nuestra relación con la realidad. Y como techne nos exige contar con
lo factible y hacer de eso el
suelo que nos soporte. El primado de lo invisible sobre lo visible, el de
lo recibido sobre el hacer,
corre en sentido totalmente opuesto a esta orientación. Aquí
radica la dificultad del salto por el
que nos confiamos a lo invisible. Y con todo, la libertad de hacer y la de
aceptar lo visible por la
investigación metódica se hacen posibles en primer lugar por
la fe cristiana, porque la fe cristiana
los califica de provisionales, y por la jerarquía que así se
inicia.
La
razón de la fe
Quien reflexione sobre esto se dará cuenta de que la primera y la última
palabra del credo . .creo.
y .amén.. se entrelazan mutuamente, encierran todas las demás
expresiones y constituyen el
contexto de todo lo que se halla entre ellas. La resonancia de las palabras
.creo. y .amén. muestra
el sentido de todo el movimiento espiritual del que tratamos. Ya dijimos antes
que la palabra
.amen. pertenece a la misma raíz que la palabra .fe.. .Amén.
dice, a su modo, lo que significa
creer: permanecer firme y confiadamente en el fundamento que nos sostiene,
no porque yo lo he
hecho o lo he examinado, sino precisamente porque no lo he hecho ni lo he
examinado. Expresa
la entrega de sí mismo a lo que nosotros no podemos ni tenemos que
hacer, la entrega de sí
mismo al fundamento del mundo como inteligencia que me abre en primer lugar
la libertad de
hacer.
Esto no quiere decir que lo que aquí sucede sea un entregarse a lo
irracional. Es, por el contrario,
un acercarse al .logos., a la ratio, a la inteligencia, y así a la
verdad misma, ya que el fundamento
sobre el que se sostiene el hombre no puede ni debe ser a fin de cuentas sino
la verdad. Llegamos
así un punto en el que por lo menos sospechamos una última antítesis
entre el saber de lo factible
y la fe. El saber de lo factible, ya lo hemos visto, tiene que ser, porque
él así lo ha querido,
positivístico; tiene que limitarse al dato, a lo mesurable. La consecuencia
es clara: no busca la
verdad. Consigue sus propósitos mediante la renuncia al problema de
la verdad misma y
mediante la limitación a lo .determinado., a la .exactitud. del sistema
cuyos planes hipotéticos
deben conservarse en el experimento. El saber factible no investiga, digámoslo
otra vez, cómo
son las cosas en sí y para sí, sino la función que tienen
para nosotros. El paso al saber factible se
da cuando el ser ya no se considera en sí mismo, sino en función
de nuestra obra. Esto supone
que al desaparecer el problema de la verdad y al trasmutarse en el factum
y faciendum se cambia
totalmente el concepto de la verdad. En lugar de la verdad del ser en sí
entra la utilidad de las
cosas para nosotros, que se confirma en la exactitud de los resultados. Es
incuestionable que sólo
esta actitud se nos brinda como posibilidad de cálculo, mientras que
la verdad del ser mismo
escapa al saber como cálculo.
La palabra .amén. expresa la idea de confiar, fidelidad, firmeza, firme
fundamento, permanecer,
verdad. Pues bien, la actitud cristiana expresada con esa palabra significa
que aquello en lo que
el hombre permanece y que puede ser para él inteligencia, sólo
puede ser la verdad misma. Sólo
la verdad que es fundamento adecuado de la permanencia del hombre. Por eso
el acto de fe
cristiana incluye esencialmente la convicción de que el fundamento
inteligente, el .logos. en el
que nos mantenemos, en cuanto inteligencia es también verdad15. La
inteligencia que no fuese
verdad sería no inteligencia. La inseparabilidad de la inteligencia,
del fundamento y de la verdad,
expresada tanto en la palabra hebrea .amén. como en la griega .logos.,
supone toda una
concepción del mundo. La inseparabilidad de la inteligencia, del fundamento
y de la verdad,
expresada con palabras para nosotros inimitables, muestra la red de coordenadas
en las que la fe
cristiana considera el mundo y se coloca ante él.
Esto supone también que la fe originalmente no es un montón
de paradojas incomprensibles.
Supone también que es un abuso alegar el misterio, como sucede no pocas
veces, como pretexto
para negar la compresión. Cuando la teología dice tales disparates
y cuando quiere no sólo
justificarse, sino canonizarse aludiendo al misterio, no se entiende lo que
es la verdadera idea del
.misterio.; el misterio no quiere destruir la comprensión, sino posibilitar
la fe como comprensión.
Con otras palabras decimos que la fe no es saber en el sentido del saber factible
y de su forma de
posibilidad de cálculo. Esto no puede hacerse, y la fe hará
el ridículo si quiere establecerse en
tales formas. Pero, por el contrario, también cabe decir que el saber
factible y calculable se limita
esencialmente a lo aparente y funcional y que no se abre el camino que busca
la verdad, a la que
ha renunciado por su propio método. La forma con la que el hombre entra
en contacto con la
verdad del ser no es la forma del saber, sino la del comprender: comprender
la inteligencia a la
que uno se ha entregado. Y podemos añadir que sólo en la permanencia
se abre la comprensión,
no fuera de ella. Una cosa no tiene lugar sin la otra, ya que comprender significa
agarrar y
entender la inteligencia que se ha recibido como fundamento, como inteligencia.
Creo que este es
el sentido de lo que llamamos comprender: entender la inteligencia sobre la
que nos
mantenemos, como inteligencia y como verdad; darnos cuenta de que el fundamento
es
inteligencia.
Si esto es así, la comprensión no supone una contradicción
de la fe, sino que presenta su
auténtico contenido. Ya que el saber lo funcional del mundo, cosa que
nos brinda el pensamiento
técnico-científico-natural, no aporta ninguna comprensión
del mundo ni del ser. La comprensión
nace de la fe. Por eso, una tarea primordial de la fe cristiana es la teología,
discurso
comprensible, lógico (rationale, racional-inteligible) de Dios. Aquí
radica el derecho inamovible
de lo griego en lo cristiano. Estoy plenamente convencido de no fue pura casualidad
el que el
mensaje cristiano, en su primera configuración, entrase en el mundo
griego y que se mezclase así
con el problema de la comprensión, de la verdad 16. La fe y la comprensión
van tan juntas como
la fe y la permanencia, porque permanecer y comprender son inseparables. La
traducción griega
del pasaje de Isaías sobre la fe y la permanencia incluye una dimensión
imprescindible de lo
bíblico, si no quiere caer en lo fanático y lo sectario.
Por otra parte, la comprensión supera cada día más nuestra
concepción y llega al conocimiento
de nuestro ser comprendidos.; nosotros no podemos comprenderla; tiene para
nosotros sentido en
cuanto nos comprende. En este sentido podemos hablar en rigor del misterio
como fundamento
que nos precede, que siempre nos supera, que nunca podemos alcanzar ni superar.
Pero
precisamente en el ser comprendidos por lo que no puede ser comprendido se
realiza la
responsabilidad de la comprensión, sin la que la fe sería cosa
despreciable y quedaría destruida.
Creo
en ti.
Todavía no hemos hablado del rango más fundamental de la fe
cristiana: su carácter personal. La
fe cristiana es mucho más que una opción en favor del fundamento
espiritual del mundo. Su
fórmula central reza así: .creo en tí., no .creo en algo.17.
Es encuentro con el hombre Jesús; en tal
encuentro siente la inteligencia como persona. En su vivir mediante el Padre,
en la inmediación y
fuerza de su unión suplicante y contemplativa con el Padre, es Jesús
el testigo de Dios, por quien
lo intangible se hace tangible, por quien lo lejano se hace cercano. Más
aún, no es puro testigo al
que creemos lo que ha visto en una existencia en la que se realiza el paso
de la limitación a lo
aparente a la profundidad de toda la verdad. No. Él mismo es la presencia
de lo eterno en este
mundo. En su vida, en la entrega sin reservas de su ser a los hombres, la
inteligencia del mundo
se hace actualidad, se nos brinda como amor que ama y que hace la vida digna
de vivirse
mediante el don incomprensible de un amor que no está amenazado por
el ofuscamiento egoísta.
La inteligencia del mundo es el tú, ese tú que no es problema
abierto, sino fundamento de todo,
fundamento que no necesita a su vez ningún otro fundamento.
La fe es, pues, encontrar un tú que me sostiene y que en la imposibilidad
de realizar un
movimiento humano da la promesa de un amor indestructible que no sólo
solicita la eternidad,
sino que la otorga. la fe cristiana vive de esto: de que no existe la pura
inteligencia, sino la
inteligencia que me conoce y me ama, de que puedo confiarme a ella con la
seguridad de un niño
que en el tú de su madre ve resueltos todos sus problemas. Por eso
la fe, la confianza y el amor
son, a fin de cuentas, un misma cosa, y todos los contenidos alrededor de
los que gira la fe, no
son sino concretizaciones del cambio radical, del .yo creo en tí.,
del descubrimiento de Dios en la
faz de Jesús de Nazaret, hombre.
Como hemos visto anteriormente, esto no elimina la reflexión. Al que
sus discípulos llamaban
rabí de Nazaret, al más grande, a aquél de quien era
mensajero, preguntó Juan Bautista en una
hora oscura, angustiosa: ¿eres tú el profeta? ¿lo era
realmente? El creyente vivirá siempre en esa
oscuridad en la que le rodea, como prisión de la que no puede huir,
la oposición del no creyente.
La indiferencia del mundo que continúa como si nada hubiera sucedido,
parece ser sólo una burla
de sus esperanzas. ¿Lo eres realmente? A hacernos estas preguntas nos
obliga la honradez del
pensamiento y la responsabilidad de la razón, y también la ley
interna del amor que quisiera
conocer más y más a aquel a quien han dado su sí para
amarle más y más. ¿Lo eres realmente?
Todas las reflexiones de este libro están subordinadas a esta pregunta
y giran en torno a la forma
fundamental de la confesión: yo creo en tí, Jesús de
Nazaret, como inteligencia (.Logos.) del
mundo y de mi vida.
____________________________
Notas de este capítulo:
1.- H Cox, La ciudad secular. Península, Barcelona 1968, 269.
2.- Véase un resumen informativo bajo el título Die echten Texte
der kleinen heiligen Therese: Herderskorres pondenz 7 3 (1962) 561-565; la
cita es de la página 564. Muchas ideas están tomadas del artículo
de M. Morée, La table des pécheurs: Dieu vivant 24, 13-104.
Morés remite a los estudios y ediciones de A. Combes, especialmente
a su obra Le probleme de l.Histoir d.une ame y a las obras completas de santa
Teresa de Lisieux. Burgos 1943. Más bibliografía en A. Combes,
Theresia von Lisieux; LTK X, 102-104.
3.- Esto nos recuerda el texto de Sab 10,4, texto importantísimo en
la teología de la cruz de la Iglesia primitiva: .Inundó luego
la tierra el furor de éste, y de nuevo la salvó la sabiduría,
rigiendo al justo en leño deleznble.. Sobre la importancia del texto
en la teología de los Padres, cf. H. Rahner, Symbole der Kirche. Salzburg
1964, 504-547.
4.- P. Claudel, El zapato de razo. Editora Nacional, Madrid 1965, 7.
5.- M. Buber, Werke III. München-Heidelberg 1963, 348.
6.- Me parece interesante un frase que leí en un periódico:
.No quieren comprar la tradición, sino el progreso racional.. He aquí
un hecho interesante. Desde hace un siglo aproximadamente, la reflexión
de la teología católica sobre el concepto de tradición
tiende cada vez más a identificarla tácitamente con la idea
de pro-greso, es decir, a intepretar la idea de tradición por la de
progreso, ya que la tradición no se concibe como un depósito
fijo sino como el dinamismo de la inteligencia de la fe que la hace avanzar.
Véase J. Ratzinger, Tradición: LTK X, 293-299; Id., Kommentar
zur Offenbarungskonstitution: LTK Erganzungsband II, 498 s y 515-528.
7.- A Dios nadie le vio jamás; el Unigénio, que está
en el seno del Padre, ése nos lo ha revelado.
8.- I Jn 1,1-3.
9.- Esta expresión es plenamente válida para el pensamiento
cristiano que con su idea de la creatio ex nihilo relaciona la materia con
Dios. Para los antiguos, en cambio, la materia era lo alógico, el substrato
mundano extraño a lo divino que así señalaba los límites
de la comprensibilidad de lo real.
10.- Para la cuestión histórica véase la síntesis
de K. Löwith, Weltgeschichte und Heilsgescchehen. Stuttgart 1953, 109-128,
y la obra posterior de N. Schiffers, Anfragen der Physik an die Theologie.
Düsseldorf 1968.
11.- N. Schiffers, id.
12.- K. Löwith, o. c., 38. Sobre la trasformación realizada en
la mitad del siglo XIX véase el estudio instructivo de J. Dörman,
War J. J. Bachofen Evolutionist?: Anthropos 60 (1965) I-48.
13.- Véase H. Freyer, Theorie des gegenwärtigen Zeitalers, Stuttgart
1958, especialmente 15-78.
14.- Véase la obra de H. Cox, La ciudad secular; piénsese también
en la .teología de la revolución. que está hoy de moda;
cf. T. Rendtorff- H. E. Tödt, Theologie der Revolution. Analysen und
Materialem. Frankfurt 1968. En esta dirección apunta también
J. Moltmann, Teología de la esperanza. Sígueme, Salamanca 1969
y J. B. Metz, Teología del mundo. Sígueme, Salamanca 1970.
15.- La palabra griega logos, en su sentido más amplio, corresponde
en cierto modo a la raíz hebrea .mn (amén) y significa palabra,
inteligencia, razón, verdad.
16.- Hagamos referencia a la significativa perícopa de Hech 16,6-10
donde se nos dice que el Espíritu Santo prohibió a Pablo predicar
en Asia y el espíritu de Jesús no le permitió dirigirse
a Bitinia; después se narra la visión de Pablo en la que un
macedonio le dice: .Pasa a Macedonia y ayúdanos.. Este texto misterioso
quiere presentarnos .histórico-teológicamente. la predicación
del mensaje en Europa, .a los griegos., como algo motivado por Dios; véase
E. Peterson, La Iglesia: Tratados teológicos. Cristiandad, Madrid 1966,
193-201.
17.- Véase H. Fries, Glauben-Wissen. Berlín 1960, especialmente
84-95; J. Mouroux, Creo en tí. Flors, Barcelona 1964; C. Cirne-Lima,
Der personale Glaube. Innsbruck 1959.
2.-
LA FORMA ECLESIAL DE LA FE.
Notas sobre la historia y estructura de la profesión de fe apostólica
1.
Las páginas anteriores se han ocupado del problema formal, y solamente
de él: ¿Qué es la fe?
¿Cuál es su punto de partida en el mundo del pensamiento moderno?
¿Dónde puede ejercitarse?
Muchas y grandes cuestiones sobre el contenido de la fe permanecen todavía
abiertas. Quizá el problema haya quedado un poco descolorido e indeterminado.
La respuesta a esos problemas sólo nos la puede dar una ojeada a la
forma concreta de la fe cristiana. Es lo que vamos a hacer a continuación,
siguiendo el hilo de la llamada profesión de fe apostólica.
Pero antes creo oportuno dar algunas notas sobre su origen y estructura, que
a mi modo de ver iluminan el porqué de esa manera de proceder. La forma
de nuestra profesión se elaboró en el transcurso de los siglos
II y III en conexión con el rito bautismal; por lo que atañe
a su origen local es un texto romano, pero su origen interno es el culto divino,
más en concreto, la administración del bautismo; ésta,
a su vez, se refiere en su forma fundamental a las palabras del Resucitado
relatadas en Mateo 28,19: Id y haced discípulos de todos los pueblos,
bautizándolos
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Por eso al bautizado se le hacen tres preguntas: .Crees en Dios, Padre todopoderoso?
¿Crees en Jesucristo, Hijo de Dios...? ¿Crees en el Espíritu
Santo...?.2 A las tres preguntas contesta en bautizado .credo. .creo.; después
se le sumerge en el agua. La forma primitiva de la profesión de fe
es, pues, un triple diálogo, pregunta y respuesta, y tiene lugar en
el rito bautismal.
Probablemente ya en el transcurso de los siglos II y III la triple fórmula,
tomada simplemente de Mateo 28, se amplió en el centro, es decir, en
la cuestión cristológica. Se trata aquí de lo cristiano
que se diferencia de todo lo demás; por eso uno se siente con el derecho
de añadir, dentro de esta cuestión, una pequeña suma
de lo que Cristo significa para los cristianos; así mismo la tercera
cuestión, la confesión de fe en el Espíritu Santo, se
explica y amplía como confesión en la actualidad y en el futuro
de lo cristiano.
En el siglo IV nos encontramos con un texto seguido, liberado del esquema
pregunta-respuesta.
El texto se recita todavía en griego, cosa que hace probable tanto
su origen en el siglo III como el hecho de que en el siglo IV se traducía
al latín. Pronto nació una traducción latina, en el siglo
IV. Gracias a la preeminencia que la Iglesia de Roma había ganado en
todo el occidente, la profesión de fe romana (llamada symbolum, símbolo)
se extendió a todas las regiones de habla latina. Hubo al principio
una serie de textos distintos, hasta que por fin Carlomagno aceptó
para su reino un texto que .sobre el antiguo texto romano. había recibido
en Francia. En Roma esta símbolo unitario se aceptó en el siglo
IX. Hacia el siglo V, y quizá ya en el IV, nace la leyenda sobre el
origen apostólico del texto, y pronto (todavía en el siglo V)
se concretiza esta leyenda diciendo que los doce artículos, en los
que se divide el credo, procedían de cada uno de los doce apóstoles.
En oriente no se conocía el símbolo romano. Para los representantes
de Roma fue una gran sorpresa ver en el concilio de Florencia en el siglo
XV que los griegos no rezaban el símbolo que, según ellos, procedía
de los apóstoles. En oriente no había un símbolo unitario,
ya que allí ninguna Iglesia particular alcanzó una posición
privilegiada semejante a la de Roma como .sede apostólica. en occidente.
Característica de oriente fue la multiplicidad de símbolos diversos
del símbolo romano en el terreno teológico. El credo romano
(y por tanto, el occidental) es mas histórico-salvífico-cristológico.
Permanece, por así decirlo, dentro del positivismo de la historia cristiana.
Recoge sencillamente el hecho de que Dios se hizo hombre por nosotros, y no
busca detrás de esa historia sus fundamentos y su vinculación
con el ser mismo. Oriente, en cambio, quiso comprender la fe cristiana dentro
de una perspectiva cósmico-metafísica; en la profesión
de fe aparece ante todo ese precipitado en el hecho de que se relacionan entre
sí cristología y creación, y en que así lo singular
de esa historia y lo permanente y comprensible de la creación aparecen
estrechamente vinculados. Más adelante volveremos sobre esta idea que,
a raíz del escándalo producido por las obras de Teilhard de
Chardín, comienza actualmente a ganar terreno en la conciencia occidental.
Límites
y significado del texto.
La historia del símbolo, descrita a grandes rasgos, nos obliga ha hacer
algunas reflexiones. Una simple ojeada a las vicisitudes del texto esbozadas
poco antes, nos muestra cómo en ese acontecimiento se refleja toda
la tensión, la grandeza y la miseria de la historia de la Iglesia del
primer milenio. Creo que esta expresión afecta al contenido de la fe
cristiana y manifiesta su fisonomía espiritual. A través de
todas las divisiones y tensiones, el símbolo expresa el fundamento
común de la fe en el Dios uno y trino. Es la respuesta al mandato de
Jesús de Nazaret: .Haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos.....
Es profesión de fe en él como cercanía de Dios y como
verdadero futuro del hombre. Pero también da expresión a la
división incipiente entre oriente y occidente. En la historia del texto
pueden contemplarse la posición especial de Roma dentro de occidente,
como sede de la tradición apostólica, y la tensión que
esto supuso para toda la Iglesia. Por fin, el texto en su forma actual pone
de manifiesto la uniformidad de la Iglesia de occidente, a la que dio origen
la política, el extranjerismo político de la fe y su utilización
como medio para lograr la unidad política. Pero, al utilizar el texto
.romano., extendido en occidente y aceptado pacientemente por Roma, se ve
en él la necesidad de la fe de afirmarse a sí misma a través
de los obstáculos que para ello suponían los fines políticos.
Así se ve el destino del texto, y cómo la respuesta al mandato
dado en Galilea, en el momento en que entra en la historia, se mezcla con
lo humano, con los intereses particulares de una región, con el alejamiento
de los llamados a la unidad, con las intrigas de los poderes de este mundo.
Observar esto es a mi modo de ver importante, ya que pertenece también
a la realidad de la fe en el mundo el que el salto audaz de lo infinito que
la fe lleva consigo sólo tenga lugar en la reducción de lo humano.
Y cuando el hombre arriesga su grandeza, cuando audazmente da el salto que
superando su sombra le lleva a la inteligencia que lo sostiene, su obrar no
es pura y noble grandeza, sino que entonces se revela como esencia disonante
que es, en su grandeza, miserable, y en su miseria, todavía más
grande. Esto nos dice también que la fe tiene y debe tener algo que
ver con el perdón, que incita a los que hombres reconozcan que son
seres que sólo pueden encontrarse al recibir y prolongar el perdón,
y que son una esencia que, en su ser mejor y más puro, necesita el
perdón. A quien siga las huellas que el hombre y lo humano han dejado
en la historia de la profesión de fe, puede asaltarle una duda: ¿es
justo limitar a un texto una introducción al contenido fundamental
de la fe, como quiere este libro? ¿No nos hallamos en un terreno movedizo?
Hay que plantearse el problema, pero quien lo estudie se dará cuenta
de que, a través de todas las vicisitudes de su historia, el Credo
representa el auténtico eco de la fe de la primitiva Iglesia que, por
su parte, es esencialmente el fiel reflejo del Nuevo Testamento. Las diferencias
entre el este y el oeste de las que hablábamos antes, son sólo
diferencias en la colocación del acento teológico, no diferencias
en la confesión de fe. Al intentar comprender el Credo, que es lo que
intentamos, lo referiremos concienzudamente al Nuevo Testamento y lo leeremos
y explicaremos partiendo de él.
Profesión
de fe y dogma.
Observemos también que al ocuparnos de un texto originalmente relacionado
con la
administración del bautismo nos encontramos con el sentido primitivo
de .doctrina. y de
.confesión. cristiana, con el sentido de lo que después se llamaría
.dogma.. Ya hemos dicho que
el Credo, en el cuadro del rito bautismal, es la respuesta a la triple pregunta
.¿crees en Dios, en
Cristo, en el Espíritu Santo?. Ahora añadiremos que se opone
positivamente a la triple renuncia
anterior: .renuncio a Satanás, a su servicio, a sus obras.3 . Esto
quiere decir que el contexto de la
fe es el acto de conversión, el cambio del ser que pasa de la adoración
de lo visible y aparente a
la confianza en lo invisible. Por su forma se podría traducir la frase
.yo creo. así: .yo paso a...; yo
acepto.4. La fe no es, pues, por el sentido de profesión de fe y por
su origen, un recitar una
doctrina, un aceptar teorías sobre lo que el hombre no conoce, sino
un movimiento de toda la
existencia humana. Con palabras de Heidegger podemos afirmar que la fe supone
un .viraje. de
todo el hombre que estructura permanentemente la existencia posterior. En
la triple renuncia y en
la triple afirmación unida al triple símbolo de la muerte mediante
la inmersión y al triple símbolo
de la resurrección a una vida nueva, se revela lo que es la fe: conversión,
viraje de la existencia,
cambio del ser.
En el viraje que, como hemos dicho, implica la fe, se alternan el yo y el
nosotros, el yo y el tú, en
un juego que revela toda una concepción del hombre. Por una parte,
es un acontecimiento
eminentemente personal; así lo dicen claramente el triple .yo creo.
y el .yo renuncio. que
precede. Mi propia existencia debe cambiar, debe dar un viraje. Pero junto
al elemento
eminentemente personal encontramos otro: la decisión del yo .respuesta
a la pregunta. se sucede
en el intercambio de .¿crees?. y .creo.. La primitiva forma del símbolo,
que consistía en un
intercambio de pregunta y respuesta, expresa mejor, a mi entender, la estructura
de la fe que la
tardía simplificación en la forma-yo. Quien penetre en la esencia
de la fe cristiana observará que
detrás de los textos doctrinales puros, la primitiva forma dialógica,
originada por la misma
esencia de la fe, es como el tipo de la confesión-nosotros que, a diferencia
de nuestra
confesiónyo, se elaboró en el Africa cristiana y después
en los grandes concilios de oriente5. En
estos últimos se introdujo un nuevo tipo de confesión; su contexto
ya no es la conversión
eclesial; ya no se pronuncia al dar el viraje del ser ni, consiguientemente,
en el lugar de origen de
la fe; nació más bien de la preocupación de los obispos
reunidos en concilio por la recta doctrina;
constituye así el preludio del futuro dogma.
Digno es de notarse que en estos concilios no se han formulado frases doctrinales,
sino que su
interés por la recta doctrina es preocupación de una acabada
configuración de la profesión de fe
eclesial y, por tanto, por el modo como debe hacerse la conversión,
ese viraje de la existencia
que significa ser cristiano lo muestra claramente la lucha dramática
en torno al problema .¿quién
es, quién era Cristo?. que conmovió a la Iglesia de los siglos
IV y V. No se trataba ahí de
especulaciones metafísicas, eso no habría podido agitar profundamente
a dos siglos ni a hombres
sencillos; el problema más bien era éste: ¿qué
sucede cuando me hago cristiano, cuando me
someto al hombre Cristo a quien confieso como hombre normativo, como norma
de lo humano?
¿Qué cambio del ser tiene lugar ahí, qué actitud
tomo respecto al ser humano? ¿Qué profundidad
tiene ese acontecimiento? ¿Qué valor adquiere ahí lo
real?
El
símbolo como expresión de la estructura de la fe.
Antes de poner fin a estas reflexiones, voy a hacer dos observaciones motivadas
por el texto y la historia del símbolo
a).- Fe y palabra.
El credo es el residuo de una forma que originalmente consistía en
el diálogo .¿crees?. . .creo.. Por su parte este diálogo
alude al .creemos. en el que el yo del .creo. no queda absorbido, sino centrado.
En la prehistoria de la confesión de fe y en su forma original está
presente la forma antropológica de la fe.
La fe no es una cavilación en la que el yo, libre de toda ligadura,
se imagina reflexionar sobre la fe; es más bien el resultado de un
diálogo, expresión de la audición, de la recepción
y de la respuesta que, mediante el intercambio del yo y el tú, lleva
al hombre al .nosotros. de quienes creen lo mismo.
San Pablo nos dice que .la fe viene de la audición. (Rom 10,17). Esto
podría parecer la idea propia de un determinado tiempo, por consiguiente,
mutable; a alguien le podría parecer el resultado de una determinada
situación sociológica de modo que, en vez de eso, algún
día se podría afirmar que .la fe viene de la lectura. o .de
la reflexión.. En realidad, aquí hay algo más que un
mero reflejo de una determinada situación histórica pasada.
La frase .la fe viene de la audición. expresa la estructura permanente
de lo que aquí se realiza. En ella se revela la diferencia fundamental
existente entre la fe y la pura filosofía, lo cual no obsta para que
la fe, en
su ser más íntimo, movilice la búsqueda filosófica
de la verdad.
En síntesis, puede afirmarse que la fe procede de la .audición.,
no de la .reflexión. como la filosofía. Su esencia no estriba
en ser proyección de lo concebible, a lo que se ha llegado después
de un proceso intelectivo. La fe nace, por el contrario, de la audición;
es recepción de lo no pensado, de tal modo que el pensar en la fe es
siempre reflexión sobre lo que antes se ha oído y recibido.
Con otras palabras diremos que en la fe predomina la palabra sobre la idea,
y esto la desvincula estructuralmente del sistema filosófico. En la
filosofía el pensamiento precede a la idea; las palabras, producto
de la reflexión, vienen después de ésta. Las palabras
son siempre secundarias y la idea podría expresarse también
con otras, no estas palabras; la fe, en cambio, entra en el
hombre desde el exterior; es esencIal que venga de fuera. Lo repito: La fe
no es lo que yo mismo me imagino, sino lo que oigo, lo que me interpela, lo
que me ama, lo que me obliga, pero no como pensado ni pensable. Es esencial
para la fe la doble estructura del .¿crees?. .creo., la del ser llamado
desde afuera y responder a esa llamada. No es, pues, anormal, excepción
hecha de poquísimos casos, decir que no ha sido la búsqueda
privada de la verdad la que ha llevado a la fe, sino la aceptación
de lo que se oyó. La fe no puede ni debe ser puro producto de la reflexión.
Hay quienes creen que la fe puede nacer porque nos la imaginamos, porque podemos
encontrarla siguiendo el camino de la búsqueda privada de la verdad;
esta concepción es expresión de un determinado ideal, de una
actitud del pensamiento que ignora que lo característico de la fe es
ser aceptación de lo que no pudo imaginarse. Pero ha de ser aceptación
responsable en la que no
considero lo recibido como propiedad mía; no puede aceptarse lo recibido
en toda su grandeza, pero sí puedo apropiármelo más y
más porque yo mismo me he entregado a ello como a lo más grande.
La fe no es fruto de mis pensamientos, me viene de afuera; la palabra no es
algo de lo que dispongo y cambio a mi gusto, sino que se anticipa a mí
mismo, a mi idea. La nota característica del acontecimiento de la fe
es el positivismo de lo que viene a mí, de lo que no nace en mí
ni me abre, de lo que yo no puedo dar; por eso se da aquí una supremacía
de la palabra anunciada sobre la idea, de manera que no es la idea quien crea
las palabras, sino que la palabra predicada indica el camino del pensamiento.
Al primado de la palabra y al positivismo de la fe antes mencionados va unido
el carácter social de la misma; esto supone una segunda diferencia
con relación a la estructura individualística del pensar filosófico
que en cuanto tal busca la verdad. Si bien es verdad que nadie vive sólo
de sus propias ideas, sino que consciente o inconscientemente debe mucho a
otros, la idea, lo pensado, es al menos lo que al parecer me pertenece, porque
ha nacido en mí. El espacio donde se forma la idea es el espacio interno
del espíritu, por eso se limita a sí misma, tiene una estructura
individualística. Después se puede comunicar, cuando ya ha sido
traducida en palabras que sólo la expresan aproximadamente. En cambio,
para la fe, lo primario es la palabra predicada. La idea es íntima,
puramente espiritual; la palabra en cambio es lo que une. Es la forma en la
que surge en el terreno espiritual la comunicación; es la forma en
la que el espíritu es también humano, es decir, temporal y social.
Esta supremacía de la palabra significa que la fe está ordenada
a la comunidad del espíritu de modo completamente diverso al pensar
filosófico. En la filosofía lo primario es la búsqueda
privada de la verdad; después, como algo secundario, busca y encuentra
compañeros de viaje. La fe, por el contrario, es ante todo una llamada
a la comunidad en la unidad del espíritu mediante la unidad de la palabra;
su finalidad es, ante todo, social: suscitar la unidad del espíritu
mediante la unidad de la palabra. Después, sólo después,
abre el camino que lleva a la aventura de la verdad.
La estructura dialógica de la fe diseña una imagen del hombre,
pero muestra también una imagen de Dios. El hombre logra tratar con
Dios cuando trata con los demás hombres, sus hermanos. La fe se ordena
por esencia al tú y al nosotros; sólo a base de esta doble condición
une al hombre con Dios. Demos la vuelta a la frase: la estructura íntima
de la fe no separa la relación con Dios de la cohumanidad. La relación
con Dios, con el tú y con el nosotros, se entrelazan, no se yuxtaponen.
Desde otro punto de vista podemos afirmar que Dios quiere venir a los hombres
sólo mediante los hombres; busca a los hombres en su co-humanidad.
Esto puede hacernos comprender, dentro del espacio íntimo de la fe,
las circunstancias que pueden parecer extrañas y hacer problemática
la actitud religiosa del individuo. La fenomenología de la religión
nos enseña, y nosotros podemos comprobar lo mismo, que en todos los
campos del espíritu humano hay jerarquía de aptitudes. En la
religión pasa lo mismo que en la música: hay talentos creadores,
talentos receptores y otros, en fin, que de músicos no tienen nada.
También en lo religioso hay .dotados. y .no-dotados.; también
aquí son muy pocos los que
pueden tener experiencia religiosa inmediata y, por tanto, algo así
como la potestad religiosa
creadora por razón del vital descubrimiento del mundo religioso. El
.intermediario. o el
.fundador., el testigo o el profeta, los llame la historia de la religión
como quiera, capaces de un
contacto directo con lo divino, son siempre una excepción. A muy pocos
se manifiesta lo divino
con evidencia; otros muchos son sólo receptores; no tienen experiencia
inmediata de lo santo y
sin embargo no están tan entumecidos como para no poder experimentar
el encuentro mediante
los hombres a quienes se les concede esa experiencia.
Surge aquí una objeción: ¿No sería mejor que cada
hombre tuviese acceso inmediato a Dios, si la
.religión. es una realidad que atañe a todos y si cada uno necesita
igualmente de Dios? ¿No
deberían tener todos .igualdad de oportunidades.? ¿No deberían
tener todos la misma seguridad?
Nuestro principio pone ya quizá de manifiesto que esta cuestión
conduce al vacío: el diálogo de
Dios con los hombres se lleva a cabo en el diálogo de los hombres entre
sí. La diferencia en las
aptitudes religiosas, que divide a los hombres en .profetas. y en oyentes,
les obliga a vivir juntos,
a vivir para los demás. El programa que Agustín propuso en su
juventud . .Dios y el alma, nada
más.. es irrealizable, más aún, no es cristiano. En último
término, no hay religión en el camino
solitario del místico, sino en la comunidad de la predicación
y de la audición. El diálogo de los
hombres con Dios exige y condiciona el diálogo de los hombres entre
sí. Quizá el misterio de
Dios sea ya desde el principio, aunque no siempre llegue a feliz término,
la más apremiante
exigencia de los hombres al diálogo; un diálogo que, por muy
cortado y gastado que parezca,
hace siempre retumbar el .logos., la auténtica palabra de donde proceden
las demás palabras que,
a su vez, quieren expresarla en continuo ímpetu.
El diálogo no tiene todavía lugar cuando se habla sobre algo.
Se da auténtico diálogo entre los
hombres cuando intentan expresarse a sí mismos, cuando el diálogo
se convierte en
comunicación; y eso tiene lugar cuando el hombre se expresa a sí
mismo, ya que entonces de
alguna forma se habla de Dios, que es el auténtico tema de discusión
de los hombres ya desde el
principio de su historia. Y cuando el hombre se expresa a sí mismo,
en la palabra humana entra
también, juntamente con el logos humano, el logos de todo ser. Por
eso enmudece el testimonio
de Dios cuando el lenguaje se convierte en técnica de comunicación
sobre .algo.. Dios no
aparece en el cálculo logístico6. Quizá la dificultad
que hoy día experimentamos al hablar de
Dios se funde en que nuestro lenguaje tiende cada día más a
ser puro cálculo, en que nuestro
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