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SOBRE LA VIDA CONSAGRADA Y SU MISIÓN EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
JUAN
PABLO II
Roma
25 de marzo de 1996
Sentire
cum Ecclesia
46. A la vida consagrada se le asigna también un papel importante a
la luz de la doctrina sobre la Iglesia-comunión, propuesta con tanto
énfasis por el Concilio Vaticano II. Se pide a las personas consagradas
que sean verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la respectiva
espiritualidadcomo « testigos y artífices de aquel ?proyecto
de comunión' que constituye la cima de la historia del hombre según
Dios ».El sentido de la comunión eclesial, al desarrollarse como
una espiritualidad de comunión, promueve un modo de pensar, decir y
obrar, que hace crecer la Iglesia en hondura y en extensión. La vida
de comunión « será así un signo para el mundo y
una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo [...]. De este modo la
comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión
». Más aun, « la comunión genera comunión
y se configura esencialmente como comunión misionera ».n los
fundadores y fundadoras aparece siempre vivo el sentido de la Iglesia, que
se manifiesta en su plena participación en la vida eclesial en todas
sus dimensiones, y en la diligente obediencia a los Pastores, especialmente
al Romano Pontífice. En este contexto de amor a la Santa Iglesia, «
columna y fundamento de la verdad » (1 Tm 3, 15), se comprenden bien
la devoción de Francisco de Asís por « el Señor
Papa »,el filial atrevimiento de Catalina de Siena hacia quien ella
llama « dulce Cristo en la tierra »,la obediencia apostólica
y el sentire cum Ecclesiade Ignacio de Loyola, la gozosa profesión
de fe de Teresa de Jesús: « Soy hija de la Iglesia »;como
también el anhelo de Teresa de Lisieux: « En el corazón
de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor ».Semejantes testimonios
son representativos de la plena comunión eclesial en la que han participado
santos y santas, fundadores y fundadoras, en épocas muy diversas de
la historia y en circunstancias a veces harto difíciles. Son ejemplos
en los que deben fijarse de continuo las personas consagradas, para resistir
a las fuerzas centrífugas y disgregadoras, particularmente activas
en nuestros días.Un aspecto distintivo de esta comunión eclesial
es la adhesión de mente y de corazón al magisterio de los Obispos,
que ha de ser vivida con lealtad y testimoniada con nitidez ante el Pueblo
de Dios por parte de todas las personas consagradas, especialmente por aquellas
comprometidas en la investigación teológica, en la enseñanza,
en publicaciones, en la catequesis y en el uso de los medios de comunicación
social.Puesto que las personas consagradas ocupan un lugar especial en la
Iglesia, su actitud a este respecto adquiere un particular relieve ante todo
el Pueblo de Dios. Su testimonio de amor filial confiere fuerza e incisividad
a su acción apostólica, la cual, en el marco de la misión
profética de todos los bautizados, se caracteriza normalmente por cometidos
que implican una especial colaboración con la jerarquía.De este
modo, con la riqueza de sus carismas, las personas consagradas brindan una
específica aportación a la Iglesia para que ésta profundice
cada vez más en su propio ser, como sacramento « de la unión
íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano ».
La fraternidad en la Iglesia universal
47. Las personas consagradas están llamadas a ser fermento de comunión
misionera en la Iglesia universal por el hecho mismo de que los múltiples
carismas de los respectivos Institutos son otorgados por el Espíritu
para el bien de todo el Cuerpo místico, a cuya edificación deben
servir (cf. 1 Co 12, 4-11). Es significativo que, en palabras del Apóstol,
el « camino más excelente » (1 Co 12, 31), el más
grande de todos, es la caridad (cf. 1 Co 13, 13), la cual armoniza todas las
diversidades e infunde en todos la fuerza del apoyo mutuo en la acción
apostólica. A esto tiende precisamente el peculiar vínculo de
comunión, que las varias formas de vida consagrada y las Sociedades
de vida apostólica tienen con el Sucesor de Pedro en su ministerio
de unidad y de universalidad misionera. La historia de la espiritualidad ilustra
profusamente esta vinculación, poniendo de manifiesto su función
providencial como garantía tanto de la identidad propia de la vida
consagrada, como de la expansión misionera del Evangelio. Sin la contribución
de tantos Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica
—como han hecho notar los Padres sinodales—, sería impensable
la vigorosa difusión del anuncio evangélico, el firme enraizamiento
de la Iglesia en tantas regiones del mundo, y la primavera cristiana que hoy
se constata en las jóvenes Iglesias. Ellos han mantenido firme a través
de los siglos la comunión con los Sucesores de Pedro, los cuales, a
su vez, han encontrado en estos Institutos una actitud pronta y generosa para
dedicarse a la misión, con una disponibilidad que, llegado el caso,
ha alcanzado el verdadero heroísmo.Emerge de este modo el carácter
de universalidad y de comunión que es peculiar de los Institutos de
vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica. Por la connotación
supradiocesana, que tiene su raíz en la especial vinculación
con el ministerio petrino, ellos están también al servicio de
la colaboración entre las diversas Iglesias particulares,en las cuales
pueden promover eficazmente el « intercambio de dones », contribuyendo
así a una inculturación del Evangelio que asume, purifica y
valora la riqueza de las culturas de todos los pueblos.El florecer de vocaciones
a la vida consagrada en las Iglesias jóvenes sigue manifestando hoy
la capacidad que ésta tiene de expresar, en la unidad católica,
las exigencias de los diversos pueblos y culturas.
La vida consagrada y la Iglesia particular
48. Las personas consagradas tienen también un papel significativo
dentro de las Iglesias particulares. Este es un aspecto que, a partir de la
doctrina conciliar sobre la Iglesia como comunión y misterio, y sobre
las Iglesias particulares como porción del Pueblo de Dios, en las que
« está verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo
una, santa, católica y apostólica »,ha sido desarrollado
y regulado por varios documentos sucesivos. A la luz de estos textos aparece
con toda evidencia la importancia que reviste la colaboración de las
personas consagradas con los Obispos para el desarrollo armonioso de la pastoral
diocesana. Los carismas de la vida consagrada pueden contribuir poderosamente
a la edificación de la caridad en la Iglesia particular.Las diversas
formas de vivir los consejos evangélicos son, en efecto, expresión
y fruto de los dones espirituales recibidos por fundadores y fundadoras y,
en cuanto tales, constituyen una « experiencia del Espíritu,
transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada,
profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo
de Cristo en crecimiento perenne ».La índole propia de cada Instituto
comporta un estilo particular de santificación y de apostolado, que
tiende a consolidarse en una determinada tradición caracterizada por
elementos objetivos.Por eso la Iglesia procura que los Institutos crezcan
y se desarrollen según el espíritu de los fundadores y de las
fundadoras, y de sus sanas tradiciones.or consiguiente, se reconoce a cada
uno de los Institutos una justa autonomía, gracias a la cual pueden
tener su propia disciplina y conservar íntegro su patrimonio espiritual
y apostólico. Cometido del Ordinario del lugar es conservar y tutelar
esta autonomía.Se pide por tanto a los Obispos que acojan y estimen
los carismas de la vida consagrada, reservándoles un espacio en los
proyectos de la pastoral diocesana. Deben tener especial solicitud con los
Institutos de derecho diocesano, que están confiados de modo particular
al cuidado del Obispo del lugar. Una diócesis que quedara sin vida
consagrada, además de perder tantos dones espirituales, ambientes apropiados
para la búsqueda de Dios, actividades apostólicas y metodologías
pastorales específicas, correría el riesgo de ver muy debilitado
su espíritu misionero, que es una característica de la mayoría
de los Institutos.Se debe por tanto corresponder al don de la vida consagrada
que el Espíritu suscita en la Iglesia particular, acogiéndolo
con generosidad y con sentimientos de gratitud al Señor.
Una fecunda y ordenada comunión eclesial
49. El Obispo es padre y pastor de toda la Iglesia particular. A él
compete reconocer y respetar cada uno de los carismas, promoverlos y coordinarlos.
En su caridad pastoral debe acoger, por tanto, el carisma de la vida consagrada
como una gracia que no concierne sólo a un Instituto, sino que incumbe
y beneficia a toda la Iglesia. Procurará, pues, sustentar y prestar
ayuda a las personas consagradas, a fin de que, en comunión con la
Iglesia y fieles a la inspiración fundacional, se abran a perspectivas
espirituales y pastorales en armonía con las exigencias de nuestro
tiempo. Las personas consagradas, por su parte, no dejarán de ofrecer
su generosa colaboración a la Iglesia particular según las propias
fuerzas y respetando el propio carisma, actuando en plena comunión
con el Obispo en el ámbito de la evangelización, de la catequesis
y de la vida de las parroquias.Es útil recordar que, a la hora de coordinar
el servicio que se presta a la Iglesia universal y a la Iglesia particular,
los Institutos no pueden invocar la justa autonomía o incluso la exención
de que gozan muchos de ellos,con el fin de justificar decisiones que, de hecho,
contrastan con las exigencias de una comunión orgánica, requerida
por una sana vida eclesial. Es preciso, por el contrario, que las iniciativas
pastorales de las personas consagradas sean decididas y actuadas en el contexto
de un diálogo abierto y cordial entre Obispos y Superiores de los diversos
Institutos. La especial atención por parte de los Obispos a la vocación
y misión de los distintos Institutos, y el respeto por parte de éstos
del ministerio de los Obispos con una acogida solícita de sus concretas
indicaciones pastorales para la vida diocesana, representan dos formas, íntimamente
relacionadas entre sí, de una única caridad eclesial, que compromete
a todos en el servicio de la comunión orgánica —carismática
y al mismo tiempo jerárquicamente estructurada— de todo el Pueblo
de Dios.
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