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EXHORTACIÓN
APOSTÓLICA POST- SINOIDAL SOBRE
LA VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
JUAN PABLO II
30
de octubre de 1988
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN:
Christifideles
laici
ID
TAMBIÉN VOSOTROS A MI VIÑA
LAS
ACTUALES CUEST¡IONES URGENTES DEL MUNDO:¿POR QUÉ ESTÁIS
AQUÍ OCIOSOS TODO EL DÍA?
Secularismo y necesidad de lo religioso.
La persona humana: Una dignidad despreciada y exaltada.
Conflictividad y paz.
JESUCRISTO,
ESPERANZA DE LA HUMANIDAD.
CAPÍTULO
I
YO SOY LA VID, VOSOTROS LOS SARMIENTOS
La
dignidad de los fieles laicos en la Iglesia-misterio
EL
MISTERIO DE LA VIÑA
QUIENES
SON LOS FIELES LAICOS
EL
BAUTISMO Y LA NOVEDAD CRISTIANA.
Hijos en el Hijo.
Un solo cuerpo en Cristo
Templos vivos y santos del Espíritu
PARTÍCIPES
DEL OFICIO SACERDOTAL, PROFÉTICO Y REAL DE JESUCRISTO
LOS
FIELES LAICOS Y LA ÍNDOLE SECULAR
LLAMADOS
A LA SANTIDAD
Santificarse en el mundo
CAPÍTULO
II
SARMIENTOS
TODOS DE LA ÚNICA VID
La participación de los fieles laicos
en la vida de la Iglesia-comunión
EL
MISTERIO DE LA IGLESIA-COMUNIÓN
El Concilio y la eclesiología de comunión
Una comunión orgánica: diversidad y complementariedad
LOS
MINISTERIOS Y LOS CARISMAS,
DONES DEL ESPÍRITU A LA IGLESIA
Los ministerios,oficios y funciones
Los ministerios que derivan del orden
Ministerios, oficios y funciones de los laicos
Los carismas
LA
PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES LAICOS
EN LA VIDA DE LA IGLESIA
Iglesias particulares e Iglesia universal
La parroquia
El compromiso apostólico en la parroquia
FORMAS
DE PARTICIPACIÓN EN LA VIDA DE LA IGLESIA
Formas personales de participación
Formas agregativas de participación
Criterios de eclesialidad para las asociaciones laicales
El servicio de los pastores a la comunión
CAPÍTULO
III
OS
HE DESTINADO PARA QUE VAYÁIS
Y DEIS FRUTO
La corresponsabilidad de los fieles laicos
En la Iglesia-misión
COMUNIÓN
MISIONERA
Anunciar el Evangelio
Ha llegado la hora de emprender una nueva evangelización
Id por todo el mundo
VIVIR
EL EVANGELIO SIRVIENDO
A LA PERSONA Y A LA SOCIEDAD
Promover la dignidad de la persona
Venerar el inviolable derecho a la vida
Libres para invocar el nombre del Señor
La familia, primer campo en el compromiso social
La caridad, alma y apoyo de la solidaridad
Todos destinatarios y protagonistas de la política
Situar al hombre en el centro de la vida económico.social
Evangelizar la cultura y las culturas del hombre
CAPÍTULO
IV
LOS OBTREROS DE LA VIÑA DEL SEÑOR
Buenos
administradores
De la multiforme gracia de Dios
LA
VARIEDAD DE LAS VOCACIONES
Los jóvenes, esperanza de la Iglesia
Los niños y el Reino de los Cielos
Los ancianos y el don de la sabiduría
MUJERES
Y HOMBRES
Fundamentos antropológicos y teolçogicos
Misión de la Iglesia en el mundo
Copresencia y colaboración de los hombres y las mujeres
LOS
ENFERMOS Y LOS QUE SUFREN
Acción pastoral renovada
ESTADOS
DE VIDA Y VOCACIONES
Las diversas vocaciones laicales
CAPÍTULO
V
PARA QUE DEIS MÁS FRUTO
La
formación de los fieles laicos
MADURAR
CONTINUAMENTE
DESCUBRIR
Y VIVIR LA PROPIA VOCACIÓN Y MISIÓN
UNA
FORMACIÓN INTEGRAL PARA VIVIR EN LA UNIDAD
Aspectos de la formación
COLABORADORES
DE DIOS EDUCADOR
Otros ambientes educativos
La formación recibida y dada recíprocamente por todos
LLAMAMIENTO
Y ORACIÓN
A
LOS OBISPOS
A LOS SACERDOTES Y DIÁCONOS
A LOS RELIOSOS Y RELIGIOSAS
A TODOS LOS FIELES LAICOS
INTRODUCCIÓN:
1. Los FIELES LAICOS (Christifideles laici), cuya «vocación y
misión en la Iglesia y en el mundo a los veinte años del Concilio
Vaticano II» ha sido el tema del Sínodo de los Obispos de 1987,
pertenecen a aquel Pueblo de Dios representado en los obreros de la viña
de los que habla el Evangelio de Mateo: «El Reino de los Cielos es semejante
a un propietario, que salió a primera hora de la mañana a contratar
obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en
un denario al día, los envió a su viña» (Mt. 20,
1-2).
La parábola evangélica despliega ante nuestra mirada la inmensidad
de la viña del Señor y la multitud de personas, hombres y mujeres,
que son llamadas por Él y enviadas para que tengan trabajo en ella.
La viña es el mundo entero (cf. Mt 13, 38), que debe ser transformado
según el designio divino en vista de la venida definitiva del Reino
de Dios.
2. ID TAMBIÉN VOSOTROS A MI VIÑA
«Salió
luego hacia las nueve de la mañana, vio otros que estaban en la plaza
desocupados y les dijo: «Id también vosotros a mi viña»
(Mt 20, 3-4). El llamamiento del Señor Jesús «Id también
vosotros a mi viña» no cesa de resonar en el curso de la historia
desde aquel lejano día: se dirige a cada hombre que viene a este mundo.
En nuestro tiempo, en la renovada efusión del Espíritu de Pentecostés
que tuvo lugar con el Concilio Vaticano II, la Iglesia ha madurado una conciencia
más viva de su naturaleza misionera y ha escuchado de nuevo la voz
de su Señor que la envía al mundo como «sacramento universal
de salvación».
Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a los Pastores,
a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos:
también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor,
de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo. Lo
recuerda San Gregorio Magno quien, predicando al pueblo, comenta de este modo
la parábola de los obreros de la viña: Fijaos en vuestro modo
de vivir, queridísimos hermanos, y comprobad si ya sois obreros del
Señor. Examine cada uno lo que hace y considere si trabaja en la viña
del Señor».
De modo particular, el Concilio, con su riquísimo patrimonio doctrinal,
espiritual y pastoral, ha reservado páginas verdaderamente espléndidas
sobre la naturaleza, dignidad, espiritualidad, misión y responsabilidad
de los fieles laicos. Y los Padres conciliares, haciendo eco al llamamiento
de Cristo, han convocado a todos los fieles laicos, hombre y mujeres, a trabajar
en la viña: «Este Sacrosanto Concilio ruega en el Señor
a todos los laicos que respondan con ánimo generoso y prontitud de
corazón a la voz de Cristo, que en esta hora invita a todos con mayor
insistencia, y a los impulsos del Espíritu Santo. Sientan los jóvenes
que esta llamada va dirigida a ellos de manera especialísima; recíbanla
con entusiasmo y magnanimidad. El mismo Señor, en efecto, invita de
nuevo a todos los laicos, por medio de este santo Concilio, a que se le unan
cada día más íntimamente y a que, haciendo propio todo
lo suyo (cf. Flp. 2,5), se asocien a su misión salvadora; de nuevo
los envía a todas las ciudades y lugares adonde Él está
por venir (cf. Lc 10, 1».
Id también vosotros a mi viña. Estas palabras han resonado espiritualmente,
una vez más, durante la celebración del Sínodo de los
Obispos, que ha tenido lugar en Roma entre el 1 y el 30 de octubre de 1987.
Colocándose en los senderos del Concilio y abriéndose a la luz
de las experiencias personales y comunitarias de toda la Iglesia, los Padres,
enriquecidos por los Sínodos precedentes, han afrontado de modo específico
y amplio el tema de la vocación y misión de los laicos en la
Iglesia y en el mundo.
En esta Asamblea episcopal no ha faltado una cualificada representación
de fieles laicos, hombres y mujeres, que han aportado una valiosa contribución
a los trabajos del Sínodo, como ha sido públicamente reconocido
en la homilía conclusiva: «Damos gracias por el hecho de que
en el curso del Sínodo hemos podido contar con la participación
de los laicos (auditores y auditrices), pero más aún porque
el desarrollo de las discusiones sinodales nos ha permitido escuchar la voz
de los invitados, los representantes del laicado provenientes de todas las
partes del mundo, de los diversos Paises, y nos ha dado ocasión de
aprovechar sus experiencias, sus consejos, las sugerencias que proceden de
su amor a la causa común».
Dirigiendo la mirada al posconcilio, los Padres sinodales han podido comprobar
cómo el Espíritu Santo ha seguido rejuveneciendo la Iglesia,
suscitando nuevas energías de santidad y de participación en
tantos fieles laicos. Ello queda testificado, entre otras cosas, por el nuevo
estilo de colaboración entre sacerdotes, religiosos y fieles laicos;
por la participación activa en la liturgia, en el anuncio de la Palabra
de Dios y en la catequesis: por los múltiples servicios y tareas confiados
a los fieles laicos y asumidos por ellos; por el lozano florecer de grupos,
asociaciones y movimientos de espiritualidad y de compromiso laicales; por
la participación más amplia y significativa de la mujer en la
vida de la Iglesia y en el desarrollo de la sociedad.
Al mismo tiempo, el Sínodo ha notado que el camino posconciliar de
los fieles laicos no ha estado exento de dificultades y de peligros. En particular,
se pueden recordar dos tentaciones a las que no siempre han sabido sustraerse:
la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios
y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una
práctica dejación de sus responsabilidades específicas
en el mundo profesional, social, económico, cultural y político;
y la tentación de legitimar la indebida separación entre fe
y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las
más diversas realidades temporales y terrenas.
En el curso de sus trabajos, el Sínodo ha hecho referencia constantemente
al Concilio Vaticano II, cuyo magisterio sobre el laicado, a veinte años
de distancia, se ha manifestado de sorprendente actualidad y tal vez de alcance
profético: tal magisterio es capaz de iluminar y de guiar las respuestas
que se deben dar hoy a los nuevos problemas. En realidad, el desafío
de los Padres sinodales han afrontado ha sido el de individuar las vías
concretas para lograr que la espléndida «teoría»
sobre el laicado expresada por el Concilio llegue a ser una auténtica
«praxis» eclesial. Además, algunos problemas se imponen
por una cierta «novedad» suya, tanto que se los puede llamar posconciliares,
al menos en sentido cronológico: a ellos los Padres sinodales han reservado
con razón una particular atención en el curso de sus discusiones
y reflexiones. Entre estos problemas se deben recordar los relativos a los
ministerios y servicios eclesiales confiados o por confiar a los fieles laicos,
la difusión y el desarrollo de nuevos «movimientos» junto
a otras formas de agregación de los laicos, el puesto y el papel de
la mujer tanto en la Iglesia como en la sociedad.
Los Padres sinodales, al término de sus trabajos, llevados a cabo con
gran empeño, competencia y generosidad, me han manifestado su deseo
y me han pedido que, a su debido tiempo, ofreciese a la Iglesia universal
un documento conclusivo sobre los fieles laicos.
Esta Exhortación Apostólica post-sinodal quiere dar todo su
valor a la entera riqueza de los trabajos sinodales; desde los Lineamenta
hasta el Instrumentum laboris; desde la relación introductoria hasta
las intervenciones de cada uno de los obispos y de los laicos y la relación
de síntesis al final de las sesiones en el aula; desde los trabajos
y relaciones de los «círculos menores» hasta las «proposiciones»
finales y el Mensaje final. Por eso el presente documento no es paralelo al
Sínodo, sino que constituye su fiel y coherente expresión; es
fruto de un trabajo colegial, a cuyo resultado final el Consejo de la Secretaría
General del Sínodo y la misma Secretaría han sumado su propia
aportación.
El objetivo que la Exhortación quiere alcanzar es suscitar y alimentar
una más decidida toma de conciencia del don y de la responsabilidad
que todos los fieles laicos ¾y cada uno de ellos en particular¾
tienen en la comunión y en la misión de la Iglesia.
3.
LAS ACTUALES CUESTIONES URGENTES DEL MUNDO: ¿POR QUÉ ESTÁIS
AQUÍ OCIOSOS TODO EL DIA?
El
significado fundamental de este Sínodo, y por tanto el fruto más
valioso deseado por él, es la acogida por parte de los fieles laicos
del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar parte activa,
consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta magnífica
y dramática hora de la historia, ante la llegada inminente del tercer
milenio.
Nuevas situaciones, tanto eclesiales, como sociales, económicas, políticas
y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de
los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable,
el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito
permanecer ocioso.
Reemprendamos la lectura de la parábola evangélica: «Todavía
salió a eso de las cinco de la tarde, vio otros que estaban allí,
y les dijo: «¿Por qué estáis aquí todo el
día parados?» Le respondieron: «Es que nadie nos ha contratado».
Y él les dijo: «Id también vosotros a mi viña»»
(Mt 20, 6-7).
No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña
del Señor. El «dueño de casa» repite con más
fuerza su invitación: «Id vosotros también a mi viña».
La voz del Señor resuena ciertamente en lo más íntimo
del ser mismo de cada cristiano que, mediante la fe y los sacramentos de la
iniciación cristiana, ha sido configurado con Cristo, ha sido injertado
como miembro vivo en la Iglesia y es sujeto activo de su misión de
salvación. Pero la voz del Señor también pasa a través
de las vicisitudes históricas de la Iglesia y de la humanidad, como
nos lo recuerda el Concilio: «El Pueblo de Dios, movido por la fe que
le impulsa a creer que quien le conduce es el Espíritu del Señor
que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias
y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos,
los signos verdaderos de la presencia o del designio de Dios. En efecto, la
fe todo lo ilumina con nueva luz, y manifiesta el plan divino sobre la entera
vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente
humanas».
Es necesario entonces mirar cara a cara este mundo nuestro con sus valores
y problemas, sus inquietudes y esperanzas, sus conquistas y derrotas: un mundo
cuyas situaciones económicas, sociales, políticas y culturales
presentan problemas y dificultades más graves respecto a aquél
que describía el Concilio en la Constitución pastoral Gaudium
et spes. De todas formas, es ésta la viña, y es éste
el campo en que los fieles laicos están llamados a vivir su misión.
Jesús les quiere, como a todos sus discípulos, sal de la tierra
y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-14). Pero ¿Cuál es el rostro actual
de la «tierra» y del «mundo» en el que los cristianos
han de ser «sal» y «luz»?.
Es muy grande la diversidad de situaciones y problemas que hoy existen en
el mundo, y que además están caracterizadas por el creciente
aceleración del cambio. Por esto es absolutamente necesario guardarse
de las generalizaciones y simplificaciones indebidas. Sin embargo, es posible
advertir algunas líneas de tendencia que sobresalen en la sociedad
actual. Así como en el campo evangélico crecen juntamente la
cizaña y el buen grano, también en la historia, teatro cotidiano
de un ejercicio a menudo contradictorio de la libertad humana, se encuentran,
arrimados el uno al otro y a veces profundamente entrelazados, el mal y el
bien, la injusticia y la justicia, la angustia y la esperanza.
4.
Secularismo y necesidad de lo religioso
¿Cómo no hemos de pensar en la persistente difusión de
la indiferencia religiosa y del ateísmo en sus más diversas
formas, particularmente en aquella ¾hoy quizá más difundida¾
del secularismo?
Embriagado por las prodigiosas conquistas de un irrefrenable desarrollo científico-técnico,
y fascinado sobre todo por la más antigua y siempre nueva tentación
de querer llegar a ser como Dios (cf. Gn 3,5) mediante el uso de una libertad
sin límites, el hombre arranca las raíces religiosas que están
en su corazón: se olvida de dios, lo considera sin significado para
su propia existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más
diversos «ídolos».
Es verdaderamente grave el fenómeno actual del secularismo; y no sólo
afecta a los individuos, sino que en cierto modo afecta también a comunidades
enteras, como ya observó el Concilio: «Crecientes multitudes
se alejan prácticamente de la religión».
Varias
veces yo mismo he recordado el fenómeno de la descristianización
que aflige los pueblos de antigua tradición cristiana y que reclama,
sin dilación alguna, una nueva evangelización.
Y sin embargo la aspiración y la necesidad de lo religioso no pueden
ser suprimidos totalmente. La conciencia de cada hombre, cuando tiene el coraje
de afrontar los interrogantes más graves de la existencia humana, y
en particular el del sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte, no
puede dejar de hacer propia aquella palabra de verdad proclamada a voces por
San Agustín: «Nos has hecho, Señor, para Tí, y
nuestro corazón está inquieto hasta que no descansa en Tí».
Así también, el mundo actual testifica, siempre de manera más
amplia y viva, la apertura a una visión espiritual y trascendente de
la vida, el despertar de una búsqueda religiosa, el retorno al sentido
de lo sacro y a la oración, la voluntad de ser libres en el invocar
el Nombre del Señor.
5. La persona humana: una dignidad despreciada y exaltada
Pensamos,
además, en las múltiples violaciones a las que hoy está
sometida la persona humana. Cuando no es reconocido y amado en su dignidad
de imagen viviente de Dios (cf. Gn 1, 26), el ser humano queda expuesto a
las formas más humillantes y aberrantes de «instrumentalización»,
que lo convierten miserablemente en exclavo del más fuerte. Y «el
más fuerte» puede asumir diversos nombres: ideología,
poder económico, sistemas políticos inhumanos, tecnocracia científica,
avasallamiento por parte de los mass-media. De nuevo nos encontramos frente
a una multitud de personas, hermanos y hermanas nuestras, cuyos derechos fundamentales
son violados, también como consecuencia de la excesiva tolerancia y
hasta de la patente injusticia de ciertas leyes civiles: el derecho a la vida
y a ala integridad física, el derecho a la casa y al trabajo, el derecho
a la familia y a la procreación responsable, el derecho a la participación
en la vida pública y política, el derecho a la libertad de conciencia
y de profesión de fe religiosa.
¿Quién puede contar los niños que no han nacido porque
han sido matados en el seno de sus madres, los niños abandonados y
maltratados por sus mismos padres, los niños que crecen sin afecto
ni educación?.
En algunos Paises, poblaciones enteras se encuentran desprovistas de casa
y de trabajo; les faltan los medios más indispensables para llevar
una vida digna del ser humano; y algunas carecen hasta de lo necesario para
su propia subsistencia. Tremendos recintos de pobreza y de miseria, física
y moral a la vez, se han vuelto ya anodinos y como normales en la periferia
de las grandes ciudades, mientras afligen mortalmente a enteros grupos humanos.
Pero la sacralidad de la persona no puede ser aniquilada, por más que
sea despreciada y violada tan a menudo. Al tener su indestructible fundamento
en Dios Creador y Padre, la sacralidad de la persona vuelve a imponerse, de
nuevo y siempre. De aquí el extenderse cada vez más y el afirmarse
siempre con mayor fuerza del sentido de la dignidad personal de cada ser humano.
Una beneficiosa corriente atraviesa y penetra ya todos los pueblos de la tierra,
cada vez más conscientes de la dignidad del hombre: éste no
es una «cosa» o un «objeto» del cual servirse; sino
que es siempre y sólo un «sujeto», dotado de conciencia
y de libertad, llamado a vivir responsablemente en la sociedad y en la historia,
ordenado a valores espirituales y religiosos.
Se ha dicho que el nuestro es el tiempo de los «humanismos». Si
algunos, por su matriz atea y secularista, acaban paradójicamente por
humillar y anular al hombre; otros, en cambio, lo exaltan hasta el punto de
llegar a una verdadera y propia idolatría; y otros, finalmente, reconocen
según la verdad la grandeza y la miseria del hombre, manifestando,
sosteniendo y favoreciendo su dignidad total.
Signo y fruto de estas corrientes humanistas es la creciente necesidad de
participación. Indudablemente es éste uno de los rasgos característicos
de la humanidad actual, un auténtico «signo de los tiempos»
que madura en diversos campos y en diversas direcciones: sobre todo en lo
relativo a la mujer y al mundo juvenil, y en la dirección de la vida
no sólo familiar y escolar, sino también cultural, económica,
social y política. El ser protagonistas, creadores de algún
modo de una nueva cultura humanista, es una exigencia universal e individual.
6.
Conflictividad y paz
Por
último, no podemos dejar de recordar otro fenómeno que caracteriza
la presente humanidad. Quizá como nunca en su historia, la humanidad
es cotidiana y profundamente atacada y desquiciada por la conflictividad.
Es éste un fenómeno pluriforme, que se distingue del legítimo
pluralismo de las mentalidades y de las iniciativas, y que se manifiesta en
el nefasto enfrentamiento entre personas, grupos, categorías, naciones
y bloques de naciones.
Es un antagonismo que asume formas de violencia, de terrorismo, de guerra.
Una vez más, pero en proporciones mucho más amplias, diversos
sectores de la humanidad contemporánea, queriendo demostrar su «omnipotencia»,
renuevan la necia experiencia de la construcción de la «torre
de Babel» (cf. Gn 11, 1-9), que, sin embargo, hace proliferar la confusión,
la lucha, la disgregación y la opresión. La familia humana se
encuentra así dramáticamente turbada y desgarrada en sí
misma.
Por otra parte, es completamente insuprimible la aspiración de los
individuos y de los pueblos al inestimable bien de la paz en la justicia.
La bienaventuranza evangélica: «dichosos los que obran la paz»
(Mt 5,9) encuentra en los hombres de nuestro tiempo una nueva y significativa
resonancia: para que vengan la paz y la justicia, enteras poblaciones viven,
sufren y trabajan.
La participación de tantas personas y grupos en la vida social es hoy
el camino más recorrido para que la paz anhelada se haga realidad.
En este camino encontramos a tantos fieles laicos que se han empeñado
generosamente en el campo social y político, y de los modos más
diversos, sean institucionales o bien de asistencia voluntaria y de servicio
a los necesitados.
7.
JESUCRISTO, LA ESPERANZA DE LA HUMANIDAD
Este
es el campo inmenso y apesadumbrado que está ante los obreros enviados
por el «dueño de la casa» para trabajar en su viña.
En este campo está eficazmente presente la Iglesia, todos nosotros,
pastores y fieles, sacerdotes, religiosos y laicos. Las situaciones que acabamos
de recordar afectan profundamente a la Iglesia; por ellas está en parte
condicionada, pero no dominada ni mucho menos aplastada, porque el Espíritu
Santo, que es su alma, la sostiene en su misión.
La Iglesia sabe que todos los esfuerzos que va realizando la humanidad para
llegar a la comunión y a la participación, a pesar de todas
las dificultades, retrasos y contradicciones causadas por las limitaciones
humanas, por el pecado y por el Maligno, encuentran una respuesta plena en
Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo.
La Iglesia sabe que es enviada por Él como «signo e instrumento
de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género
humano».
En conclusión, a pesar de todo, la humanidad puede esperar, debe esperar.
El Evangelio vivo y personal, Jesucristo mismo, es la «noticia»
nueva y portadora de alegría que la Iglesia testifica y anuncia cada
día a todos los hombres.
En este anuncio y en este testimonio los fieles laicos tienen un puesto original
e irreemplazable: por medio de ellos la Iglesia de Cristo está presente
en los más variados sectores del mundo, como signo y fuente de esperanza
y de amor.
CAPITULO I
YO SOY LA VID, VOSOTROS LOS SARMIENTOS
La dignidad de los fieles laicos en la Iglesia-Misterio
8.
EL MISTERIO DE LA VIÑA
La
imagen de la viña se usa en la Biblia de muchas maneras y con significados
diversos; de modo particular, sirve para expresar el misterio del Pueblo de
Dios. Desde este punto de vista más interior, los fieles laicos no
son simplemente los obreros que trabajan en la viña, sino que forman
parte de la viña misma: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos»
(Jn 15, 5), dice Jesús.
Ya en el Antiguo Testamento los profetas recurrieron a la imagen de la viña
para hablar del pueblo elegido. Israel es la viña de dios, la obra
del Señor, la alegría de su corazón: «Yo te había
plantado de la cepa selecta» (Jr 2, 21); «Tu madre era como una
vida plantada a orillas de las aguas. Era lozana y frondosa, por la abundancia
de agua (...)» (Ez 19, 10); «Una viña tenía mi amado
en una fértil colina. La cavó y despedregó, y la plantó
de cepa exquisita (...)» (Is 5, 1-2).
Jesús retoma el símbolo de la viña y lo usa para revelar
algunos aspectos del Reino de dios: «Un hombre plantó una viña,
la rodeó de una cerca, cavó un lagar, edificó una torre;
la arrendó a unos viñadores y se marchó lejos»
(Mc 12, 1; cf. Mt 21, 28 ss.).
El evangelista Juan nos invita a calar en profundidad y nos lleva a descubrir
el misterio de la viña. Ella es el símbolo y la figura, no sólo
del Pueblo de Dios, sino de Jesús mismo. Él es la vida y nosotros,
sus discípulos, somos los sarmientos; Él es la «vid verdadera»
a la que los sarmientos están vitalmente unidos (cf. Jn 15, 1 ss.).
El Concilio Vaticano II, haciendo referencia a las diversas imágenes
bíblicas que iluminan el misterio de la Iglesia, vuelve a presentar
la imagen de la vida y de los sarmientos: «Cristo es la verdadera vid,
que comunica vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros, que permanecemos
en Él por medio de la Iglesia, y sin Él nada podemos hacer (Jn
15, 1-5)».
La Iglesia misma es, por tanto, la viña evangélica. Es misterio
porque el amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son
el don absolutamente gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua
y del Espíritu (cf. Jn 3, 5), llamados a revivir la misma comunión
de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia (misión): «Aquel
día -dice Jesús- comprenderéis que Yo estoy en mi Padre
y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14, 20).
Sólo dentro de la Iglesia como misterio de comunión se revela
la «identidad» de los fieles laicos, su original dignidad. Y sólo
dentro de esta dignidad se pueden definir su vocación y misión
en la Iglesia y en el mundo.
9.-¿QUIÉNES
SON LOS FIELES LAICOS?
Los
Padres sinodales han señalado con justa razón la necesidad de
individuar y de proponer una descripción positiva de la vocación
y de la misión de los fieles laicos, profundizando en el estudio de
la doctrina del Concilio Vaticano II, a la luz de los recientes documentos
del Magisterio y de la experiencia de la vida misma de la Iglesia guiada por
el Espíritu Santo.
Al dar una respuesta al interrogante «quiénes son los fieles
laicos», el Concilio, superando interpretaciones precedentes y prevalentemente
negativas, se abrió a una visión decididamente positiva, y ha
manifestado su intención fundamental al afirmar la plena pertenencia
de los fieles laicos a la Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar
de su vocación, que tiene en modo especial la finalidad de «buscar
el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas
según Dios». «Con el nombre de laicos ¾así
los describe la Constitución Lumen gentium¾ se designan aquí
todos los fieles cristianos a excepción de los miembros del orden sagrado
y los del estado religioso sancionado por la Iglesia; es decir, los fieles
que, en cuanto incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados al Pueblo
de Dios y hechos partícipes a su modo del oficio sacerdotal, profético
y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de
todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde».
Ya Pío XII decía: «Los fieles, y más precisamente
los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida
de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana.
Por tanto ellos, ellos especialmente, deben tener conciencia, cada vez más
clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia;
es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del
Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él.
Ellos son la Iglesia (...)».
Según la imagen bíblica de la viña, los fieles laicos
¾al igual que todos los miembros de la Iglesia¾ son sarmientos
radicados en Cristo, la verdadera vid, convertidos por Él en una realidad
viva y vivificante.
En la inserción en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos de
la iniciación cristiana, la raíz primera que origina la nueva
condición del cristiano en el misterio de la Iglesia, la que constituye
su más profunda «fisonomía», la que está
en la base de todas las vocaciones y del dinamismo de la vida cristiana de
los fieles laicos. En Cristo Jesús, muerto y resucitado, el bautizado
llega a ser una «nueva creación» (Gal 6, 15; 2 Cor. 5,
17), una creación purificada del pecado y vivificada por la gracia.
De este modo, sólo captando la misteriosa riqueza que Dios dona al
cristiano en el santo Bautismo es posible delinear la «figura»
del fiel laico.
10. EL BAUTISMO Y LA NOVEDAD CRISTIANA
No
es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo
el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo,
sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus compromisos bautismales
según la vocación que ha recibido de Dios.
Para describir la «figura» del fiel laico consideraremos ahora
de modo directo y explícito ¾entre otros¾ estos tres
aspectos fundamentales: el Bautismo nos regenera a la vida de los hijos de
Dios; nos une a Jesucristo y a su Cuerpo que es la Iglesia; nos unge en el
Espíritu Santo constituyéndonos en templos espirituales.
11.
Hijos en el Hijo
Recordamos
las palabras de Jesús a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo,
el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de
Dios» (Jn 3, 5). El Santo Bautismo es, por tanto, un nuevo nacimiento,
es una regeneración.
Pensando precisamente en este aspecto del don bautismal, el apóstol
Pedro irrumpe en este canto: « Bendito sea el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia nos ha regenerado,
mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para una
esperanza viva, para una herencia que no se corrompe, no se mancha y no se
marchita» (1 P 1, 3-4).
Y designa a los cristianos como aquellos que «no han sido reengendrados
en un germen corruptible, sino incorruptible, por medio de la Palabra de Dios
viva y permanente» (1 P 1, 23). Por el santo bautismo somos hechos hijos
de Dios en su Unigénito Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las
aguas de la sagrada fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un
día fue oída a orillas del río Jordán: «Tú
eres mi Hijo amado, en tí me complazco» (Lc 3, 22); y entiende
que ha sido asociado al Hijo predilecto, llegando a ser hijo adoptivo (cf
Gal 4, 4-7) y hermano de Cristo. Se cumple así en la historia de cada
uno el eterno designio del Padre: «a los que de antemano conoció,
también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para
que Él fuera el primogénito entre muchos hermanos» (cf.
Rom 8; 29).
El Espíritu Santo es quien constituye a los bautizados en hijos de
Dios y, al mismo tiempo, en miembros del Cuerpo de Cristo. Lo recuerda Pablo
a los cristianos de Corinto: «En un solo Espíritu hemos sido
todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1 Cor 12,
13); de modo tal que el apóstol puede decir a los fieles laicos: «Ahora
bien, vosotros sois el Cuerpo de Cristo y sus miembros, cada uno por su parte»
(1 Cor 12, 27); «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado
a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (Gal 4, 6; cf. Rom
8, 15-16).
12. Un solo cuerpo en Cristo
Regenerados
como «hijos en el Hijo», los bautizados son inseparablemente «miembros
de Cristo y miembros del cuerpo de la Iglesia», como enseña el
Concilio de Florencia. El Bautismo significa y produce una incorporación
mística pero real al cuerpo crucificado y glorioso de Jesús.
Mediante este sacramento, Jesús une al bautizado con su muerte para
unirlo a su resurrección (cf. Rom 6, 3-5); lo despoja del «hombre
viejo» y lo reviste del «hombre nuevo», es decir, de Sí
mismo: «Todos los que habeis sido bautizados en Cristo ¾proclama
el apóstol Pablo¾ os habéis revestido de Cristo»
(Gal 3, 27; cf. Ef 4, 22-24; Col 3, 9-10). De ello resulta que «nosotros,
siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo»
(Rom 12, 5).
Volvemos a encontrar en las palabras de Pablo el eco fiel de las enseñanzas
del mismo Jesús, que nos ha revelado la misteriosa unidad de sus discípulos
con Él y entre sí, presentándola como imagen y prolongación
de aquella arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al Padre
en el vínculo amoroso del Espíritu (cf. Jn 17, 21).
Es la misma unidad de la que habla Jesús con la imagen de la vida y
de los sarmientos: «Yo soy la vida, vosotros los sarmientos» (Jn
15, 5); imagen que da luz no sólo para comprender la profunda intimidad
de los discípulos con Jesús, sino también la comunión
vital de los discípulos entre sí: todos son sarmientos de la
única Vid.
13.
Templos vivos y santos del Espíritu
Con
otra imagen ¾aquélla del edificio¾ el apóstol
Pedro define a los bautizados como «piedras vivas» cimentadas
en Cristo, la «piedra angular», y destinadas a la «construcción
de un edificio espiritual» (1 P 2, 5 ss). La imagen nos introduce en
otro aspecto de la novedad bautismal, que el Concilio Vaticano II presentaba
de este modo: «Por la regeneración y la unción del Espíritu
Santo, los bautizados son consagrados como casa espiritual».
El Espíritu Santo «unge» al bautizado, le imprime su sello
indeleble (cf 2 Cor 1, 21-22), y lo constituye en templo espiritual; es decir,
le llena de la santa presencia de Dios gracias a la unión y conformación
con Cristo. Con esta «unción» espiritual, el cristiano
puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: «El Espíritu
del Señor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para
evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a
los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos,
y a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19;
cf. Is 61, 1-2). De esta manera, mediante la efusión bautismal y crismal,
el bautizado participa en la misma misión de Jesús el Cristo,
el Mesías Salvador.
14.
PARTICIPES DEL OFICIO SACERDOTAL PROFETICO Y REAL DE JESUCRISTO
Dirigiéndose
a los bautizados como a «niños recién nacidos»,
el apóstol Pedro escribe: «Acercándoos a Él, piedra
viva, desechada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, también
vosotros, cual piedras vivas, sois utilizados en la construcción de
un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios
espirituales, adeptos a Dios por mediación de Jesucristo (...). Pero
vosotros sois el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa,
el pueblo que Dios se ha adquirido para que proclame los prodigios de Aquel
que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz (...)» (1 P 2,
4-5.9).
He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad bautismal: los
fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple
oficio ¾sacerdotal, profético y real¾ de Jesucristo.
Es este un aspecto que nunca ha sido olvidado por la tradición viva
de la Iglesia, como se desprende, por ejemplo, de la explicación que
nos ofrece San Agustín del Salmo 26. Escribe así: «David
fue ungido rey. En aquel tiempo, se ungía sólo al rey y al sacerdote.
En estas dos personas se encontraba prefigurado el futuro único rey
y sacerdote, Cristo ¾y por esto «Cristo» viene de «crisma»¾.
Pero no sólo ha sido ungida nuestra Cabeza, sino que también
hemos sido ungidos nosotros, su Cuerpo (...). Por ello, la unción es
propia de todos los cristianos; mientras que en el tiempo del Antiguo Testamento
pertenecía sólo a dos personas. Está claro que somos
el Cuerpo de Cristo, ya que todo hemos sido ungidos, y en Él somos
cristos y Cristo, porque en cierta manera la cabeza y el cuerpo forman el
Cristo en su integridad».
Siguiendo el rumbo indicado por el Concilio Vaticano II, ya desde el inicio
de mi servicio pastoral, he querido exaltar la dignidad sacerdotal, profética
y real de todo el Pueblo de Dios diciendo: «Aquél que ha nacido
de la Virgen María, el Hijo del carpintero ¾como se lo consideraba¾,
el Hijo de Dios vivo ¾como ha confesado Pedro¾ ha venido para
hacer de todos nosotros «un reino de sacerdotes». El Concilio
Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que
la misión de Cristo ¾Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey¾
continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios es partícipe
de esta triple misión».
Con la presente Exhortación deseo invitar nuevamente a todos los fieles
laicos a releer, a meditar y a asimilar, con inteligencia y con amor, el rico
y fecundo magisterio del Concilio sobre su participación en el triple
oficio de Cristo (22). He aquí entonces, sintéticamente, los
elementos esenciales de estas enseñanzas.
Los fieles laicos participan en el oficio sacerdotal, por el que Jesús
se ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se ofrece continuamente en la
celebración eucarística por la salvación de la humanidad
para gloria del Padre. Incorporados a Jesucristo, los bautizados están
unidos a Él y a su sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos
y de todas sus actividades (cf. Rom 12, 1-2). Dice el Concilio hablando de
los fieles laicos: «Todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas,
la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso espiritual
y corporal, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas
de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales
aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la celebración
de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto
con la oblación del Cuerpo del Señor. De este modo también
los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran
a Dios el mundo mismo».
La participación en el oficio profético de Cristo, «que
proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder
de la palabra», habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con
fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar
en denunciar el mal con valentía. Unidos a Cristo, el «gran Profeta»
(Lc 7, 16), y constituidos en el Espíritu «testigos» de
Cristo Resucitado, los fieles laicos son hechos partícipes tanto del
sobrenatural sentido de fe de la Iglesia, que «no puede equivocarse
cuando cree», cuanto de la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18; Ap
19, 10). Son igualmente llamados a hacer que resplandezca la novedad y la
fuerza del Evangelio en su vida cotidiana, familiar y social, como a expresar,
con paciencia y valentía, en medio de las contradicciones de la época
presente, su esperanza en la gloria «también a través
de las estructuras de la vida secular».
Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los fieles laicos
participan en su oficio real y son llamados por Él para servir al Reino
de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realiza cristiana, antes que
nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino
del pecado (cf. Rom 6, 12); y después en la propia entrega para servir,
en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus
hermanos, especialmente en los más pequeños (cf. Mt 25, 40).
Pero los fieles laicos están llamados de modo particular para dar de
nuevo a la entera creación todo su valor originario. Cuando mediante
una actividad sostenida por la vida de la gracia, ordenan lo creado al verdadero
bien del hombre, participan en el ejercicio de aquel poder, con el que Jesucristo
Resucitado atrae a sí todas las cosas y las somete, junto consigo mismo,
al Padre, de manera que Dios sea todo en todos (cf. Jn 12, 32; 1 Cor 15, 28).
La participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo
Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera en la unción
del Bautismo, su desarrollo en la Confirmación, y su cumplimiento y
dinámica sustentación en la Eucaristía. Se trata de una
participación donada a cada uno de los fieles laicos individualmente;
pero les es dada en cuanto que forman parte del único Cuerpo del Señor.
En efecto, Jesús enriquece con sus dones a la misma Iglesia en cuanto
que es su Cuerpo y su Esposa. De este modo, cada fiel participa en el triple
oficio de Cristo porque es miembro de la Iglesia; tal como enseña claramente
el apóstol Pedro, el cual define a los bautizados como «el linaje
elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se
ha adquirido» (1P 2, 9). Precisamente porque deriva de la comunión
eclesial, la participación de los fieles laicos en el triple oficio
de Cristo exige ser vivida y actuada en la comunión y para acrecentar
esta comunión. Escribía San Agustín: «Así
como llamamos a todos cristianos en virtud del místico crisma, así
también llamamos a todos sacerdotes porque son miembros del único
sacerdote».
15. LOS FIELES LAICOS Y LA INDOLE SECULAR
La
novedad cristiana es el fundamento y el título de la igualdad de todos
los bautizados en Cristo, de todos los miembros del Pueblo de Dios: «común
es la dignidad de los miembros por su regeneración en Cristo, común
la gracia de hijos, común la vocación a la perfección,
una sola salvación, una sola esperanza e indivisa caridad». En
razón de la común dignidad bautismal, el fiel laico es corresponsable,
junto con los ministros ordenados y con los religiosos y las religiosas, de
la misión de la Iglesia.
Pero la común dignidad bautismal asume en el fiel laico una modalidad
que lo distingue, sin separarlo, del presbítero, del religioso y de
la religiosa. El Concilio Vaticano II ha señalado esta modalidad en
la índole secular: «El carácter secular es propio y peculiar
de los laicos».
Precisamente para poder captar completa, adecuada y específicamente
la condición eclesial del fiel laico es necesario profundizar el alcance
teológico del concepto de la índole secular a la luz del designio
salvífico de dios y del misterio de la Iglesia.
Como decía Pablo VI, la Iglesia «tiene una auténtica dimensión
secular, inherente a su íntima naturaleza y a su misión, que
hunde su raíz en el misterio del Verbo Encarnado, y se realiza de formas
diversas en todos sus miembros».
La Iglesia, en efecto, vive en el mundo, aunque no es del mundo (cf. Jn 17,
16) y es enviada a continuar la obra redentora de Jesucristo; la cual, «al
mismo tiempo que mira de suyo a la salvación de los hombres, abarca
también la restauración de todo el orden temporal».
Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su
dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la
participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de actuación
y de función, que, según el Concilio, «es propia y peculiar»
de ellos. Tal modalidad se designa con la expresión «índole
secular».
En realidad el Concilio describe la condición secular de los fieles
laicos indicándola, primero, como el lugar en que les es dirigida la
llamada de Dios: «Allí son llamados por Dios». Se trata
de un «lugar», que viene presentado en términos dinámicos:
los fieles laicos «viven en el mundo, esto es, implicados en todas y
cada una de las ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias
de la vida familiar y social, de la que su existencia se encuentra como entretejida».
Ellos son personas que viven la vida normal en el mundo, estudian, trabajan,
entablan relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales, etc.
El Concilio considera su condición no como un dato exterior y ambiental,
sino como una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud de su
significado. Es más, afirma que «el mismo Verbo encarnado quiso
participar de la convivencia humana (...). Santificó los vínculos
humanos, en primer lugar los familiares, donde tienen su origen las relaciones
sociales, sometiéndose voluntariamente a la leyes de su patria. Quiso
llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región».
De este modo, el «mundo» se convierte en el ámbito y el
medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, porque él
mismo está destinado a dar gloria a dios Padre en Cristo. El Concilio
puede indicar entonces cuál es el sentido propio y peculiar de la vocación
divina dirigida a los fieles laicos. No han sido llamados a abandonar el lugar
que ocupan en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo, tal como lo señala
el apóstol Pablo: «Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en
la condición en que se encontraba cuando fue llamado» (1 Co 7,
24); sino que les confía una vocación que afecta precisamente
a su situación intramundana. En efecto, los fieles laicos, «son
llamados por dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación
del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu
evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás,
principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza
y caridad».
De este modo, el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no
sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también,
y específicamente, una realidad teológica y eclesial. En efecto,
Dios les manifiesta su designio en su situación intramundana, y les
comunica la particular vocación de «buscar el Reino de Dios tratando
las realidades temporales y ordenándolas según Dios».
Precisamente en esta perspectiva los Padres Sinodales han afirmado lo siguiente:
«La índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente
en sentido sociológico, sino sobre todo en sentido teológico.
El carácter secular, debe ser entendido a la luz del acto creador y
redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres,
para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo
del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia,
en la profesión y en las diversas actividades sociales».
La condición eclesial de los fieles laicos se encuentra radicalmente
definida por su novedad cristiana y caracterizada por su índole secular.
Las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de la levadura,
aunque se refieren indistintamente a todos los discípulos de Jesús,
tienen también una aplicación específica a los fieles
laicos. Se trata de imágenes espléndidamente significativas,
porque no sólo expresan la plena participación y la profunda
inserción de los fieles laicos en la tierra, en el mundo, en la comunidad
humana: sino que también, y sobre todo, expresan la novedad y la originalidad
de esta inserción y de esta participación, destinadas como están
a la difusión del Evangelio que salva.
16.
LLAMADOS A LA SANTIDAD
La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos
esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos
en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a la santidad,
o sea a la perfección de la caridad. El santo es el testimonio más
espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo.
El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente luminosas sobre
la vocación universal a la santidad. Se puede decir que precisamente
esta llamada ha sido la consigna fundamental confiada a todos los hijos e
hijas de la Iglesia, por un Concilio convocado para la renovación evangélica
de la vida cristiana. Esta consigna no es una simple exhortación moral,
sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia. Ella es la Viña
elegida, por medio de la cual los sarmientos viven y crecen con la misma linfa
sana y santificante de Cristo; es el Cuerpo místico, cuyos miembros
participan de la misma vida de santidad de su Cabeza, que es Cristo; es la
Esposa amada del Señor Jesús, por quien Él se ha entregado
para santificarla (cf. Ef 5, 25 ss.). El Espíritu que santificó
la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María (cfr.
Lc 1, 35), es el mismo Espíritu que vive y obre en la Iglesia, con
el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho hombre.
Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a emprender
el camino de la renovación evangélica, acogiendo generosamente
la invitación del apóstol a ser «santos en toda la conducta»
(1 P 1, 15). El Sínodo Extraordinario de 1985, a los veinte años
de la conclusión del Concilio, ha insistido muy oportunamente en esta
urgencia: «Puesto que la Iglesia es en Cristo un misterio, debe ser
considerada como signo e instrumento de santidad (...). Los santos y las santas
han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias
más difíciles de toda la historia de la Iglesia. Hoy tenemos
una gran necesidad de santos, que hemos de implorar asiduamente a Dios».
Todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella, reciben y, por
tanto, comparten la común vocación a la santidad. Los fieles
laicos están llamados, a pleno título, a esta común vocación,
sin ninguna diferencia respecto de los demás miembros de la Iglesia:
«Todos los fieles de cualquier estado y condición están
llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la
caridad»; «todos los fieles están invitados y deben tender
a la santidad y a la perfección en el propio estado».
La vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo y
pone de nuevo ante nuestros ojos en los demás sacramentos, principalmente
en la Eucaristía. Revestidos de Jesucristo y saciados por su Espíritu,
los cristianos son «santos», y por eso quedan capacitados y comprometidos
a manifestar la santidad de su ser en la santidad de todo su obrar. El apóstol
Pablo no se cansa de amonestar a todos los cristianos para que vivan «como
conviene a los santos» (Ef. 5, 3).
La vida según el Espíritu, cuyo fruto es la santificación
(cf. Rm 6, 22; Gal 5, 22), suscita y exige de todos y de cada uno de los bautizados
el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la recepción
de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la Palabra de Dios, en la
participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental
de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en
el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento
del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos,
especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres
y de los que sufren.
17. Santificarse en el mundo
La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida
según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción
en las realidades temporales y en su participación en las actividades
terrenas. De nuevo el apóstol nos amonesta diciendo: «Todo cuanto
hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor
Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre» (Col 3, 17).
Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles laicos, el Concilio
afirma categóricamente: «Ni la atención de la familia,
ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación
espiritual de la vida». A su vez los Padres sinodales han dicho: «La
unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en
efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por
tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben
considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión
con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también
de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión
con Dios en Cristo».
Los fieles laicos han de considerar la vocación a la santidad, antes
que como una obligación exigente e irrenunciable, como un signo luminoso
del infinito amor del Padre que les ha regenerado a su vida de santidad. Tal
vocación, por tanto, constituye una componente esencial e inseparable
de la nueva vida bautismal, y, en consecuencia, un elemento constitutivo de
su dignidad. Al mismo tiempo, la vocación a la santidad está
ligada íntimamente a la misión y a la responsabilidad confiadas
a los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo. En efecto, la misma santidad
vivida, que deriva de la participación en la vida de santidad de la
Iglesia, representa ya la aportación primera y fundamental a la edificación
de la misma Iglesia en cuanto «Comunión de los Santos».
Ante la mirada iluminada por la fe se descubre un grandioso panorama: el de
tantos y tantos fieles laicos ¾a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos;
desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre¾
, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividades de cada jornada,
son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor;
son los humildes y grandes artífices -por la potencia de la gracia
de Dios, ciertamente- del crecimiento del Reino de Dios en la historia.
Además se ha de decir que la santidad es un presupuesto fundamental
y una condición insustituible para realizar la misión salvífica
de la Iglesia. La santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la media
infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero.
Sólo en la medida en que la Iglesia, Esposa de Cristo, se deja amar
por Él y Le corresponde, llega a ser una Madre llena de fecundidad
en el Espíritu.
Volvemos de nuevo a la imagen bíblica: el brotar y el expandirse de
los sarmientos depende de su inserción en la vida. «Lo mismo
que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en
la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo
en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis
hacer nada» (Jn 15, 4-5).
Es natural recordar aquí la solemne proclamación de algunos
fieles laicos, hombre y mujeres, como beatos y santos, durante el mes en el
que se celebró el Sínodo. Todo el Pueblo de Dios, y los fieles
laicos en particular, pueden encontrar ahora nuevos modelos de santidad y
nuevos testimonios de virtudes heróicas vividas en las condiciones
comunes y ordinarias de la existencia humana.Como han dicho los Padres sinodales:
«Las Iglesias locales, y sobre todo las llamadas Iglesias jóvenes,
deben reconocer atentamente entre los propios miembros, aquellos hombres y
mujeres que ofrecieron en estas condiciones ¾las condiciones ordinarias
de vida en el mundo y el estado conyugal¾ el testimonio de una vida
santa, y que pueden ser ejemplo para los demás, con objeto de que,
si se diera el caso, los propongan para la beatificación y canonización».
Al final de estas reflexiones, dirigidas a definir la condición eclesial
del fiel laico, retorna a la mente la célebre exhortación de
San León Magno: «Agnosce, o Christiane, dignitatem tuam».
Es la misma admonición que San Máximo, Obispo de Turín,
dirigió a quienes habían recibido la unción del santo
Bautismo: «¡Considerad el honor que se os hace en este misterio!».
Todos los bautizados están invitados a escuchar de nuevo estas palabras
de San Agustín: «¡Alegrémonos y demos gracias; hemos
sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo (...). Pasmaos y alegraos:
hemos sido hechos Cristo!».
La dignidad cristiana, fuente de la igualdad de todos los miembros de la Iglesia,
garantiza y promueve el espíritu de comunión y de fraternidad
y, al mismo tiempo, se convierte en el secreto y la fuerza del dinamismo apostólico
y misionero de los fieles laicos. 17.19. Es una dignidad exigente; es la dignidad
de los obreros llamados por el Señor a trabajar en su viña.
«Grava sobre todos los laicos -leemos en el Concilio- la gloriosas carga
de trabajar para que el designio divino de salvación alcance cada día
más a todos los hombres de todos los tiempos y de toda la tierra».
CAPITULO II
SARMIENTOS TODOS DE LA UNICA VID
La participación de los fieles laicos en la vida de la Iglesia-Comunión
18. EL MISTERIO DE LA IGLESIA-COMUNION
Oigamos de nuevo las palabras de Jesús: «Yo soy la vid verdadera,
y mi Padre es el viñador (...). Permaneced en mí, y yo en vosotros»
(Jn 15, 1-4). Con estas sencillas palabras nos es revelada la misteriosa comunión
que vincula en unidad al Señor con los discípulos, a Cristo
con los bautizados; una comunión viva y vivificante, por la cual los
cristianos ya no se pertenecen a sí mismos, sino que son propiedad
de Cristo, como los sarmientos unidos a la vid.
La comunión de los cristianos con Jesús tiene como modelo, fuente
y meta la misma comunión del Hijo con el Padre en el don del Espíritu
Santo: los cristianos se unen al Padre al unirse al Hijo en el vínculo
amoroso del Espíritu.
Jesús continúa: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos»
(Jn 15, 5). La comunión de los cristianos entre sí nace de la
comunión con Cristo: todos somos sarmientos de la única Vid,
que es Cristo. El Señor Jesús nos indica que esta comunión
fraterna es el reflejo maravilloso y la misteriosa participación en
la vida íntima de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Por ella Jesús pide: «Que todos sean uno. Como tú, Padre,
en mí y yo en tí, que ellos también sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).
Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia, como lo recuerda
el Concilio Vaticano II, con la célebre expresión de San Cipriano:
«La Iglesia universal se presenta como «un pueblo congregado en
la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»». Al
inicio de la celebración eucarística, cuando el sacerdote nos
acoge con el saludo del apóstol Pablo: «La gracia de nuestro
Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu
Santo, estén con todos vosotros» (2 Co 13, 13), se nos recuerda
habitualmente este misterio de la Iglesia-Comunión.
Después de haber delineado la «figura» de los fieles laicos
en el marco de la dignidad que les es propia, debemos reflexionar ahora sobre
su misión y responsabilidad en la Iglesia y en el mundo. Sin embargo,
sólo podremos comprenderlas adecuadamente si nos situamos en el contexto
vivo de la Iglesia-Comunión.
19. El Concilio y la eclesiología de comunión
Es ésta la idea central que, en el Concilio Vaticano II, la Iglesia
ha vuelto a proponer de sí mismo. Nos lo ha recordado el Sínodo
extraordinario de 1985, celebrado a los veinte años del evento conciliar:
«La eclesiología de comunión es la idea central y fundamental
de los documentos del Concilio. La koinonia-comunión, fundada en la
Sagrada Escritura, ha sido muy apreciada en la Iglesia antigua, y en las Iglesias
orientales hasta nuestros días. Por esto el Concilio Vaticano II ha
realizado un gran esfuerzo para que la Iglesia en cuanto comunión fuese
comprendida con mayor claridad y concretamente traducida en la vida práctica.
¿Qué significa la compleja palabra «comunión»?
Se trata fundamentalmente de la comunión con Dios por medio de Jesucristo,
en el Espíritu Santo. Esta comunión tiene lugar en la palabra
de Dios y en los sacramentos. El Bautismo es la puerta y el fundamento de
la comunión en la Iglesia. La Eucaristía es fuente y culmen
de toda la vida cristiana (cf. Lumen gentium, 11). La comunión del
cuerpo eucarístico de Cristo significa y produce, es decir edifica,
la íntima comunión de todos los fieles en el cuerpo de Cristo
que es la Iglesia (cf. 1 Co 10, 16 s.)».
Poco después, Pablo VI se dirigía a fieles con estas palabras:
«La Iglesia es una comunión. ¿Qué quiere decir
en este caso comunión? Nos os remitimos al parágrafo del catecismo
que habla sobre la sanctorum communionem, la comunión de los santos.
Iglesia quiere decir comunión de los santos. Y comunión de los
santos quiere decir una doble participación vital: la incorporación
de los cristianos a la vida de Cristo, y la circulación de una idéntica
caridad en todos los fieles, en este y en el otro mundo. Unión a Cristo
y en Cristo; y unión entre los cristianos dentro de la Iglesia».
Las imágenes bíblicas con las que el Concilio ha querido introducirnos
en la contemplación del misterio de la Iglesia, iluminan la realidad
de la Iglesia-Comunión en su inseparable dimensión de comunión
de los cristianos con Cristo, y de comunión de los cristianos entre
sí. Son las imágenes del ovil, de la grey, de la vid, del edificio
espiritual, de la ciudad santa. Sobre todo es la imagen del cuerpo tal y como
la presenta el apóstol Pablo, cuya doctrina reverbera fresca y atrayente
en numerosas páginas del Concilio. Éste, a su vez, inicia considerando
la entera historia de la salvación, y vuelve a presentar la Iglesia
como Pueblo de Dios: «Ha querido Dios santificar y salvar a los hombres
no individualmente y sin ninguna relación entre ellos, sino constituyendo
con ellos un pueblo que lo reconociese en la verdad y le sirviera santamente».
Ya en sus primeras líneas, la constitución Lumen gentium compendia
maravillosamente esta doctrina diciendo: «La Iglesia es en Cristo como
un sacramento, es decir, signo e instrumento de la íntima unión
del hombre con dios y de la unidad de todo el género humano».
La realidad de la Iglesia-Comunión es entonces parte integrante, más
aún, representa el contenido central del «misterio» o sea
del designio divino de salvación de la humanidad. Por esto la comunión
eclesial no puede ser captada adecuadamente cuando se la entiende como una
simple realidad sociológica y psicológica. La Iglesia-Comunión
es el pueblo «nuevo», el pueblo «mesiánico»,
el pueblo que «tiene a Cristo por Cabeza (...) como condición
la dignidad y libertad de los hijos de Dios (...) por ley el nuevo precepto
de amar como el mismo Cristo nos ha amado (...) por fin el Reino de Dios (...)
(y es) constituido por Cristo en comunión de vida, de caridad y de
verdad». Los vínculos que unen a los miembros del nuevo Pueblo
entre sí ¾y antes aún, con Cristo¾ no son aquellos
de la «carne» y de la «sangre», sino aquellos del
espíritu; más precisamente, aquellos del Espíritu Santo,
que reciben todos los bautizados (cf. Joel 3, 1).
En efecto, aquel Espíritu que desde la eternidad abraza la única
e indivisa Trinidad, aquel Espíritu que «en la plenitud de los
tiempos» (Gal 4, 4) unió indisolublemente la carne humana al
Hijo de Dios, aquel mismo e idéntico Espíritu es, a lo largo
de todas las generaciones cristianas, el inagotable manantial del que brota
sin cesar la comunión en la Iglesia y de la Iglesia.
20. Una comunión orgánica: diversidad y complementariedad.
La comunión eclesial se configura, más precisamente, como comunión
«orgánica», análoga a la de un cuerpo vivo y operante.
En efecto, está caracterizada por la simultánea presencia de
la diversidad y de la complementariedad de las vocaciones y condiciones de
vida, de los ministerios, de los carismas y de las responsabilidades. Gracias
a esta diversidad y complementariedad, cada fiel laico se encuentra en relación
con todo el cuerpo y le ofrece su propia aportación.
El apóstol Pablo insiste particularmente en la comunión orgánica
del Cuerpo místico de Cristo. Podemos escuchar de nuevo sus ricas enseñanzas
en la síntesis trazada por el Concilio. Jesucristo ¾leemos en
la constitución Lumen gentium¾ «comunicando su Espíritu,
constituye místicamente como cuerpo suyo a sus hermanos, llamados de
entre todas las gentes. En ese cuerpo, la vida de Cristo se derrama en los
creyentes (...). Como todos los miembros del cuerpo, aunque numerosos, forman
un solo cuerpo, así también los fieles de Cristo (cf. 1 Co 12,
12). También en la edificación del cuerpo de Cristo vive la
diversidad de miembros y funciones. Uno es el Espíritu que, para la
utilidad de la Iglesia, distribuye sus múltiples dones con magnificencia
proporcionada a su riqueza y a las necesidades de los servicios (cf. 1 Co
12, 1-11). Entre estos dones ocupa el primer puesto la gracia de los Apóstoles,
a cuya autoridad el mismo Espíritu somete incluso los carismáticos
(cf. 1 Co 14). Y es también el mismo Espíritu que, con su fuerza
y mediante la íntima conexión de los miembros, produce y estimula
la caridad entre todos los fieles. Y por tanto, si un miembro sufre, sufren
con él todos los demás miembros; si a un miembro lo honran,
de ello se gozan con él todos los demás miembros (cf. 1 Co 12,
26)».
Es siempre el único e idéntico Espíritu el principio
dinámico de la variedad y de la unidad en la Iglesia y de la Iglesia.
Leemos nuevamente en la constitución Lumen gentium: «Para que
nos renovásemos continuamente en Él (Cristo) (cf. Ef 4, 23),
nos ha dado su Espíritu, el cual, único e idéntico en
la Cabeza y en los miembros, da vida, unidad y movimiento a todo el cuerpo,
de manera que los santos Padres pudieron parangonar su función con
la que ejerce el principio vital, es decir el alma, en el cuerpo humano».
En otro texto, particularmente denso y valioso para captar la «organicidad»
propia de la comunión eclesial, también en su aspecto de crecimiento
incesante hacia la comunión perfecta, el Concilio escribe: «El
Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como
en un templo (cf. 1 Co 3, 16; 6, 19), y en ellos ora y da testimonio de la
adopción filial (cf. Gal 4, 6; Rm 8, 15-16. 26). Él guía
la Iglesia hacia la completa verdad (cf. Jn. 16, 13), la unifica en la comunión
y en el servicio, la instruye y dirige con diversos dones jerárquicos
y carismáticos, la embellece con sus frutos (cf. Ef 4, 11-12; 1 Co
12, 4; Gal 5, 22). Hace rejuvenecer la Iglesia con la fuerza del Evangelio,
la renueva constantemente y la conduce a la perfecta unión con su Esposo.
Porque el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús:
¡«Ven»! (cf. Ap 22, 17)».
La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del Espíritu
Santo, que los fieles laicos están llamados a acoger con gratitud y,
al mismo tiempo, a vivir con profundo sentido de responsabilidad. El modo
concreto de actuarlo es a través de la participación de la vida
y misión de la Iglesia, a cuyo servicio los fieles laicos contribuyen
con sus diversas y complementarias funciones y carismas.
El fiel laico «no puede jamás cerrarse sobre sí mismo,
aislándose espiritualmente de la comunidad; sino que debe vivir en
un continuo intercambio con los demás, con un vivo sentido de fraternidad,
en el gozo de una igual dignidad y en el empeño por hacer fructificar,
junto con los demás, el inmenso tesoro recibido en herencia. El Espíritu
del Señor le confiere, como también a los demás, múltiples
carismas; le invita a tomar parte en diferentes ministerios y encargos; le
recuerda, como también recuerda a los otros en relación con
él, que todo aquello que le distingue no significa una mayor dignidad,
sino una especial y complementaria habilitación al servicio (...).
De esta manera, los carismas, los ministerios, los encargos y los servicios
del fiel laico en la comunión y para la comunión. Son riquezas
que se complementan entre sí en favor de todos, bajo la guía
prudente de los Pastores».
21. LOS MINISTERIOS Y LOS CARISMAS, DONES DEL ESPÍRITU A LA IGLESIA
El Concilio Vaticano II presenta los ministerios y los carismas como dones
del Espíritu Santo para la edificación del Cuerpo de Cristo
y para el cumplimiento de su misión salvadora en el mundo. La Iglesia,
en efecto, es dirigida y guiada por el Espíritu, que generosamente
distribuye diversos dones jerárquicos y carismáticos entre todos
los bautizados, llamándolos a ser ¾cada uno a su modo¾
activos y corresponsables.
Consideremos ahora los ministerios y los carismas con directa referencia a
los fieles laicos y a su participación en la vida de la Iglesia-Comunión.
Los ministerios, oficios y funciones .
Los ministerios presentes y operantes en la Iglesia, si bien con modalidades
diversas, son todos una participación en el ministerio de Jesucristo,
el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11), el siervo humilde
y totalmente sacrificado por la salvación de todos (cf. Mc 10, 45).
Pablo es completamente claro al hablar de la constitución ministerial
de las Iglesias apostólicas. En la Primera Carta a los Corintios escribe:
«A algunos Dios los ha puesto en la Iglesia, en primer lugar como apóstoles,
en segundo lugar como profetas, en tercer lugar como maestros (...)»
(1 Co 12, 28). En la Carta a los Efesios leemos: «A cada uno de nosotros
nos ha sido dada la gracia según la medida del don de Cristo (...).
Es Él quien, por una parte, ha dado a los apóstoles, por otra,
a los profetas, los evangelistas, los pastores y los maestros, para hacer
idóneos los hermanos para la realización del ministerio, con
el fin de edificar el cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad
de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto,
según la medida que corresponde a la plena madurez de Cristo»
(Ef 4, 7. 11-13; cf. Rm 12, 4-8). Como resulta de estos y de otros textos
del Nuevo Testamento, son múltiples y diversos los ministerios, como
también los dones y las tareas eclesiales.
22. Los ministerios que derivan del Orden
En la Iglesia encontramos, en primer lugar, los ministerios ordenados; es
decir, los ministerios que derivan del sacramento del Orden. En efecto, el
Señor Jesús escogió y constituyó los Apóstoles
¾germen del Pueblo de la nueva Alianza y origen de la sagrada Jerarquía¾
con el mandato de convertir en discípulos todas las naciones (cf. Mt
28, 19), de formar y de regir el pueblo sacerdotal. La misión de los
Apóstoles, que el Señor Jesús continúa confiando
a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio, llamado significativamente
«diakonia» en la Sagrada Escritura; esto es, servicio, ministerio.
Los ministros ¾en la ininterrumpida sucesión apostólica¾
reciben de Cristo Resucitado el carisma del Espíritu Santo, mediante
el sacramento del Orden; reciben así la autoridad y el poder sacro
para servir a la Iglesia «in persona Christi capitis» (personificando
a Cristo Cabeza), y para congregarla en el Espíritu Santo por medio
del Evangelio y de los Sacramento.
Los ministerios ordenados ¾antes que para las personas que los reciben¾
son una gracia para la Iglesia entera. Expresan y llevan a acabo una participación
en el sacerdocio de Jesucristo que es distinta, no sólo por grado sino
por esencia, de la participación otorgada con el Bautismo y con la
Confirmación a todos los fieles. Por otra parte, el sacerdocio ministerial,
como ha recordado el Concilio Vaticano II, está esencialmente finalizado
al sacerdocio real de todos los fieles y a éste ordenado.
Por esto, para asegurar y acrecentar la comunión en la Iglesia, y concretamente
en el ámbito de los distintos y complementarios ministerios, los pastores
deben reconocer que su ministerio está radicalmente ordenado al servicio
de todo el Pueblo de Dios (cf. Hb 5, 1); y los fieles laicos han de reconocer,
a su vez que el sacerdocio ministerial es enteramente necesario para su vida
y para su participación en la misión de la Iglesia.
23. Ministerio, oficios y funciones de los laicos
La misión salvífica de la Iglesia en el mundo es llevada a cabo
no sólo por los ministerios en virtud del sacramento del Orden, sino
también por todos los fieles laicos. En efecto, éstos, en virtud
de su condición bautismal y de su específica vocación,
participan en el oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo,
cada uno en su propia medida.
Los pastores, por tanto, han de reconocer y promover los ministerios, oficios
y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en
el Bautismo y en la Confirmación, y para muchos de ellos, además
en el Matrimonio.
Después, cuando la necesidad o la utilidad de la Iglesia lo exija,
los pastores ¾según las normas establecidas por el derecho universal¾
pueden confiar a los fieles laicos algunas tareas que, si bien están
conectadas a su propio ministerio de pastores, no exigen, sin embargo, el
carácter del Orden. El Código de Derecho Canónico escribe:
«Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no hay ministros, pueden
también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles
en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra,
presidir oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada
Comunión, según las prescripciones del derecho». Sin embargo,
el ejercicio de estas tareas no hace del fiel laico un pastor. En realidad,
no es la tarea lo que constituye el ministerio, sino la ordenación
sacramental. Sólo el sacramento del Orden atribuye al ministerio ordenado
una peculiar participación en el oficio de Cristo Cabeza y Pastor y
en su sacerdocio eterno. La tarea realizada en calidad de suplente tiene su
legitimación ¾formal e inmediatamente¾ en el encargo
oficial hecho por los pastores, y depende, en su concreto ejercicio, de la
dirección de la autoridad eclesiástica.
La reciente Asamblea sinodal ha trazado un amplio y significativo panorama
de la situación eclesial acerca de los ministerios, los oficios y las
funciones de los bautizados. Los Padres han apreciado vivamente la aportación
apostólica de los fieles laicos, hombres y mujeres, en favor de la
evangelización, de la santificación y de la animación
cristiana de las realidades temporales, como también su generosa disponibilidad
a la suplencia en situaciones de emergencia y de necesidad crónica.
Como consecuencia de la renovación litúrgica promovida por el
Concilio, los mismos fieles laicos han tomado una más viva conciencia
de las tareas que les corresponden en la asamblea litúrgica y en su
preparación, y se han manifestado ampliamente dispuestos a desempeñarlas.
En efecto, la celebración litúrgica es una acción sacra
no sólo del clero, sino de toda la asamblea. Por tanto, es natural
que las tareas no propias de los ministros ordenados sean desempeñadas
por los fieles laicos. Después, ha sido espontáneo el paso de
una efectiva implicación de los fieles laicos en la acción litúrgica
a aquélla en el anuncio de la Palabra de Dios y en la cura pastoral.
En la misma Asamblea sinodal nos han faltado, sin embargo, junto a los positivos,
otros juicios críticos sobre el uso indiscriminado del término
«ministerio», la confusión y tal vez la igualación
entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial, la escasa observancia
de ciertas leyes y normas eclesiásticas, la interpretación arbitraria
del concepto de «suplencia», la tendencia a la «clericalización»
de los fieles laicos y el riesgo de crear de hecho una estructura eclesial
de servicio paralela a la fundada en el sacramento del Orden.
Precisamente para superar estos peligros, los Padres sinodales han insistido
en la necesidad de que se expresen con claridad ¾sirviéndose
también de una terminología más precisa¾, tanto
la unidad de misión de la Iglesia, en la que participan todos los bautizados,
como la sustancial diversidad del ministerio de los pastores, que tiene su
raíz en el sacramento del Orden, respecto de los otros ministerios,
oficios y funciones eclesiales, que tienen su raíz en los sacramentos
del Bautismo y de la Confirmación.
Es necesario pues, en primer lugar, que los pastores, al reconocer y al conferir
a los fieles laicos los varios ministerios, oficios y funciones, pongan el
máximo cuidado en instruirles acerca de la raíz bautismal de
estas tareas. Es necesario también que los pastores estén vigilantes
para que se evite un fácil y abusivo recurso a presuntas «situaciones
de emergencia» o de «necesidad suplencia», allí donde
no se dan objetivamente o donde es posible remediarlo con una programación
pastoral más racional.
Los diversos ministerios, oficios y funciones que los fieles laicos pueden
desempeñar legítimamente en la liturgia, en la transmisión
de la fe y en las estructuras pastorales de la Iglesia, deberán ser
ejercitados en conformidad con su específica vocación laical,
distinta de aquélla de los sagrados ministros. En este sentido, la
exhortación Evangelii nuntiandi, que tanta y tan beneficiosa parte
ha tenido en el estimular la diversificada colaboración de los fieles
laicos en la vida y en la misión evangelizadora de la Iglesia, recuerda
que «el campo propio de su actividad evangelizadora es el dilatado y
complejo mundo de la política, de la realidad social, de la economía;
así como también de la cultura, de las ciencias y de las artes,
de la vida internacional, de los órganos de comunicación social;
y también de otras realidades particularmente abiertas a la evangelización,
como el amor, la familia, la educación de los niños y de los
adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento. Cuantos más laicos
haya compenetrados con el espíritu evangélico, responsables
de estas realidades y explícitamente comprometidos en ellas, competentes
en su promoción y conscientes de tener que desarrollar toda su capacidad
cristiana, a menudo ocultada y sofocada, tanto más se encontrarán
estas realidades al servicio del Reino de Dios ¾y por tanto de la salvación
en Jesucristo¾, sin perder ni sacrificar nada de su coeficiente humano,
sino manifestando una dimensión trascendente a menudo desconocida.
Durante los trabajos del Sínodo, los Padres han prestado no poca atención
al Lectorado y al Acolitado. Mientras en el pasado existían en la Iglesia
Latina sólo como etapas espirituales del itinerario hacia los ministerios
ordenados, con el Motu proprio de Pablo VI Ministeria quaedan (15 Agosto 1972)
han recibido una autonomía y estabilidad propias, como también
una posible destinación a los mismos fieles laicos, si bien sólo
a los varones. En el mismo sentido se ha expresado el nuevo Código
de Derecho Canónico. Los Padres sinodales han manifestado ahora el
deseo de que el Motu proprio «Ministeria quaedam» sea revisado,
teniendo en cuenta el uso de las Iglesias locales e indicando, sobre todo,
los criterios según los cuales han de ser elegidos los destinatarios
de cada ministerio».
A tal fin ha sido constituida expresamente una Comisión, no sólo
para responder a este deseo manifestado por los Padres sinodales, sino también,
y sobre todo, para estudiar en profundidad los diversos problemas teológicos,
litúrgicos, jurídicos y pastorales surgidos a partir del gran
florecimiento actual de los ministerios confiados a los fieles laicos.
Para que la praxis eclesial de estos ministerios confiados a los fieles laicos
resulte ordenada y fructuosa, en tanto la Comisión concluye su estudio,
deberán ser fielmente respetados por todas las Iglesias particulares
los principios teológicos arriba recordados, en particular la diferencia
esencial entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común y, por
consiguiente, la diferencia entre los ministerios derivantes del Orden y los
ministerios que derivan de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.
24. Los carismas
El Espíritu Santo no sólo confía diversos ministerios
a la Iglesia-Comunión, sino que también la enriquece con otros
dones e impulsos particulares, llamados carismas. Estos pueden asumir las
diversas formas, sea en cuanto expresiones de la absoluta libertad del Espíritu
que los dona, sea como respuesta a las múltiples exigencias de la historia
de la Iglesia. La descripción y clasificación que los textos
neotestamentarios hacen de estos dones, es una muestra de su gran variedad:
«A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu
para la utilidad común. Porque a uno le es dada por el Espíritu
palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia por medio del mismo
Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carisma
de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros;
a otro el don de profecía; a otro, el don de discernir los espíritus;
a otro, diversidad de lenguas; a otro, igualmente, el don de interpretarlas».
(1 Co 12, 7-10; cf. 1 Co 12, 4-6.28-31; Rm 12, 6-8; 1 P 4, 10-11).
Sean extraordinarios, sean simples y sencillos, son siempre gracias del Espíritu
Santo que tienen, directa o indirectamente, una utilidad eclesial, ya que
están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los
hombres y a las necesidades del mundo.
Incluso en nuestros días, no falta el florecimiento de diversos carismas
entre los fieles laicos, hombres y mujeres. Los carismas se conceden a la
persona concreta; pero pueden ser participados también por otros y,
de este modo, se continúan en el tiempo como viva y preciosa herencia,
que genera una particular afinidad espiritual entre las personas. Refiriéndose
precisamente al apostolado de los laicos, el Concilio Vaticano II escribe:
«Para el ejercicio de este apostolado el Espíritu Santo, que
obra la santificación del Pueblo de dios por medio del ministerio y
de los sacramentos, otorga también a los fieles dones particulares
(cf. 1 Co 12, 7), «distribuyendo a cada uno según quiere»
(cf. 1 Co 12, 11), para que «poniendo cada uno la gracia recibida al
servicio de los demás», contribuyan también ellos «como
buenos dispensadores de la multiforme gracia recibida de Dios» (1 P
4, 10), a la edificación de todo el cuerpo en la caridad (cf. Ef 4,
16)».
Los dones del Espíritu Santo exigen ¾según la lógica
de la originaria donación de la que proceden¾ que cuantos los
han recibido, los ejerzan para el crecimiento de toda la Iglesia, como lo
recuerda el Concilio.
Los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de quien los
recibe, como por parte de todos en la Iglesia. Son, en efecto, una singular
riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad del
entero Cuerpo de Cristo, con tal que sean dones que verdaderamente provengan
del Espíritu, y sean ejercidos en plena conformidad con los auténticos
impulsos del Espíritu. En este sentido siempre es necesario el discernimiento
de los carismas. En realidad, como han dicho los Padres sinodales, «la
acción del Espíritu Santo, que sopla donde quiere, no siempre
es fácil de reconocer y de acoger. Sabemos que Dios actúa en
todos los fieles cristianos y somos conscientes de los beneficios que provienen
de, tanto para los individuos como para toda la comunidad cristiana. Sin embargo,
somos también conscientes de la potencia del pecado y de sus esfuerzos
tendentes a turbar y confundir la vida de los fieles y de la comunidad».
Por tanto, ningún carisma dispensa de la relación y sumisión
a los Pastores de la Iglesia. El Concilio dice claramente: «El juicio
sobre su autenticidad (de los carismas) y sobre su ordenado ejercicio pertenece
a aquellos que presiden en la Iglesia, a quienes especialmente corresponde
no extinguir el Espíritu, sino examinarlo todo y retener lo que es
bueno (cf. 1 Tes 5, 12.19-21)», con el fin de que todos cooperen, en
su diversidad y complementariedad, al bien común.
25.
LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES LAICOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA
Los fieles laicos participan en la vida de la Iglesia no sólo llevando
a cabo sus funciones y ejercitando sus carismas, sino también en otros
muchos modos.
Tal participación encuentra su primera y necesaria expresión
en la vida y misión de las Iglesias particulares, de las diócesis,
en las que «verdaderamente está presente y actúa la Iglesia
de Cristo, una, santa, católica y apostólica».
Iglesias particulares e Iglesia universal
Para poder participar adecuadamente en la vida eclesial es del todo urgente
que los fieles laicos posean una visión clara y precisa de la Iglesia
particular en su relación originaria con la Iglesia universal. La Iglesia
particular no nace a partir de una especie de fragmentación de la Iglesia
universal, ni la Iglesia universal se constituye con la simple agregación
de las Iglesias particulares; sino que hay un vínculo vivo, esencial
y constante que las une entre sí, en cuanto que la Iglesia universal
existe y se manifiesta en las Iglesias particulares. Por esto dice el Concilio
que las Iglesias particulares están «formadas a imagen de la
Iglesia universal, en las cuales y a partir de las cuales existe una sola
y única Iglesia católica».
El mismo Concilio anima a los fieles laicos para que vivan activamente su
pertenencia a la Iglesia particular, asumiendo al mismo tiempo una amplitud
de miras cada vez más «católica». «Cultiven
constantemente ¾leemos en el Decreto sobre el apostolado a los laicos¾
el sentido de la diócesis, de la cual es la parroquia como una cédula,
siempre dispuestos, cuando sean invitados por su Pastor, a unir sus propias
fuerzas a las iniciativas diocesanas. Es más, para responder a las
necesidades de la ciudad y de las zonas rurales, no deben limitar su cooperación
a los confines de la parroquia o de la diócesis, sino que han de procurar
ampliarla al ámbito interparroquial, interdiocesano, nacional o internacional;
tanto más cuando los crecientes desplazamientos demográficos,
el desarrollo de las mutuas relaciones y la facilidad de las comunicaciones
no consiente ya a ningún sector de la sociedad permanecer cerrado en
sí mismo. Tengan así presente las necesidades del Pueblo de
Dios esparcido por toda la tierra».
En este sentido el reciente Sínodo ha solicitado que se favorezca la
creación de los Consejos Pastorales diocesanos, a los que se pueda
recurrir según las ocasiones. Ellos son la principal forma de colaboración
y de diálogo, como también de discernimiento, a nivel diocesano.
La participación de los fieles laicos en estos Consejos podrá
ampliar el recurso a la consultación, y hará que el principio
de colaboración -que en determinados casos es también de decisión-
sea aplicado de un modo más fuerte y extenso.
Está prevista en el Código de Derecho Canónico la participación
de los fieles laicos en los Sínodos diocesanos y en los Concilios particulares,
provinciales o plenarios. Esta participación podrá contribuir
a la comunión y misión eclesial de la Iglesia particular, tanto
en su ámbito propio, como en relación con las demás Iglesias
particulares de la provincia eclesiástica o de la Conferencia Episcopal.
Las Conferencias Episcopales quedan invitadas a estudiar el modo más
oportuno de desarrollar, a nivel nacional o regional, la consultación
y colaboración de los fieles laicos, hombres y mujeres. Así,
los problemas comunes podrán ser bien sopesados y se manifestará
mejor la comunión eclesial de todos.
26. La parroquia
La comunión eclesial, aún conservando siempre su dimensión
universal, encuentra su expresión más visible e inmediata en
la parroquia. Ella es la última localización de la Iglesia;
es, en cierto sentido, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos
y de sus hijas.
Es necesario que todos volvamos a descubrir, por la fe, el verdadero rostro
de ; o sea, el «misterio» mismo de la Iglesia presente u operante
en ella. Aunque a veces le falten las personas y los medios necesarios, aunque
otras veces se encuentre desperdigada en dilatados territorios o casi perdida
en medio de populosos y caóticos barrios modernos, no es principalmente
una estructura, un territorio, un edificio; ella es «la familia de dios,
como una fraternidad animada por el Espíritu de unidad», es «una
casa de familia, fraterna y acogedora», es la «comunidad de los
fieles». En definitiva, está fundada sobre una realidad teológica,
porque ella es una comunidad eucarística. Esto significa que es una
comunidad idónea para celebrar la Eucaristía, en la que se encuentran
la raíz viva de su edificación y el vínculo sacramental
de su existir en plena comunión con toda la Iglesia. Tal idoneidad
radica en el hecho de ser una comunidad de fe y una comunidad orgánica,
es decir, constituida por los ministros ordenados y por los demás cristianos,
en la que el párroco ¾que representa al Obispo diocesano¾
es el vínculo jerárquico con toda la Iglesia particular.
Ciertamente es inmensa la tarea que ha de realizar la Iglesia en nuestros
días; y para llevarla a cabo no basta sola. Por esto, el Código
de Derecho Canónico prevé formas de colaboración entre
parroquias en el ámbito del territorio y recomienda al Obispo el cuidado
pastoral de todas las categorías de fieles, también en aquéllas
a las que no llega la cura pastoral ordinaria. En efecto, son necesarios muchos
lugares y formas de presencia y de acción, para poder llevar la palabra
y la gracia del Evangelio a las múltiples y variadas condiciones de
vida de los hombres de hoy. Igualmente, otras muchas funciones de irradiación
religiosa y de apostolado de ambiente en el campo cultural, social, educativo,
profesional, etc., no pueden tener como centro o punto de partida. Y sin embargo,
también en nuestros días está conociendo una época
nueva y prometedora. Como decía Pablo VI, al inicio de su pontificado,
dirigiéndose al Clero romano: «Creemos simplemente que la antigua
y venerada estructura de la parroquia tiene una misión indispensable
y de gran actualidad; a ella corresponde: crear la primera comunidad del pueblo
cristiano; iniciar y congregar al pueblo en la normal expresión de
la vida litúrgica; conservar y reavivar la fe en la gente de hoy; suministrarle
la doctrina salvadora de Cristo; practicar en el sentimiento y en las obras
la caridad sencilla de las obras buenas y fraternas».
Por su parte, los Padres sinodales han considerado atentamente la situación
actual de muchas parroquias, solicitando una decidida renovación de
las mismas: «Muchas parroquias, sea en regiones urbanas, sea en tierras
de misión, no pueden funcionar con plenitud efectiva debido a la falta
de medios materiales o de ministros ordenados, o también a causa de
la excesiva extensión geográfica y por la condición especial
de algunos cristianos ¾como, por ejemplo, los exiliados y los emigrantes¾.
Para que todas estas parroquias sean verdaderamente comunidades cristianas,
las autoridades locales deben favorecer: a) la adaptación de las estructuras
parroquiales con la amplia flexibilidad que concede el Derecho Canónico,
sobre todo promoviendo la participación de los laicos en las responsabilidades
pastorales; b) las pequeñas comunidades eclesiales de base, también
llamadas comunidades vivas, donde los fieles pueden comunicarse mutuamente
la Palabra de Dios y manifestarse en el recíproco servicio y en el
amor; estas comunidades son verdaderas expresiones de la comunión eclesial
y centros de evangelización, en comunión con sus Pastores».
Para la renovación de las parroquias y para asegurar mejor su eficacia
operativa, también se deben favorecer formas institucionales de cooperación
entra las diversas parroquias de un mismo territorio.
27. El compromiso apostólico en la parroquia
Ahora es necesario considerar más de cerca la comunión y la
participación de los fieles laicos en la vida de . En este sentido,
se debe llamar la atención de todos los fieles laicos, hombres mujeres,
sobre una expresión muy cierta, significativa y estimulante del Concilio:
«Dentro de las comunidades de la Iglesia ¾leemos en el Decreto
sobre el apostolado de los laicos¾ su acción es tan necesaria,
que sin ella, el mismo apostolado de los Pastores no podría alcanzar,
la mayor parte de las veces, su plena eficacia». Esta afirmación
radical se debe entender, evidentemente, a la luz de la «eclesiología
de comunión»: siendo distintos y complementarios, los ministerios
y son necesarios para el crecimiento de la Iglesia, cada uno según
su propia modalidad.
Los fieles laicos deben estar cada vez más convencidos del particular
significado que asume su parroquia. Es de nuevo el Concilio quien lo pone
de relieve autorizadamente: «ofrece un ejemplo luminoso de apostolado
comunitario, fundiendo en la unidad todas las diferencias humanas que allí
se dan e insertándolas en la universalidad de la Iglesia. Los laicos
han de habituarse a trabajar en la parroquia en íntima unión
con sus sacerdotes, a exponer a la comunidad eclesial sus problemas y los
del mundo y las cuestiones que se refieren a la salvación de los hombres,
para que sean examinados y resueltos con la colaboración de todos;
a dar, según sus propias posibilidades, su personal contribución
en las iniciativas apostólicas y misioneras de su propia familia eclesiástica».
La indicación conciliar respecto al examen y solución de los
problemas pastorales «con la colaboración de todos», debe
encontrar un desarrollo adecuado y estructurado en la valorización
más convencida, amplia y decidida de los Consejos pastorales parroquiales,
en los que han insistido, con justa razón, los Padres sinodales.
En las circunstancias actuales, los fieles laicos pueden y deben prestar una
gran ayuda al crecimiento de una auténtica comunión eclesial
en sus respectivas parroquias, y en el dar nueva vida al afán misionero
dirigido hacia los no creyentes y hacia los mismos creyentes que han abandonado
o limitado la práctica de la vida cristiana. Si la parroquia es la
Iglesia que se encuentra entre las casas de los hombres, ella vive y obra
entonces profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente
solidaria con sus aspiraciones y dramas. A menudo el contexto social, sobre
todo en ciertos Paises y ambientes, está sacudido violentamente por
fuerzas de disgregación y deshumanización. El hombre se encuentra
perdido y desorientado; pero en su corazón permanece siempre el deseo
de poder experimentar y cultivar unas relaciones más fraternas y humanas.
La respuesta a este deseo puede encontrarse en , cuando ésta, con la
participación viva de los fieles laicos, permanece fiel a su originaria
vocación y misión: ser en el mundo el «lugar» de
la comunión de los creyentes y, a la vez, «signo e instrumento»
de la común vocación a la comunión; en una palabra ser
la casa abierta a todos y al servicio de todos, o, como prefería llamarla
el Papa Juan XXIII, ser la fuente de la aldea, a la que todos acuden para
calmar su sed.
28.
FORMAS DE PARTICIPACIÓN EN LA VIDA DE LA IGLESIA
Los
fieles laicos, juntamente con los sacerdotes, religiosos y religiosas, constituyen
el único Pueblo de dios y Cuerpo de Cristo.
El ser miembros de la Iglesia no suprime el hecho de que cada cristiano sea
un ser «único e irrepetible», sino que garantiza y promueve
el sentido más profundo de su unicidad e irrepetibilidad, en cuanto
fuente de variedad y de riqueza para toda la Iglesia. En tal sentido, Dios
llama a cada uno en Cristo por su nombre propio e inconfundible. El llamamiento
del Señor: «Id también vosotros a mi viña»,
se dirige a cada uno personalmente; y entonces resuena de este modo en la
conciencia: «¡Ven también tú a mi viña!».
De esta manera cada uno, en su unicidad e irrepetibilidad, con su ser y con
su obrar, se pone al servicio del crecimiento de la comunión eclesial;
así como, por otra parte, recibe personalmente y hace suya la riqueza
común de toda la Iglesia. Ésta es la «Comunión
de los Santos» que profesamos en el Credo; el bien de todos se convierte
en el bien de cada uno, y el bien de cada uno se convierte en el bien de todos.
«En la Santa Iglesia ¾escribe San Gregorio Magno¾ cada
uno sostiene a los demás y los demás le sostienen a él».
Formas personales de participación
Es absolutamente necesario que cada fiel laico tenga siempre una viva conciencia
de ser un «miembro de la Iglesia», a quien |