Quizás
cueste entenderlo, pero el verdadero arte anida en el corazón
y no en la razón; por eso no puede haber reglas objetivas de
gusto para determinar por conceptos lo que ha de ser bello. Todos, al
nacer, hemos recibido una capacidad para expresarnos, al igual que todos
y todas hemos recibido una misma capacidad para amar.
Todos
hemos de considerarnos artistas. ¡Qué sentido tendría
mi ser si no fuese capaz de transcender! ¡Qué sentido tiene
la vela que permanece apagada! Deja de ser vela si no alcanza a estar
encendida, dejándose consumir en su tarea de «dar a luz».
A toda criatura se le ha concedido el mismo don de expresarse en la
diversidad de formas, que una vez más nos enriquece. Son artistas
tanto el que en un determinado momento plasma una obra artística,
como el que la contempla en su profundidad. Ése es el gran misterio
de la fecundación artística que, en su desvelamiento,
requiere de la excitación de todo el ser. Ambos se necesitan.
La obra de arte no se consuma hasta que no es contemplada.
De
ahí que cuando convertimos el arte en una cuestión de
élite y de unos pocos elegidos, hacemos de la belleza un arma
de alienación. Repetidas veces Ortega y Gasset alude a ello,
afirmando que: “El arte joven, con sólo presentarse,
obliga al buen burgués, ente incapaz de sacramentos artísticos,
ciego y sordo a toda belleza pura [...]. La masa se siente ofendida
en sus derechos del hombre por el arte nuevo, que es un arte de privilegio,
de nobleza, de nervios, de aristocracia instintiva. Dondequiera que
las jóvenes musas se presentan la masa las cocea”[4].
[4] Aa.Vv., Visiones Paralelas. Artistas modernos y arte
marginal, Museo Nacional Centro de Arte «Reina Sofía»,
Madrid 1995.
Extracto
del artículo “Estética renovada y compartida”
de Siro López.