desde la raíz
la adoración y el silencio compartidos


Como dice Ramakrishna, un místico hindú del siglo pasado, "¿de qué nos sirve discutir sobre el Océano infinito de la Divinidad, si tan sólo bebiendo una de sus gotas ya quedamos embriagados?".

Javier Melloni
Es antropólogo y doctor en Teología, miembro del Centre Cristianisme i Justícia

jmelloni@terra.es


Nunca como hoy habían estado tan a nuestro alcance los textos místicos de las diferentes Tradiciones. Vivimos un tiempo privilegiado para sentarnos juntos a los pies de los grandes Maestros, y escuchar a través de ellos el rumor de las Cumbres. Hay confusión, cierto, pero tal vez nunca había habido tantas oportunidades para tanta sed de caminos que conduzcan hacia esa Otra Orilla. Cada Tradición está llamada a aportar lo mejor de su sabiduría y a serenar e iluminar los corazones de muchos. Para ello, los creyentes estamos llamados a ser seres transfigurados, habitantes del Silencio, y a la vez, hermanos apasionados por los otros hermanos. Más allá de los particularismos confesionales, podemos ayudarnos mutuamente a alcanzar y testimoniar una existencia teófora, es decir, que sea "portadora de Dios", que irradie su Presencia, con la sola presencia.

Porque más allá de toda palabra sobre Dios, está el encuentro desde Dios y en Dios. Tal encuentro se hace en el Silencio, porque cuando hay experiencia de Dios, unos y otros percibimos la insuficiencia de toda palabra sobre Aquél que, estando en todo, está más allá de todo.

El encuentro interreligioso es una ocasión y una invitación a la experiencia mística, donde unos y otros compartimos una común adoración ante el Ser del que todos recibimos el ser. Como dice Ramakrishna, un místico hindú del siglo pasado, "¿de qué nos sirve discutir sobre el Océano infinito de la Divinidad, si tan sólo bebiendo una de sus gotas ya quedamos embriagados?". Tratemos de encontrarnos para quedarnos en silencio ante Él, y así, embriagados, perdernos juntos en Él. Contagiémonos mutuamente de su Presencia e impregnémonos juntos de esa santidad de Dios que lo manifieste en el mundo, cada cual con los rasgos específicos de su propia Tradición.

Ayudémonos a encontrar las Fuentes, la Fuente, y bebamos juntos de ella, cada cual llenando la copa de su propia Tradición, para que, repletas, podamos escanciarlas sobre la Tierra, cuarteada y reseca, de Dios.