Nunca como hoy
habían estado tan a nuestro alcance los textos místicos de
las diferentes Tradiciones. Vivimos un tiempo privilegiado para sentarnos
juntos a los pies de los grandes Maestros, y escuchar a través de
ellos el rumor de las Cumbres. Hay confusión, cierto, pero tal vez
nunca había habido tantas oportunidades para tanta sed de caminos
que conduzcan hacia esa Otra Orilla. Cada Tradición está llamada
a aportar lo mejor de su sabiduría y a serenar e iluminar los corazones
de muchos. Para ello, los creyentes estamos llamados a ser seres transfigurados,
habitantes del Silencio, y a la vez, hermanos apasionados por los otros
hermanos. Más allá de los particularismos confesionales, podemos
ayudarnos mutuamente a alcanzar y testimoniar una existencia teófora,
es decir, que sea "portadora de Dios", que irradie su Presencia,
con la sola presencia.
Porque más
allá de toda palabra sobre Dios, está el encuentro desde Dios
y en Dios. Tal encuentro se hace en el Silencio, porque cuando hay experiencia
de Dios, unos y otros percibimos la insuficiencia de toda palabra sobre
Aquél que, estando en todo, está más allá de
todo.
El encuentro interreligioso
es una ocasión y una invitación a la experiencia mística,
donde unos y otros compartimos una común adoración ante el
Ser del que todos recibimos el ser. Como dice Ramakrishna, un místico
hindú del siglo pasado, "¿de qué nos sirve discutir
sobre el Océano infinito de la Divinidad, si tan sólo bebiendo
una de sus gotas ya quedamos embriagados?". Tratemos de encontrarnos
para quedarnos en silencio ante Él, y así, embriagados, perdernos
juntos en Él. Contagiémonos mutuamente de su Presencia e impregnémonos
juntos de esa santidad de Dios que lo manifieste en el mundo, cada cual
con los rasgos específicos de su propia Tradición.
Ayudémonos
a encontrar las Fuentes, la Fuente, y bebamos juntos de ella, cada cual
llenando la copa de su propia Tradición, para que, repletas, podamos
escanciarlas sobre la Tierra, cuarteada y reseca, de Dios.