CARTA APOSTÓLICA AL CONCLUIR EL GRAN JUBILEO DEL AÑO 2000
JUAN
PABLO II
6
de enero de 2001
INDICE
Al comienzo del nuevo milenio
I. EL ENCUENTRO CON CRISTO, HERENCIA DEL GRAN JUBILEO
La plenitud de los tiempos
Purificación de la memoria
Los testigos de la fe
Iglesia peregrina
Los jóvenes
Peregrinos de diversas clases
Congreso Eucarístico Internacional
La dimensión ecuménica
La peregrinación en Tierra Santa
La deuda internacional
Un nuevo dinamismo
II. UN ROSTRO PARA CONTEMPLAR
El testimonio de los Evangelios
El camino de la fe
La profundidad del misterio
Rostro del Hijo
Rostro doliente
Rostro del Resucitado
III. CAMINAR DESDE CRISTO
La santidad
La oración
La Eucaristía dominical
El sacramento de la Reconciliación
Primacía de la gracia
Escucha de la Palabra
Anuncio de la Palabra
IV. TESTIGOS DEL AMOR
Espiritualidad de comunión
Variedad de vocaciones
El campo ecuménico
Apostar por la caridad
Retos actuales
Un signo concreto
Diálogo y misión
A la luz del Concilio
CONCLUSIÓN
¡Duc in altum!
A los Obispos,
a los sacerdotes y diáconos,
a los religiosos y religiosas y
a todos los fieles laicos.
1. AL COMIENZO DEL NUEVO MILENIO, mientras se cierra el Gran Jubileo en
el que hemos celebrado los dos mil años del nacimiento de Jesús
y se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro
corazón las palabras con las que un día Jesús, después
de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó
al Apóstol a “remar mar adentro” para pescar: “Duc
in altum” (Lc 5,4). Pedro y los primeros compañeros confiaron
en la palabra de Cristo y echaron las redes. “Y habiéndolo
hecho, recogieron una cantidad enorme de peces” (Lc 5,6).
¡Duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros
y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión
el presente y a abrirnos con confianza al futuro: “Jesucristo es el
mismo, ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8).
La alegría de la Iglesia, que se ha dedicado a contemplar el rostro
de su Esposo y Señor, ha sido grande este año. Se ha convertido,
más que nunca, en pueblo peregrino, guiado por Aquél que es
“el gran Pastor de las ovejas” (Hb 13,20). Con un extraordinario
dinamisno, que ha implicado a todos sus miembros, el Pueblo de Dios, aquí
en Roma, así como en Jerusalén y en todas las Iglesias locales,
ha pasado a través de la “Puerta Santa” que es Cristo.
A él, meta de la historia y único Salvador del mundo, la Iglesia
y el Espíritu Santo han elevado su voz: “Marana tha ? Ven,
Señor Jesús” (cf. Ap 22,17.20; 1 Co 16,22).
Es imposible medir la efusión de gracia que, a lo largo del año,
ha tocado las conciencias. Pero ciertamente, un “río de agua
viva”, aquel que continuamente brota “del trono de Dios y del
Cordero” (cf. Ap 22,1), se ha derramado sobre la Iglesia. Es el agua
del Espíritu Santo que apaga la sed y renueva (cf. Jn 4,14). Es el
amor misericordioso del Padre que, en Cristo, se nos ha revelado y dado
otra vez. Al final de este año podemos repetir, con renovado regocijo,
la antigua palabra de gratitud: “Cantad al Señor porque es
bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 118117,1).
2. Por eso, siento el deber de dirigirme a todos vosotros para compartir
el canto de alabanza. Había pensado en este Año Santo del
dos mil como un momento importante desde el inicio de mi Pontificado. Pensé
en esta celebración como una convocatoria providencial en la cual
la Iglesia, treinta y cinco años después del Concilio Ecuménico
Vaticano II, habría sido invitada a interrogarse sobre su renovación
para asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora.
¿Lo ha logrado el Jubileo? Nuestro compromiso, con sus generosos
esfuerzos y las inevitables fragilidades, está ante la mirada de
Dios. Pero no podemos olvidar el deber de gratitud por las “maravillas”
que Dios ha realizado por nosotros. “Misericordias Domini in aeternum
cantabo” (Sal 8988,2).
Al mismo tiempo, lo ocurrido ante nosotros exige ser considerado y, en cierto
sentido, interpretado, para escuchar lo que el Espíritu, a lo largo
de este año tan intenso, ha dicho a la Iglesia (cf. Ap 2,7.11.17
etc.).
3. Sobre todo, queridos hermanos y hermanas, es necesario pensar en el futuro
que nos espera. Tantas veces, durante estos meses, hemos mirado hacia el
nuevo milenio que se abre, viviendo el Jubileo no sólo como memoria
del pasado, sino como profecía del futuro. Es preciso ahora aprovechar
el tesoro de gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos
y en líneas de acción concretas. Es una tarea a la cual deseo
invitar a todas las Iglesias locales. En cada una de ellas, congregada en
torno al propio Obispo, en la escucha de la Palabra, en la comunión
fraterna y en la “fracción del pan” (cf. Hch 2,42), está
“verdaderamente presente y actúa la Iglesia de Cristo, una,
santa, católica y apostólica”.1 Es especialmente en
la realidad concreta de cada Iglesia donde el misterio del único
Pueblo de Dios asume aquella especial configuración que lo hace adecuado
a todos los contextos y culturas.
Este encarnarse de la Iglesia en el tiempo y en el espacio refleja, en definitiva,
el movimiento mismo de la Encarnación. Es, pues, el momento de que
cada Iglesia, reflexionando sobre lo que el Espíritu ha dicho al
Pueblo de Dios en este especial año de gracia, más aún,
en el período más amplio de tiempo que va desde el Concilio
Vaticano II al Gran Jubileo, analice su fervor y recupere un nuevo impulso
para su compromiso espiritual y pastoral. Con este objetivo, deseo ofrecer
en esta Carta, al concluir el Año Jubilar, la contribución
de mi ministerio petrino, para que la Iglesia brille cada vez más
en la variedad de sus dones y en la unidad de su camino.
I. EL ENCUENTRO CON CRISTO, HERENCIA DEL GRAN JUBILEO
4. “GRACIAS TE DAMOS, SEÑOR, DIOS OMNIPOTENTE” (Ap 11,17).
En la Bula de convocatoria del Jubileo auguraba que la celebración
bimilenaria del misterio de la Encarnación se viviera como un “único
e ininterrumpido canto de alabanza a la Trinidad”2 y a la vez como
camino de reconciliación y como signo de genuina esperanza para quienes
miran a Cristo y a su Iglesia”.3 La experiencia del año jubilar
se ha movido precisamente en estas dimensiones vitales, alcanzando momentos
de intensidad que nos han hecho como tocar con la mano la presencia misericordiosa
de Dios, del cual procede “toda dádiva buena y todo don perfecto”
(St 1,17).
Pienso, sobre todo, en la dimensión de la alabanza. Desde ella se
mueve toda respuesta auténtica de fe a la revelación de Dios
en Cristo. El cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que, satisfecho
no sólo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto
al lado de su criatura, y después de haber hablado muchas veces y
de diversos modos por medio de los profetas, “últimamente,
en estos días, nos ha hablado por medio de su Hijo” (Hb 1,1?2).
¡En estos días! Sí, el Jubileo nos ha hecho sentir que
dos mil años de historia han pasado sin disminuir la actualidad de
aquel “hoy” con el que los ángeles anunciaron a los pastores
el acontecimiento maravilloso del nacimiento de Jesús en Belén:
“Hoy os ha nacido en la ciudad de David un salvador, que es Cristo
el Señor” (Lc 2,11). Han pasado dos mil años, pero permanece
más viva que nunca la proclamación que Jesús hizo de
su misión ante sus atónitos conciudadanos en la Sinagoga de
Nazaret, aplicando a sí mismo la profecía de Isaías:
“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”
(Lc 4,21). Han pasado dos mil años, pero siente siempre consolador
para los pecadores necesitados de misericordia —y ¿quién
no lo es?— aquel “hoy” de la salvación que en la
Cruz abrió las puertas del Reino de Dios al ladrón arrepentido:
“En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso”
(Lc 23,43).
La plenitud de los tiempos
5. La coincidencia de este Jubileo con la entrada en un nuevo milenio, ha
favorecido ciertamente, sin ceder a fantasías milenaristas, la percepción
del misterio de Cristo en el gran horizonte de la historia de la salvación.
¡El cristianismo es la religión que ha entrado en la historia!
En efecto, es sobre el terreno de la historia donde Dios ha querido establecer
con Israel una alianza y preparar así el nacimiento del Hijo del
seno de María, “en la plenitud de los tiempos” (Ga 4,4).
Contemplado en su misterio divino y humano, Cristo es el fundamento y el
centro de la historia, de la cual es el sentido y la meta última.
En efecto, es por medio él, Verbo e imagen del Padre, que “todo
se hizo” (Jn 1,3; cf. Col 1,15). Su encarnación, culminada
en el misterio pascual y en el don del Espíritu, es el eje del tiempo,
la hora misteriosa en la cual el Reino de Dios se ha hecho cercano (cf.
Mc 1,15), más aún, ha puesto sus raíces, como una semilla
destinada a convertirse en un gran árbol (cf. Mc 4,30?32), en nuestra
historia.
“Gloria a ti, Cristo Jesús, hoy y siempre tú reinarás”.
Con este canto, tantas veces repetido, hemos contemplado en este año
a Cristo como nos lo presenta el Apocalipsis: “El Alfa y la Omega,
el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22,13).
Y contemplando a Cristo hemos adorado juntos al Padre y al Espíritu,
la única e indivisible Trinidad, misterio inefable en el cual todo
tiene su origen y su realización.
Purificación de la memoria
6. Para que nosotros pudiéramos contemplar con mirada más
pura el misterio, este Año jubilar ha estado fuertemente caracterizado
por la petición de perdón. Y esto ha sido así no sólo
para cada uno individualmente, que se ha examinado sobre la propia vida
para implorar misericordia y obtener el don especial de la indulgencia,
sino también para toda la Iglesia, que ha querido recordar las infidelidades
con las cuales tantos hijos suyos, a lo largo de la historia, han ensombrecido
su rostro de Esposa de Cristo.
Para este examen de conciencia nos habíamos preparado mucho antes,
conscientes de que la Iglesia, acogiendo en su seno a los pecadores “es
santa y a la vez tiene necesidad de purificación”.4 Unos Congresos
científicos nos han ayudado a centrar aquellos aspectos en los que
el espíritu evangélico, durante los dos primeros milenios,
no siempre ha brillado. ¿Cómo olvidar la conmovedora Liturgia
del 12 de marzo de 2000, en la cual yo mismo, en la Basílica de san
Pedro, fijando la mirada en Cristo Crucificado, me he hecho portavoz de
la Iglesia pidiendo perdón por el pecado de tantos hijos suyos? Esta
“purificación de la memoria” ha reforzado nuestros pasos
en el camino hacia el futuro, haciéndonos a la vez más humildes
y atentos en nuestra adhesión al Evangelio.
Los testigos de la fe
7. Sin embargo, la viva conciencia penitencial no nos ha impedido dar gloria
al Señor por todo lo que ha obrado a lo largo de los siglos, y especialmente
en el siglo que hemos dejado atrás, concediendo a su Iglesia una
gran multitud de santos y de mártires. Para algunos de ellos el Año
jubilar ha sido también el año de su beatificación
o canonización. Respecto a Pontífices bien conocidos en la
historia o a humildes figuras de laicos y religiosos, de un continente a
otro del mundo, la santidad se ha manifestado más que nunca como
la dimensión que expresa mejor el misterio de la Iglesia. Mensaje
elocuente que no necesita palabras, la santidad representa al vivo el rostro
de Cristo.
Mucho se ha trabajado también, con ocasión del Año
Santo, para recoger las memorias preciosas de los Testigos de la fe en el
siglo XX. Los hemos conmemorado el 7 de mayo de 2000, junto con representantes
de otras Iglesias y Comunidades eclesiales, en el sugestivo marco del Coliseo,
símbolo de las antiguas persecuciones. Es una herencia que no se
debe perder y que se ha de trasmitir para un perenne deber de gratitud y
un renovado propósito de imitación.
Iglesia peregrina
8. Siguiendo las huellas de los Santos, se han acercado aquí a Roma,
ante las tumbas de los Apóstoles, innumerables hijos de la Iglesia,
deseosos de profesar la propia fe, confesar los propios pecados y recibir
la misericordia que salva. Mi mirada en este año ha quedado impresionada
no sólo por las multitudes que han llenado la Plaza de san Pedro
durante muchas celebraciones. Frecuentemente me he parado a mirar las largas
filas de peregrinos en espera paciente de cruzar la Puerta Santa. En cada
uno de ellos trataba de imaginar la historia de su vida, llena de alegrías,
ansias y dolores; una historia de encuentro con Cristo y que en el diálogo
con él reemprendía su camino de esperanza.
Observando también el continuo fluir de los grupos, los veía
como una imagen plástica de la Iglesia peregrina, la Iglesia que
está, como dice san Agustín “entre las persecuciones
del mundo y los consuelos de Dios”.5 Nosotros sólo podemos
observar el aspecto más externo de este acontecimiento singular.
¿Quién puede valorar las maravillas de la gracia que se han
dado en los corazones? Conviene callar y adorar, confiando humildemente
en la acción misteriosa de Dios y cantar su amor infinito: “¡Misericordias
Domini in aeternum cantabo!”.
Los jóvenes
9. Los numerosos encuentros jubilares han congregado las más diversas
clases de personas, notándose una participación realmente
impresionante, que a veces ha puesto a prueba el esfuerzo de los organizadores
y animadores, tanto eclesiales como civiles. Deseo aprovechar esta Carta
para expresar a todos ellos mi agradecimiento más cordial. Pero,
además del número, lo que tantas veces me ha conmovido ha
sido constatar el serio esfuerzo de oración, de reflexión
y de comunión que estos encuentros han manifestado.
Y, ¿cómo no recordar especialmente el alegre y entusiasmante
encuentro de los jóvenes? Si hay una imagen del Jubileo del Año
2000 que quedará viva en el recuerdo más que las otras es
seguramente la de la multitud de jóvenes con los cuales he podido
establecer una especie de diálogo privilegiado, basado en una recíproca
simpatía y un profundo entendimiento. Fue así desde la bienvenida
que les di en la Plaza de san Juan de Letrán y en la Plaza de san
Pedro. Después les vi deambular por la Ciudad, alegres como deben
ser los jóvenes, pero también reflexivos, deseosos de oración,
de “sentido” y de amistad verdadera. No será fácil,
ni para ellos mismos, ni para cuantos los vieron, borrar de la memoria aquella
semana en la cual Roma se hizo “joven con los jóvenes”.
No será posible olvidar la celebración eucarística
de Tor Vergata.
Una vez más, los jóvenes han sido para Roma y para la Iglesia
un don especial del Espíritu de Dios. A veces, cuando se mira a los
jóvenes, con los problemas y las fragilidades que les caracterizan
en la sociedad contemporánea, hay una tendencia al pesimismo. Es
como si el Jubileo de los Jóvenes nos hubiera “sorprendido”,
trasmitiéndonos, en cambio, el mensaje de una juventud que expresa
un deseo profundo, a pesar de posibles ambigüedades, de aquellos valores
auténticos que tienen su plenitud en Cristo. ¿No es, tal vez,
Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda
del corazón? ¿No es Cristo el amigo supremo y a la vez el
educador de toda amistad auténtica? Si a los jóvenes se les
presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una
respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es
exigente y marcado por la Cruz. Por eso, vibrando con su entusiasmo, no
dudé en pedirles una opción radical de fe y de vida, señalándoles
una tarea estupenda: la de hacerse “centinelas de la mañana”
(cf. Is 21,11?12) en esta aurora del nuevo milenio.
Peregrinos de diversas clases
10. Obviamente no puedo detenerme en detalles sobre todas las celebraciones
jubilares. Cada una de ellas ha tenido sus características y ha dejado
su mensaje no sólo a los que han asistido directamente, sino también
a los que lo han conocido o han participado a distancia a través
de los medios de comunicación social. Pero, ¿cómo no
recordar el tono festivo del primer gran encuentro dedicado a los niños?
Empezar por ellos significaba, en cierto modo, respetar la exhortación
de Jesús: “Dejad que los niños se acerquen a mí”
(Mc 10,14). Más aún, quizás significaba repetir el
gesto que él hizo cuando “colocó en medio” a un
niño y lo presentó como símbolo mismo de la actitud
que había que asumir, si se quiere entrar en el Reino de Dios (cf.
Mt 18,2?4).
Y así, en cierto sentido, siguiendo las huellas de los niños
han venido a pedir la misericordia jubilar las más diversas clases
de adultos: desde los ancianos a los enfermos y minusválidos, desde
los trabajadores de las oficinas y del campo a los deportistas, desde los
artistas a los profesores universitarios, desde los Obispos y presbíteros
a las personas de vida consagrada, desde los políticos y los periodistas
hasta los militares, venidos para confirmar el sentido de su servicio como
un servicio a la paz.
Gran impacto tuvo el encuentro de los trabajadores, desarrollado el 1 de
mayo dentro de la tradicional fecha de la fiesta del trabajo. A ellos les
pedí que vivieran la espiritualidad del trabajo, a imitación
de san José y de Jesús mismo. Su jubileo me ofreció,
además, la ocasión para lanzar una fuerte llamada a remediar
los desequilibrios económicos y sociales existentes en el mundo del
trabajo, y a gestionar con decisión los procesos de la globalización
económica en función de la solidaridad y del respeto debido
a cada persona humana.
Los niños, con su incontenible comportamiento festivo, volvieron
en el Jubileo de las Familias, en el cual han sido señalados al mundo
como “primavera de la familia y de la sociedad”. Muy elocuente
fue este encuentro jubilar en el cual tantas familias, procedentes de diversas
partes del mundo, vinieron para obtener, con renovado fervor, la luz de
Cristo sobre el proyecto originario de Dios (cf. Mc 10,6?8; Mt 19,4?6).
Ellas se comprometieron a difundirla en una cultura que corre el peligro
de perder, de modo cada vez más preocupante, el sentido mismo del
matrimonio y de la institución familiar.
Entre los encuentros más emotivos está también para
mí el que tuve con los presos de Regina Caeli. En sus ojos leí
el dolor, pero también el arrepentimiento y la esperanza. Para ellos
el Jubileo fue por un motivo muy particular un “año de misericordia”.
Simpático fue, finalmente, en los últimos días del
año, el encuentro con el mundo del espectáculo. A las personas
que trabajan en este sector recordé la gran responsabilidad de proponer,
con la alegre diversión, mensajes positivos, moralmente sanos, capaces
de transmitir confianza y amor a la vida.
Congreso Eucarístico Internacional
11. En la lógica de este Año jubilar, un significado determinante
debía tener el Congreso Eucarístico Internacional. ¡Y
lo tuvo! Si la Eucaristía es el sacrificio de Cristo que se hace
presente entre nosotros, ¿cómo podía su presencia real
no ser el centro del Año Santo dedicado a la encarnación del
Verbo? Precisamente por ello fue previsto como año “intensamente
eucarístico”6 y así hemos procurado vivirlo. Al mismo
tiempo, ¿cómo podía faltar, al lado del recuerdo del
nacimiento del Hijo, el de la Madre? María ha estado presente en
las celebraciones jubilares no sólo por medio de oportunos y cualificados
congresos, sino sobre todo a través del gran Acto de consagración
con el que, rodeado por buena parte del Episcopado mundial, confié
a su solicitud materna la vida de los hombres y de las mujeres del nuevo
milenio.
La dimensión ecuménica
12. Se comprenderá así que hable espontáneamente del
Jubileo visto desde la Sede de Pedro. Sin embargo, no olvido que yo mismo
quise que su celebración tuviese lugar de pleno derecho también
en las Iglesias particulares, y es allí donde la mayor parte de los
fieles han podido obtener las gracias especiales y, en particular, la indulgencia
del Año jubilar. Así pues, es significativo que muchas Diócesis
hayan sentido el deseo de hacerse presentes, con numerosos grupos de fieles,
también aquí en Roma. La Ciudad Eterna ha manifestado, pues,
una vez más su papel providencial de lugar donde las riquezas y los
dones de todas y cada una de las Iglesias, y también de cada nación
y cultura, se armonizan en la “catolicidad”, para que la única
Iglesia de Cristo manifieste de modo cada vez más elocuente su misterio
de sacramento de unidad.7
Había pedido también que, en el programa del Año jubilar,
se prestara una particular atención a la dimensión ecuménica.
¿Qué ocasión más propicia para animar el camino
hacia la plena comunión que la celebración común del
nacimiento de Cristo? Se han llevado a cabo muchos esfuerzos para este objetivo,
y entre ellos destaca el encuentro ecuménico en la Basílica
de San Pablo el 18 de enero de 2000, cuando por primera vez en la historia
una Puerta Santa fue abierta conjuntamente por el Sucesor de Pedro, por
el Primado Anglicano y por un Metropolitano del Patriarcado Ecuménico
de Constantinopla, en presencia de representantes de Iglesias y Comunidades
eclesiales del todo el mundo. En esta misma dirección han ido también
algunos importantes encuentros con Patriarcas ortodoxos y Jerarcas de otras
Confesiones cristianas. Recuerdo, en particular, la reciente visita de S.S.
Karekin II, Patriarca Supremo y Catholicos de todos los Armenios. Además,
muchos fieles de otras Iglesias y Comunidades eclesiales han participado
en los encuentros jubilares de los diversos grupos. El camino ecuménico
es ciertamente laborioso, quizás largo, pero nos anima la esperanza
de estar guiados por la presencia de Cristo resucitado y por la fuerza inagotable
de su Espíritu, capaz de sorpresas siempre nuevas.
La peregrinación en Tierra Santa
13. ¿Cómo no recordar también mi Jubileo personal por
los caminos de Tierra Santa? Habría deseado iniciarlo en Ur de los
Caldeos, para seguir casi prácticamente las huellas de Abraham “nuestro
padre en la fe” (cf. Rm 4,11?16). En cambio, tuve que contentarme
con una etapa únicamente espiritual, mediante la sugestiva “Liturgia
de la palabra” celebrada el 23 de febrero en el Aula Pablo VI. A continuación
tuvo lugar la verdadera peregrinación, siguiendo el itinerario de
la historia de la salvación. Así tuve el gozo de pararme en
el Monte Sinaí, lugar que recuerda la entrega del Decálogo
y de la primera Alianza. Un mes después retomé el camino,
llegando al Monte Nebo y visitando luego los mismos lugares habitados y
santificados por el Redentor. Es difícil expresar la emoción
que experimenté al poder venerar los lugares del nacimiento y de
la vida de Cristo, en Belén y Nazaret, al celebrar la Eucaristía
en el Cenáculo, en el mismo lugar de su institución, al meditar
el misterio de la Cruz sobre el Gólgota, donde él dio su vida
por nosotros. En aquellos lugares, aún tan probados e incluso recientemente
entristecidos por la violencia, pude experimentar una acogida extraordinaria
no sólo por parte de los hijos de la Iglesia, sino también
por parte de las comunidades israelítica y palestina. Grande fue
mi emoción en la oración ante el Muro de las Lamentaciones
y durante la visita al Mausoleo de Yad Vashem, en el recuerdo aterrador
de las víctimas de los campos de exterminio nazis. Aquella peregrinación
fue un momento de fraternidad y de paz, que me complace señalar como
uno de los dones más bellos del acontecimiento jubilar. Pensando
en el clima vivido en aquellos días, expreso el sincero augurio de
una pronta y justa solución de los problemas aún abiertos
en aquellos lugares santos, tan queridos a la vez por los judíos,
los cristianos y los musulmanes.
La deuda internacional
14. El Jubileo ha sido también, —y no podía ser de otro
modo— un gran acontecimiento de caridad. Desde los años preparatorios,
hice una llamada a una mayor y más comprometida atención a
los problemas de la pobreza que aún afligen al mundo. Un significado
particular ha tenido, a este respecto, el problema de la deuda internacional
de los Países pobres. En relación con éstos, un gesto
de generosidad estaba en la lógica misma del Jubileo, que en su originaria
configuración bíblica era precisamente el tiempo en el cual
la comunidad se comprometía a restablecer la justicia y la solidaridad
en las relaciones entre las personas, restituyendo también los bienes
materiales substraídos. Me complace observar que recientemente los
Parlamentos de muchos Estados acreedores han votado una reducción
sustancial de la deuda bilateral que tienen los Países más
pobres y endeudados. Formulo mis votos para que los respectivos Gobiernos
acaten, en breve plazo, estas decisiones parlamentarias. Más problemática
ha resultado, sin embargo, la cuestión de la deuda multilateral,
contraída por Países pobres con los Organismos financieros
internacionales. Es de desear que los Estados miembros de tales organizaciones,
sobre todo los que tienen un mayor peso en las decisiones, logren encontrar
el consenso necesario para llegar a una rápida solución de
una cuestión de la que depende el proceso de desarrollo de muchos
Países, con graves consecuencias para la condición económica
y existencial de tantas personas.
Un nuevo dinamismo
15. Éstos son algunos de los aspectos más sobresalientes de
la experiencia jubilar. Ésta deja en nosotros tantos recuerdos. Pero
si quisiéramos individuar el núcleo esencial de la gran herencia
que nos deja, no dudaría en concretarlo en la contemplación
del rostro de Cristo: contemplado en sus coordenadas históricas y
en su misterio, acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y
en el mundo, confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino.
Ahora tenemos que mirar hacia adelante, debemos “remar mar adentro”,
confiando en la palabra de Cristo: ¡Duc in altum! Lo que hemos hecho
este año no puede justificar una sensación de dejadez y menos
aún llevarnos a una actitud de desinterés. Al contrario, las
experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, empujándonos
a emplear el entusiasmo experimentado en iniciativas concretas. Jesús
mismo nos lo advierte: “Quien pone su mano en el arado y vuelve su
vista atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9,62). En
la causa del Reino no hay tiempo para mirar para atrás, y menos para
dejarse llevar por la pereza. Es mucho lo que nos espera y por eso tenemos
que emprender una eficaz programación pastoral postjubilar.
Sin embargo, es importante que lo que nos propongamos, con la ayuda de Dios,
esté fundado en la contemplación y en la oración. El
nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el
activismo, con el riesgo fácil del “hacer por hacer”.
Tenemos que resistir a esta tentación, buscando “ser”
antes que “hacer”. Recordemos a este respecto el reproche de
Jesús a Marta: “Tú te afanas y te preocupas por muchas
cosas y sin embargo sólo una es necesaria” (Lc 10,41?42). Con
este espíritu, antes de someter a vuestra consideración unas
líneas de acción, deseo haceros partícipes de algunos
puntos de meditación sobre el misterio de Cristo, fundamento absoluto
de toda nuestra acción pastoral.
II. UN ROSTRO PARA CONTEMPLAR
16. “QUEREMOS VER A JESÚS” (Jn 12,21). Esta petición,
hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido
a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también
espiritualmente en nuestros oídos en este Año jubilar. Como
aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro
tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes
de hoy no sólo “hablar” de Cristo, sino en cierto modo
hacérselo “ver”. ¿Y no es quizá cometido
de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia
y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del
nuevo milenio?
Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si
nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro. El
Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente. Al final del
Jubileo, a la vez que reemprendemos el ritmo ordinario, llevando en el ánimo
las ricas experiencias vividas durante este período singular, la
mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor.
El testimonio de los Evangelios
17. La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en
lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta
el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente
en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto
que san Jerónimo afirma con vigor: “Ignorar las Escrituras
es ignorar a Cristo mismo”.8 Teniendo como fundamento la Escritura,
nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es
el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles
(cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra
de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo
tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1).
Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada
en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que
los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención
primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente
comprensible.9
18. En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa
de Jesús según los cánones de la ciencia histórica
moderna. Sin embargo, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento
histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo
recogiendo testimonios fiables (cf. Lc 1,3) y trabajando sobre documentos
sometidos al atento discernimiento eclesial. Sobre la base de estos testimonios
iniciales ellos, bajo la acción iluminada del Espíritu Santo,
descubrieron el dato humanamente desconcertante del nacimiento virginal
de Jesús de María, esposa de José. De quienes lo habían
conocido durante los casi treinta años transcurridos por él
en Nazaret (cf. Lc 3,23), recogieron los datos sobre su vida de “hijo
del carpintero” (Mt 13,55) y también como “carpintero”,
en medio de sus parientes (cf. Mc 6,3). Hablaron de su religiosidad, que
lo movía a ir con los suyos en peregrinación anual al templo
de Jerusalén (cf. Lc 2,41) y sobre todo porque acudía de forma
habitual a la sinagoga de su ciudad (cf. Lc 4,16).
Después los relatos serán más extensos, aún
sin ser una narración orgánica y detallada, en el período
del ministerio público, a partir del momento en que el joven galileo
se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán y, apoyado por el
testimonio de lo alto, con la conciencia de ser el “Hijo amado”
(cf. Lc 3,22), inicia su predicación de la venida del Reino de Dios,
enseñando sus exigencias y su fuerza mediante palabras y signos de
gracia y misericordia. Los Evangelios nos lo presentan así en camino
por ciudades y aldeas, acompañado por doce Apóstoles elegidos
por él (cf. Mc 3,13?19), por un grupo de mujeres que los ayudan (cf.
Lc 8,2?3), por muchedumbres que lo buscan y lo siguen, por enfermos que
imploran su poder de curación, por interlocutores que escuchan, con
diferente eco, sus palabras.
La narración de los Evangelios coincide además en mostrar
la creciente tensión que hay entre Jesús y los grupos dominantes
de la sociedad religiosa de su tiempo, hasta la crisis final, que tiene
su epílogo dramático en el Gólgota. Es la hora de las
tinieblas, a la que seguirá una nueva, radiante y definitiva aurora.
En efecto, las narraciones evangélicas terminan mostrando al Nazareno
victorioso sobre la muerte, señalan la tumba vacía y lo siguen
en el ciclo de las apariciones, en las cuales los discípulos, perplejos
y atónitos antes, llenos de indecible gozo después, lo experimentan
vivo y radiante, y de él reciben el don del Espíritu Santo
(cf. Jn 20,22) y el mandato de anunciar el Evangelio a “todas las
gentes” (Mt 28,19).
El camino de la fe
19. “Los discípulos se alegraron de ver al Señor”
(Jn 20,20). El rostro que los Apóstoles contemplaron después
de la resurrección era el mismo de aquel Jesús con quien habían
vivido unos tres años, y que ahora los convencía de la verdad
asombrosa de su nueva vida mostrándoles “las manos y el costado”
(ibíd.). Ciertamente no fue fácil creer. Los discípulos
de Emaús creyeron sólo después de un laborioso itinerario
del espíritu (cf. Lc 24,13?35). El apóstol Tomás creyó
únicamente después de haber comprobado el prodigio (cf. Jn
20,24?29). En realidad, aunque se viese y se tocase su cuerpo, sólo
la fe podía franquear el misterio de aquel rostro. Ésta era
una experiencia que los discípulos debían haber hecho ya en
la vida histórica de Cristo, con las preguntas que afloraban en su
mente cada vez que se sentían interpelados por sus gestos y por sus
palabras. A Jesús no se llega verdaderamente más que por la
fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el Evangelio
en la bien conocida escena de Cesarea de Filipo (cf. Mt 16,13?20). A los
discípulos, como haciendo un primer balance de su misión,
Jesús les pregunta quién dice la “gente” que es
él, recibiendo como respuesta: “Unos, que Juan el Bautista;
otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas”
(Mt 16,14). Respuesta elevada, pero distante aún —¡y
cuánto!— de la verdad. El pueblo llega a entrever la dimensión
religiosa realmente excepcional de este rabbí que habla de manera
fascinante, pero que no consigue encuadrarlo entre los hombres de Dios que
marcaron la historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy
distinto! Es precisamente este ulterior grado de conocimiento, que atañe
al nivel profundo de su persona, lo que él espera de los “suyos”:
“Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” (Mt
16,15). Sólo la fe profesada por Pedro, y con él por la Iglesia
de todos los tiempos, llega realmente al corazón, yendo a la profundidad
del misterio: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”
(Mt 16,16).
20. ¿Cómo llegó Pedro a esta fe? ¿Y qué
se nos pide a nosotros si queremos seguir de modo cada vez más convencido
sus pasos? Mateo nos da una indicación clarificadora en las palabras
con que Jesús acoge la confesión de Pedro: “No te ha
revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los
cielos” (16,17). La expresión “carne y sangre”
evoca al hombre y el modo común de conocer. Esto, en el caso de Jesús,
no basta. Es necesaria una gracia de “revelación” que
viene del Padre (cf. ibíd.). Lucas nos ofrece un dato que sigue la
misma dirección, haciendo notar que este diálogo con los discípulos
se desarrolló mientras Jesús “estaba orando a solas”
(Lc 9,18). Ambas indicaciones nos hacen tomar conciencia del hecho de que
a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos
sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia.
Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el
horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento
más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio, que tiene
su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista
Juan: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).
La profundidad del misterio
21. ¡La Palabra y la carne, la gloria divina y su morada entre los
hombres! En la unión íntima e inseparable de estas dos polaridades
está la identidad de Cristo, según la formulación clásica
del Concilio de Calcedonia (a. 451): “Una persona en dos naturalezas”.
La persona es aquélla, y sólo aquélla, la Palabra eterna,
el hijo del Padre. Sus dos naturalezas, sin confusión alguna, pero
sin separación alguna posible, son la divina y la humana.10
Somos conscientes de los límites de nuestros conceptos y palabras.
La fórmula, aunque siempre humana, está sin embargo expresada
cuidadosamente en su contenido doctrinal y nos permite asomarnos, en cierto
modo, a la profundidad del misterio. Ciertamente, ¡Jesús es
verdadero Dios y verdadero hombre! Como el apóstol Tomás,
la Iglesia está invitada continuamente por Cristo a tocar sus llagas,
es decir, a reconocer la plena humanidad asumida en María, entregada
a la muerte, transfigurada por la resurrección: “Acerca aquí
tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado”
(Jn 20,27). Como Tomás, la Iglesia se postra ante Cristo resucitado,
en la plenitud de su divino esplendor, y exclama perennemente: ¡”Señor
mío y Dios mío”! (Jn 20,28).
22. “La Palabra se hizo carne” (Jn 1,14). Esta espléndida
presentación joánica del misterio de Cristo está confirmada
por todo el Nuevo Testamento. En este sentido se sitúa también
el apóstol Pablo cuando afirma que el Hijo de Dios nació de
la estirpe de David “según la carne” (Rm 1,3; cf. 9,5).
Si hoy, con el racionalismo que reina en gran parte de la cultura contemporánea,
es sobre todo la fe en la divinidad de Cristo lo que constituye un problema,
en otros contextos históricos y culturales hubo más bien la
tendencia a rebajar o desconocer el aspecto histórico concreto de
la humanidad de Jesús. Pero para la fe de la Iglesia es esencial
e irrenunciable afirmar que realmente la Palabra “se hizo carne”
y asumió todas las características del ser humano, excepto
el pecado (cf. Hb 4,15). En esta perspectiva, la Encarnación es verdaderamente
una kenosis, un “despojarse”, por parte del Hijo de Dios, de
la gloria que tiene desde la eternidad (cf. Flp 2,6?8; 1 P 3,18).
Por otra parte, este rebajarse del Hijo de Dios no es un fin en sí
mismo; tiende más bien a la plena glorificación de Cristo,
incluso en su humanidad. “Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó
un Nombre sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla
se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese
que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre”
(Flp 2,9?11).
23. “Señor, busco tu rostro” (Sal 2726,8). El antiguo
anhelo del Salmista no podía recibir una respuesta mejor y sorprendente
más que en la contemplación del rostro de Cristo. En él
Dios nos ha bendecido verdaderamente y ha hecho “brillar su rostro
sobre nosotros” (Sal 6766,3). Al mismo tiempo, Dios y hombre como
es, Cristo nos revela también el auténtico rostro del hombre,
“manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”.11
Jesús es el “hombre nuevo” (cf. Ef 4,24; Col 3,10) que
llama a participar de su vida divina a la humanidad redimida. En el misterio
de la Encarnación están las bases para una antropología
que es capaz de ir más allá de sus propios límites
y contradicciones, moviéndose hacia Dios mismo, más aún,
hacia la meta de la “divinazación”, a través de
la incorporación a Cristo del hombre redimido, admitido a la intimidad
de la vida trinitaria. Sobre esta dimensión salvífica del
misterio de la Encarnación los Padres han insistido mucho: sólo
porque el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, el hombre puede, en
él y por medio de él, llegar a ser realmente hijo de Dios.12
Rostro del Hijo
24. Esta identidad divino?humana brota vigorosamente de los Evangelios,
que nos ofrecen una serie de elementos gracias a los cuales podemos introducirnos
en la “zona?límite” del misterio, representada por la
autoconciencia de Cristo. La Iglesia no duda de que en su narración
los evangelistas, inspirados por el Espíritu Santo, captaran correctamente,
en las palabras pronunciadas por Jesús, la verdad que él tenía
sobre su conciencia y su persona. JNo es quizás esto lo que nos quiere
decir Lucas, recogiendo las primeras palabras de Jesús, apenas con
doce años, en el templo de Jerusalén? Entonces él aparece
ya consciente de tener una relación única con Dios, como es
la propia del “hijo”. En efecto, a su Madre, que le hace notar
la angustia con que ella y José lo han buscado, Jesús responde
sin dudar: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais
que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2,49). No es
de extrañar, pues, que, en la madurez, su lenguaje expresara firmemente
la profundidad de su misterio, como está abundantemente subrayado
tanto por los Evangelios sinópticos (cf. Mt 11,27; Lc 10,22), como
por el evangelista Juan. En su autoconciencia Jesús no tiene dudas:
“El Padre está en mí, y yo en el Padre” (Jn 10,38).
Aunque sea lícito pensar que, por su condición humana que
lo hacía crecer “en sabiduría, en estatura y en gracia”
(Lc 2,52), la conciencia humana de su misterio progresa también hasta
la plena expresión de su humanidad glorificada, no hay duda de que
ya en su existencia terrena Jesús tenía conciencia de su identidad
de Hijo de Dios. Juan lo subraya llegando a afirmar que, en definitiva,
por esto fue rechazado y condenado. En efecto, buscaban matarlo, “porque
no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su
propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios” (Jn
5,18). En el marco de Getsemaní y del Gólgota, la conciencia
humana de Jesús se verá sometida a la prueba más dura.
Pero ni siquiera el drama de la pasión y muerte conseguirá
afectar su serena seguridad de ser el Hijo del Padre celestial.
Rostro doliente
25. La contemplación del rostro de Cristo nos lleva así a
acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como
se ve en la hora extrema, la hora de la Cruz. Misterio en el misterio, ante
el cual el ser humano ha de postrarse en adoración.
Pasa ante nuestra mirada la intensidad de la escena de la agonía
en el huerto de los Olivos. Jesús, abrumado por la previsión
de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual y
tierna expresión de confianza: “¡Abbá, Padre!”.
Le pide que aleje de él, si es posible, la copa del sufrimiento (cf.
Mc 14,36). Pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo.
Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no
sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del “rostro”
del pecado. “Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros,
para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2
Co 5,21).
Nunca acabaremos de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la
aspereza de esta paradoja la que emerge en el grito de dolor, aparentemente
desesperado, que Jesús da en la cruz: ““Eloí,
Eloí, ¿lema sabactaní?” —que quiere decir—
“¡Dios mío, Dios mío! Jpor qué me has abandonado?”“
(Mc 15,34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad
más densa? En realidad, el angustioso “por qué”
dirigido al Padre con las palabras iniciales del Salmo 22, aun conservando
todo el realismo de un dolor indecible, se ilumina con el sentido de toda
la oración en la que el Salmista presenta unidos, en un conjunto
conmovedor de sentimientos, el sufrimiento y la confianza. En efecto, continúa
el Salmo: “En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú
los liberaste... ¡No andes lejos de mí, que la angustia está
cerca, no hay para mí socorro!” (2221, 5.12).
26. El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no
delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que
ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos. Mientras
se identifica con nuestro pecado, “abandonado” por el Padre,
él se “abandona” en las manos del Padre. Fija sus ojos
en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo
él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad ve límpidamente
la gravedad del pecado y sufre por esto. Sólo él, que ve al
Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir
con el pecado a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo,
su pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teológica
no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez
la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría
y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia
de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada
realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática.
27. Ante este misterio, además de la investigación teológica,
podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la “teología
vivida” de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas
que permiten acoger más fácilmente la intuición de
la fe, y esto gracias a las luces particulares que algunos de ellos han
recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia
que ellos mismos han hecho de los terribles estados de prueba que la tradición
mística describe como “noche oscura”. Muchas veces los
Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús en la
cruz en la paradójica confluencia de felicidad y dolor. En el Diálogo
de la Divina Providencia Dios Padre muestra a Catalina de Siena cómo
en las almas santas puede estar presente la alegría junto con el
sufrimiento: “Y el alma está feliz y doliente: doliente por
los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto
de la caridadque ha recibido en sí misma. Ellos imitan al Cordero
inmaculado, a mi Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz estaba
feliz y doliente”.13 Del mismo modo Teresa de Lisieux vive su agonía
en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma
precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: “Nuestro
Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías
de la Trinidad, sin embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio,
pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, comprendo algo”.14
Es un testimonio muy claro. Por otra parte, la misma narración de
los evangelistas da lugar a esta percepción eclesial de la conciencia
de Cristo cuando recuerda que, aun en su profundo dolor, él muere
implorando el perdón para sus verdugos (cf. Lc 23,34) y expresando
al Padre su extremo abandono filial: “Padre, en tus manos pongo mi
espíritu” (Lc 23,46).
Rostro del Resucitado
28. Como en el Viernes y en el Sábado Santo, la Iglesia permanece
en la contemplación de este rostro ensangrentado, en el cual se esconde
la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta contemplación
del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él
es el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación
y vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14). La resurrección fue la respuesta
del Padre a la obediencia de Cristo, como recuerda la Carta a los Hebreos:
“El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos
y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía
salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo
Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado
a la perfección, se convirtió en causa de salvación
eterna para todos los que le obedecen” (5,7?9).
La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de
Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando,
con comprensible temor, su amor a Cristo: “Tú sabes que te
quiero” (Jn 21,15.17). Lo hace unida a Pablo, que lo encontró
en el camino de Damasco y quedó impactado por él: “Para
mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1,21).
Después de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia
los vive como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo ella, su
Esposa, contempla su tesoro y su alegría. “Dulcis Iesu memoria,
dans vera cordis gaudia”: ¡cuán dulce es el recuerdo
de Jesús, fuente de verdadera alegría del corazón!
La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar
a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él “es el
mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8).
III. CAMINAR DESDE CRISTO
29. “HE AQUÍ QUE YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS
HASTA EL FIN DEL MUNDO” (Mt 28,20). Esta certeza, queridos hermanos
y hermanas, ha acompañado a la Iglesia durante dos milenios y se
ha avivado ahora en nuestros corazones por la celebración del Jubileo.
De ella debemos sacar un renovado impulso en la vida cristiana, haciendo
que sea, además, la fuerza inspiradora de nuestro camino. Conscientes
de esta presencia del Resucitado entre nosotros, nos planteamos hoy la pregunta
dirigida a Pedro en Jerusalén, inmediatamente después de su
discurso de Pentecostés: “¿Qué hemos de hacer,
hermanos?” (Hch 2,37).
Nos lo preguntamos con confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los problemas.
No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una
fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro
tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí
una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!
No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe.
Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva.
Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar
e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él
la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es
un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene
cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una
comunicación eficaz.
Sin embargo, es necesario que el programa formule orientaciones pastorales
adecuadas a las condiciones de cada comunidad. El Jubileo nos ha ofrecido
la oportunidad extraordinaria de dedicarnos, durante algunos años,
a un camino de unidad en toda la Iglesia, un camino de catequesis articulada
sobre el tema trinitario y acompañada por objetivos pastorales orientados
hacia una fecunda experiencia jubilar. Doy las gracias por la cordial adhesión
con la que ha sido acogida la propuesta que hice en la Carta apostólica
Tertio millennio adveniente. Sin embargo, ahora ya no estamos ante una meta
inmediata, sino ante el mayor y no menos comprometedor horizonte de la pastoral
ordinaria. Dentro de las coordenadas universales e irrenunciables, es necesario
que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en
la historia de cada comunidad eclesial, como siempre se ha hecho. En las
Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas
concretas —objetivos y métodos de trabajo, de formación
y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios
necesarios— que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas,
modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de
los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura.
Por tanto, exhorto ardientemente a los Pastores de las Iglesias particulares
a que, ayudados por la participación de los diversos sectores del
Pueblo de Dios, señalen las etapas del camino futuro, sintonizando
las opciones de cada Comunidad diocesana con las de las Iglesias colindantes
y con las de la Iglesia universal.
Dicha sintonía será ciertamente más fácil por
el trabajo colegial, que ya se ha hecho habitual, desarrollado por los Obispos
en las Conferencias episcopales y en los Sínodos. ¿No ha sido
éste quizás el objetivo de las Asambleas de los Sínodos,
que han precedido la preparación al Jubileo, elaborando orientaciones
significativas para el anuncio actual del Evangelio en los múltiples
contextos y las diversas culturas? No se debe perder este rico patrimonio
de reflexión, sino hacerlo concretamente operativo.
Nos espera, pues, una apasionante tarea de renacimiento pastoral. Una obra
que implica a todos. Sin embargo, deseo señalar, como punto de referencia
y orientación común, algunas prioridades pastorales que la
experiencia misma del Gran Jubileo ha puesto especialmente de relieve ante
mis ojos.
La santidad
30. En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe
situarse el camino pastoral es el de la santidad. ¿Acaso no era éste
el sentido último de la indulgencia jubilar, como gracia especial
ofrecida por Cristo para que la vida de cada bautizado pudiera purificarse
y renovarse profundamente?
Espero que, entre quienes han participado en el Jubileo, hayan sido muchos
los beneficiados con esta gracia, plenamente conscientes de su carácter
exigente. Terminado el Jubileo, empieza de nuevo el camino ordinario, pero
hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia
pastoral.
Conviene además descubrir en todo su valor programático el
capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium
sobre la Iglesia, dedicado a la “vocación universal a la santidad”.
Si los Padres conciliares concedieron tanto relieve a esta temática
no fue para dar una especie de toque espiritual a la eclesiología,
sino más bien para poner de relieve una dinámica intrínseca
y determinante. Descubrir a la Iglesia como “misterio”, es decir,
como pueblo “congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo”,15 llevaba a descubrir también su “santidad”,
entendida en su sentido fundamental de pertenecer a Aquél que por
excelencia es el Santo, el “tres veces Santo” (cf. Is 6,3).
Confesar a la Iglesia como santa significa mostrar su rostro de Esposa de
Cristo, por la cual él se entregó, precisamente para santificarla
(cf. Ef 5,25?26). Este don de santidad, por así decir, objetiva,
se da a cada bautizado.
Pero el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la
vida cristiana: “Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación”
(1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos:
“Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están
llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del
amor”.16
31. Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de
la programación pastoral que nos atane al inicio del nuevo milenio,
podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico.
¿Acaso se puede “programar” la santidad? ¿Qué
puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral?
En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad
es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción
de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por
medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu,
sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida
según una ética minimalista y una religiosidad superficial.
Preguntar a un catecúmeno, “¿quieres recibir el Bautismo?”,
significa al mismo tiempo preguntarle, “¿quieres ser santo?”
Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: “Sed
perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48).
Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no
ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria,
practicable sólo por algunos “genios” de la santidad.
Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación
de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar
y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos
a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más
ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción
este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera
de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección.
Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales
y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea
capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe
enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de
ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas
en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia.
La oración
32. Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo
que se distinga ante todo en el arte de la oración. El Año
jubilar ha sido un año de oración personal y comunitaria más
intensa. Pero sabemos bien que rezar tampoco es algo que pueda darse por
supuesto. Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte
de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos:
“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). En
la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte
en sus íntimos: “Permaneced en mí, como yo en vosotros”
(Jn 15,4). Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida
cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica.
Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo
y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre. Aprender esta
lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola
plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial,17
pero también de la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo
realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve
continuamente a las fuentes y se regenera en ellas.
33. ¿No es acaso un “signo de los tiempos” el que hoy,
a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una
difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente
en una renovada necesidad de orar? También las otras religiones,
ya presentes extensamente en los territorios de antigua cristianización,
ofrecen sus propias respuestas a esta necesidad, y lo hacen a veces de manera
atractiva. Nosotros, que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador
del Padre y Salvador del mundo, debemos enseñar a qué grado
de interiorización nos puede llevar la relación con él.
La gran tradición mística de la Iglesia, tanto en Oriente
como en Occidente, puede enseñar mucho a este respecto. Muestra cómo
la oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo
de amor, hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente
por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada
filialmente en el corazón del Padre. Entonces se realiza la experiencia
viva de la promesa de Cristo: “El que me ame, será amado de
mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él”
(Jn 14,21). Se trata de un camino sostenido enteramente por la gracia, el
cual, sin embargo, requiere un intenso compromiso espiritual que encuentra
también dolorosas purificaciones (la “noche oscura”),
pero que llega, de tantas formas posibles, al indecible gozo vivido por
los místicos como “unión esponsal”. ¿Cómo
no recordar aquí, entre tantos testimonios espléndidos, la
doctrina de san Juan de la Cruz y de santa Teresa de Jesús?
Sí, queridos hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas
tienen que llegar a ser auténticas “escuelas de oración”,
donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición
de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración,
contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el “arrebato
del corazón. Una oración intensa, pues, que sin embargo no
aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor
de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces
de construir la historia según el designio de Dios.18
34. Ciertamente, los fieles que han recibido el don de la vocación
a una vida de especial consagración están llamados de manera
particular a la oración: por su naturaleza, la consagración
les hace más disponibles para la experiencia contemplativa, y es
importante que ellos la cultiven con generosa dedicación. Pero se
equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar
con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente
ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo
serían cristianos mediocres, sino “cristianos con riesgo”.
En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara
progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la seducción
de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y
transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición. Hace
falta, pues, que la educación en la oración se convierta de
alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral.
Yo mismo me he propuesto dedicar las próximas catequesis de los miércoles
a la reflexión sobre los Salmos, comenzando por los de la oración
de Laudes, con la cual la Iglesia nos invita a “consagrar” y
orientar nuestra jornada. Cuánto ayudaría que no sólo
en las comunidades religiosas, sino también en las parroquiales,
nos esforzáramos más para que todo el ambiente espiritual
estuviera marcado por la oración. Convendría valorizar, con
el oportuno discernimiento, las formas populares y sobre todo educar en
las litúrgicas. Está quizá más cercano de lo
que ordinariamente se cree, el día en que en la comunidad cristiana
se conjuguen los múltiples compromisos pastorales y de testimonio
en el mundo con la celebración eucarística y quizás
con el rezo de Laudes y Vísperas. Lo demuestra la experiencia de
tantos grupos comprometidos cristianamente, incluso con una buena representación
de seglares.
La Eucaristía dominical
35. El mayor empeño se ha de poner, pues, en la liturgia, “cumbre
a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente
de donde mana toda su fuerza”.19 En el siglo XX, especialmente a partir
del Concilio, la comunidad cristiana ha ganado mucho en el modo de celebrar
los Sacramentos y sobre todo la Eucaristía. Es preciso insistir en
este sentido, dando un realce particular a la Eucaristía dominical
y al domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día
del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua
de la semana.20 Desde hace dos mil años, el tiempo cristiano está
marcado por la memoria de aquel “primer día después
del sábado” (Mc 16,2.9; Lc 24,1; Jn 20,1), en el que Cristo
resucitado llevó a los Apóstoles el don de la paz y del Espíritu
(cf. Jn 20,19?23). La verdad de la resurrección de Cristo es el dato
originario sobre el que se apoya la fe cristiana (cf. 1 Co 15,14), acontecimiento
que es el centro del misterio del tiempo y que prefigura el último
día, cuando Cristo vuelva glorioso. No sabemos qué acontecimientos
nos reservará el milenio que está comenzando, pero tenemos
la certeza de que éste permanecerá firmemente en las manos
de Cristo, el “Rey de Reyes y Señor de los Señores”
(Ap 19,16) y precisamente celebrando su Pascua, no sólo una vez al
año sino cada domingo, la Iglesia seguirá indicando a cada
generación “lo que constituye el eje central de la historia,
con el cual se relacionan el misterio del principio y del destino final
del mundo”.21
36. Por tanto, quisiera insistir, en la línea de la Exhortación
“Dies Domini”, para que la participación en la Eucaristía
sea, para cada bautizado, el centro del domingo. Es un deber irrenunciable,
que se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad
de una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente. Estamos entrando
en un milenio que se presenta caracterizado por un profundo entramado de
culturas y religiones incluso en Países de antigua cristianización.
En muchas regiones los cristianos son, o lo están siendo, un “pequeño
rebaño” (Lc 12,32). Esto les pone ante el reto de testimoniar
con mayor fuerza, a menudo en condiciones de soledad y dificultad, los aspectos
específicos de su propia identidad. El deber de la participación
eucarística cada domingo es una de éstos. La Eucaristía
dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios
entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el
antídoto más natural contra la dispersión. Es el lugar
privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente.
Precisamente a través de la participación eucarística,
el día del Señor se convierte también en el día
de la Iglesia,22 que puede desempeñar así de manera eficaz
su papel de sacramento de unidad.
El sacramento de la Reconciliación
37. Deseo pedir, además, una renovada valentía pastoral para
que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer
de manera convincente y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación.
Como se recordará, en 1984 intervine sobre este tema con la Exhortación
postsinodal Reconciliatio et paenitentia, que recogía los frutos
de la reflexión de una Asamblea del Sínodo de los Obispos,
dedicada a esta problemática. Entonces invitaba a esforzarse por
todos los medios para afrontar la crisis del “sentido del pecado”
que se da en la cultura contemporánea,23 pero más aún,
invitaba a hacer descubrir a Cristo como mysterium pietatis, en el que Dios
nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente
consigo. Éste es el rostro de Cristo que conviene hacer descubrir
también a través del sacramento de la penitencia que, para
un cristiano, “es el camino ordinario para obtener el perdón
y la remisión de sus pecados graves cometidos después del
Bautismo”.24 Cuando el mencionado Sínodo afrontó el
problema, era patente a todos la crisis del Sacramento, especialmente en
algunas regiones del mundo. Los motivos que lo originan no se han desvanecido
en este breve lapso de tiempo. Pero el Año jubilar, que se ha caracterizado
particularmente por el recurso a la Penitencia sacramental nos ha ofrecido
un mensaje alentador, que no se ha de desperdiciar: si muchos, entre ellos
tantos jóvenes, se han acercado con fruto a este sacramento, probablemente
es necesario que los Pastores tengan mayor confianza, creatividad y perseverancia
en presentarlo y valorizarlo. ¡No debemos rendirnos, queridos hermanos
sacerdotes, ante las crisis contemporáneas! Los dones del Señor
—y los Sacramentos son de los más preciosos— vienen de
Aquél que conoce bien el corazón del hombre y es el Señor
de la historia.
Primacía de la gracia
38. En la programación que nos espera, trabajar con mayor confianza
en una pastoral que dé prioridad a la oración, personal y
comunitaria, significa respetar un principio esencial de la visión
cristiana de la vida: la primacía de la gracia. Hay una tentación
que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma:
pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar.
Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por
tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia
y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no
se ha de olvidar que, sin Cristo, “no podemos hacer nada” (cf.
Jn 15,5).
La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos recuerda
constantemente la primacía de Cristo y, en relación con él,
la primacía de la vida interior y de la santidad. Cuando no se respeta
este principio, ¿ha de sorprender que los proyectos pastorales lleven
al fracaso y dejen en el alma un humillante sentimiento de frustración?
Hagamos, pues, la experiencia de los discípulos en el episodio evangélico
de la pesca milagrosa: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche
y no hemos pescado nada” (Lc 5,5). Este es el momento de la fe, de
la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón
a la acción de la gracia y permitir a la palabra de Cristo que pase
por nosotros con toda su fuerza: ¡Duc in altum! En aquella ocasión,
fue Pedro quien habló con fe: “en tu palabra, echaré
las redes” (ibíd.). Permitidle al Sucesor de Pedro que, en
el comienzo de este milenio, invite a toda la Iglesia a este acto de fe,
que se expresa en un renovado compromiso de oración.
Escucha de la Palabra
39. No cabe duda de que esta primacía de la santidad y de la oración
sólo se puede concebir a partir de una renovada escucha de la palabra
de Dios. Desde que el Concilio Vaticano II ha subrayado el papel preeminente
de la palabra de Dios en la vida de la Iglesia, ciertamente se ha avanzado
mucho en la asidua escucha y en la lectura atenta de la Sagrada Escritura.
Ella ha recibido el honor que le corresponde en la oración pública
de la Iglesia. Tanto las personas individualmente como las comunidades recurren
ya en gran número a la Escritura, y entre los laicos mismos son muchos
quienes se dedicana ella con la valiosa ayuda de estudios teológicos
y bíblicos. Precisamente con esta atención a la palabra de
Dios se está revitalizando principalmente la tarea de la evangelización
y la catequesis. Hace falta, queridos hermanos y hermanas, consolidar y
profundizar esta orientación, incluso a través de la difusión
de la Biblia en las familias. Es necesario, en particular, que la escucha
de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre
válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar
en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela
la existencia.
Anuncio de la Palabra
40. Alimentarnos de la Palabra para ser “servidores de la Palabra”
en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad
para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio. Ha pasado ya, incluso en
los Países de antigua evangelización, la situación
de una “sociedad cristiana”, la cual, aún con las múltiples
debilidades humanas, se basaba explícitamente en los valores evangélicos.
Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada
vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización
y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la
caracteriza. He repetido muchas veces en estos años la “llamada”
a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar
que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos
impregnar por el ardor de la predicación apostólica después
de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante
de Pablo, que exclamaba: “¡ay de mí si no predicara el
Evangelio!” (1 Co 9,16).
Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción
misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos “especialistas”,
sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros
del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede
tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo
impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las
comunidades y de los grupos cristianos. Sin embargo, esto debe hacerse respetando
debidamente el camino siempre distinto de cada persona y atendiendo a las
diversas culturas en las que ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera
que no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean purificados
y llevados a su plenitud.
El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta
exigencia de inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en
total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial,
llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de
tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado. De la belleza de este
rostro pluriforme de la Iglesia hemos gozado particularmente en este Año
jubilar. Quizás es sólo el comienzo, un icono apenas esbozado
del futuro que el Espíritu de Dios nos prepara.
La propuesta de Cristo se ha de hacer a todos con confianza. Se ha de dirigir
a los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los niños,
sin esconder nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico,
atendiendo a las exigencias de cada uno, por lo que se refiere a la sensibilidad
y al lenguaje, según el ejemplo de Pablo cuando decía: “Me
he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos” (1 Co 9,22).
Al recomendar todo esto, pienso en particular en la pastoral juvenil. Precisamente
por lo que se refiere a los jóvenes, como antes he recordado, el
Jubileo nos ha ofrecido un testimonio consolador de generosa disponibilidad.
Hemos de saber valorizar aquella respuesta alentadora, empleando aquel entusiasmo
como un nuevo talento (cf. Mt 25,15) que Dios ha puesto en nuestras manos
para que los hagamos fructificar.
41. Que nos ayude y oriente, en esta acción misionera confiada, emprendedora
y creativa, el ejemplo esplendoroso de tantos testigos de la fe que el Jubileo
nos ha hecho recordar. La Iglesia ha encontrado siempre, en sus mártires,
una semilla de vida. Sanguis martyrum ? semen christianorum.25 Esta célebre
“ley” enunciada por Tertuliano, se ha demostrado siempre verdadera
ante la prueba de la historia. ¿No será así también
para el siglo y para el milenio que estamos iniciando? Quizás estábamos
demasiado acostumbrados a pensar en los mártires en términos
un poco lejanos, como si se tratase de un grupo del pasado, vinculado sobre
todo a los primeros siglos de la era cristiana. La memoria jubilar nos ha
abierto un panorama sorprendente, mostrándonos nuestro tiempo particularmente
rico en testigos que, de una manera u otra, han sabido vivir el Evangelio
en situaciones de hostilidad y persecución, a menudo hasta dar su
propia sangre como prueba suprema. En ellos la palabra de Dios, sembrada
en terreno fértil, ha fructificado el céntuplo (cf. Mt 13,8.23).
Con su ejemplo nos han señalado y casi “allanado” el
camino del futuro. A nosotros nos toca, con la gracia de Dios, seguir sus
huellas.
IV. TESTIGOS DEL AMOR
42. “EN ESTO CONOCERÁN TODOS QUE SOIS DISCÍPULOS MÍOS:
SI OS TENÉIS AMOR LOS UNOS A LOS OTROS” (Jn 13,35). Si verdaderamente
hemos contemplado el rostro de Cristo, queridos hermanos y hermanas, nuestra
programación pastoral se inspirará en el “mandamiento
nuevo” que él nos dio: “Que, como yo os he amado, así
os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn
13,34).
Otro aspecto importante en que será necesario poner un decidido empeño
programático, tanto en el ámbito de la Iglesia universal como
de la Iglesias particulares, es el de la comunión (koinonía),
que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. La
comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que,
surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a
través del Espíritu que Jesús nos da (cf. Rm 5,5),
para hacer de todos nosotros “un solo corazón y una sola alma”
(Hch 4,32). Realizando esta comunión de amor, la Iglesia se manifiesta
como “sacramento”, o sea, “signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad del género humano”.26
Las palabras del Señor a este respecto son demasiado precisas como
para minimizar su alcance. Muchas cosas serán necesarias para el
camino histórico de la Iglesia también este nuevo siglo; pero
si faltara la caridad (ágape), todo sería inútil. Nos
lo recuerda el apóstol Pablo en el himno a la caridad: aunque habláramos
las lenguas de los hombres y los ángeles, y tuviéramos una
fe “que mueve las montañas”, si faltamos a la caridad,
todo sería “nada” (cf. 1 Co 13,2). La caridad es verdaderamente
el “corazón” de la Iglesia, como bien intuyó santa
Teresa de Lisieux, a la que he querido proclamar Doctora de la Iglesia,
precisamente como experta en la scientia amoris: “Comprendí
que la Iglesia tenía un Corazón y que este Corazón
ardía de amor. Entendí que sólo el amor movía
a los miembros de la Iglesia [...]. Entendí que el amor comprendía
todas las vocaciones, que el Amor era todo”.27
Espiritualidad de comunión
43. Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste
es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza,
si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a
las profundas esperanzas del mundo.
¿Qué significa todo esto en concreto? También aquí
la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería
equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas
concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión,
proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde
se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar,
las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las
familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa
ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de
la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también
en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad
de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano
de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como
“uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías
y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades,
para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión
es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el
otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un “don para
mí”, además de ser un don para el hermano que lo ha
recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber
“dar espacio” al hermano, llevando mutuamente la carga de los
otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente
nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza
y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco
servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían
en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus
modos de expresión y crecimiento.
44. Sobre esta base el nuevo siglo debe comprometernos más que nunca
a valorar y desarrollar aquellos ámbitos e instrumentos que, según
las grandes directrices del Concilio Vaticano II, sirven para asegurar y
garantizar la comunión. ¿Cómo no pensar, ante todo,
en los servicios específicos de la comunión que son el ministerio
petrino y, en estrecha relación con él, la colegialidad episcopal?
Se trata de realidades que tienen su fundamento y su consistencia en el
designio mismo de Cristo sobre la Iglesia,28 pero que precisamente por eso
necesitan de una continua verificación que asegure su auténtica
inspiración evangélica.
También se ha hecho mucho, desde el Concilio Vaticano II, en lo que
se refiere a la reforma de la Curia romana, la organización de los
Sínodos y el funcionamiento de las Conferencias Episcopales. Pero
queda ciertamente aún mucho por hacer para expresar de la mejor manera
las potencialidades de estos instrumentos de la comunión, particularmente
necesarios hoy ante la exigencia de responder con prontitud y eficacia a
los problemas que la Iglesia tiene que afrontar en los cambios tan rápidos
de nuestro tiempo.
45. Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día
a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia.
En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre Obispos,
presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de
Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales.
Para ello se deben valorar cada vez más los organismos de participación
previstos por el Derecho canónico, como los Consejos presbiterales
y pastorales. Éstos, como es sabido, no se inspiran en los criterios
de la democracia parlamentaria, puesto que actúan de manera consultiva
y no deliberativa29 sin embargo, no pierden por ello su significado e importancia.
En efecto, la teología y la espiritualidad de la comunión
aconsejan una escucha recíproca y eficaz entre Pastores y fieles,
manteniéndolos por un lado unidos a priori en todo lo que es esencial
y, por otro, impulsándolos a confluir normalmente incluso en lo opinable
hacia opciones ponderadas y compartidas.
Para ello, hemos de hacer nuestra la antigua sabiduría, la cual,
sin perjuicio alguno del papel jerárquico de los Pastores, sabía
animarlos a escuchar atentamente a todo el Pueblo de Dios. Es significativo
lo que san Benito recuerda al Abad del monasterio, cuando le invita a consultar
también a los más jóvenes: “Dios inspira a menudo
al más joven lo que es mejor”.30 Y san Paulino de Nola exhorta:
“Estemos pendientes de los labios de los fieles, porque en cada fiel
sopla el Espíritu de Dios”.31
Por tanto, así como la prudencia jurídica, poniendo reglas
precisas para la participación, manifiesta la estructura jerárquica
de la Iglesia y evita tentaciones de arbitrariedad y pretensiones injustificadas,
la espiritualidad de la comunión da un alma a la estructura institucional,
con una llamada a la confianza y apertura que responde plenamente a la dignidad
y responsabilidad de cada miembro del Pueblo de Dios.
Variedad de vocaciones
46. Esta perspectiva de comunión está estrechamente unida
a la capacidad de la comunidad cristiana para acoger todos los dones del
Espíritu. La unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino integración
orgánica de las legítimas diversidades. Es la realidad de
muchos miembros unidos en un sólo cuerpo, el único Cuerpo
de Cristo (cf. 1 Co 12,12). Es necesario, pues, que la Iglesia del tercer
milenio impulse a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia
de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial. Junto con el ministerio
ordenado, pueden florecer otros ministerios, instituidos o simplemente reconocidos,
para el bien de toda la comunidad, atendiéndola en sus múltiples
necesidades: de la catequesis a la animación litúrgica, de
la educación de los jóvenes a las más diversas manifestaciones
de la caridad.
Se ha de hacer ciertamente un generoso esfuerzo —sobre todo con la
oración insistente al Dueño de la mies (cf. Mt 9,38)—
en la promoción de las vocaciones al sacerdocio y a la vida de especial
consagración. Éste es un problema muy importante para la vida
de la Iglesia en todas las partes del mundo. Además, en algunos países
de antigua evangelización, se ha hecho incluso dramático debido
al contexto social cambiante y al enfriamiento religioso causado por el
consumismo y el secularismo. Es necesario y urgente organizar una pastoral
de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros
educativos y familias, suscitando una reflexión atenta sobre los
valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta
que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente
cuando pide la total entrega de sí y de las propias fuerzas para
la causa del Reino.
En este contexto cobran también toda su importancia las demás
vocaciones, enraizadas básicamente en la riqueza de la vida nueva
recibida en el sacramento del Bautismo. En particular, es necesario descubrir
cada vez mejor la vocación propia de los laicos, llamados como tales
a “buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales
y ordenándolas según Dios”32 y a llevar a cabo “en
la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde [...] con su empeño
por evangelizar y santificar a los hombres”.33
En esta misma línea, tiene gran importancia para la comunión
el deber de promover las diversas realidades de asociación, que tanto
en sus modalidades más tradicionales como en las más nuevas
de los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que
es don de Dios constituyendo una auténtica primavera del Espíritu.
Conviene ciertamente que, tanto en la Iglesia universal como en las Iglesias
particulares, las asociaciones y movimientos actúen en plena sintonía
eclesial y en obediencia a las directrices de los Pastores. Pero es también
exigente y perentoria para todos la exhortación del Apóstol:
“No extingáis el Espíritu, no despreciéis las
profecías, examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1 Ts 5,19?21).
47. Una atención especial se ha de prestar también a la pastoral
de la familia, especialmente necesaria un momento histórico como
el presente, en el que se está constatando una crisis generalizada
y radical de esta institución fundamental. En la visión cristiana
del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer —relación
recíproca y total, única e indisoluble— responde al
proyecto primitivo de Dios, ofuscado en la historia por la “dureza
de corazón”, pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor
originario, revelando lo que Dios ha querido “desde el principio”
(cf. Mt 19,8). En el matrimonio, elevado a la dignidad de Sacramento, se
expresa además el “gran misterio” del amor esponsal de
Cristo a su Iglesia (cf. Ef 5,32).
En este punto la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta cultura,
aunque sea muy extendida y a veces “militante”. Conviene más
bien procurar que, mediante una educación evangélica cada
vez más completa, las familias cristianas ofrezcan un ejemplo convincente
de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme
al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana:
tanto la de los cónyuges como, sobre todo, la de los más frágiles
que son los hijos. Las familias mismas deben ser cada vez más conscientes
de la atención debida a los hijos y hacerse promotores de una eficaz
presencia eclesial y social para tutelar sus derechos.
El campo ecuménico
48. ¿Y qué decir, además, de la urgencia de promover
la comunión en el delicado ámbito del campo ecuménico?
La triste herencia del pasado nos afecta todavía al cruzar el umbral
del nuevo milenio. La celebración jubilar ha incluido algún
signo verdaderamente profético y conmovedor, pero queda aún
mucho camino por hacer.
En realidad, al hacernos poner la mirada en Cristo, el Gran Jubileo ha hecho
tomar una conciencia más viva de la Iglesia como misterio de unidad.
“Creo en la Iglesia, que es una”: esto que manifestamos en la
profesión de fe tiene su fundamento último en Cristo, en el
cual la Iglesia no está dividida (1 Co 1,11?13). Como Cuerpo suyo,
en la unidad obtenida por los dones del Espíritu, es indivisible.
La realidad de la división se produce en el ámbito de la historia,
en las relaciones entre los hijos de la Iglesia, como consecuencia de la
fragilidad humana para acoger el don que fluye continuamente del Cristo?Cabeza
en el Cuerpo místico. La oración de Jesús en el cenáculo
—”como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos
también sean uno en nosotros” (Jn 17, 21)— es a la vez
revelación e invocación. Nos revela la unidad de Cristo con
el Padre como el lugar de donde nace la unidad de la Iglesia y como don
perenne que, en él, recibirá misteriosamente hasta el fin
de los tiempos. Esta unidad que se realiza concretamente en la Iglesia católica,
a pesar de los límites propios de lo humano, emerge también
de manera diversa en tantos elementos de santificación y de verdad
que existen dentro de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales; dichos
elementos, en cuanto dones propios de la Iglesia de Cristo, les empujan
sin cesar hacia la unidad plena.34
La oración de Cristo nos recuerda que este don ha de ser acogido
y desarrollado de manera cada vez más profunda. La invocación
“ut unum sint” es, a la vez, imperativo que nos obliga, fuerza
que nos sostiene y saludable reproche por nuestra desidia y estrechez de
corazón. La confianza de poder alcanzar, incluso en la historia,
la comunión plena y visible de todos los cristianos se apoya en la
plegaria de Jesús, no en nuestras capacidades.
En esta perspectiva de renovado camino postjubilar, miro con gran esperanza
a las Iglesias de Oriente, deseando que se recupere plenamente ese intercambio
de dones que ha enriquecido la Iglesia del primer milenio. El recuerdo del
tiempo en que la Iglesia respiraba con “dos pulmones” ha de
impulsar a los cristianos de oriente y occidente a caminar juntos, en la
unidad de la fe y en el respeto de las legítimas diferencias, acogiéndose
y apoyándose mutuamente como miembros del único Cuerpo de
Cristo.
Con análogo esmero se ha de cultivar el diálogo ecuménico
con los hermanos y hermanas de la Comunión anglicana y de las Comunidades
eclesiales nacidas de la Reforma. La confrontación teológica
sobre puntos esenciales de la fe y de la moral cristiana, la colaboración
en la caridad y, sobre todo, el gran ecumenismo de la santidad, con la ayuda
de Dios, producirán sus frutos en el futuro. Entre tanto, continuemos
con confianza en el camino, anhelando el momento en que, con todos los discípulos
de Cristo sin excepción, podamos cantar juntos con voz clara: “Ved
qué dulzura, que delicia, convivir los hermanos unidos” (Sal
133,1).
Apostar por la caridad
49. A partir de la comunión intraeclesial, la caridad se abre por
su naturaleza al servicio universal, proyectándonos hacia la práctica
de un amor activo y concreto con cada ser humano. Éste es un ámbito
que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial
y la programación pastoral. El siglo y el milenio que comienzan tendrán
que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué
grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si
verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos
que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él
mismo ha querido identificarse: “He tenido hambre y me habéis
dado de comer, he tenido sed y me habéis dado que beber; fui forastero
y me habéis hospedado; desnudo y me habéis vestido, enfermo
y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme”
(Mt 25,35?36). Esta página no es una simple invitación a la
caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio
de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como
Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia.
No debe olvidarse, ciertamente, que nadie puede ser excluido de nuestro
amor, desde el momento que “con la encarnación el Hijo de Dios
se ha unido en cierto modo a cada hombre”.35 Ateniéndonos a
las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay
una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial
por ellos. Mediante esta opción, se testimonia el estilo del amor
de Dios, su providencia, su misericordia y, de alguna manera, se siembran
todavía en la historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús
mismo dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían
a Él para toda clase de necesidades espirituales y materiales.
50. En efecto, son muchas en nuestro tiempo las necesidades que interpelan
la sensibilidad cristiana. Nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado
de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico,
que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo
a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en
condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad
humana. JCómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía
quien se muere de hambre; quién está condenado al analfabetismo;
quién carece de la asistencia médica más elemental;
quién no tiene techo donde cobijarse?
El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas
añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y
grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación
del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada
o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación
social. El cristiano, que se asoma a este panorama, debe aprender a hacer
su acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento que él dirige
desde este mundo de la pobreza. Se trata de continuar una tradición
de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos
milenios pasados, pero que hoy quizás requiere mayor creatividad.
Es la hora de un nueva “imaginación de la caridad”, que
promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas,
sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para
que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como
un compartir fraterno.
Por eso tenemos que actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad
cristiana, se sientan como “en su casa”. ¿No sería
este estilo la más grande y eficaz presentación de la buena
nueva del Reino? Sin esta forma de evangelización, llevada a cabo
mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio
del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido
o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación
nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad
de las palabras.
Retos actuales
51. ¿Podemos quedar al margen ante las perspectivas de un desequilibrio
ecológico, que hace inhabitables y enemigas del hombre vastas áreas
del planeta? ¿O ante los problemas de la paz, amenazada a menudo
con la pesadilla de guerras catastróficas? ¿O frente al vilipendio
de los derechos humanos fundamentales de tantas personas, especialmente
de los niños? Muchas son las urgencias ante las cuales el espíritu
cristiano no puede permanecer insensible.
Se debe prestar especial atención a algunos aspectos de la radicalidad
evangélica que a menudo son menos comprendidos, hasta el punto de
hacer impopular la intervención de la Iglesia, pero que no pueden
por ello desaparecer de la agenda eclesial de la caridad. Me refiero al
deber de comprometerse en la defensa del respeto a la vida de cada ser humano
desde la concepción hasta su ocaso natural. Del mismo modo, el servicio
al hombre nos obliga a proclamar, oportuna e importunamente, que cuantos
se valen de las nuevas potencialidades de la ciencia, especialmente en el
terreno de las biotecnologías, nunca han de ignorar las exigencias
fundamentales de la ética, apelando tal vez a una discutible solidaridad
que acaba por discriminar entre vida y vida, con el desprecio de la dignidad
propia de cada ser humano.
Para la eficacia del testimonio cristiano, especialmente en estos campos
delicados y controvertidos, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar
adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia, subrayando sobre
todo que no se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe,
sino de interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma
del ser humano. La caridad se convertirá entonces necesariamente
en servicio a la cultura, a la política, a la economía, a
la familia, para que en todas partes se respeten los principios fundamentales,
de los que depende el destino del ser humano y el futuro de la civilización.
52. Obviamente todo esto tiene que realizarse con un estilo específicamente
cristiano: deben ser sobre todo los laicos, en virtud de su propia vocación,
quienes se hagan presentes en estas tareas, sin ceder nunca a la tentación
de reducir las comunidades cristianas a agencias sociales. En particular,
la relación con la sociedad civil tendrá que configurarse
de tal modo que respete la autonomía y las competencias de esta última,
según las enseñanzas propuestas por la doctrina social de
la Iglesia.
Es notorio el esfuerzo que el Magisterio eclesial ha realizado, sobre todo
en el siglo XX, para interpretar la realidad social a la luz del Evangelio
y ofrecer de modo cada vez más puntual y orgánico su propia
contribución a la solución de la cuestión social, que
ha llegado a ser ya una cuestión planetaria.
Esta vertiente ético?social se propone como una dimensión
imprescindible del testimonio cristiano. Se debe rechazar la tentación
de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con
las exigencias de la caridad, ni con la lógica de la Encarnación
y, en definitiva, con la misma tensión escatológica del cristianismo.
Si esta última nos hace conscientes del carácter relativo
de la historia, no nos exime en ningún modo del deber de construirla.
Es muy actual a este respecto la enseñanza del Concilio Vaticano
II: “El mensaje cristiano, no aparta los hombres de la tarea de la
construcción el mundo, ni les impulsa a despreocuparse del bien de
sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como
un deber”.36
Un signo concreto
53. Como signo de este mensaje de caridad y de promoción humana,
que se basa en las íntimas exigencias del Evangelio, he querido que
el mismo Año jubilar, entre los numerosos frutos de caridad que ya
ha producido en el curso de su desarrollo —pienso particularmente
en la ayuda ofrecida a tantos hermanos más pobres para hacer posible
su participación en el Jubileo— dejase también una obra
que sea, de alguna manera, el fruto y el sello de la caridad jubilar. En
efecto, muchos peregrinos han contribuido de diferentes modos con su limosna
y, junto con ellos, también muchos protagonistas del mundo económico
han ofrecido ayudas generosas, que han servido para asegurar la conveniente
realización del acontecimiento jubilar. Una vez cubiertos los gastos
que se han debido afrontar a lo largo del año, el dinero que pueda
sobrar, debe destinarse a fines caritativos. En efecto, es importante excluir
de un acontecimiento religioso tan significativo cualquier apariencia de
especulación económica. Lo que sobre servirá para repetir
también en esta ocasión la experiencia vivida tantas otras
veces a lo largo de la historia desde que, en los comienzos de la Iglesia,
la comunidad de Jerusalén ofreció a los no cristianos la imagen
conmovedora de un intercambio espontáneo de dones, hasta la comunión
de los bienes, en favor de los más pobres (cf. Hch 2,44–45).
La obra que se realice será solamente un pequeño arroyo que
confluirá en el gran río de la caridad cristiana que recorre
la historia. Pequeño, pero significativo arroyo: el Jubileo ha movido
al mundo a mirar hacia Roma, la Iglesia “que preside en la caridad”37
y a ofrecer a Pedro la propia limosna. Ahora la caridad manifestada en el
centro de la catolicidad vuelve, de alguna manera, hacia el mundo a través
de este gesto, que quiere quedar como fruto y memoria viva de la comunión
experimentada con ocasión del Jubileo.
Diálogo y misión
54. Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Pero
no todos ven esta luz. Nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido
de ser su “reflejo”. Es el mysterium lunae tan querido por la
contemplación de los Padres, los cuales indicaron con esta imagen
que la Iglesia dependía de Cristo, Sol del cual ella refleja la luz.38
Era un modo de expresar lo que Cristo mismo dice, al presentarse como “luz
del mundo” (Jn 8,12) y al pedir a la vez a sus discípulos que
fueran “la luz del mundo” (cf Mt 5,14).
Ésta es una tarea que nos hace temblar si nos fijamos en la debilidad
que tan a menudo nos vuelve opacos y llenos de sombras. Pero es una tarea
posible si, expuestos a la luz de Cristo, sabemos abrirnos a su gracia que
nos hace hombres nuevos.
55. En esta perspectiva se sitúa también el gran desafío
del diálogo interreligioso, en el cual estaremos todavía comprometidos
durante el nuevo siglo, en la línea indicada por el Concilio Vaticano
II.39 En los años de preparación al Gran Jubileo la Iglesia,
mediante encuentros de notable interés simbólico, ha tratado
de establecer una relación de apertura y diálogo con representantes
de otras religiones. El diálogo debe continuar. En la situación
de un marcado pluralismo cultural y religioso, tal como se va presentando
en la sociedad del nuevo milenio, este diálogo es también
importante para proponer una firme base de paz y alejar el espectro funesto
de las guerras de religión que han bañado de sangre tantos
períodos en la historia de la humanidad. El nombre del único
Dios tiene que ser cada vez más, como ya es de por sí, un
nombre de paz y un imperativo de paz.
56. Pero el diálogo no puede basarse en la indiferencia religiosa,
y nosotros como cristianos tenemos el deber de desarrollarlo ofreciendo
el pleno testimonio de la esperanza que está en nosotros (cf. 1 Pt
3,15). No debemos temer que pueda constituir una ofensa a la identidad del