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J. Mateos -F.Camacho
El Horizonte humano. La propuesta de Jesús.
Ed. El Almendro, 7ª ed., Córdoba 2000, pp.143-161
Pequeño extracto
Jesús
no es un teórico de la utopía humana. Su misión es
abrir a la humanidad la posibilidad de una sociedad alternativa ("el
reino de Dios"). Esta sociedad, sin embargo, no puede constituirse
forzando la libertad, sino por libre opción de los hombres. Tampoco
hay que aguardar a que se den todas las condiciones objetivas para comenzarla.
Jesús espera de los suyos que formen sin dilación un grupo
humano que haga patentes en el mundo las relaciones propias de la nueva
sociedad. De este modo, según la intención de Jesús,
su comunidad debe ser el germen de una humanidad nueva.
Numerosos son los pasajes evangélicos que directa o indirectamente
tratan de la comunidad de Jesús; en ellos se describen las actitudes
que hacen posibles las nuevas relaciones humanas, los obstáculos
dentro de la comunidad, la relación de ésta con Jesús
y con el Padre, y su misión en el mundo que la rodea. Sorprendentemente,
no se encontrará en estos pasajes que Jesús determine la
estructura de su comunidad ni que le diseñe un plan de futuro.
Las principales características de la comunidad cristiana que se
deducen de los evangelios son las siguientes:
1
- Una comunidad identificada con Jesús
El fundamento de la nueva comunidad humana es la adhesión a Jesús
como Mesías, Hijo de Dios vivo (Mt 16,16). Todo el que da esta
adhesión a Jesús constituye una piedra o sillar que entra
en la edificación de la sociedad nueva o reino de Dios (Mt 16,18).
"Mesías" es el término hebreo que designa al salvador
enviado por Dios para transformar la sociedad humana. En la concepción
judía, el Mesías era llamado "el Hijo de David",
porque se le concebía como un rey en la línea de David,
es decir, guerrero y victorioso (Mc 10,47 par.). El reino de Dios esperado
por los judíos se limitaba a Israel. A esta concepción se
opone la del "Mesías Hijo de Dios", es decir, el que
no tiene por modelo a David, sino a Dios mismo, y a éste como dador
de vida ("Dios vivo"). La transformación de la sociedad,
por tanto, no utilizará la violencia ni se realizará desde
el poder, sino que se efectuará mediante la comunicación
de una vida (el Espíritu) que superará incluso la muerte.
Y no estará limitada a un pueblo, sino destinada a la humanidad
entera.
Marcos define la adhesión a Jesús como "estar con él"
(Mc 3,14), es decir, como prestar una adhesión incondicional a
su persona y programa. Esto implica asumir sus valores y su estilo de
vida. Es lo mismo que Juan expresa también como amor a Jesús
(Jn 14,15), significando un amor de identificación. Esta adhesión
o amor se expresa en la praxis y queda autentificada por ella. Así
lo expresan Mateo y Lucas al poner en boca de Jesús que no basta
llamarlo "Señor, Señor", sino que hay que poner
en práctica su mensaje (Mt 7,21; Lc 6,46). Juan lo expresa como
"cumplir los mandamientos de Jesús" (Jn 14,15.21), es
decir, responder con actos concretos de amor a las exigencias que la realidad
va presentando.
Una metáfora usada por los cuatro evangelistas para expresar la
adhesión y su consecuencia la actividad es la del "seguimiento"
(Mc 1,18; 2,14 par.). Seguir a Jesús significa mantener la cercanía
a él mediante un movimiento subordinado al suyo. Es decir, se concibe
a Jesús como a un pionero y a los discípulos como a seguidores
del mismo itinerario.
La adhesión a Jesús no puede imponerse. Nace de modo espontáneo
en el encuentro entre la inquietud y las aspiraciones del hombre y la
persona y proyecto de Jesús. Uno da la adhesión a Jesús
y a su proyecto porque en él ve colmadas sus propias aspiraciones.
Encontrarse con Jesús significa descubrir la felicidad que procura
la práctica de su mensaje (Mt 13,44.46: "tesoro y perla").
Darán la adhesión a Jesús las personas inquietas,
las que no se conforman con la situación en que se encuentran individualmente
ni con la de la sociedad humana, los que sienten ansia de una mayor plenitud
de vida. Los instalados, los seguros, que no desean el cambio, le negarán
su adhesión.
Los evangelios presentan a Jesús como "el Hijo del hombre"
(el Hombre por antonomasia) (Mc 8,31 par.) y el Hijo de Dios (Jn 3,17).
De este modo indican que en Jesús se manifiesta al mismo tiempo
lo que es el hombre y lo que es Dios mismo. Con la expresión "el
Hijo del hombre" se indica el origen humano de Jesús; con
la expresión "el Hijo de Dios", su origen divino. Pero,
según la fuerza del término "hijo" en el estilo
semítico, las expresiones indican, además de origen, el
modo de comportamiento. Jesús es así el paradigma del comportamiento
humano y, al mismo tiempo, la expresión del. comportamiento de
Dios mismo. La unión de las dos denominaciones en la misma persona
indica que la meta del desarrollo humano es la condición divina;
es decir, que el hombre llega a ser plenamente hombre cuando se comporta
como Dios.
En consecuencia, dar la adhesión a Jesús, en quien se realiza
la plenitud del hombre, es dar la adhesión a lo mejor de uno mismo,
al proyecto de hombre pleno que cada uno lleva dentro, y, al mismo tiempo,
es garantía de su realización. Es decir, la fidelidad a
Jesús se identifica con la fidelidad a sí mismo. La adhesión
a Jesús como Hijo de Dios abre al hombre el horizonte pleno de
su propia realización.
El seguimiento no consiste sólo en asumir una doctrina, un proyecto,
unos valores, sino en hacer propia la realidad interna de Jesús,
en tener su mismo Espíritu, sus mismas actitudes. La comunidad
de Espíritu con Jesús crea con él una comunión
vital que Juan formula como la conexión de los sarmientos con la
vid (Jn 15,1-4). Seria absurdo pretender realizar el proyecto de Jesús
sin esa comunión de Espíritu, pues significaría profesar
unos valores sin identificarse al mismo tiempo con el que los encarna
en su persona.
La participación en el principio vital de Jesús hace posible
la realización del proyecto y es garantía de su éxito
(Jn 15,5: "sin mi no podéis hacer nada"). La dependencia
del hombre respecto a Jesús y al Padre se funda en ser el Padre
el origen y la fuente de la vida y Jesús su transmisor (Jn 1,16:
"de su plenitud todos nosotros hemos recibido"); el hombre necesita
estar unido a ellos para gozar de vida plena. La dependencia, sin embargo,
no crea subordinación, porque la comunicación de vida tiene
por efecto potenciar al hombre mismo, desarrollando su autonomía
y su libertad. Como el aire, elemento indispensable para la vida, no limita
la libertad del hombre, sino que la hace posible, así el aliento
de vida divina es el que permite al hombre tener vida y ser libre.
Por otra parte, la vida se identifica con el amor, y éste no existe
más que en la relación. En consecuencia, el seguimiento
no significa sumisión y obediencia, sino colaboración espontánea
(Jn 15,15: "no os llamo siervos, sino amigos"), que nace de
la posesión del mismo Espíritu, de la asunción de
los mismos valores y de la relación de amistad con Jesús.
Esto quiere decir que el seguimiento no supone ninguna disminución
de la dignidad o de la libertad del hombre; al contrario, la adhesión
a Jesús y la participación de su Espíritu hacen al
hombre cada vez más semejante a Jesús, "el Señor",
el libre por excelencia. Ya no se trata de obedecer a Dios ni a Jesús,
sino de ser como ellos.
El crecimiento que produce la adhesión a Jesús desarrolla
las capacidades del hombre, fomenta su creatividad y le permite ir realizando
sus aspiraciones profundas (Jn 4,14).
2.
Una comunidad del Espíritu
Por la adhesión a Jesús, todos y cada uno de los miembros
de la comunidad cristiana participan de su Espíritu (Jn 1,16).
Así, el rasgo propio de la comunidad es poseer una vida que es
la vida/amor de Dios comunicada; ésta se ofrece á los hombres
en Jesús, cuya vida y muerte traducen en lenguaje humano el amor
infinito de Dios.
El Espíritu/vida realiza la presencia del Padre y de Jesús
en el individuo y en la comunidad. Es el modo de presenciapermanente que
sustituye a la presencia corporal de Jesús entre los suyos (Jn
14,16-19). El mismo Jesús pone su presencia a través del
Espíritu por encima de su presencia histórica; en efecto,
dice a sus discípulos: "Os conviene que yo me vaya, pues si
no me voy, el valedor (el Espíritu) no vendrá con vosotros.
En cambio, si me voy, os lo enviaré" (Jn 16,7). De hecho,
la presencia física de Jesús, con su abrumadora superioridad,
podía obstaculizar el desarrollo personal de los suyos, ocasionando
una dependencia infantil; será la identificación interior
con él, producida por la comunidad de Espíritu, la que haga
desarrollarse al cristiano (Jn 14,20: "Aquel día experimentaréis
que yo estoy identificado con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros").
Jesús, más que un modelo exterior, quiere ser un impulso
vital interno en la línea del amor sin límite.
De este modo, el Espíritu es el factor de unidad en la comunidad
cristiana. Es la unidad de vida y amor, que crea la igualdad y desemboca
en la unidad de compromiso. Dentro de la ilimitada diversidad individual
y de la variedad de caracteres y capacidades, hay un único compromiso
de fondo: trabajar para comunicar vida a la humanidad.
Es también el Espíritu el que funda e inspira la oración
de la comunidad. La oración tiene dos aspectos, la unión
con Dios y la petición a Dios. La unión con el Padre y con
Jesús está dada con el Espíritu mismo, que es la
presencia de ambos en el cristiano (Jn 14,23), y la oración cristiana
fundamental consiste en tomar conciencia de esta realidad; si se expresa
con palabras, se traducirá en alabanza y acción de gracias.
Pero también la petición por las necesidades es efecto del
Espíritu, pues no es más que una manifestación del
amor universal que él infunde en el hombre.
En el "Padre nuestro" (Mt 6,9-13), oración que enseñó
Jesús, la unión está supuesta: es ella la que permite
a los cristianos llamar "Padre" a Dios. Lo que Jesús
enseña en esta oración es cómo la comunidad cristiana
debe pedir, estableciendo un orden: las tres primeras peticiones se refieren
a la humanidad entera; las tres últimas, a la comunidad misma.
En la primera parte, los cristianos, que tienen experiencia del reinado
de Dios sobre ellos, es decir, de la comunicación de Espíritu/vida
que crea la relación "Padre-hijos" entre Dios y los hombres,
desean lo mismo para la humanidad entera. Cada petición supone
una experiencia, expresa un deseo e implica el compromiso con una actividad
que contribuya a realizarlo (Mt 5,9). "Proclámese ese nombre
tuyo" pide que la humanidad comprenda que Dios es Padre dador de
vida (Mt 5,16), y que sólo él puede satisfacer su aspiración
profunda. "Llegue tu reinado" pide para los hombres el don del
Espíritu/vida, que presupone la opción por el amor universal,
la opción por Dios y contra el dinero (Mt 5,3). "Realícese
en la tierra tu designio del cielo" expresa el deseo de una sociedad
humana nueva, justa y fraterna (Mt 5,6), que es el designio divino, el
reino de Dios.
En la segunda parte, la comunidad cristiana pide por sí misma ("nuestro",
"nosotros"), para estar a la altura de su misión en el
mundo. "Nuestro pan del mañana dánoslo hoy" expresa
el deseo de que la unión, amor y alegría propios del banquete
("pan") prometido para el futuro ("del mañana"),
símbolo de la etapa final del reino de Dios, sean realidad en la
comunidad presente. "Perdónanos nuestras deudas, etc."
expresa el deseo de que el Padre derrame continuamente su amor/perdón
sobre la comunidad y sus miembros, puesto que éstos se comprometen
a manifestar su amor/perdón a todo el que los ofende. "No
nos dejes ceder a la tentación, sino líbranos del Malo"
pide que la comunidad sepa resistir las tentaciones que venció
Jesús: la de buscar el propio provecho en lugar del designio de
Dios, la de actuar irresponsablemente buscando la propia gloria y la de
pretender dominar a los hombres con pretexto de propagar el reinado de
Dios (Mt 4,1-11). Ceder a cualquiera de ellas, dejándose llevar
del "Malo", personificación de la ambición de
poder, haría vana su misión, la sal perdería su sabor
(Mt 5,13).
Otro aspecto en que el Espíritu se manifiesta en la comunidad es
el de los carismas. Un carisma no es simplemente un don caído del
cielo, independiente de las cualidades de la persona. Siendo fruto del
Espíritu/amor, que desarrolla y potencia las cualidades del hombre,
el carisma supone el desarrollo de cualidades existentes en el individuo,
para que éste las ponga al servicio de la humanidad o de la comunidad
cristiana.
Así, el carisma de apóstol desarrolla la capacidad de convocatoria
de un cristiano, haciéndolo idóneo para fundar nuevas comunidades
y educarlas en la fe.
El carisma de profeta supone el aumento de la sensibilidad al Espíritu
y a la historia y el afinamiento de la intuición, que hacen capaz
de percibir el estado de una comunidad en un momento determinado, su sintonía
con el Espíritu o la falta de ella, su necesidad de liberación,
de ánimo, de apertura, de compromiso, las líneas de desarrollo
que, conforme al Espíritu y a la disposición y dotes de
los miembros de la comunidad, se deben proponer. Mediante la profecía,
el Espíritu, a la luz de la novedad de la historia, relee incesantemente
el mensaje de Jesús y va descubriendo sus virtualidades, en respuesta
a las necesidades que van surgiendo (Jn 16, 13). Combina así el
"entonces" del mensaje con el "ahora" de la historia
como lenguaje de Dios, recomponiendo la totalidad de la interpelación
divina.
El evangelista es el animador potenciado por el Espíritu, cuya
predicación en las comunidades levanta el espíritu de éstas
y las estimula a mantener y acrecentar su adhesión al Señor.
El maestro o instructor mantiene vivo en la comunidad el mensaje de Jesús.
La importancia de la instrucción es decisiva, pues la fuerza del
Espíritu es inseparable del cimiento del mensaje. El profeta, inspirado
por el Espíritu, actualiza la enseñanza de Jesús;
el instructor, ayudado por el Espíritu, recuerda y profundiza el
mensaje como tal. Son carismas complementarios.
Cualquier cualidad humana puede transformarse en carisma; así,
1 Cor 12,28s, después de los de "apóstol, profeta y
maestro", añade: "luego hay obras extraordinarias; luego,
dones de curar, asistencias, funciones directivas, diferentes lenguas".
Es de notar la importancia que atribuye el apóstol Pablo a la profecía:
"Esmeraos en el amor mutuo; ambicionad también las manifestaciones
del Espíritu, sobre todo el hablar inspirados/ejercer la profecía"
(1 Cor 14,1), suponiendo, además, que en la comunidad cristiana
todos son capaces de ella: "Si todos hablan inspirados y entra un
no creyente... " (14, 24; cf. Mt 5,12: "los profetas que os
han precedido"). De hecho, la profecía o mensaje inspirado
constituye la enseñanza permanente de Jesús a la comunidad,
aplicando el mensaje al estado y a las circunstancias en que ésta
vive. De ahí que, para fundar y discernir la verdadera profecía
haga falta el recuerdo incesante del mensaje de Jesús.
Si
el Espíritu/amor une y asimila a Jesús, es claro que no
solamente forma y da vida a la comunidad, sino que, del mismo modo, impulsa
a la misión, que es la continuación de la obra empezada
por Jesús. Es más, el amor universal que es el Espíritu
lleva necesariamente a trabajar por el bien de la humanidad y a hacer
penetrar en ella el modelo de hombre y de sociedad propuestos por Jesús.
Por eso, en Jn 20,21s, el envío para la misión sigue inmediatamente
el don del Espíritu. Este, siendo amor, impulsa al compromiso con
la humanidad; siendo vida, puede comunicarla a los hombres; siendo fuerza,
sostiene en las dificultades y en la persecución (Mc 13,11: "Cuando
os conduzcan para entregaros, no os preocupéis por lo que vais
a decir, sino aquello que se os comunique en aquella hora, decidlo, pues
no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo").
De hecho, en medio de la persecución, el Espíritu impide
que la comunidad se acobarde o se sienta culpable por no aceptar los valores
de la sociedad injusta que la juzga y la condena. El Espíritu le
hace ver que, a pesar de la descalificación que sobre ella pesa,
en Jesús está la vida y en el sistema la muerte (Jn 16,8-11).
3.
Una comunidad de hombres libres
En la época de Jesús, comer recostado era privilegio de
los hombres libres; en ninguna ocasión se permitía a un
esclavo o a un siervo adoptar esa postura para comer. Por eso en la cena
pascual judía se comía recostado, como símbolo de
la libertad obtenida para Israel con el éxodo de Egipto. Es notable
que, en los evangelios, cuando Jesús aparece comiendo con sus seguidores,
se indique siempre que lo hacen recostados a la mesa. Así lo señala
Marcos en la comida de Jesús con sus discípulos y los numerosos
recaudadores y descreídos que lo seguían (Mc 2,15 par.).
Lo mismo en la última cena (Mc 14,18 par.; Jn 13,12.23) y en la
descripción de la nueva sociedad futura (el banquete del Reino),
que integrará a los paganos (Mt 8,11).
La libertad propia de los seguidores de Jesús se debe a que en
la nueva comunidad todos poseen el mismo Espíritu, que establece
en cada uno la relación de hijo respecto a Dios Padre. Esta relación
excluye el temor (1 Jn 4,18: "En el amor no existe temor...; quien
siente temor aún no está realizado en el amor"), pues
el Padre no pide la sumisión y la obediencia; lo que espera y desea
(Jn 4,23) es la semejanza de sus hijos con él (Mt 5,48: "sed
buenos del todo, como es bueno vuestro Padre del cielo"). La experiencia
de Dios como Padre, no ya como Soberano, crea la libertad fundamental
del cristiano, liberándolo de toda esclavitud y sumisión
(Jn 8, 32.36). Esta condición se refleja en la comunidad cristiana,
donde no hay unos que manden y otros que obedezcan, unos que estén
por encima y otros por debajo; la relación mutua es la de amistad
(3 Jn 15).
Así lo afirma Jesús cuando le reprochan no seguir la tradición
de los maestros espirituales, que imponían a sus discípulos
rígidas observancias ascéticas (Mc 2,18: el ayuno). Para
Jesús, el clima festivo que debe existir en su comunidad (comparación
con la boda) excluye la tristeza del ayuno, y el vínculo que une
a los suyos con él no es el de la obediencia, sino el de la amistad
(Mc 2,19 par.: "los amigos del novio/esposo"; Lc 12,4; Jn 15,15).
Jesús, por tanto, no quiere que sus discípulos mantengan
respecto de él una dependencia infantil, sino que los quiere hombres
adultos, autónomos, responsables de su vida y de su actividad.
El mensaje mismo no se proclama simplemente como mensaje de Jesús,
el cristiano lo presenta al mismo tiempo como propio, porque lo ha hecho
suyo (Jn 17,20). No se propone algo aprendido, sino algo vitalmente asimilado.
Las opciones del cristiano no se hacen porque lo haya dicho Jesús,
sino porque, iluminado por él, el hombre comprende que son la única
vía para su pleno desarrollo y para crear una sociedad justa. No
significan, por tanto, una carga, sino una alegría: la que nace
de haber encontrado la respuesta a las aspiraciones profundas del ser
humano (Mt 13,44-46).
La experiencia de libertad propia de Jesús y los suyos ha de ser
comunicada a los demás hombres. Por eso, en los episodios de los
panes, Jesús, o los discípulos por encargo suyo, hacen que
la gente se recueste en la hierba o en el suelo para comer (Mc 6,39 par.;
8,6 par.), significando con ello la libertad a la que están llamados.
En el Evangelio de Juan, sólo cuando están recostados como
hombres libres dejan de ser "multitud" (Jn 6,5), para convertirse
en "hombres adultos" (Jn 6,10).
4.
Una comunidad de iguales
La igualdad fundamental de los miembros de la comunidad de Jesús
la ilustra Mateo en la parábola de los jornaleros de la viña
(19,30-20,16). La parábola muestra claramente que todos los llamados
a trabajar por una humanidad nueva ("la viña", símbolo
del reino de Dios) reciben el mismo jornal, con independencia del momento
de la llamada y de la fatiga de la labor. Ese jornal igual para todos
es figura del Espíritu/vida que recibe cada miembro de la comunidad
como fruto de su labor, de su opción y dedicación.
Según la parábola, en la nueva comunidad el trabajo no ha
de hacerse en vista de la recompensa, sino por voluntad de servicio, como
fruto espontáneo del Espíritu/amor. No se trabaja para crear
desigualdad, sino para procurar la igualdad entre los hombres, y ésta
debe ser patente en la comunidad cristiana. La cantidad o calidad del
trabajo o del servicio, la antigüedad, el mayor rendimiento, no han
de crear situaciones de privilegio ni ser fuente de mérito, pues
este servicio debe ser la respuesta desinteresada a un llamamiento gratuito.
Jesús mismo establece un vínculo de igualdad con los suyos
al llamarlos "amigos" (Mc 2,17 par.; Lc 12,4; Jn 15,15) y "hermanos"
(Mc 3,35 par.; Mt 28,10; Jn 20,17). Por eso no consiente nada que cree
desigualdad entre sus seguidores (Mt 23,8-10).
La igualdad no se opone, sin embargo, a la organización de la comunidad,
imprescindible en cuanto ésta pretenda desarrollar alguna actividad
interna o externa. La organización se basa precisamente en la realidad
de los carismas, es decir, en las dotes naturales o adquiridas de los
miembros, potenciadas por el Espíritu y puestas al servicio del
amor. El carisma de cada uno, reconocido por la comunidad, lo capacita
para desempeñar determinadas funciones en el grupo y dirigir determinadas
actividades. Hay que tener en cuenta que la organización es funcional,
no constituye institución fija y permanente; su criterio es la
necesidad o conveniencia, en función sobre todo de la misión.
Y hay que tener siempre presente que, en la comunidad cristiana, las cualidades
personales o la responsabilidad que se asume no otorgan superioridad.
La diferencia no crea rango.
5.
Una comunidad abierta a todos
Características particulares de la sociedad judía eran la
compartimentación y la marginación que existían dentro
de ella y su sentimiento de superioridad frente a los demás pueblos;
éste la llevaba a un orgulloso distanciamiento, justificado teológicamente
por su calidad de "pueblo elegido" por Dios. Las causas de la
marginación tenían siempre un motivo o, al menos, un pretexto
religioso.
El exclusivismo nacionalista judío respecto a los demás
pueblos puede parecer un problema anacrónico. Sin embargo, en la
historia se crean nuevos "pueblos elegidos".
Tal
es el caso, en nuestros días, de los nacionalismos que afirman
una peculiaridad con visos de superioridad o que pretenden aislarse en
lo propio, creando barreras a la comunicación humana. Ya a escala
planetaria, es el caso del llamado "primer mundo" respecto a
los pueblos pobres de la tierra. Al igual que la nación judía
de antaño, "el primer mundo" considera natural ser destinatario
de "las bendiciones divinas", bienestar, riqueza y hegemonía,
mientras no pocas veces permanece indiferente ante la suerte de los pueblos
"no elegidos". Penetrado de su sentimiento de superioridad,
propone a los demás pueblos su modelo de sociedad, cuando su conducta
con ellos demuestra su insolidaridad y la explotación que ejerce.
Contra el particularismo y exclusivismo de la sociedad judía de
su tiempo, Jesús abre las puertas a todos los marginados de dentro
y de fuera de ella. Se acerca a las categorías socialmente despreciadas,
en particular a los descreídos, llamados "pecadores"
por los observantes de la Ley. No sólo se acerca a ellos, sino
que los invita a formar parte de su grupo (Mc 2,14 par.), que aparecerá
compuesto por hombres procedentes del sistema religioso y por otros excluidos
por éste.
Así aparece en el banquete que se celebra después de¡
llamamiento de Leví, el recaudador/pecador, representante de esta
clase marginada. A la mesa, junto con Jesús y sus discípulos
(los seguidores procedentes del judaísmo) se van recostando en
pie de igualdad los recaudadores y descreídos que se han visto
aceptados en la persona de Leví (Mc 2,15). Este banquete es figura
de la comunidad universal de Jesús, pues detrás de los descreídos
israelitas se adivina el horizonte de los paganos, los "descreídos"
por antonomasia para los judíos.
No afirma Jesús solamente la igualdad entre los hombres, sino también
la igualdad entre los pueblos. La aceptación de los paganos y su
integración en la sociedad nueva está expresada por Marcos
en el episodio del paralítico (2,1-13). En él, cuatro portadores
(en relación con los cuatro puntos cardinales) (2,3) representan
a la humanidad que se acerca a Jesús ávida de salvación;
el paralítico representa a la misma humanidad, que, por su estado
de muerte/pecado (parálisis), necesita ser salvada. En contra del
desprecio y la hostilidad del judaísmo por los pueblos paganos,
destinados, según la teología oficial, a ser sometidos a
Israel, la obra de Jesús con ellos consiste en borrar el pasado
de injusticia que los paraliza impidiendo su desarrollo (2,5) y en comunicarles
vida/ Espíritu (2,1 Os) que los capacite para alcanzar la plenitud
humana.
Mateo y Lucas, en los relatos que describen la curación del siervo
del centurión (Mt 8,5-13; Lc 7,1-10), anuncian la salvación
que ofrece el mensaje de Jesús a la humanidad sin distinción
de pueblos, razas o religiones. Juan, por su parte, expresa esta oferta
universal de salvación en el episodio que trata de la curación
del hijo del funcionario real (Jn 4,46b-54). Lo mismo indican Mateo y
Lucas al anunciar la participación en la alegría del banquete
mesiánico (símbolo de la sociedad futura) de hombres procedentes
de los cuatro puntos cardinales, mientras el Israel étnico, que
rechaza el programa universalista de Jesús, queda excluido de él
(Mt 8,10-12; Lc 13,28-30). Esto mismo afirma Jesús en la parábola
de los viñadores homicidas (Mc 12,9 par.) y en la de los invitados
al banquete (Mt 22,1-10; Lc 14,15-24).
El principio que subyace a la praxis de Jesús es que lo importante,
lo decisivo, lo primario, el valor supremo para el hombre es ser persona
humana. La pertenencia a una raza, a una cultura, las diferencias de lengua,
de tradición, de nivel de desarrollo, son aspectos secundarios
que no pueden utilizarse para crear división ni para mostrar superioridad
sobre otros pueblos o naciones. El principio tiene como último
fundamento el ofrecimiento universal del amor de Dios a la humanidad;
todos los hombres están llamados a ser hijos de Dios sin discriminación
ni diferencia alguna. Será misión de los cristianos y de
las comunidades cristianas poner el valor del hombre por encima de todos
los particularismos y oponerse a éstos en la medida en que rompan
la unidad fundamental del género humano o creen obstáculo
a ella.
La carta a los Efesios formula así el plan de Dios para llevar
la historia a su plenitud: "hacer la unidad del universo por medio
del Mesías, de lo terrestre y de lo celeste" (Ef 1, 10); es
la unidad universal, que tiene su fundamento en la unidad de los hombres
("lo terrestre") con Dios ("lo celeste"), de la que
surgirá la nueva relación humana, la del amor. El Mesías
hizo posible la unificación de la humanidad aboliendo precisamente
la Ley judía, que constituía el orgullo de aquel pueblo
y la barrera insalvable que lo separaba del resto de la humanidad (Ef
2,14: "él es nuestra paz; él, que de los dos pueblos
hizo uno y derribó la barrera divisoria, la hostilidad, aboliendo
la ley de los minuciosos preceptos; así, con los dos, creó
en sí mismo una humanidad nueva").
En medio de la humanidad corrompida por la injusticia, el antiguo Israel
debería haber constituido una sociedad justa que diera a conocer
al verdadero Dios. Su misión era centrípeta, es decir, debía
presentar un modelo de sociedad que fuese foco de atracción para
todos los pueblos (Mc 11,17). Esta misión fracasó históricamente;
la sociedad de Israel llegó a ser tan injusta como las demás
(Is 1,10-18; 5,1-7; Jr 2, 1-13; 7; Ez 34, etc.).
En el Evangelio de Marcos, los seguidores de Jesús procedentes
del judaísmo constituyen el Israel mesiánico ("los
Doce", Mc 3,13s). A este nuevo Israel le asigna Jesús una
misión universal, pero esta vez centrífuga, invirtiendo
así la vocación de este pueblo: en vez de ser centro de
atracción, ha de ponerse al servicio activo de la humanidad entera
(Mc 3, 14s). Este hecho se ilustra en el segundo episodio de los panes
(Mc 8,1-9 par.), en el que Jesús encarga a los discípulos
(seguidores procedentes del judaísmo) servir el pan a una multitud
pagana.
Este universalismo de aceptación y de servicio debe ser característico
de la comunidad de Jesús (Mt 28,16-20 par.). Símbolo de
ella es el arbolito de mostaza que echa ramas grandes donde pueden acogerse
"los pájaros del cielo", figura de los hombres de toda
procedencia (Mc 4,30-32 par.).
6.
Una comunidad solidaria
La opción por la pobreza (Mt 5,3), puesta por Jesús como
condición indispensable para dar comienzo a la sociedad alternativa
("el reino de Dios") ha de ser por lo mismo la opción
constituyente de su comunidad (Mt 16,24 par.: "El que quiera venirse
conmigo, que reniegue de sí mismo", es decir, que renuncie
a toda ambición). De ahí la recomendación de Jesús
de que los suyos no acumulen capital ni pongan su confianza en el dinero
(Mt 6,19-21) y la incompatibilidad que establece entre fidelidad a Dios
y culto al dinero (Mt 6,24).
Sin embargo, el hombre no puede vivir sin algún apoyo y seguridad.
Por eso Jesús, frente a la falsa e injusta seguridad que proporciona
la acumulación de dinero, propone una seguridad alternativa, la
del amor del Padre, que se manifiesta en el amor de los hermanos. En efecto,
la comunidad vive de la experiencia del Espíritu, que es la fuerza
de la vida/amor del Padre, y esta experiencia impulsa a cada uno a entregarse
a los demás con un amor semejante. Se crea así un vínculo
múltiple de amor y solidaridad entre los miembros de la comunidad,
que da a ésta su unidad y a cada miembro su seguridad.
Se explica así que Jesús pida a los suyos que no estén
preocupados por los bienes necesarios para la vida, ya que el amor del
Padre, hecho palpable en el amor de los hermanos, se los procurará;
esta nueva seguridad les permite entregarse sin reservas al trabajo por
la justicia (Mt 6,25-34).
De la renuncia a la acumulación de dinero nace la generosidad,
otro de los rasgos característicos de la comunidad de Jesús.
Para él, el valor de la persona se mide precisamente por su esplendidez,
mientras la tacañería la empobrece y la hace miserable (Mt
6,22s). Por eso los suyos han de demostrar su solidaridad en el compartir
generoso, no sólo entre los miembros del grupo, sino igualmente
con los de fuera de él.
Compartiendo se enseña a compartir; tal es la lección que
da Jesús en los episodios de los panes (Mc 6,34-45 par.; 8,1-9
par.). Ante el problema. del hambre de las multitudes, los discípulos
se muestran insolidarios y le piden a Jesús que despida a la gente
para que cada uno se las arregle como pueda (Mc 6,36). Cuando Jesús,
paradójicamente, los invita a que les den ellos mismos de comer,
ponen como objeción la carencia de dinero (Mc 6,37). En respuesta,
Jesús coge todo el alimento que tienen y se lo va dando a los discípulos
para que ellos lo sirvan a la gente (Mc 6,41; 8,6). La abundancia de las
sobras (Mc 6,43; 8,8) muestra la eficacia del compartir. La enseñanza
de estos episodios es que, si hubiera solidaridad, estaría re suelto
el problema del hambre. Y es misión de la comunidad cristiana mostrar
una solidaridad que impulse a los demás hombres a la generosidad.
El compartir es una manifestación del amor; el don del pan quedaría
incompleto y resultaría humillante si no incluyera el don de la
persona. Jesús no pretende que exista entre los hombres una mera
beneficencia material, sino una relación de amor mutuo, que se
exprese en la generosidad del dar.
Por eso, en el Evangelio de Juan, tras el relato de los panes (6,1-15),
Jesús reprocha a la multitud que acuda a él buscando solamente
la satisfacción material, sin haber entendido el amor que él
les había mostrado mediante el reparto del pan (6,26). La gente
se preocupa por el alimento material, que da una vida perecedera, no por
el amor, alimento que hace crecer al hombre y le da una vida sin término
(6,27). Ellos desean depender de alguien que les garantice el sustento
de cada día; están dispuestos a recibir, pero se niegan
a amar. Para Jesús, sin embargo, la solución no está
en el poder de uno (6,15), sino en el amor de todos.
7.
Una comunidad de servicio
Los discípulos de Jesús procedentes del judaísmo
("los Doce") conservaban la mentalidad jerárquica propia
del mundo judío y pretendían erigirse en superiores a los
demás (Mc 9,33b-34). Jesús reacciona poniendo al descubierto
esta actitud y enunciando el principio de que, en su comunidad, "ser
primero", es decir, estar más cerca de él, se obtiene
únicamente por la renuncia a toda ambición de preeminencia
(9, 35: "ser último de todos") y por una actitud de servicio
a todos los miembros de la comunidad ("servidor de todos").
Pone como ejemplo a un seguidor suyo al que Marcos presenta como "criadito"
(9,36a), resumiendo así en su figura los rasgos de "último"
y "servidor". Jesús abraza a este seguidor mostrando
su identificación con él y su cariño (9,36b).
La ambición de los Doce retoña con motivo de la subida a
Jerusalén (Mc 10,32-34). Los Zebedeos piden a Jesús ocupar
los primeros puestos en el reino mesiánico, que, según ellos
esperaban, iba a ser inaugurado por Jesús en la capital (10,37).
La ambición de los dos hermanos provoca la indignación de
los otros miembros del grupo (10,41), que, en el fondo, aspiran a lo mismo.
Jesús aprovecha la ocasión para echarles en cara que el
ideal mesiánico profesado por ellos equivale a cualquier tiranía
de las que se ejercen en la humanidad (10,42).
Insiste a continuación en la actitud propia de sus seguidores:
para "ser primero" hay que ponerse al servicio de todos los
miembros de la comunidad (cf. Mt 23,11; Lc 22, 24-27); para "ser
grande" hay que hacerse "siervo", es decir, hay que solidarizarse
con los oprimidos de la humanidad entera. Por tanto, siguiendo a Jesús,
ningún cristiano ha de exigir servicio dentro de la comunidad,
sino prestarlo, y además ha de estar dispuesto a trabajar sin miedo
alguno por la liberación de los oprimidos (Mc 10,44s par.).
El sentido del servicio a los hombres se encuentra especificado en el
Evangelio de Juan en el relato del lavatorio de los pies (Jn 13,2-17).
En esa escena, Jesús, "el Señor" (13, 13s), se
hace servidor de sus discípulos: se ata un paño a la cintura,
echa agua en un barreño y se pone a lavarles y secarles los pies
(13,4s). Al situarse como servidor, da a los suyos categoría de
"señores", término que, en el Evangelio de Juan,
no designa al que tiene otros a su servicio (15,15), sino al hombre libre
que no está sujeto a nadie. El servicio de Jesús consiste,
por tanto, en dar a los hombres dignidad y libertad; llevándolos
a una condición semejante a la suya. Esta, además, es la
misión que él da a sus discípulos (13,14s). El servicio
de los cristianos a la humanidad no ha de consistir, pues, en una beneficencia
ejercida desde arriba, humillante para el hombre, sino, renunciando a
toda clase de dominio y superioridad, en, desde abajo, ir ayudando a los
hombres a alcanzar su plena dignidad, su estatura humana.
Este servicio no disminuye la dignidad del que. lo presta. Jesús,
al realizarlo, no pierde en ningún momento su condición
de "Señor" (13,13s). En la sociedad, el servicio es interesado
o humillante y, por eso, rebaja al hombre; en cambio, el de Jesús
y los suyos es un servicio por amor, una entrega libre de la propia vida,
que desarrolla y hace crecer a la persona.
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