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DECRETO
SOBRE LA ACTIVIDAD MISIONERA.
PABLO
VI
7 de diciembre de 1965
La
Comunidad cristiana
AG
15. El Espíritu Santo, que llama a todos los hombres a Cristo,
por la siembra de la palabra y proclamación del Evangelio, y
suscita el homenaje de la fe en los corazones, cuando engendra para
una nueva vida en el seno de la fuente bautismal a los que creen en
Cristo, los congrega en el único Pueblo de Dios que es «linaje
escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición».
Los misioneros, por consiguiente, cooperadores de Dios, susciten tales
comunidades de fieles que, viviendo conforme a la vocación a la
que han sido llamados, ejerciten las funciones que Dios les ha confiado,
sacerdotal, profética y real. De esta forma, la comunidad cristiana
se hace signo de la presencia de Dios en el mundo; porque ella, por el
sacrificio eucarístico, incesantemente pasa con Cristo al Padre,
nutrida cuidadosamente con la palabra de Dios da testimonio de Cristo
y, por fin, anda en la caridad y se inflama de espíritu apostólico.
La comunidad cristiana ha de establecerse, desde el principio de tal forma
que, en lo posible, sea capaz de satisfacer por sí misma sus propias
necesidades.
Esta comunidad de fieles, dotada de las riquezas de la cultura de su nación,
ha de arraigar profundamente en el pueblo; florezcan las familias henchidas
de espíritu evangélico y ayúdeseles con escuelas
convenientes; eríjanse asociaciones y grupos por los que el apostolado
seglar llene toda la sociedad de espíritu evangélico. Brille,
por fin, la caridad entre los católicos de los diversos ritos.
Cultívese el espíritu ecuménico entre los neófitos
para que aprecien debidamente que los hermanos en la fe son discípulos
de Cristo, regenerados por el bautismo, partícipes con ellos de
los innumerables bienes del Pueblo de Dios. En cuanto lo permitan las
condiciones religiosas, promuévase la acción ecuménica
de forma que, excluido todo indiferentismo y confusionismo como emulación
insensata, los católicos colaboren fraternalmente con los hermanos
separados, según las normas del Decreto sobre el Ecumenismo, en
la común profesión de la fe en Dios y en Jesucristo delante
de las naciones ¾en cuanto sea posible¾ y en la cooperación
en asuntos sociales y técnicos, culturales y religiosos colaboren,
por la causa de Cristo, su común Señor: ¡que su nombre
los junte! Esta colaboración hay que establecerla no sólo
entre las personas privadas, sino también, a juicio del ordinario
del lugar, entre las Iglesias o comunidades eclesiales y sus obras.
Los fieles cristianos, congregados de entre todas las gentes en la Iglesia,
«no son distintos de los demás hombres ni por el régimen,
ni por la lengua, ni por las instituciones políticas de la vida,
por tanto, vivan para DIos y para Cristo según las costumbres honestas
de su pueblo; cultiven como buenos ciudadanos verdadera y eficazmente
el amor a la Patria, evitando enteramente el desprecio de las otras razas
y el nacionalismo exagerado, y promoviendo el amor universal de los hombres.
Para conseguir todo esto son de grandísimo valor y dignos de especial
atención los laicos, es decir, los fieles cristianos que, incorporados
a Cristo por el bautismo, viven en medio del mundo. Es muy propio de ellos,
imbuidos del Espíritu Santo, el convertirse en constante fermento
para animar y ordenar los asuntos temporales según el Evangelio
de Cristo.
Sin embargo, no basta que el pueblo cristiano esté presente y establecido
en un pueblo, ni que desarrolle el apostolado del ejemplo; Se establece
y está presente para anunciar con su palabra y con su trabajo a
Cristo a sus conciudadanos no cristianos y ayudarles a la recepción
plena de Cristo.
Ahora bien, para la implantación de la Iglesia y el desarrollo
de la comunidad cristiana son necesarios varios ministerios que todos
deben favorecer y cultivas diligentemente, con la vocación de una
suscitada de entre la misma congregación de los fieles, entre los
que se cuentan las funciones de los sacerdotes, de los diáconos
y de los catequistas y la Acción Católica. Prestan, asimismo,
un servicio indispensable los religiosos y religiosas con su oración
y trabajo diligente, para enraizar y asegurar en las almas el Reino de
Cristo y ensancharlo más y más.
Roma,
en San Pedro, 7 de diciembre de 1965. Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia
católica |