|
José
Cristo Rey García Paredes, cmf
Teólogo y Misisonero Claretiano.
Expuesto
en Plan de Formación Conjunta de la Diócesis de Huelva, 15
noviembre de 2003.
Casa para la Comunión y la Vida de Huelva.
I.
LA PARÁBOLA INFORMÁTICA
1. "Novo Millenio" - programa de comunión eclesial en red
(nueva versión)
Con motivo del año 2000, fin de siglo y milenio y comienzo de un nuevo
siglo y milenio, nuestro Papa Juan Pablo II, ha lanzado una nueva versión
del programa "Eclesiología de Comunión". Este programa
fue diseñado y lanzado hace unos cuarenta años por el Concilio
Vaticano II. Ha ido siendo actualizado oportunamente en los diversos Sínodos
y en el amplio Magisterio pontificio y episcopal. Hoy disponemos de una nueva
versión: "Novo Millenio Ineunte".
El objetivo general de esta nueva y última versión queda bien
expuesta en las siguientes palabras:
"Hacer de la iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste
es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza,
si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las
profundas esperanzas del mundo" (NMI 43. Cf PG 22. 73).
Se trata, por consiguiente de una nueva praxis que consiste en "hacer",
"re-hacer" la Iglesia como "casa y escuela de la comunión".
La Iglesia que es comparada por la tradición eclesiológica con
la Casa de Dios, se entiende ahora como Casa de la Comunión. Es interesante
ver que no se dice: casa de la uniformidad, del uno-pensamiento, del uniprograma,
sino de la comunión, y, por lo tanto, con referencia a lo diversos,
a lo plural. Al mismo modo, se añade el deseo de hacer y rehacer la
Iglesia como "escuela de la comunión". Se trata de un lugar
de aprendizaje, de entrenamiento, de un taller en el que se aprende el arte
de la comunión y donde se espera que haya maestros que enseñen
ese arte de la forma más pedagógica y profunda posible.
Esta nueva versión del programa "Novo Millenio" se expresa
también en algunos objetivos más particulares:
"Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día
a día, a todos los niveles en el entramado de la vida de cada Iglesia.
En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre Obispos,
presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de Dios,
entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales"
(NMI 45).
Se pide, por lo tanto, el cultivo, la ampliación -o eventualmente la
creación- de "espacios de comunión". Además
se pide un ritmo diario ("día a día") y plural ("a
todos los niveles"). Y no solamente se hace referencia a la Iglesia universal,
sino a cada una de las Iglesias particulares. El programa es, por lo mismo,
enormemente ambicioso. Se desea que llegue a todos los lugares donde la Iglesia
está capilarmente presente, a todas las tramas de su tejido. Lo que
se quiere decir con "espacios de comunión", creados, cultivados
y ampliados, no es inmediatamente explicitado. Queda ahí como un reclamo,
como un deseo, que la imaginación creyente ha de plasmar en diversas
iniciativas.
En lo que sí es explícita esta formulación de los objetivos
particulares de la "Nueva Versión" es en que la comunión
tiene que ver con las "relaciones mutuas" entre todos los miembros,
formas de vida y ministerio, eclesiales. El programa intenta que dentro del
Pueblo de Dios la pluralidad se convierta en pluralidad orgánica, solidaria,
comunicante.
La gran intención, subyacente a todo, es que la Iglesia -en dinamismo
interno de comunión- se convierta en parábola y ejemplo de comunión
para la humanidad, a fvin de que -movida por la Casa y Escuela de la Comunión-
consiga formar un solo pueblo de Dios.
2. Elementos sustanciales de versiones anteriores
Apoyándose en la doctrina paulina de "Un solo Cuerpo y muchos
miembros diferentes" (1Co 12, 13; Rom 12, 5), y de "Un solo Espíritu
y muchos carismas diversos" (1 Cor 12,7ss), la Iglesia ha afirmado y
reafirmado muchas veces durante estos últimos años la diversidad
y unidad de dones, la diferencia y la complementariedad de los diferentes
carismas y servicios. Todo está orientado hacia la única misión
(Cf Mutuae Relaciones, 2. 4. 9).
La Iglesia es Misterio en el que se actualiza y plasma el Misterio trinitario
de Dios. Por eso, la Iglesia es también -al estilo de la Trinidad Santa-
Misterio de Comunión con Dios y de los seres humanos entre sí.
La Iglesia es también presentada por el Vaticano II como Pueblo de
Dios, que recoge las diferencias culturales, de género y carismáticas,
en una gran comunidad humana, convergente, dialogante, inclusiva, profética,
sacerdotal, consagrada.
Desde esta perspectiva de pluralidad y comunión resulta teóricamente
evidente que nada, ni nadie adquiere identidad en la Iglesia sin correlación.
Desde la correlación todas las identidades son correlativas, es decir,
interdependientes y en constante movilidad. El cambio producido en una forma
de vida, repercute en todo el conjunto de las formas de vida. El desequilibrio
entre las formas de vida, desequilibra el Cuerpo de Cristo, el Pueblo de Dios.
Un cuerpo desequilibrado puede padecer de raquitismo, o de parálisis
parcial… Un pueblo desequilibrado pierde su capacidad creadora, generativa…
se torna repetitivo y decadente.
De todo esto, se ha hablado de forma bella y determinada en cada uno de los
Sínodos dedicados a las diversas formas de vida cristiana: Familiares
Consortio, Christifideles Laici, Pastores Dabo vobis, Vita Consecrata, Pastores
Gregis.
Se ha ido diseñando, poco a poco, lo que algunos llaman un programa
de una nueva eclesialidad. En ella todas las formas de vida cristiana tienen
su estatuto teológico, su legitimidad, su pertenencia esencial y activa
a este Pueblo de Dios. Todas las formas de vida forman parte del Pueblo de
la propiedad de Dios, del Cuerpo de Cristo, del templo del Espíritu
Santo, que es la Iglesia.
También se ha puesto siempre muy de relieve en esta teoría o
eclesiología de comunión que no se trata únicamente de
un proyecto de Iglesia del bienestar o iglesia donde a cada uno le sean reconocidos
sus deberes y derechos, sino de una ineludible finalidad misionera: la Iglesia
sabe que el deseo más hondo de Jesús era que viviera unida para
que "el mundo crea". Deseaba que su comunidad fuera casa de la fraternidad;
oró para que todos sus discípulos 'fueran uno' y se ofreció
hasta la muerte por todos, como redentor de todos. Nadie tiene mayor amor
que este de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15,13). Y ordenó a los
apóstoles predicar a todas las gentes la nueva evangélica, para
que la humanidad se hiciera familia de Dios, en la que la plenitud de la ley
sea el amor" (GS 32).
La Iglesia es, por tanto, portadora de un mensaje y proyecto de comunión
para todos los seres humanos de la tierra.
Pero dicho esto, es necesario ver, descubrir cómo está funcionando
este programa en nuestros ordenadores. Podríamos imaginarnos una gran
sistema de ordenadores en red, que han de funcionar todos conjuntamente. Pero
¿qué ocurriría, si este programa en red estuviera bloqueado
y bloqueara todo el sistema informático, de modo que cada ordenador
hubiera recurrido a funcionar aisladamente, excluyéndose de la red?
¿Funcionamos desde la eclesiología de la comunión o no?
3. "System error": bloqueos del programa
La vida es siempre acontecimiento de comunión. Por eso, las fuerzas
de muerte atentan siempre contra la comunión. Ante todo, obstaculizan
el flujo de la vida, lo amortiguan, lo impiden. Si es posible, intentan bloquear
la vida y, si pueden, hasta producen la muerte. ¡Qué bien lo
expresa el libro del Apocalipsis! Por una parte en las siete Cartas que el
Espíritu envía a las Iglesias denuncia la corrupción
que el Maligno inocula en las Comunidades. Por otra parte, el capítulo
12 presenta al Dragón que atenta contra la Vida que la Mujer va a dar
a luz. Es verdad que el simbolismo del nacimiento se refiere al Mesías,
pero también ese símbolo queda abierto a nuevos significados
como el siguiente: allí donde algo está naciendo allí
están -amenazantes- las fuerzas de la muerte, para abortar la vida
que nace o asesinarla.
Pues bien, se constatan en la iglesia no pocos laberintos diabólicos
en los cuales la vida, la comunión es obstaculizada. En unos casos
se trata de meros obstáculos que hacen más lento el sistema
eclesiástico. Otras veces se trata de auténticos obstáculos
que impiden el camino de la Iglesia y en otros incluso bloqueos paralizantes.
Es entocnes cuando el sistema detecta serios errores.
Los bloqueos u obstáculos -a los que yo en este momento apuntaría-
y que impiden que la Iglesia sea una Biocenosis, una comunidad de Vida, y
se convierta a veces en comunidad de muerte, son los siguientes:
· La diocesanización excesiva, como fundamentalismo diocesano,
localista, particular. Es como una versión eclesiológica de
los nacionalismo. Se vive bajo la dictadura de lo local. Todo lo que venga
de fuera, lo foráneo será acogido, pero siempre con recelo,
como algo de segundo plano. Todo ha de pasar por el aro de lo local. Vemos
esta actitud reflejada en los cristianos judaizantes de la Iglesia de Jerusalén
en su actitud respecto a los helenistas.
· La dependencia excesiva de la iglesia universal o el clientelismo
vaticano, que llevan a la "vaticanización" de la diócesis
y a la pérdida de inserción local.
· El equilibrio entre la dimensión local particular y universal
global no es fácil, pero apunta hacia la necesaria "inclusividad"
de ambos aspectos. Es necesario aprender el arte de mantener la Iglesia, inserta,
encarnada y pertenenciente a un lugar, a una cultura, a una comunidad humana
y, por otra, abierta, dialogante, hospitalaria.
El mismo fenómeno se da en los grupos o comunidades que forman la Iglesia:
· El Congregacionalismo o fundamentalismo grupal. En ese caso, los
grupos de los movimientos o las comunidades de los institutos universales
están en la diócesis o iglesia particular como "sucursales"
que defienden los intereses del grupo universal. Sólo buscan el interés
grupal, realizar el proyecto grupal, sin ningún tipo de compromiso
con la realidad local, ni atención o respeto hacia ella.
· La parroquializacion o diocesanización excesiva, que llega
a las comunidades de los institutos o grupos de los movimientos a una inserción,
cada vez más indiferenciada y menos carismática. Entonces se
le niega a la Iglesia particular el don que ella puede recibir de ese grupo.
· El equilibrio entre la doble dimensión universal y particular
en los institutos consagrados o movimientos no es fácil. Pero no debería
olvidarse que esos movimientos o congregaciones han nacido ordinariamente
en una iglesia particular. Desde ella se han extendido y crecido en otras
iglesias particulares. Después la iglesia universal lo has reconocido
y oficializado. Después tornan a las iglesias particulares como un
don para todos. Ese es el regalo que se ofrecen mutuamente las iglesias particulares,
que intentan vivir el don de la Colegialidad, la Communio Sanctorum.
En línea práctica, hay bloqueos que surgen de la misma condición
humana "limitada", "pecadora". Lo expresaría en
los siguientes ítems:
· "Solo se lame lo que se pare": este dicho popular expresa
esa tendencia normal que existe en nosotros a defender, acariciar, promover
aquello que reconocemos como "nuestro" y, a dejar de lado, postergar,
lo que es de "otros". En el fondo, hay un ego-centrismo, individual
o comunitario, que impide la auténtica acogida de "lo diverso".
Es la falta de auténtica hospitalidad y a la larga el empobrecimiento
de lo propio.
· Expansionismo y competitividad, la ambición: lo que es creación
propia, producto de la casa, tiende a entrar entrar en procesos de competitividad,
de expansión… sin respetar los espacios de los demás.
El expansionismo no atiende a los derechos de las minorías, a los dones
particulares: es tendencialmente universaol. Reproduce la lógica neoliberal
presente en muchos procesos actuales de globalización.
· "Si la envidia fuese tiña, cuántos tiñosos
habría": tendemos mucho a compararnos y por consiguiente a crearnos
enemigos en los dones de los demás. La envidia bloquea la comunión.
A la envidia suele ir unida la ira, como reacción violenta contra quienes
parecen hacer las cosa mejor que nosotros y reivindican poderes que juzgamos
no les pertenecen.
Las situaciones que estos "demonios" crean son frecuentemente insoportables.
Crean mucha división y no permiten que el sistema funcione normalmente,
positivamente.
II. EL FUNDAMENTO: CARISMAS Y CUERPO
La realidad misteriosa e inaferrable del Espíritu se manifiesta a través
de sus dones, de las energías que suscita en el universo y en la humanidad.
El antiguo testamento preveía la entrega de los "dones espirituales"
en la época mesiánica (Is 11, 2). Sobre Jesús se derramó
el Espíritu con sus dones en el bautismo; sobre la iglesia en Pentecostés
con "signos de poder" (Hech 2, 17-39) y carismas. El sustantivo
"carisma" -y sus derivados "carismático/a"- pertenece
(como su misma raíz griega) a esos vocablos que se refieren al mundo
de la gracia ; aparece 17 veces en el nuevo testamento, en textos mayoritariamente
paulinos (Cor y Rom). Es con toda probabilidad un vocablo acuñado por
Pablo. Fue utilizado por el apóstol cuando dirigió sus cartas
a la iglesia de Corinto y, desde allá, escribió a los Romanos.
Para Pablo el carisma supremo es el regalo de la vida eterna (Rom 5, 15; 6,
23; 11, 29); pero la gracia se manifiesta de modos muy diversos.
1. Carismas según la gracia
En gran parte de los textos de 1 Cor y de 2 Cor carisma es lo mismo que gracia
de Dios en su concreción y particularidad (¡la terminación
-ma, charis-ma, denota el resultado concreto de una acción!). Los carismas
son concretizaciones y plasmaciones de la única gracia: una de sus
plasmaciones es el carisma de la continencia que no es concedido a todos;
otra, una eventual liberación de la muerte otorgada por Dios en respuesta
a la súplica de la comunidad; otra, los dones que Dios concedió
a su pueblo en la antigua alianza y concede después en la nueva alianza.
En la carta a los romanos Pablo expresa el deseo de compartir con los hermanos
algún "carisma espiritual", que pueda robustecerlos en la
fe. En esa misma carta carisma se refiere a la gracia en su contraposición
al pecado: del pecado procede la transgresión, de la gracia el carisma
que lleva a la vida eterna. La gracia es tan poderosa que rompe todo posible
parangón entre Adán y Cristo (Rm 5, 15-16). La transgresión
de Adán -comprendida en su totalidad, es decir en cuanto acción
individual, y en sus efectos en la humanidad-, se ve superada abundantemente
por el acontecimiento de la gracia de Dios, cuyo resultado Pablo denomina
. El carisma aparece entonces como una donación gratuita de Dios que
anula la sentencia condenatoria, merecida por la transgresión y comunica
la vida eterna en Cristo Jesús (Rm 6, 23).
"Carismas según la gracia" (Rm 12, 6) es la expresión
paulina que conecta los carismas con la "gracia". Pablo somete el
fenómeno carismático, que él reconoce como proveniente
del Espíritu, al criterio de la gracia. Esto significa que los carismas
son concedidos, no al margen, sino dentro del plan salvífico que hace
desplegarse el acontecimiento de la gracia: son exigidos por el mismo plan
salvífico. Los carismas manifiestan el acontecimiento de la gracia,
el Espíritu, pero adquieren su individuación por la "medida
de la fe individual" (Rm 12,3).
Queda por estudiar el texto más importante que es 1 Cor 12 (4.9.28.30.31);
la palabra carisma se entienden mejor en el contexto de los tres capítulos
(1 Cor 12-14) en los que Pablo responde a preguntas de los Corintios sobre
los fenómenos pneumáticos.
2. Un solo cuerpo bajo la primacía del Espíritu: los dones espirituales
(1 Cor 12-14)
El punto de referencia ineludible para hablar de carismas, en plural, son
los capítulos 12 al 14 de 1 Cor. Ese gran contexto es importante. Los
tres capítulos constituyen una unidad temática. Comienzan y
concluyen hablando de los carismas en plural, pero en el centro hablan del
carisma de los carismas que es la caridad.
El texto de 1 Cor 12-14 puede estructurarse en cuatro partes:
1) manifestaciones del Espíritu;
2) miembros del cuerpo de Cristo;
3) El camino hiperbólico: la caridad que relativiza todos los carismas;
4) la profecía y la glosolalia.
En esta estructura es importante destacar que Pablo inicia su reflexión
subrayando, ante todo, la existencia de la diversidad carismática y
el derecho inalienable a ella. Cada individuo ha recibido su don peculiar
y tiene todo el derecho a ser reconocido y valorado como tal. La afirmación
de la individualidad carismática se armoniza con la unidad del único
Espíritu, del único Cuerpo; pero se es cuerpo desde la diversidad
de funciones. La fuerza que reconstruye la armonía y da consistencia
y entidad a cada uno de los carismas y miembros del cuerpo es "la caridad".
Con todo, la caridad, como carisma de los carismas, no debe impedir el ejercicio
de todos los carismas, especialmente del carisma de profecía.
a) Manifestaciones del Espíritu (1 Cor 12, 1-11)
En cuanto a los dones espirituales , no quiero, hermanos, que estéis
en la ignorancia. Sabéis que cuando erais gentiles, os dejabais arrastrar
ciegamente hacia los ídolos mudos. Por eso os hago saber que nadie,
hablando con el Espíritu de Dios dice: "¡Anatema es Jesús!";
y nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino
con el Espíritu Santo.
Hay diversidad de carismas , pero el Espíritu es el mismo; diversidad
de ministerios , pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones
, pero es el mismo Dios que obra en todos.
A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para provecho
común. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría;
a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro,
fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones , en el único
Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro,
discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro,
don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único
Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según
su voluntad".
La comunidad cristiana de Corinto estaba interesada por los fenómenos
espirituales . Las razones de semejante interés podían ser distintas.
En todo caso, la conciencia de incorporación sacramental a Cristo por
el bautismo era muy fuerte en Corinto y Cristo era confesado como perteneciente
ya a la esfera del Espíritu.
Los fenómenos espirituales cristianos son manifestaciones del Espíritu.
Es necesario resaltar, ya desde el principio, la neta separación que
existe entre la comprensión griega del espíritu (pneuma) y la
comprensión de Pablo. Pablo entiende el Espíritu en línea
con el antiguo testamento, con su pensamiento judío y desde sus propia
experiencia personal. El Espíritu no aparece como una potencia impersonal
que se sirve del hombre como de un juguete, según la interpretación
animista del gnosticismo. Tampoco es la fuerza que provoca las experiencias
espirituales entusiásticas y extáticas que los paganos y los
corintios en su etapa pagana, experimentaban ante sus ídolos durante
las celebraciones mistéricas. La persona poseída por el Espíritu
de Dios, en cambio, es libre y responsable; entra en relación personal
de fe con Cristo Jesús. El Espíritu es Dios mismo, que llama
al ser lo que no es, que justifica al impío, que resucita a los muertos.
Es el Espíritu que vivifica todo lo mortal (1 Cor 15, 45), es la fuerza
de la resurrección y de la nueva creación (Rm 8, 11; 4, 17).
Esa presencia produce unos fenómenos que Pablo denomina en 1 Cor 12,
1 en contraposición a los de los paganos. Pablo se muestra preocupado
por el peligro de división en la comunidad y por la posible autosuficiencia
que estos fenómenos pudieran generar; sin embargo, no aboga por una
mengua del entusiasmo carismático.
En su discernimiento, Pablo ofrece algunas claves: la referencia de estos
fenómenos al Espíritu y a Jesús, por una parte, y su
capacidad de construcción comunitaria.
El primer criterio de discernimiento es que los fenómenos espirituales
cristianos son "memoria Jesu". En ellos se expresa el Espíritu
de Jesús, o Jesús que es el Espíritu. Por eso, es carisma
del Espíritu aquel que proclama que "Jesús es Señor"
(1 Cor 12, 3). Es carisma cristiano aquel que de una forma u otra proclama
a Jesús. El Espíritu proclama al Señor Jesús de
diversas formas. A cada uno le concede manifestación particular del
Espíritu (1 Cor 12, 7). El mismo Espíritu que clama en el interior
del creyente "¡Abbá!" (Rom 8,15; Gal 4,6), le hace
confesar que "¡Jesús es el Kyrios!". El Espíritu
es el protagonista de nuestra relación con el Abbá y con Jesús,
el Señor. Es, a partir de este dato fundamental, desde donde se entiende
el fenómeno carismático.
El don otorgado no es el mismo Espíritu, sino la manifestación
del Espíritu. El Espíritu se distingue de los efectos que suscita
en la persona humana: El los comunica. Los carismas son, en este sentido,
signos de la presencia del Espíritu. Es cierto que Pablo refiere el
término solamente al don de glosolalia y al don de profecía
(1 Cor 14, 22), pero fundamentalmente todos los carismas son signos expresivos
del Amor de Dios que a través del Espíritu ha sido difundido
en nuestros corazones (Rm 5, 5).
Un segundo criterio de discernimiento de los carismas cristianos es que sirven
para la edificación de la iglesia. El criterio de un carisma genuino
no está en el mero hecho de su existencia, sino en el uso que se hace
de él. Expresión de la obediencia cristiana al Señor
que llama es poner los propios dones al servicio de los demás (Rom
12, 6). Los carismas crean la iglesia y renuevan el mundo. Manifiestan al
Espíritu de la nueva Creación. El carisma no manifiesta el Espíritu
como realidad que afecta al ser humano en su individualidad sin más;
los carismas son tales en la medida en que no niegan su esencial relación
a la comunidad eclesial y manifiestan el Espíritu que construye y unifica
la iglesia. En este contexto los carismas pueden ser calificados con términos
diversos: fenómenos espirituales , servicios , actividades o energías
, gracias o dones (1 Cor 12, 4-6) . Pablo no describe todos los posibles carismas
de la comunidad cristiana, aunque no deja de ser orientadora su clasificación,
si tenemos en cuenta las dos listas que ofrece en 1 Cor 12 (vv. 8-10 y 28-29)
y los demás escritos paulinos y deuteropaulinos.
Es importante resaltar que en su concepción de la comunidad cristiana,
Pablo ponga tan de relieve la diversidad que la constituye. La afirmación
de cada persona, en su individualidad, en su valor, en su razón de
ser, es el punto de partida para la edificación de la comunidad. El
relato de Pentecostés precisa que la gracia del Espíritu se
posó sobre cada uno de los presentes, personalmente: "las lenguas
se dividían y se posó sobre cada uno de ellos" (Hech 2,3).
¡Cada uno tiene inconfundiblemente su propio carisma! Pero al mismo
tiempo, hay que ser bien conscientes de que el autor de la diversidad es uno
solo, el Espíritu, un mismo Espíritu, como Pablo repite constantemente.
La diversidad entre el Espíritu, el Señor y el Dios y Padre
está sosteniendo la diversidad carismática. La unidad trinitaria
es la mejor referencia para descubrir cómo la diversidad eclesial está
llamada a la más profunda unidad: unidad de espíritu, en el
Espíritu.
Entre los carismas que reseña en la primera lista (1 Cor 12, 8-10)
están: sabiduría, ciencia, fe que mueve montañas, carisma
de curaciones, poder de milagros, profecía, discernimiento de espíritus,
glosolalia e interpretación de lenguas. No aparecen aquí carismas
de dirección o gobierno. Pablo se refería probablemente a carismas
o ministerios que verificaba tanto en lo que nosotros hoy llamamos Jerarquía
como Laicado. Lo que sí se aprecia en esta primera lista de carismas
o manifestaciones del Espíritu es que no se trata de meras cualidades
naturales, sino de dones -permítaseme la palabra- "relacionales";
en el sentido de que hay sabiduría, ciencia, fe etc. como resultado
de una profunda comunicación con el Espíritu de Jesús,
hasta el punto de rezumar a través de la persona carismática.
No se trata de una auto-moción, o auto-expresión, sino de ser
movido por el Espíritu y de percibir cómo el Espíritu
se automanifiesta a través de la persona.
b) Como el Cuerpo es uno: miembros del cuerpo de Cristo (1 Cor 12, 12-31)
"Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros,
y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más
que un solo cuerpo, así también Cristo.
Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar
más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos
hemos bebido de un solo Espíritu. Porque también el cuerpo no
tiene un solo miembro, sino de muchos.
Si dijera el pie: "Puesto que no soy mano, yo no soy del cuerpo"
¿dejaría de ser parte del cuerpo por eso? Y si el oído
dijera: "Puesto que no soy ojo, no soy del cuerpo" ¿dejaría
de ser parte del cuerpo por eso? Si todo el cuerpo fuera ojo ¿dónde
quedaría el oído? Y si fuera todo oído ¿donde
el olfato? Ahora bien, Dios puso cada uno de los miembros en el cuerpo según
su voluntad Si todo fuera un solo miembro ¿dónde quedaría
el cuerpo? Ahora bien, muchos son los miembros, mas uno el cuerpo. Y no puede
el ojo decir a la mano: "¡No te necesito!" Ni la cabeza a
los pies: "¡No os necesito!" Más bien los miembros
del cuerpo que tenemos por más débiles, son indispensables.
Y a los que nos parecen los más viles del cuerpo, los rodeamos de mayor
honor. Así a nuestras partes deshonestas las vestimos con mayor honestidad.
Pues nuestras partes honestas no lo necesitan. Dios ha formado el cuerpo dando
más honor a los miembros que carecían de él, para que
no hubiera división alguna en el cuerpo, sino que todos los miembros
se preocuparan lo mismo los unos de los otros. Si sufre un miembro, todos
los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los
demás toman parte en su gozo.
Ahora bien, vosotros sois cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su
parte. Y así los puso Dios en la iglesia, primeramente como apóstoles;
en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los
milagros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad
de lenguas. ¿Acaso todos son apóstoles? O ¿todos profetas?
¿Todos maestros? ¿Todos con poder de milagros? ¿Todos
con carisma de curaciones? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan
todos?
¡Buscad los carismas superiores! "
La afirmación de la individualidad cristiana sigue siendo subrayada
por Pablo en este texto. Al utilizar la imagen del "cuerpo" el apóstol
no quiere en manera alguna corregir o matizar la afirmación de la diversidad
carismática, hecha anteriormente, sino profundizar todavía más
en ella. Quien tenga ante los ojos la imagen del cuerpo humano, percibirá
la diferencia de miembros, las diversidad de funciones. Se dará cuenta
que cada miembro tiene posibilidades inéditas en la medida en que aprenda
a independizarse adecuadamente del conjunto para enriquecer el conjunto. En
la unidad del cuerpo, cada miembro tiene su propio rostro: "estamos como
fundidos en un solo cuerpo, pero divididos en personalidades", decía
Cirilo de Alejandría. No es la anulación de la singularidad
de los órganos la que hace al cuerpo más sano, sino al revés.
Evitar cualquier desequilibrio corporal implica cuidar del desarrollo armónico
de todos los miembros y atender de una manera muy especial a los miembros
más débiles. Es, además, a partir del cuidado y honra
de los miembros más débiles, desde donde se construye la comunión
y la cohesión de todo el cuerpo.
Para Pablo cada persona en la comunidad está agraciada con su propio
carisma. Dios ha determinado que el cuerpo eclesial esté formado por
diversos miembros. Dios no quiere que haya división en el cuerpo, ni
rivalidades entre las partes, dado que todos comparten la misma vida en el
Espíritu. Nadie debe presumir de superioridad, porque los miembros
más fuertes (los agraciados con una fe más activa, basada en
la gnosis y la sabiduría) necesitan de los más débiles.
Tiene que darse intercambio mutuo y complementariedad. El que el Espíritu
reparta los carismas como quiere y que cada parte del cuerpo ocupe el lugar
que Dios le asigna evita la sobre-estima y la infravaloración. Más
fuerte es una cadena, cuanto más fortalecido está el eslabón
más débil. Lo mismo hay que decir en el cuerpo: más fuerte
es el cuerpo, cuanto más fortalecido y honrado está el miembro
más débil.
Es auténticamente emocionante ver cómo Pablo, después
de exponer su alegoría del cuerpo, afirma contundentemente: "¡Vosotros
sois el cuerpo de Cristo y sus miembros cada uno por su parte!". Cada
hermano o hermana de la comunidad cristiana no es sólo un ámbito
donde el Espíritu se manifiesta y se expresa, sino también un
miembro del cuerpo de Jesús Resucitado, el Señor; también
a través del miembro Jesús se expresa y actúa. La unidad
del Espíritu coincide ahora con la unidad del Cuerpo. Se trata de un
cuerpo con espíritu y un espíritu con cuerpo. Cada miembro está
agraciado con los carismas, cada carisma potencia el cuerpo.
En el contexto del Cuerpo, que es Cristo, y está formado por todos
los miembros de la comunidad cristiana, presenta Pablo una segunda lista de
carismas o ministerios (1 Cor 12, 28-29). En ésta los carismas se inician
con una tríada: "apóstoles-profetas-doctores"; pero
según un orden bien establecido: "primero-después-en tercer
lugar".
El primero de ellos es el carisma de los apóstoles (1 Cor 12, 28-29).
El carisma de apóstol, al que Pablo se refiere no se identifica con
el carisma de "Los Doce". Se trata de un concepto más amplio.
Pablo no pertenecía al grupo de los Doce. El fundaba su carisma en
haber visto directamente al Señor (1 Cor 9, 1) y haber recibido inmediatamente
de Él la misión (Gal 1, 1.16-17). En sus cartas refiere a otros,
distintos de los Doce, el título de apóstoles. Apóstoles
eran llamados los misioneros enviados por el Señor, o el Espíritu,
o la iglesia para anunciar el Evangelio en nuevas regiones (Hech 13,1-3).
Esta palabra "apóstol" debe ser entendida más en clave
carismática, que institucional. Entre los apóstoles carismáticos
no se daba una sucesión apostólica, tal como hoy la entendemos.
El segundo es el carisma de los profetas (1 Cor 12, 10.28; Rm 12, 7). En el
primer período pos-apostólico se tiene en cuenta el carisma
de los profetas. Propio de ellos es una triple función: edificar, exhortar
y consolar (1 Cor 14,3), tal como hicieron durante un tiempo los profetas
Judas y Silas en Antioquía (Hech 15,32). Este carisma era concedido
también a las mujeres (1 Cor 11,5; Hech 21,9) La palabra de los profetas
convence a quienes están ofuscados por el egoísmo y los conduce
a una nueva comprensión, les descubre sus secretos más ocultos.
El profeta lleva a los creyentes a la adoración de Dios y a la proclamación
de su presencia en la iglesia (1 Cor 14,24s). El discernimiento de espíritus
está íntimamente conectado con el don profético (1 Cor
12,10). En 1 Cor 14, 29 el discernimiento es ejercitado por los profetas,
aunque sea concedido también a todos los cristianos (1 Tes 5,21; 1
Jn 4,1) y sea recomendado de forma especial a aquellos grupos de activistas
cristianos mencionados en 1 Tes 5, 12.
En tercer lugar menciona Pablo el carisma de los doctores (1 Cor 12,28; Rm
12,7). De los doctores se hablaba en la primera iglesia de Antioquía.
Desapareció pronto como título. Eran un grupo dedicado a preservar
y transmitir la tradición cristiana. También podríamos
asimilar a este carisma el de los exhortadores (1 Cor 12,7), el de la inspiración
(1 Cor 12, 10) y éxtasis que acompañaban a la glosolalia con
su interpretación. El éxtasis, aun superando la oposición
del sujeto y del objeto, no niega ni destruye la estructura racional y ética
del espíritu humano. Pablo, en conformidad con los demás relatos
del Nuevo testamento subraya el elemento extático de la acción
del Espíritu, pero discierne el éxtasis del Espíritu
de situaciones caóticas y de desorden tanto en el individuo como en
la comunidad.
Además de la tríada, Pablo reconoce -en la segunda lista (1
Cor 12, 28.31)- la existencia de otros carismas a los que ya había
aludido en la primera lista, pero añadiendo ahora dos más: el
carisma de "asistencia " y de "gobierno ". Estas palabras
se refieren probablemente a las formas nacientes de autoridad local que se
desarrollaban en la iglesia de Corinto, que Pablo conoce y reconoce: presidentes
de las asambleas de los creyentes (1 Cor 12,28; Rm 12,8). También el
carisma de discernimiento es reconocido como un carisma de gobierno eclesial.
Estefanas ejercía un cierto liderazgo en Corinto (1 Cor 16, 13-17);
en Tesalónica eran -como decía Pablo- "los que trabajan
entre vosotros , los que os presiden y amonestan " (1 Tes 5, 12-15),
y en Filipos los obispos y diáconos (Fil 1, 1). Al hablar Pablo así
coloca las incipientes formas de gobierno en la iglesia de Corinto en la categoría
de carismas. El liderazgo cristiano debía ser -según Pablo-
alternativo al liderazgo ambiental. No quería que se introdujera en
la iglesia de Corinto el estilo de quienes basaban su liderazgo en el status
(élite social, buena situación económica, capacidad política,
oratoria). El auténtico liderazgo debe ser tarea, función, servicio.
Buenos líderes son quienes se caracterizan por su servicio desinteresado
a los demás; así fue Estefanas; así actúa el mismo
Pablo.
Había en las primeras comunidades hombres y mujeres con el carisma
de la diaconía, del servicio (1 Cor 12,7): la hermana Febe, diaconisa
de la iglesia de Cencreas (Rm 16,1); también Pablo y Timoteo recibieron
el carisma de la diaconía (Filp 1,1); pero la diaconía no tiene
carácter institucional o ministerial. Entre los carismas diaconales
está el de quienes contribuyen al bien de la iglesia con su dinero
(Rm 12,8), los que asisten a los demás (1 Cor 12,28; Rm 12,8). Un carisma
diaconal de especial interés es el carisma de curaciones: este carisma
no era algo extraordinario, sino que era la expresión de la "démocratisation
de la sainteté" (Card. Suenens). Los exégetas se preguntan
porqué Pablo reserva a este don únicamente el nombre de "carisma".
Wambacq opina que Pablo lo hizo sin intención alguna especial.
Otro de los carismas diaconales es la fe que hace milagros. No se trata ciertamente
de la fe salvífica, sino de la "fe que mueve montañas".
Es una fides miraculosa según la cual se cumple la voluntad de Dios
superando aun toda resistencia natural; es, sobre todo, el poder de triunfar
de un mundo en enemistad con Dios. Otros se preguntan si, en lugar de tratarse
de un don extraordinario no se refiere más bien a un determinado grado
de fe que recibe el individuo, dado que Pablo conoce grados de fe y se puede
hablar de una fe débil o de la fuerza de la fe.
c) El camino hiperbólico: la caridad (1 Cor 13,1 - 14,1)
"Y aun os voy a mostrar un camino más excelente . Aunque hablara
las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad ,
soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera
el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la gnosis;
aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo
caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo
a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha.
La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa,
no se engríe; no es indecorosa; no busca su interés; no se irrita;
no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la
verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.
La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán
las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia
y parcial nuestra profecía. Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá
lo parcial. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como
niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas
las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos
cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré
como soy conocido. Ahora, subsiste la fe, la esperanza y la caridad, estas
tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad.
Buscad la caridad".
Superior a todas estas manifestaciones del Espíritu es el carisma de
la caridad. Pablo ha contribuido enormemente al enriquecimiento del concepto
cristiano de amor. Él se sabía profundamente amado por Dios,
por Jesucristo y era consciente de que su vida dependía de ese amor:
"Vivo por la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó
por mí" (Gal 2, 20). Dios era para Pablo "el Dios del Amor
" (2 Cor 13, 11); afirmaba que su amor se ha derramado sobre nuestros
corazones a través del Espíritu Santo (Rom 5, 5) y sin ningún
tipo de presupuesto (Rom 5, 8.10). Para Pablo el amor es el primero de los
frutos del Espíritu.
En
este texto de 1 Cor 13 Pablo canta al amor. Llama la atención la ausencia
de referencias a Dios o a Cristo (teología o cristología). Algunos
autores se han cuestionado, por eso, la originalidad paulina del himno. Algunos
opinan que se trata de una interpolación que intenta introducir en
el cristianismo valores estoicos; según otros depende de influjos del
pensamiento rabínico o de la sabiduría judía en sentido
más amplio; otros autores, sin embargo piensan que existe una fuerte
conexión entre 1 Cor 13 (donde nunca aparece la palabra "Dios",
ni la palabra "Cristo") y el resto de la teología paulina.
Pablo presenta el amor como un camino superexcelente, hiperbólico.
La caridad , substantivada, parece una realidad personal. Pablo la presenta
como el don de todos los dones, derramado por Dios en el corazón de
los creyentes (Rm 5); pero es también un "camino", una forma
de vida, una metodología vital. El llamado himno a la caridad tiene
una estructura cuatripartita: 1) la superioridad de la caridad sobre los demás
carismas; 2) diez características de la caridad: dos expresadas de
forma positiva y ocho expresadas de forma negativa; 3) cuatro afirmaciones
de totalidad en la caridad; 4) la caridad no acaba nunca.
En primer lugar, se refiere Pablo al carisma de lenguas, al don de profecía,
gnosis y fe, y a la entrega de los propios bienes y aun de la vida. Todo esto,
sin caridad, no sirve de nada. El resultado es nulo.
Después presenta Pablo la fenomenología de la caridad con diez
características, dos expresadas en clave positiva y ocho en clave negativa.
La caridad es un auténtico don de Dios, que hace que una persona camine
por este mundo de forma alternativa, como un icono viviente del Dios-Amor.
Quien ama es lento a la ira, es cordial y solícitamente acogedor y
hospitalario, rechaza la tristeza envidiosa por el bien de otro, o los celos,
no es petulante ni presuntuoso, ni se hincha, no es grosero en ningún
sentido, no es egocéntrico, ni ácido o agrio, no da importancia
al mal y por eso, no juzga, ni acusa. El que ama aplaude lo verdadero, lo
auténtico y disimula el mal del prójimo; interpreta todo en
el buen sentido, cree en el triunfo del bien, resiste sin flaquear. Pablo
repite cuatro veces el "todo" : "todo lo excusa, todo lo cree,
todo lo espera, todo lo soporta". Así indica el maximalismo del
amor. Sabe que todo puede acabar, menos la caridad.
La organización de este himno no es lógica, sino retórica.
La dimensión cristiana aparece al hablar de fe, esperanza y amor. Las
formas de conducta que pertenecen al agape en el judaísmo (paciencia,
esperanza, fe, ser amigables con el prójimo), se concentran en el concepto
paulino de agape. El último versículo (1 Cor 13,13) apunta hacia
la dimensión escatológica del amor. El amor nunca falla; supera
a las tres categorías carismáticas (lenguas, profecía
y gnosis) (1 Cor 13, 8-12).
d) Profecía y don de lenguas (1 Cor 14, 2-40)
"Pero aspirad también a los dones espirituales , especialmente
a la profecía. Pues el que habla en lengua no habla a los hombres sino
a Dios. En efecto, nadie le entiende: habla en espíritu misterios.
Por el contrario, el que profetiza, habla a los hombres para su edificación,
exhortación y consolación. El que habla en lenguas, se edifica
a sí mismo; el que profetiza, edifica a toda la asamblea. Deseo que
habléis todos en lenguas; prefiero, sin embargo, que profeticéis.
Pues el que profetiza, supera al que habla en lenguas, a no ser que también
interprete, para que la asamblea reciba edificación… Así
pues, ya que aspiráis a los dones espirituales, procurad abundar en
ellos para la edificación de la asamblea… Así pues, las
lenguas sirven de signo no para los creyentes, sino para los infieles; en
cambio la profecía, no para los infieles, sino para los creyentes…
Por el contrario, si todos profetizan y entra un infiel o un no iniciado,
será convencido por todos, juzgado por todos. Los secretos de su corazón
quedarán al descubierto y, postrado rostro en tierra, adorará
a Dios confesando que Dios está verdaderamente entre vosotros…
Por tanto, hermanos, aspirad al don de la profecía, y no estorbéis
que se hable en lenguas. Pero hágase todo con decoro y orden".
A pesar de afirmar el primado de la caridad, Pablo no excluye la aspiración
a otros carismas. Subraya, sobre todo, la importancia de aquellos carismas
que construyen la comunidad, que favorecen a los demás. Entre estos
carismas, Pablo pone el énfasis en el carisma de profecía. Sin
embargo, el carisma de oración en lenguas (la glosolalia) es valorado
en su justa medida, a partir del criterio de la edificación de los
demás.
En el mundo en que nació el cristianismo los términos profeta,
profetismo, profecía, profetizar, eran muy utlizados aunque con significados
diferentes. Normalmente significaba "portavoz", pero en sentido
religioso, es decir, portavoz de Dios e intérprete de su voluntad para
los seres humanos. Pero esas funciones se expresaban también con otros
términos como "videntes", "mantis", "sibilas".
Donde más se habla de profecía en el cristianismo neotestamentario
es en este texto de 1 Cor 12-14. Pablo se muestra favorable a la profecía
y la antepone a la glosolalia. (cf. 1 Cor 14, 29-32; Rm 12,3-8).
¿De qué revelaciones disponían los profetas de Corinto?
No lo sabemos; sólo podemos entrever que -en contraste con la glosolalia-
se expresaban en un lenguaje comprensible y que -según el punto de
vista de Pablo- se orientaba a la edificación de la iglesia y no tanto
a los intereses individuales. Para Pablo vale un principio: donde hay iglesia
allí actúa el Espíritu y donde actúa el Espíritu
allí hay profecía. De hecho es el único elemento constante
en todas las listas de carismas (1 Cor 12, 8-11, 28-30; 13, 1-2; Rom 12, 6-8).
En el ranking de los dones espirituales, la profecía ocupa siempre
el segundo lugar, o después del servicio apostólico o después
del amor.
Pablo fue realmente un profeta. Tuvo "visiones y revelaciones del Señor"
(2 Cor 12, 1-10). Pablo era consciente de formar parte de la sucesión
de los antiguos profetas. Hay numerosos textos en los que Pablo incorpora
sus revelaciones proféticas o los oráculos de otros profetas
cristianos. Pablo entiende la profecía en línea con el antiguo
testamento y las tradiciones judías, más que en el contexto
helenístico.
La profecía cristiana tiene tres características: la edificación,
la exhortación y la consolación. No puede faltar este carisma
en las comunidades cristianas. El profeta hace ver que Dios está verdaderamente
entre nosotros (1 Cor 14, 25). El profeta es un inspirado por el Espíritu
y quien es tal, reconoce los mandatos del Señor (1 Cor 14, 37).
f) Conclusión
Concluyendo esta visión panorámica del término "carisma"
en estos escritos de Pablo, podemos decir que la noción paulina de
carisma es compleja. Por una parte expresa el acontecimiento de la "gracia
de Dios", en el que es incluido el hombre al ser elegido (Rm 11, 29),
justificado (Rm 5, 15.16) y glorificado (Rm 6, 23; 1 Cor 1, 7). Por otra parte,
es una manifestación individualizada, según la medida de la
fe, del Espíritu en el conjunto de la economía de la gracia
(1 Cor 12 y Rm 12). Carisma es una noción genérica e indeterminada;
tiene un campo semántico muy amplio, que más tarde se perderá
en Lucas y Mateo y en las cartas pastorales.
Pablo contempla el carisma como un efecto de la charis, como una materialización
concreta de la gracia gratuita de Dios. El Espíritu o lo espiritual
no es constitutivo del carisma. No obstante en 1 Cor 12, 4 Pablo asocia carisma
con el concepto de Espíritu. A pesar del uso limitado de este término
carisma, su significado neotestamentario no es unívoco, ni siquiera
en 1 Cor y en Rm: todo depende de su oscilación en torno a otros dos
términos: gracia y Espíritu. Yves Congar llega a esta noción
genérica de carismas como "dones variados de la gracia para la
construcción de la iglesia".
Podemos suponer, por tanto, cómo eran las formas de vida en la iglesia
de los apóstoles. Cada uno permanecía en el estado en que había
sido llamado. Cualquier forma de vida tenía su lugar en la comunidad
cristiana. El único elemento imprescindible y fundante era el "vivir
en Cristo Jesús". Por lo demás, el Espíritu concedía
a cada uno peculiares dones, Dios Padre constituía a cada creyente
en miembro del cuerpo de Cristo según su voluntad. En esta primera
etapa de fervor carismático predominaba la igualdad, el principio de
la libertad en el Espíritu.
3. Carisma y ministerio o evolución neotestamentaria del concepto paulino
de carisma
Después de la muerte de Pablo sus discípulos continuaron profundizando
en la fe bajo su inspiración; surgieron nuevas circunstancias eclesiales
y sociales, que requerían nuevos planteamientos; ello afectó
de forma particular a la concepción carismática y ministerial
de la iglesia.
a) Hacia la ministerialización de los carismas: Ef 4, 1-16
La distinción entre carismas y ministerios no fue clara en los orígenes.
Se puede afirmar que los ministerios son carismas puestos al servicio de la
comunidad y reconocidos como tales por ella misma. Los carismas logran su
plena razón de ser cuando se convierten en "ministerio eclesiales".
Esto es lo que llamo "ministerialización de los carismas".
Hay un texto en el que ésta aparece con claridad, Ef 4, 1-16:
"Os exhorto ... a que viváis de una manera digna de la vocación
con que habéis sido llamados... poniendo empeño en conservar
la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo
y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido
llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios
y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.
A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida de los dones
de Cristo. Por eso dice: "Subiendo a la altura, llevó cautivos
y dio dones a los hombres". ¿Qué quiere decir "subió"
sino que antes bajó a las regiones inferiores de la tierra? Este que
bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos para
llenarlo todo. Él mismo "dio" a unos el ser apóstoles;
a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros,
para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio
para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a
la unidad de la fe y del conocimiento pleno del hijo de Dios, al estado de
hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo".
El autor de la carta a los Efesios reflexiona con profundidad sobre la iglesia
y el ministerio en ella. Intenta así superar tensiones interiores y
peligros exteriores. Los temas que aborda son parecidos -en su estructura-
a 1 Cor 12-14: unidad del Espíritu, un solo cuerpo, dones de Dios,
edificación del cuerpo. El tono, sin embargo, es menos carismático.
Se advierte, mucho más que en 1 Cor, la preocupación por la
unidad comunitaria, la unidad en el Espíritu. Por eso no se hace referencia
a la diversidad de carismas de todos los fieles, sino a instancias fundamentales:
apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Estos ministerios
han sido concedidos por el Señor, resucitado y entronizado (Ef 1,21-23)
a su iglesia para llevarla a la unidad y a la perfección. Él
es su cabeza y principio de su unidad. Actúa siempre a través
del Espíritu (Ef 1,21-23), principio de unidad (Ef 4, 3-6) y fuente
de los ministerios concedidos por el Señor.
El Señor resucitado concede "dones" a los hombres. Estos
"dones" no son los ministerios, sino los ministros de la unidad
y del crecimiento eclesial. No dice el texto de Efesios que comentamos que
el Señor concede "dones" a los ministros, sino que ellos
mismos son dones para la construcción de la iglesia. La perspectiva
es diferente a Rm 12 y 1 Cor 12-14; allí se hablaba de los dones que
son concedidos a todos los creyentes; en este texto de Ef, en cambio, no se
presenta una lista de carismas, sino una serie de cinco ministerios que el
Señor del cielo ha concedido a su comunidad como "dones"
en orden a su edificación: los ministros del pasado, fundamento de
la iglesia que fueron los apóstoles y profetas; los ministros del presente,
sucesores de los anteriores, que son los evangelistas, pastores y maestros.
Éstos asumen las funciones esenciales de los apóstoles y profetas,
como la predicación y la enseñanza, y, estrechamente vinculada
a ellas, la dirección de las comunidades.
b) El carisma ministerial: Episkopos, presbíteros y diáconos
El tránsito del período apostólico al subapostólico
supuso una serie de crisis en la iglesia primitiva y el peligro de división.
Los intentos de superación de la crisis se ven reflejados en los más
recientes escritos neotestamentarios, que acentúan en forma relevante
la legitimidad de determinados servicios en la comunidad y del ejercicio de
la autoridad que les competía. Asistimos incluso a un cambio sorprendente
con relación al significado del vocablo "carisma": ¡se
aplica exclusivamente al ministerio eclesial, ratificado por la imposición
de manos!
Las cartas pastorales, reflejo del -así llamado por algunos- "catolicismo
primitivo", sólo tienen en cuenta el carisma ministerial (1 Tm
4,14; 2 Tm 1,6). La comunidad de los fieles aparece en estas cartas como un
cuerpo sin forma, sin relieve carismático. No se alude a la guía
del Espíritu por medio de la predicación inspirada, de la profecía
y el Espíritu es apenas mencionado; todo queda confiado a maestros
capaces de enseñar la doctrina tradicional (2 Tm 2,2). La organización
de las comunidades depende de los episkopoi, presbiteroi y diakonoi.
Los epíscopos eran dirigentes a quienes se confiaba la administración
de los bienes de la comunidad (Filp 1,1), o que se identificaban con los presbíteros
(Hech 20,17.28), o que tenían una función específica,
aunque no corresponde a nuestra imagen actual del obispo. Presbyteroi eran
los responsables, literalmente, los ancianos de la comunidad. El título
procedía de la institución judía, tanto local (concejal),
como nacional (senador); eran miembros laicos, no sacerdotales, del Consejo
o sanedrín, que rodeaba al sumo Sacerdote. En la iglesia primitiva
no correspondían a nuestros actuales presbíteros, que tienen
carácter clerical más acentuado.
c) La prevalencia de las formas ministeriales sobre las formas carismáticas
La gran comunidad de la iglesia fue adaptándose progresivamente a las
nuevas condiciones históricas y culturales; con el tiempo asumió
un rostro mucho más mundano. Se iba encarnando en diferentes culturas
y pueblos, en los cuales germinaba la fe. O dicho mejor, los nuevos creyentes
expresaban la fe recibida de la iglesia apostólica en otras vivencias
y conceptos culturales. Así se iban asumiendo formas de pensamiento,
de moral, de religiosidad, de gobierno, propias de otras culturas distintas
a la cultura judía. Un ejemplo importante, es la traducción
de las categorías históricas propias del judaísmo en
categorías metafísicas en el mundo griego y romano. La tensión
existente entre historia y escatología o culminación apocalíptica
del tiempo se traducía en tensión entre la inmanencia y la trascendencia,
la física y la metafísica, el tiempo y su movilidad con la eternidad
y su inmovilidad.
En las nuevas experiencias culturales la fe se hizo creativa. Surgieron modelos
de gobierno, instituciones permanentes, procesos iniciáticos y formativos,
formas y estados de vida. Lo que en circunstancias anteriores habían
sido soluciones de emergencia se convirtieron en instituciones permanentes,
las formas provisionales de vida en estados de vida. Este asentamiento en
la tierra, en la historia comienza a apreciarse ya en el nuevo testamento,
siendo el evangelio de Lucas el más sensible ante los desafíos
de la historia. Pero en el decurso del primer milenio fue haciéndose
cada vez más intenso, hasta llegar en el segundo milenio a su estabilización
suma.
Hay, pues, dos principios -no equiparables, por supuesto- que explican el
desarrollo de la comunidad de Jesús: el Espíritu Santo y la
acomodación a las culturas en las que el cristianismo ha ido surgiendo
o la inculturación.
Desde la perspectiva histórico-fenomenológica la comunidad de
Jesús se sintió libre para ir asumiendo diversas iniciativas:
acción evangelizadora y misionera, configuración especial de
su culto y sus celebraciones comunitarias y asambleas, servicios de caridad
y de beneficencia, iniciativas de investigación y estudio, modelos
de gobierno etc. La comunidad eclesial, a través de todas estas formas
de acción, mostraban cuáles eran sus opciones específicas
en cada momento y lugar y encarnaba a través de ellas su respuesta
a la llamada y voluntad de Dios. De ahí surgió una admirable
variedad ministerial y profesional, adaptada a los ambientes, lugares y tiempos.
La helenización y romanización de las comunidades de Jesús
fue un hecho evidente. La capacidad creativa fue mayor cuando menor era el
poder central dentro de la comunidad. En la medida, en cambio, en que este
poder fue siendo mayor, pudo imponer estilos, instituciones que así
fueron consolidándose a lo largo del tiempo.
La inculturación no era simplemente un fenómeno de adaptación
propio de las comunidades humanas. Brotaba de la misma esencia del cristianismo
en el cual se confesaba que el hijo de Dios se había encarnado, hecho
hombre, asumiendo una cultura, un estilo peculiar de vida. ¿Por qué
ahora, sus discípulos no iban a poder realizar lo mismo con su fe?
No era ajeno a todo esto la acción del Espíritu Santo. Los discípulos
recibieron el Espíritu de Jesús.
En la iglesia ha habido una gran creatividad organizadora y simbolizadora.
Se crea pintura, arquitectura, ritos, oraciones, teologías, experiencia
mística. Hay modelos de santidad y caminos de espiritualidad. Hay formas
de vida diferentes y complementarias. Hay memoria histórica del pecado,
de esperanzas frustradas, de reformas y contrarreformas. Pero hay unos gestos
que no se inventan. Se reciben y se celebran y se actualizan. Son como Palabras
de Dios hechas signos visibles. La iglesia los ha recibido del Señor:
son los sacramentos de la gracia irrevocable e irreversible.
Lo que es o debe ser la iglesia se comprende adecuadamente cuando se aceptan
los dinamismos, aparentemente contrapuestos, a los que nos hemos referido.
La iglesia está en este mundo y no es de este mundo. Participa de los
acontecimientos históricos y espera ansiosamente la superación
de la historia. Valora la creación y sus procesos, pero anhela una
nueva creación en la que reine la justicia, la paz, la reconciliación.
Es la iglesia de Jesús de Nazaret, totalmente determinada por él,
por su persona, su doctrina, su misión; pero al mismo tiempo es la
iglesia del Espíritu, que experimenta en sí misma y en cada
uno de sus miembros energías carismáticas y creativas, que la
llevan a cumplir obras mayores que el mismo Jesús.
Cuando la fe cristiana se institucionaliza y se politiza porque se convierte
en religión imperial, cuando la fe se va apoderando de todo, todo se
sacraliza, hasta las razones que están a la base de la elección
de una forma de vida. Esto se ve, por ejemplo, en la progresiva sacralización,
o mejor tal vez, eclesialización del matrimonio, o sacerdotalización
del ministerio apostólico, o institucionalización de la vida
religiosa. Lo que en un principio era mucho más normal, humano, carismático,
poco a poco va recibiendo por parte de la institución un carácter
sacral. De este modo, la institución se expresa, se autopresenta con
su poder, con su reivindicación de obediencia.
Cuando la iglesia se convierte en institución, bien estructurada, según
los criterios organizativos del Imperio romano, las formas de vida entran
en la condición de estados u ordines. Hay que cumplir toda una serie
de requisitos para entrar dentro del ordo o para abandonarlo. Los estados
de vida se explican ya únicamente desde la fe. No es necesario recurrir
a opciones antropológicas, anteriores a la fe cristiana, en cuanto
fe histórica.
La especificación de los grupos y de las personas llevan a crear estamentos,
estados, divisiones muy fuertes entre unos miembros y otros dentro del pueblo
de Dios. La falta de expectativa escatológica hace que se piensen las
formas de vida como formas estables, perennes, inmutables. Nacen de aquí
no votos de urgencia escatológica, de compromiso hasta la muerte inminente,
sino votos y promesas de estabilidad para siempre, contando con un período
de tiempo bastante amplio.
En el primer volumen de esta obra pudimos ver cómo fue creciendo e
imponiéndose este tipo de institucionalización de las formas
de vida. Hay que tener en cuenta, no obstante, la cultura en que esto aconteció.
Hoy, nos encontramos en otro modelo cultural, al que hice referencia en la
primera parte del presente volumen. En la sociedad del movimiento todo es
más inestable. La estabilidad se encuentra en el estado de dinamismo,
no de quietud. Es como el caso de los vehículos de dos ruedas (una
bicicleta o una moto), o los vehículos aéreos, que sólo
se mantienen en pie en la medida en que están en movimiento o en vuelo.
4. Conclusiones
La vida cristiana no solo es memoria Jesu, no es únicamente seguimiento
e imitación del Señor y de su Evangelio, sino que es creatividad,
creación, nuevas formas. Todo esto acontece gracias al Espíritu
que procede del Abbá y de Jesús y fue derramado sobre el mundo
y, en especial, sobre la comunidad. Con el envío del Espíritu
culmina el proyecto de Dios. En este capítulo hemos contemplado cómo
el envío del Espíritu configura diversas formas de vida y ministerio
en la iglesia.
· El Espíritu es el mejor don que una persona puede recibir.
Es el don de los dones, la gracia de todas las gracias, la fuerza de todas
las fuerzas. Es representado por la Ruah, como huracán, tempestad,
poder irresistible. Vivir bajo el Espíritu es sentirse llevado, animado
por un poder divino creador, transformador. Bajo la influencia del Espíritu
la vida es "vida en plenitud", la vida es capaz de superar cualquier
amenaza. Por eso, el salmista del antiguo testamento clamaba: "¡No
me quites tu santo espíritu!" (Sal 50).
· El Espíritu no es una energía anónima, sino
que es el Espíritu del Abbá. Es la irradiación luminosa
y gozosa de su rostro que transmite todas sus bendiciones. El Espíritu
procede del Abbá, permanece en el Hijo y desde Él se irradia
sobre el mundo, sobre nosotros. El Hijo procede del Espíritu: "de
Spiritu Sancto ex Maria virgine". El Hijo nace del Padre Spirituoque,
como dicen nuestros hermanos ortodoxos. Pero también hay que afirmar
que el Señor muerto y resucitado, lleno de Espíritu, nos entrega
el Espíritu y nos lo envía juntamente con el Padre. Por eso,
el Espíritu procede del Padre Filioque.
· La Ruah de Dios, el Espíritu de Jesús es la fuente
de la vida cristiana. De su fuerza, energía e inspiración brotan
las más diferentes configuraciones de la vida humana. No todo se explica
desde Jesús y su mensaje del Reino. Era necesario que Jesús
se fuera para que llegara a nosotros el Espíritu. La venida del Espíritu
anuncia la llegada de Jesús Resucitado a nuestra vida. La relación
que existe entre la primavera y el verano, el tiempo de siembra y de cosecha,
el amanecer y el mediodía, existe entre la venida del Espíritu
y la venida de Jesús. Por eso, el Espíritu es denominado garantía
y aval de la Gloria ( Ef 1,14; 2 Cor 1,22).
· La iglesia es la casa del Espíritu. En ella el sacerdocio
es común (1 Ped 2,5.9.11 - 3,6). El amor circula como el viento, como
el agua y se convierte en la ley suprema de la comunidad. El Espíritu
es el alma de la iglesia: "mora junto a vosotros y estará siempre
con vosotros" (Jn 14,17). Donde nos envuelve el Viento de Dios, experimentamos
la vida en toda su integridad, totalidad, fuerza, como vida sanada y redimida.
Los sentidos quedan potenciados por su presencia: accende lumen sensibus...
· Jesús sigue viviendo en aquellos discípulos y discípulas
que el Padre le va dando en cada momento histórico. "No soy yo
quien vive, es Cristo quien vive en mí", dicen tantas personas,
no solo Pablo. Gracias a la capacidad creadora del Espíritu Jesús,
el Cristo, se hace contemporáneo de todos en su Cuerpo, en sus miembros,
en las más diversas formas de vida. Ninguna de ellas puede apoderarse
de la imitación o del seguimiento más perfecto. Todas están
bajo el primado del Espíritu creador y re-creador.
· El Espíritu se manifiesta en cada uno de los seres humanos
como pluralidad carismática. El Espíritu de Jesús enriquece
con la Gracia de Dios a la comunidad cristiana, de modo que no le falte ningún
don. Así la iglesia puede aparecer como alternativa al mundo del pecado.
Los carismas son manifestaciones, epifanías del Espíritu. Hacen
memoria de Jesús y edifican la comunidad. La variedad de carismas es
como la variedad de miembros del cuerpo: la unidad orgánica no atenta
contra la diversidad de miembros y de funciones. El Espíritu que nos
hace diferentes, nos hace también regalo unos para otros. El conjunto
que crea es el Cuerpo de Cristo que va creciendo en la historia y está
lleno de dinamismos creadores. Pero el gran carisma unificador, el don por
excelencia, es el amor derramado en los corazones, que es el Espíritu,
la agape. Es la fuerza, el alma de todos los carismas.
La iglesia primitiva y, especialmente las comunidades paulinas, estaba regida
por la experiencia sobreabundante de la Gracia y la exuberancia inexplicable
de dones carismáticos. La memoria del Jesús histórico
servía de criterio de discernimiento y de orientación en medio
de tanta vitalidad, cuando surgían conflictos o era necesario pensar
en el futuro. Así surgieron los ministerios, unos permanentes, otros
transitorios.
III. EL DINAMISMO DE LA COMUNIÓN: ¡EN UN SOLO CUERPO! ¡EN
UN SOLO PUEBLO!
Ninguna forma de vida cristiana es autosuficiente. Ninguna es más perfecta
que las demás, en forma absoluta. Todas ellas tienden hacia la perfección
y se correlacionan entre sí; consiguen su perfección en la mutua
correlación. Lo perfecto es la totalidad, no la parcialidad, la armonía
orquestal o polifónica y no cada una de las voces.
1. En relación para formar un solo Cuerpo
Se tiende a definir las cosas preponderanemente por sus elementos diferenciales.
Es lo que en otros tiempos se llamaba principio de individuación. Pero
esto no basta.
También
es necesario describir la identidad de la coincidencia y de la relación.
Por eso, vamos a ver cuál es la importancia de la relación y
de la llamada a formar un cuerpo dentro de la existencia cristiana.
a) "Al principio era la relación"
La existencia cristiana, tal como se describe en el nuevo testamento, es,
ante todo, vivir "en relación", establecer relaciones con
los demás . Carter Heyward entendió muy bien el mensaje del
Génesis, del proceso creador, al escribir:
"Al principio existía la relación y en la relación
está la potencia que crea el mundo, a través de nosotros y con
nosotros y desde nosotros, tú y yo, vosotros y nosotros, y nadie solo"
.
La creación se sustenta en la relación. Y también el
acontecimiento del reino de Dios tiene que ver con modelos de comunión
que unen cuerpo y espíritu, humanidad y naturaleza: restaura las relaciones.
El mensaje de las parábolas de Jesús utiliza como elemento central
imágenes aglomerantes (Lc 13, 20). La misma persona de Jesús
tenía una función aglomerante. El cuerpo del Resucitado es un
cuerpo que incorpora y que por ello tiene miembros. La misma comunidad eclesial,
entendida como cuerpo, es toda ella relación, o un haz de relaciones.
El amor define todo tipo de relaciones. Y no se trata de meras relaciones
afectivas, sino de las relaciones que generan una auténtica con-vivencia.
El amor que afecta a todas las relaciones entre los creyentes, tiene implicaciones
tan prácticas como compartir los bienes, ejercer la hospitalidad y
el servicio, practicar el perdón mutuo y el diálogo, orar en
común y unos por otros .
Establecer
este tipo de relaciones desde el amor no es algo supererogatorio, sino esencial
dentro de la fe cristiana. Ser iglesia es ser comunión fraterna. En
el aislamiento no hay gracia. La comunidad debe constituirse desde las relaciones
fraternas. La vida bautismal se explicita en las relaciones de amor y de servicio
mutuo.
b) La iglesia, como Cuerpo de Jesús
La iglesia es Cuerpo, "el cuerpo de Cristo . Hay una identidad misteriosa
entre el cuerpo muerto y resucitado de Jesús -animado por el Espíritu-
y la iglesia. Jesús y la iglesia son representados bajo la misma imagen:
cuerpo. Se da entre ellos, al mismo tiempo, distinción y comunicación:
Jesús es cabeza del cuerpo, es decir, principio de vida mediante el
Espíritu; en esto se distingue del cuerpo. Pero esa distinción
es también el motivo de una profundísima comunicación
vital. Jesús y la iglesia son representados también bajo la
imagen esponsal: Jesús es el Esposo de la iglesia, a la que entrega
todo su ser, su cuerpo, para formar con ella un solo cuerpo y así la
iglesia se hace esposa y madre fecunda. La comunidad creyente es ya ahora
el cuerpo resucitado y plenamente filial de Cristo Jesús, aunque de
forma misteriosa. Esto se manifiesta sacramentalmente en la celebración
eucarística, en la solidaridad orgánica entre los miembros del
cuerpo (¡complementarios y convergentes en su diversidad) y en la conformidad
real de la iglesia con Cristo en su existencia presente (¡seguimiento
de Cristo!) .
No se puede formar parte del cuerpo de Cristo sin estar en profunda comunión
con Él y con los demás miembros. De la comunión depende
la identidad de cada miembro. Sin comunión, sin amor, el cuerpo se
hace un cadáver, o los miembros entran en procesos de necrosis. Cada
miembro no tiene vida, ni ser, ni movimiento autónomo. Necesita del
espíritu del cuerpo. Un miembro separado es como un sarmiento desgajado
de la vid. Perece y muere. Un miembro no tiene en sí mismo el principio
de la vida. ¡Qué bien lo expresó Pascal en uno de sus
pensamientos:
"Ser miembro es no tener vida, ni ser, ni movimiento, más que
por el espíritu del cuerpo y para el cuerpo. El miembro separado, al
no ver ya el cuerpo al que pertenece, no tiene más que un ser perecedero
y llamado a morir; sin embargo, cree que es un todo y, al no ver ya al cuerpo
del que depende, cree que sólo depende de sí y quiere hacerse
centro y cuerpo él mismo. Pero, como no tiene ya en sí el principio
de vida, no hace más que desvariar, y se extraña en la incertidumbre
de su ser, sintiendo bien que no es cuerpo, pero no llegando a percibir que
es miembro de un cuerpo. Finalmente, cuando llega a conocerse, es como si
volviera en sí y ya no se ama más que para el cuerpo, llorando
sus antiguos extravíos" .
No solo los individuos, también las formas de vida cristiana -en cuanto
tales- están llamadas a la unidad y no son independientes. Sólo
en la comunión adquieren toda su razón de ser, su plenitud,
su perfección. Ninguna forma de vida cristiana es perfecta en su diferencia.
¡Sólo en su correlación!
c) La correlación entre las formas de vida
En la iglesia-comunión las formas de vida están interrelacionadas,
ordenadas la una a la otra. Se definen mutuamente. No son definibles por separado.
Son modalidades para vivir la misma dignidad cristiana y la vocación
universal a la santidad en la perfección del amor.
Hay
diversidad, pero diversidad complementaria . En este contexto es interesante
ver cómo los documentos pontificios "Christifideles Laici"
(=ChFL) y "Vita Consecrata" (=VC) entienden la identidad de cada
una de las formas de vida o estados de vida cristiana. Según ChFL la
índole secular es lo propio de la vida laical, y la índole escatológica
lo propio de la vida religiosa, mientras que la presencia sacramental de Cristo
redentor es lo propio del sacerdocio ministerial:
"Así el estado de vida laical tiene en la índole secular
su especificidad y realiza un servicio eclesial testificando y volviendo a
hacer presente, a su modo, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas,
el significado que tienen las realidades terrenas y temporales en el designio
salvífico de Dios. A su vez, el sacerdocio ministerial representa la
garantía permanente de la presencia sacramental de Cristo redentor
en los diversos tiempos y lugares. El estado religioso testifica la índole
escatológica de la iglesia, es decir, su tensión hacia el reino
de Dios, que viene prefigurado y, de algún modo, anticipado y pregustado
por los votos de castidad, pobreza y obediencia" (ChFL, 55).
En cambio la exhortación VC lo presenta de otra forma. Las distintas
vocaciones cristianas reflejan aspectos diferentes de la luz de Cristo Jesús
. En todo caso, todos los estados de vida están en correlación
mutua y sirven al crecimiento de la iglesia:
"Todos los estados de vida, ya sea en su totalidad como cada uno de ellos
en relación con los otros, están al servicio del crecimiento
de la iglesia; son modalidades distintas que se unifican profundamente en
el "misterio de comunión" de la iglesia y que se coordinan
dinámicamente en su única misión. De este modo, el único
e idéntico misterio de la iglesia revela y revive, en la diversidad
de estados de vida y en la variedad de vocaciones, la infinita riqueza del
misterio de Jesucristo" (ChFL, 55).
Esta grandiosa consideración de la iglesia, del pueblo de Dios, permite
comprender adecuadamente el lugar que cabe a cada forma de vida y ministerio.
¿Cuáles son las características que definen cualquier
forma de vida cristiana o a todas ellas? ¿Qué somos cada uno
de nosotros y todos cuando formamos un solo cuerpo? Somos una comunidad de
seguimiento de Jesús, somos una comunidad de carismas diferentes pero
llamados a la unidad.
2. La unidad que fundamenta la iglesia
La iglesia es una, no como imperativo moral, sino porque es la unidad el fundamento
de todas las diversidades y de todas las identidades particulares. Ella misma
tiene conciencia de ello. Quiero presentar seguidamente cómo la iglesia
lo ha ido expresando en los sínodos que ha dedicado a cada una de las
formas de vida cristiana (laicado, ministerio ordenado y vida consagrada).
a) El gran sustantivo: ¡todos "Christifideles"!
El concilio Vaticano II insistió en la eclesiología de la comunión.
Para hacerlo utilizó un sustantivo que nos define a todos, más
allá de nuestras diferencias, y que se cumple en nosotros cuando entramos
en comunión. Se trata del término christifidelis . Laicos o
clérigos, casados o célibes, consagrados o seglares, tenemos
una identidad común y fundante: ser Christifideles. Nuestras diferencias
no pueden, ni deben prescindir del común denominador. Por eso, nos
definimos como Christifideles laici, Christifideles consecrati, Christifideles
coniugati etc. La exhortación Christifideles Laici, lo expresa en los
siguientes términos:
"Según la imagen bíblica de la viña, los fieles
laicos )al igual que todos los miembros de la iglesia) son sarmientos radicados
en Cristo, la verdadera vid, convertidos por él en una realidad viva
y vivificante. Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los
sacramentos de la iniciación cristiana, la raíz primera que
origina la nueva condición del cristiano en el misterio de la iglesia,
la que constituye su más profunda "fisonomía", la
que está en la base de todas las vocaciones y del dinamismo de la vida
cristiana de los fieles laicos. En Cristo Jesús, muerto y resucitado,
el bautizado llega a ser una "nueva creación" (Gal 6, 15;
2 Cor 5, 17), una creación purificada del pecado y vivificada por la
gracia" (ChFL, 9).
Todas las formas de vida cristiana surgen de un "nosotros" previo,
que las dignifica y les da plenitud. En la iglesia-comunión todos gozan
de la misma dignidad cristiana: La común dignidad de todos los miembros
de la iglesia favorece la fraternidad, comunión y misión. Ese
es el secreto y la fuerza del dinamismo apostólico y misionero .
La
iglesia es una comunidad de interrelaciones y de comunión de los diferentes
. Sólo en la comunión consigue cada una de las formas de vida
su plenitud. Si durante mucho tiempo las categorías teológicas
de vocación, consagración, carisma, misión fueron reservadas
para explicar la identidad del ministerio ordenado y de la vida consagrada,
hoy somos conscientes, de que pertenecen a todos los miembros del pueblo de
Dios. Es más, los sínodos generales sobre las diversas formas
de vida en la iglesia, lo han puesto de relieve.
b) Todos llamados, consagrados y enviados en misión
· Todas las formas de vida están llamadas al seguimiento radical
de Jesucristo. El elemento imprescindible de toda vocación cristiana
(sacerdotes, religiosos, fieles laicos, la de toda persona) es el juego entre
la llamada absolutamente libre que hace Jesús al seguimiento y la respuesta
o decisión de seguirlo :
"Para todos los cristianos, sin excepciones, el radicalismo evangélico
es una exigencia fundamental e irrenunciable que brota de la llamada de Cristo
a seguirlo e imitarlo, en virtud de la íntima comunión de vida
con Él, realizada por el Espíritu (cf Mt 8, 18ss; 10, 37ss;
Mc 8, 34?38;10, 17?21; Lc 9, 57ss)" .
· Todas las formas de vida han sido agraciadas con la consagración
y unción del Espíritu. Dios Padre nos elige a todos los fieles
a ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor y nos ha predestinado
para ser sus hijos por medio de Jesucristo (Ef 1, 4-5). No hay nadie llamado
a una santidad mayor que otro. Los laicos están llamados a ella "a
pleno título", "sin ninguna diferencia respecto de los demás
miembros de la iglesia" . Dios Padre nos concede por ello y para ello
a todos su unción, su consagración por medio del Espíritu:
"El Espíritu del Hijo (cf Gál 4, 6), nos conforma con Cristo
Jesús y nos hace partícipes de su vida filial, o sea, de su
amor al Padre y a los hermanos. "Si vivimos según el Espíritu,
obremos también según el Espíritu" (Gál 5,
25). Con estas palabras el apóstol Pablo nos recuerda que la existencia
cristiana es "vida espiritual", o sea, vida animada y dirigida por
el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad. -
Lo afirma el concilio: "todos los fieles, de cualquier estado o condición,
están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección
de la caridad"" .
Por consiguiente, todos los Christifideles son consagrados y participan de
la consagración fundamental de Cristo y de la unción del Espíritu
.
· Todas las formas de vida han sido destinadas a realizar la única
misión de la iglesia, aunque mediante distintos ministerios. Pero,
antes de la hablar de los diferentes ministerios en la iglesia, hay que referirse
al ministerio del cuerpo entero en cuanto tal. Toda la comunidad cristiana
está en situación de servicio y de misión. En el nuevo
testamento la ministerialidad es cuestión de toda la iglesia: "Vosotros
sois el cuerpo de Cristo y sois miembros cada uno por su parte" (1 Cor
12, 27). El ministerio de la iglesia es, sobre todo, su misión. El
ministerio ordenado no agota, ni mucho menos, toda la ministerialidad de la
iglesia. Lo más importante no es que tal ministro cumpla su función,
sino que se integre adecuadamente en el ministerio de toda la iglesia. La
comunidad eclesial no se constituye en torno a los ministros, ordenados o
no ordenados, sino en torno a Cristo, autor de la iglesia. Haciéndose
eco de ello, la exhortación apostólica Christifideles laici
dice lo siguiente:
"Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a los
pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende
a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el
Señor, de quien reciben una misión en favor de la iglesia y
del mundo" .
El sínodo sobre los Christifideles laici reconoció que las distintas
horas de la llamada a la viña no solamente son momentos diversos de
la vida humana, sino también distintas vocaciones, situaciones, carismas
y condiciones de vida ; es más, insiste en que obreros de la viña
somos todos los miembros del pueblo de Dios: todos somos objeto y sujeto de
comunión en la iglesia y de participación en su misión
de salvación; todos trabajamos con nuestros carismas y ministerios,
diversos y complementarios . El primer tipo de responsabilidad que compete
a todos los bautizados, es decir, a los cristianos auténticamente "iniciados"
es el testimonio evangélico (LG 11).
No todo servicio es un ministerio. Un servicio en la iglesia puede ser ocasional
o tener una importancia pasajera o relativa . Un ministerio para ser tal ha
de revestir una cierta estabilidad y consistencia dentro de la comunidad;
así mismo ha de ser reconocido por una iglesia local. Hablar de ministerios
de los laicos significa ampliar el concepto de ministerio y evitar la excesiva
monopolización de las funciones y decisiones eclesiales. Las tareas
que los laicos reciben en la iglesia están fundadas en los sacramentos
de la iniciación cristiana y no en la participación en el ministerio
de los pastores. Lo primero no son los ministerios, sino las necesidades o
urgencias que tiene la iglesia en un determinado momento. A ello han de responder
diferentes tipos de ministerialidad. No son primero los ministerios y después
el ámbito al que han de responder, sino al revés.
3. Carismaticidad, sacerdotalidad, ministerialidad, maternidad, esponsalidad
de la iglesia
· Todos constituyen una persona mística en el Espíritu:
el elemento más profundo de la realidad eclesial es que todos los miembros
de la iglesia formamos con Cristo Jesús un solo cuerpo, "una sola
persona mística, o como dice Agustín, el Cristo total"
. El teólogo Herbert Mühlen intentó articular desde esta
expresión -acuñada por Agustín y aceptada por Tomás
de Aquino y otros teólogos- lo que él llamaba "la fórmula
fundamental eclesiológica" . Y el resultado de su estudio fue
afirmar que en la iglesia formamos con Cristo una Persona mística,
o "una persona (un Espíritu) en muchas personas (en Cristo y en
nosotros)".
En
la revelación se manifiesta el Espíritu Santo como el "Gran
Yo", o el constructor de la koinonía, llamada a convertirse en
un inmneso "Nosotros". El Espíritu, derramado en nosotros
como Amor, no nos yuxtapone simplemente, no nos convierte en un conjunto operativo;
nos constituye más bien en un único organismo, nos hace formar
un cuerpo. La iglesia es la continuación de la unción de Jesús
por medio del Espíritu Santo. La relación entre la iglesia y
el Espíritu Santo no se entiende como si la iglesia fuera una realidad
ya constituida a la que se añade posteriormente la acción del
Espíritu, que la anima, vigoriza y consagra. Más bien hay que
decir que el Espíritu hace nacer a la iglesia como acontecimiento permanente.
La iglesia es criatura del Espíritu. En este sentido la iglesia tiene
una estructura fundante que es carismática.
Afanassief,
teólogo ortodoxo, lo expresó bellísimamente al explicar
cómo la iglesia es obra del Espíritu:
"La iglesia es el lugar donde actúa el Espíritu; y el Espíritu
es su principio de vida y de actividad. La iglesia vive y actúa gracias
al Espíritu, con los dones carismáticos que Dios le concede
y distribuye en ella, según su querer. La gracia es el único
motor de todo aquello que ocurre en la iglesia. El primer día de Pentecostés,
la iglesia se presentó ya con los principios fundamentales de su organización.
Estaba fundada sobre el Espíritu que la hace existir. El principio
organizador de la iglesia es, pues, el Espíritu. Y se excluye cualquier
otro principio que sería exterior a ella" .
De lo cual se deduce obviamente que el Espíritu está en el origen
de cada una de las formas de vida. Con ello, el Espíritu crea la comunión.
Las formas nacen para interrelacionarse, con vocación de unidad, de
comunión
· La "universitas fidelium" es el sujeto del Sacerdocio de
la iglesia . En su sentido más propio y fundamental el sacerdocio de
Cristo ha sido heredado por toda su comunidad. Todos los fieles cristianos
hemos sido agraciados, de esta manera, con el sacerdocio común que
ejercemos en los diversos sacramentos. Todos los fieles somos sujeto de la
celebración eucarística, de la acción litúrgica.
Todos oramos, todos ofrecemos, todos comulgamos. En comunión dinámica
con nuestro Unico y Gran Sacerdote, Cristo Jesús, formamos un solo
Cuerpo . El sacerdocio peculiar y nuevo de Jesucristo es transmitido a todos
sus discípulos y discípulas . El autor de 1 Ped 2, 5 -entre
los años 73-92- les decía a los cristianos que vivían
en, -es decir, sin ciudadanía o nacionalidad, socialmente desprotegidos
-; en contraste, les hacía ver que, si bien no disponían de
una casa social, ellos constituían una "casa espiritual",
de la cual eran piedras vivas; que -aunque marginados sociales y sin ciudadanía-
eran miembros de un "sacerdocio santo ", "morada del rey",
templo en el que se realizan los sacrificios espirituales del pueblo de Dios.
El Espíritu posibilita esa forma de existencia para gloria de Dios
. La comunidad experimentaba que existía una nueva tierra y un cielo
nuevo donde habitaba la justicia (2 Ped 3, 13). La santidad de la comunidad
sacerdotal se realiza según la carta de Pedro mediante una relación
con los otros, incluso con los no-cristianos:
"(Ser santos) equivale a situarse con fe y con coraje donde le corresponde
a cada uno en la red de relaciones basadas en el bautismo, que hacen justamente
de la comunidad no ya un agregado de personas que se santifican, sino la única
e indivisible comunidad sacerdotal del rey, el templo espiritual de Dios"
.
En esta comunidad de creyentes el sacerdocio no es una función de mediación
reservada exclusivamente a algunos, como en algunas religiones. Por eso, todas
las formas de vida eclesiales son sacerdotales y contribuyen a la riqueza
del sacerdocio común. Todas las formas de vida crean un, una casa donde
nadie es extranjero ni extraño. Es una casa sacerdotal y regia, donde
hay igualdad, fraternidad y donde fluye la relación.
· Toda la iglesia es comunidad carismática: el Espíritu
Santo no es el espíritu de la iglesia, sino el Espíritu de Dios.
La iglesia está sometida al Espíritu. La iglesia no es solo
una construcción del Espíritu, sino que es una comunidad carismática.
Todo cristiano es un carismático (1 Cor 7, 7). Porque hay múltiples
carismas, nadie posee la totalidad de los carismas. Están al servicio
del bien común y sirven para la edificación de la iglesia. El
carisma no es un instrumento de poder, sino un don para el servicio. Cada
forma de vida está dotada de sus peculiares carismas; y ese conjunto
carismático particular se abre necesariamente a las demás formas.
· La iglesia toda es Esposa del Señor. El carácter esponsal
de la iglesia manifiesta que el elemento constitutivo de la iglesia es su
amor apasionado, unitivo e indeleble hacia Jesús, el Esposo . Jesús
es el Esposo legítimo del nuevo pueblo de Dios. Por amor entrega su
cuerpo a la esposa. También él espera, como es obvio, el amor
y la entrega de la esposa. Sujeto de la esponsalidad de la iglesia somos todos
los creyentes, sin distinción y sin grados o acepción de personas
. Tanto la forma de vida en matrimonio como en celibato o virginidad, expresan
esta dimensión esponsal con diferentes matices. Cada una de ellas resalta
una dimensión complementaria.
· La "universitas fidelium" es Ecclesia Mater . Todos los
fieles cristianos somos miembros activos y responsables de la fecundidad pastoral
de la iglesia. Todos son sujetos de la misión eclesial. Para ello todos
y cada uno hemos sido agraciados con los diversos carismas y ministerios del
Espíritu , que se convierten en ministerios para el servicio. A todos
corresponde contribuir al discernimiento del Espíritu . Todas las formas
de vida cristiana, tanto la laical como la ministerial ordenada, expresan
y realizan la dimensión maternal y pastoral de la iglesia
· La iglesia-comunión requiere que todos (clérigos y
laicos, consagrados y seglares, célibes y casados) asuman la responsabilidad
de gobierno de forma sinodal, es decir, caminando juntos . Así expresa
mucho mejor (sacramentalmente) la única autoridad de Jesucristo
"Esta convicción queda confirmada cuando se da una diversidad
de responsables. Ni los laicos. ni los religiosos, ni los ministros ordenados
existen ellos solos en la iglesia; son signo de la iglesia cuando se encuentran
en un lugar mutuo, se reciben junto a Cristo y al Espíritu para significar
el amor multiforme de Dios en medio de los hombres" .
En los primeros siglos de la iglesia se manifestaba esta cooperación
en el derecho y deber de participar en la elección de los ministros
ordenados ; sin embargo, durante muchos siglos apenas ha tenido cauces de
expresión. El conjunto de los fieles somos el sujeto y el actor del
despliegue doctrinal de la iglesia y de su enseñanza profética:
"El conjunto de los fieles, teniendo la unción del Santo, no puede
errar en la fe; este don particular que poseen, se manifiesta por medio del
sentido sobrenatural de la fe que pertenece a todo el pueblo, cuando desde
los obispos hasta los últimos fieles laicos consienten en cuestiones
de fe y costumbres" (LG, 12) .
4. Conclusiones
Es importante contemplar el eco-sistema de las formas de vida cristiana, antes
de analizar cada una de ellas en particular. Ése ha sido el objetivo
de este capítulo.
1. Las formas de vida están llamadas a existir "en relación",
a formar un gran sistema de vida, que en la simbólica paulina es denominado
"cuerpo de Cristo". Las diferencias y los contrastes se encuentran
al servicio de una realidad unitaria y orgánica. Una vez más,
hemos de proclamar que todas las formas de vida están al servicio de
la Vida. La realidad vital es lo auténticamente sustantivo. Sin relación
y sin correlación las diferentes formas de vida se difuminan, se disuelven,
se hacen estériles, quedan desfinalizadas. Es absurdo, en este contexto
hablar de superioridad e inferioridad, de más y de menos. Lo más
y lo menos tiene que ver, sobre todo, con la relación.
2. El pueblo de Dios, la iglesia, es el fantástico resultado de múltiples
correlaciones. Esa realidad resultante, pero también fundante, concede
a cada uno de los miembros de la iglesia una identidad dinámica y común.
Se describe con la palabra christifideles. Podrán y deberán
añadirse adjetivos al sustantivo, pero queda como definitivamente asentado
que el ser christifidelis es la razón de ser y el objetivo final de
todas y todos en la iglesia. El "nos
|